Llueve




Refugio Sazavska Koca Na Prehodavcih, Bajo el Tiglav, Eslovenia, 8 de julio 

Sí, hubo fiesta toda la noche, como en lo mejores tiempos rayos y truenos para dar y tomar. Tuve que recurrir a los tapones de cera para aliviar el ruido que la tormenta organizaba a mi alrededor.

Amanece lloviendo, una lluvia ininterrumpida y persistente que me recuerda mis años de maestro en un pueblo de Asturias, donde la lluvia, como en el Macondo de Cien Años de soledad, era un bronco rumor que noche y día inundaba el ánimo de nostalgia. En algún momento hizo un amago de disminuir y entonces salí del saco y organicé todas mi cosas para salir corriendo y desmontar mi tienda en la primera pausa. Pero no, ahora con el macuto hecho y colocado a modo de cabecera y la capa de agua puesta espero tendido en el aislante a que la lluvia remita. 

Recuerdo cómo me gustaba, cuando llegué a Gedrez, en Asturias, esa lluvia persistente que irrumpió en el otoño dorado de los hayedos del valle como un solo de cello en el silencio de aquel otoño. Yo miraba desde las ventanas de mi casa todo aquello con el ánimo y la expresión de quien descubre un mundo nuevo, un día tras otro la monotonía imperturbable del agua; todo tras los cristales se hacía poesía, la cocina de carbón caldeaba agradablemente la casa, y mirar tras los cristales de la ventana, donde gruesos goterones, convertían el paisaje y la niebla en una porosa irrealidad acuática, era el entretenimiento más sustancioso de aquel otoño. 



Me desperté sin prisas y resulta placentero yacer tumbado escuchando llover y recordando por escrito otras lluvias y otros lugares. Y se me ocurre que fui afortunado viviendo algunos años de mi juventud en dos pueblos que mucho se parecían entre sí, Gedrez, y mucho antes, en Cevo (se pronuncia chevo). Ambos estaban situados en la ladera de unas hermosas montañas y ambos se encontraban rodeados de grandes hayedos, el segundo sobre una ladera de los Alpes Lombardos. También en Cevo viví la experiencia de un magnífico otoño lluvioso desde mi mesa de estudio frente a un paisaje que era mi sueño de amante de la montaña. 

Ahora oigo de nuevo cantar a los pájaros, la lluvia es menos persistente, algo así como si quisiera hacer una pausa, pero sólo dura un momento. Tampoco me importaría mucho si tuviera que quedarme aquí todo el día, tengo comida y agua suficiente. Vida contemplativa. Hay muy buena cobertura e incluso esta mañana he hecho de fontanero vía videoconferencia. En casa ha dejado de funcionar una de las electrovalvulas de los aspersores y he podido dar algunas instrucciones a Victoria para arreglarlas mientras ella dirigía la cámara del teléfono hacia las conexiones eléctricas. Eso de poder hacer de fontanero o electricista de tu propia casa mientras estás tumbado en una pequeña tienda de campaña dispuesta en un perdido valle de los Alpes Eslovenos y sobre la que a la vez está cayendo un aguacero de padre y señor mío es un lujo en toda regla.

Voy a ver si leo un poco. 


Cerca del mediodía aprovecho una pausa en la lluvia para recoger la tienda y ponerme en camino, pero no tarda en volver a llover de nuevo. Pese a la incomodidad de la lluvia no por eso el bosque deja de estar encantador. Si algún día se inventaran botas y prendas que realmente no dejaran pasar el agua se podría disfrutar del todo de este tiempo gris y de agua que es realmente cuando más bonitos están lo bosques.

Llegué hacia las tres al refugio de Koča pri Triglavskih jezerih. Estaba calado pero dentro del refugio una estufa de leña caldeaba agradablemente el ambiente. La sopa de setas estaba deliciosa; de segundo hubo una salchichas con verdura y tiramisú de postre; el café con leche no había quien se lo tomase. Las botas y los calcetines apenas se secaron pero no me sentí mal por ello cuando una hora después decidí que iba a cubrir otra etapa hasta el refugio siguiente. Un poco justo el tiempo para no llegar de noche, pero... Me esperaba un larguísimo valle y un collado a dos mil trescientos metros. Vas a encontrar mucha nieve, me advirtió el guardés del refugio. Por el camino me llamó la atención un anciano que se afanaba en cortar una gruesa rama que cruzaba el camino a la altura de los ojos, manejaba una pequeña navaja, debía de llevar un buen rato con ese trabajo. Le ayudé a partirla. Me señaló lo peligrosa que era para los ojo de los caminantes. La escena era ejemplar, alguien que sale de paseo y se empeña en que otros anónimos caminantes no sufran daños. El hombre debía de acercarse ya a lo ochenta años. A veces tenemos la preocupación por hacer algo por los demás y no encontramos el modo: militar en un partido político, participar en alguna asociación que persiga un grado mayor de justicia, qué sé yo; el caso es que si todos tuviéramos una actitud en la vida cercana a la del anciano que andaba cortando con su navaja una de las cientos de ramas que se cruzan en nuestro camino, este mundo sería mucho más habitable. Las pequeñas contribuciones personales podrían llenar el mundo de bienestar. Recuerdo aquí de nuevo aquel cuento zen que se desarrolla en una pequeña aldea rodeada de montañas a donde no llega nunca el sol. Una mañana los vecinos ven a un anciano cargado con un pico y una pala que se dirige a una de las cumbres. Los vecinos extrañados le preguntan dónde va. El anciano responde que va a cavar allí arriba para quitar la montaña de enmedio. Esas pequeñas contribuciones que terminarían por hacer un mundo mejor. 



Los últimos abetos, enclenques como de quien vive a duras penas, fueron quedándose atrás. Apareció la nieve y comenzó de nuevo a llover. La niebla me rodeaba cubriendo las montañas un centenar de metros por encima de donde caminaba. En las cercanías de un lago helado el camino empezó a estar confuso, me encontré con varias bifurcaciones y todas ellas estaban marcadas con la misma señal, el consabido círculo rojo con el centro en blanco. Cuando volví a consultar el gps estaba lejos de mi track, sin embargo yo había seguido el camino principal. La señal de mi track se alzaba por un lugar algo inverosímil, más todavía considerando que el collado más evidente estaba noventa grados a la izquierda. Era muy tarde, la luz había empezado a disminuir un tanto alarmantemente y aquella subida entre grandes bloques de roca y empinados neveros que se perdía en la niebla me preocupaba. No obstante decidí subir en línea recta hasta alcanzar los señal del gps. Si al menos encontraba un camino claro podría incluso seguir en la oscuridad, aunque los numerosos neveros me hacían dudar de la posibilidad de encontrar el camino justo. Hice un giro de noventa grados, rodeé el lago helado por mi derecha y enfrenté la pendiente trabajosamente. Al cabo de un buen rato, mientras me tomaba un respiro, descubrí sobre una loma a espaldas de donde me dirigía, una pequeña casa alzada sobre pilones y junto a ella otra mayor; no podía ser otra cosa que un refugio. Ahora tenia delante dos opciones, darme media vuelta y llegarme al refugio que estaba en ese momento en el límite de la niebla o intentar alcanzar la traza azul de mi camino que señalaba el gps. Decidí esto último, pero diez minutos después comprendí que aquello podría ser peligroso. Mi tienda estaba completamente empapada de la noche anterior y mi saco mojado en la parte baja. Colocar ademas la tienda en estos lugares parecía una tarea imposible. Por otro parte la niebla se acercaba más y más a los refugios. Comprendí enseguida que me había equivocado, de que nada más descubrir los refugios me tenía que haber dirigido a ellos. Eché a correr cuesta abajo desplazándome a zancadas por la neveros. Mientras hacía esto intentaba retener en la memoria la ortografía del lugar por si la niebla llegaba a ocultarlo todo. A la derecha del lago helado un nevero subía hasta la cercanía de los refugios, era una referencia pero aun así desconocía totalmente el terreno y entre la niebla podría tener problemas. Seguía además lloviendo y estaba completamente empapado. Me admiré de cómo podía correr, mi pierna, que no me deja hacerlo desde hace años, ante la urgencia del caso pareció olvidarse de su minusvalía y trotaba como en los viejos tiempos; una buena inyección de adrenalina ante el peligro inminente había puesto mi cuerpo en perfecta disponibilidad para lo que quisiera echarle encima. Cuando empecé a subir la colina todo quedó envuelto en la niebla. Pero abrió, abrió cuando ya estaba cerca del refugio pequeño. Comprendí que se trataba de un refugio invernal. Se subía a él por un larga escalera. El otro, que de lejos me parecía pequeño y que pensé refugio acaso medio derruido en la distancia, resultó ser un refugio guardado. Me recibieron como si quien entraba por la puerta fuera una aparición. Había una quincena de personas en la sala. El ambiente era acogedor. Cuando descargué, colgué mi ropa mojada y me puse ropa seca frente a una taza de humeante té tuve una infinita sensación de bienestar. Había tenido en mi cabeza durante más de una hora que iba a tener que hacer un improvisado vivac sobre la nieve y ahora me encontraba en un cálido ambiente rodeado de gente charlatana que me miraba con simpatía.




6 comentarios:

MONSE DE LA MADRID dijo...

Ola hermano te escuchó ,
Y creó estar viviendo tu aventura ,como si estuviera contigo, Cracias besos

Ignatius dijo...

¡Emocionante el caminar cada día!
Aún queda mucha nieve en el Triglav...¡ que montañas tan bellas!, ¡disfrútalas!
Un te caliente da mucho calor...
Abrazos

slechuga dijo...

Buen relato de montaña Alberto, como sigas con ese tiempo típico de los Alpes y con la cacharreria que llevas (GPS), que no rulan bien, te veo abriendo una ruta nueva.
Un abrazo.

Manuel Coronado Gil dijo...

Aunque el gps no vaya bien, el hacer de fontanero en la lejanía me ha llegado, se me hubieran ocurrido mil cosas para hacer siguiendo una travesía alpina, pero nunca de fontanero.
Un abrazo

Alberto de la Madrid dijo...

Manuel, la fontanería pudo arreglarse al final, lo hizo la hortelana metiendo la cámara por entre las electrovalvulas y descubrir que había un cable suelto. Jo, verdad, lo que pueda dar de sí el camino.
Sí, demasiada nieve, Ignacio, para las fechas en que estamos. Por encima d los dos mil metros nunca puedes estar seguro si vas a poder pasar sin crampones. A veces es un tanto inseguro ir solo por sitios así. De momento el Triglav queda atrás y entro en Austria en una zona de alturas algo menores.
Santiago, estoy teniendo mala suerte de verdad con lo aparatos. Ayer en una hora no logró señal suficiente el Samsung y el garmin tardó media hora. El gps del Bq que compré para tener de repuesto sólo funcionó en casa. Aquí he probado de todo sin resultados. Ahora ando comprando mapas en papel para mayor seguridad.

Monse, si hubieras descubierto esto de andar antes seguro que ahora te habría visto pateando Pirineos o los Alpes. Un beso, hermana y abrazos para todos.

José Luis Moreno dijo...

Casualidad que hoy, Sebastián Álvaro ha dado una conferencia en Portugalete sobre sus andanzas en las montañas y entre otras muchas imágenes había varias de los Alpes Julianos y del Triglav, me he acordado inmediatamente de ti y te digo sinceramente que tus fotos son mucho mejores ya que acompañadas de tus comentarios son capaces de teletransportarte a esos lugares y hacer que los que te leemos vivamos tu misma aventura. Gracias Alberto