Un caminante en apuros



Así amanecía después de pasar la noche del loro.



La Palma de Gran Canaria – Madrid, 10 de marzo de 2020

Que el tránsito de la gente camino del trabajo, el tráfico, las grúas del puerto componga una parte de mi interés esta mañana, amén de ese sol cálidamente tierno que baña las calle de Las Palmas, es una novedad que agradezco, porque pareciera que estos días atrás, metido primero en los trabajos de poner mi cuerpo a prueba tras un larguísimo periodo de inactividad, se hubiera llevado la totalidad de mi atención. Es una pena pero sucede así, a mí por lo menos no me da para atender todo lo que se pone delante de mis sentidos. Esta mañana, por ejemplo, liberado del hecho de caminar, aprovisionarme de agua y comida y de tener que estudiar mi itinerario que pudiera haber ascendido por alguna de esas solitarias y desérticas laderas que se levantaban cada mañana ante mí, mi ánimo se sintió mucho más dispuesto a mirar alrededor y, lo que el día anterior en Morro del Jable, una multitud jaleando entre los puestos de s0uvenirs y otras nimiedades con cara de aburridos, me admiraba en su empeño por matar el tiempo en un callejeo sin interés, un paisaje parecido, ahora compuesto por gente que iba al trabajo, esta mañana me recreaba en el sencillo placer de contemplar sus gestos o su paciente espera del autobús que les llevaría al trabajo. La leve sonrisa con que acompañó sus buenos días una chica que daba cuenta de su desayuno en el salón del hostal; la pregunta de una mujer joven sentada a mi lado en la parada de la guagua, ¿sabes si ha pasado ya el 327?, ojos bonitos, mirada risueña, la naturalidad prendida de su rostro como un bello adorno con que comenzar el día, que me sube por dentro con la suavidad de un sorbo de vino degustado a la tarde frente al mar; la deferencia de la conductora del autobús, una mujer mayor que no me la hubiera imaginado al margen de las labores del hogar. De cosas así está hecha esta mañana camino del aeropuerto.

Bueno, pues fue el caso que la última tarde de mi caminata, había llegado al emplazamiento de mi vivac, un alto donde daban vueltas parsimoniosamente las aspas de unos molinos de viento sobre el pueblo de El Cardón, empecé a tener problemas con la evacuación de la orina, una fortísima necesidad que se resolvía en unas pocas gotas con un agudísimo dolor que me recordaba una vez que sufrí un cólico nefrítico caminando por Aragón. Fue el comienzo de un pequeño martirio que no se alivio hasta el alba. El recuerdo de aquella mañana a veintitantos kilómetros del próximo hospital en Huesca, es una de esas cosas que no se olvidan nunca, ese fuerte dolor que se clava en el costado como un cuchillo y al que los analgésicos no podían acceder, era toda mi preocupación para las próximas horas. Preveía que tenía por delante una auténtica noche del loro. Ya el urólogo había intentado convencerme inútilmente para operarme y deshacer algunos cálculos del riñón que se han encariñado con su habitáculo entre mis vísceras. Atento, porque lo puede pasar usted mal si le sorprende una retención de orina, me había advertido. Pero yo, poco seguro de que entre las muchas variables, la vejiga, los cálculos, la próstata, los uréteres o la uretra pudiera atribuirse a una sola, porque posteriormente otro urólogo quiso operarme de la próstata y una más de la vejiga; poco seguro del diagnóstico y su posible acotación, me había negado sistemáticamente a una operación más. Ello sin contar con la duda que me sobrevuela siempre en la cabeza de esos médicos, que ganándose el pan con las operaciones, uno de los grandes inconvenientes de la sanidad privada, siempre te quieren operar de lo que sea, que ya me sucedió en una ocasión de ir al traumatólogo por un problema en el brazo y encontrarme con que aquel señor lo que quería al final era operarme de una pierna.

No es ajeno a un diario de caminante este tipo de reflexiones, una situación en la que se llegar, puedes jugarte todo ese bonito proyecto que te habías puesto por delante . Me preocupaba enormemente la incógnita de qué sucedería en las próximas horas. En las horas anteriores había ingerido cerca de dos litros de agua. ¿Qué sucedería con todo ese líquido si no encontraba salida?

Apenas pude dormir, cada poco tiempo me entraban ganas de orinar, lo intentaba, el dolor se disparaba y tras diez o quince minutos caían unas gotas en mi pipiómetro; después de lo cual llegaba algo la calma. A las cuatro de la mañana no resistí más y traté de encontrar una solución externa. Encendí el teléfono. En el pueblo más próximo no había centro de salud, tampoco tenía transporte público. Joder, llamar al 112 era lo más distante que estaba de mi ánimo. Apagué el teléfono y traté de dormir un poco. Llegué a trompicones de sueño hasta las primeras horas del alba. No me imaginaba en qué podía acabar aquello mientras no fuera capaz de orinar. Terminé llamando al 112. Unos minutos antes de que llegara la ambulancia, en un esfuerzo repentino pude conseguir un leve alivio. Lo demás fue un viaje hasta Gran Tarajal acompañado por el enfermero Ismael, un hombre joven y charlatán que no había leído Moby Dick y al que aconsejé leer la obra de Melville y la historia de ese personaje tan singular homónimo suyo. El diagnóstico ya me lo sabía, retención de orina con una fuerte infección interna. Antibióticos y buscapina.
Tenía el cuerpo roto del duermevela de toda la noche, pero la infección, benevolente ella, se tomó un respiro conmigo más tarde. 

Cogí una guagua al Morro del Jable, que era el punto de destino donde mi caminata debía acabar y me hice a la idea de que por el momento Canarias no era un destino para seguir caminando. Mientras esperaba el ferry que me llevaría a Las Palmas compré un vuelo de vuelta a casa para el día siguiente.


Una noria en el desierto



El Cardón, 8 de marzo de 2020

Vega de Río Palmas – El Cardón.


Sangre, sudor y fuego… uf, sí, como en aquella terrible estepa castellana, el Cid cabalga. Por delante el paisaje arde impávido y solemne. Da lo mismo que estemos en marzo. El viento se arrastra entre entecos y polvorientos arbustos, el horizonte es una clara mancha de cumbres disueltas en la calina por el calor; una solitaria palmera se yergue en el páramo. Hace calor, mucho y la mochila es un martirio para mis hombros. Es la una de la tarde y me quedan por delante más de veinte kilómetros de desolación antes de avistar el mar. Mis dos litros y medio de agua se me antojan una miseria en este desierto.

Eso era poco después de abandonar Pájara, un pequeño oasis en la desolación de lomas resecas por el sol. Todavía no sabía lo que me esperaba. El sendero que prometía seguir por un valle, de repente torció a la izquierda y se dirigió decididamente hacia las altas lomas que cerraban el horizonte. Había comprado algo de comida, había cargado agua suplementaria, mi macuto no debía de pesar menos de diecisiete kilos y aquella desolación con el sol a plomo del mediodía me asustaba un poco. Intenté aligerar mis pensamientos empezando la novela de Luis Romero, La noria, una reciente sugerencia de un amigo que, mosqueado por el número de veces que la había leído a lo largo de los años, hablaba de una docena de lecturas, me pedía que le aclarase si de verdad él era un tipo raro. Uno no lee así porque sí una novela. Era el caso que dicha novela andaba por mi biblioteca y en la primera página yo había escrito 1976, testimonio fehaciente de que esa novela era una de mis viejas lecturas de juventud, pese a que no guardara ningún recuerdo de ella. Bueno, pues allá fui, me calé el sombrero de manera que sólo me dejara ver el poco de terreno que tenía delante, puse el Bluetooth en funcionamiento y me encasqueté el auricular con la intención de aislarme del calor, del viento y del enorme peso de mi mochila. La protagonista del primer capítulo toma un taxi. Cuando llega a su destino la narración se queda en las cuitas y preocupaciones del taxista. La hija del taxista, que trabaja en una librería, es el siguiente personaje. Un catedrático cliente de la librería es el siguiente, etc., etc. Mi amigo, que también sé que le gusta, por ejemplo, Nada, de Carmen Laforet, y que adivino habrá leído también un puñado de veces, debe de sentirse a sus anchas en la Barcelona de los años cincuenta. Para mí era casi un alivio ir en taxi, entrar en una librería, asistir a unos exámenes de unos muchachos con todo ese lenguaje que tan admirablemente iba recogiendo las voces de la calle, pero no por eso el macuto disminuía de peso. Las laderas inclementes y castigadas por el sol, aunque no quisiera mirarlas estaban ahí. Un estrecho sendero zigzagueba lentamente ajeno a mis prisas. A mitad de la cuesta tuve que parar. Había allí un pequeño muro no más de un metro de alto junto al que fui a tumbarme en el vano empeño de atesorar un poco de sombra. Volví a comer algo con la esperanza de sacar unas pocas fuerzas de un pozo que parecía estar seco. Media hora después me puse en marcha, el sendero continuaba subiendo y subiendo.



Dejé la lectura y entonces intenté entretenerme con la medio película que había visto la noche anterior que, pese a la saturación de que hablaba ayer, había consistido en un nuevo título de Bergman, La hora del lobo. Estaba claro que hay saturaciones y saturaciones y es que La hora del lobo volvía a ser el Bergman de mis predilecciones donde la saturación no cuenta, del mismo modo que la pasión por bucear en lo hondo del alma humana será siempre insaciable. No hacemos otra cosa cuando leemos a Carmen Laforet, Luis Romero o vemos las películas de Bergman, bien que a Bergman, como hombre nacido en las brumosas y solitarias tierras del norte y teniendo por vecino a Kierkegaard o a Strindberg siempre le abrumen los grandes interrogantes de la existencia.



Ahora el sendero corría por lo alto de las lomas. El paisaje permanecía desleído en una clara calina en donde las montañas y las laderas quedaban fundidas, absorbidas por un exceso de luz. Después de rodear una montaña de considerable altura, descubrí con alivio al otro lado que al sendero definitivamente se le habían quitado las ganas de seguir subiendo. Al fondo, muy lejos todavía, se veía una pequeña agrupación de casas. Se trataba de El Cardón. En el collado descargué y descansé durante un buen rato. Estaba exhausto. Me costó trabajo comer algo. A la vista del pueblo ya no tenía que preocuparme por el agua, así que di cuenta de la mitad de ella a grandes sorbos con los ojos cerrados, saboreándola como si se tratara de un vino de privilegiada cosecha. El agua, ese milagro en medio de este desierto.

Ahora sólo había que bajar, bajar pacientemente, resistiendo el calor y el peso. Las primeras casas a las que llegué parecían deshabitadas, los perros ladraban furiosos cuando me acercaba a las cancelas. Probé en dos viviendas. En la tercera no había perro. A mi llamada salió una señora bajita y regordeta que me miró con simpatía. Necesito agua, le dije. Más que por las palabras me debió de entender por el gesto que le hice. Era una ciudadana suiza. No tardó en salir con un gran bidón en las manos. Hablamos en inglés. Le gustaba caminar pero tenía asma y apenas podía dar pequeños paseos.

Tuve que atravesar el pueblo, que resultó más grande de lo que yo creía, más allá de una loma cercana. A la salida una señal indicaba un área de descanso a kilómetro y medio. Resultó ser un espacio habilitado por el cabildo para los senderistas del GR-131. Han hecho un buen trabajo las autoridades del cabildo con este recorrido que atraviesa de parte a parte la isla, desde Corralejo hasta el Morro del Jable. Sólo he caminando parte de él, pero han hecho grandes esfuerzos en su trazado, un trabajo que me recordaba en ocasiones la mentalidad de los romanos cuando diseñaron sus conocidas calzadas.



A esta hora de la tarde noche el viento se ha calmado y no he tenido que poner el doble techo de la tienda. Una enorme luna se cuela tras la transparencia de mi tela de vivac.











El origen de una animadversión





 Vega de Río Palmas, 7 de marzo de 2020

Barranquillos Blancos – Vega de Río Palmas


Mi barreñito de té de todas las tardes hoy viene acompañado por unas exquisitas pastas de gofio y naranja. Saco la pluma, el tintero, abro el pequeño cuadernillo de mi diario de los caminos y, cómodamente instalado en el colchón con mi barreñito de té al lado me dispongo a recuperar lo que ha pasado por mi magín al cabo de la jornada, a recuperar las luces y las formas que atravesaron por mi retina desde el momento en que abandoné el estrecho barranco en donde había pernoctado.

Lo primero que podría observar alguien a quien hubieran depositado aquí directamente es que el terreno tenía muy poco interés. Nuestros ojos, habituados a dejarnos atraer por “lo extraordinario”, el aspecto ese de postal suiza ante el cual a la gente le sale un “¡qué bonito!”, necesitan atravesar muchos caminos, muchas costas, muchas montañas y muchos desiertos para por fin haber aprendido a disfrutar de la escondida belleza de muchos parajes que en un primer momento nos parecieron sin gracia y desprovistos de belleza. Hay una ciencia en esto de profundizar en la belleza de las cosas. Y me viene aquí que ni pintada una cita de Robert L. Stevenson que me regaló José Manuel Vinches, un día que hablábamos de nuestras mutuas aficiones librescas. Ésta: “cuando nos encontramos en una región sin atractivos, y especialmente si por alguna razón dependemos, en mayor o menor medida, de lo que vamos a ver, tenemos que buscar la belleza con todo el ardor y la paciencia con los que el botánico busca la espiga del centeno”.


 A la altura de Morro del Sol las lomas perfectamente redondeadas por la erosión, cabalgando unas sobre otras y entrelazando sus curvas algo femeninas, bien que un canon femenino más de los tiempos de las Venus de Willendorf, ofrecían un gracioso y armónico cuadro que se extendía frente a mí hasta perderse en los hondos barrancos del sur.

Terminé por el Morrito del Rincón, ya cerca de Betancuria, El espejo del mar y, mientras desactivaba el Bluetooth de mi auricular me dio por pensar en Javier Marías, el traductor de la obra, y es que Marías me cae tan mal que, habiendo tenido a mi disposición tan excelente traducción del libro de Conrad, por fuerza debía reflexionar por los motivos de mi animadversión por este autor. Por éste y acaso por otros que siguieron parecido camino al de él, como es el caso de Cela y Vargas Llosas. Marías empezó a hacérseme antipático por su disposición a tratar en alguno de sus artículos a muchos de sus lectores como si éstos fueran unos mentecatos cuando les adjudicaba desconocimiento de asuntos o personajes que el conocía cuando era un bebé de teta. Luego, para rematar la cosa, en uno de sus libros titulado Vidas escritas, encontré tal cantidad de descuidos, como quien tiene prisa por cobrar sin reparar en la factura del producto que vendía, que sólo puedo atribuirlo a la indolencia y al desprecio por sus lectores. A Marías la arrogancia le perdía. Luego vinieron esas novelas en las que una famosa universidad del Reino Unido con su consiguiente persona docente parecía ser el único escenario posible de su narrativa. Su trilogía encabezada por Su rostro mañana, no fui capaz de terminarla. Vamos, que me caía tan mal que no volví a coger un libro suyo, bueno si, una traducción más, la de Tristam Shandy, una traducción más que debería haberme reconciliado con él, porque efectivamente era una traducción brillante reconocida por todo el mundo.

Las animadversiones vienen a veces por caminos tortuosos que nosotros mismos desconocemos. En esto pensaba mientras descendía del Morrito del Rincón hacia Betancuria. Lo de Vargas Llosas tiene otros orígenes, verle del brazo de Aznar comulgando en actos públicos con toda la bazofia de esa derecha que contribuyó a dejar un millón de muertos en Irán, sólo eso ya me ponía de uñas. También a este señor la arrogancia le mata, a alguien que no sabe freír un huevo frito, que decía su mujer, pero que sin embargo escribe maravillosamente deberían perdonársele ciertos pecados, pero… A la lista naturalmente no podía faltar aquel que, al decir de Italo Calvino, necesitaba que en todos los cenobios y congresos literarios se le tratara como si Dios Padre en persona fuera; sí, por supuesto, hablo de Cela, otro fatuo personaje, aunque escribiera La familia de Pascual Duarte y La colmena, aunque lo leyera con muchísimo gusto en Viaje al Pirineo de Lérida o Viaje a la Alcarria cuando recién había yo descubierto esta cosa del Pirineo y la montaña.


Comí en Betancuria después de atravesar toda la mañana un paisaje desolado sin asomo de vegetación. Era la hora de estar a resguardo del viento y del sol que pegaba fuerte y sin contemplaciones. La ascensión al alto del Mirador Corrales de Guize después de dejar atrás el Morro de las Tabaibas, sí, el gusto de dejar sembrada la escritura de bellos topónimos, fue dura lo suficiente como para dejarme sin aliento en lo alto junto a las gigantescas estatuas masculinas de bronce, que no pude averiguar a quienes representaban. Mientras comía volví a recordar la película de la noche anterior y la extraordinaria actuación de Bette Davis y Joan Crawford en Qué fue de Baby Jane, una escalofriante historia de hasta dónde puede llevar la desaforada pasión de vernos reconocidos por los otros. La envidia, los celos, las trampas de la fama sirven a Robert Aldrich para crear una obra tensa que mantiene en vilo al espectador hasta su inesperado final.


Estoy en un llano bajo la pequeña aldea de Vega de Río Palmas. Cansado como me encontraba he sacado el colchón y me he acomodado en él pensando que hoy no pondría la tienda. La luna lucía grandota entre unas palmeras y se estaba a gusto, pero en cierto momento han hecho su aparición los mosquitos y a oscuras he tenido que montar la tienda y guarecerme en ella para asegurarme un tranquilo y apacible final de jornada.


Hoy acusaba tanto el peso de mi mochila que me ha sido imposible no reconsiderar lo que decía ayer sobre asumir un mayor peso para asegurarme cierta comodidad. Tendré que volvérmelo a pensar. También es cierto que un excesivo peso merma el disfrute del hecho de caminar. ¿Tendré que volver a prescindir de la cocina, del colchón, de la cámara fotográfica, de…? Y es que me veo en alguna fotografía con un reducido macuto atravesando los Alpes hace años y hasta el teléfono me dan ganas de dejar, y no por el teléfono en sí sino por todo lo que conlleva, dos o tres baterías de repuesto, o alfombrilla solar, un teléfono más por si acaso, cables… hoy me pesaba tanto la mochila que hasta la maquinilla de afeitar, ochenta gramos, habría dejado en casa.








El punto de saturación


 Alto de Barranquillos Blancos, 6 de marzo de 2020

Cercanías de El Cotillo – Barranquillos Blancos.


Sentirse protegido del viento, esa es la prioridad, después, ya instalado ya te puedes hacer un té y saborearlo tranquilo mientras fuera, pese a estar instalados en el fondo de un barranco, bate todavía discretamente el viento, viento del oeste, el rey y señor de los vientos que aquí en Fuerteventura parece estrellarse contra la costa después de no haber encontrado ningún obstáculo en todo su camino, así que a arremeter, a descargar toda la adrenalina vientil contra sus acantilados, a barrer el páramo como quien dice: “al abordaje, al abordaje”, y tal si la costa fuera un gran velero sube por las jarcias, se arremolina en torno al palo de mesana, explota inflando la vela mayor como si quisiera empujar a la entera isla hacia el continente africano, que no sería muy disparatado si en la isla se instalaran velas de suficiente envergadura, que seguro estoy que de ser así, el Viento del Oeste, más poderoso que el mismo Eolo y Poseidón juntos, la arrastrarían, tal es su fuerza, hasta las costas de la misma Mauritania.


Efectivamente, llegó la hora del té y también la hora de fantasear con las palabras que son gratuitas y, para qué han de servir, para divertirse con ellas, entre otras cosas. He detectado por el color de la orina que mi ración de líquido está siendo muy pobre, así que me estoy preparando un barreño de té, té con barquillos de vainilla, que me acompañará mientras voy completando mi crónica del día.

Ah, el placer de tumbarse sobre el colchón al abrigo del viento. Como era de esperar mi baja forma física me iba a pasar factura, pese a que las dos últimas semanas intenté caminar un buen rato alrededor de casa, sólo que, claro, no se me ocurrió caminar con catorce kilos a la espalda, como es el caso hoy y ayer. Hubo un larguísimo tiempo que me prometí no cargar nunca con más de diez kilos, pero eso es historia pasada ya, un tiempo en que me sentía casi un ancianito y que comía en frío durante meses o asentaba mis espaldas durante la noche sobre el duro suelo. Ahora me hecho más selectivo y necesito todas las comodidades conmigo, al menos comida caliente, colchón, tienda cómoda, lo que se traduce en un sustancial aumento de peso sobre mis espaldas, que a estas alturas después de haber caminado recientemente en Islandia con cerca de veinte kilos durante casi una semana me extienden un certificado de idoneidad para seguir cargando casi como cuando era joven. La seguridad que me da llevar todo lo que pueda necesitar para pasar la noche allá donde el capricho me lleve merece la pena de ese plus de peso. Además, según la teoría de Rosie Swale, esa septuagenaria a la que tanto admiro, uno sólo camina uno o dos kilómetros, en eso se ha de concentrar todo el esfuerzo del caminante, uno o dos kilómetros, poca cosa; cuando terminas ese uno o dos kilómetros, igual sólo tienes que caminar otros uno o dos, y así sucesivamente. Por delante siempre tienes sólo uno o dos kilómetros. Hay que tener en cuenta que cuando yo leí esa teoría Rosie caminaba a la altura de Estonia, después siguiendo ese criterio fue sumando kilómetro a kilómetro y llegó el otoño y el invierno y se adentró en Siberia y siempre hacía lo mismo, caminar uno o dos kilómetros. A mí, en mis largas travesías de dos o tres meses por los Alpes, más de una vez me han preguntado si no era cansado caminar tantos días seguidos y la verdad, cuando te pones a andar con la mentalidad de que en eso va a consistir tu vida en un largo periodo de tiempo, uno termina asumiendo que la única dificultad que tiene... joder, que se me enfría el té, cuando me enrollo no hay quien me pare, he tenido que ponerlo a calentar de nuevo. Uno termina asumiendo que la única dificultad es ese kilómetro, kilómetro y medio que tiene por delante.


Hoy, como el camino era bastante llano y aunque ventoso el viento me venía de proa, me dio por reflexionar sobre el concepto saturación. Y es que llevo una semana y media empapuzándome de Bergman, cosa que me sucede cada unos pocos años, un tiempo en que experimento la sensación de vivir en una casa aislada en alguna de esas islas en la que recrea Bergman sus películas, sensación de que mis vecinos fueran Liv Ulman, Max von Sydow, Bibi Anderson,Erland Josephson, Gunnar Björnstrand, Harriet Anderson o Ingrid Thulin. Así habían sido las últimas noches. Me encanta Bergman y su mundo convulso al modo de todo el teatro de Strindberg. Esa sensación que de que la vida y la convivencia penden de un puñado de pequeñas sutilezas que pueden llegar a quebrar la sin duda fragilidad de la vida, estimula mis emociones y me alerta del enmarañamiento sobre el que pende nuestra certeza de convivencia asentada que, distraída con la superficie de los asuntos, no acierta a prevenirse de los peligros que se ciernen sobre la convivencia y nuestra creída estabilidad afectiva o religiosa.

Hablaba de saturación. Y es que ayer, entre toda la filmografía que me he traído, creo que no falta ninguna de sus películas, intenté llegar hasta el final de Esas mujeres, y no pude. A mitad de película estaba más aburrido que una marmota. ¿Es que la película era muy mala?, ¿Es que Bergman no sabe hacer películas de humor, en ella un humor que a mí no me hacía ninguna gracia? ¿O acaso solamente se trataba de que había llegado al punto de saturación en lo que se refiere a la filmografía de Bergman? La conclusión a la que llegaba mientras el mar rompía a mi derecha en grandes olas que se derramaban contra los acantilados salvajemente, era, por este orden, que la película era francamente mala, lo que hace suponer que no siempre Bergman es brillante, y que en segundo lugar, mi afición bergmaniana había llegado a su punto de saturación. ¿Cómo y cuándo se llega al punto de saturación? Pues no lo sé, pero días atrás me sucedió algo parecido con el Photoshop. Había estado un larga temporada colgado del programa y de sacarle jugo a muchas de mis fotografías en color volcándolas a blanco y negro y, una mañana, retocando una de ellas, repentinamente descubrí que había alcanzado el punto de saturación. No volví a abrir el programa después de haber sido mi leitmotiv todas las mañanas durante muchos días.

¿A qué afecta la saturación?, me preguntaba mientras atravesaba un extenso llano cubierto de negros bloques de lava, ¿cuál es su mecanismo? ¿Nuestras relaciones personales se pueden ver aquejadas por este factor? Y junto a ello saltaba enseguida otro concepto que habita en sus antípodas. La aparición de la novedad parecía vivir agazapada en los límites de la saturación como a la espera de que de que ésta alcance la temperatura conveniente, como si se tratara de una reacción química, que haga posible la transición desde un punto de saturación a una situación nueva. La capacidad que tiene nuestra curiosidad para sumergirse en pesquisas a la búsqueda de algo nuevo, algo que nos llama la atención, es fabulosa. El misterio, lo desconocido, nos atrae poderosamente. Un cuerpo nuevo siempre es una promesa de tierra prometida, el mar puede ser una pasión en perspectiva para un lector de Conrad. El conocimiento mata, escribió Cioran. ¿Siempre hemos de vivir abocados a lo nuevo, a descartar lo sobradamente conocido?


El largo recorrido junto a los acantilados entre El Cotillo y Puertito del Molino me ha dejado el rostro terso de sol y viento y el cuerpo un poco magullado por falta de entrenamiento, pero ha sido un buena jornada. Ayer tarde tuve que buscar lo hondo de una cárcava para instalar mi tienda, el ancho entre dos muros de roca no llegaba al metro, pero pude sostener la tienda lo suficiente para crear ese ambiente de bienestar de fin de jornada. Después de comer mi ruta buscaba los altos desolados que se elevan tierra adentro abandonando el mar. Mi única preocupación cuando me alejé del agua fue buscar la profundidad de un barranco para pasar la noche. Abandoné pues el track y me adentré monte arriba hasta encontrar un lugar a resguardo del viento. Mi mapa del IGN me dice que estoy en las cercanías de la Atalaya de Risco Negro, que tendré que ascender mañana para seguir después hasta Morro Sol y más tarde hasta Betancuria, donde espero llegar a la hora de comer. Paisaje desértico de tierras volcánicas todo el trayecto. Las poquísimas plantas que he visto agonizan, escuálidas, de sed.

Una luna grandote ilumina el techo de mí tienda. Saco la cabeza, miro, casi se puede decir que me rodea un paisaje lunar.













Viento del oeste. Camino de Fuerteventura.







El Chorrillo-Fuerteventura, 5 de marzo de 2020


Viento del oeste es el que arrasaba esta mañana los alrededores de mi casa cuando eché a andar camino del aeropuerto. El mismo que glosaba ayer noche Conrad mientras leía El espejo del mar, adjudicándole el cetro de rey y señor de todos los vientos del Atlántico y del Pacífico. Viento poderoso y constante que baja la cerviz de los grandes olmos de mi casa hasta hacerlos juguetes de su empuje y que enseguida fueron quedando a mis espaldas. Esta noche tuve que levantarme a cerrar la puerta de la cabaña que era batida por el viento con una fuerza de hacerme pensar que unos poderosos brazos se habían empeñado en arrancar de cuajo la hoja de hierro haciendo saltar los pernios por los aires.

Nunca pensé que los vientos constituyeran una raza de dioses similares a los del Olímpico o el Valhalla wagneriano, y sin embargo sonlo, al menos en la prosa del novelista mejor relator de las aventuras marinas de todos los tiempos.

Mi primera impresión del día, tras caminar en la noche entre los cultivos que llevan a Griñón, el paso del cañaveral donde mi hija de jovencita sufría en la oscuridad cuando a su paso el viento agitaba las cañas, el resplandor de las luces de los pueblos de los alrededores iluminando por debajo las tripudas nubes; mi primer contacto con algo que pudiera llamarme la atención tenía que ver con ese feminismo que vivimos estos días que tan a rancio empieza a saberme, y más ahora que han nombrado ministra de Igualdad a una mujer que lo primero que ha hecho al sentarse en su silla de ministra ha sido nombrar a una legión de mujeres dispuestas a regir eso que llaman Ministerio de Igualdad. Ya lo escribió Ortega, el feminismo es como el machismo pero al revés. Algo de razón debía de tener. La composición tan femenina de un ministerio cuyo objetivo parece ser fomentar la igualdad de género es una contradicción en términos que estéticamente huele a malévola paradoja. Sí, pa mí que el feminismo confunde eso, el culo con las témporas. Y perdón por lo que parece una generalización, pero es que creo que hay una parte del feminismo fundamentalista un poco loco que se está haciendo ilícitamente con la voz de las mujeres. Y una de esas voces contra el reinante empuje de tal feminismo, precisamente me la encontré esta mañana en Menéame, bien que ello sirva casi únicamente de anécdota como ejemplo de ese mirar estrecho de un feminismo que como las cabras, asalvajado, tira al monte.

En el título de la noticia Bibiana Fernández decía: "Si multan a un albañil por decirme un piropo, yo se lo pago". Vamos, que a Bibiana le gusta eso de los piropos, bien que advierta que las groserías, como cualquiera otra bestiada de los machos carpetovetónicos de toda condición, exista como han existido siempre las enfermedades en el cuerpo social. Legislar especialmente, si no he entendido mal por donde van los tiros, contra los piropos me parece propio de mentes muy estrechas. Otra cosa sería legislar contra las faltas de respeto al prójimo, en donde podría entrar, amén de los desafueros de algún machopirulo, también, si viene al caso, el que desde los medios o los partidos políticos se nos tome a los ciudadanos como imbéciles, notoria falta de respeto, esa sí, que debería estar penada con largos trabajos a favor de la comunidad. Establecer específicas faltas de respeto en el Código Penal sería minimizar ese respeto que merecemos las personas en todos los aspectos, de la misma manera que sería viciar el intocable derecho de expresión si no tenemos en cuenta el uso espurio que se pueda hacer de él faltando indebidamente a la verdad o al honor y respeto que merece todo ciudadano.

Ah, las cuestiones de género que el feminismo, creo, tan mal conduce. Cada vez que oigo hablar de alguno de los asuntos que el feminismo promueve siempre me hago la misma pregunta: ¿son asunto de género de lo que estás mujeres hablan o ¿no será, hablo en general, claro, que lo que ellas llaman problemas de género no son en la mayoría de los casos otra cosa que problemas de convivencia?
¿De los problemas de pareja quién puede asegurar sin certeza que sea de género y no de convivencia? Para probar hasta qué punto la justicia puede hacer el ridículo tenemos el ejemplo de cómo ésta trató el caso de ese anciano que ayudó hace meses a su esposa con esclerosis múltiple a morir, derivándolo a un juzgado que trataba asuntos de violencia de género.

Ese movimiento que tiende a mostrar al hombre como agresor sexual en potencia generalizando un punto de vista erróneo, puede ser un enemigo soterrado de lo que la civilización ha inventado para recreo de hombres y mujeres y sin lo cual la vida podría revestirse de una inhóspita grisura; me refiero a asuntos como la seducción, el erotismo, el lenguaje de las medias palabras, ese “no es no” que, secuestrado por el feminismo, tantas veces es que “no es sí”; la obvia necesidad de que la ambigüedad y el juego de la aproximación jueguen su papel puede estar en peligro ante la arremetida de un fundamentalismo que, lo repito, puede estar confundiendo un problema de convivencia con otro de género.


Malos tiempos para viajar. No sé si es aprensión mía, pero hoy el aeropuerto de Barajas me pareció escasamente concurrido. Hay un discurso estos días en los medios que baila entre el alarmismo y el apaciguamiento del aquí no pasa nada. Yo no quito ni pongo, pero lo cierto es que algo nervioso sí me pone compartir con mis vecinos ese aire que llega a mis pulmones. Un misterio que ese aire que nos mantiene vivos pueda también ser agente de muerte. Días atrás me sorprendió la noticia de que el escritor Luis Sepúlveda, con quien comparto mi afecto por los desolados páramos de la Patagonia, había entrado en la lista de los infectados por el coronavirus. El virus había salido por primera vez del anonimato para entrar dentro del círculo que divide una abstracción de una realidad plausible.

Despegamos. En esta ocasión mi avión se dirige a Fuerteventura, una isla cuya costa oeste y suroeste caminé hace años, costa bella a rabiar con un pequeño desierto por medio y una solitaria y larga playa en cuyo recorrido de cinco o seis días no llegué a encontrarme un alma. Ahora me propongo caminar la costa más al norte y seguir después el GR-131 que me llevará a ese desierto de antaño y más tarde al extremo sur de la isla hasta la Punta de Jandia.


Entre nubes volamos.

Mi post lo encabeza hoy una imagen marina de mi última caminata de hace años por la costa majorera, ese universo que será en los próximos días mi hábitat y el regazo en donde acogerme al sueño. Y punto final, ahora esas tripudas nubes que rondaban esta madrugada por el cielo de El Chorrillo han quedado bajo las alas del avión; luce el sol y yo me voy del invierno de Madrid hacia el verano de las Canarias, esas cosas incomprensibles que suceden con el tiempo en donde el clima y el reloj desvanecen los límites de la comprensión para que el viajero pueda sentirse a su gusto al margen del susodicho.



Soliloquio nocturno en Peñalara





Cumbre de Peñalara, 4 de octubre de 2019


Esta noche, oyendo la séptima de Beethoven, me pasa fugazmente por la cabeza la cumbre de Peñalara. Estoy con el tercer movimiento. Nada en esta música que sugiera la paz de una noche bajo las estrellas allá arriba. Desde mi ventana veo el llano cuajado de luces de pueblos que huyen hacia el horizonte. No se me hace difícil imaginar un paisaje similar desde cualquier cumbre de Guadarrama. El silencio de la noche, el cielo intensamente cuajado de estrellas y acaso, como un susurro, una música más apacible que la de hoy, Bach probablemente. Y me  sonrío pensando en aquello que escribió Cioran de que si Dios existiera tendría que estar eternamente agradecido a Bach. Llevo un tiempo que no estoy muy de música, pero se me antoja ahora que algo así como el Magnificat allá arriba, solo…




Un día más tarde. Son las ocho de la tarde. He llegado a la cumbre de Peñalara hace un rato. El sólo empezaba a pintarse de caramelo a la derecha de la Mujer Muerta. Enseguida los valles se cubrieron de esa delgada bruma que hacen las delicias del fotógrafo cuando éste trata con el zoom de aplastar los distintos planos de un fondo cubierto de montañas. Se forma entonces un degradado de colores cálidos que, partiendo de los primeros planos más densos y oscuros van desvaneciéndose hacia el horizonte ganando en luz y en color hasta explotar sobre un horizonte de fuego que adquiere parecidas tonalidades a las que se producen alrededor de una llama. Fiesta espléndida que como canta Franco Batiato debería invitarnos a diario a recogernos frente al crepúsculo. Oración, canto a la magnífica belleza de este mundo, susurro venido de la entrañas de la tierra, caricia para los ojos y el alma. Hoy, mientras subía la larga loma desde Dos Hermanas he comprendido que sería una bonita cosa subir cada semana a dormir en una cumbre o un collado de nuestra sierra. Pero enseguida se me iban los pensamientos al frío que está por venir. Con los años me he hecho un friolero y ahora me impone respeto la nieve y el frío y me acobarda la idea de dormir en invierno en estos sitios. Y claro, para darme ánimos tiro de los recuerdos de cuando dormíamos sobre la nieve al principio de la Apretura cada fin de semana cuando subíamos al Galayar, de los vivacs en Gredos con aquel primer saco miserable en el que era tiritar y castañeo de dientes toda la noche. Hacerse mayor podría transformarse en un reto, me digo, volver a hacer lo que hacías de muy joven se convierte en un apetecible deseo para el que todavía no estoy preparado; tampoco será para tanto, embutido en un buen saco de dormir, me susurro. Y solo. ¿Y si se levanta uno de esos vientos con los que conviví este verano en Alpes o Pirineos… o viene el lobo y me come? Vamos, que los dedos se me hacen huéspedes, que me da cierto canguelo pensarme en una de estas cumbres en invierno.




De momento lo cierto es que la cosa está cuajando. La cumbre de Peñalara está ya cerca, sólo queda el último repecho. Me paro a considerar el tema intentando atraparlo como si fuera una bella mariposa perseguida por un entomólogo a punto de completar con ese atractivo ejemplar su colección de coleópteros. Tener un proyecto, un reto en mente agita mis neuronas. Ya las veo asomarse de tanto en tanto por los intersticios de mi cuerpo a recabar noticias sobre… oye, tú, ¿qué pasa con esa idea de seguir durmiendo en invierno por las alturas? Y yo haciéndome el sordo como quien no va con uno la cosa, pero a la vez recordando aquella terrible circunstancia de Kurt Diemberger y sus compañeros durante seis o siete días en medio de una tormenta en el K2 a ocho mil metros y pese a todo este hombre durmiendo en calzoncillos. Yo que, por aquello de más vale humo que escarcha, me acuesto forrado hasta las cejas, aunque después, es cierto, siempre termine cociéndome durante la noche.




Ahora un cuarto de luna sobrevuela por encima de la almenara de mi vivac, uno muy chulo y amplio que me protege del viento a pocos metros de la cumbre. Ayer me había hecho a la idea de probar escuchar cierta música en este privilegiado balcón sobre el llamo segoviano. Pongo en funcionamiento la música. Bach, Cantata 131.

Desde lo profundo clamo a ti, Señor.
Señor, oye mi voz, estén tus oídos
atentos a la voz de mi súplica.

La voz del tenor instila en mi ánimo una suerte de sentimiento paralelo en el que el Señor no es otra cosa que este mundo silencioso que me rodea, la luna, las estrellas, esta soledad, la débil silueta de la Cuerda Larga enfrente, las montañas sumidas en el sueño. Un dios, la Naturaleza y sus infinitas encarnaciones, que nos conforta, nos alumbra, acompaña nuestros sueños, llena nuestros sentidos de su belleza o  sobrecoge nuestro ánimo bajo el estruendo de la tormenta; dios humilde, afable que tanto trae huracanes como una brisa cargada de tomillo o romero, pero dios que no admite súplicas porque ante él nadie estará nunca de hinojos.




La constelación de Águila ocupa mi atención justo frente a mis ojos mientras escucho el Magníficat. Sí, mejor que haya existido Dios durante un par de milenios, lo justo para poder desembarazarnos de él después de que tantas maravillas hayan sido creadas por su motivo. Si bien es cierto que el hombre inventó a Dios no es menos de cierto que por él tenemos esta maravillosa música; música, pintura, arquitectura, literatura que dignifican nuestra animalidad y le da profundidad, todo eso que hizo al hombre de hoy tras descender éste de los árboles. ¿De qué servirían las estrellas y todo este espléndido mundo sin la conciencia que sustenta su admiración y su disfrute? Es una reacción elemental recurrir a un ser que creó montes, ríos, animales y personas, pero es mucho más hermosa la otra realidad, la de que el hombre se hizo a sí mismo a lo largo de milenios conjugando sus esfuerzos, su curiosidad y una cada vez mayor capacidad para profundizar en la realidad y en su condición de hombre.




La idea de una mujer que engendró a Dios, una especie de dios, Jesús, también resulta atractiva para un pensamiento agnóstico. El hombre, que tantas cosas creó, incluido a sí mismo, a lo largo de los milenios, borracho de sí mismo y de sus posibilidades, termina engendrando a Dios. Me parece preciosa la idea. Lo malo del caso es que el invento, siendo a imagen y semejanza del hombre salió como salió, Dios vengativo, Dios orgulloso, sádico y, por supuesto Dios, también amoroso, siempre y cuando… le ames a él sobre todas las cosas. El Dios ególatra que todavía adora media humanidad. Ese monstruoso delirio de un Dios capaz de condenar al fuego eterno a media humanidad por toda la eternidad (ahí es na), no podía salir de otra cabeza que no fuera la de un hombre enfermo. Habiendo como hay hombres buenos y no tan buenos, lo propio es que el dios resultante saliera como salió, añadiendo una coda también curiosísima como es ese engendro llamado Iglesia Católica donde la pasta y la suntuosidad representan un buen ejemplo de lo que de hecho esconde esta institución, algo no muy diferente de lo que representa, por ejemplo, el banco Santander.

Y el Magnificat… esa maravilla, sigue sonando mientras rachas de niebla empiezan a ocultar la luna y las estrellas. Sólo cuando me despierte horas más tarde volverá a brillar en el cielo el manto de las constelaciones. Entonces, en el zenit, Orión, acompañado de sus perros, anunciará la cercanía del alba.











Una noche en La Maliciosa




El Chorrillo, 29 de septiembre de 2019

Yo quería ir a Cotos y dormir en la Cuerda Larga, pero con el cambio de horario de los autobuses en estos días el de la sierra había desaparecido, así que no me quedó más remedio que tomar el primer bus que había a mano y que me dejaría en Navacerrada pueblo. Una vez más La Barranca. Cogería agua en la fuente de La Campanilla y dormiría en La Maliciosa que es, probablente, el mejor balcón del Guadarrama sobre ese belén de luces que se extiende a sus pies por todo el llamo norte de Madrid.



Quizás más que otra cosa lo que yo buscaba hoy era un sosegado espacio para la lectura y pasar una noche bajo las estrellas, esa debilidad por dormirme acurrucado por el arrullo del universo nocturno de las constelaciones. El día anterior había dejado a Kurt Diemberger, K2, el nudo infinito, y a Julie al pie del K2 en aquel año fatídico de 1986, en que el Chogori, en las palabras de Goretta y Casarotto, parecía haberse convertido en un frente bélico donde los contendientes uno a uno iban perdiendo la vida. Fue un trágico verano en el que el pasado año confluyeron tres libros que leía por entonces, un de Kukuczka, otro de Goreta y Renato Casarotto y un tercero cuyo autor era Kurtyka. Diemberger volvía a la carga. Entre la fuente de la Campanilla y el collado de El Piornar fue narrando el infierno en que se convirtió el K2 aquel verano. Subía con un paso tan tranquilo que apenas notaba el buen repecho que lleva al collado. Atardecía. Kurt había divisado desde el campo base la lejana figura de un hombre. Siguió su recorrido durante un buen rato hasta que en un preciso momento dejó de verle. El único alpinista que estaba escalando sólo el K2 era Casarotto. Se alarmó al barrer constantemente con la vista el glaciar y no ver a nadie. Buscó a Goretta y le pidió que llamara de inmediato a su marido por el radioteléfono. Al otro lado contestó la voz de Casarotto: “Me estoy muriendo, Gori, me muero, tengo el cuerpo destrozado”. De camino al campo base, un puente de nieve sobre el que habían pasado componentes de distintas expediciones cientos de veces durante el verano, cedió. Renato fue rescatado pero poco después falleció. Fue enterrado en la misma grieta donde había caído.



La historia de este matrimonio me conmueve; su libro, Una vita tra le montagne, es uno de los manifiestos más grandiosos de la lucha del hombre por desvelar el misterio de su propia existencia a través de la superación de sí mismo. “Siento, escribía unos días antes de su muerte, que el K2 es un punto obligado de paso, de transformación que me permitirá expresar la esencia de mi ser como hombre. Creo que alto, muy alto sobre el K2 esté la clave de mi búsqueda”.



Cuando llego a la cumbre, el sol se ha ocultado, un rastro de brasas incandescentes restan todavía sobre el horizonte. A mis pies las luces del llano apenas dejan pequeñas islas de oscuridad en su seno.

La cumbre de La Maliciosa no es un buen lugar para contemplar las estrellas, que aparecen pálidas y privadas del fulgor que proporciona la oscuridad absoluta. El Triangulo del Verano, con Altair, Deneb y Vega en sus vértices, apuntaba hacia el zenit sobre la loma de Valdemartín y Cabezas de Hierro. Cuando a media noche me despierte será Casiopea, como un barquito de papel, la que navegará por encima de mis sueños.

Apenas había una pizca de luz en el cielo cuando un potente jadeo me despertó; era uno de esos fogosos corredores que han elegido la montaña para probar su voluntad y la buena forma de sus piernas. Nos dimos los buenos días, consultó su cronómetro y sin apenas parar más que unos segundos se despidió y salió corriendo camino otra vez del collado del Piornal. Amaneció bonito pero corrientito. Volví a dormirme, pero no por mucho tiempo, esta mañana La Maliciosa se iba a convertir en un punto de afluencia importante. Me hubiera quedado en el saco una buena parte de la mañana haciendo pereza, pero con tanta concurrencia imposible.



No tenía prisa. Descendía tranquilo hacia el collado de Quebrantaherraduras, leía distraído ahora el relato de Kurt y Julie subiendo a su vez hacia la cumbre del K2, donde una numerosa expedición coreana al mejor estilo de clásico y tres o cuatro grupos más intentaban la misma ruta; y, allá abajo, en un momento distinguí a media mañana un prado y varios de esos monolitos de granito que los caprichos del viento y la lluvia modelaron al estilo  de Henry Moore. Me aparté del camino y busqué un lugar discreto frente al llano. Mi lectura quedó varada bajo un espolón rocoso que precede a la cima del K2. Mi cuerpo estaba extendido sobre la calidez de la piedra y, a lo lejos, entre la bruma, sobresalían las Cuatro Torres que sitúan la aglomeración de la ciudad de Madrid. Mis pensamientos iban de acá para allá, una avalancha recién caída sobre la falda del K2, un escote que había contemplado con gusto ayer tarde en el metro, el recuerdo de mi paso por algunas montañas, la sonrisa de mi nieto Manuel... y todo ello envuelto quizás en los brazos de lo efímero, que hacia honor a un poema de Hugo von Hofmannsthal que poco antes me había enviado por whatsapp una amiga, pensamientos que con ser efímeros no por eso dejaban de ser caricia, adornos de la vida con los que compartir la suavidad de la brisa de esta mañana mientras mis ojos, acaso ajenos a mis pensamientos, se entretenían por su cuenta con las formas de las nubes y el caprichoso perfil de los bloques de granito que, más allá, sobre la cordal del Yelmo, formaban una aserrada escarpadura gris por encima de la cual cabalgaba el mar del cielo y sus naves blancas de espuma liviana.

Kurt y Julie llegan por fin a la cumbre, pero se ha hecho extremadamente tarde y temen no llegar a tiempo al campo 4 lo que les obligaría a vivaquear con lo puesto a más de ocho mil metros. Al final he decidido bajar directamente al parking de la entrada al parque, y en alguna parte pierdo el sendero. Arrastrándome entre unas jaras, como un jabali buscando la salida entre los arbustos, continuo con el relato pero, en el preciso momento en que los dos bajan una empinada pendiente de hielo y Julie cae precipitada al vacío, la app de lectura se bloquea. Antes de continuar con el descenso del K2 me veo obligado a vagar entre las jaras por un buen rato. Más tarde, cuando ya caminaba por un cómodo sendero, cansado como estaba, consideré que mejor aplazada el desenlace de la aventura de Kurt y Julie para otro momento. Kurt Diemberger escribe bien y aporta pensamientos interesantes. Ya encontraría a la noche un rato para terminar el capítulo.



Eran casi las cinco de la tarde pero encontré en Manzanares la manera de que me sirvieran un exquisito plato de ternera con almendras. Me tomaba el postre cuando mi vista tropezó con los ojos de una joven que charlaba con un par de amigos al otro lado del bar. Delicioso el postre, dice de repente ella en la distancia desde el fondo del local. Exquisito, contesto algo sorprendido por la sonrisa encantadora de ella; su compañero, de grandes bíceps tatuados, se vuelve. Sonríe a sus vez. La música envuelve el local como una nube de alcohol subiendo a la cabeza sus pedazos de euforia. Y trato de retener la sonrisa de ella, su cuerpo de mujer juguetona, esa trozo de vida que es una fiesta en un rincón cualquiera de un bar de cualquier pueblo de la sierra. Ojos brillantes, los gestos de una simpática embaucadora que domina el escenario con la gracia de su mirada y sus gestos. Y un momento después levanto la vista y ella y sus acompañantes han desaparecido. Queda el recurso de la televisión, gente que escala en alguna lejana montaña de Oriente.

Más tarde, camino de la parada del bus, paso junto a la iglesia de Manzanares donde cincuenta años atrás, una Nochebuena, tras la misa del Gallo,  el párroco me ofreció una habitación para pasar la noche, ofrecimiento que decliné porque aquella noche tenía una cita con el Tolmo, bajo cuyo techo me tomaría mi cena navideña, una tortilla de patatas que con el frío se había llenado de crujientes pedazos de hielo.