Noche en las cumbres: Alto de Colgadizos

 



Alto de Colgadizos, 28 de la noviembre de 2020

 

A veces pienso que sólo por escuchar este silencio ya merece la pena subir a uno de estos altos a dormir. Ha estado lloviendo por un buen rato pero después de cenar, cuando los pequeños ruidos en mi tienda han cesado, me sorprende el silencio que me rodea, ese silencio cuya presencia descubro repentinamente, tan profundo. En la vida que nos toca vivir en épocas como la nuestra, el silencio, el silencio total, es tan difícil de experimentar que cuando nos encontramos de verdad con él casi impresiona, más en esta situación en que una espesa niebla envuelve mi tienda de campaña en uno de los altos de Somosierra.

Había salido de casa sin rumbo fijo, los alrededores de donde vivo estaban envueltos en la niebla y era dificil saber dónde encontrar una pequeña ventana de tiempo donde al menos no lloviera. La semana anterior había sintonizado con la zona norte de nuestras sierras así que al final tomé la N-1. ¿Pico el Lobo, Peña Cebollera, alguna parte de la cuerda entre el puerto de Somosierra y Peñalara? Cuando pasé de Buitrago, al este del puerto todo estaba cubierto, las nubes guardaban en su seno todas las cimas; sólo estaba despejado un poco la cuerda por encima de La Acebeda y Briazas, así que hacia el puerto de Somosierra me dirigí. Ya me había dicho recientemente que alguna vez tendría que volver a hacer el recorrido entre Somosierra y Peñalara del que me quedaba algún recuerdo perdido de un invierno de casi medio siglo atrás. La cosa no daría para tanto entre una tarde y una mañana, pero…

“Solo encuentro momentos felices en mi soledad, mi soledad es mi palacio. Es ahí donde yo tengo mi silla, mi mesa y mi cama, mi viento y mi sol. Cuando estoy sentado fuera de mi soledad estoy sentado en el exilio, estoy sentado en un país engañoso, porque sueño haber visto nacer la luz en mi soledad”. Mientras hacía el largo camino que lleva al primer alto de la sierra, Los Colgadizos, recordé esa atractiva introducción con la que una voz en off inicia el recorrido de la película que vi anoche. Por la tarde mi amiga Nuria me había mandado un par de líneas sobre ella que me hicieron suponer que me iba a gustar. Leolo, era la película. No estaba en Filmin así que abrí el Emule y la bajé (bendita vieja mula que tantos buenos servicios nos sigue prestando). Cruda pero interesante, me había dicho Nuria. Un niño en un desván aislado del mundo y sumido en la lectura de un libro, algo que ya se repetía en La historia interminable y que es siempre una imagen sugestiva que llama a felices momentos de la niñez, tiempo ni perdido ni recuperado que está ahí como están tantos otro instantes de la vida esperando simplemente tropezarse en cualquier momento con nosotros en cualquier revuelta del camino para que de nuevo suba a nosotros el sabor de la magdalena y volvamos con ello a recuperar momentáneamente alguno de esos hilos perdidos del pasado que llenaron de rincones encantados la vida en otro tiempo.

La película es un recorrido no demasiado amable por la infancia, pero que deja el regusto por concomitancias de nuestra propia niñez. Efectista muchas veces porque la taquilla manda, pero que se tolera porque globalmente la historia tiene garra y porque la colección de retratos que ofrece el film, uno de sus mejores aciertos, son una maravilla tanto desde el punto de vista narrativo como por la plasticidad con que son presentados. Ni Velazquez habría escogido en los barrios de Madrid personajes tan sabrosos como el padre, o tan enormes y maternales como su propia madre.

A mí los argumentos de las películas se me pierden por los imbornales de la memoria al poco de verlas, pero curiosamente reconocí enseguida algunas secuencias en ésta, sí, la había visto hacía unos años. El que lo que recordaba estuviera relacionado con el sexo probablemente el psicoanálisis podría explicarlo. El descubrimiento del sexo por parte de Leolo es una constante relevante que está escrita, creo, en la  historia de la niñez y preadolescencia de la  mayoría de los seres humanos. La mirada, cuando somos mayores, de ese encuentro con el sexo y con los enamoramientos, es casi siempre un acto de reencuentro con nosotros mismos en lo que tenemos de seres curiosos  abandonados a nuestros propios recuerdos y a esa soledad con la que nos encontramos ante los cambios y las pulsiones de nuestro cuerpo repentinamente sorprendido por una presión que parece venir como en los volcanes de lo profundo de la entrañas; todos esos deseos y desorientación producto de unas pubertad que despierta.

Hablamos de las soledad como un hecho general, deseado o no, que a unos acaricia y refresca el espíritu y a otros aterra, pero la soledad en que los niños y preadolescentes enfrentan/enfrentábamos las transformaciones del cuerpo es una soledad profunda que los adultos sortean dejando a aquéllos en una situación de completa indefensión. No sé si bueno o malo, porque acaso sea la primera situación personal complicada que una persona resuelve por sí misma, lo que le pone en camino de una deseada autonomía; pero que en cualquier caso se trata de una situación que marca de modo relevante tanto a los hombres como a las mujeres por cuanto en un momento importante de su vida es fácil que lo tengan que enfrentar en la soledad de su desorientación.

En la película se da otro elemento importante en que los niños hacen frente a esa soledad de que vengo hablando. “El miedo habita en nosotros”, dice en algún momento la voz en off. Los senderos de la vida, esos por los que todos caminamos, están llenos de momentos significativos, pero lo que llama la atención es la indefensión a que nos encontramos sometidos en edades en las que todavía los recursos y la experiencia son sumamente pobres. En estas cosas andaba yo metido caminando por lo alto de una loma que más tarde cubrió la niebla. El sendero atravesaba un pinar donde los árboles aparecían ya como arropándose para la noche. Cuando la loma cogió pendiente y el camino empezaba a zigzaguear, tomé un atajo que me llevó casi hasta lo más alto. Mi idea era caminar hasta muy tarde para dormir en los altos por encima de Braojos, acaso podría incluso llegar hasta Peñaquemada, pero repentinamente comenzó a llover y tuve que apurar para poner la tienda en lo alto de Colgadizos.

Ahora de tanto en tanto el silencio queda levemente roto por una lluvia ligera que se posa tímidamente sobre mi tienda como quien entrara de puntillas sin querer hacer ruido.

Los ritos y su razón de ser. Éste de salir todas las semanas a buscar una eminencia sobre la geografía de los alrededores para vivaquear o plantar mi tienda, está empezando a ser mi  particular sabat. Las bondades de algunos ritos, o más sencillamente hábitos, son tantas, por lo que tienen de energía interior acumulada, que bien se entiende el uso que se ha hecho de ellos, especialmente las religiones, a lo largo de la historia. El otro día, mi chica, que había oído a alguien muy buen comunicador, loable cualidad, en la radio contar cómo se bañaba  en las aguas heladas de algún río de Islandia a diario, me contaba que también ella había comenzado a ducharse con agua fría cada mañana nada más salir de la cama. Yo los únicos cumpleaños que celebro, y sólo para mi coleto, son el uno de noviembre, fecha en que cumpliendo los setenta el día de los muertos decidí que a partir de entones todos los días bailaría al levantarme, saludaría al sol, haría media hora de ejercicio y me ducharía con agua fría: total: ¡Mano de santo! Si ahora a esos ritos añado este semanal de dormir cerca de las estrellas y además pasado mañana me invento otra rutina que vaya bien a mi cuerpo o a mi alma, y al mes que viene etcétera querrá decir que estaré poniendo a buen resguardo a mis neuronas. Vamos, que lo que sea, pero que no falte diversión hasta esa mismísima hora de decir bye bye a la vida.

Ha vuelto el silencio total al lugar. Soledad y silencio para un largo rato de no hacer nada pero que siendo la noche tan larga me invitan más adelante a terminar el día con alguna película, hoy una comedia de enredos muy propia para llegar al sueño con una sonrisa en los labios: La pantera rosa. Tuve que meter la pantalla dentro del saco porque hacía frío, pero aún así, de vez en cuando tenía que sacar la cabeza para soltar una carcajada. Reía como un niño con las patochadas del comisario de policía. Y después, curioso cambio de escenario, cuando el león de la Metro-Goldwyn-Mayer dejó de rugir, quedé de nuevo en medio de la niebla con un viento que sonaba como atravesando las almenas de un castillo medieval.

 


 


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