Ibón Azul Inferior, 10 de agosto de 2020
Estaba jodido como no lo había estado nunca antes. “Aquello” le
había dejado hecho una mierda. No quería nada con nadie. Fue a por el saco de
dormir y buscó un rincón en la parcela para echarse y pasar la noche. Era
difícil encontrar un dolor semejante. Todo le ardía por dentro. Pasó la noche
dando vueltas a qué haría al día siguiente. El cuerpo le pedía una huida
inmediata. Habían acabado las clases días antes, así que podría elegir
cualquier destino entre Nueva Zelanda o el extremo opuesto de Alaska, pero ello
suponía un intermedio en el que se tendría que relacionar necesariamente con
muchas personas y no deseaba otra cosa que estar solo. Cuando amaneció ya había
decidido lo que haría, se marcharía al Pirineo y vagaría por él durante todo el
verano. Apenas le tomó media hora hacer el macuto. El deseo de huir era
ardiente como una herida abierta en canal. Un rato más tarde dejaba atrás su
casa como un proscrito que no fuera a retornar a ella más. En Atocha compró una
litera para el expreso de Port Bou que saldría a la tarde. Vagó por la ciudad
sin rumbo fijo durante todo el día, pasó por Desnivel a comprar unos mapas y se
sumergió el resto del día en la música de un walkman a un volumen que hiciera
acallar todos sus pensamientos.
Para arrancarse aquella babosa que se le había pegado al alma y
que amenazaba con succionarlo por entero no era posible encontrar un remedio
más propio para su temperamento que tratar de embrutecerse caminando como un
enajenado, no pensar, caminar, caminar, caminar hasta que las montañas que
nacían junto al Mediterráneo se volvieran a hundir en el otro extremo en las
aguas del Cantábrico. Él confiaba en que un mes y medio de soledad rodeado de
bosques y montañas actuara como un dique capaz de poner distancia entre él y
“aquello”.
Hoy después de tantos años hubiera sido práctico consultar el
diario que fue escribiendo en una libreta de pastas de hule negras. Seguir el
curso de su escritura y comprobar cómo la letra angulosa que surgía en los primeros días, como trazada con la punta de un cuchillo, fue
paulatinamente adquiriendo un tono más sosegado. Cuando atravesaba los
apretados bosques de bojes de La Garrotxa, umbríos hasta no dejar pasar una
brizna de sol, confundidos él y el bosque en un mundo de musgos de verdes
apagados por donde se abría paso un angosto sendero, tuvo la sensación de que
él y aquel oscuro mundo tenían mucho en común. Después hubo días algo más amables.
En un collado se encontró con un anciano, único habitante en un
grupo de media docena de casas. Llevaba años viviendo allí, su mujer y sus
hijos vivían en Barcelona. Hacía un año y medio que no los veía. Un invierno
con mucha nieve la guardia civil le había hecho una visita en helicóptero. Se
negó a que lo llevaran al valle. No era una novedad, contaba el anciano, ya
habían venido otras veces. Cultivaba una pequeña huerta unos cientos de metros
más abajo. Le dio mucho que pensar aquel hombre. Cuando se despidió de él tuvo
necesidad, no supo por qué, de escuchar La pasión según San Mateo, de Bach.
Aquella música la absorbía su ánimo hasta producirle la sensación de ser
también, como el bosque, parte de sí mismo, como lo son los arroyos o el viento
y la lluvia.
* * *
Llevo un par de días recordando aquella historia en la que después
de cuarenta días el protagonista apenas había encontrado otra cosa que un
inmenso vacío que quedó en su ánimo como quedan los efectos secundarios de una
grave enfermedad. Las montañas, como el mar, son un recurso para las cosas del
alma cuando a ésta le aquejan dolencias. Son amables las montañas, el alivio
que aporta vivir en ellas, recorrerlas y tener contacto con sus
manifestaciones, el viento, el sol, la lluvia, hace que cuando salimos de ellas
algo hayamos cambiado. Encontrarse con las montañas es encontrarse también con
uno mismo.
Esta tarde sin más, por eso recordé esa historia. Llegué al refugio de Respumoso muy temprano y, como conseguí que me sirvieran excepcionalmente la comida a las once y media, enseguida pensé en volver a encontrarme con cierta sensación de desolación que recordaba había sentido hace muchos años una vez que atravesé entre Respumoso y los lagos de Bachimaña después del Cuello de Tebarray. Por cierto, en el lugar más expuesto antes del collado, que está servido por cables de acero, coincidí con una pareja de ingleses que me produjeron la curiosa impresión de que mi macuto era ligero. Él llevaba un macuto de 22 kilos y ella de 17.
La sensación de soledad y como cosa de otro mundo que produce el entorno de cuello de Tebarray y más adelante el del Infierno es tan magnífica como para sentirte realmente en un lugar inhóspito de un mundo no frecuentado. Ese tipo de hermosa desolación que se respira en ciertos lugares de Picos de Europa. Un lago y grandes pedreras que terminan en el agua. Un lugar imposible para vivir. Había pensado en la posibilidad de dormir por allí, pero aunque en el cuello del Infierno alguien había improvisado un pequeño lugar para vivaquear, aquello sobrecogía un tanto, además de que se estaba fraguando la tormenta de la tarde.
Me encontraba muy lejos del ibón Azul
Superior cuando empezaron a caer las primeras gotas. Hoy sí que no me libraba.
A lo pocos minutos tenía la tronada encima. El cielo se oscureció y una cortina
de agua empezó a derrumbarse sobre el vagabundo mientras los truenos retumbaban
en la estrechez del valle. El camino se convirtió en un arroyo. El sendero, que
más que camino era una referencia que había que ir localizando por las señales
rojiblancas, terminó por desaparecer. Bajo la lluvia intensa no era nada
divertido bajar por dos grandes neveros que encontré en mi camino. El ambiente
se puso espeso y algo dramático y en poco tiempo mis botas hubieran necesitado
un sistema de achique. Cuando la pendiente se ralentizó sobre unos prados, todo
él se convirtió en un río. No fue posible buscar un lugar adecuado por donde
cruzarlo y tuve que meter las botas en el agua. Nunca mejor dicho: de perdidos
al río. En algún momento perdí las señales. Las dificultades de consultar el
gps del teléfono con la lluvia me entretuvo por un rato hasta que pude dar de
nuevo con el camino. Estaba a tres kilómetros del refugio de Bachimaña. No me
hacía gracia lo del refugio, especialmente porque estas circunstancias son
siempre una fuente de sensaciones, pero… Me resigné. Sin embargo sucedió algo
curioso, estaba dejando atrás el ibón Azul Inferior cuando la lluvia, que hasta
ese momento había sido muy fuerte empezó a disminuir en intensidad. Diez
minutos más tarde, a la vista ya del lago de Bachimaña Alto, la lluvia ya
prácticamente había cesado. No lo pensé dos veces. En el mismo camino,
aprovechando un llano donde una hierba rala cubría el sendero, me propuse poner
la tienda.
Incluso hubo un poco de sol que permitió secar el equipo de agua. Ahora el recuerdo reciente de la tormenta, y yo dentro de ella, en este entorno tan agreste y solitario me deja una sensación de regusto muy agradable.








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