Noches en las cumbres: Abantos





Abantos, 7 de noviembre de 2020

 

Al menos tuve la suerte de no traerme las dos botas del mismo pie. Lo  descubrí en el parking de donde arranca el camino a Abantos cuando me las fui a poner. Cada una era de su padre y de su madre pero por suerte, eso, del mismo pie. Recuerdo haber leído de una expedición polaca a los Andes en la que cuando fueron a desempacar en la marcha de aproximación se encontraron con que todas las botas eran del pie izquierdo. Aquella expedición fue un martirio para todos los expedicionarios que debieron de terminar con los pies a la virulé. Yo tengo una marca en el Libro de Guinness, la primera absoluta a la cumbre de La Maliciosa en pantuflas, un día que tenía prisas y que cuando llegué a La Barranca me encontré con que me había dejado las botas en casa. Esas cosas que pasan.

Desde hace un rato vengo luchando para conseguir una posición idónea dentro del saco que me permita escribir con comodidad, pero no doy con ello. He metido un trozo de bastón dentro a modo de mástil que levante la parte superior del saco pero la cosa no termina de funcionar. Me voy a proponer inventar algo, que luego patentaré, que permita que los amantes de los vivacs en estas largas noches de invierno pasen un buen rato dentro del saco escribiendo o viendo una peli. El saco obviamente es estrecho y será necesario para que no se te caiga sobre las narices. No sé pero me resulta algo exótico y a la vez practiquísimo cuando asomar las narices por fuera del saco puede suponer que las napias se te llenen de carámbanos. Imaginemos, no hoy que subí a Abantos medianamente bien con un poco de niebla al final, sino un día de estos con un frío del carajo y además con nieve. Llegas, haces un gurejo en la nieve para tu vivac, cenas y, como la noche es muy larga, sacas ese invento que voy a inventar y dentro del saco con toda comodidad te pones a ver una peli o a escribir tus memorias dentro del calorcito del saco mientras fuera se hiela hasta el aliento. Y es que hay mucho que inventar en esto de los vivacs. Ya conté aquí que el pobre de Messner en varias ocasiones se ha quejado de que una de las cosas que peor lleva de los vivacs es salir a mear en mitad de la noche. Pues bueno, una cosa tan sencilla como una botellita, de boca un poco ancha, no faltaría más, para echar las meaditas nocturnas, no se le ocurrió a este experto alpinista. Ahora con mi invento no sólo no tendría que salir a mear fuera sino que también podría amenizar sus invernales leyendo Guerra y paz o siguiendo la serie de moda si ese fuera su gusto. O echar una partida de ajedrez o… De momento la cosa funciona tan bien que da gustito oír al viento peleón de fuera mientras yo, como un Ignatius cualquiera, me dedico a escribir sobre esto o lo otro.

Ayer eran las dos de la madrugada cuando se abrió la puerta de mi cabaña y apareció Victoria. Se había desvelado y venía a compartir el fuego de la chimenea conmigo. Estaba con una partida de ajedrez, pero eché a un lado el tablero, y la partida, que había comenzado con la apertura Rachmaninoff, quedó sin más interrumpida. En la chimenea ardían los restos de un viejo álamo que había derribado el viento unas semanas atrás. Las noches de invierno son fructíferas casi siempre, más todavía si media un buen fuego en ellas como es nuestro caso. Como yo estoy leyendo a Hadot, la conversación se fue del lado de la filosofía, no de la filosofía peñazo que se ocupa de construir torres y torres de conceptos abstractos que sólo unos pocos elegidos entienden y que en absoluto ayudan a vivir mejor, que era lo que perseguían los filósofos de la antigüedad, sino de la filosofía que ayuda a abrirse paso en esta cosa tan rara que es la vida. Yo soy superpesado en mi diario con estas cosas que, acaso, pienso, tengan su razón de ser en querer tener medianamente claro la razón de lo que uno hace. Bueno, pues es que hoy desde que salí de El Escorial no tuve en la cabeza otra matraca que la de ayer noche con Plotino, Platón y toda esa troupe que desde hace muchos años son una de las la linternas que alumbra el camino de este buscador de sensaciones en que me he convertido.

Pero, a todo esto, no tardé en aproximarme al gorro de nubes que cubría toda la cordal de Abantos hasta el Alto de los Leones, aproximarme y quedar engullido por ellas. Tuve que subir a tientas ya en la semioscuridad y sin ver ni pijo. Como últimamente me ha dado por cargar con el trípode no tuve más remedio nada más llegar a la cumbre que intentar sacar partido a la noche en un momento en que la niebla, como si fuera el telón de un teatro, se abrió y dejó ante mí el espectáculo de la noche. Últimamente me he empeñado tanto en esto de tomar las cumbres del Guadarrama o Gredos, como si fueran el colchón donde pasar algunas noches, que a punto estoy de concebir la idea de escribir un libro que trate exclusivamente de esta excéntrica afición mía a cortejar las cimas de las montañas en invierno. Lo mismo me lo termino de creer del todo y con ello ya tengo diversión hasta la primavera. Porque divertirse con algo hay que divertirse, más en estos tiempos grises en que las ayusadas y las trumpiadas son la esencia del circo mundial.

Tengo que decir algo de la noche, del paisaje, ¿no? Pues bueno, que la cosa estaba chachi con eso del ir y venir de las nubes. Algunas de las fotos nocturnas creo que quedaron guapas. Hoy a falta de mi propia silueta usé de primer plano la cruz de la cumbre, poca cosa pero que dejó tras de sí un cielo precioso iluminado por el lejano alumbrado público. Tuve que abandonar toda esa lindeza que brillaba a mis pies al cabo del rato porque me estaba quedando helado llevando el trípode de un lado para otro y ajustando aquí y allá exposiciones o tiempos.

Me recuperé enseguida con una sopa caliente y unas judías verdes con jamón. Y yo creo que ya basta por hoy. Voy a echar una última mirada al llano madrileño que desde la sierra siempre parece un belén y sanseacabó por hoy.

 

Me desperté al amanecer, abrí la cremallera de la tienda y fuera estaba la nada de una mañana de espesa niebla. Un buen día, pensé, para pasear por el Hayedo Encendido de más abajo.  El descenso, siempre entre la niebla, resultó un paseo encantador. Quedaban pocas hayas con hojas, pero alguna había, fue suficiente para satisfacer mi deseo de recoger alguna instantánea de la mañana.

La Osa Mayor sobre Abantos

  

  

 



 





  

No hay comentarios:

Publicar un comentario