En el Pico del Infierno. Entre amigos.

 



Cuello del Infierno (sobre el ibón de Tebarray), 15 de agosto de 2021


Un buitre, un buen pedazo de buitre, ha levantado el vuelo por encima del muro del abrigo en donde me he instalado. Ha dado una vuelta en espiral sobre un servidor y se ha largado. Ha debido de considerar que estoy demasiado vivo todavía. Ayer al amanecer sobre la cumbre de Peña Collarada eran cinco los buitres, volaban solemnes y perezosos como si su único cometido fuera dejarse llevar en las palmas de las manos del viento. Luego han sido las marmotas con su potente piar de pájaro las que han saludado al caminante recién instalado en un territorio que es más de ellas que de nadie.

Pensé que iba a ser imposible hacerme la sopa con este viento que arrasa todo lo que pilla, pero sí, ya solo quedan dos minutos de cocción, sopa de pollo con fideos. Se me ha olvidado el té así que me he hecho un perolo de sopa.

Esta tarde contemplo mi jornada con mucho gusto. No es fácil que suceda encontrarse con amigos mientras vagas sin rumbo por las montañas, pero sucedió. Recibí una llamada de Toti que se había enterado por José Manuel y Pilar que andaba por aquí, luego un guasap de la amiga Nuria y al final organizamos todo para encontrarnos y cenar en el refugio de La Casa de Piedra, en Panticosa. Carajo con Toti, qué vitalidad, qué entusiasmo, pero sobre todo qué disponibilidad. Si hubiera aceptado sus ofertas, en un par de días me habría acompañado al Midi, cuerda delante por medio, me habría llevado a volar en parapente y hoy habría escalado con José Manuel y con él una respetable pared de los alrededores, de las que ellos llaman disfrutonas, pero que de todas todas era demasiada tela para un septuagenario que escaló por última vez hace cuarenta años. Me encantó la generosidad de su ofrecimiento, pero al final dejamos todas esas actividades para la próxima reencarnación. Escribe Montaigne en sus ensayos que la amistad es un sentimiento superior al amor, porque en ella no hay interés mutuo, sino que en la amistad todo es gratuidad. Tuvimos tertulia hasta la  medianoche. Me fui a la cama con una grata sensación de cercanía humana. Un tío raro y solitario como un servidor, cuando se encuentra con amigos así en medio de esa soledad que él mismo se busca y que a veces se prolonga por muchas semanas, siente que algo por dentro le susurra una suerte de agradecimiento, agradecimiento a los amigos y agradecimiento a la vida.


Por la mañana ponderaba con José Manuel lo mucho que les debemos a las redes sociales; ni a él, ni a Pilar, ni a Nuria, ni a Toti hubiera tenido oportunidad de encontrarlos o conocerlos sin ellas.

Nuria madrugó y José Manuel y Toti marcharon a escalar temprano. Yo demoré en la cama haciendo de mi pereza un puro placer. Desde que salí de casa cada noche había dormido en una cumbre y era una delicia tomarme un respiro y retozar perezosamente en la cama. No había prisa alguna, quería dormir en la cumbre del pico del Infierno y tenia todo el día por delante. Me despedí de Pilar y tiré para el refugio como quien va a dar un paseo. En el refugio de los Ibones de Bachimaña volvimos a encontrarnos los cuatro, tomamos cerveza, hablamos otro montón y al final salimos a hacernos las fotos de rigor. Abrazos, y muy fuertes. Nos vemos en Madrid la próxima vez.


Emprendí la subida hacia los lagos Azules con ese buen sabor de boca que provoca el encuentro con los amigos.

No se notó excesivamente el viento hasta que asomé la cabeza por el cuello del Infierno. Viento del oeste, mi capitán. Cuando Joseph Conrad describe todos los vientos marinos, sitúa al del oeste como el viento más terrible y persistente de todos. En mi casa es el más violento y constante. A veces sopla durante semanas seguidas doblando los árboles y haciendo hablar a los álamos, usualmente muy parlanchines ellos con la más ligera brisa, como si se estuvieran gritando.

Pues sí, viento del oeste y de los más fuertes esta tarde mientras empecé a elevarme por las pedregosas e inclinadas laderas del pico del Infierno. Molestaba el viento, pero bueno sólo de vez en cuando había que agarrarse al pelo para que no te arrastrara. Todo más o menos fue bien hasta la cota 2900, la cumbre tiene 3070 metros. Allí se juntaron el hambre con las ganas de comer. Tenía dos tracks y opté por el que iba más a la izquierda, que después de superar un buen desnivel me dejó en una empinada arista que hacía el este caía directamente algunos cientos de metros sobre el vacío. Era un lugar ideal para que el viento hiciera que te tambaleases. Superé con reticencia trepando por la arista unos veinte metros, un tramo muy aéreo que ya estaba poniendo a prueba lo que yo considero mis límites a esa altura y con ese vacío a ambos lados. Temor, sí. No es mi sino enriscarme por alturas semejantes solo. Cuando me alcé sobre un pequeño rellano y vi lo que tenía por delante mientras me sujetaba a la roca intentando contrarrestar la fuerza del viento, de inmediato lo tuve claro. O encontraba una ruta más sencilla cincuenta o sesenta metros a la derecha por donde iba el otro tracks o me tenía que bajar de allí de inmediato. Forcé una travesía por pequeñas terrazas pero enseguida me encontré con una pared que un servidor ni soñando estaba dispuesto a probar. Ya era seguro, la cumbre quedaba para otra vida. Regresé como pude a la línea de ascenso que había seguido y doscientos metros de desnivel más abajo ya respiré tranquilo, tranquilo y contento porque en el collado había tres recios corrales que me iban a permitir al final un vivac en excelentes condiciones. Diez minutos más tarde ya estaba a salvo del viento cocinando mi sopa de pollo con fideos.

 



Vivac en el Cuello del Infierno sobre el lago Tebarray



No hay comentarios:

Publicar un comentario