De camino a casa



Milán, 11 de agosto de 2019. 


Era temprano cuando desperté. El arroyo sonaba bronco e impetuoso, siempre igual, metido en su paciente monotonía. Me sentía como al final de un larguísimo viaje, los músculos ligeramente doloridos, el cuerpo relajado, el alma satisfecha como alguien que digiere todavía el festín de los días anteriores. Tengo que levantarme y probar si ese autobús, que aparecía en unos descoloridos horarios clavados sobre un poste de madera, y que decía salir poco antes de las ocho, es real o no. Mis ritos de todas las mañanas me llaman, pero se está tan bien dentro de este cuerpo envuelto por la música anónima del arroyo... Abro la cremallera y me asomo por la ventana de la tienda y, delante,  como una gran lanza de fuego, las luces del amanecer iluminan la anónima montaña de ámbar por encima de los abetos todavía en la penumbra. 

He pasado medio día en un puñado de autobuses atravesando puertos y montañas atestadas de visitantes, en domingo estamos, y ahora un tren de alta velocidad me lleva desde Verona a Milano. Mientras tanto he barajado por aquí y por allá qué hacer con mi vida a partir de este momento. Primero mi ánimo me llevó a los Alpes Marítimos al suroeste de Cuneo, una zona que desconozco que atraviesa el sector rojo de la Vía Alpina. Era una ambigua referencia para continuar mi vagabundeo por los Alpes, pero después de echar una ojeada a los itinerarios me volví atrás, no me gustaba aquello. 

Tengo un hijo y un amigo, Quique, que últimamente me han puesto en la tesitura de ordenar alguna de mis ideas al hilo de ciertos whatsapps que he recibido de ellos. Del primero, Mario, que es desordenado a rabiar, pero que en lenguaje críptico expresa un controvertido y profundo mundo interior, siempre me quedó la sensación de una persona a la que en cierto modo admiro por la capacidad que ha tenido siempre de experimentar con la vida. Del segundo, Quique, al que el contacto con los libros y el pensamiento le ha convertido en un sutil analista de la realidad, me gusta su capacidad para ordenar las ideas y ponerles puntos a la íes de alguno de los pensamientos que he vertido en este blog. Tuve un día muy largo, pero al final, tranquilo ya en la habitación de un hotel de Milano, me propongo contestar un whatsapp que este último me envió a raíz de algunas ideas que expresé hace días en un post que titulé Plenitud y felicidad, dos ideas a la gresca.  Estas fueron las líneas de Quique: 

“Alberto, tu texto me recuerda al monólogo final de Blade runner. El replicante que quería ser persona y decide morir antes de conseguirlo elige como hitos en su vida las naves en llamas más allá de Orión y la imagen de los rayos en la puerta de Tannhauser. Justo un instante antes, cuando tiene en su mano la vida del protagonista, dice algo así como: ¿Tienes miedo? La esclavitud es vivir con miedo.

Esa felicidad fofa de la que hablas es totalmente compatible con el miedo, de hecho la imanta y le da un aroma especial: muchos la paladeamos a menudo.  Pero el día que en medio del risco te preguntas ¿Qué muerte más tonta esta de ser partido por un rayo en tus vacaciones escolares? O ¿Quién me manda subir al monte con esta niebla y estar tentando con el pie piedra a piedra para no presentarme con antelación al señor precipicio? O cosas más tontas como subir al campanario de la catedral de Huesca y ¡op! Ataque de vértigo... ¿Quién me mandará?

Estos son los rayos que nos despabilan y nos dicen: mides 1'75, pesas 65 kg pero estás cogiendo peso rápidamente, estás mayor, tienes las piernas como la familia de tu madre, tienes una buena colección de saberes y recuerdos, hay gente que te quiere, pero una vez partido por el rayo o despeñado por el pretil del campanario chimpún y colorín colorado... El universo te ha puesto en tu lugar, un reset de la CPU, tienes unos segundos de virginidad vital.... Luego, a mi, se me pasa rápido y la felicidad fofa me empolla como una gallina a sus huevos en pocos minutos.

Mario, la otra manera en la que te despabila la vida es esa de las lágrimas en los regazos o en la construcción de recuerdos compartidos, pero te dice lo mismo.: pesas 65 kilos...etc, etc, etc y hay alguien que lo sabe y lo valora: sentirse comprendido, el otro reset, el otro despabilarse despacio pero para llegar de nuevo a esa virginidad vital y entonces te sale, así, sin querer: ¡Te quiero!

El pobre replicante de Blade Runner decide morir porque no le queda nadie que le comprenda.

Pues así estamos: un pingajo entre el precipicio y la ternura. Además el viento que te lleva de uno a otro no sabes cuando soplará.

Yo, que soy muy cauto para esto de la vida, me uno a los estoicos: ataraxia, nada de pasarse, comprender que son necesarios el precipicio y la ternura, pero también un ratito de esclavitud en el sofá de la felicidad fofa”. 

Como se habrá visto, el texto, un elogio del comedimiento en donde aquello de San Agustín de la virtud está en el medio tiene su aproximación, se mueve en una dimensión que multitud de veces he expresado yo en este blog de los caminos cuando he asociado cierto grado de plenitud a situaciones en donde a veces no hay más narices que arrostrar situaciones peligrosas que acaso no buscabas y que una vez superadas te hacen sentirte realmente vivo. Lo que indica que ese ¿Quién me mandará… ?, de Quique encierra algo más que un lamento, más, puede llegar a ser una razón de vida, ese riesgo, que en muchos de convierte en un más y más de añadir retos a un punto en que esa demanda de plenitud implícita en superarlos raya con el borde del abismo. 

Hay un libro de un célebre escalador solitario, Alex Huber, que lleva el título de La paura. La tua migliore amica, es decir, El miedo. Tu mejor amigo, que es un canto a la libertad y que pone al comedimiento a tal altura que cualquier persona “normal” tacharía de irremediable locura e irresponsabilidad. Se trata de uno de los mejores escaladores de free solo. Dónde esté la línea en donde cada uno esté dispuesto a asumir un riesgo, eso cada cual lo sabe. Incluso Quique, que a ultranza parece defender esa felicidad fofa, que yo no debí nombrar, acaso  para evitar tomar partido, no se olvida de que bajo la cumbre de ese risco, la felicidad, siempre mariposea la superación del miedo, que “de hecho la imanta y le da un aroma especial”, como poéticamente escribe él. 

Cuando el replicante de Blade runner dice que la esclavitud es vivir con miedo, no recuerdo ahora la secuencia de la película, se olvida de que el miedo como tantos obstáculos que el hombre ha encontrado desde que descendió de los árboles es, como el doloroso parto, un elemento inherente a una vida que superándose a sí misma se perfecciona y fortalece. 

Hoy, para desquitarme de la austeridad culinaria que a veces impone la vida de montaña, ceno en un Fusion Restaurant, que, naturalmente también me recuerda el exquisito gusto gastronómico de Quique y mi hija; otro asunto éste de la gastronomía sobre el que en otro momento podríamos continuar una nueva charla. 


Hoy, mientras mis numerosos autobuses dejaban y cogían a senderistas y turistas en puertos y localidades de Las Dolomitas, miraba fuera y era tal la multitud por todos los lados que a estas alturas ya no me parecían mal las restricciones de todo tipo que cada vez con más ahínco se imponen en montañas y parques naturales. Sólo que junto a todas esas restricciones, que van siendo cada vez más necesarias, pensaba que la única manera de seguir siendo libres consistirá en burlar discretamente las reglas. Ya he llegado a ver en los Alpes Austriacos en algunos lugares cartelitos de “ojo, estamos grabando”, así que atentos y a seguir las indicaciones… Menos mal que para cuando ese tiempo de la vigilancia, y las reglas restrictivas entren en vigor a nivel general, que tendrán que entrar, ya estaré criando gamusinos. Mientras tanto, lo dicho y, por supuesto, que no cunda el ejemplo. 

Para mí tengo que mi relación con la naturaleza, siendo un salvaje, es tal como si ella y yo fuéramos una misma cosa, razón por la cual los poderes políticos lo único que podrán hacer será sancionarme, lo que asumo, pero de ninguna manera impedir que siga durmiendo, por ejemplo, en el monte como lo hacen los zorros o los sarrios.

Es una de las ferratas. Original de Pep Joan Serra



Mi última jornada en Dolomitas


Refugio Passo di Valles, 8 de agosto de 2019. 

Alta Vía Dolomitas 2. Refugio Pedrotti– Refugio Passo di Valles. 


Final de tarde junto a un río después de una jornada que me había dejado exhausto. Terminación también de mi periplo dolomítico. La Alta Vía de las Dolomitas ha quedado atrás, otro proyecto cumplido que pasará a formar parte del baúl de los recuerdos, ese arsenal que poco a poco se va llenando y en donde en el futuro podré hurgar a la búsqueda de lo que van siendo mis raíces, porque así lo siento cada vez que me echo al monte o a los caminos. Mi ser, como un árbol que poco a poco se va acercando al final de su ciclo vital, pero que sin embargo sigue echando raíces que se alimentan de las montañas y los bosques, o como hoy de enormes despeñaderos en donde el caminante casi deja las piernas en el rigor del descenso; mi ser, como un árbol, decía, cada vez que incorpora, todavía, un pedazo de vida intensa a sus células, siente que está construyendo de alguna manera un hermoso puente hacia la nada. Todos esos robustos árboles que hoy jalonaban el valle, yertos sobre el cauce seco del torrente, que crecieron alimentados por sus múltiples raíces y que ahora tornaron a la nada fosilizada pero que fueron, robustos y orgullosos, sin ningún ánimo de trascender, eso, un pedazo de vida. Lo que escribió Flaubert en alguna parte: “¡Ah! El viaje, esa cura de humildad en la que te das cuenta del diminuto lugar que ocupas en el mundo”.

Un día más que amanece, benditos sean los elementos, con un cielo que hace propicia mi jornada. Muchos, muchos cables salvando aéreos pasajes que en caso de mal tiempo yo no me habría atrevido a pasar. No me imagino en absoluto escalando por estas vías ferratas en uno como tantos días que pasé caminando bajo la lluvia. Y por cierto, nos sólo los cables o las ferratas, tampoco muchos de los caminos que los ingenieros del CAI diseñan por estas montañas me habría atrevido a caminarlos, a veces estrechas veredas que sortean abismos y en donde hay que andar con todos los sentidos puestos en el lugar en que vas a poner los pies.


El largo descenso desde el refugio Roseta es una bella y segura construcción que zigzaguea en una empinadísima pendiente que se hunde en el fondo oscuro  del valle mil metros de desnivel más abajo. Es la ruta que baja a San Martín de Castroza y es la que seguirán los compañeros mallorquines que terminaron aquí su recorrido. El mío toma un valle lateral que miro con cierta circunspección cuando veo las paredes que tiene que atravesar. Pero hace sol y el camino es consistente lo que me hace pensar que más arriba cuando la cosa se ponga difícil habrá equipamiento para superarlo. Lo que sucede efectivamente. Una larguísima pasarela de acero cruza por entero una pared que cae a plomo sobre el sendero que lleva al paso de Balị. En la travesía me cruzo con tres parejas. Maniobras delicadas para efectuar el cruce porque no existe traza de camino ni repisas consistentes. En estas travesías recaen sobre tus manos todo el peso de la aventura. En cierto momento noto que me aferro al cable con excesiva fuerza, el vacío es total. Intento relajarme y disfrutar de la situación y después de un rato lo consigo. Mi confianza va en aumento. Noto que ayer, quizás por el hecho de que iba acompañado por los mallorquines, tenía una tensión menor encima. La soledad te hace vivir con más plenitud el momento, pero necesita también en estos parajes de un hábito que me falta y que más tarde, en la escalada de la segunda forcella, el Passo delle Lade, donde no encontraré a nadie, ya la noto por la seguridad con que me veo subir. A los italianos en general se les ve como quien está en su casa. En algún momento me cruzo con un señor bastante mayor en algún paso delicado. Me lo imagino toda la vida recorriendo éstas montañas con que lo que para mí tiene un cierto tinte extraordinario para él puede ser lo que es el camino Smith para nosotros. 

Desde la forcella el nuevo paisaje vuelve ser de atrevidas paredes donde la imaginación puede trazar decena de rutas. La niebla va y viene como un adorno por las aristas y el fondovalle. Abajo a no más de media hora se ve el refugio Pradidali . He desayunado medio bocadillo de jamón y un strudel, que no está mal, pero llegar al segundo refugio me va a llevar cuatro o cinco horas. En el refugio no me ofrecen nada caliente, más bocadillos, que no quiero. Así que me marcho sólo con un trozo tarta y un café con leche, cosa que lamentaré más tarde porque en el macuto sólo me queda un trozo de pan. 


Los juegos de la niebla entre las paredes y los picos serán una constante durante la mañana que da para tomar alguna buena fotografía. Desde el mismo refugio la cumbre más bella resulta tener un aspecto muy parecido al Naranjo de Bulnes desde el oeste. En mi ascensión hacia el Passo delle Lede no resistiré la tentación de fotografiar reiteradamente las cumbres que dejo atrás en todo momento cotejadas por volátiles y algodonosas masas de niebla que esconden las cimas, las insinúan y en otro momento, como si del teatro se tratara, descubren totalmente el lugar de la escena. Mientras tanto el sendero ha dejado atrás el valle y sus pedreras y se ha encaramado hasta unos farallones donde al principio no acierto a ver la continuación hasta que descubro una señal rojiblanca que me lleva al comienzo de lo que será una larga ascensión por sucesivas terrazas prácticamente todas superadas con la ayuda de cables de acero. Unos pasos muy aéreos en algún lugar, algunos peldaños de hierro… Me vuelvo un momento para saborear el espectáculo. Ha desaparecido el Naranjo de Bulnes y ahora lo que tengo de frente es una serrada e imponente crestería. 

Al otro lado del Passo delle Lede la niebla es mucho más espesa. Es el comienzo de un larguísimo descenso de más de mil metros por un terreno accidentado y de mucha pendiente que alterna pedreras, terrazas y parajes delicados. A mitad del descenso mis piernas se resienten del golpeteo constante sobre la rótula. Me siento cansado y tengo que doblar la atención. Mis problemas con la rodilla, una condropatía que arrastro de hace años me hizo desistir el pasado año en esta misma ruta a la altura del paso Cereda. Perdí la confianza en mis piernas entonces y busqué otras montañas menos empeñativas para mis rodillas. Hoy recordaba una ascensión por las montañas chinas de Huangshan Mountain con Victoria en una situación similar. 


Allí fue peor porque el descenso, que era de más de mil metros y muy brusco, se hacía en todo momento con escalones. Los chinos, excesivamente originales ellos, habían llenado todas aquellas montañas de peldaños como si se tratara de una vivienda de infinitos pisos. Fue terrible. La reiteración de un movimiento igual durante mil metros de desnivel hizo que al día siguiente casi fuéramos incapaces de caminar. 

Al llegar al fondo del valle había dos posibilidades, subir al refugio Treviso, doscientos metros de desnivel más arriba o rodear el macizo por el valle de Canali. Elegí esto último. No había comido apenas durante todo el día y me encontraba exhausto. 


Unos kilómetros más allá puse a punto mi apetito en la malga Canali. Poco más abajo había servicio de autobús. Necesitaba lavarme y hacer la colada para incorporarme a la civilización y en el valle por el que bajé el río estaba seco, así que me fui a buscar habitación a un albergue próximo. No había disponibilidad, estaba completo. Me mandaron a un hotel más arriba en el valle. Resultó que según subía hacia el hotel empecé a oír ruido de agua. Otro valle confluía más arriba y por éste bajaba un caudaloso riachuelo. No es que tenga aversión a los hoteles, pero prefiero con mucho mi pequeña tienda. No me fue difícil encontrar un lugar discreto junto al agua. 

Todavía no sé hacia qué parte de Europa o a qué montañas dirigiré mis paso a partir de mañana. Veremos. 
















Una jornada para guardar en el relicario de la memoria

Ganarás el pan con el sudor de tu frente

Refugio Pedrotti, 9 de agosto de 2019. 

Alta Vía Dolomitas 2. Passo di Valles – Refugio Pedrotti. 


En algún lugar de este blog debí de decir yo que éste lo leen cuatro gatos, lo  cual, a mi entender, de entrada no es un desmérito tal cual está el patio de la redes sino todo lo contrario; sí, en algún lugar debí de decirlo porque hoy mi amigo Paco, que ha andado de golfo recorriendo montañas insólitas en Irán, por cierto ese país al que el otro país, el más terrorista del mundo con mucho, es decir Estados Unidos, coloca en séptimo lugar (la paradoja del criminal terrorismo organizado desde los tiempos de Vietnam. Invitaría al que no lo crea a visitar el museo de los Vestigios de la Guerra de Vietnam, en Saigón o simplemente a contemplar esa famosa fotografía de una niña vietnamita desnuda huyendo a la carrera con cara de terror del napalm con que los norteamericanos regaban los cultivos y los bosques de Vietnam). 

Con tanto inciso aquí no hay quien se aclare. Quería decir que hoy mi amigo Paco me advertía que ni mucho menos cuatro gatos, que etc. El caso es que hace no mucho el sabio israelita Yuval Harari que dice cosas muy razonables, ver Homo sapiens o Homo Deus, me enseñó que nadie puede tener relaciones razonables con más de cien personas, que eso de los líos del “amigos” del FB es gaita que nadie se traga. Así que con un techo de cien personas con que relacionarte o intercambiar ideas la cosa va ya de sobra. Me sucedió que llevaba un tiempo compartiendo mis post en distintos grupos de montaña o, cuando caminaba por los senderos del Camino de Santiago, en grupos santiaguiles. Pues bien tenía tal mogollón de visitas que llegaban a aturdirme los me gusta o los comentarios. La cosa llegó a tal punto que entendí que me estaba metiendo en camisas de once varas cuando el pasado año a raíz de discusiones sobre asuntos de montaña mi blog llegó a sobrepasar las siete mil visitas diarias, cosa que para un tío solitario como un servidor le venía tan ancho que decidí cortar por lo sano: se acabó eso de compartir todos estos rollos que un servidor se trae y que entrando con frecuencia en el ámbito de lo íntimo a lo más que debía llegar era a pegar en el FB personal estos trozos de diario de vagabundo. Un poco largo para explicarme, pero bueno, espero, Paco, que quede aclarado. Ya sabes tú de mis aficiones a esconderme en agujeros discretos donde mi presencia no sea notoria. 

Por cierto, que días atrás recibí un curioso mensaje de un amigo del FB que notó mi ausencia de las redes y decidió escribirme. Como uno es algo vanidoso también, no faltaría más, me permito copiar aquí el mensaje: “Buenas tardes Alberto… ¿Que andas haciendo? Se echa mucho de menos tus siempre interesantes entradas en Facebook. Entre tú y X  hacíais que Facebook fuese un sitio mucho más interesante”.


No está bien ocupar media entrada de mi jornada de hoy, que tan intensa y bella fue, con tanto prolegómeno, pero bueno, así está el patio. Voy a cambiar a la primera persona y al presente continuo para entrar en calor, bien que antes diga un par de cosas sobre las circunstancias del momento. Altura: 2573 metros sobre el nivel del mar. Niebla ambulante que me aísla del mundo temporalmente y no me permite ver a más  diez metros pero que cuando se abre regala a la vista unos espectaculares picachos, por encima de uno de lo cuales navega una media luna creciente. El lugar un abismo a mis pies, un sol cálido cuando se despeja. Silencio. Soledad. Unos neveros junto a mi tienda que dejan bajo ellos un riachuelo que emite un leve susurro en el armonioso cuadro de la tarde. Dicho lo cual ya puedo empezar. 

Suena el despertador. Hoy no puedo vaguear en el saco, la jornada es muy larga y me preocupa tanta vía ferrata por medio. Podía bajar al refugio a desayunar, no más de cinco o diez minutos, pero no. Pruebo el infiernillo y llega a calentar lo que  será mi desayuno, un café con leche con pan; no hay otra cosa. Tengo dos bocadillos pero eso no entra a esta hora en mi  cuerpo ni de coña. Me envuelve una espesa niebla, mas a poco de echar a caminar compruebo que se trata de una nube errática que restriega, como un gato, su lomo por la ladera. Altos picachos por encima, los valles circundantes emergen del sueño de la noche envueltos en la muselina de la niebla. 


El sendero, después de atajar la ladera un buen trozo, termina por cabalgar por la estribación que se dirige a las primeras altas cumbres del macizo atrevidas e infranqueables. Llegar al refugio me lleva casi tres horas. Algunos tramos expuestos, varios parajes con cables, un nevero, un desnivel respetable que pone a prueba mi forma física que a estas alturas está bastante bien. (Un paréntesis para poner la tienda sobre la pura roca. Hoy nada de piquetas. Paso los bastones por las cuerdas y sobre estos coloco una gran piedra. Para los tiros que faltan una piqueta en la cuerda me sirve de ancla después de colocar encima otra piedra grande. La tienda ha quedado perfecta y el colchón de aire me aísla de las piedras que cubren el suelo). 

Son las once pero tengo que alimentarme bien para la segunda parte de la jornada, así que un gran plato de menestra sobre la que sobrenadan una enorme salchicha y una buena ración de queso rallado convierte este segundo desayuno en una perfecta reserva hasta la tarde. Nada más salir del refugio se me pone delante una especie de escalera de Jacob. Una empinadísima pedrera es salvada con una construcción de grandes troncos que zigzaguean por la pendiente hasta la parte alta de la misma. El tramo que sigue hasta Passo de Farangole, será uno de los más bellos y empeñativos tramos de todo el verano. Unos cuantos metros con un ligero extraplomo se convierten en un inesperado disfrute. Hacía tanto tiempo que no me encontraba en un paraje así, que se pareciera a cosas de aquellos lejanos tiempos de la escalada, el vacío riguroso debajo y a la vez la firmeza de la construcción de la ferrata, las manos firmes sobre el acero y un vistazo hacia el vacío: un placer. Me había vuelto a encontrar en el refugio Mulaz con los compañeros mallorquines y ahora proseguíamos todos juntos. 


En la forcella me siento en el centro de un paraíso, paraíso desierto, salvaje, inextricable mundo de piedra y soledad. Un paisaje maravillosamente desolado y agreste en el que es imposible adivinar por dónde será el descenso en aquel caos de rocas. De frente, un valle del que no se ve el fondo corta perpendicular la enorme pedrera que debemos descender. El valle, muy profundo e inaccesible. A partir de la terminación de la pedrera el sendero se ciñe a la ladera de la derecha y la cortará en todo su recorrido sobre una pendiente que a veces quita el hipo; tan aéreo es el recorrido. Atravesamos muchos parajes expuestos que la buena labor del CAI (Club Alpino Italiano) convierte en lugares para disfrutar. La ladera termina suavizándose sobre un altiplano desolado. Un inhóspito mundo de piedra forma un gran circo en su final que hay que superar. Doscientos metros de desnivel más arriba está el refugio Pedrotti que da acceso a otro abismo donde la niebla juega al corre que te pillo con los picos, cubriendo con su velo aquí, destapando allá. En el refugio no sirven comidas hasta las seis y media, la hora de la cena. Me regalo un strudel y un capuchino y tras charlar con los amigos mallorquines que dan aquí por terminada su travesía, dejo el refugio atrás. Son más de las cinco de la tarde y tengo una gran necesidad de aflojar la tensión que ha supuesto todo el recorrido de hoy y de encontrar, si hay suerte, algún nido  de águila en donde instalar la tienda. 


Son cerca de las nueve cuando llego a este punto de mi crónica. Las montañas han desaparecido en la niebla y ahora vuelvo a estar en el centro de la nada. Perfecto. A esta hora del día, a solas con mis pensamientos y con la experiencia de esta magnífica jornada tras de mí mis sensaciones son un grato batiburrillo en donde el recuerdo, la fatiga, los parajes aéreos se incorporan a mi conciencia de estar viviendo un momento de plenitud. 




















"Esa pareja feliz”

Mi encuentro con cinco entusiastas mallorquines


Refugio Passo di Valles, 8 de agosto de 2019. 

Alta Vía Dolomitas 2. Refugio Contrin – Refugio Passo di Valles.


Tengo ocho o nueve años. Es sábado por la tarde y en el cine de mi colegio se proyecta una película titulada Esa pareja feliz, Bardem-Berlanga, que protagoniza Fernando Fernán Gómez.
Una corrala, Toni Leblanc vestido de recluta que reclama sus gorra a gritos desde la calle, chiquillos corriendo por la todos los lados, una vida vecinal que hierve en los corredores y las ventanas. Todo parece parte de una gran familia en donde no existe la intimidad.

En los Salesianos veíamos un par de películas cada fin de semana; ocho años consecutivos con esta programación dan un total de unas seiscientas películas al final de mi escolarización. Eso era lo que resucitaba ayer noche cuando volvía a ver Esa pareja feliz, todos los actores de mi niñez que yo creía perdidos en el fondo de mi memoria, resucitaban y a la vez me llevaban a las corralas y a los modos de vida de los años cincuenta, a mi propia casa vecinal donde el día del baño, el domingo, un gran barreño de zinc con agua se calentaba al sol de la mañana para preparar el baño semanal de los críos, allí mismo en el centro del patio comunal; que me llevaba al cercano campo de fútbol a la sombra de los cipreses del cementerio de San Isidro, junto a General Ricardos, donde todos los vecinos se reunían para jugar a la lotería sentados en una banqueta baja de madera; que me llevaba a lo taludes donde destrozábamos los fondillos de los pantalones en los toboganes del declive; que me recordaba a las mujeres asomadas a las ventanas cantando aquello de Por el camino verde mientras sacudían la alfombra u oreaban las sábanas; que me recordaba las bodas y a los novios bajando por la calle Iglesias y tirando puñados de calderilla al aire que la chiquillería alborotada buscaba entre los pies y bajo las faldas de los acompañantes de los novios; que me recordaba, sí, a mis seis tíos mayores en la casa de mis abuelos en camiseta afeitándose en el corredor o gritando a la abuela que si había planchado su camisa, mientras mi abuelo, con la sempiterna pipa en los labios sintonizaba la radio galena buscando un canal de música clásica o mi madre trataba de marcar con tiza sobre una tela los bordes de un patrón de unos pantalones que tendría que entregar dos días después en un taller de la calle General Ricardos.

No entiendo bien que el prestigio del neorrealismo italiano no esté acompañado en la historia del cine con el nuestro, que se me parece, con su particularismo posbélico, de una fuerza extraordinaria y de una gran firmeza fílmica, que ha trascendido el mundo meramente recreativo del cine para incorporarse a la memoria de nuestra niñez como formando parte de nuestra propia vida, precisamente porque lo que el cine de la época nos mostraba era el desarrollo de otras muchas historias que bien podían suceder pared con pared de nuestras propias vidas.

Anoche pensaba en todo lo que en nuestra memoria duerme ajeno a nuestro recuerdo y que al leve soplo de la brisa de una película, un relato, brota repentinamente como si de una cosa de ayer mismo se tratara. Los actores, sus gestos, sus tics, tantos rostros guardados desde la niñez de nuestras primeras películas, que duermen ahí y se vendrán acaso con nosotros al otro mundo sin que sepamos que los llevamos dentro de parecida manera que teniendo páncreas o hígado vivimos ajenos a ellos y que, sin embargo, puestos a hacerse conscientes, como fue la pasada noche, vuelve a resucitar esa idea de que el tiempo no existe y que hoy son los años cincuenta y el baño en el barreño de zinc y a la vez soy yo en este instante viendo una película en un valle de Las Dolomitas mientras fuera el aguacero de todas las tardes canta su nana sobre el techo de mi tienda.


El cielo estaba pichí pichá nada más amanecer. Me desayuné, que no había otra cosa, un tazón de capuchino con pan, y, ah, milagro, cuando probé el gas todavía dio para calentar ese desayuno infantil de leche y pan de cuando los tiempos de la peli de la noche. Quedaba un panini con jamón, pero eso era la reserva del siempre por si acaso.

A poco de comenzar a caminar pasé a un grupo de cinco. Me seguían a cierta distancia y de vez en cuando me llegaba al oído alguna palabra suelta. Me dije, será ladino, que según me explicó el responsable del refugio de la forcella del Pordoi era la primera lengua en la zona seguida por el italiano. Cuando paré a quitarme ropa se lo pregunté. Ni ladino ni nada, resultó ser catalán de Mallorca. Un grupo de cinco mallorquines que seguían la misma ruta que yo. A nuestras espaldas poco a poco se fue alzando espléndida la cara sur de La Marmolada. Al oeste aparecían también como un mundo pétreo propio la masa del Sassolungo con le Cinque Dite en medio, un paisaje conocido y que Victoria recuerda por razones muy particulares. En un refugio que hay en su base nos esperó, que entonces estaba ella embarazada de cinco meses, mientras Pepe Moreno, Ignacio Aldea y yo hacíamos la vía normal al Sassolungo. Es bonito atravesar montañas e ir reconociendo aquí y allá cumbres que escalaste y recordando también con ello a amigos y compañeros de cordada de aquellas ocasiones.


Desde el Passo delle Cirele una enorme y empinada pedrera lleva hasta los prados altos del refugio Fuchiade. El camino de bajada, distinto al sendero de subida, es en realidad una especie de pista de esquí, una de esas divertidas pedreras en que sólo tienes que hincar los talones de las botas y dejarte arrastrar por la inercia de tu peso en medio de centenares de piedras que bajan contigo. Más abajo de las pedreras, mientras un grupo nos descalzábamos para quitarnos el quintal de piedras que nos había entrado en las botas volví a oír hablar castellano. Ya somos cuatro madrileños y cinco mallorquines haciendo la Alta Vía.


En el refugio  Fuchiade hay tanta gente, incluido un enorme coro alpino de más de un centenar de personas que, sentadas en la hierba, entonan canciones alpinas, que siento necesidad de alejarme de allí enseguida. Cosa que hago cuando en el refugio me dicen que no sirven comidas hasta dentro de una hora. Compro un estrudel, cojo agua y quince minutos más abajo sentado en un prado doy cuenta de mi bocadillo de reserva y del estrudel mientras veo pasar camino arriba a cientos de personas.


Llegué hacia las tres a mi destino, el refugio Passo di Valles. En una pequeña salita encontré mi retiro para comer, escribir y cargar un poco mis baterías. Entre tanto llegaron los mallorquines. Charlamos un poco y abandoné el refugio, era hora de darme mi acostumbrado baño de soledad. Del otro no hablo porque empiezo a sospechar que voy a necesitarlo ya mismo si no quiero asustar a los que se me acerquen. Sí, echo de menos los ríos, un arroyo junto al cual pueda sentarme media mañana a poner en orden mi cuerpo y mi ropa.

Sólo tuve que subir un centenar de metros para encontrar un bonito balcón sembrado de hierba que esperaba mi llegada para hacerle compañía.