Joder, con el peso del macuto…


Collado de Nabarlatz, 30 de julio de 2020 

Cercanías de Bera- Collado de Nabarlatz.

 

Joder con el peso que me hace dudar hasta de la cordura de lo que estoy haciendo. ¿Estaré tan viejo, coño? Tercera parada en la mañana y casi sin fuerzas para volver a levantarme porque caigo dormido de inmediato y tengo que hacer enormes esfuerzos de voluntad para volver a ponerme en pie. Si pasara por aquí en estos momentos mi otro yo de otros veranos seguro que se cachondeaba de mí, me diría algo así como: ¿Qué haces ahí tío, despatarrao como si estuvieras a punto de palmarla? Jo, ese tipo de situaciones en que creí que ya no me volvería a encontrar. Casi con el agobio de no poder continuar. También es cierto que a la falta de entrenamiento se une un calor del carajo que a lo único que invita es a buscar una sombra para dormir la siesta hasta que se atempere la cosa. Menos mal que en el puerto de Lizarrieta encontré inesperadamente un restaurante en el que aliviar mi cansancio.

Fue bonito dormir bajo las estrellas pero excesivamente húmedo. En estos sitios no sabes nunca si la noche va a ser seca o vas a amanecer con una capa de agua encima. Hoy tocó agua. A las seis de la mañana todo estaba como si hubiera pasado la noche bajo la lluvia. Todavía no había amanecido pero ya la débil luz sobre el horizonte dejaba ver a mis pies un mar de nubes lechoso que se escurría casi hasta mi vivac. Sería una mañana de esas en que las montañas y la niebla se alían para hacer del alba un momento extraordinariamente bello. Mientras me preparaba el muesli, esta vez en frío porque al exceso de peso era imposible añadir el kilo de la cocina y sus complementos, las nubes a mis pies fueron adquiriendo la blancura de la nieve, las sombras de los árboles se adensaron contra el mar y los picos fueron elevándose sobre la superficie de las nubes en la serena soledad de la madrugada. Ya en camino, cuando el sol levantó sobre una colina del fondo, paré un instante para hacer unas tomas antes de que el sendero se hundiera en la niebla, el sol se abría paso tras los ensortijados arabescos que formaba el muérdago en el extremo de las ramas que abrían sus brazos desperezándose sobre un tapiz de helechos. La orografía de prados donde pastan ovejas o vacas es un paisaje de suaves colinas donde los hayedos y los robles salpican las laderas creando un armonioso conjunto en el que el hombre colabora adaptando parte del terreno a las labores ganaderas.

La cordal por donde desciende se hunde más abajo en la niebla emulando la imagen de un submarino gigante sumergiéndose en las aguas del mar. Bajo ellas no hay peces ni corales, en su lugar aparecen las hayas como fantasmas de brazos en alto. Y el caminante, asumido de esta imagen que le ha sugerido la inmersión en la niebla se convierte en un buceador de fondo que bastones en manos desciende zigzagueando por un recoleto sendero hasta las cercanías del mismísimo fondo marino en donde la niebla, como saliendo del encanto de un cuento de hadas, desaparece para ofrecer la realidad de un pueblecito vasco al que se accede a través de un antiguo puente de piedra. Estoy en Bera y el río que salva el puente es el Bidasoa.



Podría esperar a que abran el supermercado de enfrente para darme algún premio gastronómico, pero decido que no, que tengo que seguir, que es muy temprano para darle gusto a ese cansancio que ya empieza a atosigarne y que si paro más de la cuenta luego me va a costar moverlo. Mi cuerpo hoy es como un jamelgo mal alimentado al que le ha pillado de sorpresa este arranque de su dueño de ponerle a patear el monte. Él, aunque le he sacado a caminar por Gredos y Guadarrama algunos días, andaba despistado con esto del Covid, extrañado de que este verano el dueño todavía no le hubiera puesto las alforjas sobre el lomo y llegó un momento en que se debió de pensar que este verano se libraba de las usuales palizas a las que le somete su dueño en esta época y andaba en casa feliz pensando en las siestas y en los ratos de relajación en la piscina creyendo que este año tocaban vacaciones. En fin, que le pilló desprevenido. Así que ahora cada vez que lo siento, esta mañana en Bera frente a un supermercado, él debe de pensarse que solo está de paseo y se despanzurra nada más que ve un prado o un asiento.

Así que penando andamos, amigo Sancho, con este rocín que a duras penas me arrastra por este bucólico paisaje. Le di de comer bien y bebió en el restaurante hasta que le salió el agua por las orejas, pero después de media hora tras comenzar a caminar volvió a decirme que nanáis. Pasando junto a un prado yo tiré de las riendas hacia el lado contrario, pero ni puto caso, el tío erre que erre me llevó derecho bajo la sombra de un fresno y allí se deshizo de las alforjas y se tiró al suelo con aspecto de descuajeringado. Total, aproveche para poner al sol el saco de dormir que se había empapado durante la noche y cuando volví estaba totalmente sopa. Yo leí un rato bajo el mosquitero, un libro que me recomendó el amigo Zalabardo, Como funciona la mente, de Steven Piker. El verano pasado me dedique a la primatología con el ánimo de llegarme a entender a mí mismo un poco más, a mí y a mis semejantes, claro, y este verano mi curso de verano andante, fuera del campo de la literatura, tiene en su programa la difícil tarea de entender algo más el funcionamiento de la mente, que según Piker es lo que el cerebro hace. No es tarea vana querer entender cosas tan sencillas como eso de que la gente se enamore locamente, o que piense como piensa o qué reaccione de esta o la otra manera. La complejidad del cerebro y de su evolución desde que bajamos de los árboles bien merece que le dedique un tiempo estos días… eso si las cuestas no acaban volviendo loco a mi cuerpo. En realidad la lectura me duró poco. Me quedé sopa a los diez minutos.

Cuando desperté estaba nublado y se oían truenos a lo lejos. Me costó horrores poner en marcha a mi cuerpo. Una hora y media más tarde decidimos de común acuerdo dar por terminada la jornada en un cruce de caminos algo protegido por el viento.







 

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