Caminar bajo un sol de justicia


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GR-10. Ciudad Rodrigo, 30 de junio de 2008


Cuando hace dos días me asomé a la otra vertiente de la Peña de Francia, solté un ¡uf! que venía a significar: ya verás lo que te espera. Hacía tanto calor allí en ese instante, y tras el descenso y el río no había más que el llano salmantino, llano, caluroso, espejeando una bruma que no podía ser otra cosa que la tierra ardiendo. Después de las montañas ahora estaba el llano llano inclemente de largas pistas inacabables y rectilíneas. Dudé, quizás en esta época fuera mejor caminar por la Cordillera Cantábrica o incluso el Pirineo. Pero minutos después ya estaba en otro lado, Aldecoa, que raramente introduce citas en sus relatos, haciendo una excepción, citaba a Erasmo de Rotterdam: “Verdad es que cada uno debe de acariciarse a sí mismo y darse su propia aprobación antes de pretender la de los demás”; y tras esta reflexión seguía dos relatos en donde Aldecoa narra alguna calaverada de su juventud. Está bien eso de acariciarse a uno mismo, mucho más sano y saludable de lo que tantas almas pías o despistadas piensan;, y que conste que lo digo en todos los sentidos posibles.
Desde la Peña de Francia, entre brezales, jaras y espléndidos retamales en flor, bajaba angosto culebreando el río Agadón. Tocó baño y colada cuando el río se humanizó saliendo por unos metros de su angostura junto a un recoleto puente de piedra. Paré y no me moví hasta el final de la tarde. Mi alfombrilla solar cargó mientras tanto el teléfono y la batería de la cámara; la colada se secó; yo sesteé. En algún momento, algún maestro zen exclamó: “Oh, amigos, no tengáis morada, ni dentro de vosotros ni fuera, y vuestra conducta será perfecta y desencadenada”. Me quedé pensativo… cuando tenga un rato pienso más en ello.
Pasé la noche en las angosturas del rio Agadón y, al día siguiente, después de atravesar Monsagro ya estaba en el llano. Había abandonado los garbancitos del GPS de Manuel, porque su ruta difería de la mía y atajé directamente por los pinares hasta Guadapero.
Guadapero es el pueblo desolación, el lugar en donde alguien se asoma a la puerta para observar sin disimulo ninguno, para observar al caminante; un lugar donde no hay niños y las calles están solitarias; el lugar donde pega el sol del mediodía inclemente y donde no hay ni tienda, ni fuente. Hay restos de banderines que van de parte a parte de la calle, banderines descoloridos, ajados. En Guadapero sin embargo hay un mesón, el mesón Crislama. Llamo al timbre, abrimos a la una, me dice una voz que sale de la rejilla de la pared. Me indican un casa en donde puedo comprar algo de fruta, golpeo el cristal de la puerta pero no hay respuesta. Más adelante doy los buenos días a una señora que me encuentro por la calle y tampoco hay respuesta. Las calles de Guadapero están llenas de piar de pájaros. Hago tiempo en la puerta de la iglesia; me acomodo, me quito las botas. Una señora me llena la cantimplora con agua de la nevera. De repente el lugar se llena de rezos. Es domingo. Desde dentro me llegan las voces del cura y unos pocos feligreses… los pocos que van quedando del cumplimiento dominical. El pueblo ha resucitado para visitar la iglesia. Al final, cuando abrieron el mesón, Guadapero fue un pueblo pueblo con bar nuevo que una pareja de jóvenes ganaderos levantaron después de comprar la casa al Obispado (qué no tendrá el Obispado y los Hermanos de la Salle. En el pueblo anterior había fotografiado la fachada de la Iglesia en donde esta gente con dinero exortaba a su feligresía a poner cierta cruz en la declaración de la renta. Si Jesús resucitara le daba un patatús)
Desde aquí a Ciudad Rodrigo me queda casi una jornada; no hay nada por medio. Tras una azarosa caminata por un monte cerrado de brezos y jaras, vengo a dar a las cercanías de un lago en donde croan las ranas; se hace de noche mientras ceno. Cuando termino pruebo a ver si hay cobertura. La hay. Me meto en el saco de dormir y debidamente acomodado, con los ojos en el cielo cuajado de estrellas, converso por hora y media. La noche es perfecta, bella, una noche de la de entonces, la de los altos vivacs en las montañas. Cástor y Pólux asoman a la altura de mis pies, la cola de la Osa Mayor se prolonga hasta tropezar con Arturus.



Caminar bajo un sol de justicia. Eso también estaba en el programa, y aunque no quise reconocerlo, aunque esgrimiera alguna consideración para decir que bueno, que ya se vería, que a lo mejor me iba a caminar al norte, ahora, acogido a la beneficiencia de un árbol solitario en mitad del páramo, junto a una erratica vía del tren que es como si atravesara el Oeste americano del siglo XIX, sesteo, espanto moscas o miro un mensaje que llega de Quique tras la lectura de su ejercicio de las oposiciones: “Ya termine, creo que bien. El verano a mis pies: Musil, el Prado, algo de monte, en tu blog o bajo mis pies. Y París y Córcega en el horizonte. Tengo ganas de verte. Mil besos desde Madrid. Quique”. Soy caminante solitario, pero el teléfono y el portátil me acompañan; así que mucho menos solitario de lo que parece. Hablaba de cierto sol de justicia. Atrás van quedando cosas que quería contar, pero ni cabe todo ni falta que hace escribir más de lo que cuento, y por supuesto eso, que la vida es corta y no da para todo. Sesteo y escribo tumbado, pero es tan incómodo… así que me incorporo; a medio metro del suelo llega mejor una brizna de brisa. Me incorporo todavía más y veo a los caballos de hace tres horas en la misma posición, de pies, quietos, golpeando con la cola las moscas, al sol, pacientes, adaptados… me admiran. Cuando pasé ante ellos pude ver en un barrizal, negros, rebozados en el cieno tres grandes cerdos; pensé que eran cadáveres, pero no, al poco rato se dieron la vuelta como quien cambia su posición en el sueño y continuaron su dormir. Sí señor, es que hay modos de vida y modos de vida, y los raros somos nosotros que no queremos entender que cada uno tiene su porqué a cuestas.
El otro día quise bromear cuando los padres de mi nieta, que decía la abuela por teléfono, vivían el sofoco de la primero ola de calor veraniego en su piso de Tirso, y no sabían como aliviar a la nena. Hombre, aproximé yo, calor hace en verano, a eso deben de acostumbrarse los recién nacidos; y el Guille aunque tenga mucho que estudiar, que se compre un ventilador en la tienda de abajo, que cuestan quince euros. Yo andaba por Las Batuecas, que en ese momento era como andar por los Cerros de Úbeda, aunque mucho más al norte, quiero decir que no era demasiado consciente de que en otras latitudes puediera hacer efectivamente calor calor. Nuestro concepto de la educación draconiana cuando Guille, nuestro mayor, que nació en diciembre y pasó su primer invierno, esos inviernos inviernos que existía hace treinta y dos años, durmiendo con la ventana abierta de par en par; o cuando dos años después pasó su sarampión trajinando en la nieve del patio de la escuela de Gedrez, en Asturias, me autorizaban a ser un poco drástico en mis opiniones sobre el asunto del calor. El concepto de la subjetividad del calor fue algo que cultivamos durante mucho tiempo en la familia con bastante éxito. Uno se dice que en verano hace calor, pero que no pasa nada y se acabó. Así sucedió unos años después cuando nacieron Mario y Lucía, aquel verano nos se nos ocurrió otra cosa que marcharnos de viaje a África y pasar el mes de julio y agosto deambulando por el Sahara. Los mellizos tenían un año y Guille iba camino de los cuatro. Hay un fotografìa en casa tomada a la sombra de una palmera en un oasis que da cuenta del inmenso calor de entonces. Yo creo que todos crecimos así, no sólo nuestros hijos, también nosotros. Cada vez que durante la larga infancia de nuestros hijos regresábamos al final del verano a casa éramos otros los que regresábamos, habíamos crecido. Si los niños crecen por la noche, cómo no íbamos a crecer nosotros después de esos diez mil kilómetros que quedaban a nuestras espaldas verano a verano; o esos quinientos u ochocientos de aquella vez que atravesamos el Pirineo. Éramos de ideas fijas, y quizás equivocadas (aunque bien pensado ¿quién estará autorizado a decir lo que es correcto y lo que no lo es?) pero nuestro convencimiento era tal que movía montañas. Ya llegaría el momento que ellos mismos tuvieran su criterio y decidiera uno, encerrarse entre los muros de la ciudad diciendo que el campo para las bestias, otro que compaginara ambas cosas, y quien hiciera de su vida una extensión de aquella vida en continuo contacto con la naturaleza, hiciera frío, calor o cayera una nevada de aquí te espero.



Todo esto para empezar a convencerme a mí mismo de lo salutífero que puede ser el camino que tengo por delante, caminos de grandes calores que lo serán más y mucho peor si desde ahora mismo no me meto en mi cabezota que aquí quien manda soy yo y no mi galvana o mis ganas de estar siempre a la vera de una gran jarra de cerveza.

1 comentario:

Ana Jordán Davia dijo...

Pues sí,hace un calor del carajo.
Siempre nos sorprende , como si los años pasados no hubiera hecho la misma temperatura pero el ser humano es especialista en olvidar y en disfrazar.
Tu continua con tu mochila que nosotros caminamos a tu lado .
Besos
Ana