Col de la Sauce, 6 de julio de 2021
Cercanías del refugio de la Balme – Col de la Croix de Bonehomme – Col de la Sauce.
Qué extrañas resultan a veces las palabras, qué difíciles de encontrar para expresar lo que sientes. Recuerdo haber visto hace tiempo una viñeta en la que se veía un montañero en una cumbre y que miraba alrededor pensando que lo único que le faltaba allí era tener a alguien con quien compartir ese momento tan especial. Probablemente ese momento no habría sido tan especial ni tan sentido sin esa espléndida soledad que le rodeaba. Desde hace tres días mi ruta es compartida por el conocido Tour del Mont Blanc. Esta mañana en el Col de Croix de Bonehomme esto parecía el Camino de Santiago en todo su apogeo. Los itinerarios famosos no son un manjar muy apetitoso, ni aquí ni en ninguna parte. Les sucede lo mismo a los lugares más conocidos del mundo; o los evitas o tienes que frecuentarlos en horas particulares. Entre el refugio de la Balme y el de la Croix de Bonehomme se veía bastante gente, pero después de comer, cuando he abandonado este último refugio ni un alma. Es cierto que después la gente se dispersa, o viene la niebla y te aísla como si estuvieras solo en el mundo y cada uno se sumerge dentro de su propio esfuerzo mientras poco a poco va ganado altura, o centra su atención en un delicado y aéreo sendero.
No es un rara manía la mía esa de querer evitar multitudes, refugios y lugares concurridos. El vagabundo tiene muy claro que uno de lo cometidos, si no el principal, cuando emprende una larga ruta por las montañas es que sabe con toda certeza que allí, vaya donde vaya se van a suscitar siempre un manojo de sensaciones. Subes donde hay gente, das los buenos días cuando te cruzas con alguien, incluso intercambias unas palabras con una pareja de lituanos o alemanes, cedes el paso… nada que objetar, también esto me gusta; pero salgo del refugio, solo, nadie a mi alrededor, emprendo la subida hacia las crestas de Gittes, un estrecho y aéreo sendero con una magnífica vista a las montañas de los alrededores, la atravieso, me detengo a fotografiar un manojillo de dafne acaulis, sorteo por la derecha una de las cumbres de la cresta, fotografío el sendero zigzagueando por el agudo filo de la cresta y llego al final y me entran ganas de sentarme a contemplar este maravilloso mundo que me rodea, pero veo más abajo unos prados rodeados de nieve ya en el collado de la Sauce y entonces decido quedarme allí a prolongar este hilo de la emoción que me embarga, y es cundo recuerdo esa viñeta de la que hablaba más arriba. Y en el collado vuelvo a fotografiar por enésima vez mi tienda en el centro de este formidable panorama. Y dispongo todo dentro como quien está ya en su propia casa. Y después viene la niebla, y me voy a por nieve para abastecerme de agua. Y me hago un té y más tarde preparo una alta almohada y me tumbo confortablemente en el colchón… y escribo, y al rato sale el sol, luego vuelve la niebla y más tarde se pone a llover; pero llueve y hace sol y como la tienda es muy clarita la luz me deslumbra. Y ahora por la puerta abierta de mi casa tienda se ve una gran montaña por la que se interesó esta mañana una chica alemana. Me preguntó si era el Mont Blanc. Le tuve que decir que no creía, que el Mont Blanc debía de estar noventa grados a la izquierda. La tenía hace un momento delante. Es una montaña bella y prominente, más alta que todas las que hay a su alrededor, pero no sé cómo se llama. Mis mapas en un teléfono de cuatro pulgadas no dan para orientarse en grandes distancias.
Salgo del refugio, decía, y mi soledad y yo parecemos una pareja de enamorados que cogidos de la mano pasean gozosos por las alturas deseosos de que nada mi nadie interrumpa su intimidad.
Voy a tener que poner el despertador cada noche. Hasta ahora más o menos me despertaba a una hora decente, pero es que duermo tan bien y vivo últimamente vidas tan interesantes durante el sueño, que parece que mis enanitos se negaran a despertarme no estando seguros de qué vida es más interesante para mí, si la del sueño o la vigilia.
Tampoco yo estoy seguro, aunque puestos a elegir prefiero la vida de la vigilia por la sencilla razón de que esa la puedo controlar y decidir cómo la quiero vivir, mientras que la vida del sueño va a su bola. Así que vida por vida me quedo con la de la vigilia que haciendo la vida que hago requiere que no me levante muy tarde ya que las montañas y las lluvias por esta parte del mundo parecen tener convenido que de llover mejor hacerlo después del mediodía. Cuando miré el reloj eran cerca de las ocho de la mañana: ¡hostia!, me dije. Una hora y media después sobrepasaba el refugio de la Balme al paso de caminante añoso con excesivo peso a la espalda, despacio porque hoy tenía por delante dos collados que se acercaban a los dos mil quinientos metros. Para el primero tuve que tomarme un respiro antes de comenzar la ascensión por los neveros. Arriba hacía sol. Se oía hablar en francés, alemán, inglés y en algo que debía de ser lituano. Muchas gente, que partía ya hacia el siguiente collado o que llegaba. No necesitaba hoy el trípode para guardar testimonio de mi paso con un fondo donde el Mont Blanc vivía escondido entre las nubes. Mi trípode fue una sonriente joven francesa.
Y colorín colorado. A otra cosa. Apenas son las siete de la tarde. Voy a ver si leo un poco.

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