Tierra de osos



Plattner, Austria, 14 de julio

 Hoy soy el hombre de los bosques. Salí del refugio con el ánimo tranquilo de quien tiene un largo y apacible día por delante. En estas dos semanas mi cuerpo se ha adaptado al medio, los músculos de mis piernas y brazos se han puesto a tono con las circunstancias y ahora da gusto verlos trabajar, tranquilos, adaptándose a las pendientes, recreándose en la silencio del bosque. Día nublado ideal para caminar mientras no le dé por llover. 



Que cosa maja es caminar sin notar apenas el esfuerzo de las pendientes. Hoy me siento especialmente bien, no tengo ninguna prisa, las pendientes no son excesivamente abruptas y llevo todo mi equipo seco y en orden. Es como si me dijera, bueno,  ¿a qué vas dedicar la mañana de hoy? Como el camino, además de escuchar lo pájaros y oír el rumor de los arroyos, no requiere mucha atención, pronto me dedico a mis libros, el libro de Stevenson que tengo ya muy avanzado. Stevenson es, con Joseph Conrad, uno de mis escritores favoritos. En ambos el mar es con frecuencia el protagonista más relevante. Junto a él los hombres van y vienen, tienen aventuras, se enamoran, consiguen tesoros, mueren. Y mientras tanto el mar sigue ahí imperturbable envuelto en aparatosas tormentas o rodeadas sus aguas de una calma chicha, viendo pasar el tiempo y a los hombres con sus quimeras. En el capítulo de hoy una tormenta arrasaba la pequeña isla en donde transcurren los acontecimientos del relato. Las tormentas del mar y las tormentas de la montaña, dos medios tan distintos y sin embargo tan parecidos cuando aquellas descargan todas sus fuerzas sobre los hombres y la naturaleza. Leyendo cómo se desencadenaba ésta en torno a los acantilados llamados Los hombres alegres no me sentía muy lejos de las tormentas que he vivido estos días atrás, más espectacular si cabe la del último día con el fondo de agrestes montañas envueltas en pesadas nubes negras. La novela, con el mismo nombre que los acantilados, termina dramáticamente, acorde con ese escenario asalvajado de los arrecifes envueltos en la tormenta, con la muerte de un loco que se ha atrevido a transgredir algún mandato divino. El mar se traga su cuerpo. 



A mitad de la primera ladera me encontré con la pareja del día anterior. Ella resbalaba ante la verticalidad de la misma. Intercambiamos algún chascarrillo y seguí adelante. Una hora después me encontraría con Fabián, Fabián Graetz. Un mocetón que está en la Via Alpina como yo, aunque en sentido contrario, y que lleva caminando desde principios de junio. Hablamos ambos entusiasmados intercambiando nuestras mutuas experiencias. Habríamos continuado la conversación durante horas, ambos hablábamos atropelladamente. Dos hombres que conectan en sus hábitos y llevan muchos días de camino solos y que sienten el deseo irreprimible de dar salida a su aislamiento compartiendo paisajes, lugares complicados, rutas a evitar, caminos bellos por lo que hay que pasar. Nos hicimos la foto de rigor. La hermandad del camino no conoce fronteras, todos somos peregrinos en busca de nosotros mismos. 




Cuando casi llegaba a Egger Alm oí una conversación a mis espaldas y me volví, la pareja con la que ya he coincidido varias veces seguía a unos pocos metros de mí. Les esperé. Bonito día para caminar, ¿verdad?, les dije. Era verdad, el tiempo nublado es ideal para caminar y recorrer los bosques. Ella es Carmen y él Herbert. Seguimos caminando juntos animados por una charla sobre esto y lo otro. Piensan hacer la travesía de los Alpes en algunos años. Sólo disponen de un par de semanas. Carmen estuvo cuatro meses en Cádiz estudiando y hace algunos pinos con el Castellano. Yo me quedé a comer en la hostería, ellos siguieron adelante. Por la tarde nos volveríamos a ver y cenaríamos juntos en el hotel Plattner, pero para eso nos quedaban todavía cuatro o cinco horas de camino.



Hoy descubrí que hay que entrar en los sitios hablando con aplomo alguno de los idiomas que conoces, nada de andar preguntando cuál es la lengua común, algo cercano a como si estuvieras en tu casa. El resultado es mucho mejor que si andas como quien está de prestado. Los tímidos hay ocasiones en que tienen que aprender a no serlo, es mejor para su estómago y para la satisfacción de sus necesidades. Estas hospederías refugios con lo que me encuentro son lugares cálidos y agradables cuando caes en ellas fuera del fin de semana. En días así son hasta capaces, si no saben inglés, de desempolvar algunos rudimentos de castellano que aprendieron vaya usted a saber cuando. A veces en estas situaciones se crea un agradable clima de comunicación. Sucedió hoy.Vuelvo a encontrarme con letreros advirtiendo la presencia de osos. Espero que no me salga ninguno. Los osos más grandes que he visto, no fue muy lejos de aquí, hace cinco años en los Alpes de la Transilvania. Andábamos preparando la cena Victoria y yo al final de la tarde cuando unos rumanos nos llamaron precipitadamente. La gente, que acampaba dispersa en un bosque se acercaba a la parte baja de un prado, algunos, los más precavidos, lo hacían en coche. El hecho parece ser espectáculo de cada tarde, dos enormes osos bajaban a dar cuenta de los contenedores, zarandeándolos hasta volcarlos. Un grupo de hombres y mujeres lo observaban a una discreta distancia. En algún momento, los osos hicieron un ademán de avanzar, entonces fue la espantada. En Alaska, el Parque Nacional de Denali, donde está situado el McKinley, antes de adentrarnos solos en las montañas durante unos días nos obligaron a hacer una especie de cursillo, amén de ver un vídeo sobre las costumbres de estos animales. La norma esencial consiste en hacer mucho ruido, cantar o chillar para advertir de la presencia a los osos. Un oso pillado desprevenido, más si la osa tiene consigo una cría, puede ser muy peligroso.


Los mapas son engañosos, los mapas no son la realidad, es obvio. Yo lo había mirado por encima y lo que me esperaba me pareció un paseo. La segunda parte del día trajo sin embargo barrancos, cadenas de cuerdas para sortear parajes aéreos y peligrosos y subió y bajó por los bosques como si éstos fueran una montaña rusa. Aún así tuve tiempo de leer una novela enterita, Cosmética del enemigo, de Amélie Nothomb, un análisis de nuestro enemigo interior, ese míster Hyde que todos debemos de llevar dentro. La niebla me envolvió en la última parte del camino, las montañas estaban preciosas. 




4 comentarios:

Sergio Iglesias dijo...

Cada día sigo tus escritos y tus fotos imaginando las situaciones. Me daría mucho miedo la niebla, cosa que a ti te gusta, perder la localización, y extraviarme obligándome a caminar aún mas.

Creo que otros comentarios que he hecho desde el Tablet algún día atrás, no han quedado recogidos.

Veo que vas teniendo compañía, eso es bueno y anima verdad?.

Esta bien, adelante e forza.

Sergio

slechuga dijo...

Alberto podías cambiar el "Podéis encontrar más cosas en mi página web:" de tu blog por Podemos.
Estas en plena forma en esta etapa, sigue así.
Veo que Podemos.

Alberto de la Madrid dijo...

Sergio, como ves no soy regular, tengo muy poca conexcividad. Desde que se introdujo la tecnología del gps la niebla dejo de ser un problema. A mi me gusta mucho caminar en ella. Surgen sensaciones nuevas... Un abrazo

Alberto de la Madrid dijo...

Santiago te voy a mandar mediante Victoria uno tracks para que me los unas con el Compegps. Cuando tenga buena cobertura te llamo y hablamos un poco. Un abrazo