Valle de la Barranca, Guadarrama, 30/06/2009



Usando del privilegio de las águilas
con su nido allá sobre la cumbre
donde como siempre los recuerdos eran persistentes,
habían dormido entre el raso de las estrellas
y la alfombra de las luces que sembraban el llano
hasta el horizonte donde la ciudad dormía
en su lejano silencio.
El aire era tibio
y fue agradable charlar
hasta entrada la madrugada
sobre la cumbre arriba de la Barranca.

Ahora, en la fuente de la Campanilla
agua y bronce tañían
a la hora temprana del regreso.
El gran pino de porte tortuoso y elegante
hacía tremolar su follaje
sobre el verde tapiz
donde los rumiantes dejaban sonar
sus cansinos cencerros
tolón tolón tolón
junto al guirigay de los carboneros
desperezando entre los escaramujos.
Era la hora del regreso,
arroyo abajo
entre los grandes y esbeltos pinos,
por la umbría y callada vereda.




















Junio de 2009
 Murcia-Almeria-Cazorla




Calblanque, Murcia, 16/06/2009


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Esta luz que se abre paso como un abismo
abrasando la mirada,
colinas de arena en la hora de la inquietud,
la extraña inquietud de otros cuerpos
del rayo, del mar de la noche
salmodiando miedos desconocidos
“el deseo desnudo de tus ojos”
que sabe que traigo la distancia conmigo,
que no fui hecho para la concordia
aunque sí para el amor.

El surfista solitario
cabalga en su patín
sobre las indómitas crestas blancas,
al otro lado de las elegantes dunas,
eso que será la fiebre una vez más
a la caída de la tarde.

Y por si fuera poco
no habrá tiempo para aprender
lo suficiente
antes de que seas ceniza fría
entre las manos del tiempo.
No habrá tiempo
tu cuerpo quedará temblando en el vacío
nada entre los brazos,
tan sólo la inquietud de haber amado.

¿Cuándo empezó a suceder
mirar con tanta inquietud
los bellos cuerpos
jugando con los rizos espumosos del mar?

Me di un paseo
las rocas rompieron indolentes
contra el vacío,
acaso esté llegando
el momento del infortunio definitivo,
ese maldito escepticismo
tan avalado y gris
con su olor a impotencia y a orines.





































Cabo Tiñoso, Murcia, 18/06/2009


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Por las ramblas arriba
las adelfas tapizan el valle
el romero perfuma el aire
la moscas, inevitables golosas, zumbaban
unos pocos pájaros silban entre los arbustos.
Por demás el lugar viste una lujosa soledad
barrida por la brisa,
las montañas de cabo Tiñoso
se alzan sobre el agua
cuando aún ésta dormita
en el regazo de la ensenada.
Es la hora del caminante
que baja por la senda
despertando a los guijarros
y pintando en su lienzo digital
los colores de la alborada,
para que no se le olvide que existen
mañanas así
como días al principio del mundo,
brisas que obligan a las adelfas
a hacer delicadas reverencias,
como un beso
como el temblor de una mirada
que posa levemente sobre otros ojos
que a su vez la están mirando.

Luego el camino desciende de lo alto
hasta la calma dormida del mar
y las olas despiertan
y saludan con la mano al caminante,
se alejan con un bye bye.

El caminante, el mar, la montaña
son una misma cosa,
caminan de la mano un par de horas
y luego el mar desaparece
y quedan las adelfas, el romero, las moscas.
Las nubes, elementales,
han ocultado el sol
y es placentero subir por la roca clara
con sus hoyuelos color café con leche
donde crecen pequeñas matas de romero
y estiradas adelfas carmesíes.




Esa necesidad, hitos en que apoyar el curso de la memoria; porque siendo que el vacío se lo traga todo, que quede al menos el perfume de esa mata de romero que alegró tu alma aquel día, aquella tarde en que el sol caía lentamente sobre la brasa del horizonte.



Como cada tarde
las olas vienen a mis pies con sus verdades,
hacen un pequeño ruidito,
tac tac tac tac
y se amansan sobre la arena
que escucha la monótona retahíla
mientras piensa en otra cosa,
los tiempo en que fue
alta montaña
cuando alimentaba el frondoso pino
o le cubría la húmeda hierba
de los altos prados
o acaso cuando todo a su alrededor
era silencio
y la luz llegaba aterciopelada
envuelta en húmedas y verdes estrofas,
lejanos tiempos
en que el aire era muy fino
y cada amanecer era despertarse
con las manos llenas de promesas.

Hoy subí a las montañas
para bajar después al mar
por el valle de las adelfas.
El mundo era nuevo
y la luz, que bajaba del cielo lentamente,
se fue instalando por los
rincones de los valles
mientras yo hacía el camino de los acantilados
donde minuto a minuto
despertaba el día
entre las flores y los cantos rodados.
Al fondo, en el mar,
flotaba una isla puntiaguda
a cuyos pies la mañana
hacía las abluciones de luz.

Luego hube de sortear
grandes peñascos
como gigantes decapitados
en el tumulto de una gran batalla de piedra.
Fue después cuado dejé
el mar a mis espaldas
y subí por las ramblas perfumada
por las flores,
cuando el calor
era ya un pesado fardo
que hacía penoso el camino
y el cuerpo desnudo de las montañas
había perdido su encanto
bajo el peso implacable del sol.

Y sin embargo todavía era necesario
atravesar el amplio páramo
y alcanzar las montañas
cuyas raíces se hundían abruptas en el mar,
y soportar la fatiga y el sol
hasta alcanzar de nuevo
lo alto de la sierra
donde las luces del alba
habían venido a abrir mis párpados,
arriba sobre la cumbre del cabo
donde una antigualla de otros tiempos
barrió con su fuego el horizonte marino.




















Playa de Covaticas, Murcia, 20/06/2009


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Caminar por la orilla del alba
junto al mar
y las palmeras,
junto al mar
y sus olas negras
mientras la luz
se bebe sorbito a sorbito la noche,
junto al mar
de agostados arbustos
y livianos pájaros;
antes de que el sol se haga de fuego
en la mañana del mar.












Mirador de Grima, Almería, 23/06/2009


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El sudor empezaba a humedecer mi cuerpo
cuando por encima del collado
asomó el alba,
una aguada vaporosa a medio hacer
buscaba asentar las formas
sobre el grueso papel del amanecer;
sin prisas, envuelto en la atmósfera opaca de la costa,
el sol fue poniendo perezosamente aquí y allá
pinceladas de herrumbre y ceniza,
algunos toques de ámbar
fueron cubriendo el desierto de las colinas
y las ramblas,
pintando de amarillo las flores de las chumberas.

En la cumbre el sol llegaba renuente
retenido por la bruma
que demoraba su aseo matinal
correteando entre pinos enanos
de brillantes hojas.
De la palas de los cactus pendían
delicadas gota de rocío
donde el mundo aparecía patas arriba
a punto de desplomarse sobre el suelo.



















Poblado minero El Arteal, Almería, 25/06/2009


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Sierra de Cazorla, 26/06/2009




Encogido en la urna de cristal
de extraños y exóticos sueños,
forcejeé en el líquido amniótico de la noche
para que el mundo permaneciera
oscuro y en silencio en un cinematógrafo
donde yo, protagonista y espectador,
vivía la notable intensidad de unos hechos.

Me escondí en la oscuridad
cerré con fuerza los párpados
y pasé como si no me enterara
por las puertas de un amanecer negro.
Demoré en la noche
como se demora un orgasmo
…y los sueños se producían en cascada
y llenos de plenitud.

Hasta que el sol me dio en los ojos
en un bosque que olía a romero,
y hube de incorporarme y mirar la mañana
a través de la pequeña rendija de mi ojo
picoteado infamemente por los mosquitos
… para más inri.

La escafandra y la mariposa
,
sí, mi sueño debió de hacer alguna visita
al fondo de los mares
porque me desperté con una disposición nueva:
hoy sería día de hacer nada.

Más tarde sentí una brizna de felicidad
limpiando de abrojos mis medias de montaña;
desempolvé mis botas
arreglé un boquete en el saco de dormir,
puse algo de orden en mi refugio volante.
La mañana se hizo
para el cuidado de mi cuerpo,
de mis botas,
de esos utensilios que me acompañan
en silencio, fielmente.

Y sólo bastó echarme a un lado en la cuneta
para descubrir otro mundo,
buscar una sombra, afeitarme
hidratar mi piel, tomar un descanso.
El apacible encuentro entre mis cosas y yo,
las que protegen mis pies,
me abrigan, me orientan o me alimentan.
Fue delicioso perder el tiempo en naderías.














Mayo de 2009

Galicia, de Finisterre a Vivero



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Madrid-Santiago de Compostela, 13 de mayo



El avión se eleva dejando a la izquierda una bella perspectiva de las Cuatro Torres, en una hora en que la luz es limpia y deja sobre la ciudad los tonos cálidos y desleídos de los fondos de Rafael. Minutos después volamos sobre la Pedriza y las cumbres del Guadarrama, un espectáculo matinal que me recuerda mis vivacs de la pasada semana junto al Yelmo, ahora unos miles de metros por encima de los prados y las laderas cuajadas de jara en flor, más arriba de los señoriales llantenes erguidos sobre el enorme rebaño fantasmal de los granitos de mi querida Pedriza.
La nieve cubre el espinazo de Cabeza de Hierro y Peñalara; la laguna de Los Pájaros asoma por el dintel ovalado de la ventanilla del avión. También por ahí, veo allá abajo el Reventón al norte de la laguna, anduve hace días, siempre un Guadarrama solitario y acogedor; un día de viento en que era agradable toma el sol tras una gran roca mientras oía un concierto para piano de Brahms.
Y un poco más tarde son los molinos de viento que jalonaron durante tantos días mi caminar por Galicia el pasado año. El placer de la evocación mientras el avión, dispuesto a aterrizar, hunde sus morros en un mar de niebla. Seis grados centígrados en Santiago Compostela, un poco fresco para esta mitad de mayo.