Mañana cumplo 69… y no es broma


  
Sobre Gaislachalm, todavía en Austria, 21 de julio de 2017 

Uno, dos, tres, cuatro, cinco y… ¡zasca!, ya está liada la tormenta aquí mismo sobre mi cabeza. Parece que estuviera cronometrada la cosa. Pero esta vez no me pilló, chico listo uno, acababa de meter apresuradamente el macuto dentro de la tienda, cuando buuummm, el gran petardo de la tarde de fiesta y la lluvia a tutiplén caía sobre las montañas con el consabido y ritual estremecimiento del valle. Y me pregunto ¿qué haría yo de solateras sin poder comentar con alguien estas fiestas si no tuviera el recurso de este aparatito de apenas cien gramos a quien confiar con las yemas de mis dedos todas las bondades diarias que la naturaleza y los elementos me deparan? Porque es de cajón, me viene la emoción enterita de esta soledad y este fiestorro de rayos, truenos y lluvia después de caminar montón, atravesar un collado de tres mil metros, contemplar los glaciares a mis pies y sentir una plenitud de leche porque mi cuerpo funciona de puta madre, y entonces qué hago de todo ello. Es como cuando estás enamorado, al enamorado que no le salen los versos a borbotones por los poros de la piel es que no está enamorado, eso es como la prueba irrefutable de la existencia de Dios; si en ese estado no escribes versos a la altura de Dante o Petrarca o no se te pone el corazón y el cuerpo como para que te metan en el manicomio pues es que nunca has estado enamorado.


Aquí sucede algo parecido. Alguno de los que leen estas matracas mías de los caminos se podrán preguntar que por qué coño hago yo tanto la cabra por los montes y los caminos. Bueno, pues si el sujeto es un poco avispado habrá descubierto sin mucho esfuerzo que sucede que con alguna frecuencia esto de subir y bajar montes a un servidor le produce parecidos efectos que si te tomaras dos o tres pintas de cervezas una detrás de otra, te sientes tan contento que al final del día eres capaz de escribir una tontería tras otra hasta sobrepasar las mil palabras, y no sólo eso sino que también con alguna frecuencia hasta lo que escribo merece la pena leerse. Conozco a más de uno que se ha desayunado a diario con todos estos despropósitos o de alguna amiga que necesitaba la crónica de turno en la cama antes de sumergirse en el sueño. Sí, todo ello es prueba de que la mayoría andamos todos un poco locos, los que escriben por lo que escriben, y los que leen por la locura de leer. Y se sabe lo que le sucedió al bueno de don Quijote, que se le fue la olla por leer tantas historias que nunca debería haber leído.


 Se ve que la cerveza, perdón, la tormenta, me desata la lengua. Bueno, pues me metí pitando en la tienda mientras fuera todas las furias se conjuraban para lavar la cara al planeta a base de gruesos goterones y enseguida con una lluvia de órdago. Ante todo poner la casa en orden: descalzarse, las botas siempre en su sitio, abajo a la derecha. Las botas fueron con el jersey mi almohada durante dos semanas hasta que fueron substituidas por el macuto repleto de toda la impedimenta blanda que llevo encima. El orinal a la izquierda a la altura de la almohada junto a alguna toallita. Si un prostático como un servidor tuviera que levantarse y salir de la tienda cada vez que se lo pide la vejiga me parece que no le iba a dar tiempo a dormir mucho por la noche. Una vez le oí en una entrevista en un vídeo una torpeza inigualable a Reinhold Messner. Contaba esta eminencia de las alturas que una de las cosas más terribles en su larga carrera de conquistas de montañas era abandonar el saco en algunas de sus ascensiones del Himalaya para tener que salir a orinar en medio de la noche. No creo que fuera de broma, pero me parece que deja mucho que desear de la inteligencia de Messner, o acaso de su pudibundez, que no se le ocurría la cosa simple de llevar siempre en su mochila un orinal. No sé si esto, sobre todo la gente mayor, lo practica por ahí, pero va a ser cosa que me lo piense mejor y patente la idea. El único problema del asunto es que uno se habitúa de tal manera que prácticamente ni te enteras y tienes que estar muy atento para no quedarte dormido en aquella posición. Seguro que alguno se preguntará que si no he tenido algún accidente en algún momento. Pues sí que lo tuve, sí, en una ocasión cuando me dí la vuelta dormido tuve que saltar sobresaltado: ¡se había producido una inundación  dentro de mi saco! Si te olvidas de tapar bien el orinal de turno estás perdido, al día siguiente tienes que buscar una lavandería para tu saco de dormir.

A continuación le toca al colchón inflable que siempre requiere mucho aire para que mis costillas no amanezcan en el duro suelo. Después de eso me quito el chaleco de lo muchos bolsillos, pongo las gafas y el teléfono en el bolsillo derecho de la tienda; la alfombrilla solar tiene su sitio a mi derecha junto a la bolsita de las baterías. La batería cargada durante el día se encargará durante la noche de cargar mi teléfono. A mi izquierda está siempre la linterna preparada por si por la noche vuela la tienda o se me aparece un oso. Junto a ella irá poco más abajo la bolsa de la comida y las toallitas húmedas preparadas para el aseo matinal. La bolsa de aseo, medicinas y varios también a la izquierda. Después de dejar todo en su sitio sólo queda comprobar la horizontalidad de la cama, acomodar la almohada y ver si hay algún mosquito, hormigas o arañas que ronden por la tienda. Cuando todo está a punto dedico diez minutos a mirar al techo de la tienda J, terminado lo cual dedico media hora a la rehabilitación de espalda o bien escribo mi crónica. El resto es el placer de la lectura, la música y las oraciones antes de antes de dormir 😉.


Sí, y ahora sería el momento de escribir mi crónica. Demasié. De mañana recoger la tienda empapada, subir un cuestón de milnosecuantos metros. Desayuno comida en el refugio porque apenas había cenado y no desayunado, contemplación de los glaciares que rodeaban majestuosos el refugio, nuevo ascenso hasta el paso Pitztaler Jochl, el paso más alto de mi travesía, 3000 metros (2897, para los amigos de la exactitud), cadenas y atrezos en varios lugares, parada para secar tienda y pertrechos al sol, descenso, largo y bello siempre en torno a la cota de lo 2000, hasta Gaislachalm. Y, después de comer y regalarme más adelante con un gran helado y un capuchino, nueva subida hasta que la tormenta empezó a rondar por encima de mí cabeza y que decidí, tras coger agua en un riachuelo próximo, plantar la tienda en el único lugar disponible, es decir, en medio del camino.


Por cierto, mañana cumplo 69 tacos, toda una incongruencia para un caminante solitario. 😊.












6 comentarios:

Francisco Sanchez dijo...

Albricias, soy cinco meses mas viejo que tu, la cosecha del 48 es una de las mejores que se han dado en este siglo.

José Luis Moreno dijo...

Muchas felicidades
Recibes de regalo esas magnificas vistas, eres un hombre feliz, seguro

Asunción Novellón Peralta dijo...

Felicidades Alberto,los llevas muy bien. Estoy en Gredos, de ruta, pero a caballo, el ascenso se hace más fácil,jeje.....

Manuel Coronado Gil dijo...

Lo del orinal te lo voy a copiar, ya está bien de aguantar para ver si se pasa para al final, tener que salir.

Alberto de la Madrid dijo...

Gracias a todos. Lo del orinal evita sobresalto nocturnos, Manuel

Alberto de la Madrid dijo...

La cosecha del 48,si tú lo dices... Buena sí que ha sido,es cierto.