El Gredos solitario y salvaje. Noche en Peña Chilla.

 




Cumbre de Peña Chilla, 8 de octubre de 2021

 

Tengo un nuevo juguete en las manos y se me está yendo el tiempo de la escritura con él. El juguete es la última versión de la app de Stellarium, que es como tener todo el universo con nombres y apellidos al alcance de las yemas de los dedos. Esta noche me tocaron frente a mi vivac dos planetas, Jupiter, el astro más brillante desde mi posición y Saturno un poco más al sur, que discurre algo más abajo discretamente confundido con una estrella más. El Triangulo formado por Vega, Altair y Deneb lo tengo como casi siempre encima de mi vivac.

El título del post de hoy hace plena justicia al entorno que he elegido para caminar. No me habría surgido la idea de visitar esta parte de Gredos si no hubiera sido por el amigo Santiago Pino que días atrás me lo recordó desde el FB. Fue ver el video que había colgado, un recorrido de la cámara por los ciento ochenta grados hacia el norte desde la cumbre de Peña Chilla, para que de inmediato ya tuviera destino para mi siguiente salida. Hacía tiempo que no venía por aquí, un mundo que parece de fuera del mundo, agrestes e intransitadas gargantas nada más dejar los robledales por encima del Santuario de la Virgen de Chilla. Ni un alma, en esta época ni siquiera el sonido de los cencerros de las vacas. La soledad más completa es la única compañía durante toda la larga ascensión. Salí a las dos de la tarde del santuario y llegué casi de noche a la cumbre, tras alguna escaramuza entre los piornos, esos omnipresentes habitantes de Gredos que tan penoso hace a veces el tránsito por sus laderas. Piornos, helechos, esos grandes pedruscos blancos modelados por el agua de miles de años y que hacen del antiguo cauce, por donde pasaba un magnífico y desmadrado torrente, un jeroglífico que ir sorteando interminablemente de salto en salto. Todo un ejercicio que termina afectando a mi ritmo cardiaco al que las revoluciones amagan con salírsele alguna biela por un costado. Iba tan despistado que cuando me quise dar cuenta y me paré a comprobarlas andaban por las ciento noventa. Cincuenta más del límite fijado para la feligresía de los septuagenarios.

Me costó llegar al collado. Hubiera querido apretar pero los avisos del revolucionómetro no me lo permitían. El sol había empezado a dorar las cumbres de caramelo y ámbar. No, no llegué a ver esa caricia de última hora del sol sobre la portilla Bermeja y el Almanzor; me tuve que conformar con contemplarla sobre el Cuchillar de las Navajas y el Casquerazo. A estas alturas la esbeltez y el enmarañamiento de la orografía sobre la que se ponía el sol me recordaron ese otro magnífico recorrido de más de dos semanas por las montañas de Córcega, el GR más duro de Europa, dicen. Un mundo de encrespado granito que al final de la tarde se transformaba en un espléndido espectáculo de luces y sombras donde la calidez del sol pintaba de oro las crestas y las prominencias más relevantes. Así hoy.

Leo estos días con tanto interés a John Burroughs, sus largas descripciones, sus observaciones sobre toda clase de aves, su alabanza de la vida campestre, la fuerza con la que  comunica al lector su pasión de amante de la naturaleza, la de quien desprecia comodidades del medio urbano para vivir la experiencia rústica del campo, la cercanía de las estrellas, siempre una alabanza de la vida sencilla, que cuando levanto la cabeza del libro tengo la misma sensación de quien despertara de un sueño para encontrarse en un siglo que no es el suyo. ‘Una pobreza del todo nueva ha caído sobre el hombre al tiempo que ese enorme desarrollo de la técnica”, leía ayer tarde en Discursos interrumpidos, de Walter Benjamín. Y añadía: “Nos hemos hecho pobres. Hemos ido entregando una porción tras otra de la herencia de la humanidad, con frecuencia teniendo que dejarla en la casa de empeños por 100 veces menos de su valor para que nos adelanten la pequeña moneda de lo «actual»”.

No es que la añoranza le coma a uno hasta los higadillos, es que cuando te adentras en el monte, en un paisaje tan salvaje como éste que se levanta al norte de la región de la Vera, las imponentes y solitarias gargantas de Gredos, la de Tejea, la de Chilla, la Blanca o la Lóbrega, te sientes como si cambiaras de época. Paisajes sin caminos, soledad, piornos, sucesión ininterrumpida de cauces apenas hollados, que dos mil metros más arriba florecen en las más hermosas cumbres de la Zona Centro,  quebradas y derrumbaderos inapreciables que con toda seguridad un día serán borrados de la faz de la tierra por las masas, la burocracia o los buscadores de oro. Esas cosas que ya empezaron a pasar en torno a Peñalara y que los defensores de los parques nacionales han abonado convirtiendo la sierra en reclamo multitudinario. Porque hoy basta que haya un lugar hermoso en cualquier parte del mundo para que los mercaderes y gente a la que le trae al pairo la integridad de la naturaleza conviertan cualquier entorno natural en un atestado recinto de atracciones.

Y recuerdo ahora algo chocante, tal la actitud del club Peñalara que promueve actividades tan contradictorias, unas de alabar, como esa iniciativa de limpiar algunas partes de la sierra, pero a las que acompañan otras de dudosa conveniencia como es la de organizar carreras multitudinarias a través de las cumbres de Guadarrama. Me temo que los promotores de estas últimas actividades deberían pensárselo dos veces antes de programar sucesivas ediciones. No me parece en absoluto procedente convertir la montaña en una pista de carreras. Una opinión acaso muy personal pero que bien merecería someterse a la consideración de los responsables del club.

Sí, me sobreviene cierto miedo cuando pienso cómo poco a poco vamos perdiendo el control sobre el silencio de nuestras montañas que desde nuestra temprana juventud han servido para amamantar espíritus fuertes y apasionados en ese nuestro contacto con la naturaleza. Que nuestra presencia no  perturbe la música de los arroyos ni el canto de los pájaros.

Quizás sea inevitable la perversión que se hace de la montaña, esa perversión, por ejemplo, en el Himalaya o sus campamentos bases de la que habla Jorge Egochega en su libro Quizás vivir sea esto; o esa otra manía de querer media España subir al Aneto o medio mundo a la cumbre del Everest.

Apago por un momento el teléfono. Júpiter ha recorrido un buen trozo en el cielo y ahora lo tengo sobre los pies. En el lado opuesto hacia el norte, mirar a Casiopea me obliga a dirigir la cabeza hacia el Almanzor. Es medianoche, creo que ha llegado la hora de dormir. Buenas noches.

 

 

 


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