Descubriendo Guadarrama: Hoyo Cerrado

 

Peñalara, siempre espléndida desde los Montes Carpetanos




El Chorrillo, 31 de marzo de 2021

 

Cuando me despierto esta mañana siento el cuerpo molido como lo tuviera Don Quijote después de su encuentro con el vizcaíno, que ni sacando espada ni embrazando la rodela había don Quijote de librarse de la somanta de palos que le cayeron encima. Cuerpo molido de luchar no contra molinos de viento sino contra zarzales, piornales y toda esa fauna vegetativa que crece en los montes, salvaje, espinosa y cerrada a cal y canto a todos aquellos bichos que no pertenezcan a la especie de los jabalíes, que por tener la piel hecha a los espinos y grandes cuernas sobre el hocico con que abrirse camino en semejante y desconsiderado apelotamiento de intransitable vegetación, logran abrirse paso donde ni humano ni duende  serían capaces de hacerlo.    

        

Hoyo Cerrado desde Los Pelados

Pardiez ¿quién me mandaría meterme en aquel berenjenal? Y todo por culpa del amigo Pedro Nicolás ;-) al que días atrás se le ocurriera divulgar por el feisbuk ese las excelencias del lugar llamado Hoyo Cerrado, que aunque cerrado y bien cerrado, a este émulo parecióle de inmediato, vistas las fotos que acampañaban al relato, que tales parajes bien merecían una visita.



Bueno, era el caso que hábida cuenta de que para la noche previa se esperaba una luna lunera cascabelera grandota, y a un servidor los días de luna llena en parajes aislados le sugieren viejos y emocionantes relatos de misterio, pues que se me ocurrió subir a dormir entre los peñascales de una de las cumbres de los Montes Carpetanos.

Generalmente la aventura nocturna termina aquí. Al día siguiente cojo camino abajo y me vuelvo a casa. Pero no sucedió así en esta ocasión, que después de recoger mi tienda, liar el petate y tomar el camino del puerto de Malagosto, en el lugar que llaman Los Pelados, me dio por asomarme a ver qué se veía en la zona meridional; quedé tan encantado por el panorama que se ofrecía a mis pies que de inmediato decidí cambiar el cómodo descenso de Malagosto, por este incierto hoyo, denominado Hoyo Cerrado, curioso nombre del que descubrí su razón de ser sólo después de que lo hube atravesado.

La primera impresión que tuve fue la de uno de esos asalvajados y recónditos rincones del Pirineo, escarpadas laderas sembradas de prominencias rocosas, las últimas nieves del invierno invadiendo los canalones que llevaban a la cumbre formando pequeños neveros, y abajo, remansándose, las abruptas laderas en unas amplias praderías que preludiaban un agradable paseo por el fondovalle. No me fue difícil evitar los neveros y encontrar un paso que me llevara a las praderas inferiores.

Me chiflan los lugares solitarios y agrestes como éste. Éste concretamente intacto como si nadie hubiera pasado por él desde la creación del mundo salvo Pedro y sus amigos –:-)–, una idea que más tarde se confirmaría cuando, abandonados los prados y los pequeños farallones rocosos, un amplio circo que poco a poco fue convirtiéndose en embudo para terminar en una recia cerrazón en donde, aquí sí, habría de vérmelas con una infranqueable jungla para la que bien me hubiera servido un gran machete, una hoz, con que abrirme paso a mandobles entre zarzales, piornos y arbustos de todo tipo. Más tarde el amigo Pedro me enviaría el gráfico de la ruta que ellos habían seguido, más al este, aunque no dice si por allí había alguna sombra de senda o no, que lo que a mí me parecía es que tan cerrado estaba todo en este Hoyo Cerrado, que por allí fuera de los jabalíes, los pájaros o locos como un servidor, no pasaba nadie, porque si descender era una lucha continua para abrirse paso buscando los pequeños rastros que dejan los jabalíes entre el enmarañamiento de la apretada vegetación, no te digo lo que puede ser subir…

A Dios gracias, me lo tomé con calma. De tanto en tanto, subido en una roca en ese descanso por abrirme paso, sondeaba el terreno, pero  no había cáscaras. A mi izquierda el arroyo bajaba ruidoso y lleno de impetuosa agua envuelto en una tan exuberante vegetación que ni siquiera se me pasó por la imaginación atravesarlo para alcanzar la ladera opuesta que pintaba un poco menos asalvajada. Tuve que hacer muchos centenares de metros antes de encontrar el modo de cruzarlo en un punto en que si no terminé en el agua y con todo el cuerpo arañado fue de milagro.

En algún punto indefinido, al otro lado de la ladera hacia levante, mi mapa indicaba el comienzo de un sendero, un lugar llamado el Sabucarejo. Pero para llegar allí ni sombra de que la alta vegetación aminorase; más, los zarzales, altos y resecos, empezaron a proliferar por todos los lados, lo que me obligaba a dar grandes rodeos o a someterme al trabajo de desembarazarme de las púas que se enganchaban en el macuto, en los brazos o incluso en los dedos.

Llegó un momento en que el gps me aconsejó no perder altura para alcanzar un sendero a medio kilómetro que yo no veía por ningún lado. ¡Medio kilómetro todavía…! Pero no había otra, así que me tomé un descanso, eché un trago de agua, mastiqué unas almendras y unos anacardos, miré a mi alrededor como quien en una selva impenetrable mira con paciencia el trabajo que le va a dar atravesarla y me dediqué a especular sobre ese mal de nuestros días que es la masificación. ¿Por qué coño a tanta gente le dará por ir a sitios donde es de obligación marchar en fila india, con lo ancho que es el mundo y grande la sierra? Pasé todo el otoño e invierno buscando cada semana una cumbre de nuestras sierras en la que vivaquear y raramente me encontré con nadie. Desde anteayer que salí de Pinilla del Valle, nadie; ayer nadie… ¿Qué es lo que sucede? ¿No nos persigue una suerte de gregarismo, un continuo deseo de estar rodeados de gente?

Me mandaba hace un par de días el amigo Cive una noticia sobre este grave problema que aqueja este año a Guadarrama en determinados lugares. Yo le contestaba: apréndetelos para saber donde tienes que no ir cada vez que salgas a la sierra. Hay gente para los que ir a la montaña significa subir al Aneto, a Peñalara y a cuatro o cinco sitios más en donde hay que hacer cola. En fin, hay gustos para todo. Gustos para todo, pero también una suerte de curiosas preferencias. Esta mañana, por ejemplo, a un día de la experiencia del descenso de Hoyo Cerrado, con rasguños en los brazos y en las piernas y con un cansancio notable en el cuerpo, recuerdo mi experiencia pasada y, pese a todo, ya me vienen a la cabeza las ganas del volver a la zona para descender el hoyo vecino, el Hoyo Borrascoso que pinta más de lo mismo y en donde con toda seguridad habrá que abrirse paso a golpe de machete. ¿Masoquismo? ¿Gusto por meterse en dificultades? No, creo que no. Seguramente será porque estoy convencido de que en las dificultades siempre es posible recolectar algún tipo de recompensa, algo que no tiene nombre pero que satisface cierto anhelo interno.

No se puede explicar todo en la vida, pero sucede así. Yo no sé qué impelía realmente a don Quijote cuando se echaba al campo o al monte a desfacer entuertos, que me temo que no era esto lo que perseguía su ser interior, que era otra cosa. Es como si en el fondo cristalino de toda dificultad viviera agazapada alguna verdad que viniera encapsulada precisamente en aquello que pide nuestro esfuerzo o que nos reta de algún modo a salir de nuestra zona de confort para enfrentarnos a alguna dificultad. Hace un par de semanas sonó mi teléfono; era la voz de Carlos Soria, una voz inconfundible que no oía desde hace cuarenta años cuando esporádicamente coincidíamos en una vía en Los Galayos o Gredos, o cuando dábamos cuenta de una merecida comida en Bohoyos después de finalizada la Alta Ruta de Gredos. Me sorprendió la firmeza y el desenfado que respiraban sus palabras. Joder, me decía yo mientras le oía contarme de una reciente discusión en torno a los últimos acontecimientos en el K2, qué fuerza la disposición de este hombre… Era la voz de un hombre a quien las dificultades han forjado una personalidad que se mira con el gusto con el que se contempla un preciado bien.

Tendría que pedir disculpas por acaso irme por las ramas mientras pacíficamente estaba sentado en una piedra tratando de encontrar un camino en aquella selva, pero es que uno es propenso a la digresión y como he descubierto que aquello de andar por los Cerros de Úbeda le sienta bien a mi cuerpo, pues eso, que lo de Carlos no tiene apenas nada que ver con la selva que tenía delante y el trabajo de atravesarla, pero que de la firmeza de las decisiones y de los pequeños, o grandes, retos nace la confianza en uno mismo, la fortaleza y la capacidad para enfrentarse a dificultades, es indiscutible. Las cosas locas de la vida, consistan estas en subir al Dhaulagiri o en… bla, bla, bla…

Me cansé. Termino. Todavía me llevó media hora hacer los últimos cientos de metros, pero llegué; un bonito prado, una pequeña senda, después un arroyo, una breve cascada a los pies de un roble donde tomar un tentempié y ya casi estaba en casa.


 

 

 


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