Peña Cebollera, 26 de septiembre de 2021
Se ve que todavía me quedan restos de ese salvajismo de cuando empecé a caminar por la montaña, una época en que para ir a determinadas cumbres o para hacer algunos recorridos no era necesario seguir un sendero, entre otras cosas porque éramos tan pardillos que ignorábamos que para ir a algunos sitios existieran. De aquella época me han quedado restos que me llevan a veces a despreocuparme por el cómo se subirá a tal o cual sitio. Me sucedió hoy que. cerré el coche, me di media vuelta y me puse a caminar por la primera pista que tuve a mano suponiendo que esa misma la habían puesto ahí para mí los angelitos y que me llevaría a la misma cumbre de Peña Cebollera. Una pista abandonada que cortaba la ladera en ligero ascenso. Mal supuesto. No llevaba ni media hora cuando catapún chin pum,se acabó la pista en medio de un espeso bosque de piornos. No, no se me ocurrió mirar el mapa o el gps hasta ese momento, que uno es así. Y lo curioso es que la única vez que subí a Peña Cebollera, hace casi cincuenta años, era de noche. Esa misma noche llegamos hasta el Pico el Lobo. Lo que no sé es como fue posible aquello a oscuras y con los viejos mapas del ejército de escala 50.000. Seguro que entonces nos guiaba algún ángel o algún duende de la noche.
Bueno, pues cuando me decidí a mirar el mapa porque el camino se acababa, resultó que estaba a freír monas del sendero que debía haber tomado. Así que a abrirse paso en la selva de los piornos se ha dicho y a gatear como niño de teta por la ladera, que algo pina estaba, esa vieja afición que hay que practicar en tantas zonas de Gredos al oeste del Circo cuando te sales de esos leves caminillos que a duras penas se abren paso entre los piornos. Ay, si no fuera por el gps que puntualmente nos lleva como a niños de la mano al camino correcto…
En fin que llegado al bosque de pubis… ¡Ostras!, voy a tener que llevar a psicoanalizar a mi teclado, a mi teclado o a un servidor, porque, lo juro, mi intención era escribir bosque de pinos, que no de pubis. Oye, tú, diario mío, ¿de verdad que puedo estar tan tan tan como para que en la trastienda de mi imaginación se produzca una fractura tal como para pretender encontrarme en un bosque de pubis? Una pausa para ver las estrellas. La niebla había invadido hace un rato la cumbre, pero después de dejar mi impedimenta, especialmente el saco de dormir, con una buena rociada de humedad, se ha marchado. Este no es el cielo de Gredos donde las estrellas parecen estar al alcance de la mano sobre un firmamento profundamente oscuro. Casiopea, Andrómeda, Piscis, Perseo, Cetus… son el frente cercano sobre mi vivac. Júpiter a mi derecha, a un palmo más o menos del Triangulo del Verano, es el astro más brillante.
Estaba en que había llegado al bosque de pubis, perdón, al bosque de pinos y que había dado con el camino. Es decir, que ya podía dedicarme a hacer elucubraciones mentales, y es que había un asunto por ahí que me andaba apremiando. Así que es su turno. Un asunto curioso que no es la primera vez que hace toc toc en la puerta pidiendo la venia para ser admitido en las páginas de mi diario. ¿Qué sucede cuando asistimos a un concierto de música clásica y en algún momento no somos capaces de mantener la atención sobre la obra que estamos oyendo? Pues eso, que estamos ahí, que la música suena pero es como si no sonase, porque nuestros sentidos están en otra parte, acaso pensando en ese fantástico culo que hemos visto en el metro (no, si es que hoy…), o quizás pensando si no habrás dejado la puerta de casa abierta o recordando a tu nieto que te ha mandado un guasap graciosísimo antes de entrar al concierto… vamos, que del segundo movimiento de la sinfonía que has ido a escuchar, ni flores, no te has enterado de nada. Eso, la constatación de que me pierdo, nos perdemos una parte importante de lo que podríamos vivir cuando estamos en un concierto, en la montaña o cuando parece que estamos escuchando a alguien, esa cara de atención que podemos poner, cuando en realidad estamos a millas de distancia del concierto, de la montaña o de nuestro fogoso amigo que se extiende prolijamente en su conversación sobre algo que en absoluto nos interesa.
Pero como estoy en la montaña, hablemos de ella. Anoche leía a Michel Onfray (Thoreau, el salvaje), que citaba a Thoreau. Éste expresaba su relación con la naturaleza con estas palabras: "fluir y fundirse para derramarse y fundirse en la naturaleza, finalmente, verdaderamente, completamente”. ¿Por qué no admitir que estando en la naturaleza, en las montañas, en realidad tantas veces no estamos del todo ni en la naturaleza ni en las montañas porque estando en nosotros mismos, en la firmeza del sendero, en las dificultades que nos esperan más arriba, en el cansancio, en pensamientos ajenos, en realidad nos encontramos divididos, no plenamente conscientes de esa naturaleza que tánto elogiamos? Pensamos en la naturaleza, en determinados parajes, como lugares ideales desde un punto de vista conceptual y romántico, pero una vez en ella, ¿no nos sucede estar como quien está en un concierto, de refilón y distraído? Y no te digo si vamos en grupo que entonces puede ser que no nos enteremos de la misa a la media de lo que sucede a nuestro alrededor.
Thoreau era un empedernido solitario, quizás por ello el tono de su discurso cuando se mete a hablar de la naturaleza, adquiere tonos que trascienden la apreciación corriente de quien camina por un bosque o trata de alcanzar una cumbre. Thoreau no se conforma con atribuir a un amanecer, a un día de niebla o a un campo en el que la primavera despierta con todo su vigor, el apelativo de bello o bonito, él necesita algo más y lo encuentra en la palabra sublime, que es el sentimiento que siente el hombre ante el grandioso espectáculo de la naturaleza, el famoso sentimiento oceánico a que hace referencia Romain Rolland.
Notas que tomo para intentar acercarme a la montaña, a la naturaleza en general con los poros de los sentidos abiertos de par en par para no perder ripio de esa ósmosis que se produce entre lo que nos rodea y nuestro ser interior.
Las once de la noche y todavía estoy a dos tercios de la cumbre. Esto de entretenerse por el camino con tantas divagaciones es lo que tiene, que no terminas de llegar a donde quieres llegar. Pero bueno, tampoco hay por qué contarlo todo. La cumbre, las fotos de rigor, los contraluces de siempre con sus siluetas, una vuelta por los alrededores a la búsqueda del habitual corralillo donde vivaquear, esas cosas. Hay algunos corrales, pero son tan rudimentarios y con un suelo tan escabroso que están inservibles. Sopla viento del oeste así que es obligado buscar un lugar algo protegido hacia levante. Lo encuentro un poco más abajo tras un vallado. Entre los piornos hago mi nido para esta noche.
Terminadas estas líneas vuelvo a asomarme sobre la escotilla de mi saco y hela ahí, la luna, que aunque haya perdido la mitad desde la pasada semana sobre la cumbre del Casquerazo, todavía resulta hermosa abriéndose paso entre los bancos de niebla que cruzan las laderas del pico del Lobo. Será una noche humedísima de continuo ralear la niebla ocultando o dejando libre a la luna, que siempre que me doy la vuelta en el saco la veo ahí encima de mí como guardando mi sueño.








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