Playa de san Antonio, O Porto de Espasante, 01/06/2009



“Estos días azules
y este sol de la infancia”

Son los últimos versos que escribió Machado antes de morir. Hoy era así la mañana.

La noche ha dejado pequeñas gotas de humedad en donde brilla el primer sol de la mañana. En lo alto la lanza inhiesta de los eucaliptos apunta con su penacho de hojas al cielo. De los largos troncos salen pequeños quejidos de la madera torsionada por la brisa. Un bosque de eucaliptos es siempre un caos de maderas muertas, helechos, zarzas, una alfombra de hojas curvas y lanceoladas que amontonadas no llaman la atención, pero que vistas aisladas sobre el macadán de la pista o sobre el asfalto, presentan una armoniosa estructura tintada de color vino unas veces, amarillo canela otras, gris ceniciento las más. Cuando abrí los ojos hoy lo primero que vi, sin embargo, fueron esas delgadas gotas de rocío colgadas de la punta verde de las hierbas que cubrían el prado donde la noche anterior había instalado mi vivac. Luego cerré los ojos intentando dar largas a mi sueño, pero fue inútil; en el extremo último de la noche había quedado cimbreando, acaso como en el grácil extremo del que colgaba en esa ahora las gotas de rocío, una imagen imprecisa que perseguí inútilmente. El sueño podía conmigo pese a que el sol se abría paso en el bosque desde hacía rato; me deshice de las botas que hacían de almohada, y me tumbé bocabajo empeñado yo todavía en volver a la fase del sueño en donde había aparecido aquella imagen. Un mosquito rondaba ruidoso la boca del saco de dormir.
Este año, que entré definitivamente en el club de hipertensos, andaba yo preocupado por los efectos colaterales de las dichosas pastillas, pero no hay cuidado, está a la vista que la primavera sigue tan pujante como siempre; no logré dormir, en su lugar tuve una bonita aparición que no sufrió ningún descalabro pese a la persistencia del mosquito que no teniendo donde agarrarse metía su trompetilla en el cuero cabelludo. Es suerte ésta la de las apariciones, cosas estas como la del grito de las olas o las gaviotas cuando arrementen contra las rocas o el puro aire de la playa porque si, con el desenfreno de los elementos de la naturaleza que se expresan con fuegos artificiales o tambores según las circunstancias y su peculiar modo de relacionarse con sus congéneres, las olas con la arena, las gaviotas con el aire, el hombre con la mujer.
Rodeaba la ría de Ortigueira por los cerros circundantes dando un gran rodeo para no toparme con el asfalto de la costa. Los verdes eran húmedos y brillantes, los recovecos del camino llenos de rincones umbríos; un espacio cuidado con hileras de tejos y grandes macizos de hortensias frente a las fachadas de las casas. Tañían a lo lejos las campanas; la vera del camino era una escandalosa pajarera que era dirigida por el canto poderoso de un ave desconocida para mí. El camino se hacía solo, tranquilo, como quien pasea atento a discriminar todos los instrumentos que estaban en juego en la luz de la mañana. Del valle llegaba el ronroneo de la carretera general, un poco antes de que el estero de la ría convirtiera el paisaje en un pantanal cruzado por pequepos riachos de agua que culebreaban camino del mar.
Nada más llegar a la carretera, enfrente, un cartel: Casa Pepe. Me meto en casa Pepe: un gran racimo de uvas negras, una taza de café con leche y una bolsita de bollos del país es mi desayuno. Una hora después estoy en Ortigueira, y más al norte, mientras la carretera va rodeando la costa junto a la vía del FEVE, el tren de juguete que recorre la costa del Cantábrico, yo me voy despachando con el monólogo de G. H., La pasión según G.H., de la ucraniana Clarice Lispector. Hace un calor respetable pero apenas me entero de lo que sucede a mi alrededor, paso a paso, por la línea blanca del arcen voy siguiendo las peripecias del encuentro de G.H. con una cucaracha. Ni Poe ni Kafka, un modo de hablar interminablemente sobre la existencia. Algunas ideas que ve voy encontrando mientras me aproximo a Porto de Espesante por una carretera de tráfico excesivo y ruidoso: "Crear no es imaginar, es correr el gran riesgo de acceder a la realidad, entender es una creación”; más: “Un mundo realmente vivo tiene la fuerza del infierno”; “Cuando terminé mi última relación amorosa sentí el gusto insípido de la libertad”; “los amaba, pero no siendo míos no los torturaba.
En to comí muy bien y tuvimos un largo rato de tertulia. Vanesa y Franck son muy jóvenes, alquilaron el local, pintaron en la fachada un motivo que apuntaba hacia un modo de vida, Franck a la barbacoa, los amigos, unos chiringuitos y sus dos perros corriendo por la playa. Vanesa estaba enamorada de su huerta. Franck tocaba el violín, Vanesa escribía en su libro de la vida, dibujaba en él, pegaba recortes de periódico, seguramente especulaba sobre la existencia. Quizás de aquello salga un libro, me dice. Con las ganas me quedé de echarle un vistazo más dilatado. Nos despedimos en la puerta del local.
Desde la playa donde escribo se ven los cíclopes de piedra que emergen agrestes desde el mar al norte de Cariño. Una pareja corre por la playa. Está empezando a hacer fresco. Es hora de recoger los bártulos e ir en busca de ese punto especialisimo sobre alguna prominencia que será mi vivac de hoy.
















2 comentarios:

Leticia dijo...

¿Qué nombre tienen las rocas que se ven frente a la costa?

Alberto dijo...

Hola, Leticia,
Me picó la curiosidad y estuve indagando, porque no conocía el nombre. Reciben el nombres de "Los Tres Aguillons", están al norte de Cariño, más allá del cabo Ortigueira.
Un saludo