Nena



Cantoniera bajo la Bocchetta di Forcola, 28 de julio 

Andaba yo por dentro del bosque sobre un ancho sendero sumido en una plática entre Odiseo y Penélope, un momento en que ésta no reconocía a aquél todavía, cuando a la vuelta del camino, ¡guaau! la magnífica aparición de los gigantes del Ortles se hizo presente, un magnífico mundo de glaciares colgantes y grandes montañas así, sin más, imposibles de imaginar dentro del pacífico bosque por el que caminaba. Me había hecho a la idea de una descomunal subida para hoy, unos mil ochocientos metros de desnivel hasta el Passo lo Stelvio, y me desinteresé sin más como aquel que pone el automático en el coche y se deja llevar por otros asuntos. Fue realmente una sorpresa, nunca había visto las cumbres del Ortles desde un lugar tan privilegiado; algo parecido me sucedió con el macizo del Mont Blanc hace unos años. Estás dentro del bosque y no ves el bosque, necesitas alejarte para hacerte una idea de él. En el Mont Blanc hay que subir a las Aiguilles Rouges, al otro lado del valle de Chamonix, para contemplar en todo su esplendor el macizo. Lo mismo sucede en el Ortles. A partir de aquí el sendero que se sigue es todo el rato un balcón sobre los glaciares que en el transcurso de la mañana poco a poco se irán cubriendo de nubes. 




Sobre estas montañas, escalando el Gran Zebrú, murió mi amiga Nena mientras rodeabamos un espolón rocoso de grandes bloques de granitos inestables. No era un pasaje difícil, ni siquiera íbamos encordados. Ella iba unos veinte metros tras de mí, oí un movimiento de piedras, miré para atrás y en ese momento una enorme roca se desprendía de la pared arrastrando a mi amiga al vacío. Fue la cosa más penosa que me ha sucedido en la vida. El estruendo de la rocas cayendo por una canal hasta el glaciar inferior duró un largo rato, yo no salía de mi estupor. Una cordada que iba delante me tendió una cuerda hasta una arista de nieve. Pasé la noche en el refugio que habíamos abandonado un par de horas antes y a la mañana siguiente subió el equipo de rescate. Zeferino, un hombre joven pecoso y de cabello pelirrojo, tan joven como yo mismo, tenía yo veintiún años, actuó en aquella ocasión de fraterno amigo y buen samaritano. Fue un consuelo para mí tener la fraternidad de aquella persona a lo largo de aquel largo y angustioso día. Mientras el resto del equipo de rescate esperaba más abajo en el glaciar, Zeferino, su compañero y yo rastreamos la parte alta. Cuando dimos con la posición del cuerpo Zeferino no quiso que me acercará más, me invitó a que los esperara allí. Al poco rato el cuerpo de Nena, introducido en una bolsa de lona  descendía suavemente por el glaciar asegurada por mis compañeros. Más abajo esperaba el grueso del grupo de rescate con la percha sobre la que dispusieron el cadáver. Dejé poco a poco que el grupo me sacara distancia hasta que quedé solo en el silencio de aquel valle. Fue el descenso más penoso que nunca hiciera. Me sentía tan desvalido, tan indefenso, echaba tanto de menos a mi amiga, acaso me sentía culpable por haber propuesto a Nena emprender una travesía por la principales cumbres del macizo, una actividad empeñativa pero para lo que ambos estábamos perfectamente preparados. Yo había pasado un año en su casa preparando los exámenes de preuniversitario y tras examinarme en Madrid y aprobar, Nena vino a Madrid y de allí partimos hacia el Pirineo donde pasamos dos o tres semanas, tras la cuales volvimos a Italia, donde después de pasar unos días de descanso nos desplazamos al Ortles. Llevábamos dos días cresteando la principal cordal de aquellas montañas cuando sucedió el accidente. 




Con el calor de la subida apenas me había dado cuenta de que se estaba produciendo un bajón en la temperatura, estaba a tres mil metros, el Passo lo Stelvio lo veía bastante abajo. Empezó a llover débilmente, hacía frío. Me abrigué, me puse el equipo de agua y traté de ver qué es lo que haría a continuación. El refugio Garibaldi, al otro lado del paso y algo alto aunque visible, me obligaba a bajar y subir cien metros de desnivel más en la ladera opuesta. Si me quedaba allí al día siguiente tendría que que hacer media o una hora de camino hasta el lugar donde me encontraba ahora, no me apetecía desviarme de mi itinerario. Transitando entre construcciones y viejas trincheras de la Primera Guerra Mundial, la Gran Guerra la llaman aquí en Italia, descendí por un camino ancho y bien pertrechado que debió de hacerse durante el tiempo en que el frente entre Austria e Italia estuvo situado aquí. En una de la curvas hice una toma de una cruz que conmemoraba la muerte de un soldado. 



Europa, que ha padecido ciento cincuenta millones de muertos en el pasado siglo (las cifras corresponden al libro de José Antonio Marina que he leído recientemente), inauguró el siglo en esta parte del Continente con la guerra más penosa y espectacular que puede darse. La historia del frente austroitaliano entre los años 1915–18, principalmente en sus inviernos, es una de las cosas más escalofriantes y apasionantes que he leído. El libro, Guerra d'aquile. Ortles, Cevedale, Adamello 1917-1918, de Luciano Viazzi,  narra la vida de los soldados tanto en el frente italiano como austriaco durante aquellos crudísimos inviernos. En las cercanías de la cumbre del Gran Zebrú, por ejemplo, aquella en la que Nena tuvo el accidente, los soldados de ambos bloques vivían en túneles excavados en el hielo a cerca de cuatro mil metros de altura. Se conoce el hecho curioso de que en ocasiones los soldados de bandos contrarios en las condiciones más crudas del invierno intercambiaban mensajes, llegando incluso a haber un comercio entre ellos de cigarrillos y algunas golosinas. Puede imaginar uno lo que sería vivir allí en pleno invierno con el equipo que debían de disponer en aquella época. 

En el macizo del Adamello, en cuya faldas yo viví durante mi año de estancia en Italia, existe un gran glaciar en la parte más alta. El glaciar es enorme y está rodeado de montañas. Otro de los grandes frentes entre Austria e Italia estaba situado allí. El glaciar, dado que su superficie era un lugar intransitable por ofrecer un claro blanco al enemigo, fue oradado excavando galerías a lo largo de todo él, llegando a hacer de aquellas un excelente medio de comunicación. En uno de sus collados todavía se puede ver un cañón que quedó allí como un animal fosilizado que seguirá hablando desde aquella altura demencial a las generaciones próximas del grado inenarrable de la estupidez humana, a la vez que del grado de resistencia y valor al que pueden llegar los hombres. 

Hoy, acorde con el lugar por donde transito, el frente de guerra italiaustriaco, del que este año se cumple un siglo, terminaré pasando la noche en una antiguas dependencia militares de aquella época. Cuando me acercaba, después de coronar la Bocchetta di Forcola a mil ochocientos metros, me pareció que no tenía techo, pero después de arrastrarme por el nevero que la rodeaba comprobé que sí. Recorrí todo el edificio, todo era un montón de escombros pero yendo de un lado para otro en el primer piso encontré un rincón donde la tablas del suelo se mantenían y se encontraban secas. Eran la cinco de la tarde, hacía frío, estaba cansado y la niebla envolvía el lugar. Todavía estaba a tres o cuatro horas de un refugio o población. No tenía ni pizca de comida y tampoco agua, pero no me encontraba dispuesto a continuar. Según pasaba junto a una puerta tumbada en el suelo oí ruido de agua. Descargué, levanté la puerta y me encontré con una especie de pozo cruzado por unas tuberías de hierro de dos pulgadas de las que brotaba agua. Llené la cantimplora. Ya tenía agua para acompañar mi mendrugo de pan de tres dedos de largo por dos de ancho. ¡Buena cena para un caminante que lleva cerca de once horas caminando! 




Y aquí estoy a la vera de lo que fue una puerta en un viejo edificio de la Primera Guerra Mundial metido en el saco y con los dedos de la mano como sarmientos por el frío dedeando sobre el teléfono mi obligada crónica diaria.






5 comentarios:

Manuel Coronado Gil dijo...

Genial la entrada Alberto, espero que esos trágicos recuerdos se compensen con la resistencia de esos soldados y no mermen la fuerza con la que estas realizando tu travesía.
Força

José Luis Moreno dijo...

Menuda experiencia con tan sólo veinte años, esta y otras muchas más son las que han forjado tu espíritu y tu carácter de aventurero.
Buen camino

Alberto de la Madrid dijo...

Gracias a los dos. Hoy fue di de sol. Un hermoso paseo por el macizo del Bernina.

slechuga dijo...

Me has hecho recordar la parte oscura de la montaña. en la que se impone prudencia y respeto, y aun así puede ocurrir que en un arranque de cólera la montaña te arrebate esta gratificante vida, para quedarse con ella.
A veces, quedando petrificado, para formar parte de la montaña.

Alberto de la Madrid dijo...

Retengo tus palabras, quizás escriba algo sobre ello. Como en la vida no todo son bondades en la montaña.