![]() |
| La imagen pertenece al muro de Carlos |
El Chorrillo, 9 de abril de 2021
Viendo esta foto de Carlos y Sito en FB imaginé el trabajo que llevaban tras de sí estos hombres (Luis se incorporará más tarde) antes de embarcarse en un avión para Nepal y me dio por especular sobre esa zona en sombra que precede al hecho mismo en que el sueño se pone en marcha, todas esas horas de entrenamiento y preparación que llevan consigo. Pretendo hablar de la edad madura, de los distintos modos de afrontarla, cosas así que me atañen, y mucho, y que estos locos de atar me ponen en bandeja para que no me deje llevar por el susto que pueda suponer seguir cumpliendo años un año sí y otro también.
Total, que saco los prismáticos y los dirijo a mi alrededor aleatoriamente a ver qué se cuece en el paisaje ese de por encima de los setenta-ochenta tacos y de pronto los binoculares caen sobre numerosos ancianos sanos a los que tenía que sortear tiempo atrás en los salones de una residencia cuando iba a visitar a mi padre cada semana; ancianos frente al televisor, ancianos sanos mano sobre mano todo el día, ningún libro en sus manos, algunos dando un corto paseo por los jardines; después oriento los prismáticos hacia otro lugar y en Moralzarzal localizo a un hombre mayor, de la misma quinta de aquellos de la residencia, que suda pedaleando sobre una bicicleta estática y que poco antes acaso se ha subido corriendo a
Uno puede tener mala suerte y coger cualquier cosa que te deje en el banquillo… pero mientras tanto… como decía aquél, a vivir que son dos días. Recuerdo haber leído algún comentario de una de las hijas de Carlos Soria diciendo que su padre parecía un monje. Hacía, claro, referencia a sus largos entrenamientos, a su constancia para tener el cuerpo en una forma óptima, trabajo diario duro y constante sin el cual le sería imposible meterse en lo berenjenales en que se mete. “¡Los mayores también!” Es el lema con el que Carlos encabeza la promoción de su expedición al Dhaulagiri. Hay profesionales que se dedican a arreglar la vida a la gente, analistas, psicólogos, médicos. Todos ellos tratan de mantener la mente o el cuerpo de sus clientes en estado de buena salud. Yo no sé si a Carlos le han contratado alguna vez para alguna de estas funciones. Me temo que no, pero lo entiendo porque en un mundo tan loco como éste son minoría los capaces de encontrar pequeños cacillos de verdad con que mejorar su vida. Esa pequeña verdad que puede ser la vida de un hombre, Carlos en este caso, que de ser mirada con un poco de atención, quizás podría bastar para indicar cierto camino, ciertas tendencias saludables, cierto modo de entender la vida que sin necesidad de viajar al Nepal puedan curar al peor de los enfermos.
Y vamos, que no hace falta ser un lince para mirar alrededor y saber de lo que destila fuerza, vigor, vida y lo que nos conduce a algo sin chicha ni limoná. Y que me lo cuento y me lo repito cada vez que la pereza, armada de aceite hirviendo, intenta aplacar el fuego de algún sueño o me llama con sus cantos de sirena a la indolencia.
Qué hace, cómo vive, qué lee, en qué sueña, cómo tratas el cuerpo; cómo alimentamos el alma, me decía un amigo de mi edad cuando yo le hablaba de mi admiración por cierta gente mayor que poco o mucho me enseña cada día a vivir mejor con su ejemplo, con su modo de vida, con esa constancia con que mantienen su cuerpo y su mente en saludable forma.
Cuántas veces me acordaré de esas personas a las que admiro porque en el tramo último de sus vidas han hecho de ésta un arte, una hermosa lucha… Mi retina conserva de mis largas travesías por los Alpes multitud de estampas de gente mayor encontradas en altos collados o en mitad de un solitario bosque, parejas, mujeres u hombres solos que no se han resignado a una vida sedentaria y que con muchos, muchos años encimas los ves caminar lento pero sin pausa como marcados por un destino que les llevará a calzar las botas uno y otro día hasta que tengan que despedirse de una vida que han amado hasta el último instante. Mi memoria es mala, pero no cuando se refiere a hechos que han suscitado hondas emociones. Un día que caminaba por las alturas del Macizo Central Francés. Cuatro, cinco hombres —¿los llamaría ancianos con propiedad?— que descendían un pequeño tramo expuesto equipado con cables de acero… dos de ellos, muy muy mayores, ayudando paso a paso a otro que podría superar en edad a Matusalén. Emocionaba verles sortear esas pequeñas dificultades que te encuentras en rutas de altura. Era una escena que conservo nítida después de casi medio siglo atrás. Nonacenarios ayudándose unos a otros ajenos al paso de los años, empeñados en seguir cortejando a una amada de la que se enamoraron en la última parte de la adolescencia. Parejas de ancianos de la mano camino de un alto refugio; un grupo de ellos en el refugio de Bolzano de las Dolomitas un día de lluvia improvisando un coro que rememoraba el repertorio del Coro de
La vida es un hermoso festín que desgranamos día a día y que la montaña, benditas ellas, ha logrado enriquecer sin que hasta la fecha sepamos realmente explicarlo. Cuenta Martínez de Pisón en su libro El territorio del leopardo, de un poeta chino al que leía en uno de sus recorridos por los valles del Everest, que cuando le preguntaban por qué acudía a la montaña, su respuesta era una sencilla sonrisa silenciosa.
Yo soy muy enamoradizo, o acaso sea uno de mis enanitos el que se enamora, porque lo mismo un día me enamoro de Yolanda Díaz, una esperanza en nuestra desunida izquierda política, y al siguiente me enamora esa prosa de Martínez de Pisón que en sus relatos me recuerdan al gran Juan Rulfo; o mi alma escruta a ese personaje que anda ahora camino del Dhaulagiri, inquiriendo por las pautas que a sus años le hacen estar más joven que a muchos chavales de veinte. Pero no basta estar enamorado de la vida, que requiere cuidarla, me digo con frecuencia, —el que tenga un amor, que lo cuide, que lo cuide—, que si Carlos tras su jubilación se hubiera repantigado en un sillón en vez de dedicarse a llenar su cerebro de sueños imposibles, lo mismo a esa edad no le quedaban fuerzas más que para ir de paseo con sus nietos.
Un servidor tiene la edad que tiene, de ahí que con cierta frecuencia me dé por explorar los entresijos de esta edad madura a la que cada vez con más cariño me refiero, gracias tanto a gente como Carlos que nos anima con su ejemplo a apostar por esa salud que nos da la montaña, como a la insistencia con que seguimos recorriendo tantos hermosos rincones de nuestras sierras.

No hay comentarios:
Publicar un comentario