Frente al Mont Blanc

 

El Mont-Blanc asomando la cabeza mientras asciendo hacia el col d'Anterne
Macizo del Mont Blanc al fondo desde el col d'Anterne

 

Cota 1800 bajo el refugio de Moede-Anterne, 3 de julio de 2021

Refugio d’Anterne - Cota 1800 bajo el refugio de Moede.

 

Pasaba junto a un manantial, al pie del cual se extendía casi lujorioso un prado cubierto de botones de oro y gencianas acaulis y ha comenzado a llover. Apenas era la una y tras el medio día se anunciaban tormentas, así que me hice con tres litros de agua y busqué un emplazamiento para mi tienda entre las gencianas y los delicados y diminutos nomeolvides. Llueve y siento que los poros de la piel se me ensanchan deseosos ellos de aspirar profundamente las belleza y la soledad que emana de este valle. Hace un rato he dejado atrás el espectáculo más grandioso que puede contemplarse en toda Europa y que pese a estar parcialmente cubierto por las nubes mirarlo volvía a hacerme rememorar las aventuras más caras de mi primera juventud. Delante se encontraba en toda su plenitud el entero macizo del Mont Blanc y que visto desde la privilegiada situación del col d'Anterne resultaba, a la vez que familiar, impresionante en su belleza y magnitud. La Meca que fue en aquellos años en que todos nuestros sueños giraban en torno a estas montañas, sigue ahí como testimonio de una vieja pasión que la vida nos regaló tras la adolescencia. Vuelven a mí esos sentimientos reiterativos de no saber en qué consiste esta relación que mantengo desde hace más de medio siglo con la montaña, qué tiene, ¿tuvieron que ver esos peñascos, roca inerme forjada por movimientos geológicos inmemoriales, esos glaciares producto del frío de remotas épocas en que el hombre todavía no existía, inerme materia… qué tiene que ver toda ella con mi pasión?

Hace un rato Paco me contaba por guasap de su primera ascensión al Mont Blanc. En julio de este año, decía, hará 53 años que subí, con unas botas Acuña hidrosimpaticas (que absorbían la nieve como una esponja), crampones de 10 puntas y un Charlet-Moser que todavía tengo. La impronta que dejó en nosotros ¿el qué?, ¿la belleza de las montaña, su grandiosidad?, ¿el descubrimiento de nuestra insignificancia frente a la magnitud de la Naturaleza? ¿O es que acaso estas montañas serían la constatacion de nuestra juventud, la constatacion de lo fuertes que podíamos ser y entonces de quien realmente estábamos enamorados era de esa primera juventud nuestra que brotaba en nosotros con fuerza infinita, la fuerza de ser; simplemente eso, la fuerza de ser, de sentirnos ágiles, valientes, esforzados? ¿No era eso lo que en realidad estábamos descubriendo en nuestro primer contacto con estas montañas? Descubrir que la vida era hermosa hasta el punto de encontrar en ocasiones que poner en peligro esa misma vida era un modo de celebrarla, de profundizarla, de entenderla.

En cualquier modo fuente de placer, motivo de nuestros sueños más caros. A uno, que a veces es en exceso sensible en lo que concierne a los regalos que la vida le ha hecho, esta mañana la emoción se le subía por dentro; estaba cubierto y sólo se veía una pequeña parte del macizo pero entre ellas, a la izquierda de las agujas de Chamonix, descubrí la aguda Aiguille de Requin a la izquierda, y como quien rememora un sueño perdido en el tiempo, de repente aquella aguja acogió, junto al recuerdo de una formidable escalada de medio siglo atrás, algo de la esencia de aquel espíritu primero con que estrenaba mi juventud. Admirado, sí, de que aquella ascensión hubiera sido posible en ese ámbito de insignificancia en que el hombre puede verse cuando se encuentra por primera vez ante una gran pared. Y es que el vagabundo siempre se sintió hombre pequeño cercano a la insignificancia y cuando descubre en sus recuerdos algo significativo siente por dentro un íntimo regocijo, algo así como el susurro de uno de mis enanitos que me invita a seguir una gozosa intimidad con lo que me rodea, no ya cumpliendo lo que para mí eran grandes ascensiones, pero sí continuando recreándome en esta naturaleza primigenia en la que a veces elevo los ojos para admirar e imaginar bellos itinerarios por atrevidas paredes de roca bajo las cuales atraviesa mi sendero.


No soy hombre de refugio, está visto. No me encuentro bien en ellos, diremos mal, el vagabundo prefiere el cielo abierto y la música de la lluvia sobre su tienda a la robusta seguridad de los refugios. Cuando paso parte del día en ellos pierdo la frescura de mi relación con la naturaleza.

Subiendo al col d’Anterne encontré mucha mucha nieve, el lago todavía estaba helado. Hace tres años pasé por aquí camino de un recorrido por los Alpes Suizos y creo recordar que no había ni gota de nieve. Ayer, acercándome al refugio, por encima del collado se podía ver la cumbre del Mont Blanc despejada. No era el caso hoy. Después de mi experiencia con la espalda del día anterior, esta mañana probé andar con mucha delicadeza a fin de no despertar las malas tentaciones de mi espalda. Parece que dio resultado. Después de atravesar grandes campos y pendientes de nieve llegué al fin al collado. El escenario era magnífico, aunque deslucido por el mal tiempo. Volví a sacar el trípode para hacer algunas fotos testimoniales.


Ahora ya no podía relegar más el problema que me venía planteando, por una parte el exceso de nieve que por encima de los dos mil metros era casi continua, y por otra el tiempo adverso para estos días. Había preguntado a un par de caminantes que habían atravesado el col de Brevant, que es el que comunica con Chamonix, por el estado de la nieve y si eran necesarios los crampones. Como aquí más o menos, me respondieron. Se podía pasar sin crampones. Después del col debía de caminar varias horas sobre la cota 2300-2400 hasta el refugio de Bellachat. Y por medio estaban las anunciadas tormentas. También podría hacer unas fotos nocturnas que tenía en mente desde el el col de Brevant sobre los glaciares y picos del Mont Blanc. Cuando llegué a la bifurcación del camino que llevaba, por una parte al refugio Moede-Anterne y al col de Brevant y bajaba directamente al valle de Chamonix en las cercanías de Les Huches, me senté a considerarlo y al final decidí elegir un sendero a la derecha que me llevaba directamente al valle de Chamonix a la altura de Les Huches. Sobre la cota 1800 fue cuando comenzó a llover y decidí instalar la tienda.

Ahora llueve con ganas. Tengo toda la tarde para haraganear entre libros y música. Lo que se dice una muy apetecible vida vagabundesca.















 

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