Noches en las cumbres: Peña Quemada





Peña Quemada, 3 de diciembre de 2020

 

Viento del oeste, mi capitán. Y ya se sabe que siendo el viento del oeste agárrate que vienen curvas. Me podía haber quedado más abajo en un pradito junto a Peña de la Muela entre los pinos al resguardo del viento, pero no, parece que algún enanito me ha dictado unos principios que dicen que no, que hay que dormir en la cumbre, como Dios manda, que decía siempre mi madre. Y el capricho del enanito se paga: una ventolera de padre y señor mío había allí en Peña Quemada. Esta tarde, con eso de que no sabía si iba a disponer de coche o no, dos días atrás a la furgo se le había caído en plena carretera el tubo de escape, casi me había resignado a quedarme en casa, pero no, estaba comiendo cuando sonó el timbre, era el mecánico,  David, el hombre del que hablaba días atrás aquí y que nos contara viejas historias de su pueblo de cuando era niño. Con el coche en la puerta y el macuto hecho ya no me quedaba más remedio que tirar para adelante, aunque las previsiones en toda la sierra eran de nevadas por la noche.

Había mirado con cierto temor las previsiones de diez bajo cero en la Peñota, que era el sitio más cercano, pero cuando me encontré en la carretera y vi que estaba bastante despejado decidí seguir mi rutina en las montañas del norte. Peña de la Muela, sobre Braojos, era un alto posible que no conocía y del que días atrás hablaba Pedro Nicolás en FB (repasando esta escritura y viendo lo que vino después, tengo que agradecer a Pedro que nombrara estos parajes que me sirvieron en bandeja una bonita experiencia). Me valía esa Peña. Calculaba ver desde allí una nueva perspectiva sobre Peñalara, Cuerda Larga, La Cabrera y, más hacia el norte Peña la Cabra.

Peña la Cabra


La Cabrera

Hoy eché al macuto un viejito saco doble Pedro Gómez que hacía décadas no usaba por eso, por lo viejito y lo guarro que está –imposible limpiar eso, me dijeron en la tienda cuando lo vieron, se desharía– pero es que el anuncio de la bajada de temperatura me tenía mosca. Calculaba, decía, y es que la ventolera, que inclina peligrosamente la tienda, me distrae de mi escritura. Además, este saco es más estrecho y escribir dentro de él es algo complicado porque me obliga a tener el teléfono a cinco centímetros de la nariz y lo que faltaba para un estrábico al que ya se le va un ojo para cada lado, así que si este ejercicio de proximidad me vuelve además bizco, menudo cuadro el mío, ya  no volvería a ligar en la vida. Calculaba, sí, además que no estaría bien irme a la tumba sin haber visitado todas estas cumbres secundarias que partiendo del puerto de Somosierra forman las ondulantes lomas que terminan después del puerto de Reventón dando un repentino respingo  irguiéndose para formar la atrevida cumbre de Claveles y su hermana mayor, Peñalara.

Así que por culpa del tubo de escape terminó haciéndoseme de noche un poco más allá de Peña de la Muela, eso sí, no sin que antes desde esta eminencia se diera un bello espectáculo de malvas allá por Guarramas y Peñalara y que sólo podía ver a medias tras los pinos.


Peñalara

De noche, como San Juan de la Cruz, aquellos inolvidables versos, y con el deseo de poner mi tienda lo más cerca del cielo, tiré así para arriba en medio de la oscuridad y un  frío que desde hacía un rato me estaba dejando lo dedos insensibles. En realidad lo de esta tarde era un juego, un juego de la edad tardía, quería ver qué rostro tenía ese frío que anunciaban las previsiones. De momento allá por Cuerda Larga y Peñalara la montaña ya exhibía un ligero manto de nieve. De tanto ver la nieve en la distancia me había olvidado cómo era eso de caminar en el frío, jugar, ver qué tal eso de poner la tienda de noche con mucho viento y con las mano heladas. Al final el juego resultó atractivo, cuando llegué al vértice geodésico de Peñaquemada había unas condicione óptimas para ese juego. Viento, frío y ese manto de estrellas luminosas a mis pies que es el llano madrileño. El escenario estaba montado. Me observé: la tela de la tienda volaba, pero me lo tomé con calma, clavé una primera piqueta y contemplé cómo el viento se llevaba por los aires el resto como una vela desprendida de su mástil, luego puse otras tres piquetas y me fijé en las manos, la izquierda estaba caliente todavía y la derecha, desnuda, no estaba mal, podía manejar los tiros. Ninguna prisa. Contemplé casi con pachorra mi situación. Qué coño, hacía un viento que se llevaba la tienda, pero nada más, nada de ese temor que en la distancia me hacía dudar. La tienda con tanta agitación no quedó muy allá pero estaba sólidamente sujeta. La puerta como siempre mirando a levante para contemplar un posible amanecer, todo recogidito por si se cumplían las previsiones y la noche ponía una manto de nieve sobre esta montaña. Una pequeña tiritona me entró, pero nada más. Tan bien estaba que desenfundé el trípode y trate de hacer alguna foto rapidita sujetándolo con las manos en su base para que éste no saliera volando. Solito, con frío, con la tienda puesta y con el añadido de alguna fotografía. Nada de lobos en el horizonte; no es tan fiero el león como lo pintan.

Ahora, cenado y cómodamente instalado en esta bamboleante tienda que espero resista al viento, debería hablar de algo que traía metido en la manga desde esta mañana y que me encontré en el muro de la amiga Julieta, una amiga mexicana que hace el noble trabajo de intentar llevar a amigos y familia de fallecidos un poco de paz y sosiego. Ella había compartido un post que llevaba el título de Un camino y que comenzaba de esta sugestiva manera: “¿No será que la pareja es un camino y no una meta? ¿Una entre otras formas de caminar?” Me gustaba la idea, nunca había pensado en la relación de pareja desde esa perspectiva que aplicamos a la montaña y que perfectamente se puede referir a la vida en general: no es lo importante llegar a Ítaca sino el camino que lleva a ella. Apañado hubiera quedado Odiseo si después de tantas aventuras y de cargarse a todos los pretendientes de su amantísima Penélope, no se inventa algo, cualquier disculpa para ponerse de nuevo en camino.

Debería ser posible un camino a ninguna parte, pero dadas las condiciones en que opera el cerebro siempre deseoso de fijarse una finalidad a todo, mejor servirse de esa su afición pero sin hacerle excesivo caso. Él me propone una cumbre, una pareja con la que vivir y bien, vamos a ello, pero lentamente, poco a poco, sin prisas, contemplando y viviendo minuto a minuto qué sucede en el camino, qué sucede en el momento presente. Las pequeñas cosas que suceden esta tarde desde que aparqué el coche en  Braojos hasta este mismo instante es el camino; que continuará mañana, con nieve o sin ella, hasta que vuelva a poner el pie de nuevo en mi casa. Por  medio habrá habido un hipotético objetivo, una cumbre, pero de hecho (¡coño, la tienda se me viene encima con estas ráfagas repentinas de viento! Alberto, ¿seguro que has fijado a conciencia todas las piquetas? Espero que sí…), pero de hecho, sólo será parte de ese eterno retorno cotidiano al que ha de seguir un objetivo para que sea posible estar de nuevo en el camino, que es lo que importa. Mañana por la noche después de cenar, ya junto al fuego de la chimenea y lejos de esta ventisca que a duras penas me deja escribir, se lo voy a contar a mi chica, a ver qué le parece a ella eso de que seamos un camino, un camino incluso hacia ninguna parte, pero que en cualquier modo sea hermoso.  

El viento se está poniendo impertinente al punto de echarme la tienda encima de continuo. Con este viento va a ser difícil que nieve, que es lo que yo quería para esta noche. Despertarme con toda la montaña nevada iba a ser un bonito regalo para mañana. En fin, ya veremos. Buenas noches.

* * *

Pero no, de buenas noches nada, que apenas pude dormir una o dos horas. Mi tienda, una de esas ultraligeras, de algo menos de kilo y medio es bonita y resistente, pero tiene unos exiguos setenta centímetros de ancho y lo que tiene de bueno para estar sentado, lo tiene de malo cuando un fuerte viento sopla por los costados. El viento era tan fuerte que inclinaba la tienda hasta caérseme a golpetazos encima. Y mira que la tienda ha recibido grandes palizas en Alpes y Pirineos que me han obligado a veces a pasar horas haciendo presión sobre la tela contra el viento, pero no escarmiento, se me olvidan estas circunstancias. No dormí, pero acurrucado en el saco, ese famoso Pedro Gómez, estaba calentito pese a los golpetazos que me arreaba cada poco cuando la tienda caía sobre mí al embate del viento, sólo que en algún momento quise tirar del saco para que me tapara bien la cabeza y date, lo desgarré, se abrió un boquete de dos palmos y medio. No quise darle importancia, pero es que todo dentro del saco era una nube de plumas; me costaba respirar, tragaba plumas, escupía plumas, se me metían por los ojos plumas. Ni don Quijote en aquella venta en que se lió a almohadazos con el arriero a costa de Maritornes. Y tod0 en plena oscuridad, que cualquiera se movía y asomaba la cabeza por encima del saco con aquel temporal. Podría escribir un libro con todo lo que me pasó por la cabeza en esta larga noche. En algún momento me veía llamando al día siguiente a Ramón Portilla para que pusiera solución a mis siguientes noches por las cumbres, porque claro estaba que necesitaba un saco, eso, como Dios manda, que decía mi madre. Y una tienda también como Dios manda, aunque eso tenía fácil solución en casa con una iglú del año la pera que tengo que funciona bien, pero que pesa un huevo. Ya he pedido a los chinos unos guantes de esos que llevan una calefacción dentro, y unos calcetines y… ni me acuerdo, porque lo que no se puede es utilizar un saco de los tiempos de María Castaña que tenía más cosidos el pobre que to las cosas. De todos modos, no nos engañemos, de noche del loro nada, la verdad es que con eso de vivir el presente de que hablaba más arriba y que me alimenta mucho, la noche fue magnífica allí arrebujado mientras la ventisca cantaba su serenata a base de hostia limpia.

A la mañana, cuando asomé la cabeza,  el espectáculo estaba servido, un manto de nieve cubría la montaña, más allá de diez metros no se veía ni pijo, pero estaba bonito. Hice una foto de la tienda de recuerdo, después quité los palos y metí todo en el macuto a mogollón antes de que volara. Querría haber bajado por el lado contrario al que subí, pero la prudencia llamó a mi puerta, con aquel temporal no era fácil consultar el gps del teléfono. Así que tira para abajo, amigo. Después de atravesar de nuevo por Peña de la Muela, la niebla se abrió y ya pude contemplar el paisaje, todo el llano madrileño estaba cubierto por la nieve. Ya podía sacar la réflex y entretenerme en ir metiendo en su cámara oscura aquel bosque transformado que ayer era de otoño y esta mañana era de pleno invierno. Todo estaba realmente bonito.  

 





 

 

 

 

 

 

 

  

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