La soledad, La Covacha, el Juraco, la garganta de la Nava.



Garganta de la Nava, 2 de julio de 2020

Seis, siete árboles salidos del mismo tronco común con sus ramas bajas secas y el porte rugoso de una vida tormentosa me protege del sol en una gran hendidura rocosa donde salta una cascada y el agua queda aprisionada entre paredes de granito oscuro produciendo un continuado rumor como de aguas subterráneas. La incomodidad del suelo cubierto de cascotes romos, la he salvado con el colchón de aire que, aunque colocado en extraño equilibrio sobre los cantos llega a proporcionarme un relajado descanso. No sé cuánto he dormido, quizá un par de horas. Me costó llegar por entre la escarpadura del barranco hasta el agua, referencia siempre necesaria para el caminante, y al fin después de seis horas de camino pude aflojar los cordones de mis botas y meter los pies en el agua.


Me cuesta despertar en este mundo de piedra y agua. Mis piernas y brazos acusan el cansancio. También la falta de sueño contribuye a ese estado de relajación completa en que he entrado. En la cumbre de La Covacha terminó por soplar arrachado el viento con más frecuencia de lo que yo hubiera deseado. Tampoco aquello era un lecho de flores. Y por tanto dormí menos bien de lo esperado. Lo que hace posible que desde el lecho del cansancio la sensación sea doblemente placentera. 

Cuando me despertaba miraba a la luna justo sobre mi cabeza colgando sobre las tierras de La Vera. No toda la noche fue ventosa, hubo sus momentos en que sentirme acurrucado y solo en lo alto de esta montaña alzada en el límite de dos mundos, el de la meseta y el del llano del Sur, me hacía dichoso. El sol me sorprendió en la cara al amanecer en medio de un extraño sueño. Las cumbres del oeste vestían ya su manto de miel y ámbar. Quizás, para que no se escape el contenido de la montaña, escribe Pisón, hay que adentrarse en ellas y en uno mismo. Uno es más uno mismo cuando está solo en lugar apartado y salvaje como lo son estas cumbres. Estar además en la montaña sin que se note, como si fuera una piedra más, ese buitre que se demoraba ayer tarde en el aire. La montaña por su parte se expresaba esta mañana con sencillez y naturalidad, era una mañana más de esos millones de años de su existencia solitaria presidiendo las tierras de los alrededores y sufriendo con pasmosa lentitud la erosión del agua y el viento por periodos que se contaban por miles de años. Esas bañeras en la roca, esas oquedades junto a la cumbre, ¿cuántas mañanas como la de hoy habrá necesitado la montaña para poco a poco desde un lejanísimo levantamiento ir suavizando sus aristas, redondeando sus formas?

 Me preparé el desayuno en el armazón de hormigón del punto geodésico. Un buen tazón de muesli y una barrita energética fueron suficientes. Luego recogí y bajé despacio desentumeciendo poco a poco mis piernas hacia la laguna del Barco. 

Me sonreía ahora pensando en lo que respondió una ventera del Guadarrama a Giner de los Ríos cuando éste le preguntó qué tenía para comer. “Lo que usted traiga”, fue su respuesta. Hay que dar la oportunidad a las montañas para que sean significativas, afirmaba Pisón, y hay que darnos tiempo a nosotros mismos para entender su lenguaje. Por otra parte, si no llevas nada de ti mismo a la montaña, tu disposición abierta, el anhelo, ese deseo de comunión y de encuentro contigo mismo, ¿cómo podrás recoger de ella lo que no está a simple vista, lo que aparece invisible y es inherente a los parajes salvajes y hermosos que visitamos?

Ortega y Gasset da el título de El bosque al primer capítulo de su obra Meditaciones del Quijote. El bosque va a ser a partir de ahí el elemento conductor, la condición de trabajo de su inspiración. “La invisibilidad, escribe, el hallarse oculto es una cualidad positiva que, al verterse sobre una cosa, la transforma, hace de ella una cosa nueva… El bosque es lo latente en cuanto tal”. Lo que no se ve cuando caminamos por las montañas, por los bosques o por esta desolación que son las laderas de La Covacha, necesita de nuestra disposición y de nuestro estado espiritual para revelarse. ¿Qué tiene usted para comer? Lo que usted traiga.

 El descenso por entre las rocas de los verdes canchales que descienden hacia la laguna del Barco no me permite distracciones, si no ves un hito en los alrededores es que te has perdido, así que ojo al parche. Más abajo hay que alcanzar una amplia pradería y, como lo que quiero es llegar a la laguna de la Nava, tengo que rodear la mole granítica del Juraco por el norte y, después de pasar el collado de la Portilla Honda, tomar la dirección del Alto del Corral del Diablo desde donde ya es posible divisar la laguna.


 Sigo sin entender esa extrañeza que les cae a algunos encima cuando les dices que usualmente caminas solo. Creo que caminar solo tiene mucho de acto místico, de fusión con los elementos que te rodean, con el sol. Ortega y Gasset tiene fresca en la memoria la lectura de El Quijote y se ha propuesto escribir “algo” relacionado con la obra. Algo, no sabe muy bien qué. Y para ello lo que hace es “ponerse en disposición de”. Busca la soledad en la ladera meridional del monasterio en un bosque que es a un tiempo robledo y fresneda, un entorno llamado «La Herrería». Y allí, en soledad, se encuentra con Cervantes, con don Quijote y Sancho y da comienzo una intensa reflexión que culminará con una de sus obras más emblemáticas. La soledad se hace partera. 

Desde allí todo es bajar por la cordal que llega hasta la orilla de la laguna de la Nava. Es la primera vez que visito esta garganta. Creo que es la más hermosa y salvaje de todas las que descienden por el norte desde el espinazo granito que comienza en Tornavacas y concluye en el Belesar. Sus grandes desplomes de color verdoso cayendo rigurosos y como murallas sobre el río en sucesivos escalonamientos, la complicada orografía de sus laderas le dan un aspecto rigurosamente selvático. A mitad del descenso me sorprenden unas altas paredes que caen verticales sobre el río, un granito que me recuerda la estructura de aquella magnífica pared de la vía Bonatti al Capucin en la reducida dimensión de un escarpe rocoso. La roca es compacta y lisa y cruza la pared en diagonal un pequeño techo. La pared entera hace que eche de menos mi antigua época de escalador. Con toda seguridad habría apetecido probar ese hermoso granito. La fotografío, tomó nota de sus coordenadas. Quizás cuando tenga cobertura le mande la ubicación y las fotos a David de Esteban, el explorador y escalador de primeras ascensiones más prolífico que conozco. David es una especie de Livingston de estas montañas, un auténtico explorador de los rincones y paredes de estas tierras, siempre a las búsqueda de una arista, una pared, un espolón que recorrer.



Quizás estas paredes le interesen,  y eso si no han ha sido ya surcadas que, por lo solitario que veo yo esto, no creo. Desde aquí tengo que volver a darle las gracias por haberme invitado el próximo sábado a participar en una de esas tantas vías nuevas que abre, en las cercanías del Almanzor. Le dije que sí en un primer momento, pero después me vine atrás. No está mi cuerpo de septuagenario para esos lances. Proyecto subir pasado mañana la garganta de Bohoyos para estar en el Almanzor al día siguiente y saludarlos, si es posible el encuentro. Veremos.

 A la profundidad de la hendidura rocosa en que me encuentro va a llegar la luz muy tarde, pero tengo en compensación el rumor del agua y el fragor de la cascada cercana, un buen tándem que suele hacer bien la función de sonajero.



A última hora, cuando el sol ya no daba en la hendidura, busqué al otro lado del río, donde se había formado una pequeña playa, un espacio entre la arena. Una vez instalado me hice un té y después jugué al ajedrez, una bella partida que gané, y a continuación me propuse terminar el libro de Martínez de Pisón. Unos densos capítulos que tratan de la vida, de la memoria y que terminan hablando del profundo significado de la propia casa. Del último, que lleva el título de Las neufontanas, casi me dan ganas de copiarlo entero aquí para tenerlo a mano en esos especiales momentos en que uno tiene la necesidad de ser acariciado por las cosas de la vida. Dejo pues algunas de sus últimas palabras: “Es agradable formar parte de ese reducido mundo como las hierbas o los minerales, experimentar afinidad con los bloques o las crestas rocosas, la sosegada sensación de la tierra que acoge y nutre. Encontrarse con naturalidad como prolongación de lo que te rodea, de los fenómenos que suceden en el espacio y de las leyes que lo rigen, con sensación apacible y simple”.

 Agradezco al profesor Martínez de Pisón el placer y las enseñanzas que me ha proporcionado la lectura de su libro.

 
 
  


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