Una jornada bajo la lluvia y las tormentas




Refugio de l’Archeboc, Francia, 8 de agosto de 2017


Estaba amaneciendo cuando me despertó la lluvia sobre el techo de mi tienda. Pocos minutos después ya estaba liada, los relámpago iluminaban la tienda casi al mismo tiempo que los truenos retumbaban por encima de mí. Crucé lo brazos, encogí un poco las piernas y me sumí en un dulce sueño. Qué gusto volver a entrar en el sueño bajo esta música matinal. Llovía débilmente cuando me volví a despertar. No era tan tarde como pensé en un primer momento, las ocho y cuarto. Me comí un par de plátanos y bebí medio litro de yogur mientras me despertaba del todo. En Valgrisenche volvía a llover, la niebla formaba un techo a la altura de del campanario de la iglesia. No las tenía todas conmigo, ocho horas hasta el siguiente lugar habitado, el refugio francés de l’Archeboc, me parecía demasiado trecho para caminarlo bajo la lluvia. Desde un poco más arriba del pueblo, en el mapa se veían unos puntos rojos que alcanzaban mi itinerario. Lo seguí hasta un punto que parecía no tener salida, sí, una vía ferrata con barras de acero a modo de peldaños surcaban una pared de roca totalmente vertical a partir de allí. Pregunté cerca en un vaquería y, atendiendo al tiempo que hacía, el empleado me ofreció una alternativa mucho más práctica que consistía en tomar un sendero más bajo que evitaba una larga vuelta hasta el lago di San Grato.


Enseguida la niebla lo envolvió todo. Cuando el camino torció definitivamente a la derecha dirigiéndose a un valle lateral, el bosque desapareció y quedó el monte desnudo barrido por una masa que limitaba el campo de visión a unos metros. Volvió a desencadenarse la tormenta con gran violencia. Hacía frío y los dedos de las manos se me quedaban rígidos. Consultar en el teléfono la ruta no era sencillo bajo una lluvia que fue creciendo en intensidad y que en poco tiempo dejó mis botas inundadas. La soledad del lugar, el frío, la lluvia y una trocha que a veces era tan sólo una insinuación en la ladera me tensaban la mandíbula.

Subía como a ciegas en medio de esa nada blanca, pero mis piernas trabajaban bien y a buen ritmo. Debía consultar de vez en cuando el gps, una cosa que no resultaba nada fácil con aquel frío en medio de la lluvia. No era un terreno muy abrupto, pero el agua había convertido el sendero en cauce para un riachuelo que mis pobres botas no siempre podían sortear. En algún momento se abrió la niebla y a mi derecha en lo alto apareció la cola descolgada de un glaciar que se precipitaba entre las rocas por una abrupta pendiente. La niebla hubo un momento que quedó atrás, retenida en la parte baja del valle como una mar encrespada dispuesta a subir al primer soplo por la ladera para volverlo a engullir todo de nuevo, lo que sucedió al cabo unos minutos; empezó a subir tan rápidamente, ahora como humo de chimenea buscando el tiro del collado a tal velocidad, que ya no me daba tiempo a comprobar la altura a la que estaría el col de Mont. Todo el frente de niebla, galopando e impelido por la riendas y la fusta de un ejército de valquirias, avanzaba como agua desbocada que hubiera roto el muro de contención de una presa. Un minuto más y el frente de niebla me alcanzó. Todo volvió a quedar envuelto en la masa gris de la mañana.


Ya no tronaba pero la lluvia volvió a hacerse intensa. Quizás debería haberme parado para abrigarme, el frío se había hecho más intenso con el viento, pero ¿quién deshacía todo el equipo de agua y buscaba el jersey en el macuto en aquellas condiciones? Era más fácil intentar mantener el calor subiendo a buen ritmo. Así tendría además una prenda menos que secar al llegar al refugio.

Un poco más arriba apareció extrañamente la silueta de una casa que no constaba en mi mapa. Resultaron ser unas ruinas con el tejado derrumbado. Protegiéndome contra un muro volví a consultar el gps. Estaba en la ruta correcta, quizás sólo quedaba un cuarto de hora hasta el collado.


 El col de Mont no era una cosa muy diferente al terreno por el que había subido anteriormente. La visibilidad se reducía a unos pocos metros. No había indicaciones de ningún tipo y el sendero de descenso no estaba del todo claro. Tomé por el que me pareció más transitado y cuando hube caminado cinco o diez minutos paré de nuevo a comprobar que la flecha del gps se encontraba sobre la línea correcta de descenso. Lo estaba.

A veces cesaba por un momento la lluvia, pero bastaba que me quitase la capucha para que ésta, con el fin de llevarme la contraria, volviera a aparecer. El refugio no lo pude ver hasta que estuvo prácticamente bajo mis pies, en un prado en cuyo extremo más próximo a la montaña, terminaba mi sendero en unos cuantos bucles.


 Seco, bien comido y bien bebido me fui a mi litera a dar reposo a mi espalda a la que últimamente la rehabilitación no le sirve de mucho. Me despertó de la siesta un grupo de alemanes que con su hablar brusco, cortante y como hecho para partir leña a hachazos no se cortaron un pelo en la bulla que armaron pese a sus corteses saludos en varios idiomas. Ya no pude volver a dormirme.

Fuera sigue la lluvia como un cuento interminable que les contaran las nubes a estas tierras saciadas de agua. Un alpendre anexo al refugio con techo de chapa multiplica la monótona sonoridad de la lluvia.


Mientras la última luz del día entra por el ventanuco de la habitación del refugio, el concierto para violín op. 64 de Mendelssohn me acompaña. Fuera una lluvia fina se escurre todavía por los cristales. Apacibilísimo fin de jornada para este vagabundo amante cada vez más de este tipo de vida que ha elegido como compañera y amiga.


1 comentario:

Francisco Sanchez dijo...

la lluvia, que tanta falta hace aquí en este secarral, empápate bien en ella que cuando vuelvas aquí la añorarás.