De la indigencia a la abundancia



Refugio hostería de Vršič, Eslovenia, 10 de julio

No se crean que porque hoy, parece, voy a permanecer todo el día tumbado bajo el techo de mi tienda bajo la lluvia, voy a dejarles en paz sin la crónica del día, todo lo contrario,  no porque deje de caminar el cerebro para de dar bandazos de un lado para otro. Así que ahí va mi crónica de hoy. 

Las nueve de la mañana. Continúa lloviendo ininterrumpidamente desde las tres de la tarde de ayer. La tienda resiste. Esta noche, junto a los perros teníamos dos enormes leones en casa. No parecían muy fieros pero cuando estaba entre ellos para darles la carne que me había regalado el carnicero de Griñón un poco repelús sí me daba, si se les ocurría morderme no lo contaba. Eran grandotes, casi me llegaban al pecho, pero de una mansedumbre de esa que tienen algunos mastines que me he encontrado sueltos por tierra de Galicia. No todos son terribles. Eran dos hermosos animales que convivían pacíficamente con nuestros pastores alemanes, más o menos como aquel leopardo que guardaba Katharine Hepburn  en su casa de campo de Connecticut en La fiera de mi niña. Luego, como seguía lloviendo y teníamos que comer también nosotros, nos íbamos a cazar pequeñas focas, las espantábamos de sus cuevas y antes de que llegarán al agua las atrapabámos. A mí me producían cierta cosa porque dispuestas para cocinar tenían aspecto de bebés, algo parecido a esas codornices que venden en bandejas de poliuretano y que parecen cadáveres de personas desnudos. Luego hablábamos durante la comida, me preocupaban los gastos que tendríamos a partir de ahora con la comida de los leones... al precio que está la carne, decía yo, porque seguro que no se conforman con pienso. También me preocupaban los rugidos; en una ocasión nuestro vecino más próximo  que vive a doscientos metros se quejó por los ladridos de nuestros perros, así que si añadíamos ahora el rugido de nuestros leones, no sé, bueno, no por él, el vecino, quiero decir, que el pobre se murió el pasado año, pero quién sabe, otros, que piensen que los leones se vayan a escapar y la inquietud que ello pueda producirles fuera a alterar sus pacíficas vidas. En fin. Abro paréntesis. Por cierto, que hablando de rugidos y siendo los leones de familias parecidas a los gatos, me entra la curiosidad por saber cómo serán sus gemidos de amor, porque si son similares a los de los gatos apañados estábamos, despertarán a la vecindad de dos kilómetros a la redonda, como aquella mujer que en Cien años de soledad despertaba a todo Macondo con sus gañidos amorosos. Algo parecido nos sucedió a nosotros durante algunas noches con los camellos y camellos en Chinguetti, en el desierto mauritano, no nos dejaban pegar ojo. Por cierto que es un asunto universal que siempre me trastoca un poco. A mí me encantan las muchas noches en que he vivido estas cosas en hoteles de América Latina, que sí, que no somos tan diferentes a los gatos. No hay nada más entrañable que ese "amor mío"  lleno de ternura que te despierta en medio de la noche procedente de una habitación cercana, y que entreverado con lastimosos gemidos podrás oír durante horas. No, no ese toma y daca de somier a punto de sufrir un descalabro, aunque también acaso en alguna ocasión, sino tiernos y prolongados gañidos como a quien le voy en ello todo su cuerpo y alma. Cierro paréntesis. 


He tratado de espabilarme, tampoco es cosa de que porque esté lloviendo me pase el día sopa. Mientras siga lloviendo así voy a continuar con mis dos libros empezados, La rosa de lo vientos de Concha Espina y el de Marina. abandonados, sí, desde que las montañas se volvieron algo agresivas y me robaron toda la atención con su cabalgar aéreo, y también, hay que decirlo, con el esplendor de su belleza. Uno no puede leer, que le lean en este caso, una novela o un libro de ensayo cuando a la izquierda de la pequeña senda que pisa se abre un abismo de mil metros, o cuando atraviesa un nevero que necesita toda la atención del mundo. En fin, que mi habitual lectura de las tierras bajas propias de los bucólicos y apacible bosques se acabó. 

Ahora tengo que rezar para que no me vea acuciado por necesidades mayores; de las menores no hay cuidado que ya hace muchos años las solucioné con un pipiómetro de campaña que va de maravilla y que ni siquiera me obliga a salir del saco. Si fuera mujer apañado estaba con ese montón de veces que un prostático necesita hacer aguas durante la noche. Cosas de la vida corriente como se ve. 

Siempre he sido un poco salvaje pero en estos días estoy más salvaje que de costumbre, ya llevo diez días sin una ducha, y de lavar ropa ni soñando. Mis calcetines, cuando están secos, se tienen de pié. Yo he visto bañarse a gente  en el agua que sale bajo el hielo de debajo de los glaciares o a Reinhold Messner nadando en porretas en uno de eso pequeños lagos que se forman en los glaciares del Himalaya. Pero estos deben de ser chicarrones del norte. Muchas veces me atreví en los ríos de montaña pero eran días de mucho sol. Dicen que los tibetanos se lavan un vez al mes, quizás eso les protege del frío. También los gorrinos se rebozan en el cieno para disipar el calor de su cuerpo.

Ahora, respecto a la comida es casi otro tanto, me alimentaré de los restos, todo lo que me va sobrando en los refugios, trozos de salchichas, un fondo de migas en la bolsa de plástico, unas tarrinas de mermelada y paté que me quedó del desayuno de días atrás. Todo aplastado y revuelto porque con las prisas y la lluvia en algún momento decidí meter todas las sobras en una única bolsa y ésta ha vivido comprimida durante días en mi macuto. El trozo de bocadillo que me sirvió de cena anoche, por ejemplo, son las sobras de hace tres días. Cuando uno camina así y sometido a los imperativos de la lluvia todo lo que tenga aspecto de comida sirve. Hasta el agua tuve que cogerla de un lugar dudoso; menos mal que en esta ocasión llevaba pastillas potabilizadoras. Después de un susto que me pegué en Sierra de Aracena haciendo el GR de Sierra Morena ya no las dejo en casa. Allí un agua dudosa me dejó el cuerpo descompuesto para una semana. 


Cuatro horas más tarde:

He pasado de la escasez y la indigencia a la abundancia más acariciadora. Un buenísimo minestrone, un delicioso plato de gulash con polenta suficiente para calmar el apetito de tres personas, unas tortas con mermelada y un café con leche. Cerca de las once dejó de llover y me apresuré para aprovechar el claro. ¿Cuantas veces tendré que decir que un hayedo poco después de un diluvio es la cosa más hermosa que hay, hayedo impenetrable donde nunca llega la luz del sol y donde los pies de elefante de los troncos de las hayas son vestidos de un profundo verde que también tapiza rocas y suelo como si de los pasillos de un palacio se tratara? 



El paseo, algo más que paseo, más de mil metros de desnivel, por este bosque duró cuatro horas. En un pequeño collado estaba enclavada esta hostería refugio en donde hoy terminaré mi jornada inesperadamente. Buena comida, lavado de ropa, un poco de aseo que tampoco viene mal con mi condición de salvaje y una habitación para mí solo. Hoy dormiré cálidamente bajo unas sábanas. 

Antes de que anochezca del todo salgo a hacer una toma del paisaje que se ve frente a la hostería, éste es:



5 comentarios:

luisbas dijo...

Bueno, vaya días de agua, pero todo tiene un final. A ver si los próximos días mejora el tiempo. También te podría mandar un soplo de Andalucía, para compensar. Mucho ánimo, amigo y recibe un fuerte abrazo.

Alberto de la Madrid dijo...

Sopla, sopla, que a lo mejor llega algo., aunque no mucho porque si está nublado y no llueve es ideal para caminar por estos lugares. Saludos

MONSE DE LA MADRID dijo...

Si entre todos soplamos seguro llega algo . Hablando de andalucia estoy como un cangrejo, roja roja del sol de Carboneras

Alberto de la Madrid dijo...

Ya me han dicho que te vas a meter a hortelana, hermana.

MONSE DE LA MADRID dijo...

Si tengo mucha ilusion, lo vamos a llevar entre seis ,mola