Reajo Alto, 17 de diciembre de 2020
Buscar una ventana de buen tiempo a lo largo de la semana se me ha convertido por fuerza del hábito en una nueva rutina. Como con esto de la jubilación ya no hay que esperar al fin de semana, sólo toca estar al tanto de la previsión del tiempo. Así que en cuanto vi un resquicio hice el macuto y carretera alante. No estaba clara la cosa, ni se veía desde la carretera, que todo estaba cubierto en el valle de Lozoya como para hacerse a la idea de que tendría que caminar metido en una nube, pero bueno, me gusta la niebla y hoy, ya sin problemas para perderse mientras el gps funcione, ya no fue de otro modo desde el mismo momento en que llegué al puerto de Navafría. Los pinos estaban tan delicadamente bonitos envueltos en la sedosa gasa de la niebla que casi me alegraba. Caminar entre la niebla es una de las cosas más agradables, más hoy que no hacía ni pizca de viento; viento pijotero que desde hace semanas no me había dejado en paz en ninguna de mis salidas.
Me encontré un grupo de seniors por el camino. La vida se alarga, es cierto, pero somos nosotros los que la alargamos con nuestra disposición y nuestro entusiasmo por las caminatas por los montes. Esta vida que lleva tanta gente mayor es la mejor garantía de salud y longevidad. Bajaban de entre las nubes como avezados y pacíficos dioses, no como aquellos otros de los alrededores del Olimpo que usaban las nubes para folgar, Zeus con Hera, o para dirimir la suerte de los de Príamo o Agamenón que, allá abajo, se partían la crisma unos a otros. Me detuve un instante para hablar con uno de ellos. Le echaba algo más de ochenta años. Y es que me encanta esta gente mayor que ha dedicado toda su vida a recorrer los senderos del Guadarrama.
El sendero que atraviesa la dorsal de los montes Carpetanos no tiene complicación alguna, uno puede ir a su bola sumido en sus pensamientos sin miedo a equivocar destino. Así que de momento ya me había empezado a dar la lata un pensamiento recurrente. Días atrás, ensanwichado entre un tema relacionado con una cita literaria de una mujer que pensaba antes de morir que su vida había sido fantástica y un recorrido por el arte Renacentista relacionado con
![]() |
| Orión preside la noche |
La niebla se abrió un poco, se adensó la nieve sobre el sendero y a mis espaldas empezaba a abrirse el espectáculo del atardecer entre las nubes. Me volvía a cada momento porque en cualquier instante lo mismo se producía el milagro y el sol último y las nubes se confabulaban para ofrecerme un inesperado bello crepúsculo, pero no, no cayó esa breva. La cima del Reajo Alto es un extenso llano donde los pinos crecen a trancas y barrancas, un dos mil lleno de árboles y vegetación que a lo que veía me iba a dejar sin esa vista hacia levante en donde yo acostumbro a instalar mi tienda para que de mañana los primeros rayos del sol lleguen hasta mi saco de dormir, así que tiré por un cortafuegos que se dirigía al sureste a la búsqueda de un miradero conveniente. No tardó en aparecer. Allá entre las retamas, y junto a un pequeño nevero, se me terminó de hacer de noche colocando mi tienda.
Mientras se me calientan las manos dentro del saco pienso en que mi equipo ya está casi a punto para este invierno, sólo me faltan unos patucos que están de camino desde China, últimamente los de AliExpress están funcionando muy bien, para ser un hombre feliz :-) , una felicidad que ahora, con los pies fríos queda en entredicho. Días atrás he introducido otra novedad en mi tienda que deja todo el lateral de parte a parte abierto tal un gran ventanal que se asoma a la montaña y al cielo. El frío se cuela un poco más, pero compensa el gusto que me da sentirme más cerca de las estrellas, en este instante sólo unas pocas que se abren paso entre la niebla.
Hoy ni gota de viento, todo está en calma. Tengo la impresión, sí, tengo la impresión de que mi cuerpo se está empezando a habituar al frío y a lo que no es el frío con esta historia de dormir en las cumbres. Ahora, después de un par meses con esta rutina a cuestas, las montañas, que siempre me son tan cercanas, tan compañeras de mi vida, pero a las que tenía abandonadas en invierno, vuelven a acogerme; no importa que estén habitadas por el frío, el viento o la lluvia. Me siento más cerca de ellas, más hermanado con sus bosques y senderos, con su nieblas y sus vientos. Son mi lecho, la casa, el hogar en que me refugio en esta época. Mi memoria guardará para siempre este invierno esencialmente guadarrameño en el que tantos hermosos y acogedores rincones estoy descubriendo.
Un paréntesis. Es la hora, voy a hacerme la cena.
![]() |
| El Nevero |
Sucedió que cuando me estaba tomando el té se me ocurrió apagar la linterna y mirar al cielo y me encontré que había despejado totalmente. Después de varias semanas volvía a tener el espectáculo del firmamento sobre mi tienda. Armé el trípode, uno muy ligerito de trescientos gramos que he encontrado por ahí, y pasé un buen rato intentando sacarle partido al cielo y al salpicado de luces que cubría el llano a mis pies. El señor indudable de toda la bóveda celeste que cubría la sierra era Orión con su daga colgada del cinto acompañado de sus dos perros. Probé a retratarle, a él y a otros de sus congéneres, pero la contaminación lumínica que sufre el cielo de Madrid no da para mucho. De todos modos sí producen estas fotos del llano nocturno allá a lo lejos una enorme sensación de soledad en quien las contempla desde la altura de una cumbre.
Hacía frío, así que tuve que sumergirme en el saco enseguida. Tras dedicar un buen rato a la contemplación del cielo desde el calorcito del saco decidí que vería una película. Abrí mi cinemateca y seleccioné Beltenebros, de Pilar Miró, que había visto hace muchos años pero de la que sólo retenía unas formidables secuencias de un tango puesto como una piedra preciosa en medio de una intriga policial.
![]() |
| Peñalara |
![]() |
| Pico el Lobo |
Me desperté un poco antes del amanecer con una cinta de fuego sobre el horizonte a punto de estallar. Me dispuse a esperar la salida del sol, pero me quedé sopa. Desperté con el sol en los ojos. El desayuno tuvo que esperar, mi bolsa de agua estaba totalmente congelada. Hacía sol, la mañana estaba bonita, a los pies de la montaña se extendía un hermoso mar de nubes, así que sólo era cosa de descender hasta tropezarme con un riachuelo. La tienda estaba cubierta de una gruesa capa de escarcha, pero el frío de la mañana se disiparía poco más abajo antes de alcanzar la pista que me devolvería por la falda de la montaña al puerto de Navafría.
![]() |
| Lozoya |
















No hay comentarios:
Publicar un comentario