Ascensión al pico del Lobo. Las ideas, una china en el zapato de la amistad.



Puerto de la Quesera, 16 de octubre de 2017

Las siete de la mañana. Una débil franja de luz asoma por levante frente a nuestra chozacar. Hora de darse una vuelta por el monte para tratar, si hay suerte, de asistir a uno de esos aleatorios amaneceres que tanto nos gustan. Amaneció más arriba entre los pinos, pero resultó algo rutinario y deslucido. Esto de pillar amaneceres bonitos es una lotería. Día de los que todo transcurre de una manera tan sencilla y corriente que no cabe reseña alguna. Acaso mi enfado cuando vi sobre la cumbre del pico del Lobo las ruinas de una antigua estación de arrastre. No tienen vergüenza esta venta, pensé nada más verlo, y enseguida pensé en cómo las instituciones públicas, con su consentimiento o por sí mismas, arruinan a veces el monte. Eso sí, después dedícate a prohibir esto o lo otro, que eso se les da como churros. ¿No hay nadie que exija responsabilidades, primero por haber permitido esa construcción en la misma cumbre del pico del Lobo, y después por no obligar a quienes lo construyeron a desmantelarlo y dejar limpio el lugar?

No nos pareció la cumbre un lugar adecuado para descansar y pasar un rato contemplando los alrededores, así que evitamos subir a la cima y nos dirigimos al pico de más allá en su lugar, el pico Mesas.

Iba por la tarde a echar un vistazo en el teléfono a las fotos que había hecho por la mañana, cuando accidentalmente di con unas anotaciones antiguas que me que me hicieron olvidar cuál era mi primera intención al encender el teléfono. Yo había llegado al refugio Grazaria en los Alpes de Udine, mi último destino de aquel verano por los Alpes, y allí me había encontrado con Angelo y Pierina, una pareja de mi edad con la que desde el primer momento nació una amistad fluida y espontánea. Me invitaron a comer. Charlamos de lo divino y lo humano durante toda una tarde. Al despedirnos intercambiamos direcciones de correo y nos prometimos volver a vernos pasaba por Venecia o ellos recalaban en Madrid. Al verano siguiente Victoria y yo proyectamos caminar en julio por las Dolomitas y decidimos visitarlos. Vivían en una lujosa casa ajardinada en las afueras de Mestre.

Fue un encuentro cálido que fue enturbiándose poco a poco a lo largo de la comida. Cuando llegamos a los postres nuestros anfitriones habían hecho ya una defensa tan viva y contumaz de sus principios religiosos que, pese a nuestra condición de invitados fue imposible no hacer alguna observación al respecto. Asistíamos a un despliegue de ideas tan retrógradas y tan propias de siglos de oscuridad y teocentrismo que terminamos entrando en materia a nuestro pesar.

El gusto exquisito con que aquella casa estaba diseñada, los cuadros que colgaban de las paredes, pintados con gusto y buena mano todos ellos por la dueña de la casa, el gesto mesurado de quien disfruta de un alto standing de vida, la abundancia de libros en las estanterías, todo ello, que invitaba a propiciar una conversación sosegada y culta, de repente, de la mano de un rancio catolicismo pasó a transformarse en un desagradable desencuentro. La fuerza con que Dios se convertía, haciendo caso omiso de los vinos y las viandas del momento, en mediatizador y hacedor de todas las cosas, su convicción de que el pueblo judío era el pueblo elegido de Dios y la compulsiva defensa de Pierina de la conciencia que deben
adquirir todas las mujeres del mundo subdesarrollado de sus ciclos, porque “si se promovía el uso de preservativos seríamos peores que animales”, fueron enfriando el calor se la hospitalidad hasta el punto de convertir la conversación en un desabrido pugilato, ese punto en que uno descubre en su interlocutor, más que un oponente ideológico, al responsable de un atraso secular que ha fomentado la ignorancia y de una parte considerable del planeta. Decir en aquel punto que la Iglesia no había contribuido en nada al desarrollo de la dignidad humana era echar leña al fuego, pero era la conclusión en una de mis intervenciones cuando conté sobre un viaje nuestro en que coincidimos en Guatemala con la visita del Papa. Recordaba vivamente al Papa con su voz cansina de anciano párroco arengando a las masas más pobres de América con el discurso de la resignación y la esperanza en la otra vida. Repugnante. Y en algún instante hablando de la pedagogía de la liberación y las posibilidades de impulsar la dignidad humana desde la Iglesia, nombro los preservativos (su estricta prohibición papal) y me encuentro que Pierina, hasta ahora al otro lado de una amplísima cocina, donde friega los cacharros de la cena volviendo de vez en cuando su rostro hacia nosotros, abandona su puesto y, con el trapo de secar en las manos, se interpone entre su marido y nosotros y hace la apasionada defensa de dama católica que no ha usado nunca tales medios porque ella es una mujer que conoce su cuerpo y sus periodos, algo que de igual manera deben conocer todas las mujeres del mundo. Para Pierina los preservativos son sinónimo de promiscuidad.

Pierina y Angelo vivían en un mundo de muchos recursos, de refinados gustos culinarios, de bonita casa con estatuas de ángeles en el jardín, de mercedes blanco. Cuando los ritmos de su cuerpo lo permiten, hacen el amor; no son de las parejas que follan. Pierina, con el trapo de cocina en las manos, dirige hacia mí un voluminoso chorro de palabras, apasionadas, llenas
de razones “aplastantes”, se lo facio io lo posono fare tutte le donne, concluye airada, como si aquello fuera la norma a seguir por todas aquellas mujeres que no fueran unas depravadas. No vale decirle  que ella tiene una cultura y un nivel económico que no llega a las cholas de La Paz o a la pobreza de Hondura o Guatemala. Y entonces inmediatamente la voz de Angelo ratifica la creencia del destino que condena, como una suerte de decisión aleatoria de Dios, a vivir y morir en la miseria a quien tiene la desgracia de nacer en un muladar y no en otro sitio, en un entorno como ellos viven, por ejemplo. Y aunque le contesto con palabras más suaves mi idea es ésta, si naces pobre y en una fabela te jodes, la predestinación te ha puesto ahí  así que chitón. Es la voz de la Iglesia… aquella que enseñó resignación y humildad frente al patrón a lo largo de dos milenios. No sirve de nada tener un bonito jardín en el otro mundo cuando se vive alienado y pobre.

La expresión de Pierina ha dejado de ser un tanto amenazadora, pero está allí todavía, unos escalones arriba de la escalera, como la sombra de un gran pájaro negro. La pulida y blanca paloma de la Trinidad preside el lugar; ha abierto su pico y está allá observando el mundo de la burguesa virginidad de su bien amada hija.

Definitivamente el admiración que esta mujer me había producido el pasado año, cuando la encontré en el refugio el año anterior, había desaparecido por completo. A partir de este momento debo poner atención con lo que digo o hago. De aquí en adelante todo debe ser cortesía y amabilidad sin tacha. Sin embargo hay algo de los razonamientos de Piero que quisiera retener cuando expresaba  la vida en los términos del Génesis,
Cain y Abel representando el bien y el mal en el mundo y el pueblo elegido de Dios destinado a impulsar el espíritu de Abel a través de las fuerzas del mal de Caín. Una idea interesante pese a lo que hoy representa Israel en Oriente Medio.

Tras la entrada en escena de Caín y Abel, Pierina, que se había deslizado hacia un rato escalera arriba, volvía ahora dispuesta a meternos a todos en la cama. Se acabó, es tarde, dice; pone la mano
en la boca de su marido y, con una sonrisa de parte a parte de la boca, nos empuja hacia el dormitorio. La gente chic tiene sus propios modos de ser groseros. Sus vivos y bellos ojos azules habían perdido la luz con los que yo los viera el año anterior. Quizás la historia del encuentro con Pierina y Angelo llevaba ahí años esperando a que sin quererlo tropezarse con ella en un rato de ocio.

El teléfono es un mundo que esconde de todo. No, no es de extrañar que más de media humanidad se pase el día con ese aparatito entre las manos. A mí, que he criticado algunas veces su uso indiscriminado, me pierde con frecuencia. Voy a buscar algo y como no esté muy atento me pierdo por el camino, como fue el caso de hoy.

Desde el puerto de la Quesera hemos recorrido por estrechas carreteras un paisaje amable y de suaves colores donde de tanto en tanto irrumpían doradas alamedas. Primero las riberas del río Ayllón, después el campo y sus rastrojales de amarillo desvaído, viejas Iglesias, esos curiosos tejados segovianos que retan a toda lógica con sus tejas colocada en u. Detuvimos nuestra chozacar en un cerrito cuando se avistaba Atienza a lo lejos.









La Dehesa Bonita (Somosierra). Estados de gracia.


Horcajo de la sierra, 14 de octubre de 2017

La Vía Láctea cruzaba el cielo sobre las siluetas oscuras de los robles. En el zenit el Triangulo del Verano señalaba hacia el pico de la Miel. Lejos el ruido sordo de la autovía servía de fondo al canto de algún grillo despistado que todavía no se había enterado de que el verano había concluido. La chozacar yacía más allá en la oscuridad con su dueña dentro empeñada en hacer meditación trascendental a costa de su hija (cosas de Freud y del complejo de Edipo, quizás).

 Mirando la noche intentaba aislarme tratando de acercarme a ese estado al que me refería el último día. Pero no estaba mi ánimo para postrarme de hinojos, como preconiza a allí a fin de entrar emocionalmente en materia, algo así como imaginarme que es el primer viaje que hago en mi vida, el primer otoño que visitan mis ojos (ay, quien pudiera resucitar esas primeras emociones, esos primeros encuentros de cuando el mundo estaba por estrenar y visitar Ordesa en otoño o escalar la Pique Long en el Vignemale era un sueño que duraba la primavera entera). Todavía muy cerca de Madrid. Sentía que todo estaba demasiado cerca, que todo resultaba demasiado conocido y accesible. Al pasar por La Cabrera era imposible imaginarse aquel primer recorrido por sus cumbres después de un viaje en ferrocarril que nos dejaba en Valdemanco. Por cierto, ¿quiénes eran los compañeros de aquel primer viaje, ¿César Casquet, por entonces estudiante de Geología; Gustavo Adolfo Cuevas fotógrafo de profesión, Emiliano de Diego, aspirante a yogui? ¿Quién puede imaginar ahora que aquello constituyera para nosotros un viaje a lo desconocido, unos tiempos en que fuera de la Pedriza, Galayos o el Circo de Gredos casi todo lo ignorábamos?

 Tarea imposible la de querer recuperar los estados emocionales que las montañas o los viajes de medio siglo atrás nos procuraban. Pero bueno, se hacía lo que se podía, y para ello, aislarse en medio de la noche y pasear la vista por las estrellas y por la silueta que los robles dibujaban sobre el horizonte, parecía un modo pertinente. Seguro que pretender arrobarse frente a la inmensidad de mi pequeñez ante el infinito de la noche, o recuperar las sensaciones de aislamiento y soledad de otros momento eran casi una broma. Me senté allí en una silla plegable con el romo propósito de despertar “algo”, pero era tarea imposible. Ni siquiera terriblemente enamorado, como especulaba días atrás, era posible salir todavía de la calma chicha de quien saciado de correr mundo encuentra cada vez más difícil recuperar esos estados de emoción que en los años de ejercer de pioneros, así nos sentíamos entonces, convertían nuestras actividad en un acto de gozosa afirmación y en un descubrimiento permanente.

 Exagero. Posiblemente. Pero sigo prendado de aquella idea de que no hay gozo posible, o al menos suficiente, si uno no tiene una especial disposición anímica. Recordaba hace un instante a Reinhold Messner cuando después de todos los preparativos de una expedición, tras aterrizar en Nepal, decide que no está espiritualmente preparado para la empresa que deseaba emprender y, dando media vuelta, se vuelve a casa a la espera de que su ánimo esté en condiciones. Yo bromeaba con eso de pedir a la virgen de rodillas el advenimiento de tal cosa, que es como intentar mentalizarse y ponerse en las condiciones idóneas para… lo que sea; sí, que hasta un buen revolcón necesita de un clímax y unos prolegómenos que nos preparen para entrar con buen pie en los reinos de los cielos.

 Ahora se ha hecho el silencio en nuestra chozacar, Victoria duerme el sueño de los benditos y el silencio de la noche apenas lo perturba la aburrida cantinela de un grillo. Nos dirigíamos al puerto de la Quesera en busca de nuestro primer otoño, el hayedo de la Pedrosa, en las cercanías de Riofrío de Riaza, y yo en realidad con el escondido propósito de subir al pico del Lobo, pero de camino he terminado de rendirme a la evidencia de que el esguince que me hice en Gredos luchando a brazo partido  con los retamales no está ni muy mucho menos curado, con lo que hemos sustituido nuestro paseo al pico del Lobo con una tranquila caminata por la Dehesa Bonita y El Chorro, en las cercanías del pueblo de Somosierra.

 Puerto de la Quesera, 15 de octubre de 2017

 Quizás no hubiera sido necesario madrugar para un paseo de tres o cuatro horas; pero como sonó el despertador fue necesario levantarse, no fuera a ser que sucediera como en casa últimamente, que cuando suena el despertador parece que lo hiciera para invitarme a dormir más profundamente. Teníamos nuestras dudas sobre la ruta que habíamos elegido, la Dehesa Bonita de Somosierra, pero la verdad es que resultó un hallazgo. Desde la carretera no es posible imaginar que allá, sobre una ladera aparentemente trivial, se escondiera un bonito bosque en el que emplear una mañana de paseo. Lo primero que uno encuentro en este pequeño mundo otoñal es un pequeño arroyo acompañados de fresnos y robles que ya se han vestido para la fiesta del otoño. Avellanos, acebos, unos bellos y enormes ejemplares de abedul, algunos robles que como señores del lugar se erguían entre sus semejantes como recios representantes de la especie. También encontramos un gran ejemplar de sorbus aria, que un cartelito indicaba como árbol singular de la Comunidad de Madrid. 

A mitad del recorrido se encuentra un rincón especialmente bello, un pequeño valle alfombrado del dorado lobulado de las hojas de los robles con algunos cortados de roca por cuyo fondo canta un perezoso riachuelo adornado de lentejuelas color miel.

 Fue corto nuestro paseo de hoy. Desde el puerto de Somosierra nos fuimos directamente al hayedo de La Pedrosa y al puerto de la Quesera. Rápidamente para que no se nos calentaran las cervezas. Hace una temperatura increíblemente agradable y la cerveza tras el paseo entra como un bendición.


Vínculo al recorrido en Wikiloc. 








De nuevo el otoño


Ordesa



Repaso esta tarde unos apuntes de otoño que escribí por el año 2006 y que fue el primer material que salió de los cajones de mi mesa de trabajo, donde notas escritas, recuerdos o impresiones a veces habían languidecido durante años, para ver la luz en ese espacio nuevo de los blogs que Internet empezaba a ofrecernos por entonces. De primeras me sorprende la frescura de aquellos apuntes así como la corriente levantisca de sentimientos que de entre ellos aflora. Dejo la dirección del blog aquí por si interesa a alguno: Apuntes de otoño.

Nacedero del río Urederra

Recuerdo que en aquellos días, que recorría con un Seat Málaga adaptado para dormir y vivir en él durante una temporada, el esplendor del otoño de nuestro país, pese a pisar cada mañana los caminos encantados de algún bosque, cañón o nacedero como el del río Urederra, de hecho mis pensamientos siempre estaban de una manera u otra amarrados a un amor que por aquellas fechas se llevaba la gran parte de mis pensamientos. Vivíamos en un desencuentro permanente y en aquellas fechas intentaba poner tierra por medio largándome a recorrer los hayedos y bosques del norte. De hecho aquella huida no sirvió para otra cosa que para mostrar la fuerza de una atracción que ninguna lógica lograba resquebrajar pese al desencuentro permanente en el que vivíamos.

Pedraforca, Pirineos

Río Duratón

 Ese es el marco de mis paseos otoñales de aquella época. Hoy, que releo lo que escribí en aquellos días, me admiro de la pujanza con que brotaban entonces las palabras en torno a cualquier tema que se me presentara delante. Escribir es con frecuencia un ejercicio que necesita de un especial nervio interior que impulse las palabras y los párrafos y, cuando uno está enamorado esa fuerza puede llegar a ser un reguero de gasolina dispuesto a inflamarse a cada momento. Hoy, ayuno de ninguna fuerza especial, saciado acaso de hacer lo que me da la gana en cada momento (atento a esta idea, que puede ser interesante), me siento incapaz y desprovisto de aquella energía elemental y, cuando pienso que un día de estos voy a comenzar otro viaje por las tierras del norte a la búsqueda de ese esplendor que encontré otras veces en el Cañón del Río Lobos, Ordesa, Valderejo, Saja-Besaya, la sierra de Aralar, Irati o los alrededores del Monte Gorbea o Picos de Europa, siento encontrarme en una disposición pobre, como falto de esa receptividad que dispone a los devotos de las religiones a levitar cuando se acercan a Lourdes o a la Meca ;-). Por una parte está la reiteración, que siempre aligera la curiosidad hasta el punto de llegar a trivializarla; ley de vida, que dirían algunos, pero que no excluye el que uno pueda encontrarse en una excelente disposición personal que pueda hacernos vibrar de placer ante un rincón de un bosque, un cuadro o una secuencia de una película, y sin cuya concurrencia puede convertir en indiferente el paisaje más hermoso del planeta.

Cañón del río Lobos

Sierra de Aralar

Uno no siempre tiene el ánimo sensibilizado de quien va a comulgar con los ojos cerrados y el espíritu arrobado por la devoción. Es el caso que después de leer algunas cosas de aquellos viejos posts otoñales me da pena emprender un viaje bajo un signo tan poco propicio. Vamos, que quisiera llevar encima un poco de aquella disposición que, ante tanta belleza, ante la soledad del amanecer mientras subía despacio los senderos al calor silencioso de las hayas que en la débil luz del amanecer ya mostraban la belleza adormecida de sus hojas doradas, su porte de reinas del bosque, me hacían gozar tanto de su contemplación. Llevar encima ese leve nerviosismo de enamorado ante la expectativa del encuentro con la amada parece una imprescindible compañía para los paseos otoñales.

Ordesa. El Tozal del Mallo

Ordesa

La disposición espiritual que requiere la relación simbiótica con el bosque y sus habitantes no está escrita en ningún catecismo, pero es de rigor que el placer, tanto si se trata de recorrer un hermoso valle sumido en la penumbra, como de acceder a la cueva de Venus y a sus doradas colinas de melocotón, requiere cierto grado de compunción y recogimiento, amén de esa especial disposición de ánimo sin los cuales ni el poeta ni el escribidor de crónicas puede hilvanar algo medianamente consistente. Los eremitas se recogían en sus cuevas del desierto propiciando con su aislamiento y su devota ascesis el advenimiento del conocimiento esencial que la naturaleza procura. De parecida manera los disfrutadores de otoños antes de penetrar en el espacio mágico de un hayedo, especialmente si no están enamorados, deberíamos postrarnos de hinojos ante el espíritu del bosque y de consuno pedir a los hados del mismo su bendición a fin de propiciar que la estancia en él sea fuente de gozo y contemplación :-). Desdice de los escritores de la Grecia Clásica el que no se les haya pasado por el magín a ninguno dedicar al otoño un particular dios al que dirigirse en busca de orientación.


Por cierto, bienvenidas serán todas las sugerencias de rincones de nuestro tan maltratado país donde podamos encontrar mi chica y yo en los siguientes días rincones, trazas, bosques donde el otoño sea especialmente bello.

Nacedero del río Urederra

Ordesa



Picos de Europa. Sobre Bulnes

Ascensión al Cancho. El salvaje que lee y las chozas.



 Choza-refugio de Garganta de Caballeros, 1 de octubre de 2017


En lo alto Orión, de piernas abiertas, la espada al cinto y sus canes en los flancos, me mostraba el camino. A mi izquierda, Venus, brillante como un deseo imposible, se posaba delicadamente sobre la Cuerda de la Cabeza a punto de desaparecer. A la derecha, al otro lado del valle, las luces de Navalguijo. A mi espalda, Navalonguilla hacía un rato que había desaparecido en un cambio de rasante. Los cencerros, el mugido de una vaca a lo lejos.

Amaneció en lo alto, atravesando los campos de brezales que no abandonaría hasta que los hitos empezaran a escalar la pendiente rocosa que se elevaba hacia una pronunciada pirámide que se erguía arriba arrogante en el límite con el cielo. El cauce seco por donde discurría la ruta lo ocupaban grandes rocas romas. Después vino una larga y estrecha canal costeada a un lado y otro por altas paredes de granito. Cuando se sale de la canal, muy arriba, los mojones apuntan directamente por una pendiente cruzada por inclinadas llambrías. Desde el collado del Cancho las grandes superficies de retamas ya me hacen pensar en lo peor. Las evito en lo posible por las pedreras de la pendiente que da al valle. Ciento cincuenta metros de grandes bloques en donde hay que hacer algún paso gimnástico me dejan en la cumbre del Cancho. Cinco horas de ascensión. Al este la cretense del Circo, serrada y prometedora; por poniente, las cumbres que visité días atrás: La Covacha, La Azagaya y El Juraco.


Traía en mente el proyecto de seguir toda la sierra hasta la altura de la laguna de Caballeros, pero ese  inmenso tapiz de retamas que lo cubre todo me hace desistir. Probaría pasar a la Garganta de Caballeros siguiendo una cordal a mi derecha. Evité lo que pude las retamas, pero terminé metiéndome en ellas hasta la cabeza. Bastante abajo ya mi pierna se hundió inesperadamente en un agujero hasta el muslo y mi pie derecho gritó de dolor. Esperé unos segundos, el tiempo para saber si se había roto algo. Saqué la pierna despacio del agujero con el mimo de quien está tirando de un bien muy preciado y teme que la cuerda se rompa.  Cojeando, pero instintivamente consciente de que debía apurar antes de que se me enfriara el pie, continué bajando, aunque era imposible no hacerlo al modo de quien pisa huevos. Me quedaban todavía muchas retamas que atravesar antes de llegar al camino. Paciencia y ojo, no había otra.


La fijación que tengo yo con las chozas no sé si en algún momento me va a llevar a construir una de verdad en nuestra parcela. En mi mapa, en esta parte de la garganta de Caballeros aparecía una indicación de refugio, todas estas gargantas están servidas con más de uno, habitáculos sencillos pero limpios y acogedores que al caminante le parecen una bendición, y ya me estaba extrañando no encontrarlo cuando me topé con él delante de mis narices. Refugio-choza de piedra, coqueto, pequeño, a imitación de los antiguos chozos de los pastores. Circular a la manera de los iglús, con el sistema de aislamiento contra el agua escondido bajo un tejado de retamas y con una pequeña ventana de pvc también debidamente camuflada con imitación a roble. Una superficie de madera a un lado que hace las veces de mesa, asiento y cama y una pequeña y hermética puerta de  hierro; eso es todo.

Mi afición por las cabañas viene de lejos. Quizás la primera de la que guardo memoria es una que había, no sé si todavía existe, subiendo a Cinco Lagunas en la garganta del Pinar. Siempre me parecieron la expresión más significativa de una vida sencilla. Está aquella famosa cabaña que construyera David Thoreau junto al lago Walden con sus propias manos valiéndose de un hacha que le habían prestado. Están las cabañas de los pioneros de Alaska y del río Mackenzie cuyos libros de aventuras, cazadores y tramperos todos ellos, yo devoré desde muy temprano. Estas cosas siempre dejan por los rincones de la conciencia señales e interrogantes que cuando nos hacemos adultos a veces resucitan mimetizadas bajo formas muy diversas pero cuyas raíces un ojo avizor sabe descubrir en las tempranas experiencias y lecturas de la niñez y la adolescencia. Ese tipo de vivencias de las que hablaba el otro día cuando pasaba los veranos viviendo en la tienda de campaña junto al río Alberche y que más tarde resucitan en fogosa afición por las cosas de la naturaleza.


Por demás quizás haya algún gen que transmite este tipo de aficiones 😊 porque se da la curiosidad de que mi hijo pequeño, Mario, por Mario el Cabrero se le conoce en el entorno de Valdemanco y La Cabrera, después de obtener su licenciatura y viajar a la India y trabajar una temporada con enfermos terminales en la institución Madre Teresa de Calcuta, es decir, después de meditar largamente qué iba a hacer con su vida, lo que resultó fue la idea de construirse una choza donde vivir. Allí, en las cercanías del collado de Medio Celemín se construyó una choza con alpacas de paja y barro con un gran ventanal que daba al valle. El costo de su casa choza anduvo por los doscientos cincuenta euros. Después vinieron las cabras, una huerta y alguna que otra locura más. Yo mismo trabajé en ella y construí un bonito y práctico horno en forma de iglú con barro, paja, excrementos de caballo y ladrillos.

Mario en su choza de la sierra junto a Medio Celemín

Así que lo mismo tanto Mario como yo llevamos en nuestro ADN algún gen de un lejano ancestro nómada habitante de las chozas o las cuevas. De hecho me siento extrañamente a gusto esta tarde mientras escribo estas líneas en el interior de la choza de la garganta de Caballeros. Extrañamente a gusto porque acaso estoy conectando espiritual e íntimamente con esa parte de mi yo que tiende al primitivismo. Decía Stevenson en Los mares del Sur, un libro que narra las andanzas del autor por aquellas tierras, de uno de sus contertulios más preciados de aquellas islas, que era un salvaje que leía. Así me siento yo muchas veces, un salvaje que lee. Quizás algún día descubramos que esa aparente idiosincrasia personal de la que tanto se ufanan algunos, nos podemos ufanar (joder, que mal suena el verbo), no sea otra cosa en gran parte que la herencia de algún lejano australopitecus.
(Eso si no somos descendientes de alguna mala bestia que puede estar ingiriendo en nuestra actividad con lo peor de lo peor de su naturaleza; piensen ustedes en esa gente de Huelva que, al paso de la guardia civil camino de Cataluña, gritaba el otro di aquel “¡a por ellos, oé!”; un ejemplo notabilísimo de esta hipótesis. Por cierto, que leyendo el otro día a Ernesto Laclau, La razón populista, me encontré con algo que ilustra perfectamente esto que sucedió en Huelva. “Las multitudes tienen el efecto de disminuir la inteligencia promedio de sus miembros, como resultado de la intervención de las mentes inferiores que son las que establecen el nivel al cual todos deben someterse.”)


Terminé llegando a la choza refugio. Eran cerca de las cinco de la tarde y tal como llevaba el pie se me haría de noche por el camino. Hoy había previsto la posibilidad de vivaquear por el camino, así que decidí quedarme a pasar la noche en la choza. Hoy sería uno de lo pocos españoles que no sabría nada sobre lo sucedido durante el día en Cataluña. De hecho no me acordé de ello hasta pocos minutos antes de llegar aquí.

Mi pie está inflamado y rígido pero, con cuidado, algo lo puedo mover. Mañana me tocará descender despacio despacio el valle, nada más.

Ah, mi choza. Qué paz, qué maravilla este universo de silencio. Terminando este cuento la luna ha venido de visita, ha dicho hola y ha dejado sobre el suelo su cola de novia de recuerdo.

 
Mantis haciendo natación en una de las pozas








Amar la insignificancia. En la Garganta de Caballeros.




Garganta de Caballeros, 30 de septiembre de 2017
  
"Te amo", repite el viento
 a todo cuanto hace vivir.
(René Char).

El remoloneo esta mañana en la cama de mi chozacar fue muy relajante. El sol estaba discretamente alto cuando decidí abrir los ojos e incorporarme. Los cristales tintados del habitáculo daban una idea falsa de la mañana, que era mucho más luminosa y acogedora de lo que yo había observado desde mi duermevela. Bajé a Barco de Ávila a hacer algunas compras y después elegí uno de los valles, el de Garganta de los Caballeros, como nuevo punto de partida para la excursión del día siguiente. De camino algunos árboles otoñaban rabiosamente ya con una rubia y hermosa pelambrera. Me refugié en un robledal a pasar el resto del día.

“La insignificancia, amigo mío, es la esencia de la existencia. Está con nosotros en todas partes y en todo momento. Está presente incluso cuando no se la quiere ver: en el horror, en las luchas sangrientas, en las peores desgracias. Se necesita con frecuencia mucho valor para reconocerla en condiciones tan dramáticas y para llamarla por su nombre. Pero no se trata tan sólo de reconocerla, hay que amar la insignificancia.”

Son palabras puestas por Kundera en boca de uno de los personajes de su novela La fiesta de la insignificancia. No estoy seguro de si se trata simplemente de una concesión literaria o si realmente es algo que el novelista asume como cierto. En cualquier caso fue una sorpresa encontrarme con una clase de loa tan poco frecuente, precisamente una condición que se suele usar en su acepción negativa cuando se refiere a personas. En una sociedad donde el prestigio, la fama, el buen nombre y la consideración elogiosa por parte de los demás trae a unos y otros loquitos por ser todo menos insignificantes, por fuerza la idea de que alguien la elogie tiene que llamar no poco la atención, más cuando en psicología se acepta que la necesidad del respaldo del grupo y ser protagonista en el mismo están a la cabeza del anhelo de la generalidad de las personas.


Pues acaso sea la brisa y la lluvia de bellotas que continuamente caen sobre mi chozacar, quién lo sabe, o la paz que se respira en este robledal lo que me hace pensar que acaso no esté descaminado Kundera en ese entusiasmo con que elogia los valores de la insignificancia. Desde luego es un autor cuyas poco corrientes investigaciones, lo último que leí de él fueron La lentitud y El libro de los amores ridículos, invitan a pensar que su trabajo literario es más bien una especie de investigación de su propio mundo interior, lo que sería a su vez muy coherente con esa otra pulsión universal que nos empuja a intentar comprender la realidad, y entre ellas esencialmente la realidad personal. Comprender qué es uno, como funciona esa cosa que llamamos yo, puede ser tanto un acto de amor a uno mismo, como un atractivo y apasionante juego en donde no existe el jaque mate pero en el que se pueden librar interesantísimas batallas de acoso y defensa que, aparte de su belleza estética, pueden deleitarnos con el descubrimiento de un yo contradictorio del que tanto se puede decir que ama su insignificancia como que la detesta.

Poder descubrir que aparte de apreciar la aprobación de la gente que te rodea, también puedes gustar de la distancia, de cierta rareza que te hace algo diferente a los otros, poder aceptar que la insignificancia, por oposición a la relevancia, puede regalarte un recoleto espacio personal más allá de los ires y venires de la colectividad y su significación social, saber que no eres apenas nada en ese cosmos que va desde tus vecinos hasta las galaxias más lejanas, todo ese tipo de apreciaciones, aparte de lo réditos que la humildad pueda regalar, acaso en definitiva no sea otra cosa que eso que parte de la sabiduría milenaria del Tao cuando invita a vivir en armonía con la tensión dialéctica de los contrarios.

Reconocerse, además, insignificante te libera de responsabilidades; no vales un pimiento, ergo, no me tomes en consideración, déjame vivir, déjame ser una brizna de brisa entre las ramas de los árboles, el ribete de una ola sobre la arena de la playa. Quizás así se entienda mejor ese “hay que amar la insignificancia” de Kundera.


Estaba escribiendo estas líneas cuando me llegó un comentario de Pepe, naturalmente Donpepe, al post que redacté ayer, en el que hace alusión a la belleza de esta zona, que recordaba haberla recorrido en solitario en invierno y verano; hablaba también de cierto día en que se despertó en una cima frente a la Covacha rodeado de medio centenar de cabras montesas. No sé si la nueva guía de David de Esteban Resino recoge estos apartado rincones de la sierra o si existe alguna publicación con propuesta de itinerarios, algo que sin lugar se merece Gredos y, por supuesto sin olvidar la parte sur de la sierra, otro reino del que disfrutar en soledad… y en desnivel, esos dos mil metros que separan la comarca de la Vera de las cumbres más prominentes de la Sierra.




  

La Covacha. Cuando los proyectos y la curiosidad languidecen



Sobre los altos de Puerto Castilla, 29 de septiembre de 2017


Me fue imposible madrugar hoy. Sucede siempre que uno trasnocha. El chozacar que utilizo estos días en Gredos, y que sustituye muy eficazmente a la tienda de campaña, es tan cómodo, tan como si estuviera en mi casa, que hace imposible acostarse pronto. Siempre se me ocurre algo, una lectura, una música, algo en Internet que me llama la atención. Ese algo es el que tiene la culpa de que comenzara a caminar después de las nueve de la mañana. Demasiado tarde para una excursión larga que se vería privada de los atractivos de la siesta, las paradas o la contemplación de las chorreras derramándose sobre los canchales. Se caminaba bien, no obstante. Los retamales fueron más modestos que el día anterior, sólo unos pocos y nada apretados; el largo valle un paseo agradable y la subida del farallón rocoso del fondo entretenido y sin mayores dificultades que la de tener que seguir rigurosamente los hitos que sorteaban los resaltes rocosos.


Hace un par de días me desperté con la sensación de que a estas alturas todo estaba hecho, la casa, su entorno, la parcela, las fotos, la escritura; el círculo se estaba cerrando y a un servidor parecía que sólo le quedase entretener el tiempo, la vida había hecho su recorrido, había explorado todas sus posibilidades y desnudo, el presente, parecía huérfano de todo estímulo, sin tensión, sin la gracia de una nueva motivación que te empujara a levantarte al día siguiente de un salto para ponerte manos a la obra. Que sabiendo que el camino de la vida termina entre el perejil, como decía aquel haiku, que conociendo de la dificultad de engendrar nuevos retos, la ilusión por levantar una casa de nuevo, construir un entorno, ver crecer un bosque a tu alrededor, teniéndolo todo hecho, sabiéndolo, acaso sentado sobre alguna cumbre del mundo, sólo quedará contemplar la larga longitud de tu sombra; y será todo.

Hay sensaciones que son como sensores que, distribuidos por aquí y allá del cuerpo o del alma, nos ponen al corriente de realidades que subyacen bajo la superficie de nuestra cotidianidad. Nos aportan un conocimiento sobre nosotros mismos y sobre nuestra realidad. Hoy, mientras dejaba atrás la laguna del Barco, recordé con claridad esas sensaciones de días atrás que las ocupaciones diarias parecían haber condenado al olvido. Al retomarlas a primera vista no me parecieron cosa que fuera conmigo, había pasado el momento ese en que un pensamiento tiene la fuerza imperativa de una convicción y ahora sólo merecía apenas el calificativo de mera especulación.

El caso es que por la tarde, cuando descubrí que estaba dejando poco espacio para la contemplación, que me apresuraba a poner una montaña tras otra en mis proyectos o llenaba mi tiempo con sucesivas actividades, me entró la sospecha de si inconscientemente no estaría intentando poner una barrera ante el peligro que se me podía avecinar si algún día definitivamente diera todo por hecho y conocido y no fuera ya necesario cargar con la cámara fotográfica, escribir, diseñar un rincón de la casa, viajar, construir un rumoroso riachuelo que cruce nuestra parcela, proyectar un trekking por las Torres del Paine o Nepal; ese día en que la curiosidad y los proyectos desaparezcan y pasen a convertir los días en un desierto. Días atrás, en la excursión de los miércoles del Navi había surgido este tema conversando con Jacinto. Sí parecía que fuera un asunto en que pudiéramos estar implicados de alguna manera los jubilados. Cuando uno se hace mayor no deberíamos permitirnos el lujo de abandonar esas aficiones y curiosidades que nos han mantenido activos durante toda la vida si queremos mantener una existencia aceptable. Sospecho que por ahí andan los tiros de cierta hiperactividad que me sobreviene con alguna frecuencia. Creo que en el fondo hay un miedo latente a ese día en que pueda despertarme con la idea de que uno ya ha hecho todo y que no le queda por tanto actividad o proyecto suficientemente sugestivo con que entretener la vida.


Tras el precipitado descenso de La Covacha en el valle el tintineo del cencerro de las vacas, unos pocos peces en la poza cercana, las cabras montesas, yo, la siempre deseada soledad, la brisa. Sentado en el poyo de piedra junto a la puerta del chozo de Anselmo me tomo un respiro antes de continuar el descenso. Se ha hecho muy tarde y no puedo entretenerme mucho si no quiero que se me haga de noche por el camino, pero es tan plácida la tarde, los colores tan suaves, tan bellos que da pena abandonar el lugar. Una vaca próxima negra negrísima de grandes ojos de pez arranca el paupérrimo pasto amarillo a pequeños tirones de sus dientes. El destino de estos animales parece ser pasarse la vida comiendo. Cada poco vuelve su cabezota en un movimiento muy forzado para lamerse una molestia en sus cuartos traseros.


Al final del día largas nubes estiradas teñidas de violeta y carmín cubren por poniente el cielo tras las montañas del Calvitero. El cuerpo, cansado después de una larga jornada de caminar, el rostro tenso por el sol. En la mesa un vaso de vino y un trozo de jamón. Enfrente, la silueta de Canchal de la Ceja y del Turmal, la cumbre de Talamanca, todas ellas parte ya de las sombras que preceden a la noche.


La luz de la luna entra ahora por la ventana trasera de mi chozacar aparcada en lo alto de la sierra por encima del puerto de Tornavacas. Con las luces apagadas contemplo el cielo, el perfil de la sierra, las pequeñas agrupaciones de luces de los pueblos de los alrededores. Descanso de caminar. No tengo ganas de cenar. Tumbado en la cama de mi chozacar recreo las sensaciones del día, esa amplia superficie amarilla del valle salpicada aquí y allá por breves manchas verdes y sobre cuyo final se alzaban las sobrias cumbres de La Azagaya, La Covacha y El Juraco, la búsqueda sistemática de los hitos, los simpáticos cabritillos y sus elegantes saltos acompañando obedientes siempre a sus madres por los canchales y las llambrías. Pero sobre todo el silencio sólo alterado por el sonido de los cencerros o el ruido esporádico de alguna cascada.