Juanjo San Sebastián de nuevo: Perseguir sueños.

  

Imagen tomada de la web de Barrabés


El Chorrillo, 21 de febrero de 2021

 

Leo a Juanjo San Sebastián mientras de fondo escucho la tercera sinfonía de Beethoven que Victoria sigue en la pantalla grande sobre la chimenea de la cabaña. La lectura pega bien con esta música de altos vuelos que Beethoven dedicó a Napoleón y de cuya dedicatoria renegó posteriormente. Leo y de tanto en tanto me paro al final de un párrafo para escuchar. Juanjo, del año 1994 cuando subió al K2 por el espolón Norte. Narra someramente el desenlace tras alcanzar la cumbre con Atxi como si quisiera pasar sin hacer ruido por la tragedia y eso que él llama la mejor historia de solidaridad que le ha tocado vivir. Cuatrocientos metros de caída que no terminaron con su vida al borde de un abismo de 3000 metros. Atxo todavía vivo después de tres días a la intemperie sobre la cota de los 8000 metros y que tras una permanencia de cinco días en aquella cota extrema con los últimos tres sin haber ingerido alimentos, había agotado todas sus energías. Suena en este momento el principio del agitado Scherzo con sus toques de trompas. Levanto la vista. Baremboim, serio, impasible frente a la música que parece salir de su batuta como si ésta fuera el sombrero de copa de un prestidigitador, hace un pequeño movimiento con la mano derecha y la trompas entran en acción.

Vuelvo a la lectura. Aquel día Juanjo toma la determinación de abandonar a Atxo a una muerte que ya se anunciaba segura, pero, escribe Juanjo, al límite de sus fuerzas decide al final remontar en cuatro horas los 150 metros que le separaba y consiguen regresar juntos al campo IV. Dos días después Ramón Portilla y Sebastián de la Cruz llegan para ayudarlos en la cota 7500 metros. Al día siguiente, narra Juanjo con la sosegada y adusta prosa que prefiere un hilo de silencio frente a lo inevitable, Atxo se apagó junto a nosotros tranquila, callada, definitivamente, dentro de la tienda del campo II. Me conmovió este relato cuando lo leí de la mano de Portilla en Historias de bellas montañas; me conmovió cuando lo volví a leer en Cita con la cumbre. Me conmovieron hechos similares, un día que yo bajaba caminando de La Maliciosa por la sierra de Los Porrones escuchando por los auriculares el relato de Kurt Diemberger en K2 el nudo infinito y que el día anterior había suspendido a la altura de la Campanilla de la Barranca ya con el corazón en un puño cuando Diemberger y Julie Tullis alcanzan penosamente el último campamento de altura. Los muchos días en medio de la tormenta a ocho mil metros, cinco o seis, quizás, no recuerdo, la muerte de Julie de parecida manera a la de Atxo, el abandono del cadáver en una tienda, el penoso descenso cuando el tiempo amainó algo, y en el último momento, al fin, de nuevo la vida y el nudo en la garganta al recoger las pertenencias de su compañera de cordada, aquella espada japonesa con la que ella se retiraba lejos del campamento a ejercitar su cuerpo y su mente en una especie de meditación de elástica armonía, su diario, su efectos personales.

La impulsividad del cuarto movimiento y ese momento “particularmente sublime”  cuando una trompa sola se adelanta entrando con el tema principal, detiene mi lectura de nuevo. Baremboim, como deseando guardar aquella música para su propia alma, no muestra emoción alguna en su rostro. Llama la atención el brío de la orquesta y la atención con la que una ejecutante de la viola atiende a la partitura y a lo gestos del director por turno.

Apenas he conseguido leer hasta ahora tres páginas. Un mes más tarde Juanjo deja el hospital después de haber sufrido amputaciones en siete dedos de sus manos y en el mismo párrafo vuelve a esbozar una idea que, como el otro día, me obliga a tomar el lapicero para trazar un grueso subrayado bajo un par de palabras: “perseguir sueños”. Cita a Diemberger: “Hemos realizado nuestro sueño en el K2, y dimos todo lo demás a cambio”. A Juanjo le parece una buena frase, pero enseguida apunta que él tiene la impresión de que nunca se realizan los sueños. No realizamos nuestro sueño en el K2, simplemente lo perseguimos, escribe. “Quizás eso, perseguir sueños sabiéndolos inalcanzables de antemano, es lo que da sentido a una vida vivida con conciencia plena”. Vuelvo a leer la cita entrecomillada y dudo sobre la veracidad de la afirmación que hace Juanjo, eso de que persigamos los sueños a sabiendas de que son inalcanzables. Quizás lo que sucede lo explica muy bien en su otro libro, Cita con la cumbre; en la página 114, escribe: “La cumbre del K2 no es exactamente como Ítaca, pero se le parece porque, como escribió Kavafis, sin su existencia no hubieras emprendido el viaje”. Y en otro lugar: “Uno debe llegar a Ítaca para darse cuenta de que lo importante es el camino”.

Que necesitemos un sueño para ponernos en camino es una idea que está firmemente asentada en lo más profundo de nuestro comportamiento, y ello pese a que sepamos que lo importante es el camino. Si consideráramos inalcanzable un sueño realmente sería difícil ponerse en camino. Quizás no debería ser así pero es de esa manera como funciona generalmente el cerebro. Nos gusta caminar pero raramente somos capaces de hacerlo sin rumbo fijo y durante mucho tiempo, siempre hay algo dentro de nosotros que nos impele a llegar a una cumbre, un collado, un refugio…

Siempre andamos queriendo definir nuestros actos dándoles sentido, buscando porqués y razones hasta debajo las alfombras, pero la realidad se nos resiste y parece mirarnos de reojo con cierto aire de ironía en sus labios. Odiseo pasa por múltiples aventuras como empujado por el deseo de regresar a Ítaca mientras Penélope teje y desteje cada noche motivada por alejar a los pretendientes de su casa. En tejer y destejer, en trajinar por el mundo consiste la vida, pero necesitamos imponernos un objetivo, un justificación para ponernos en camino, una paradoja, pero que muestra la realidad de nuestro comportamiento. La historia de Odiseo no habría tenido sentido sin esa tensión del regreso, ese perseguir sueños pensando en la vuelta a Ítaca, y menos habría tenido sentido si Odiseo no hubiera perseguido el sueño de la aventura, el encuentro con los feacios o los lotófagos, su lucha con los cíclopes, su aventura con las sirenas en la que se libra de la muerte siguiendo el consejo de Circe de ser atado para no sucumbir al encanto de sus voces. El círculo de los sueños se cierra momentáneamente cuando Odiseo llega a Ítaca o Juanjo pisa una cumbre; pero no pasará mucho tiempo antes de que un nuevo sueño salte a la palestra siguiendo ese eterno retorno que nos lleva a consumir la vida entre un sueño y otro.

Tengo activada la reproducción automática en Spotify y cuando me quiero dar cuenta lo que estoy oyendo es una flauta repitiendo la melodía principal del primer movimiento de la Séptima. En cierto momento me aturulla la impetuosidad de ese Beethoven que pone a toda la orquesta ante la labor de convertir la música en un torbellino sonoro que apenas resiste la membrana de los bafles. Quizás merezca la excomunión, pero a esta hora de la madrugada considero que lo que necesito es otra clase de música, aquella del silencio.


Imagen tomada de la web de National Geographic

 

 

 

 

 


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