Hacia Sierra Morena. El GR–48


Madrid –Sevilla, 2 de mayo 

Después de tres horas de viaje todavía no soy capaz de salir del sopor en el que me he hundido desde que partió el autobús. En la venta Pedro Abad, donde paramos quince minutos, empiezo a despertarme. Llevo en el cuerpo los trabajos apresurados de estos días en la parcela y unas largas caminatas por los alrededores de mi casa intentando desentumecer mi cuerpo después de una larguísima hibernacion; un arduo trabajo el de estirar las piernas, empezar a mover los pies, ponerse en contacto con esta primavera avanzada. Casi seis meses de completo retiro en los diez metros cuadrados de mi cabaña. Alguna vez concebí la idea de hacerme una choza al fondo de nuestra parcela y pasar allí un año sin teléfono, sin luz eléctrica, sin Internet ni aparatos pensando en experimentar en lo posible ese mundo de soledad y silencio que siempre he admirado en algunas personas, eremitas, aventureros que eligen el ámbito de su misma persona para jugar con su vida y ver de qué está compuesta esa compleja materia que es la existencia, sus páramos, sus apartado rincones donde no suena otro cosa que el eco de la propia voz. A muchos estas cosas les suenan como una excentricidad fuera de lugar, producto de seres raros y extraños, que no hacen los comunes de los mortales. A veces hace falta leer y explorar posibilidades que otros han experimentado para sentirse arropado y no excesivamente raro. Este invierno leí varios libros que me aproximaron a este mundo del que hablo, uno fue Tras los renos del Canadá, de Erik Munsterhjelm, la historia de un hombre que pasó algunos inviernos solo viviendo con lo que cazaba y pescaba, en una cabaña que él mismo se había construido. Cuarenta grados bajo cero. Otro era de una británica que experimentaba con su soledad y su silencio en los páramos de las Islas Británicas; Sara Maintland, el título de su libro, El libro del silencio. Una escritora bastante fecunda que se dedica a investigar el silencio y la soledad en su propia piel hasta el punto de largarse al desierto del Sinaí para vivir de cerca la experiencia de san Antonio, sí, el mismísimo de las tentaciones cuyos cuadros, pintados por Zurbarán o El Bosco nos hacen sonreír hoy. 
En un mundo apresurado como el que vivimos hoy, en donde apenas es posible el silencio porque el teléfono está continuamente sonando y requiriendo nuestra atención, correo, redes sociales, llamadas; teléfono, televisión, todo tipo de trajín, a mí no me parece descabellado aislarse un poquito. Las cosas raras, los lugares inusuales, todo aquello que no hacemos comúnmente siempre han sido un acicate para los espíritus curiosos. Más sobretodo cuando la cosa promete alimentar sustanciosamente alguna parte del yo. 

Como siempre me pasé con el preámbulo. Mi cuñada Ana se sonrió mucho y largo hace unas semanas cuando escribí un post titulado, Un irremediable pelma, un servidor en persona. Y así continuamos. Uno por mucho que quiera no puede dejar de ser uno mismo, siempre termina cayendo en discursos que tienen que ver con su forma de ver el mundo. Sólo me cabe el consuelo de saber que prácticamente todo ese mundo hace la misma cosa. Si Montagne hubiera vivido trescientos años sus ensayos se habrían prolongado ininterrumpidamente teniendo como objetivo toda esa realidad que rodea al uno desde que nace hasta que muere. A Montagne parecía no importale otra cosa que lo que sucedía alrededor y dentro de su vida. 

Por cierto, la vida es un puñado de carne viva dispuesta a dispararse en cualquier momento. Ayer atravesaba yo la biblioteca cuando oí a Victoria hablar por teléfono con uno de mis hijos. A partir de ese instante las sinapsis de mi cerebro se pusieron en movimiento y un hilo de angustia empezó a correrme por dentro. Unos momentos después las lágrimas brotaban de mis ojos como si se me acabara de morir un hijo. El recuerdo de un viejo asunto de década y media atrás conmocionaba mi cuerpo. Un testimonio más de cómo estamos hechos y de qué es lo que golpea con lo puños dentro de nuestro propio pecho. 

Digo yo que lo vida está para vivirla. Esta mañana de autobús camino de Sevilla, después de despertarme del sopor que adormilaba mi cuerpo y después de hablar de la soledad y el silencio como experiencias humanas de gran valor, me encuentro que acaso todas las experiencias que hemos vivido son dignas de ser recordadas aunque éstas puedan partirnos el corazón. El otro día oía en un programa cómo en algunas comunidades aztecas a las personas que se iban a morir y que se encontraban inconscientes, los mismos familiares las despertaban en el último momento para que fueran testigos de su propia muerte, para que pudieran vivir ésta conscientemente. Joder, pues sí, vivir enterita la vida, como quien se atiborra y confiesa con el poeta de los Veinte poemas de amor, su última y gran devoción. 

Mi autobús rueda ya por tierras andaluzas. En Andalucía, igual que en Cataluña y Galicia, y en algunas regiones más de España, mis piernas han recorrido cientos de kilómetros en diferentes direcciones, pero los relatos de ajenas experiencias me traen de nuevo aquí para seguir un GR que atraviesa la región entre la frontera portuguesa y el desfiladero de Despeñaperros. De que yo esté hoy aquí tienen la culpa Ignacio Aldea, viejo amigo de las correrías de mis primeras montañas, que atravesó Sierra Morena en un borrico y me dejó encandilado con su relato. La otra persona a la que debo mi regreso a estas tierras es Manuel Coronado, que me lo sugirió hace un año mientras yo andaba rodando por alguno de los múltiples Caminos de Santiago. Manuel vive en Mérida y una de sus notorias vocaciones, además de cuidar un huerto chiquito, es caminar. Últimamente cuando dispone de unos pocos días se va a cubrir algunas etapas de este GR48 que recorre Sierra Morena; si el tiempo del que dispone es mayor entonces se va a  Francia a continuar el recorrido, continuación del GR7, que unirá Tarifa con Atenas! La última vez que abrí el Facebook andaban por la jornada diecinueve. En su ir venir desde Mérida quién sabe si un día de estos nos encontramos. 

Fue en Sierra Morena donde unos bandidos robaron el burro a Sancho Panza, un hecho que  Cervantes,  algo despistado él, acaso porque entre el momento en que le robaron el burro a Sancho y el instante posterior de la escritura transcurrió mucho tiempo, un hecho, decía, que Cervantes nos regala cómo testimonio de que la escritura es uno más que uno de los divertimentos de que podemos hacer uso en la vida, sin necesidad de que nos lo tomemos demasiado en serio.  

3 comentarios:

LuisBas dijo...

Bueno, parece que cambiamos de oficio. de nuevo en marcha, el Hermitaño de nuevo se ha hecho caminante. Qur tiemblen las alpargatas. Buena suerte y una feliz aventura.

Tomas Hornos Ortega dijo...

Bonitos parajes para niciar un nuevo camino, que a bien seguro le hará y nos hará sentir y disfrutar. Seguiremos su marcha. Buena suerte.

Alberto de la Madrid dijo...

Gracias Luis y Tomás. Anduve desconectado de Internet, es el primer día que vuelve a abrir el correo.
Un saludo