Amor de madre



Fotografía de Mario de la Madrid

Alvorge, 19 de febrero de 2018
Etapa Alvaiazere - Alvorge

Esta mañana camino arrebujado en mi ropa de abrigo mirando el paisaje como quien viera la fría mañana desde el interior de una cálida cabaña. Camino tranquilo sin la premura de un lejano fin de etapa que deberé alcanzar a la tarde siempre, hasta ahora, con el cuerpo un poco tocado. Hoy espero terminar a la hora de la comida. No obstante sueño con ese momento en que caminar horas y horas no sea convierta al final del día en un pequeño suplicio, esa preparación física en que los kilómetros no se notan y los bosques y los senderos pasan por uno como una caricia, tranquilos, dialogantes, propicios para la contemplación y el demorar la mirada en los pequeños detalles de la ruta. Una ruta que precisamente hoy se hizo más bonita que de costumbre con estrechos senderos que se alejaban de las carreteras introduciendo al peregrino en esos parajes de encanto que desearía para todo el camino: sendas serpenteantes, brezos en flor, añosos olivos con sus troncos cubiertos de barbas de viejo, viejas casas abandonadas cuyos muros, vestidos con la pátina verde de los musgos, apenas tienen fuerza ya para sostener el tejado, antiguas granjas comidas por las zarzas y la maleza; esos fragmentos del mundo rural al que la vegetación y el olvido va cubriendo con la belleza noble de un mundo muerto que resucita en el tiempo para gozo del caminante.



En algún momento el ruido de una motosierra cercana evoca en el peregrino los tiempos de un otoño en que había tomado posesión de su puesto de maestro en una pequeña aldea de las riberas del río Narcea. Los primeros fríos y la necesidad inaplazable de acumular leña para un largo y lluvioso invierno. Las idas y venidas al bosque a recoger leña. Una mañana, como cazadores furtivos, adentrados en el hayedo que llevaba a Monasterio de Hermo, cargados yo y Luis, alias Primavera, nuestro vecino y amigo, con una motosierra seleccionando algunas grandes hayas. El runrún de la sierra, a punto ya de desplomarse aquel gigante lleno de vida, el grito salvaje de su expiación en el incierto momento de dar su adiós, ese doloso desgarrarse al que seguía el estrépito horrísono de la inerte caída del árbol arrastrando tras de sí pequeños arbolitos y arbustos hasta dar con su entero cuerpo en el suelo. Luis y su memoria me acompañan esta mañana. Su generosa acogida, junto a su mujer Nieves, llenan mi alma de agradecimiento por aquella familia que más de cuarenta años atrás acogía a una joven pareja de maestros en un mundo rural cerrado en donde no era fácil abrirse paso.


La familia Primavera: Nieves, Luis, Josín y Toño

Y más allá unos narcisos que asoman por la valla de un jardín me sugieren el recuerdo de lo míos frente a mi cabaña a punto de despuntar cuando salí rumbo a Lisboa. Los narcisos que mis primeros años de Pedriza recolectaba en primavera después de nuestras escaladas para ofrecérselos a mi madre por la paciencia que gastaba con un hijo de aficiones “tan raras” y que tan de cabeza le traían. Ella siempre esperándome pacientemente tejiendo sentada en una silla de enea cuando mi vuelta de Galayos o Gredos se demoraba a hasta las tantas de la madrugada.



Retomo y termino esta mañana un libro que había dejado a medias, se trata de El aroma del tiempo, de Byung-Chul Nan. Y nada más empezar la lectura irrumpe en sus páginas, como tantas veces con el ímpetu de aquel libro de siempre, Así hablaba Zaratustra, Nietzsche: “Todos vosotros que amáis el trabajo salvaje y lo rápido, nuevo, extraño os soportáis mal a vosotros mismos, vuestra diligencia es huida y voluntad de olvidarse a sí mismo”. Entiendo mejor desde que camino tantas horas pateando cualquier sendero del mundo esa fuerza que desde la filosofía intenta alejarnos de una actividad sin freno en donde es difícil encontrarse a sí mismo. Hoy busco la compañía de las ideas que me invitan a la contemplación, “La vida contemplativa presenta un modo de vida que hace perfectos a los hombres” escribe Tomás de Aquino, «In vita contemplativa quaeritur contemplatio veritatis inquantum est perfectio hominis.» Cuando se pierde todo momento contemplativo, la vida queda reducida al trabajo, a un mero oficio. El detenimiento contemplativo interrumpe cualquier tiempo que sea trabajo. Leo regularmente algún libro de Byung-Chul Nan, porque, aunque a veces me cuesta mucho seguirle, su brillante análisis de la realidad de nuestras ideas siempre es un acicate para no perderse en este controvertido mundo nuestro. También me sucede con el reciente fallecido Zygmunt Bauman. Nuestro mundo se hace tan complejo, y las trampas son tan numerosas, que no está de más, como quien de báculo se sirve, echar un vistazo a los libros de quienes con su trabajo rastrean y desgajan la realidad.



Mientras como en un bar de Alvorge, mi fin de etapa, miro una telenovela en portugués y pienso que está bien esto del mundo de los hombres y de las mujeres, especímenes ambos pobladores de este mundo en que vivimos, donde unos y otras se encuentran y se desencuentran, se buscan, se odian, se aman o sufren la indiferencia del otro. El conmovedor mundo de hombres y mujeres intentando saber del otro, comprender, siempre como si uno y otro pertenecieran a planetas diferentes aunque viviendo puerta con puerta.

Es el primer día de mi recorrido que saboreo una cerveza, no el primer momento en que me tomo una cerveza. El razonable cansancio, la falta de esa pizca de agobio que empaña el momento del placer de gustar unos sorbos lo hacen posible.


“En este pueblo no hay restaurante, no hay apenas nada, escribo en un whatsapp a mi familia, sólo un bar, pero tienen un queso de cabra que el dueño elogia: lo hace un cabrero que tiene su rebaño a tres kilómetros del pueblo. Exquisito el queso, exquisita la cerveza al fin de mí jornada”. Y ello me lleva a hablar de mi hijo Mario que días atrás, como amante que recuerda los principios de un viejo flechazo amoroso,  hacía memoria de sus primeros días con rebaño propio con un “Amor de madre, el día en que la Sierra parió a la Loma, hace ya 9 años. Venía siendo la tercera generación de la primera cabra que vi nacer. Hoy son 98 tratando de recuperar el carácter de nuestra querida Sierra Norte de Madrid, la también llamada Sierra Pobre. Comparte nuestra historia, comparte la historia de nuestros abuelos, comparte la recuperación de los oficios, las mañas y los cantares, que en los pueblos aún se escucha eso de "todo vuelve". ¿Quien dijo que porque hayan cambiado las cosas en poco tiempo han de mantenerse en la eternidad? ¿Acaso no siguen las flores funcionando?, ¿el viento soplando?, ¿la luna asombrando?”.

Y como mi hijo contestara en el WhatsApp de la familia con un “qué gusto papa, qué bien te lo montas” seguí escribiéndoles: “... Lo que inevitablemente me va a llevar hoy a hablar en mi post de mi hijo el cabrero y de aquellos flechazos de su enamoramiento de todo ese regimiento de cabras que desde el mismo principio, sin necesidad de pasar por el registro civil, tuvieron su nombre como si de hijos e hijas del cabrero se tratara". Esta mañana, les decía a mis hijos, “pensaba en lo imposible que puede ser que me podáis leer siquiera en un momento de imprecisa iluminación, debido especialmente a lo prolífico de mi escritura, solamente mi blog de los Caminos se acerca ya al millón de palabras, y se me antojaba que han sido tantos, tantos los momentos en que he compartido trozos de vida, que siendo vuestra es mía, por aquí y por allí, que nunca en esta vida ni en otras será posible saber en profundidad lo que unos y otros gustamos del aroma de nuestras propias querencias comunes”.

La lejanía siempre acerca y es que hoy, en este tan caminar en solitario, me siento especialmente cerca de mis hijos, los chicos, chicas de mis hijos, mis nietos, mi chica la hortelana, tanto que no he podido resistir la tentación de mandarles la tarjeta postal de mi post vía Internet.

La jornada de hoy ha sido todo lo larga que deberían ser estas etapas, apenas 23 kilómetros, jornada para caminar, leer, escribir, disfrutar del camino, comer, charlar un poco con la gente y hasta dormir un poco la siesta.



Referencias:
La quesería de mi hijo en Valdemanco (Madrid):
El Cancho de las Pilatas (Ganadería-Carnicería-Quesería).
Productos ecológicos de la Sierra Norte de Madrid.


Otras publicaciones del autor:
http://albertodelamadrid.es










¡No disparen! ¡Peregrino en el camino! ¡No disparen!


 

Alvaiazere, 18 de febrero de 2018 
Etapa Tomar – Alvaiazere

Los gañidos de los gatos bajo la ventana de mi habitación no me han dejado pegar ojo en toda la noche; sus ayes a caballo entre los gritos de un parto y la posibilidad de que les diera un patatús en cualquier momento traspasan mis tapones de cera sin piedad. Imposible saber cómo los cuerpos de una pareja de gatos podían resistir aquella terrible fornicia sin caer exhaustos. De momento la cosa parecía remitir, se producía un breve silencio, o acaso yo me dormía mientras tanto creyendo estar despierto, pero momentos después ya estaban los mininos otra vez en pleno apogeo. Ni los camellos en pleno desierto mauritano, que también son muy escandalosos y gañen dulcemente aunque con voz de barítono durante toda la noche, les llegaban a la altura de los zapatos a estos gatos, que ya puestos a considerarlo despacio lo mismo se trataba de una o dos docenas de ellos puestos por turnos bajo mi ventana o sobre el tejado para hacerle la puñeta al cuerpo de este cansado peregrino.

Por cierto, que en el hotel me encontré con el peregrino italiano con que había coincidido dos días atrás en la Casa de la Misericordia de Santarem, y que presentaba el aspecto tan lozano y descansado de aquellos que hacen el Camino de Santiago en taxi o autobús. Se estaba bebiendo el solito una botella de un litro de cerveza mientras en una sartén se hacían unas setas con jamón. Me elogió el lugar como un sitio turístico de primer orden, que no te puedes perder ver la Iglesia tal, el museo cual, el barrio junto al río. Parecía una guía turística. Me volvió a repetir aquello de pazzo, estás loco. Menos mal que me invitó a un vaso de cerveza.


Las calles de Tomar, bañadas en la miel de un alumbrado público que vestía todo de ámbar, bajaban hacia las aguas silenciosas del río Nabao. Mi camino cruzaba su puente de piedra y después atravesaba por calles anchas buscando la salida de la ciudad. Un ruiseñor cantaba sus romazas de amor solitario en las ramas de un plátano. Más arriba una pareja, él en manga corta con un frío que pelaba, apoyada la frente en un gesto de dolor, dolor del alma,  contra la fachada de una casa, ella poniéndole cariñosamente a su espalda la mano sobre el hombro y susurrando palabras de sosiego. Estampa para conmover ya tan temprano al peregrino que opinó siempre que sólo hay en la vida un puñado de cosas importantes capaces de conmovernos. Les dejé a mí espalda recordando a una mujer joven que un día lloraba sola amargamente en un rincón del autobús que nos llevaba del aeropuerto de Praga a la ciudad. Esos males del corazón que algún día abruman a cualquier hijo de vecino, un naufragio amoroso, un fallecimiento, la enfermedad grave de un hijo.
En las afueras huele a las calles de los pueblos de Galicia  y Asturias de los años setenta. El olor del carbón, con que se preparaba el desayuno, subiendo por las chimeneas y derramándose por tejados y calles. Una línea de tenue luz se levantaba tímida sobre el horizonte de levante. Los gallos, el golpetear de mis botas sobre la calzada, el rumor del río bajo las arcadas de un puente. Todas esas cosas había en la noche en el primer tramo de mi jornada de hoy. Más adelante estará el campo poco a poco aclarando entre las hileras de los álamos, los bosquecillos de encinas, de nuevo el río a mi izquierda todavía oscuro y adusto acompañado por el canto multitudinario de los pájaros.
Pero algo turbó la paz de la mañana poco más adelante. Metido en un apretado de encinas y carrascas empecé a oír tiros de escopeta no demasiado lejanos. Se distinguían malamente, todavía en la semioscuridad, las formas del mundo. Recordé enseguida mi paso por la sierra de Grazalema un año que hacia el GR-7. Una hora parecida a ésta en que el eco de los disparos retumbaba por un intrincado bosque. Creo que no se puede disparar una escopeta antes de la salida del sol; pero era lo mismo, entonces los montes los cubría además una ligera niebla. Los cazadores son una especie muy particular. En las cercanías de mí casa hay que llamar a la guardia civil para que les explique que tienen que respetar las horas y las distancias.
Aquí los tiros empezaron a sonar cada vez más. Realmente no sabía bien qué hacer. Días atrás habíamos subido al pico de la Miel en La Cabrera y unos compañeros que bajaban por la ruta norte se habían tropezado también con los disparos y con un gran rastro de sangre, probablemente de algún jabalí herido. El bosque no tenía más senda que la que yo recorría y era bastante impenetrable. Empecé a gritar a espacios regulares. ¡Atención peregrino! ¡No disparen! Pero mis pasos me llevaban cara vez más cerca del retumbar de los tiros. Ya no pude parar, chilaba de continuo: ¡Peregrino, no disparen! ¡Peregrino en el camino! Cuando oí voces ya no paré con mis gritos de advertencia. No podía hacer otra cosa. Joder, si se les escapa un tiro y confunden mi trasero con el culo de un jabalí. Eso si no se escapa uno de verdad y me deja frito en mitad del camino.
Al fin, tras una curva, descubro varios todoterrenos aparcados en un claro. A cien metros a la derecha por fin diviso a un cazador. Imposible entenderse. Me resigno, me digo: paciencia, cosas del camino. En casa, que acostumbraba a caminar al final de la noche, tenía problemas similares. Nunca pensé que a las cinco y media de la mañana en invierno me iba a encontrar a alguien por ahí. Pues si, una madrugada caminaba a esa hora cuando de repente apareció detrás de mí un coche. Era un vecino que conocía. Llevaban varias semanas persiguiendo a una zorra que se comía los huevos de las perdices y cada mañana embozados en la oscuridad esperaban durante horas a que apareciera por alguno de los escondrijos que ya conocían. No volví a caminar tranquilo por la zona. Cada vez que me acercaba al lugar tenía que liarme a gritos para hacer palpable mi presencia.
Un poco antes de entrar en Casais me tropiezo con un joven peregrino de aspecto confuso y desaliñado cargado con un macuto que parece un colgadero de la ropa. Camina en dirección opuesta a la mía. Es polaco. Quiero entenderle que ha estado en Fátima y que va hacia Santiago. Le digo que camina en dirección opuesta, pero parece no entender. Nos despedimos. Más adelante encuentro un pequeño bar donde paro a descansar y a tomar un café con leche. De vuelta al camino hace un agradable sol de invierno. Es domingo, las campanas de la iglesia tocan a misa.
Media hora más tarde, en una curva del sendero, vuelvo a encontrarme otra vez de frente al peregrino polaco, esta vez sin mochila. Su gesto es ofuscado y amenazante. Me pregunta de inmediato si he visto su cartera, My wallet, my wallet, repite como un disco rallado. Observo enseguida que en lleva una navaja en su mano derecha. Cuando le digo que no la he visto, me increpa y hace señas de querer ver lo que llevo en los bolsillos. Le miro como quien mira a un loco o a un asaltante de caminos. Entonces señalo su mano derecha y la navaja pero no me escucha. Cojo inmediatamente el teléfono y le increpo: si no te vas inmediatamente lejos de aquí llamo a la policía. El nombrar a la policía dio resultado. Se alejó carretera arriba mirando aquí y allá entre las hierbas del arcén. No estaba seguro de dónde colocar a este individuo, asaltante de caminos, peregrino sin fondos que realmente ha perdido su poco dinero y su documentación. Lo que más llamaba mi atención era esa navaja en su mano derecha. ¿Qué pretendía hacer con ella? En las afueras de Ronda, haciendo el GR-7 se abalanzó uno sobre mí con un destornillador en la mano dispuesto a enterrarlo en mi tripa. Necesitaba dinero a toda costa. Cuando terminé convenciéndole de que no iba a sacar dinero de mí y de que estaba haciendo una tontería, se me puso a pensar llorar contándome un melodrama con su mujer. Me dio tanta pena que termine dándole 20 euros.
No las tenía todas conmigo, de todos modos era un lugar solitario y cualquier loco puede hacer una tontería. De vez en cuando me daba la vuelta para ver si no me seguía. Terminé buscando el teléfono de la Policía más cercana y dejando redactado en portugués un mensaje de auxilio por si acaso.
Ahora, descansando en un pequeño collado rodeado de encinas, eucaliptos y pinos, bebo largos sorbos de leche y leo el email que me llegó esta mañana de mi amiga desconocida que me cuenta su experiencia con una mujer de Munich en una estación en la que frente a ellas había estacionado un tren que transportaba ganado. Hace 40 años, le decía la señora, corría por entonces el año 83, viví esta misma situación, pero entonces a través de la ventanilla se veían caras aterrorizadas. Nuria le preguntó si no se había planteado nada y si realmente no sabían lo que ocurría. Le dijo lo que era de esperar, que no habían querido saber nada.

Me amiga desconocida me dice que en realidad ella no es de Levante ni de Valencia, quizás le pase lo que al personaje de Luís Sepúlveda en Patagonia, que afirmaba que uno es de donde está a gusto. Además, le contesté, que de alguna manera la tendré que llamar y ubicar. Le decía que mis nulos conocimientos sobre su persona, por algo es mi amiga desconocida, me obligan a un ejercicio funambulesco en el trato que acaso no esté exento de una agradable diversión.

Carlos Fuentes, le añadía, en Los años con Laura Díaz, hace un excelente ejercicio en torno a este tema; ese misterio que Laura Díaz cuida con tanto mimo respecto a su persona hasta más allá de la mitad de la novela es seguramente el principal aliciente de la historia. El misterio sobre ella se convierte en el epicentro del relato. No hay que matar la curiosidad de nuestra innata humanidad.


Estaba incorporándome para continuar mi camino cuando, date, tras el rasante de tierra vi aparecer al peregrino polaco, serio y como circunstanciado. ¿Has encontrado tu cartera?, le pregunté. Su respuesta fue un seco sí, que no trató de endulzar con una sonrisa de disculpa. Espero no volver a encontrármelo en el camino.
Me decía ayer Paco, el amigo de Hoyos del Espino, a raíz de este cansancio que me obliga a parar con más frecuencia de lo que yo quisiera, que Carlos Soria le había comentado alguna vez que a esta edad no se puede dejar de entrenar ni un solo día si uno quiere conservarse en forma. Todos, todos los días, insistía Carlos. Olé por Carlos. Yo no soy tan constante, de ahí que ahora pague muy caras estas últimas etapas de más de treinta kilómetros. Por cierto, que Paco me dice también que en estos días vuela con su compañera Teresa a Islandia para ver la aurora boreal. Bonitos caprichos los que se pegan mis amigos.
Hoy no hay pueblo por medio donde pueda comer, así que me buscaré un prado y haré mi siesta al sol. Eso me dejará descansado para cubrir lo últimos ocho kilómetros hasta Alvaiazere.

Otras publicaciones del autor:






Rostros del camino




Asseiceira, 17 de febrero de 2018 
Etapa Golegá – Tomar
  
Me contaba ayer Manuel Coronado, mi estimado amigo trotacaminos extremeño, de sus aventuras para, en el tramo final del GR10 que termina en Lisboa y parte de Valencia, poder encontrar la ruta correcta, que en absoluto estaba señalizada. A última hora usaban el Camino de Fátima, pero como las señales iban en sentido contrario las dificultades eran a veces insuperables. Unas señales que te indican la dirección del lugar del que procedes son de bien poca utilidad. A su vez le contaba yo de mis penurias para hacer el camino Francés – Aragonés y el del norte por razones parecidas. Andar a contracorriente del normal de los mortales requiere a veces pasar por algunas contrariedades y por perder el camino con cierta frecuencia. También le ponía al día de mis penurias para comenzar precisamente ese camino en Valencia hace más de una década, un momento en que lo único de que disponía era de un GPS Garmin de la gama más baja sin soporte de mapas y que me obligaba a llevar a cuestas un buen número de mapas en papel del IGN. Hablar de las veces que me perdí por los montes de la compleja orografía de Levante me llevaría páginas relatarlo. En aquellas circunstancias sin embargo fue singularmente interesante perderse. Una tarde de mucho viento a punto de anochecer, eran los primeros días del mes de marzo, me tropecé con la choza solitaria de un ermitaño. Departimos durante horas frente al fuego de la chimenea. Era un hombre en cuyos ojos brillaba la mirada vidriada y como de otro mundo de los personajes de El Greco. Su misticismo, condimentado con grandes raciones de tantrismo, incluía la visita de dos o tres amigas que lo visitan en su cenobio regularmente y con las que una a una pasaba largas noches de arrobamiento “espiritual” en que el ejercicio de mantener a raya el orgasmo y la inmersión en el Todo representado en el cuerpo de sus compañeras constituían la máxima expresión de su misticismo. Se alimentaba de hierbas y de lo que pillaba en los montes, pero su lucidez y el buen sentido de lo que debería ser la vida eran extraordinarios.

No sería la primera vez que perderme en el monte me ha deparado alguna bonita experiencia, aunque también es verdad que mi hijos se quejaran bastante con un padre que tenía propensión a coger atajos y despistarse con excesiva facilidad.


Hoy salí más tarde, me había entretenido en la sobremesa de la cena con el dueño del restaurante y no era cosa de acortar mis horas de sueño. Me desperté gratamente sorprendido, Fernando, el dueño del albergue, que no servía desayunos, me había dejado sobre la mesa todo lo necesario para subsistir hasta después del mediodía. Me demoré y cuando salí al campo ya me encontré con el canto de los gallos y el ajetreo de los pájaros en las ramas de lo árboles. Una débil llovizna caía tranquila sobre la mañana. Me crucé con algunos aldeanos que pedaleaban adormecidos camino de la huerta o de la poda de las viñas. Las cigüeñas volaban sin prisas alrededor del campanario del primer pueblo que atravesé. Sao Caetano era un pueblecito perdido entre las lomas de una Galicia rural que yo recordaba de décadas atrás.

Mientras me tomo un café en un bar de Atalaia sigo en la televisión las imágenes que acompañan a la autora del libro Neta de um genicida (El nacimiento de un genocida), de Jennifer Teege, que descubrió a sus 38 años que era nieta de un genocida nazi comandante del   campo del concentración de Plaszow, interpretado por Ralph Fiennes en la película Steven Spielberg, La lista de Schindler, y que llegó a ser ahorcado en 1946, por crímenes de lesa humanidad. Me llama la atención la paz que se desprende del rostro de la entrevistada. No debe de ser fácil quitarse de encima el estigma que pesa sobre los familiares de los asesinos nazis. A mí, todavía, cada vez que he visitado Alemania me sobrecoge un temblor de horror. Mi reconciliación con Alemania no creo que me alcance en los años que me quedan de vida, más todavía cuando los sucesores de aquellos nazis en los años en que vivimos han tratado de ahogar a los griegos, que privados de poder gestionar las compensaciones de guerra por parte de Alemania todavía esperan que se les resarza mínimamente de los horrores que los nazis perpetraron en las personas y las tierras helenas.


La cotidianidad de la marcha está empezando a gustar este ritmo de las mañanas en los cafetines de los pueblos, el rato de escritura y conversación con algún lugareño, las cortas paradas a la vera del camino.

La novela de Antonio Lobo Antunes, escrita al modo apretado de quien automáticamente va dejando en el papel sus pensamientos, corran estos en línea recta o se muevan acá o allá del tiempo sólo siguiendo el orden improvisado del humor del autor,  y ello en la línea de una novela que escribí una década atrás, Invierno era su título; la novela de Antunes, decía, yendo de acá para allá al capricho del viento que se mueve en las cercanías de la mente del escritor, me pasea por oscuros días de la historia portuguesa, sus noches oscuras de cárceles y torturas, por amores frustrados y gestos de ternura, por dramas familiares, por el anhelo de quien sólo desea un rato de paz, el calor de unos brazos alrededor de su cuello. Leo a Antunes como quien leyera en él a Portugal y a las gentes de sus calles, sus alegrías, su dolor, la presencia siempre del color plomizo del Tajo allá como telón de fondo. El mismo telón de fondo que me viene acompañando en mi camino desde que salí de Lisboa. Parte de razón tiene Pessoa para asegurar que no es necesario viajar para conocer otras tierras y otras gentes. Mis escasos contactos a lo largo de la ruta en bares, albergues, alguna tienda, serían poca cosa para conocer el país si no fuera por Antunes y Pessoa ahora, más adelante Saramago, Eca de Queiros y acaso José Rodrigues Dos Santos.

Al mediodía como en un bar de Asseiceira. Un joven entra en el bar y da la mano con una ancha sonrisa a todos los parroquianos, incluido al peregrino. Antes lo había hecho un hombre mayor que momentos después se ha sentado a charlar con una señora en un rincón del bar. 


Ayer escribí una breve nota a Darío Rodríguez, gestor de la editorial y revista, Desnivel. De pronto, halagado por lo piropos de alguna peregrina/peregrino a estas crónicas del camino, se me ocurrió que acaso bien merecerían éstas la deferencia de ser acogidas por alguna editorial para mayor conocimiento de los amantes de los caminos y las montañas. No es que al vagabundo peregrino le importe demasiado eso de ser publicado una vez más en letra impresa, que al peregrino lo que le gusta es escribir y caminar, amén de que su pensión de maestro de escuela le da de sobra para hacer todo lo que pueda apetecer en la vida, pero… a nadie amarga que otros puedan compartir su escritura siempre y cuando las molestias no sean muchas, que ya sucedió en una ocasión que una editorial aceptara una de sus primeras novelas, pero que después marearan tanto la perdiz con el asunto que éste se juró, no digas nunca de esta agua no beberé, que no volvería jamás a asomarse a las puertas de una editorial. Así que ayer, en un arranque de comprensión sugerí a Darío Rodríguez que se diera una vuelta por mi web a ver si a él le gustaban tanto como a otros estas crónicas del camino. Espero que si éstas son publicadas alguna vez, además de por Amazon, a ninguno le suceda como a mi amiga desconocida de Valencia con la que después de haber intercambiado algunos correos y enterada a posteriori de mi autoría de setenta y tantos libros le entrara la duda de seguir escribiéndome, acaso un poco asustada por la personalidad de tan prolífico escritor. Menos mal que mi jajaja con que contesté a su misiva rompió la falsa imagen que la vox populi otorga a la autoridad de la letra impresa haciendo posible que ahora nos escribamos como buenos amigos que comparten por igual libros y caminos de nuestra tierra.


Otras publicaciones del autor:








¡Ah del castillo, abridme!




Golega, 16 de febrero de 2018 
Etapa Santarém – Golega.

Esta mañana siento extrañeza por este curioso deporte que consiste en cansarse y hacer incluso algo que no te apetece. Por ejemplo ahora mismo esto de escribir con el cuerpo cansado en un bar de un pequeño pueblo portugués. Por ejemplo esta caminata de esta mañana que vuelve a ser ejercicio de puro cansancio. Pessoa, que no creo que viviera estas cosas, seguro que me hubiera soltado ese “pazzo” que me soltó un peregrino italiano ayer en el albergue cuando le dije que había caminado treinta y tres kilómetros. Pazzo, loco de atar eso de echarse en la oscuridad de lo noche, hoy peinada y ensortijada por una espesa niebla que en cierto momento aparecía como un túnel de cuento dibujado por el haz luminoso de mi linterna. Loco, me digo a mí mismo mientras me lamo las heridas de mi cansancio. Queda muy poético cuando uno defiende que hay que superar retos y pasar por malos ratos para poder vivir pequeños estados de gracia, esa breve felicidad que proporcionan los esfuerzos del camino, o cuando se defiende que hay que superar la sequedad de la escritura escribiendo aunque cueste, por aquello de la cita de Bataille del otro día (escribir para no volverse loco), pero la realidad es que, como siempre todas las ideas están hechas de verdades a medias; como le sucede frecuentemente a nuestro estimado Pessoa, nos movemos desde las impresiones del momento, un primerísimo plano que desde luego impide ver lo que hay detrás en el espacio y en el tiempo. Le oigo tantas veces elogiar la monotonía de la vida cotidiana que casi empiezo a sospechar que lo que tenía Pessoa encima era una pereza de mil demonios. ¡Vamos, que ni un amor, ni una curiosidad más allá de la omnipresente presencia del patrón Galbes o de su compañero el contable Moreiras, sus paseos de casa al trabajo, del trabajo a casa! Exagero, claro, estaba la pasión de libros, la comunión con los autores clásicos, la exquisita sensibilidad que le llevaba a sacar tajada de todas las minucias de la vida. Él, que a los viajeros o caminantes de grandes distancias atribuía una corta imaginación porque para viajar no era necesarios moverse más allá de la mesa camilla de la propia casa donde sólo el calor del brasero le podía proporcionar el mayor de los placeres junto a su ardiente imaginación, se hubiera admirado esta mañana viéndome abrirme paso en la noche entre la niebla para dirigirme a ninguna parte. Porque a ninguna parte voy, seguro estoy de ello, aunque aparentemente me dirija a Santiago de Compostela. En fin, eso, que me admiro por el hecho de estar aquí cuando tan ricamente podría estar en mi casa junto al fuego de la chimenea.


Embozado hasta las orejas, más vale humo que escarcha hasta no saber qué tiempo hace fuera, abro la puerta del albergue, me asomo. Guau: la niebla lo invade todo. Por los alrededores rondan los fantasmas como en un castillo abandonado. Cuando voy a salir del castillo, date, la gran cancela, hecha de lanzas de acero está cerrada a cal y canto. Monjas y guardeses duermen el sueño de los justos. ¡Ah, del castillo! ¡Ah, del castillo! Nada, ni flores, todo a mi alrededor aparece envuelto en el ambiente nocturno de una película ambientada en las callejas londinenses por donde Humphrey Bogart vuelve envuelto en su gabardina después de que algún amoroso falso cliente le haya puesto un ojo a la virulé. ¡Ah, del castillo! Y ¡ay! bendita ilusión, bajo el arco apuntado de un pasillo lateral terminan apareciendo dos doncellas con sendas cofias sobre sus menudas cabezas y que como salidas de un cuadro de Vermeer atienden solícitas los deseos del peregrino de salir del castillo. El peregrino, muy agradecido por no haber tenido que velar armas hasta la salida del sol en las almenas del castillo, se despide con muito obrigado e tenha um bom dia.

Cuando salgo del bar la niebla ha remitido, la luz se ha hecho de suave plata y el paisaje se ha vestido con el suave celaje de un pintura de Rafael. ¿Quién se atrevería a decir que la constancia de los estados de ánimo es poca cosa? Que si hace un rato antes de desayunar te sentías ya derrengao sea posible que media hora después te asomes optimista al campo da fe de la liviandad de estos estados de ánimo y disposiciones. Y es que, además, el campo se pone bonito y surgen a ambos lados del camino grandes extensiones, como una alfombra que ajardinara la mañana, de jaramagos en flor que se pierden en el horizonte o que adornan aquí o allá las apretadas filas de esa soldadesca que son los viñedos a esta hora ya templados por el sol, mañanitas de niebla y tardes de paseo.


Como esto del Facebook con todo lo insano que pueda ser a veces es en esta ocasión mi única comunicación con el mundo de más allá, éste, mi camino, mi patria y mi hogar en estos días echa mano de él y en él encuentra materia con que glosar este diario de un peregrino. Hace un rato, mientras me acercaba a Pombalinho, por ejemplo, una peregrina de algún lugar de España, imagino, me invitaba a dejar mi ruta a Santiago para experimentar un bello trayecto a Fátima que partía precisamente de Santarem. Llegó tarde porque a esa hora ya había dejado yo atrás la desviación, aunque confieso que en algún momento me pasó por la cabeza la idea de acercarme a dar una vuelta a esta ciudad de los milagros. Un asunto casi de curiosidad sociológica, ya que el peregrino, que pernocta en conventos y visita los monasterios cistercienses con que se tropieza en el camino, ha de confesar, para desencanto de algunos, que es ateo desde su lejana adolescencia, cuando el uso de la razón le llevó a cuestionar toda la tostada mental que le metieron en la cabeza ocho años de escolarización en un colegio de los Salesianos. Fátima como fenómeno sociológico me habría obligado a una larga reflexión para la que ahora no estoy preparado, más ahora que me voy haciendo mayor y que siento que más allá del calor del cuerpo de una mujer no existe un paraíso más deseable. Los católicos con su eufemístico modo de complicar la vida no entendieron jamás que los únicos milagros que nos son dados a vivir son los que provienen de nuestra propia ternura, de nuestra capacidad para acurrucarnos en el regazo y sentir el pálpito de nuestro anhelo en todos lo poros de nuestro cuerpo. Bienvenidos los santos como San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús que, confundiendo el fulgor de sus neuronas con el aburrido Dios de las alturas, fueron capaces de llenar de dicha nuestra alma anhelante.

Pero este Facebook matinal también tiene sus referencias a otro tipo de poetas. Mi amiga de Mérida, que gusta las delicias de Sostiene Pereira, de Antonio Tabucchi, y que lee en portugués a este autor, cruza casi sus líneas con mi otra amiga desconocida de tierras levantinas que me cuenta a continuación su encuentro con él un aeropuerto y recuerda: “me lo encontré solo, en el café del hotel, y me invitó a compartir mesa. No recuerdo lo que hablamos. Solo recuerdo una sensibilidad y una humildad fuera de lo común y su capacidad de hacer que te sintieras bien en su presencia”. Mi amiga habla también del sorpresivo descubrimiento de T. S. Eliot, que ya me recordaba mi reciente propósito de leer su difícil Tierra baldía, un libro con el que luché muchas veces con la sensación de que nunca llegaría mi sensibilidad a captar la entera lucidez de este poeta. Ah, no sabía Pessoa, que posiblemente habría odiado las redes sociales, lo que se perdía, con este continuo aliciente de hablar y entender sobre nuestros seres queridos, no precisamente esos seres queridos de la irónica novela de Evelyn Vaugh, todos aquellos que nos han acompañado durante largos momentos de nuestra vida a través de alguna lectura.


Y bien comido y bien bebido pienso que es hora de echarme de nuevo al camino. Me quedan ocho kilómetros para dar por finalizada mi etapa, pero imagino que será un liviano caminar hasta Golega.

Por cierto, curioso que tanto Elliot como Pessoa hubieran empleado su vida en un trabajo tan oscuro, entre comillas, cómo las dependencias de una oficina.
  
Nota: el título de este post me ha planteado alguna duda porque no me cuadraba ni como interjección ni como verbo haber. Después de visitar algunos foros donde las cosas no quedaban tampoco claras me inclino por seguir la grafía de Quevedo en un famoso poema en donde se exclama: “«¡Ah de la vida!»... ¿Nadie me responde?​”. Total, pijotadas gramaticales de esas que debían de encantar a Pessoa. 


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El perfume de las cosas de la noche





Santarém, 15 de febrero de 2018 
Etapa Azambuja – Santarém
  
Definitivamente esta es mi hora; hoy las cinco y media de mañana. Ese perfume matinal que tanto lo forman los ladridos lejanos de un perro, el canto de un cárabo o esa constelación de luces del pueblo que lentamente voy dejando a mis espaldas, es un escenario que gusto con mucho placer. Ese punto de la última farola del pueblo en que la luz da lugar a la oscuridad más absoluta, al revés que en el Génesis, siempre viene revestido por un punto de misterio; el momento en que las farolas del cielo, hoy ocultas tras una masa de nubes, es un instante esperado cada mañana cuando dejo atrás el albergue. Me abro paso entonces en la oscuridad como quien penetra en la masa húmeda de la niebla. Reacio como siempre a usar linterna, me muevo por el oscuro pasillo que dejan en su interior una doble fila de olmos viejos, como lazarillo que tentara su camino con miedo a dar un tropezón y acabar con las narices en el suelo. La sonoridad de mis pasos sobre la tierra dura de la mañana aparece como un metrónomo que marcara el ritmo de mis sensaciones en el pentagrama de la hora.

A mi derecha rumorea el agua de uno de los canales que acompañan el curso del Tajo, omnipresente señor de estas tierras al que he visto ensancharse en algún lugar como un gran río africano. Hoy la noche es más noche que los días anteriores. De vez en cuando más allá aparece el brillo taciturno de un charco en donde se refleja el color mate de la noche. La pista discurre tranquila y sin prisas junto a otros canales, pasa junto a una casa de labranza. Aprovecho para sacar el librito de Khalil Gibran que empecé días atrás en casa:

“Tres perros tomaban sol y conversaban.
El primer perro dijo entre sueños:
—Es realmente maravilloso vivir en estos días en que reinan los perros. Consideren la facilidad con que viajamos bajo el mar, sobre la tierra y aun en el cielo. Y mediten por un momento sobre las invenciones creadas para el confort de los perros para nuestros ojos, oídos y narices.
Y el segundo perro habló y dijo:
—Comprendemos más el arte. Ladramos a la luna más rítmicamente que nuestros antepasados. Y cuando nos contemplamos en el agua vemos que nuestros rostros son más claros que los de ayer.
Entonces el tercero dijo:
—Pero lo que a mí más me interesa y entretiene mi mente es la tranquila comprensión existente entre los distintos estados caninos.
En ese momento vieron que el cazador de perros se acercaba.
Los tres perros se dispararon y se escabulleron calle abajo, y, mientras corrían, el tercer perro dijo:
—¡Por Dios! Corred por vuestras vidas. La civilización viene detrás de nosotros.”

Caminando todavía en la noche lejos de la civilización y a la orilla de un río que aparecía silencioso e indiferente a mi paso, no dejaba de hacerme gracia la reacción de estos perros que huían, pies para que os quiero, de la civilización que pretendía acabar con sus vidas. Tánto que debemos a la civilización y que en algún momento se vuelve contra nosotros cuando la tecnología y la ambición de unos pocos se alejan del sentido común.

Y más adelante: “Cierto día, dos hombres que se encontraron en la ruta caminaban juntos. Llegaron a un ancho río. Y uno de ellos no sabía nadar; se dijeron: nademos.  Y se zambulleron y nadaron.
Y uno de los hombres, el que siempre supo de ríos y rutas de ríos, de pronto, en el medio de la corriente, comenzó a perderse y a ser arrastrado por las impetuosas aguas; mientras, el otro, que nunca antes había nadado, cruzó el río en línea recta y se detuvo sobre un banco. Entonces, viendo a su compañero luchando aún con la corriente, se arrojó otra vez al agua y lo trajo a salvo hasta la orilla.
Y el hombre que había sido arrastrado por la corriente dijo:
—¿No habías dicho que no podías nadar? ¿Cómo es que cruzaste el río con tanta seguridad?
—Amigo —explicó el segundo hombre—, ¿ves este cinturón que me ciñe? Está lleno de monedas de oro que gané para mi esposa y mis hijos, todo un año de trabajo. Es el peso de este cinturón el que me condujo a través del río, hacia mi esposa y mis hijos. Y mi esposa y mis hijos estaban sobre mis hombros mientras yo nadaba.
Y los dos hombres continuaron su camino juntos hacia Salamis.”

Concluyendo está historia recordé a Walter Bonatti que tras una azarosa tragedia en las paredes del Mont Blanc, que duró días y donde perecieron de inanición dos alpinistas, creo, ah, mi memoria, logrando él en solitario solventar una parte importante del rescate, cuando fue preguntado de dónde había sacado la fuerza para superar tanto sufrimiento, su respuesta fue muy similar a la del personaje del cuento de Khalil Gibran: mis fuerzas salieron de la certeza de saber que en casa me estaba esperando mi amada. Bello colofón para un final de aventura del gran Bonatti.


Hoy será un día como hecho para el sufrimiento. Las piernas empezaron a dolerme muy temprano y, la espalda, que hacía tiempo que no me chillaba, se sumó muy temprano a ellas. Etapa de treinta y tres kilómetros que me ha pillado desprevenido y, me temo, muy desentrenado. Para estar en forma no basta salir esporádicamente a la montaña. Te pasas un verano subiendo y bajando montañas, tu cuerpo se pone en muy buena forma, pero cuando dejas unas semanas de moverte, adiós. Hoy la lectura no me libraba de este temprano cansancio matinal. Pessoa me decía que estaba contento porque existía, y yo sospecho que junto al Pessoa brillante de la prosa exuberante y ligera existe un Pessoa melancólico que no se libra de pasar por largos periodos de abulia. Hablaba esta mañana de la monotonía como si fuera un abrigo en que acurrucarse; la novedad le asustaba, Le dejaba el alma desprotegida: “Sabio es quien monotoniza la existencia, puesto que entonces cada pequeño incidente tiene un privilegio de maravilla. Para mi cocinero monótono, una escena de bofetadas en la calle tiene siempre algo de apocalipsis modesto. Quien no ha salido nunca de Lisboa viaja al infinito en el tranvía cuando va a Bemficay, si un día va a Cintra, siente que ha ido a Marte. El viajero que ha recorrido toda la Tierra, de cinco mil millas en adelante no encuentra novedades, porque sólo encuentra cosas nuevas”.

A estas alturas de mi lectura me asombra la capacidad de Pessoa para agarrar en ocasiones el rábano por las hojas si ello sirve a su propósito. Sí, hay una buena dosis de monotonía hoy en mi recorrido. El alto malecón, como el lomo de un burro, que recorre las orillas del Tajo en prevención de posibles inundaciones, me sirve de miradero sobre los alrededores. La mañana pasa lenta entre un libro y otro. Paro en un bar a tomarme un café, estoy en Velada, pero todavía me quedan veinte kilómetros.

Llegar llegué al Albergue da Santa Casa da Misericórdia de Santarém, pero hecho unos zorros. No podía dar un paso más. No tenía fuerzas ni para comer. Cerré la puerta de mi habitación, me tiré directamente sobre la cama, me cubrí con un par de mantas y me quedé profundamente dormido.

Dos horas duró mi siesta. Ahora apuro los últimos momentos del día con esta crónica. Escribo tumbado con el anorak puesto y cubierto por dos mantas. Hace un frío conventual en esta Santa Casa de la Misericordia.


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Carta a mi amiga desconocida





Azambuja, 14 de febrero de 2018 
Etapa entre Vila Franca de Xira y Azambuja. 

Hola, Amiga Desconocida:

Aprovecho la parada del cafetito con leche a media mañana para contestar a tu mail de ayer. Me hace reflexionar socarronamente ese "aquí yo y mi perro" que irónicamente utilizas para referirte a tantas entradas con que los usuarios del Facebook nos regalan, o incluso regalamos nosotros, a cada momento bajo el rostro que preside nuestro perfil. ¿Qué es si no, en el fondo de cada uno eso y no otra cosa lo que nos preocupa? Si a eso añades que la necesidad, imperiosa tantas veces, del reconocimiento por parte de los otros es una de las "grandes pasiones" de las que pocos pueden/podemos huir, necesitados como estamos no sólo del calor materno sino también de un entorno que nos proteja de la ventisca del exterior y cubra la necesidad de la compañía. Que la sutileza en estas cosas esté presente y que en las redes sociales no retratemos en exceso nuestro gordísimo yo es cosa de agradecer, pero un asunto en todo caso al que conviene coger con pinzas. Mi huida de las redes sociales, que desde hace tiempo sólo uso para compartir mi facundia escribidora, tiene parte de su base en los peligros que comportan esos continuos pitidos del Facebook en mi día de la intimidad cotidiana, algo que me distrae y me invita a entrar al trapo de estar en la plaza pública más de lo que deseo.

Desde que he comenzado la escritura de este tramo portugués de mi caminar cada día he comprobado que los amantes de estas tierras y sus gentes de nuestro país vecino son cantidad. Tu "¡Ay, Portugal! Su lengua, su música, su saudade…" tenía hoy la compañía de unas líneas que me llegaban de Mérida, en donde una antigua amiga decía que sigue, en sus palabras, "mi recién desasosiego por tierras portuguesas". Mi amiga, que vive puerta con puerta con las tierras lusitanas, ya indaga por como me lo monto "con sus amigos Pessoa, Saramago o Eça de Queiroz" y me invita a leer nuevos títulos, incluido el de otro amante de la literatura lusa, el italiano Antonio Tabuchi con su inolvidable Sostiene Pereira que leí con tanto gusto mientras caminaba por las Dolomitas el pasado año. Manuela, además, para más muestra de de su afecto lee a Tabuchi en portugués, algo que, oh vana ilusión, querría yo hacer cada vez que abro un libro que no está escrito en mi lengua materna. Enamorarse de la poesía y la prosa de este país hoy y, mañana, cuando te pille en otra parte del mundo leer a Rulfo si estás en México, Doña Barbara si viajas por Venezuela, Dostoievsky si atraviesas Rusia en el Transiberiano o a Jack Keruac si te diriges desde la costa este de Estados Unidos a California es una de las aficiones que he degustado con frecuencia.


En la tasca se está bien. Lo que antiguamente era la conversación de los clientes sobre el tiempo, la política o los partidos de fútbol del pasado domingo aquí se ha convertido en un tonto mirar de los aldeanos, valga la redundancia, a la teletonta. En la tele no hay nada más que anuncios, pero los cinco parroquianos del bar han puesto sus sillas frente al televisor y no le quitan ojo viendo las barbaridades que hace el último modelo de coche o lo bien que quita las manchas determinado detergente. El tedio se extiende por el mundo como una peligrosa mancha de aceite. Y no sólo a los aldeanos, que no le sucedía otra cosa a Pessoa en muchos momentos de su vida. Y ya de paso... que el Señor nos coja confesaos cuando la brisa del aburrimiento dople a babor o a estribor sobre nosotros.

Decías, contestando a esa reflexión que hacía yo el día anterior sobre los límites de una aventura que se repite, que “qué sería de nosotros si perdiéramos esa capacidad de embarcarnos en nuevas aventuras, esa dulce inconsciencia que te invita a dejarte llevar”. Pareces yo, en realidad, por mucho que nos guste nuestra pretendida exclusividad, al final terminamos pareciéndonos unos a otros sin excesivas referencias. Musil, en El hombre sin atributos (jajaja… esto de citar a autores da mucho brillo a la cosa y hacer pensar al lector despistado que quien escribe es una lumbrera cuando en realidad puede tratarse de un perfecto imbécil J. En algo hay que divertirse, ¿no?) decía que no hay más de nueve o diez tipologías humanas. Ah, las nuevas aventuras; para Don Juan un polvo a cada vuelta de la esquina, para Pessoa una nueva vuelta de tuerca más algún retruécano inventado para alguno de sus setenta y tantos heterónimos, para mí, en este momento, caminar a la espera de que “algo” suceda en el batiburrillo de mis sensaciones que me haga más bondadosa la vida, más habitable y sustanciosa.

Respecto a la escritura como terapia, totalmente de acuerdo, "Escribo para no volverme loco", escribía lúcidamente Bataille. En mi caso no he encontrado hasta ahora mejor manera de saber sobre la realidad y sobre mí mismo que intentar poner en escritura los pequeños pormenores que llegan a mi caletre. Saber de lo que somos y de lo que creemos ser, violín, flauta, clavicordio, requiere de no poca lucidez, y ya que estamos con Pessoa hasta en la sopa, oigámosle: “Mi alma es una orquesta oculta; no sé qué instrumentos tañe o rechina, cuerdas y arpas, timbales y tambores, dentro de mí. Sólo me conozco como sinfonía”. Sin lugar a dudas si Pessoa no hubiera llegado a escribir, apenas sabría de sí mismo la mitad de las cosas, aunque quién sabe lo que en su lugar habría llegado a ser, quizás un genio del arte de la contabilidad. Y la cosa viene a cuento porque mi amigo Jorge Túa, un doctor en estas cosas de la contabilidad y el entramado empresarial, escribió recientemente un artículo en una revista de la universidad sobre Pessoa  que precisamente leí esta mañana, y que Jorge, atendiendo a la escritura de Pessoa: “Dos cosas me ha proporcionado el destino: unos libros de contabilidad y el don de soñar”, glosa en un amplio artículo sobre esa faceta empresarial del autor. Y es que todo se pessoariza en este principio de mi caminar por Portugal. No dejaré nunca de estar agradecido a mi hija que en el lejano verano del 1998 me regaló este maravilloso libro del desasosiego, fuente de tantas reflexiones y cautivada prosa. Gracias, mi Gorda, por aquel agraciado regalo. 


El Sol de levante se alzaba a mi derecha más allá de las espadañas y los cañaverales. Camino, contemplo la mañana, me acerco a recoger una ramita de hinojo, la quiebro, me llevo a la nariz el perfume de sus adentros; me gusta, no dejo de hacerlo cada vez que me encuentro una de estas plantas en el camino. En tiempos, cuando teníamos huerta, las cultivábamos. En las conservas de berenjenas siempre metíamos alguna ramita de esta planta olorosa. Los kilómetros van pasando unos al lado de otros como nubes de verano flotando sobre el horizonte. La bella prosa de Antonio Lobo Antunes, en El orden natural de las cosas, me acompaña por el resto de la mañana hasta siete kilómetros antes de mi meta, en donde una ruidosa carretera hace imposible mi lectura.


“Eran las seis, escribe Pessoa en su Libro del desasosiego, se cerraba la oficina. El patrón Vasques dijo, con la antepuerta entreabierta, «Pueden salir», y lo dijo como una bendición”. Para mi hoy, no la seis, sino las cuatro, hora de encontrarme con Rita, la mujer que acoge a los peregrinos en este pueblito de Azambuja. Y si hay un poco de suerte la hora de mi siesta después de comer, después del café, después del brandy que me dejó un agradable bienestar en el cuerpo.


Llamo por teléfono. El albergue está cerrado. Me dan el número de la señora Rita, que acoge también a los peregrinos. Quedamos en media hora en la puerta de la iglesia. Llego unos minutos antes y paso a darme una vuelta por el interior de la iglesia. Nada notable. Columnas salomónicas doradas, santos y vírgenes con los ojos extraviados de la devoción, la estatutaria corriente de los pequeños pueblos diseminados por la península. . Hay una solitaria mujer de hinojos en uno de los bancos. Cuando paso por su lado, pregunta: ¿peregrino? Sí, le contesto. Estoy esperando a Rita. Asiente. Todo está en orden. Me da un tanto rubor esto de acogerme a la fe de los creyentes portando una credencial de peregrino que para mí sólo es un salvoconducto para tener un lugar donde pasar el final de la tarde y pernoctar, acaso la posibilidad de encontrar un alma gemela con quien compartir un pedazo de alma. Y estando escribiendo esto veo acercarse a una mujer mayor de negro, menuda pero resuelta. Es Rita. Me sella la credencial en la sacristía, me presenta al párroco, un hombre joven de aspecto sencillo y campechano, trepamos la cuesta arriba del pueblo y entramos en una casita, pulcra casita de pueblo con todo lo que el peregrino pueda necesitar, fruta, comida, café, infusiones, calefacción. Todo ello con la gratuidad de quien realmente da cobijo a un hermano. La vieja tradición de dar posada al peregrino conserva viva su llama en este pueblecito a caballo entre Lisboa y la milagrería de Fátima. Ahora sí, ahora ya es hora de mí siesta. Apuro mi infusión de manzanilla y fin de jornada.

Hora de terminar. Nos vemos, mi amiga desconocida…

P. D. Cuando me desperté de la siesta y me acerqué a la cocina eso de más abajo es lo que me encontré sobre la mesa. Todo estaba caliente; mi anfitriona, la señora Rita, se merece un gran pedazo de cielo para ella sola. Palabra que esto supera todas las muestras de hospitalidad que he tenido andando por el mundo. La casa, acogedora y limpia, pertenece a la parroquia del lugar. Tomad nota los que tengáis intención de hacer el Camino Portugués: señora Rita, una mujer pequeñita vestida de negro tocada con un velo, que apenas llega al metro cuarenta de estatura pero que tiene un corazón grande como una montaña.

Gracias Rita. Le dejé una nota de agradecimiento junto a la dádiva correspondiente: "Muito obrigado, Rita, você tem um coração de ouro".



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