¿Por qué coño hacemos tantas cosas "raras" en la vida?

El Chorrillo, 23 de agosto de 2016

Terminamos de ver Kika, de Almodóvar y el buen trabajo de la Forquet, pero es pronto y además me he echado una larga siesta después de volver de la Pedriza. No tengo sueño. El ventilador es un susurro a mis espaldas y las mariposas revoloteando por la parte externa de la tela mosquitera vuelan incansablemente sin entender que no puedan llegar hasta la luz de mi flexo. Revolotear en torno a algo sin poder alcanzarlo es una situación bastante cotidiana en la que todo el mundo tarde o temprana se encuentra. Caigo en este hecho corriente; la noche de anteayer, mientras subía desde el pueblo de Canencia por la cuerda de los Altos del Hontanar en plena oscuridad, sin hacer, cabezonamente, uso de la linterna, pensaba en la gran suerte que es disponer de tu tiempo a tu antojo; pensaba volver a Valdemanco por el puerto de Canencia, pero en la oscuridad había visto la silueta de la cumbre de la Najarra y de repente se me ocurrió que podría dormir en la cima donde un tiempo atrás había subido una noche a ver amanecer. Dicho y hecho. A la mañana siguiente se me ocurriría que podría seguir por la Cuerda Larga acaso hasta El Escorial, pero llegado a Cabeza de Hierro pensando que tenía el coche en Valdemanco en casa de mi hijo Mario, decidí bajar desde allí mismo directamente hasta la cuenca del Manzanares; craso error, ya se verá.



Pero a lo que iba, esa libertad de poder hacer esto o lo otro, sin tela mosquitera por medio, cambiar de idea varias veces al día y tomar aquellos caminos que a cada momento se te antojan. Gran hallazgo, amigo Sancho, aunque para ello tengas que estar jubilado y tener una pareja nada quisquillosa que no te ponga morro porque le dices que no vas a aparecer por casa en varios días. Lo contrario de las mariposas que rondan mi ventana esta noche, que las pobres no saben otra cosa que darse de narices sin poder alcanzar esa luz que tanto les llama la atención, pero que en cualquier caso acabaría con sus vidas si no tuvieran el mosquitero entre su objetivo y ellas mismas. Para sacar paradojas hay situaciones de todos los gustos.

Bendita libertad la de andar por el mundo y los caminos sin otro obstáculo que lo que den las fuerza de tus piernas o tu resistencia a los calores, los fríos o el cansancio propio de quien vaga por el mudo durante muchos meses.




Quique y Lucía me habían dejado en el pueblo de Canencia sobre las siente de la tarde. Durante los días pasados había estado caminando por una parte del Pirineo Vasco-Francés y estaba mosqueado porque lo había pasado bastante mal por falta de preparación y no quería volver a dejar que mi cuerpo volviera a las andadas, así que me hice el propósito de tenerle despierto a base de caminatas. Y, ay, qué sorpresa y qué placer sentir que mis piernas después de una semana de fatigas volvían a estar en forma. De hecho empezó a parecerme que tan bien como subía merecía una excursión mucho más larga que aquella de subir hasta el Cerro del Cuclillo para a la mañana siguiente llegar al Mondalindo y descender a Valdemanco. No podía desdeñar la oportunidad, me fui diciendo mientras ascendía por el robledal sobre Canencia. Con aquel regocijo que me fue ganando casi me daban ganas de seguir caminando hasta El Escorial.

Y se hizo de noche y aunque perdí las gafas y me era imposible ver con claridad la señal del gps las pocas veces que me extraviaba entre las retamas y los piornos, el gozo que me venía de comprobar que las piernas me funcionan tan bien hacían de la caminata un gusto. ¡Fuera, vaca!, tenía que azuzar a alguna que me encontraba en el camino, sólo dos ojos brillantes en la oscuridad cuando intentaba localizarlas  con la linterna. Un par de constelaciones se acunaban sobre el lomo de la Cuerda Larga. En algún momento se encendió una poderosa linterna sobre la loma de enfrente; encendí la mía para jugar un poco con el posible caminante nocturno. Pero resultó que la luz de la linterna se elevó suavemente sobre la loma y siguió subiendo y subiendo: me equivoqué, se trataba probablemente de un avión que acababa de despegar sobre las pistas de Barajas. Poco después salió la luna, una luna dorada a la que ya le faltaba un trozo en su parte derecha, una luna tenue, como un farol encendido pero que apenas diera luz.





Llegando al puerto de la Morcuera vi otra linterna, ésta zigzagueaba solitaria hacia la cumbre de la Najarra. Me llevó una hora llegar a la cumbre; el paisaje nocturno del llano madrileño era magnífico. Mientras buscaba un lugar para mi vivac desde donde pudiera ver amanecer, empecé a pensar en un tema reiterativo que me ronda desde hace una semana por la cabeza. Ese continuo porqué que trata de averiguar por qué coño hacemos tantas cosas "raras" en la vida, esto por ejemplo de empeñarse en caminar a oscuras por el monte. El otro día en un post hablaba de las facultades que ponemos en funcionamiento haciendo esto o aquello y de cómo obtenemos a veces gran placer poniéndolas en prácticas. Pero esta noche eso de facultades me sonaba un poco soso, necesitaba otras palabras para centrar más la idea.

Si partía de un hecho sencillo como el de hoy, esa caminata nocturna, quizás pudiera determinar con más acierto eso que sucedía en mí, y por tanto podría acercarme a explicar la razón por la cual me había empeñado en lo que estaba haciendo. En casa tenemos un gato joven nuevo que a diferencia de los otros juega como un descosido con cualquier cosa que se encuentra rodando por el suelo de casa; algo parecido sucede a los niños chicos. Todos hacemos cosas que nos placen, pero ¿por qué nos placen? ¿Por qué nos place correr un maratón sabiendo el sufrimiento que conlleva? ¿Por qué nos place el hacer una ascensión empeñativa cuando puedes dejar tu cuerpo hecho unos zorros? Y así cientos de preguntas similares. Desde que empecé a salir a la montaña, allá por los dieciocho años, siempre fue una cuestión candente que me venía tarde o temprano. Entonces leí muchos libros que tocaban este tema: ¿Por qué este amor a la montaña, por qué tantos esfuerzos y peligros?

A base de intentar pinchar con el palillo la aceituna una y otra vez uno termina por acertar en algún momento. Esa es la sensación que tengo yo con este interrogante. En todos los casos que he citado siempre hay un factor presente, en todos los casos nuestro yo experimenta, se experimenta a sí mismo, alguna de sus posibilidades; experimentamos nuestra fuerza, experimentamos nuestro arrojo y nuestra capacidad de superar el miedo, experimentamos nuestra capacidad de sufrir, nuestra capacidad de amar. Siempre que nos ponemos delante frente a un reto, sea éste resolver un problema de ajedrez, poner a prueba nuestra creatividad, dar capricho a nuestra curiosidad o cumplir un proyecto que requiere arrojo y decisión, siempre estamos despabilando a nuestro yo, tan propicio a la comodidad y la pereza, estamos experimentándolo, poniéndolo a prueba.

Ver con bastante claridad por qué uno se empeña en patearse los Alpes durante meses o se encuentra dispuesto a subir corriendo el último tramo de la cumbre del Mont Blanc, esta noche me parecía un auténtico descubrimiento. Gozamos experimentándonos, poniendo a prueba nuestras piernas, esa parece ser nuestra naturaleza, el modo en cómo nuestro cerebro administra nuestros actos; cualquier parte de nuestro yo capaz de hacer un esfuerzo físico o mental parece destinado a ser el hilo de Ariadna que nos lleva a las puertas del placer. El organismo se comporta como si el esfuerzo fuera una condición sine qua non para acceder al placer. Otros caminos hay para llegar al placer, pero quizás éste sea el más hermoso por cuanto es producto de nuestra acción y nuestra voluntad.

Creo que me dormí saboreando esta idea, que me parecía un saludable descubrimiento a tener en cuenta. La luna veló mi sueño y apenas pude asistir al amanecer; me desperté cuando el sol me dio en los ojos. Al mediodía estaba en Cabezas de Hierro, tan familiar casi como la propia parcela de mi casa; cumbres amigas desde el final de la adolescencia. Ahora tenía que decidir qué hacía, volver atrás para bajar por las Torres, ir a Cotos, al puerto Navacerrada. No, nada de eso, uno es bastante inconsciente a veces, tiene cierta predilección por los atajos, aún a sabiendas de lo traicioneros que pueden ser, y así para ser fiel a mi propia tozudez decidí bajar directamente desde la cumbre hacia el río Manzanares. Parecía un pardillo, como si fuera la primera vez que fuera a la montaña. Tardé horas, muchas, canchales muy difíciles de bajar, arbustos apretados que sobrepasaban mi altura, arañazos, raspones, brezos, zarzas; en algún momento sólo encontré camino por mitad del riachuelo con el agua hasta el muslo; ni siquiera podía molestarme en quitarme las botas. Si alguno quiere vivir una aventura de verdad en la Pedri no tiene más que repetir el camino, traerse la plomada, colocarla en la cumbre de Cabezas y seguir la vertical hasta darse de bruces con el río Manzanares; eso sí, llevaros un botiquín por si acaso.


Estaba tan cansado cuando llegué a las cercanías de Charca Verde que no tuve otro deseo que tumbarme junto al río, beberme un litro de leche y dormir, dormir hasta que de nuevo el sol vino al día siguiente a acariciar con sus rayos mañaneros mi rostro. También el cuerpo cansado y dolido era un placer para saborear camino de Manzanares.






Una golondrina en el rocódromo


Pamplona - Madrid, 18 de agosto de 2016

Cuando una tranquila paz salida de no se sabe dónde se te cuela en el cuerpo y miras el paisaje que pasa ante la ventanilla del autobús, desde tu lejano bienestar se diría que estás en el mejor de los mundos. Vuelvo del Pirineo cuando a lo mejor debería estar caminando bajo la lluvia en dirección a Sant Jean Pied de Port. Está claro que no es fácil saber muchas veces dónde uno va a estar mejor. Cosa de magia porque si realmente supiéramos a cada instante dónde íbamos a estar mejor de verdad, es decir esa situación en que con el cuerpo relajado miras apacible y un tanto condescendiente al mundo que te rodea mientras el gustillo de la vida te corre por dentro, entonces estaría clara la elección a hacer. Pero pocas veces es así, averiguar que viajar en autobús mirando el paisaje te va a hacer feliz no es posible, entre otras cosas porque no es exactamente el paisaje ni el autobús lo que probablemente te hace feliz. Podemos caer en confundir las cosas. La verdad es que casi siempre es el mismo interrogante. Quieres ser feliz pero raramente sabes de dónde viene esa cosa que llamamos felicidad. Nos tenemos que conformar con constatarlo y como mucho intuirlo.

Ayer fue un día precioso, estéticamente como un cuadro de Degas con esfumatos suaves y deliciosos que la niebla generosamente fue pintando durante toda la mañana a cada paso de mi trayecto, un esfumato similar al que el fotógrafo Haminton recurre para envolver a sus muchachas en flor llenas de descuido y muselina. Todo pura suavidad y sugerencias. Ni un momento levantó la niebla, caminé por un mundo húmedo donde las ovejas y los caballos pastaban dócilmente pero sin sentir ese asombro que le venía al caminante del paso por medio de tanta belleza. Los hayedos de enorme hayas de brazos abiertos como sombras saturnales alzándose en las laderas como una tropa dispuesta a defender silenciosamente a los elfos que en algún momento habrán de librar a la humanidad del Mal, el pasto de colores cálidos y otoñales más suaves que los cuadros de Monet, las ovejas somnolientas mirando pasmadas la aparición del caminante entre los velos de la niebla, en fin, los campos de helechos destilando agua y entre los cuales tras haber recorrido la larga cordal del pic d'Ipala un servidor se dio un porrazo de muerte.

Plas, un descuido, resbalas y te encuentras volando por la pendiente. Joder, caí sobre el brazo derecho y la cámara fotográfica, un porrazo de leches. Me alcé del sueldo atontado, palpándome, como quien hace balance de qué se ha podido romper. La cámara funcionaba pero mi brazo derecho tenía muy mal aspecto, arañazos varios y algunos cortes de entre los cuales uno, más profundo, sangraba abundantemente. No tenía otro botiquín que algunas gasas y un poco de suero, ni siquiera me quedaba un poco de agua. En la precipitación por buscar algo que detuviera la sangre, unas gomas elásticas y un trozo de velcro, me puse perdido de sangre. Después de la cura la cosa no quedó mal del todo, un poco chapuza, pero podía pasar. Ahora sólo me preocupaba que nunca llegue a ponerme la segunda dosis de la inyección del tétanos. Cuando llegué al pueblo el médico me miró con condescendencia y un tanto reprobación. En mi francés de los tiempos del instituto tuve que pedirle disculpa por mi aspecto físico de cinco días sin ver una ducha; desaseado y sin afeitar debía de tener un aspecto un tanto salvaje.

A todo esto salgo del médico a las dos de la tarde, llevaba caminando desde las siete de la mañana, y van y me dicen en el único restaurante del pueblo que a esa hora ya no me pueden hacer nada, lo típico, que si quieres bocadillos. Ya. Y además estoy empapado, me he llevado todo el agua de los helechos del Ipala, la tienda está empapada, las botas chorreando y los pies arrugaditos amagando ampollas en varios sitios. Me siento en el pretil de la carretera a hacer meditación. Se me ocurre mirar el tiempo de la zona para los días que vienen y hay cinco días de lluvia por delante. Más meditación. Y mi nieto a punto de llegar de París en el pico de la cigüeña. Y por curiosidad miro por ahí y me entero que tengo a mano un transporte que me deja en Pamplona a última hora de la tarde.

Total, a las nueve estoy paseando por las callejuelas más concurridas de Pamplona. Ambiente a tope, un plato de pulpo a la gallega, una ensalada y un helado que se sale del plato. Buen final de día. Tramé mientras tanto irme a terminar la Ruta de la Lana de la que me quedaban cuatro jornadas, allá por el sur de Burgos, cerca de Santo Domingo de Silos, pero me obligaba a hacer noche en Aranda de Duero. Al final comprendí que mejor lavaba mi ropa y secaba mi impedimenta en casa. A fin de cuentas si voy a tener un nieto tampoco puedo presentarme a recibirle una semana después de que haya nacido.

Por cierto, hablando de nietos, ayer recibí una foto por whatsapp en que mi nieta, ya una moza de ocho años, hacía pinitos sobre un rocódromo. Os diré que el abuelo sintió cierto tirón de emoción viendo a esta criaja, como quien dice recién llegada al mundo, trepando con un estilo impecable por el armazón vertical de la pared. ¡Dios, cómo pasa el tiempo y cómo recordé en ella aquel tiempo imperativo de mis jóvenes años de escalada! Y yo iré y se quedarán los pájaros cantando... y tantas veces más que la nostalgia me hará repetir aquellos versos de Juan Ramón Jiménez. La vida se reproduce en vida, la antorcha se quema, morimos, pero el fuego permanece, vibra en otras vida. Hay cosas de las que no somos conscientes del todo,  por lo menos en su aspecto vital e íntimo, somos vida, moriremos, pero la vida sigue palpitante en el fulgor de una nueva llama. Mi nieta Ainara y mi nieto de camino son ese fulgor que anida en lo más íntimo de cada ser y que en algún momento viene a recordarnos que nuestra soledad en el mundo es una soledad acompañada y esperanzadora.

¡Hele por mi nieta treparriscos!


("El nombre de Ainara es de origen vasco. Procede de “ainhara”, que en euskera significa “golondrina”)

Original de Guillermo de la Madrid 




Sonrisas seductoras

Pic d'Ipala, Pirineo Francés, 16 de agosto de 2016




Hoy, después de dejar atrás dos féminas con las que me crucé, volví a preguntarme por cual sería la razón de que las mujeres sonreían más y por supuesto muchísimo mejor que los hombres. La verdad es que es una pregunta recurrente, inevitable cuestión cuando uno camina solo y cada cierto rato se cruza con alguna caminanta. No abundan las distracciones propicias a la reflexión en lo que a personas se refiere a lo largo de mis caminos, así que como las mujeres siguen siendo con mucha distancia mi objeto de predilección en lo que al reino animal que circula por el Pirineo se refiere, mi animala llamaba el poeta chileno Gonzalo Rojas a su amante, y no hay chica, joven o no tan joven, con la que me tropiece a la que no eche una buena ojeada, a la fuerza tengo que rendirme a la evidencia de que la sonrisa es uno de los atributos femeninos más preciados por el caminante. Y es que hay sonrisas que me dejan las piernas flojas: ¡condenadas! Sí, 
esos rostros sonrientes de féminas con un delicioso bonjour en los labios es una de las atracciones más agradables del camino. Me pregunto si ese Dios chapuza del que hablaba ayer no será también, no todo lo debió de hacer mal claro, aunque esa ocurrencia de crear a la mujer de la costilla de Adán sea una pasada psicodélica que no se la cree nadie, si será también el autor en el repertorio de los recursos cautivadores de seducción que puso en manos de la mujer éste tan endiabladamente seductor. Uno, que ni es creaccionista y cree a pies juntillas que el proceso evolutivo del hombre no tiene nada que ver con deidades, se echa las manos a la cabeza cuando piensa la perversidad que la evolución ha debido poner en su desarrollo para llegar a ese estado de sofisticación en que una sonrisa puede convertirse, a la vez que en un acto de intercambio social en una diabólica manera de cazar maridos. Sí, un divertimento no más.

En torno al mediodía el sol es inclemente bajando por un empinado camino que me lleva a Bidarrai. La pendiente es rigurosa y ayudan la bajadas largos tramos de cables de acero a modo de pasarelas. Las lomas de vacas han desaparecido de repente troncándose en un aéreo sendero protegido del vacío por grandes campos de helechos. Después habrá un largo caminillo junto al río, un imprevisto cuestón que me pilla desprevenido y no mucho más lejos el restaurante y la comida reparadora de la que sólo puedo con la mitad porque he llenado mi estómago con dos litros de agua entre la ensalada y el pescado.

Oh, placer, el de salir al sol de las tres de la tarde del restaurante y emprender una agreste subida y poco más de alejarme un par de kilómetros encontrar un prado bajo la sombra de un viejo y generoso roble y descargar y beber la medio botella helada de limón que había empezado más abajo, y tender algo de ropa sobre la hierba y hacer una almohada con las botas y un jersey, y tumbarte envuelto en el zumbido de las moscas y sentir mi cuerpo pegajoso de sudor y echarme por encima el mosquitero y sentir que estoy en los cielos, que el cansancio quedó en suspenso por un rato y que ahora viene el placer de la contemplación, el cielo azul, las ramas de una acacia moviéndose parsimoniosamente con la brisa, el gusto del viento acariciando el cuerpo en este preludio de siesta mientras en los alrededores los grillos grillean y las moscas zumban por encima del mosquitero. Ya está bien, a dormir se ha dicho. 

Bueno bueno, la cosa marcha, me desperté de la siesta, recogí y eché a caminar y como nunca miro lo que tengo por delante me encontré inesperadamente con una cuesta de padre y señor mío y con un camino que se empeñaba absurdamente en subir por una senda trazada con un tiralíneas hacia la cumbre que se alzaba sobre el pueblo, algo más de novecientos metros de desnivel más arriba, y eso después de la siesta, medio adormilado y tratando a cada paso de despertarme. El caso, sí, es que necesariamente desperté, buen despertar porque enseguida comprobé que mi pariente, el cuerpo que me sostiene no se quejaba ni decía mu, todo lo contrario, obediente, caminando como en los mejores tiempos aquello parecía un suave ejercicio de gimnasia en donde cada parte del cuerpo recibía su ración de trabajo sin protestar; sudando la gota gorda, eso sí, vamos lo que se dice jodido pero contento. Total, admirado estoy, que me chupé los novecientos y pico metros de la ascensión al pic d'Ipala de un tirón, lo que no quiere decir que un servidor sea un comecaminos, cosa, entre otras, imposible para un casi septuagenario con el cuerpo nada entrenado; que uno no puede presumir absolutamente de nada. Y es el caso que el otro día Balius me echó la bronca ;-) porque no le salían las cuentas cuando leyó que había empleado tres o cuatro horas para ir del collado de la Dehesilla a casa Julián. A Carlos Soria le he llamado en algunos de mis posts más de una vez vejete, el más glorioso vejete de nuestros mandriles. Si en la canción Joan Baez sólo le pide a Dios que la vida no le sea indiferente, yo, parodiándola le pediría algo más de mi gusto, fuerza y unas piernas que me puedan seguir llevando por los caminos como al amigo Soria aunque  de manera infinitamente más modesta.

Total,  aquí estoy, en la mismísima cumple del pic d'Ipala, envuelto en la niebla y con el viento vapuleado la tienda. Una bonita jornada la de hoy.





Embrutecido por el cansancio


Cercanias de Ainhoa, 15 de agosto de 2016
Una vida un tanto de salvaje ésta, esta vez más que otras. Hasta que el cuerpo esté en forma no va a ser de otra manera, caminar, comer y dormir. En estas circunstancias no puedo hacer otras cosas, leer, escuchar música, nada, me siento embrutecido por el cansancio.
Obligar al cuerpo a hacer un trabajo para el que no estás ni de lejos preparado es un disparate. Lo asumí así cuando salí de casa, sabiendo por otras veces que me costaría una semana por lo menos adaptarme, así que me va tocar apencar y sufrir las consecuencias.
Para más cachondeo, cuando después de la siesta comienzo a caminar emprendiendo una empinada cuesta, me encuentro con las cruces del Gólgota, cada cruz una parada del Vía Crucis. Un montaje que ya me he encontrado más de una vez en algún pueblo de España. En una ocasión, haciendo uno de los caminos de Santiago participé inclusión en la ceremonia. Era un espectáculo digno de ver, un centenar de ancianos y ancianas caminando por una vereda cuesta arriba para detenerse frente a una de las cruces o estaciones, cada uno con una fotocopia de los cantos y los rezos en las mano. Perdona a tu pueblo Señor, no estés eternamente enojado. ¡Encima! Como si no fuera Él el que tuviera que pedir perdón por permitir tantas miserias. Quien creó esta chapuza de mundo no merecería otra cosa que reprobación.  ¡Vamos, ni que el mundo lo hubiera creado el diablo!
Pues por esa vereda del Vía Crucis subí sudando tinta después de la siesta. En la cumbre de la loma me esperaba todavía una sorpresa, al Gólgota no le faltaba nada, los lugareños de Ainhoa, el pueblo que había dejado atrás, habían reproducido por entero la crucifixion.
Hay un cansancio que es objeto de gozo,  sucede cuando has caminado todo un día, pero pese a ello estás vivo, llegas a la tarde con el sabor de los paisajes y de los valles y montañas que has atravesado; tu cuerpo está fuerte y lo único que necesita es tomarte un respiro y echar un sueño para ponerse en camino después. Dos meses caminando por los Alpes proporciona esa clase de placer cuando estás en forma. Mirar atrás desde que comenzaste a caminar con el alba hace que surja de ti una suerte de delicioso placer. Ahora, cuando no estas preparado el cansancio es feo y un tanto desagradable.
Desde el Gólgota todavía caminé una hora y media. Encontré el lugar ideal en un collado herboso donde pastaban unos caballos. Hacía sol y era muy agradable dar cuenta de la cena tumbado sobre el césped, así hasta que de repente se levantó una ventolera que me obligó a meterme en la tienda.
Ahora, media hora después, el viento ha arreciado y los prolegónenos de la tormenta se han puesto en funcionamiento. El viento vapulea la tienda y los relámpagos y los truenos preparan su puesta en escena.
Ya veremos si tenemos fiesta o no. En es ocasión yo preferiría no tenerla. Sucede que esta mañana llovió durante un rato y tuve que ponerme mi impedimento para la lluvia. Fueron quince minutos y después paró. Como podía volver a llover saqué los brazos y cabeza de la capa y me la eché sobre el cuello. Lo hago siempre así. La capa queda cubriendo el macuto, el resto lo remeto entre la espalda y la mochila y andando. Pero en esta ocasión no debí hacer bien las cosas porque en determinado momento fui a comprobar que la capa de agua estaba en su sitio y zas, la capa había desaparecido, se había esfumado. Hice el camino de vuelta durante algún rato, pero en un alto desde el que se divisaba bien el camino dejado atrás me di por vencido: había perdido mi equipo de agua. Ufff... pensar caminar por el Pirineo sin un buena equipo de agua me parece imposible. De momento, y mientras no me tropiece con una negocio donde adquirir otro, la solución que he pensado es dejar a mano el doble techo de la tienda para cubrir el macuto en caso de lluvia; así que de momento apañado. Ahora, si le da por descargar a la tormenta mi gozo en un pozo, la cosa no va a estar guapa porque me dejara empapado el doble techo de la tienda. Buaa,  veremos.

Otegi


Gîte d'étape Trapéro Baïta, d'Olhette, Pirineo Francés, 14 de agosto de 2016
En realidad de lo que parece que se trata es de ejercer tus facultades, ponerlas en movimiento y crear algo con ellas en lugar de vivir un adormilamiento físico y mental de comodidad. Acción, mu capitán.
Cuando andamos por montaña siempre llevamos mejor la cuesta abajo que la cuesta arriba, cuando es precisamente la cuesta arriba la que pone más aprueba nuestras facultades. En el momento que nos descuidamos tiramos por el camino más cómodo. Mientras el cuerpo tiende a la comida y el relajo, nuestra pereza, siempre  viva para comernos hasta los higadillos si nos descuidamos, a la voluntad parece que le deba corresponder vigilar, no vaya a ser que se nos pase el verano refugiados bajo el chorro de aire del ventilador.
En esto iba pensando mientras adaptaba mis piernas a las primeras cuestas del dia, mientras el amanecer se desleía en un típica jornada de verano, corriente, sin llamar la atención. Después mis pensamientos cambiaron de rumbo y se me fueron a una noticia de actualidad relacionada con el País Vasco que atravesaba ayer mismo. Se trataba de Otegi y las razones que da el PP para deshabilitarlo políticamente. Esa gente de la derecha que se hace tan escrupulosa ante los hechos de ETA y no pasa momento ni día en que trate de estigmatizar todo lo que se relacioné o haya tenido que ver con ella es una gente muy desmemoriada y sumamente hipócrita. Ellos, los que derrocaron un régimen democrático erigido por las urnas y crearon una guerra para masacrar a todos los demócratas del país, que fueron responsables de la muerte de medio millón de españoles, ellos que siguen poniendo todas las trabas del mundo para aclarar más de un centenar de asesinatos cometidos por el régimen franquista, pretenden hacer un escándalo de la nóminacion de Otegi como candidato a lendakari. Las dos España omnipresentes de siempre y sin posibilidades de reconciliación porque no habrá reconciliación mientras está ominosa derecha no reconozca sus pecados y se apreste a una respetuosa convivencia.
La musicalidad del francés flota como un agradable runrún de fondo durante la cena. Estoy en la gite d'etapa Trapero Baita, en Olhette, compartiendo mesa con un grupo de franceses que charlan apaciblemente mientras degustan la cena y el consabido queso antes de los postres. Le bien fair, le bien vibre, que fueron instaurando en estas tierras durante siglos, asoman por todos los lados nada más traspasar la frontera. Comprendo sólo muy por encima pero me gusta, recolecto palabras aisladas que aprendí en los tiempos del bachillerato, como quien sigue el fluir de una sonatina.
Estoy cansado, el cansancio propio de la falta de entrenamiento, de dos o tres meses sin caminar. Después de comer en un chiringuito que me encontré en el camino tuve una larga siesta de la que me fue difícil despertar. Protegido de las moscas con mi mosquitero de campaña dormí más de dos horas sin respirar a la sombra de una enorme encina.
¿El camino? Lomas boscosas, robles, encinas, amplias laderas de helechos, hoy un camino que parece no tener ninguna prisa en desplazarse hacia el este, que se recrea entre las montañas, baja, sube, retrocede hacia occidente, camina hacia el norte o hacia el sur siguiendo el capricho de las ondulaciones del terreno. El tiempo no existe, me parece estar dando vueltas todo el día en torno a un monte en cuya cumbre han plantado un pirulí parecido al de la cumbre de Guarramas, en Navacerrada. 
Después de cenar no tardé mucho en encontrar un prado en cuyo extremo occidental cantaban las aguas de un riachuelo.

Hasta que la muerte nos separe


Madrid - Hendaya, 13 de agosto de 2016
Una vieja conseja invita a ponerse en circunstancias tales que propicien algo, algo diferente a lo que sucede en el panorama diario desdr hace semanas en mi caso, por ejemplo. La consejo avisa además de que según las circunstancias que elijas te puede caer en suerte alguna clase de emoción, sensaciones o incluso puede estimular tu hipófisis de manera conveniente. Así que voy a tratar de aplicarme el cuento dándome una vuelta por el Pirineo. Todo será que mientras me alejo de casa se le ocurra a la cigüeña personarse en casa de mi hijo Mario y su chica y tenga que regresar a casa. No sería cosa de perderse los ritos del recibimiento.
¿Que como surgió la cosa de una nueva travesía pirenaica después de dos meses de no moverme de casa? La culpa la tuvo el olor de la jara de la Pedriza que se me metió de golpe por los poros de la piel hace un par de días mientras dejaba El Tranco a mis espaldas. Me vino una buforada a monte, a tiempos pedriceros tal que enseguida me entraron ganas de emprender una larga caminata. Allí mismo, antes de perder la cobertura, llamé a Renfe y saqué un billete para Hendaya para dos días después.
Mientras tanto en la Pedriza atardecía. En el cielo bailaba una media luna y, cuando se hizo noche cerrada, tuve un bonito encuentro con el pasado. Las rituales salidas de los sábados, el descubrimiento de la verticalidad y el gozo del propio cuerpo acariciando el granito, el permanente olor de la jara en la oscuridad mientras subíamos a vivaquear al Tolmo, tantas pequeñas aventuras que brotaron al final de la adolescencia como una flor ansiosa de abrirse a la vida. Caminar en la oscuridad propicia los reencuentros con uno mismo, fue sencillo volver a sentir el viejo gustillo de otros tiempos; ya estaban ahí los recuerdos de casi medio siglo atrás y la sensación de estar en compañía de un viejo amigo, estos riscos, estas montañas, a los que le han crecido un verdadero bosque en su seno mientras tanto. En un año de viajar por el mundo ¿cuántos lugares tan bellos como la Pedriza habré visto?, me pregunto. Ninguno, me contesto, aunque consciente de que mi cariño por este lugar del mundo es muy semejante al que se tiene por una amante, o más, seguramente, ya que las amantes vienen y se van mientras que esta tierra de grandes monolitos sigue ahí, fiel, como amante a prueba de bombas; hasta que la muerte nos separe, que diría aquel.
Llegué a medianoche al collado de la Dehesilla, un lugar muy apropiado para contemplar un cielo estrellado que prometía ser espectáculo de estrellas fugaces esa noche. Pero no llegué a ver ni una, me quedé frito nada más meterme en el saco. Eso sí, abrigado por el gustillo de la soledad y los recuerdos. Quien ha tenido la suerte de descubrir temprano el sabor de las cosas sencillas, dormir la raso donde te pilla la noche o disfrutar del duro suelo de los prados y las cumbres puede darse con un canto en los dientes porque está ya en posesión de la mitad del placer que puede arrancarle a la vida.
No mucho más. A la mañana siguiente desayuné en Casa Julián después de un temprano paseo hasta las praderas del Yelmo. Estuvo realmente bonita la mañana. Tenía el tiempo justo para dejar arregladas algunas cosas en casa y preparar el macuto; además ya había empezado a hacer demasiado calor, así que no demoré mi vuelta a casa.
El fin de la tarde de hoy me pilla sobre un prado a una decena de kilómetros de Hendaya. Sigo las líneas rojoblancas, de momento, del GR-10 francés. Lo que decía al principio, ver qué me depara esta vertebral del Pirineo que ya recorrí entera unas cuantas veces.
A ver qué me trae el camino. 

En el volcán Cawah Ijen, Java

En el volcán Cawah Ijen, Java, Indonesia, 12 de enero de 2016

Se parecía a una de mis habituales noches de caminar en la oscuridad para llegar a alguna cumbre al amanecer, se parecía, pero no era lo mismo, la acumulación de gente, y cuando se camina de noche tres son multitud, un nutrido grupo de gente procedente de todo el mundo, apaga los ruidos de la noche y espanta a los enanitos o cualseanse los seres oníricos que pueblan los montes o las fauces de los volcanes, aunque aun así no habría sido difícil que apareciera por allí Belcebú, tan endemoniadamente olía a azufre por los alrededores. De haber subido solo las laderas del volcán seguro que me había montado una película de miedo con aquella escenografía de humos y llamas que envolvía la profundidad del cráter. Pero no había manera, una veintena de bullangueros madrugadores impedían imaginarse tras las rendijas de la noche un infierno siquiera como el de Wody Allen en Todo lo que tenías que saber sobre el sexo. Cuán gritan esos malditos, leche. Demasiado ruido en aquella plena oscuridad, incluido el mercadeo del alquiler de máscaras de gas, que no sabíamos si era una de tantas cosas que venden en este país, poco les falta para vender el puro aire, o si iban de coña y nos tomaban el pelo, pero que dada la situación, el humo que inundaba el interior del cráter, las llamas azules del fondo, mejor era alquilarlarla, a fin de cuenta cinco euritos podían hacernos un buen apaño allá abajo. No era cosa de bajar a los infiernos a pelo, y menos sin una atractiva compañía como la de un Virgilio, como le sucediera a Dante en la Divina Comedia cuando descendiera a los infiernos.

Ahora mejor comenzar por el principio. La primera sorpresa nada más bajarnos del coche poco antes de las dos de la mañan fue encontrarnos un cielo estrellado como no lo habíamos visto en mucho tiempo. Las constelaciones estaban algo descolocadas como consecuencia de nuestro desplazamiento al sur del planeta, pero totalmente reconocibles. Orión brillaba intensísimo, pero en vez de estar en posición erguida como debe estarlo cualquier cazador de arco que se preste, se encontraba tumbado como una parturienta a punto de parir, el carcaj apuntaba al cielo como una picha en erección y uno de los canes había desaparecido bajo el horizonte. Aldebarán en el lado opuesto ocupaba el frente del camino, mientras que la Osa Mayor, también un tanto vagoneta ella, se encontraba repantigada sobre el horizonte como sumida en un profundo sueño. En la oscuridad se nos había presentado “el guía”, que respondía al nombre de Alí. No se veía ni pijo así que no llegamos a ver su rostro. No le volveríamos a “ver” hasta un par de horas después, un rato que se ocupó personalmente de nosotros llamándonos papi y mami, cuando ya descendíamos al fondo del cráter. Nada más comenzar a caminar aparecíamos como un grupo coherente subiendo unos junto a otros como escolares de excursión cogiditos de la mano, pero aquello no duró más de un cuarto de hora, entre los que se quedaban atrás, los que se paraban a fumar y los que subían como quien se come el mundo, pero que minutos después te volvías a encontrar echando el bofe, terminamos entendiendo que mejor nos mimetizábamos en la noche y subíamos por nuestra cuenta lo más alejados posible del cotarro en que nos habíamos vistos obligados a insertarnos. 

La noche estaba cojonudamente bonita, un cielo de cuento por arriba y, por abajo, un mar de estrellas que se extendían hasta el océano, todas las luces de los pueblos de los alrededores sembrando el llano que poco a poco fue alejándose mientras nosotros ganábamos altura. Algo parecido a cuando subes a la Maliciosa o la Peñota de noche para ver amanecer en la cumbre. Magnifico silencio, magnífica oscuridad que, subiendo por un camino de lava negra, acrecentaba una extraña sensación de estar ascendiendo por medio de una nada de brea. Porque sí, la linterna, salvo raras excepciones, estaba totalmente prohibida. Cosa de jugar a darse un porrazo de muerte y de romperse los dientes contra una roca, pero es que uno es así de gilipollas, le gusta estar continuamente a punto de pegarse un gran porrazo o caer rodando por el abismo. ¡Pobre Victoria!, cuánto tiene que aguantar las excentricidades de este lunático. 
Bueno, pues el lunático y la hortelana, y pese a la oscuridad de betún, superaron los casi ochocientos metros de desnivel que les separaba del labio del cráter en un periquete.  En este tipo de excursiones nunca puedes estar seguro de qué quieren hacer contigo, dónde pretenden llevarte o cómo coño se va a desarrollar la jornada. Así que bajamos unos pocos metros por la otra ladera, donde había alguna gente del país y miramos. El panorama: Todo tan oscuro como dos horas atrás, bajo nosotros, en lo hondo, lucecitas que se movían como en un belén navideño, más allá, llamas azules y verdes y sobre todo una espesa humareda que subía hacia el cielo. No sabíamos cómo continuaba la película, pero aquello imponía un poco porque la pendiente era respetable. Nos iríamos enterando poco a poco. Todo aquel follón de luces procedían de trabajadores que extraían grandes bloques de azufre de las profundidades; la línea de hormigas que subían hacia donde nosotros estábamos eran porteadores que cargaban el azufre para sacarlo del cráter. Después de un buen rato llegó Alí y nos indicó que deberíamos alquilar una máscara de gas, porque abajo podían ser peligrosas las emanaciones. Él no llevaba ninguna, ni tampoco los trabajadores. Se lo dije. Es que ellos estaban acostumbrados. Ya habíamos tenído la noche anterior y la mañana siguiente algún altercado a raíz del precio de las cosas con el conductor del grupo y, como no queríamos seguir dando la nota aceptamos alquilar las dichosas máscaras. Yo soy muy burro para estas cosas, a veces basta que me digan que tengo que hacer esto para que yo haga lo contrario, más o menos como contaba aquel navarrico que para meter a trescientos navarricos en un seiscientos lo que hacía era arengarlos diciéndoles que ni se les ocurriera meterse allí, que el espacio no era suficiente; lo que provocaba que el seiscientos estuviera al completo con los trescientos en un santiamén. Mami, papi, everything okay?, decía Alí de tanto en tanto en las revueltas de un estrecho sendero que descendía a pico en la oscuridad. Al poco empezamos a cruzarnos con los porteadores del azufre que subían cargando sobre las espaldas dos grandes cestos unidos por una ancha plancha de bambú. Esas eran las luciérnagas. 

El paisaje era un tanto dantesco, uno podía imaginarse cualquier cosa allí en lo hondo; esas llamas azules en mitad de la noche llamaban especialmente la atención. Más adelante cada poco teníamos que echarnos a un lado para dejar pasar a algunos de los porteadores que subían con cara de extenuación por las revueltas del camino. Tras un descenso de algo más de doscientos metros de desnivel el camino se remansó junto a una inmensa columna de humo. ¡Quién sabe a estas alturas dónde andaba nuestro guía! Se había esfumado. Decidimos explorar los alrededores de la columna de humo y echamos manos a las mascarillas de gas. Aquello realmente era espectacular pero nada agradable; atravesamos unos tablones que salvaban un río y en la otra parte intentamos acercanos a unas rocas tras las cuales parecían centellear las llamas azules. Una primera bocanada de humo, puro azufre, nos dio de golpe en el rostro y nos hizo entornar los ojos que acusaron el escozor de las emanaciones del ácido. No nos atrevimos a ir mucho más allá. Dos o tres operarios se ocupaban en las cercanías de romper con una maza en pedazos grandes rocas de azufre mientras tosían alarmantemente: no llevaban ningún tipo de mascarilla, uno se tapaba la boca con un pañuelo. En el camino de regreso  Victoria hablaría con uno de ellos, que se había parado junto al camino a aliviar su tos, y al preguntarle por la razón de no llevar mascarilla, la sencilla respuesta que dio es que si quería mascarilla tenía que comprársela y que no tenía dinero para ella. El trabajo de esta gente es subir haciendo viajes de cuarenta kilos o vaya usted a saber cuántos, aquello yo no era capaz de moverlo, hasta el labio del cráter para después, con unos pequeños carritos, bajar los ochocientos metros de desnivel hasta la entrada al parque. Eso es todo, llegar abajo, descargar las rocas y volver a subir los ochocientos metros, dejar el carrito, descender hasta el fondo del cráter, cargar otros cuarenta o cincuenta kilos, volver a subir los doscientos cincuenta metros de desnivel, bajar ochocientos con todas las rocas y tras un corto descanso vuelta a empezar. Por un sueldo de... ni idea, pero que no da para comprarse unas sencillas mascarillas de gas. ¡Joder!, lo dura que es la vida de cierta gente. 
Según fue avanzando la madrugada, ya con una línea crecida de luz sobre el borde del cráter, el espectáculo se fue haciendo más intenso. Subimos hacia una prominencia tras la cual la humareda era intensa y donde veíamos algún grupo de gente. Amanecía desganadamente cuando nos asomamos al promontorio. El espectáculo era totalmente nuevo para nosotros, lo más cercano que conocimos habían sido las fumarolas del desierto de Atacama,  a más de cuatro mil metros, una madrugada de muchos grados bajo cero, que paseamos por un valle en donde los géiseres aparecían por aquí y por allá formando una superficie lunar de pequeños pocillos donde el agua hervía y dejaba a su alrededor formas aleatorias de sales que podrían haber creado algún bello cuadro de Zóbel, por ejemplo. El color verde amarillento de las grandes rocas de donde se elevaba la masa de humo era de una belleza extraordinaria que mi cámara, sorprendida y deslumbrada por la excepcionalidad de la situación y las sutilezas de los tonos, no fue capaz de recoger. Quien mire las fotos que piense que todo era mucho más hermoso que los pixeles de mi Nikon pudieron plasmar. Aunque me peleé por un rato con los factores de la temperatura de color, fue imposible.

Las moles de verde fosforito humeantes hacían señales a mi cámara y cuando ésta ajustaba la exposición y el zoom, aquellas se reían de ella y sólo dejaban en el fondo de mi máquina un lejano destello de este somnoliento volcán, que pese a su actividad, parece roncar desde hace siglos, convertido así de gran y terrorífico señor de los infiernos a ser un pequeño pasatiempo de viajeros y un generoso abuelete que da de comer a unas cuantas familias de los alrededores que se dedican a rascarle la tripa sacándole las costras de su antiguo calor ahora convertidas en azufre. 

También encontraríamos más arriba, ahora con el sol dorando las cosas del mundo, bellos planos de colores esparcidos por las laderas, primero en nuestros ascenso, después durante el largo y tranquilo descenso por las laderas del volcán ahora dorado por la luz ambarina de las primeras luces de la mañana.