El sabor de la magdalena


 El Chorrillo, 20 de marzo





Hace días que me persigue la idea se echarme a caminar por alguna parte del mundo, incluso localicé un posible recorrido que atraviesa Sierra Morena desde la frontera portuguesa hasta Despeñaperros, cerca de seiscientos kilómetros, un mes más o menos de camino. Pero sucede que a la noche, ya muy de madrugada, cuando el silencio en la casa es una maravillosa balsa de paz, una vez he terminado mis ratos de estudio o de la lectura de lo que tengo entre manos, entonces y no antes, tomo uno de esos libros de poemas que he venido escribiendo estos años, leo unos pocos versos, apago después la luz y miro pensativamente por un rato largo en la oscuridad del campo que se tiende frente a la ventana de mi cabaña; poco después enciendo de nuevo el flexo y tomo de la mesa el volumen de la vuelta de España del pasado año que escribí día a día mientras recorría la Península. Un volumen de casi ochocientas páginas en donde bebo con unción mi ración de vida a través de un largo invierno de caminar amaneceres, barrizales, niebla, lluvias y deliciosas sendas junto al Cantábrico. Ahora estoy en el punto en que ya se hecho primavera y comienzo en Irún una nueva etapa que me llevaría hasta el Mediterráneo.
Pues bien, en ese punto vuelvo a ser consciente de que todavía mi cuerpo no ha terminado de digerir la aventura del pasado año, que todavía no la he recreado lo suficiente, recreado, disfrutado, vivido, saboreado, sorbido el tuétano de lo que se fue cociendo día tras día a lo largo de algo más de nueve meses. Y ahora que caigo, no es significativo que fueran precisamente nueve meses? Hay números que guardan en si alguna clase de misterio, encanto, sugerencia. Una sugerencia, quizás esos meses fueran meses de gestación sin que yo llegará a apercibirme de ello hasta este mismo momento. ¿Gestación de qué? No sé, quizás es que hay tiempos en la vida que son más, cómo decirlo, más generadores de vida, de sensaciones intensas, de emociones, de posibilidades de sacar de nosotros una creatividad, un algo poderoso, hermoso que en otros tiempos ni soñando seríamos capaces de alumbrar. Y me sucede a mí con el pasado año, en donde encuentro tantas ideas, aventuras condensadas, tantas emociones como esencia recogida con primor en palabras y fotografías que se necesariamente me siento atraído por el deseo de seguir bebiendo de esa experiencia, de esas palabras hasta el punto de no querer romper ese recogimiento interior que me proporcionan la lectura y los recuerdos y sensaciones del pasado año con la interferencia de un nuevo proyecto, sea éste caminar por Sierra Morena o darme una vuelta por los países al sur del Cáucaso, otro proyecto en ciernes.


Degustar la propia vida y vivir ese presente tan cacareado que tan difícil resulta poner en práctica, abocados cómo estamos por la necesidad de quemar constantemente nuevas etapas, nuevos proyecto que dejar atrás, se convierte en este final de invierno en una magnífica prioridad que hace tambalearse cualquier otra aventura en ciernes.
Unos días atrás, en lo alto de mi biblioteca me llamó la atención el lomo de un libro que aparentemente me resultaba desconocido; estaba entre la Divina Comedia y los tomos de Dostoievsky Dickens y Dos Passos. No me alcanzaba la vista a distinguir el nombre del autor; andaba ocioso merodeando por lo estantes, un saludable ejercicio que practico de tanto en tanto. En estas estanterías hay muy pocos volúmenes que no haya leído y es un recreo detenerse aquí o allá y recordar en un momento un personaje de Dostoievki, unos poemas de Baudelaire, la fecunda capacidad de poner en práctica el ejercicio de pensar de Montaigne, los consabidos merodeos por el tiempo de Proust o la maravillosa y condensada prosa Robert Musil en El hombre sin atributos, en fin medio siglo de intensas lecturas están siempre presentes en el ámbito de la cabaña en donde trabajo. Mis libros, fervorosos amantes de toda una vida, me miran desde los estantes y hablan conmigo, conversamos. A veces me entretengo abriendo uno de ellos y, siguiendo lo rastros de los subrayados, miro por aquí y por allá lo que en otro tiempo llamó mi atención. Mis libros esconden una parte importante de mi vida. Si alguien entrara en mi cabaña y se dedicará a rastrear en ellos los subrayados de este medio siglo de lectura seguro que iba a saber tanto de mí como yo mismo. Conversaciones, enfrentamientos con otras ideas, discusiones, embelesamiento con lo que otros han escrito.
Bueno el caso es que terminé levantándome para averiguar de qué trataba aquel volumen que había llamado mi atención. ¡Ajá!, sorpresa, René Demaison,  Le forze della montagna, un libro en italiano que compré de regreso de nuestro último viaje por Europa, cuatro meses que nos llevaron hasta Ucrania en automóvil y que entre otras cosas hizo posible un largo cuatrimestre de lecturas junto al mar, los bosques, los campos de labor, las montañas en donde pasábamos la tarde junto al todoterreno preparado para hacer de hogar, biblioteca o lugar de recreo; en fin una extensión ambulante de mi propia cabaña. Ahora recordaba perfectamente el contenido. Se trata de un largo recorrido de René Demaison por las montañas de su vida. Bien, lo abrí y empezaba a sobrevolar sus páginas rastreando subrayados que me hicieran intimar con el libro, cuando de repente me encontré con uno que era imposible que pasara desapercibido, bajo unas líneas el bolígrafo había dejado un gruesa e imborrable marca. René Demaison y su compañero Jack Batkin se habían comprometido en escalar por primera vez en invierno el espolón Walker de las Grandes Jorasses, un mes de febrero poco propicio. Una semana de intensa escalada, un enorme tormenta, sufrimientos incalculables, la pasión de escalar una gran pared en las peores condiciones. Llegaron a la cumbre. Después de aquello Jack Batkin dejó de escalar por una larga temporada. En el verano siguiente se encontraba sentado en una terraza de una cervecería bebiendo un vaso de agua y menta, cuando un amigo se le acercó, éste le pregunta: ¿No escalas más, Jack?. "No", responde. "Ho fatto un viaggio talmente grande alle Grandes Jorasses con René, quest'inverno. Adesso lo rivivo". Eco, ahora lo revivo. Eso es. Es tanta la prisa que tenemos que fácilmente perdemos la oportunidad de revivir lo vivido, de vivir lo que estamos viviendo en este instante, en el momento precedente. Un buen tema de reflexión para ralentizar la existencia y contemplarla como se contempla un hermoso atardecer junto a la orilla del mar.


Después de esto ya no sé qué sucederá con estos proyectos que empiezan a abrirse paso en mi largo y dilatado invierno. Hace un par de meses el amigo Manuel Coronado me mandó unas líneas que apuntaban hacia un bello recorrido por el Algarve portugués. Le mandé esta breve nota: "Estoy en plena hibernación, recogido en los libros frente a la chimenea con alguna breve escapada para podar y echar una ojeada a la huerta y a los túneles, pero no sé cuando durará esto, imagino que algún enanito vendrá a despertarme en algún momento; no tengo prisa, pero por ahí abajo andan ya tres proyectos si cuento la costa del Algarve, los otros el GR-48 de Sierra Morena y lo que me queda del camino Mozárabe entre Antequera y Mérida. A ver si los ríos se deshielan, o se me acaba la leña de la chimenea... después ya veremos." Así están las cosas, entre la vivencia de recuperar y revivir el pasado y la posibilidad de echarse de nuevo al monte como las cabras. Ya veremos, de momento el sabor de la magdalena sigue siendo tan intenso que lástima me da perderlo en el trajín de nuevos proyectos.
A la cabaña llega tan intenso el perfume de los jacintos en flor, han empezado a brotar con tanta fuerza las hortensias, los almendros se han llenado de tantas flores, los peces han salido de su cueva echándose a nadar a lo largo y ancho del estanque, la huerta está tan en su apogeo, mis ratos de estudio están tan en su punto, las largas noches de lectura son tan atrayentes... Imagino, como le decía a Manuel, que en algún momento los hielos abandonen definitivamente el cálido invierno en que ando sumido y la primavera llame a mi puerta de un modo más imperativo, algo así como: levántate y anda, mueve el culo, tío y busca otro pedazo de vida caminando por esos mundos de Dios.

Amén.

8 comentarios:

luisBas dijo...

Se nota que hoy comienza la primavera. Empieza el animo a excitarse y afloran nuevos proyectos, animo.

Alberto de la Madrid dijo...

Sí, ando despistado. Me creía todavía en invierno. Saludos

Ignatius dijo...

Venga!, Venga!...Ya llega!
La Primavera!!
Saludos a los dos.

José Luis Moreno dijo...

Ese recorrido por Sierra Morena promete, sobre todo a partir de estas fechas.
Un abrazo

Ana Jordan dijo...

También promete el saboreo de lo cotiano y conocido. Gran dilema. Te dejamos en la duda de la decisión.
Besos

Ignatius dijo...

Pues entonces,...¡adelanteeeeee, vagabundo!

Alberto de la Madrid dijo...

Ignacio, voy a ver si repaso uno de estos días tu video de Sierra Morena para ir entrando en calor. Saludos

Alberto de la Madrid dijo...

Jose Luis Moreno, Ana,
En realidad todo promete, mucho depende de cómo seamos capaces de estar ahí. No obstante es verdad, hay veces que dar un paso supone un dilema, sobre todo los caminos a tomar, estarse en casa o salir por ahí son igual de interesantes.