Lluvia, barro… una delicia :-)


Nueva Carteya, 19 de febrero de 2017 

Etapa Lucena – Nueva Carteya 

Suena el despertador. Son las seis de la mañana. Le paro, me incorporo, recojo la colada que dejé a secar colgada en una percha de las rejillas del aire acondicionado, me visto, me asomo a la ventana. Diluvia. Me afeito. Hago el macuto con tranquilidad demorada, no tengo prisa por ponerme bajo el aguacero que está cayendo. Hecha la mirada del gitano, no queda nada en la habitación, recojo las llaves, me echo el macuto a la espalda y bajo al primer piso. Me asomo al exterior, la calle, estrecha y de piedra, es un río. El agua suena atronadora en el interior del vestíbulo. La dueña de la pensión me da los buenos días y añade: ¿va a salir usted con este tiempo? Dos tostadas con mantequilla y mermelada y un café con leche son mi desayuno. Me admiro de la parsimonia que derrocho esta mañana. Algo así como si me estuviera preparando para un rato de prolongada meditación, ejercicios de yoga bajo la lluvia matinal. Creo que mi instinto está preparando mi cuerpo para un baño de simbiosis con los elementos, el ritual que precede a la ceremonia en sí. Termino mi desayuno, me pongo la linterna en la frente, enfundo la capa y los pantalones de agua, me despido de la señora y salgo decidido a la calle. La riada, que baja alborotada por la mitad de la calle, tiene un ancho de unos tres metros, no hay modo de vadearla, así que la atravieso andando sobre los tacones. Doblo por la primera calle a la izquierda. Las farolas pintan la noche de naranja. El empedrado brilla intensamente cubierto por el agua de la lluvia, los grandes goterones llenan de burbujas el suelo. 

Me encuentro deliciosamente confortable dentro de mi equipo de agua. Las manos en los bolsillos bajo la capa, todo en orden. Esta mañana he ajustado el teléfono para que me vaya indicando la ruta mediante mensajes de voz, así que ni siquiera tengo que consultar el gps. Tuerce en la primera calle a la izquierda, toma la segunda salida en la rotonda, tuerce ligeramente a la izquierda. La voz sale de debajo de la capa de agua como quien recitara con voz en off una extraña cantinela. En pocos momentos estoy en las afueras de Lucena. La oscuridad es absoluta. Me cruzo con algún coche en la primera media hora pero tras una desviación el camino parece una senda para mi uso personal. La lluvia amaina un poco. La temperatura, unos nueve grados; casi como si fuera verano. Mi jersey ha quedado en el macuto pero no obstante sudo discretamente. Por levante el horizonte empieza a vestirse de un azul desteñido y opaco. Los olivares empiezan a dibujarse entre la pastosa bruma de la mañana. Qué manía con eso de que cuando llueva me quedo en casa. ¿No habíamos quedado en que si salgo al monte, a caminar por algunos cerros es para estirar las piernas y de paso recoger un cestillo de sensaciones? Esta mañana es todavía más cálida la cosa, no es que yo sea yo y esa circunstancia orteguiana que añade un plus a nuestra mismidad, es que son las circunstancias las que consiguen que mi yo se esponje y que en cierto modo uno se haga parte del  entorno, la lluvia, la pálida luz del amanecer. 

Un camino lateral me lleva directamente a Cabra. Apenas ha amanecido y ya me encuentro una pareja vareando los olivos. Han tendido una enorme red bajo el árbol, las aceitunas cubren una buena parte de la red cuando les doy los buenos días. Saco la cámara, gruesas gotas de agua resbalan por la superficie brillante de su negrura. Más allá son las flores las que llaman la atención de mi cámara. Delicadeza de matices, la humedad resbalando como lágrimas por los pétalos; unos segundos y las lágrimas dejan su columpio para caer al suelo. Violeta sobre verde, la delicadeza de la flor, una pincelada de sutil belleza en esta pequeña fiesta que deja la lluvia en los parterres del camino. 






En el libro que leo esta mañana, Ser o tener, de Erich Fromm, éste habla de un haiku de Basho para mostrar la diferencia con que los orientales y occidentales se acercan a la naturaleza. El haiku de Basho dice:

Cuando miro atentamente
¡veo florecer la nazuna
en la cerca!

Lo compara con un poema de Tennyson, que dice así:

Flor en el muro agrietado,
te corté de las grietas.
Te tomo, con raíces y todo, en la mano.
Florecilla… si yo pudiera comprender
lo que eres, con raíces y todo lo demás,
sabría qué es Dios y qué es el hombre.

La diferencia entre el deseo de poseer, aunque ello suponga la muerte de la flor, frente a la reacción de Basho es enteramente distinta. Basho no desea arrancarla, ni aun tocarla. Sólo "la mira atentamente para verla". Si alguno anda por ahí sin saber a qué libro hincar el diente, lo recomiendo de veras; la sustancial diferencia entre el deseo de tener y el de ser quizás sea uno de los parámetros de los que depende la felicidad de nuestras vidas. De qué opción predomine en nuestro hacer y pensar a lo largo de la existencia va depender también la felicidad o no de nuestros días. Una sociedad como la nuestra tan especializada en hacer del tener la razón de ser de toda actividad humana lo tiene duro si de lo que se trata es de vivir en armonía con uno mismo y con los demás. 

Sobre las once me tomo un respiro; ha dejado de llover. En un altillo busco una superficie arenosa y descargo, saco una tableta de chocolate y un poco de pan, me tumbo en el suelo y, mientras me desayuno por segunda vez, voy consumiendo agua en cantidad a la que he echado unos mililitros de rompepiedras, empeño de mi hija a ver si con ello las piedras del riñón terminan deshaciéndose. Aprovecho la parada para cambiar de lectura, ahora una novela de Aldous Huxley, Viejo muere el cisne, un profundo y extraordinario trabajo también, con el libro de Erich Fromm, sobre la condición humana; un análisis sobre los desvaríos a los que la ignorancia, la codicia y el poder pueden llevar a una parte considera de la humanidad. 



Pero no todo es confort y belleza tras una noche de lluvia ininterrumpida. En determinado momento tuve que abandonar la lectura y sacar los bastones porque el camino se estaba haciendo totalmente intransitable. Una capa de barro arcilloso se había hecho dueña del lugar, una fina arcilla que se pegaba a las suelas de las botas y no había manera de desprenderla. Si penoso es andar sobre nieve profunda, hacerlo con barro en estas condiciones es una tarea imposible. Ni saliendo del camino, ni buscando zonas verdes o piedras aisladas, nada, las botas terminan convirtiéndose en una enorme masa de barro y tú te encuentras como un pato con toda esa masa deforme bajo los pies a punto de darte continuamente de narices con el suelo o de quedar despanzurrado de bruces en medio del barro. Empecé a temer que si aquello continuaba por mucho tiempo me iba a tocar dormir bajo los olivos. Lomas que subir, lomas que atravesar y aquello no cambiaba. Un andar penoso, metro a metro tratando de no caer, tratando de deshacerme de una parte del barro. Quizás estuve trajinando con el barro un par de horas interminables. Cuando en un repecho divisé las blancas casas de Nueva Carteya respiré aliviado. Poco más allá hizo su aparición un firme de arena y graba y ya pude sentarme a desprenderme de mis abultados zuecos de barro. Media hora más tarde entraba en el pueblo. 

Dos grandes y alargados rectángulos de luz ocupan ahora una de las paredes de mi habitación. El aire acondicionado ronronea cumpliendo su trabajo de secar mis pantalones de lluvia y mía botas después de haberlos sometido a una profunda limpieza con el escobillo del baño. Me ha llevado quince minutos limpiar el cuarto después de haber sacado todo el barro a las botas, que ahora penden de las rejillas del aire acondicionado secándose.

 No, aquí tampoco hay albergue. Me temo que este vagabundo de los caminos se está acostumbrando demasiado a la buena vida. Bueno, no hay mal que por bien no venga. Pasar la tarde en una cómoda habitación bien rescaldada no debería estar reñido con un espíritu dado a cierto grado de rusticidad. 










¿Azta dónde va andá?


Lucena, 18 de febrero de 2017 

Etapa Antequera – Encinas Reales. 


Tumbado en la cama con el runrún del aire acondicionado en lo alto me digo que hoy na, que mañana será otro día, que es tarde, además... Bah. 

Después de caminar cerca de los cuarenta kilómetros llegué a Encinas Reales y tras varias pesquisas y algunas llamadas telefónicas tuve que ir a buscar a un concejal en una iglesia. El albergue estaba inutilizado y en el pueblo no había ningún tipo de alojamiento. Fernando, el concejal, terminó ofreciéndome llevarme a Lucena, mi fin de etapa del día posterior y el único sitio donde podría encontrar una habitación. El alcalde me había ofrecido el polideportivo pero en él no tenían ni una miserable colchoneta. Tampoco era cosa de marcharme a dormir a casa de un concejal, algo que me sugirió muy de paso, así que esta tarde ya estoy en el final de la etapa de mañana, Lucena precisamente. Ayer hablaba de la desaparición del espacio, pues ya véis, hoy desaparece el tiempo. Si hoy estoy en donde iba a estar ayer quiere decir que el día de mañana me sobra. Como anuncia lluvia bien podría quedarme todo el día en la cama, el resultado sería el mismo porque en cualquier modo la etapa ya está concluida y yo tampoco necesito correr, nadie me espera, creo, en Mérida. Otra cosa sería que alguien, sí...  bueno, basta. 



Aquí la gente madruga como no lo había visto hasta ahora en el norte. A las seis de la mañana el bar de la esquina estaba abierto, media docena de hombres en traje de faena fumaban y hablaban animadamente en la puerta. Había un tráfico poco común en las estrechas calles de Antequera. El cielo vestía una media luna menguante y la temperatura era fresca, la idónea para caminar sin tener que sudar. 

En lo primero que caí después de un par de horas de caminar a buen ritmo, era que aquí se caminaba mucho más rápido que en el norte; en un plis plas estaba en Cartaojal. Ya se sabe que en el sur las cosas siempre son más fáciles, la temperatura más suave y las cuestas livianamente discretas, a no ser que te vayas a dar una vuelta por la cumbre del Veleta, claro. El norte huele a nieve, a frío, a lluvias de padre y señor mío, a cuestas y más cuestas. De hecho todo parece más liviano aquí y caminar es como hacerlo por los alrededores de tu casa. 


Poco antes del amanecer había aparecido al norte de Antequera la silueta de una montaña solitaria que años atrás había atravesado recorriendo el GR-7. Amaneció sobre su hombro izquierdo, un sol vulgar y perezoso que ni siquiera se había quitado el pijama para echar a caminar por el mundo; remolón, de colores desvaídos, vamos un sol sin chicha ni limoná. Luego aparecieron los olivares y los caminillos de clara tierra de leche levemente manchada de café, y el trazo de la peineta subiendo y bajando por los cerros. 

¡El campo andaluz, peinado
por el sol canicular,
de loma en loma rayado
de olivar y de olivar!

Y de Machado es fácil pasar a Miguel Hernández, 

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma, ¿quién,
quién levantó los olivos?

No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.

No sé qué tienen los olivos, pero hay en ellos algo que me atrae y no sé definir. Frente a mi cabaña crece uno de nudosa madera que me gusta contemplar cuando levanto la vista de un libro. Lo tapa ligeramente un ciprés que se hizo enorme y que numerosas veces me he propuesto talar para que el olivo aparezca en toda su belleza. Me da pena, pero creo que terminará sucumbiendo a los dientes de la motosierra. Siempre he pensado que tener frente a mi ventana hermosos seres vivos es esencial. Cuando quite el ciprés tengo pensado construir un estanque y acaso una pequeña cascada, un lugar perfecto para que vengan a bañarse los gorriones y los carboneros que revolotean continuamente alrededor del comedero de las pipas que instalé en la acacia frente a mi ventana. 


En mis caminatas por Andalucía fueron siempre los olivos, las cepas de las vides y los campos de girasoles mis mejores compañías. También los almendros en flor, que ya está mañana comenzaron a ralear por aquí y por allá a la vera del camino. Es un paisaje amable, casi de una dulzura femenina cuando tu senda se sube a caballo de algunas lomas y puedes contemplar desde lo alto las armoniosas ondulaciones peinadas aquí y allá por el verde oscuro de sus olivos. 

¿Manuel (Coronado)? ¿Estás ahí? ¿Querrás creer que después de toda una jornada de caminar, sólo descubrí a última hora que todo esto ya lo había andado yo años atrás cuando hice el GR-7? Manuel es de los trotacaminos que recuerda todos los lugares por donde ha pasado después de años, mientras que yo a la mañana siguiente ya no recuerdo el lugar en donde dormí el día previo. Sí, por estas tierras el GR-7, que cruza España de sur a norte, y que recorrí años atrás, va de la mano como dos amigos del Camino Mozárabe. Después de hoy el GR-7 girará hacia el noreste mientras que mi ruta lo hace en dirección a Mérida para encontrarse allí con otro camino memorable, La Ruta de la Plata. Para los que queráis pasaros un rato por la Ruta de la Plata os dejo aquí un vínculo de las entradas de mi recorrido: link

Comí en Cuevas Bajas con una tropa de amigos del Camino de Santiago de Málaga que habían hecho la ruta desde Cartaojal, una purrela de gente que una vez al mes cubren una etapa del camino. Fueron ellos los que me aseguraron que el albergue en Encinas Reales estaba disponible… y no lo estaba. Como apenas eran seis kilómetros más decidí andar un rato después de la comida; es una hora que en esta época del año se camina con gusto. A la salida del pueblo me aborda familiarmente un gitana y me suelta:
-¿Azta dónde va andá?
Y se lo digo y ya durante diez minutos no me suelta y la mujer quiere enterarse de toda mi vida. Y llega un adolescente, también gitano, a bordo de una bici, hace un derrape frente a mí, se para y ahora son dos los que me aporrean a preguntas. ¡Jezú el curro que me coztó quitármelo d'encima!

Me parece que ha llegado la hora de darme una ducha y lavar un par de prendas. Hasta mañana. 






Caminar, una manera de hacer calceta con el presente

Mi hotel en Antequera

Madrid – Antequera, 17 de febrero de 2017 

Desde que el espacio apenas existe, nos movemos por él tan sin darnos cuenta, hace un momento en Madrid, ahora mismo en Villena, camino de Antequera, parece que hubiera perdido la curiosidad de los lugares intermedios. Cierro los ojos por el camino, sueño, me despierto en Despeñaperros, pasamos por una señal que indica la dirección de Montoro y... sí, eso me dice algo, el pueblo en donde abandoné el GR-48 de Sierra Morena y que algún día continuaré. Lo que no tiene ninguna conexión con mi experiencia es como un vago paisaje tras la somnolencia. Cada vez más. A fin de cuentas te sientas en la butaca de un avión, un autobús, el vagón de un tren y cuando has terminado de leer el periódico o el cuarto capítulo de la novela de turno ya estas aterrizando en destino. Una vez tomé un avión entre Nairobi y El Cairo. Tenía muchas ganas de ver los paisajes que atravesábamos. Yo había desistido atravesar por tierra Etiopía, Sudán y Egipto porque, además yendo solo, me acojonaba todo lo que había leído sobre los piratas y asaltantes de los caminos,  y esperaba un delicioso viaje desde el aire. No fue posible, a poco de despegar la azafata me obligó a cerrar la ventanilla. Me fue imposible convencerla, los pasajeros querrían dormir y la luz que venía de fuera era excesiva. El espacio no existía, para aquellos pasajeros lo único que contaba entre Kenya y Egipto eran Nairobi y El Cairo. 

Así es como se va reduciendo el espacio en nuestra época. En los viajes aéreos es raro encontrar a viajeros que se interesen de veras por lo que pasa lentamente bajo la tripa de aluminio del avión. 

También depende de cómo te pille, sí, pero desde luego es claro que la curiosidad con tanto ajetreo pierde su tonicidad, se arrastra perezosamente por los paisajes si no te mueve una razón que te despierte y te haga brincar de tu asiento. En cierta ocasión, en un vuelo entre Londres y Calgary, Canadá, los pasajeros estábamos  dormidos como marmotas después de horas de atravesar el océano Atlántico cuando, de repente, uno de ellos lanzó un grito de asombro; estábamos atravesando sobre las montañas y los glaciares de Groenlandia. Todo el pasaje se volcó hacia las ventanillas, el espectáculo era grandioso. De golpe habíamos despertado en un mundo, salvaje y bello, tan opuesto a nuestra vida cotidiana, tan asombrosamente solitario e inhóspito, que daba cosa pensar en la fenomenal distancia física y mental que había entre esos dos mundos, el uno cómodo y confortable, el otro salvaje, inhabitable, terreno sólo para ser atravesado por aventureros excepcionales. 

Pero se trataba de un caso de excepción. Hoy ni los molinos de viento, ni los olivares, ni los cerros de Despeñaperros me llamaban la atención. Pareciera que mis piernas y yo mismo sólo buscáramos experimentarnos a nosotros mismos independientemente de donde esto pudiera ser. No sé, sendas, lomas, bosques, campos de girasoles, nubes de verano cabalgando por el horizonte, la compañía de los pájaros, de algún zorro o jabalí que se cruza en tu camino; caminar con tu yo al lado dándole un poco de conversación, comentándole algún asunto de actualidad, cosas de tus hijos, del cabrero, por ejemplo que ya ha terminado de montar la quesería con su chica y empieza a verle fruto a la empresa; cosas de la peli que viste ayer, El largo adiós, ese personaje, interpretado por Humphrey Bogart, que levantaba una sonrisa viéndole gesticular continuamente. En fin, vamos, que interés por continuar un Camino de Santiago, el enésimo ya, pues parece que nada de nada. Andar, caminar, dejar vagar por la cabeza lo que se tercie, vivir el momento. 

De todos modos no está mal, ¿no? Que por la tarde no me acuerde de los pueblos que he atravesado por la mañana, o que una madrugada camine sin darme cuenta dos o tres horas en sentido contrario repitiendo la ruta del día anterior, como me sucedió recientemente, parece que cada vez tenga menos importancia. Caminar, ergo, en realidad no voy a ninguna parte, me muevo y dejo a mi cuerpo que mientras tanto disfrute de lo que lentamente va pasando ante él. Unamuno decía que la mayor velocidad a la que debía viajar el hombre era a la de un rocín. Pues a lo mejor ni siquiera eso, porque de ninguna manera se trata de cubrir distancias. Más bien la cosa consiste en encontrar las condiciones adecuadas para que tu yo se sienta bien, se experimente, conviva con pedazos de naturaleza, relaje sus sentidos con la brisa de la tarde, con el jolgorio de los pájaros en las primeras horas del día. 

En fin, cada uno verá. Esta tarde me decía que debería escribir algo sobre el Camino de Santiago Mozárabe para diversificar algo este diario de caminante. Miré la Wikipedia… Buuah, no, al diablo lo que sea la historia de este camino. Me enteré un poco, con una credencial encima y los sellos que me pongan por el camino tengo asegurado el techo y un buen colchón para pasar la noche durante la mayoría de las jornadas. Camino y así no gravo (con v, creo. De tanto corregir escritos de primaria durante cuarenta años a veces se me atrofia la ortografía) en exceso el presupuesto familiar. ¿Qué más quiero? 

Caminar, una manera de hacer calceta con el presente. Quizás de ello salga una bufanda para calentarme el próximo invierno. 

De vuelta a casa


 Melide – Madrid, 2 de febrero de 2017

Tramo As Seixas – Melide. Fin del Camino Primitivo.


La mortecina luz del atardecer cubre los campos de Galicia mientras mi tren circula cadencioso y sin demasiada prisa camino del sur. Se acabó, llegué al final de mi camino.

Me quedaba todavía un buen rato para llegar a Melide cuando encontré una nave abandonada. Me guarecí en su interior de la lluvia por un rato. Por el rectángulo que se abría al paisaje se veían altos eucaliptos y el humo de algunas chimeneas. Unos mirlos buscaban con su pico anaranjado su desayuno en una tierra arada recientemente. El viento movía las ramas de los árboles inclinando sus copas hacia levante. Tumbado con la cabeza sobre la mochila miraba el mundo como quien estuviera contemplando un lienzo familiar, un lienzo cargado de agua, velado de grises y verdes apagados que se repetía días tras día desde hacía una semana. Agua, niebla, nubes envolviendo el universo de los múltiples caminos; delante de mí siempre un sendero, un mojón con la concha en su parte superior, el humo de una chimenea al fondo, las campanas de una aldea, las cruces de granito o mármol de un cementerio, una flecha amarilla, hileras de castaños acompañando el camino; de vez en cuando un petirrojo posado sobre la valla de piedra cubierta de musgo brillante, una urraca; y de tanto en tanto algún manso mastín esperándome a la entrada de una aldea, algunos perros ladradores asomando sus fauces entre los barrotes de una cancela.



 Original de Turismo Melide

A través del rectángulo de la nave donde me había refugiado la lluvia caía como una cortina líquida e intemporal. Esa sensación de que el tiempo se hubiera detenido y de que el sol no fuera a salir más. Mientras me tomaba el bocata que me había preparado para hoy empecé a reconsiderar mi idea de ir hasta Sahagún para regresar a casa por el Camino de Madrid. Antes de recoger mis bártulos consulté el tiempo. No me quedó ninguna duda, las lluvias persistirían por algún tiempo en el norte, así que otra vez será. Probablemente vuelva a las andadas antes de que termine el invierno; el Camino Mozárabe, que dejé en Antequera tiempo atrás, me está esperando.


Esta noche los ratones estuvieron rondando por el flamante albergue de As Saixas, ruiditos de quien busca jala entre el equipaje de lo peregrinos, pero no fue a más la cosa. Miguel debió de dormir como un bendito porque no los mencionó por la mañana, aunque sí se rio bastante cuando leyó mi crónica de ayer en donde yo había metido a osos y ratones en un mismo párrafo. El viento y la lluvia repicaron en los cristales de la ventana durante toda la noche. Era agradable despertar y sentir desde el calorcito del saco la ventolera que se estaba produciendo fuera. Calor de hogar, de refugio bien abastecido. Con qué buen criterio la Xunta de Galicia ha invertido en ellos. Refugios y albergues repartidos por toda la región que hacen posible el que unos pocos locos de atar zascandileen durante el invierno de un lado para otro de Galicia con la disculpa de ir a visitar cierto sepulcro cercano a la plaza del Obradoiro.

El amigo Luis equipado para afrontar la lluvia

Miguel, mi compañero de Lugo y As Seixas

Voy a dejar aquí mi crónica. Voy a cerrar los ojos un rato (el teléfono me los deja hechos una caca) y voy a darme un paseo por la memoria de este bello itinerario que ha sido el Camino Primitivo. Después tomaré algo en la cafetería del tren con un par de cervezas y ya casi estaré en Madrid. Hasta otra. 





Original de Turismo Melide

Mirar con ojos nuevos


As Seixas, 1 de febrero de 2017

Tramo Lugo – As Seixa


Cuando algo que hemos visto muchas veces nos sorprende probablemente tenga que ver con que lo vemos con ojos nuevos. Esta mañana, cuando atravesaba la ciudad de Lugo a eso de las seis y media de la madrugada, las calles iluminadas con la mortecina luz dorada, el empedrado mojado, los edificios de época de piedra, la catedral surgiendo de la oscuridad entre las farolas, el llamativo silencio de la semipenumbra que salía de las pequeñas callejas laterales, el señorío de los edificios del centro de la ciudad, sus murallas como testimonio de la larga vida de la villa, todo hablaba como si un paisaje urbano similar lo hubiera visto por primera vez. Era un hermoso paisaje de piedra e historia. Una bella ciudad no es cosa de un día, ni de un siglo, una bella ciudad es la obra del arte, el esmero, el empeño de miles de personas que durante décadas y siglos trabajaron para convertir un entorno natural, una ladera, un valle, un llano en un lugar útil, bello, funcional, armonioso. Qué fácil es olvidar la realidad de que una enorme cantidad del bienestar de que disfrutamos es fruto del esfuerzo de tantos hombres y mujeres que nos precedieron en la construcción y organización de la ciudad. Vivimos como dando por hecho que la ciudad, el entorno, la organización social, la civilización en general fuera algo que hubiera surgido de la nada para nuestro particular uso y recreo. Mirar las cosas con ojos nuevos puede ayudar, como me sucedía a mí esta madrugada, a experimentar un profundo agradecimiento por todos aquellos hombres y mujeres que nos precedieron y que dedicaron parte de su vida a crear, crear arte, cultura, ciencia, a sillar, piedra a piedra así durante siglos; sí, también durante milenios. La cultura que tenemos, la lengua que hablamos, los conocimientos técnicos no nacieron de bóbilis bóbilis. Alguno podrá decir que esto es algo de Perogrullo. Bueno, depende, a veces las obviedades no pasan más allá del neocórtex, de poco sirve saber las cosas si no han pasado antes por el sistema límbico que es donde reside nuestro afecto, nuestro profundo reconocimiento del trabajo de los que nos precedieron.

Es conocida la idea de que es necesario viajar para conocer del mundo y los hombres. Viajar da perspectiva a nuestros conocimientos, permite confrontarlos con otras realidades, nos ayuda a desprendernos de nuestra boina pueblerina. Recuerdo en cierta ocasión en que habíamos viajado por Asia durante medio año. Un viaje interesante y nutrido de experiencias y anécdotas. Veníamos encantados. Habiamos tomado un vuelo en Teherán con destino Londres. Nada más despegar el avión los velos de las mujeres desaparecieron de inmediato, unas y otras se ponían guapas; al poco rato pudimos tomar un whisky; con la comida sirvieron vino, queso francés y alguna que otra golosina culinaria que no recuerdo. Hacía meses que no probaba estas cosas. Después de la comida conecté los auriculares al dispositivo del asiento y pude escuchar música de Mozart. Tengo vivísima la impresión que estas cosas me produjeron. Volvía a Occidente después de un largo viaje por Asia, volvíamos a muestra tierra; la cocina, la cultura, la libertad, la música. Nada de todo aquello, que como un pequeño aluvión se precipitaba en mis sentidos, lo había yo sentido con tanta fuerza mientras había permanecido en Occidente, en España. Fue necesaria una larga ausencia de mi país para que mis sentidos pudieran apreciar como dentro de una borrachera el placer de haber nacido en un entorno como el de España. Así, moverse, andar por el mundo, ver una ciudad como la de Lugo vestido de trotacaminos bajo una ligera lluvia, puede ser un excelente acicate para sentir y vivir la realidad con ojos nuevos. Y ya puestos, nuestro viaje continuó por Irlanda, descubrir adicionalmente la exquisita cortesía de los irlandeses. Todo esto es cultura, cultura milenaria de la que somos benefactarios y que sólo saborearemos si tomamos distancia y nos lavamos los ojos de la presión de la vida cotidiana que nos hace ver la realidad tantas veces de manera pesimista. Saber que hubo una vez en que vivíamos en los árboles y no conocíamos las posibilidades del habla puede ayudar a considerar la realidad desde un punto de vista más provechoso para todos.


El track que llevaba para la jornada de hoy difería del camino clásico, iba más al norte y discurría junto a la orilla del río Bego de Mera. Aunque era más largo no me lo pensé dos veces. Después de seguir hasta el final de la ciudad la orilla del río Miño, el sendero dio un brusco giro a la derecha y se hundió en la oscuridad de un bosque. No había las consabidas señales de la concha, claro está; el sendero enseguida se convirtió en una estrecha senda donde sonaban agitadas y caudalosas las aguas del río Bego de Mera. Me parecía mentira encontrarme así de repente en un parque tan encantador. La senda estaba equipada con pasarelas y pasajes de tablas que ayudaban a sortear los tramos más peligrosos. Todo estaba terriblemente húmedo y pese a mis previsiones en una de las rampas de madera terminé dándome un culazo de mil demonios. Cuando empezó a aclarar una delgada capa de niebla discurría en los bajíos; el río sonaba alborotado; algunos rápidos y pequeñas cascadas se sucedían a intervalos. La calina que jugueteaba entre los robles y los sauces confería al bosque un halo de misterio y de belleza inusitada. El sendero seguía las vueltas y revueltas del río cuando el amanecer cogió consistencia. No duraría mucho más el paseo por aquel pequeño e inesperado paraíso. En determinado momento el paisaje se abrió, apareció un pequeña travesía y a partir de mi track ya no abandonaría el asfalto. Había salido el sol, ¡aleluya!, y junto a las primeras casas que me encontré me senté a reconsiderar la situación. Me pareció que para caminar por asfalto no merecía la pena ni seguir por una variante que prolongaría en un día mi camino con el agravante de que no tendría albergues. Decidí ponerme en manos del Google Maps para que me redirigiera a la ruta originaria del Camino Primitivo.


A la hora de la comida estaba en San Román de la Retorta, el fin de la etapa de hoy. No obstante, después de comer me sentí con fuerzas y ligero después de comprobar que el dolor de espalda había desaparecido de momento. El siguiente albergue estaba a catorce kilómetros. Llegué cuando se hacía de noche a As Seixas. Miguel, el compañero con el que había compartido habitación en Lugo, estaba allí desde hacía rato.  Cenamos en el restaurante próximo y volvimos al albergue tras el café. De nuevo llovía. Estaba haciendo la cama en nuestra habitación cuando vi a Miguel saliendo disparado a por un bastón. Un ratón había pasado por delante de sus narices. Estaba realmente preocupado, tanto como para decir que se subía a dormir a la litera de arriba. Me hizo gracia esta espantada suya por un miserable ratón. La noche anterior, mientras nos contábamos nuestras batallitas del camino, salió el miedo que había pasado bajando hacia el embalse de Salimé, un lugar que a mi me pareció encantador. Él no había tenido tiempo de contemplar la belleza del otoño que reinaba en todo el entorno, había pasado por allí a primeros de noviembre. Me extrañó; ¿por qué?, le pregunté. Por los osos, me dijo. Estaba asustado pensando en que le saliera un oso por el camino. Le conté que yo me había tropezado dos veces con osos y que eran inocentes siempre que no les pillaran desprevenidos o asustase a una cría. Una vez fue de noche, en Muniellos, salió de espantada entre los arbustos cuando me sintió. Otra en el valle de Añisclo. Le conté como en el Parque Nacional del Denalli, el entorno del MacKinley, los encargados del parque nos obligaron a hacer un pequeño cursillo y a ver un vídeo. Las normas de seguridad eran sencillas, esencialmente se reducían a armar mucho ruido y cantar por el camino para no pillarles desprevistos y a guardar herméticamente la comida y los restos orgánicos. Después de un par de excursiones por tierras de osos decidimos que cuando volviéramos a Madrid haríamos un cursillo para aprender a cantar. Terminamos los dos afónicos.


Después de unos minutos de andar con el bastón de aquí para allá tratando de localizar al ratón al final se ha cansado y ha decidido, aunque con la mosca tras la oreja, meterse en el saco en la litera de abajo. Son las once de la noche. Mañana no me quedan más de quince kilómetros para llegar al Melide, el final del Camino Primitivo; allí entronca con el Camino Francés. Yo no llegaré a Santiago. En Melide tomaré alguna combinación de autobuses para llegarme a Sahagún. Desde allí, si el tiempo no se pone muy peleón, iniciaré mi regreso a casa a través del Camino de Santiago de Madrid. 









Cuando la vida remonta el vuelo


Lugo, 31 de enero de 2017 

Tramo Castroverde – Lugo.


Nada más salir del albergue ya se notaba que el entorno era algo diferente, sendas que llevaban de uno a otro caserío, huertas, plantaciones de nabos de un verde claro y lustroso, el olor del humo de las chimenea (hoy dormí una hora más y a esa hora el mundo estaba despertando), el canto de los pájaros, los gallos, en fin, anunciando el nuevo día. Ya me lo había advertido Luis anoche, día tranquilo de plácido caminar sin grandes subidas o bajadas.



 Si quisiéramos reflejar el recorrido de la vida con una línea que subiera o bajara según la intensidad con que la vivimos, podríamos obtener según los casos un paisaje de montañas como las lomas de Galicia que atravieso estos últimos días, pequeñas depresiones, onduladas cimas, algún alto significativo y sobre todo regulares ascensos y descensos como el de hoy camino de Lugo. Una geografía específica para cada individuo.  En esta época que tantas veces me ha tocado ir al médico, un señor al que antes de los cincuenta raramente visitaba pero que después de los sesenta y cinco aparece regularmente en el panorama de la existencia, se me ocurre que de todas las gráficas que puedan hacer con uno, ninguna, ni siquiera la del electrocardiograma, sería más interesante para el individuo que aquella que proponía al principio de estas líneas. Acudir con el volante del médico de familia para que te hagan un electrointensograma vital podía ser con toda seguridad junto a las ecografías, radiografías, análisis clínicos, un medio para diagnosticar nuestra salud general. Las razones de que esto no exista dice un poco de lo relativamente poco que nos ocupamos de aspectos realmente importantes de nuestra salud. Uno puede tener el páncreas, el corazón, los pulmones y el resto de los órganos bien pero si los datos del electrointensograma son negativos o simplemente aparecen como una línea plana, pues apaga y vámonos.

Naturalmente no es la única gráfica posible para acercarse a la realidad anímica, existe otra cuya visibilidad sólo aflora en momentos críticos cuando las ganas de vivir han dado un bajón tan alarmante que el individuo, perdidas todas las ganas de vivir, entra en situación crítica que le invita a marcharse de la vida; es el momento de cuando la vida pierde todo sentido y la abulia o el intenso dolor interior se exacerban al punto de convertir la huida en una obsesión. Era esta última situación por la que Hans Giebenrath, el joven protagonista de la novela que leo, pasaba mientras mi camino atravesaba pequeños bosques de hoja caduca, subía lomas o discurría por las calles con olor a bosta de alguna pequeña aldea. Hans, que había meritoriamente ganado un puesto para estudiar en un Seminario del gobierno, tras una primera fase de aplicación y buenas notas se ve envuelto en complejas situaciones que lo llevan a abandonar los estudios sobre los que había basado el futuro de su vida. Abandona el convento, vuelve a casa, la vida ha perdido sentido para él y ni siquiera los paseos por el bosque, la pesca a la que se había dedicado con entusiasmo el verano anterior, logran reanimarle. La situación llega al punto de hacerle fantasear con un suicidio próximo. La rama de un determinado árbol se convierte en la cómplice que le ayudaría a terminar con su vida. Transcurren muchas páginas en torno a esta obsesión que en algún momento se convierte en determinación. Sólo tendrá que esperar unos días y su vida habrá concluido. Hasta aquí la situación es muy parecida a la que se da en el film de Kiarostami, El sabor de las cerezas. Allí un hombre maduro se encamina de madrugada con una cuerda en la mano con la decisión de colgarse de la rama de un árbol. Es primavera, está empezando a amanecer, encuentra un alto cerezo en su camino, se sube a él y cuando está anudando la soga a una rama su rostro tropieza con unas cerezas. Se detiene, toma una cereza y se la come. El sabor le resulta exquisito, toma otras y otras disfrutando más y más con el sabor de aquellas cerezas. Se detiene, entre las ramas del cerezo ve el sol que ha empezado a salir por el horizonte. La mañana nace hermosa y radiante. Mira a su alrededor, contempla las cerezas, las nubes bermejas llenas de la luz del sol. En la secuencia siguiente se ve al hombre que ha recogido su cuerda, ha recolectado un buen número de cerezas, baja del árbol y se dirige a su casa para ofrecer a su esposa aquellas cerezas recolectadas al amanecer como desayuno. Conté esta historia otra vez; me resulta tan encantadora… En el caso de Hans Giebenrath la vuelta a un sentido de la vida que daba por perdida es una muchacha a la que conoce en casa de su amigo el zapatero.


 Así de ameno fue mi camino hoy, primero con algunos cuentos de Kafka, incluido La construcción de la Muralla China, que ya conocía. Lloviznaba pero no hacía frío, era el primer día que no usaba los guantes; más, tuve que quitarme el jersey. Bueno, decir estas cosas me sale cuando escribo esta crónica, pero el asunto no fue tan bucólico; el dolor de espalda, que en estos dos últimos días parece dispuesto a darme la lata, arreció a lo largo de la mañana hasta un punto en que caminar se me hizo bastante penoso. La primavera antepasada tuve que abandonar mi recorrido por la Ruta de la Lana debido a un dolor de espalda similar. Entonces el terreno estaba seco y cada cierto tiempo me tumbaba en el suelo durante un rato y dejaba descansar mi espalda. Últimamente me iba mejor debido a la rehabilitación diaria, pero se ve que el peso de la mochila y las largas jornadas caminando están haciendo mella en mí.

Entré en Lugo después avanzado el mediodía. El albergue está nada más atravesar la muralla. La mesonera, Iria, la misma de ayer y que en esta ocasión atendía el albergue de Castroverde y Lugo, parecía estar esperándome. Comí en un restaurante próximo, leí la prensa y enseguida volví al albergue. Tenía una necesidad improrrogable de echarme en la cama y hacer una larga siesta.






Se sirven anónimos con patatas fritas


 Castroverde, 30 de enero de 2017

Etapa Fonsagrada – Castroverde.


Salí del albergue Cantabria convencido de que no llovía. Tuve que refugiarme en el cercano pórtico de la iglesia de enfrente para ponerme la capa de agua. Otro día más de agua: no faltaría más. A los pocos minutos estaba inmerso en la oscuridad de la carretera. Hasta que amaneciera prefería caminar en la comodidad del asfalto. De la carretera solo veía la débil claridad de la línea que separa el arcén de la calzada. Hoy si pasaba algún coche no encendería la linterna para hacerme ver. Caminaba con las manos en los bolsillos envuelto en una sensación de confort tal, pese a la lluvia, que el esfuerzo de encender la linterna sobre la cabeza cuando viniera un coche me parecía excesivo. Soy un pesado, pero decir de nuevo de ese placer en el silencio, en la noche, cuando el cuerpo está descansado y los sentidos abiertos como una esponja es algo que requiere un grado de relajada concentración. A esa hora de la noche los pensamientos tienen un grado de fresca intensidad tal que sólo el hecho de contemplarlos como llegan, merodean por tu cabeza o escapan en la fugacidad del momento es ya un placer en sí mismo. Esta mañana se me pegó especialmente uno durante un rato. Tenía que ver con un anónimo, que se hacía pasar por dos diferentes, que había irrumpido de mala manera en este blog hace unos días; comentarios que borré de inmediato no fuera a ser que los visitantes del mismo además de tenerme por un tío cerril y despistado que se pierde en la noche cada dos por tres, fueran a formarse de mí una opinión añadida de comeniños que castigaba a alumnos de cuatro a seis años (nunca di clases en esas edades) hasta las doce de la noche, que hacía con ellos barbaridades propias de correccionales de las novelas de Dickens y no sé cuantos desatinos más; ah, también podrían haber deducido del comentario que me chuto todos los días con sofisticadas drogas. El caso de los anónimos es asunto que no tiene desperdicio, tan pronto te puede tocar un tarado como el tonto del pueblo divertido en hacer cabriolas en las redes. Y apañado estás entonces. El caso es que estos anónimos, que tanto abundan por doquier y a los que acaso la inteligencia no les llegue a dos dedos de frente, lo mismo te los encuentras en los periódicos, en twitter o en cualquier otro medio en el que no sea necesario dar la cara. Lo valientes que se sienten, escondidos en la oscuridad de su anonimato, es algo digno de admiración. Pueden escribir cualquier cosa, cualquier chorrada que se les ocurra, cualquier disparate,  sin más. Durante la última campaña de las municipales, un tiempo en que trabajaba por la candidatura de Podemos en mi pueblo, era divertidísimo como estos anónimos saltaban por doquier cada vez que escribía algo sobre asuntos que concernían a los otros dos partidos que se presentaban en la zona. Saltaban como energúmenos que se tiraban al cuello en el momento que no les dabas la razón; eso sí, desde el anonimato. De todos modos hoy la verdad es que me picó la curiosidad. Del repaso que hice buscando en mis recuerdos al loco de turno sólo me quedó un candidato posible. Me resultó gracioso llegar a esta conclusión. Quizá en alguna edición próxima le dediqué un cuento.

Cuando empieza a amanecer abandono la carretera para alcanzar el camino que corre un centenar de metros más arriba sobre la pendiente, donde unas pocas casas reciben el nombre de  Vilardongo. El sendero subía hacia un altillo donde había una pequeña capilla de piedra y techo de pizarra; tras ella, en los cerros próximos, las aspas de los molinos de viento daban vueltas camuflados entre la niebla.

El sendero, cubierto con las agujas de los pinos, rojos tostados cubriendo la hierba mojada y brillante, zigzagueaba sin prisas cuesta abajo. A lo lejos las nubes se agarraban rezongonas a los bosques de las laderas. La carretera, mucho más abajo, describía una armoniosa curva entre los árboles.



Hermann Hesse, después de hacer cumplir a su protagonista, Hans, sus obligaciones de estudiante, recuerdo que estoy leyendo Bajo las ruedas, no tiene empalago en demorar páginas tras páginas a su personaje en los pequeños placeres que tan caros le son: caminar por el bosque, tumbarse en la hierba y, sobre todo, pescar. Largas y pormenorizadas descripciones relacionadas con el sedal, la caña, los aparejos, las costumbres de los peces, la soledad de lugar, los pájaros que revolotean junto a la orilla. En el río de mi niñez estaban todos estos componentes, quizás por eso apreciaba tanto la lectura de Hesse. Entonces también yo era estudiante de vacaciones junto al río; en mi caso el río Alberche. Lo que tengo de salvaje, cada vez más al decir de mi chica, estoy seguro que me viene de aquellos veranos de vivir como los sioux junto a las caudalosas aguas del río. Dos meses en los que prácticamente el único cometido era zascandilear en torno al río, el alma mater de mi niñez; coger lombrices, pasar largas horas esperando a que se produjera ese pequeño milagro, el breve tirón, el pez coleteando tratando de desprenderse del anzuelo. Ir a por agua a una huerta cercana, la charla de niños y mayores junto al fuego de campamento, las excursiones entre los cañaverales a la búsqueda de ranas, los baños en le río. ¿No es acaso tantas veces leer un libro un modo de encontrarte con retazos de tu propia vida, de tus propios pensamientos expresados por otros autores? ¿No es en tantas ocasiones la lectura un diálogo permanente con alguien con quien tienes ideas en común, con alguien que pasó por experiencias similares, con alguien que te sugiere esto o aquello y que acaso por ello ha podido tener una gran importancia en tu vida futura? Concebir la lectura de un libro, o al menos una parte importante de él, como un fructífero y ameno diálogo, da a la lectura una nueva dimensión. De ahí que todos tengamos nuestros autores preferidos y que cuando comenzamos algún libro podamos tener la impresión de que vamos a pasar unos días con un primo hermano, un amigo, si el autor elegido toca temas, piensa, alenta cuestiones que te son caras.

A las dos de la tarde estaba en un restaurante de O Cádavo, el final de la jornada de hoy. Mientras comía se me fue pasando el dolor de espalda que me perseguía de dos horas atrás y entonces decidí que todavía podía hacer una decena de kilómetros hasta el albergue de Castroverde. Al final sumé casi cuarenta kilómetros. No está mal, el cuerpo se acostumbra a todo.

Hoy la guapa mesonera (eso de hospitalera no acaba de sonarme) se llama Iria (de Iria Flavia, me dice), una morena más simpática y amable que todas las cosas. Se me había olvidado comprar la leche en el supermercado y a estas alturas volver a hacer medio kilómetro me parecía una barbaridad, pero ahí estaba Iria, que aprovechando que tenía que hacer un recado se ofreció a comprarme la leche.

Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido,
como fuera don Quijote
cuando de su aldea vino;
doncellas curaban dél,
princesas de su Rocino.