Dos viejos amigos, el Almanzor y la Galana




Chozo alto de la Garganta de Bohoyo, 4 de julio de 2020

 

Cualquiera diría que pasaba la noche en uno de los anfiteatros pétreos más bellos y solitarios… Solitarios… jaja, eso era hace cuarenta o cincuenta años, cuando un fin de semana de inverno coincidíamos allí sólo un puñado de personas. Ahora el Circo se ha convertido en eso, en un circo. Voces, gente que no respeta las horas nocturnas y parece estar de botellón, otros que pasaban hablando voz en grito como quien sale de la calle Huertas después de que se haya cerrado hasta el último bar. Todas las veces que me desperté se veían luces de linternas bajando los Barrerones.



Entiendo poco a mucha gente que viene aquí a vocear, que no sabe hablar con normalidad y que convierte los senderos del Circo en una feria. Una lástima porque siendo un entorno tan propicio, tan hermoso y salvaje apenas dejan espacio para que las montañas nos hablen y nos cuenten qué ha sido de ellas desde la última visita. Cuando recuerdo una antigua integral de invierno aquí mi memoria no es sólo yo y lo que hacía o dejaba de hacer entonces, es esa escenografía de un vivac en los Hermanitos, la silueta negra, la luna y su sospechoso- halo alrededor, la mole del Almanzor emergiendo al amanecer envuelta en su blancura de caramelo. Hay una relación con la montaña y con las pendientes de nieve. Una madrugada, todavía de noche, noche de luna de otro lejano invierno en que se celebraba la Alta Ruta de Gredos. Una larga fila de silenciosas sombras deslizándose sobre las pieles de foca camino del Venteadero. La noche, el silencio, el siseo de las pieles en el rítmico ascenso. Hay imágenes que se quedan dentro de uno para toda la vida. Hoy que recorría al mediodía las laderas del Belesar y recordaba aquellos inviernos de Alta Ruta, sus peligrosas e inclinadas laderas que se perdían al amanecer en la oscuridad allá a nuestros pies… En casi cincuenta años no había vuelto a atravesar por allí y tenía la impresión como de quien visita a un íntimo amigo lejano. Por aquí pasábamos –¿cuántos, veinte, treinta, cuarenta iluminados?– cada invierno de Semana Santa. Iluminados me parecían hoy contemplando la verticalidad de aquellas pendientes. Las montañas, los instantes están dentro de nuestra piel, duermen dentro de nosotros y a veces despiertan, nos hablan.



Pero ¿cómo cojones van a hablarnos las montañas en medio de este gentío, de este vocerío? ¡Todos al fuego eterno!… jajaja. Bueno, la verdad es que en la montaña quizás quepa casi todo, está mañana sin más, que camino de la portilla del Crampón que empezaba a estar molesto con las voces y esas cosas, un grupo numeroso que subía detrás de mí y que llevaban la charla de los andaluces más andaluces. Les dejé pasar a ver si así les oía menos, pero volví a toparme con ellos. Cuando me acercaba ya hacía un instante que uno de ellos tenía la bota de vino en la mano ofreciéndomela. ¿De dónde venís?, le pregunté con segundas. D’un pueblo de Cevilla. Los pobres habían salido a última hora de su pueblo, hecho cinco o seis horas de coche y habían llegado a la Laguna a las tres o las cuatro de la madrugada. Y ahí estaban con esa marcha en el cuerpo al amanecer y parando cada dos por tres para regar el gaznate con el tintorro mañanero. Coño, decía uno, yo he zubido montez maz altoz que este, como el Mulhacén, pero no tan pinos como éste. En el último trozo antes de la cumbre les faltó poco para ponerse de rodillas e invocar a la Macarena para que les diera fuerza para subir “aquello”. Ruidosos, pero gente maja. Me congracié enseguida con ellos. A la Galana solo subieron tres, al resto “aquello” les venía demasiado grande. Bajando de nuevo ya éramos amigos de toda la vida. Creo que no traían ningún tipo de información. Preguntaron cómo se baja al refugio como quien pide que le orienten para llegar al bar más próximo. Nos despedimos efusivamente. ¡Que tengáis un bonito día!, les dije saludando con la mano. Ah, pero de mascarillas nada. Quizás en Sevilla ni las usen.



Resumiendo, que soy un gruñón. En la próxima reencarnación me hago político y prohíbo la entrada en Gredos a to quisqui; o me hago rico, compro todo Gredos, lo vallo y no dejo pasar más que a los amiguetes.

Soy un gruñón. Yo soy tardo de memoria e igual que me debo repetir las citas de los libros para aprender a ser buena gente y no un cabroncete, igual debo hacer con las cosas corrientes de la vida para no caer en al tentación de creerme que estoy solo en el mundo ;-). Y lo repito porque abrir los ojos y ver el Almanzor y el Ameal así, coloradotes, con las mejillas rojas por el amanecer como si se estuvieran ruborizando por la desnudez que exhibían, era el eterno espectáculo que siempre ha alimentado a los espíritus poéticos. Y como este vagabundo de las montañas lo es, pues eso, que era un gusto estar allí todavía dentro del saco de dormir contemplando el espectáculo.






En fin, en la larga ladera del Belesar y del Risco de las Natillas, ya al fin yo y mi soledad fuimos la misma cosa. No en vano elegí esta ruta. Ni por pienso, como diría aquel, habría vuelto por los Barrerones. Vengo a Gredos mucho menos de lo que debería y si el Circo no es lugar de mi predilección la culpa la tiene el gentío que allí encuentro. La decisión de bajar por la garganta de Bohoyo estaba principalmente en que quería reencontrarme con aquel trayecto de la Alta Ruta de Gredos que tan grata memoria dejó en mí las dos o tres veces que la hice, amén de que allí encontraría la soledad que andaba buscando. Como cada vez voy perdiendo más y más las prisas ya me había encariñado con pasar el resto del día en el Chozo, junto al riachuelo. La siesta, los libros, el ajedrez, la música… y porque no tengo comida suficiente, ahora que escribo estas notas recogido en ese encantador espacio que es esta choza, que si no, hasta varios días podría quedarme aquí.

Uno siempre ha sido un poco solateras, pero me da que esto se me va agudizando con los años. Hay días en que la soledad se me convierte en un espacio encantado en donde el niño chico que me siento vuelve a encontrar el regazo materno de que procede. Eso que llaman la ley del eterno retorno.

¡Socorro!, voces en el camino! Se me acabó el chollo.



 










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