Usando del privilegio de las águilas
con su nido allá sobre la cumbre
donde como siempre los recuerdos eran persistentes,
habían dormido entre el raso de las estrellas
y la alfombra de las luces que sembraban el llano
hasta el horizonte donde la ciudad dormía
en su lejano silencio.
El aire era tibio
y fue agradable charlar
hasta entrada la madrugada
sobre la cumbre arriba de la Barranca.
Ahora, en la fuente de la Campanilla
agua y bronce tañían
a la hora temprana del regreso.
El gran pino de porte tortuoso y elegante
hacía tremolar su follaje
sobre el verde tapiz
donde los rumiantes dejaban sonar
sus cansinos cencerros
tolón tolón tolón
junto al guirigay de los carboneros
desperezando entre los escaramujos.
Era la hora del regreso,
arroyo abajo
entre los grandes y esbeltos pinos,
por la umbría y callada vereda.
Encogido en la urna de cristal de extraños y exóticos sueños, forcejeé en el líquido amniótico de la noche para que el mundo permaneciera oscuro y en silencio en un cinematógrafo donde yo, protagonista y espectador, vivía la notable intensidad de unos hechos.
Me escondí en la oscuridad cerré con fuerza los párpados y pasé como si no me enterara por las puertas de un amanecer negro. Demoré en la noche como se demora un orgasmo …y los sueños se producían en cascada y llenos de plenitud.
Hasta que el sol me dio en los ojos en un bosque que olía a romero, y hube de incorporarme y mirar la mañana a través de la pequeña rendija de mi ojo picoteado infamemente por los mosquitos … para más inri. La escafandra y la mariposa, sí, mi sueño debió de hacer alguna visita al fondo de los mares porque me desperté con una disposición nueva: hoy sería día de hacer nada.
Más tarde sentí una brizna de felicidad limpiando de abrojos mis medias de montaña; desempolvé mis botas arreglé un boquete en el saco de dormir, puse algo de orden en mi refugio volante. La mañana se hizo para el cuidado de mi cuerpo, de mis botas, de esos utensilios que me acompañan en silencio, fielmente.
Y sólo bastó echarme a un lado en la cuneta para descubrir otro mundo, buscar una sombra, afeitarme hidratar mi piel, tomar un descanso. El apacible encuentro entre mis cosas y yo, las que protegen mis pies, me abrigan, me orientan o me alimentan. Fue delicioso perder el tiempo en naderías.
El sudor empezaba a humedecer mi cuerpo
cuando por encima del collado
asomó el alba,
una aguada vaporosa a medio hacer
buscaba asentar las formas
sobre el grueso papel del amanecer;
sin prisas, envuelto en la atmósfera opaca de la costa,
el sol fue poniendo perezosamente aquí y allá
pinceladas de herrumbre y ceniza,
algunos toques de ámbar
fueron cubriendo el desierto de las colinas
y las ramblas,
pintando de amarillo las flores de las chumberas.
En la cumbre el sol llegaba renuente
retenido por la bruma
que demoraba su aseo matinal
correteando entre pinos enanos
de brillantes hojas.
De la palas de los cactus pendían
delicadas gota de rocío
donde el mundo aparecía patas arriba
a punto de desplomarse sobre el suelo.
Caminar por la orilla del alba junto al mar y las palmeras, junto al mar y sus olas negras mientras la luz se bebe sorbito a sorbito la noche, junto al mar de agostados arbustos y livianos pájaros; antes de que el sol se haga de fuego en la mañana del mar.
Por las ramblas arriba
las adelfas tapizan el valle
el romero perfuma el aire
la moscas, inevitables golosas, zumbaban
unos pocos pájaros silban entre los arbustos.
Por demás el lugar viste una lujosa soledad
barrida por la brisa,
las montañas de cabo Tiñoso
se alzan sobre el agua
cuando aún ésta dormita
en el regazo de la ensenada.
Es la hora del caminante
que baja por la senda
despertando a los guijarros
y pintando en su lienzo digital
los colores de la alborada,
para que no se le olvide que existen
mañanas así
como días al principio del mundo,
brisas que obligan a las adelfas
a hacer delicadas reverencias,
como un beso
como el temblor de una mirada
que posa levemente sobre otros ojos
que a su vez la están mirando.
Luego el camino desciende de lo alto
hasta la calma dormida del mar
y las olas despiertan
y saludan con la mano al caminante,
se alejan con un bye bye.
El caminante, el mar, la montaña
son una misma cosa,
caminan de la mano un par de horas
y luego el mar desaparece
y quedan las adelfas, el romero, las moscas.
Las nubes, elementales,
han ocultado el sol
y es placentero subir por la roca clara
con sus hoyuelos color café con leche
donde crecen pequeñas matas de romero
y estiradas adelfas carmesíes.
Esa necesidad, hitos en que apoyar el curso de la memoria; porque siendo que el vacío se lo traga todo, que quede al menos el perfume de esa mata de romero que alegró tu alma aquel día, aquella tarde en que el sol caía lentamente sobre la brasa del horizonte.
Como cada tarde
las olas vienen a mis pies con sus verdades,
hacen un pequeño ruidito,
tac tac tac tac
y se amansan sobre la arena
que escucha la monótona retahíla
mientras piensa en otra cosa,
los tiempo en que fue
alta montaña
cuando alimentaba el frondoso pino
o le cubría la húmeda hierba
de los altos prados
o acaso cuando todo a su alrededor
era silencio
y la luz llegaba aterciopelada
envuelta en húmedas y verdes estrofas,
lejanos tiempos
en que el aire era muy fino
y cada amanecer era despertarse
con las manos llenas de promesas.
Hoy subí a las montañas
para bajar después al mar
por el valle de las adelfas.
El mundo era nuevo
y la luz, que bajaba del cielo lentamente,
se fue instalando por los
rincones de los valles
mientras yo hacía el camino de los acantilados
donde minuto a minuto
despertaba el día
entre las flores y los cantos rodados.
Al fondo, en el mar,
flotaba una isla puntiaguda
a cuyos pies la mañana
hacía las abluciones de luz.
Luego hube de sortear
grandes peñascos
como gigantes decapitados
en el tumulto de una gran batalla de piedra.
Fue después cuado dejé
el mar a mis espaldas
y subí por las ramblas perfumada
por las flores,
cuando el calor
era ya un pesado fardo
que hacía penoso el camino
y el cuerpo desnudo de las montañas
había perdido su encanto
bajo el peso implacable del sol.
Y sin embargo todavía era necesario
atravesar el amplio páramo
y alcanzar las montañas
cuyas raíces se hundían abruptas en el mar,
y soportar la fatiga y el sol
hasta alcanzar de nuevo
lo alto de la sierra
donde las luces del alba
habían venido a abrir mis párpados,
arriba sobre la cumbre del cabo
donde una antigualla de otros tiempos
barrió con su fuego el horizonte marino.
Esta luz que se abre paso como un abismo
abrasando la mirada,
colinas de arena en la hora de la inquietud,
la extraña inquietud de otros cuerpos
del rayo, del mar de la noche
salmodiando miedos desconocidos
“el deseo desnudo de tus ojos”
que sabe que traigo la distancia conmigo,
que no fui hecho para la concordia
aunque sí para el amor.
El surfista solitario
cabalga en su patín
sobre las indómitas crestas blancas,
al otro lado de las elegantes dunas,
eso que será la fiebre una vez más
a la caída de la tarde.
Y por si fuera poco
no habrá tiempo para aprender
lo suficiente
antes de que seas ceniza fría
entre las manos del tiempo.
No habrá tiempo
tu cuerpo quedará temblando en el vacío
nada entre los brazos,
tan sólo la inquietud de haber amado.
¿Cuándo empezó a suceder
mirar con tanta inquietud
los bellos cuerpos
jugando con los rizos espumosos del mar?
Me di un paseo
las rocas rompieron indolentes
contra el vacío,
acaso esté llegando
el momento del infortunio definitivo,
ese maldito escepticismo
tan avalado y gris
con su olor a impotencia y a orines.
De pronto me cansé, no encontré caminos a mi gusto para seguir bordeando la costa; demasiado asfalto; así que en Viveiro, todavía con un programa alternativo en la cabeza para dirigirme al sur por una sierra por donde abundaban los molinos, salí del restaurante y me encontré con un tiempo endemoniadamente desapacible. Me puse el jersey y decidí pensarme qué hacía dando una vuelta por las callejuelas del casco antiguo. ¿Un recorrido turistico por el norte en el FEVE?, ¿una continuación de mi paseo por Picos de Europa?... Al final decidí que me volvía a casa, pasando por Lugo. Se terminó mi vagar por Galicia, al menos por este año.
Son los últimos versos que escribió Machado antes de morir. Hoy era así la mañana.
La noche ha dejado pequeñas gotas de humedad en donde brilla el primer sol de la mañana. En lo alto la lanza inhiesta de los eucaliptos apunta con su penacho de hojas al cielo. De los largos troncos salen pequeños quejidos de la madera torsionada por la brisa. Un bosque de eucaliptos es siempre un caos de maderas muertas, helechos, zarzas, una alfombra de hojas curvas y lanceoladas que amontonadas no llaman la atención, pero que vistas aisladas sobre el macadán de la pista o sobre el asfalto, presentan una armoniosa estructura tintada de color vino unas veces, amarillo canela otras, gris ceniciento lasmás. Cuando abrí los ojos hoy lo primero que vi, sin embargo, fueron esas delgadas gotas de rocío colgadas de la punta verde de las hierbas que cubrían el prado donde la noche anterior había instalado mi vivac. Luego cerré los ojos intentando dar largas a mi sueño, pero fue inútil; en el extremo último de la noche había quedado cimbreando, acaso como en el grácil extremo del que colgaba en esa ahora las gotas de rocío, una imagen imprecisa que perseguí inútilmente. El sueño podía conmigo pese a que el sol se abría paso en el bosque desde hacía rato; me deshice de las botas que hacían de almohada, y me tumbé bocabajo empeñado yo todavía en volver a la fase del sueño en donde había aparecido aquella imagen. Un mosquito rondaba ruidoso la boca del saco de dormir.
Este año, que entré definitivamente en el club de hipertensos, andaba yo preocupado por los efectos colaterales de las dichosas pastillas, pero no hay cuidado, está a la vista que la primavera sigue tan pujante como siempre; no logré dormir, en su lugar tuve una bonita aparición que no sufrió ningún descalabro pese a la persistencia del mosquito que no teniendo donde agarrarse metía su trompetilla en el cuero cabelludo. Es suerte ésta la de las apariciones, cosas estas como la del grito de las olas o las gaviotas cuando arrementen contra las rocas o el puro aire de la playa porque si, con el desenfreno de los elementos de la naturaleza que se expresan con fuegos artificiales o tambores según las circunstancias y su peculiar modo de relacionarse con sus congéneres, las olas con la arena, las gaviotas con el aire, el hombre con la mujer.
Rodeaba la ría de Ortigueira por los cerros circundantes dando un gran rodeo para no toparme con el asfalto de la costa. Los verdes eran húmedos y brillantes, los recovecos del camino llenos de rincones umbríos; un espacio cuidado con hileras de tejos y grandes macizos de hortensias frente a las fachadas de las casas. Tañían a lo lejos las campanas; la vera del camino era una escandalosa pajarera que era dirigida por el canto poderoso de un ave desconocida para mí. El camino se hacía solo, tranquilo, como quien pasea atento a discriminar todos los instrumentos que estaban en juego en la luz de la mañana. Del valle llegaba el ronroneo de la carretera general, un poco antes de que el estero de la ría convirtiera el paisaje en un pantanal cruzado por pequepos riachos de agua que culebreaban camino del mar.
Nada más llegar a la carretera, enfrente, un cartel: Casa Pepe. Me meto en casa Pepe: un gran racimo de uvas negras, una taza de café con leche y una bolsita de bollos del país es mi desayuno. Una hora después estoy en Ortigueira, y más al norte, mientras la carretera va rodeando la costa junto a la vía del FEVE, el tren de juguete que recorre la costa del Cantábrico, yo me voy despachando con el monólogo de G. H., La pasión según G.H., de la ucraniana Clarice Lispector. Hace un calor respetable pero apenas me entero de lo que sucede a mi alrededor, paso a paso, por la línea blanca del arcen voy siguiendo las peripecias del encuentro de G.H. con una cucaracha. Ni Poe ni Kafka, un modo de hablar interminablemente sobre la existencia. Algunas ideas que ve voy encontrando mientras me aproximo a Porto de Espesante por una carretera de tráfico excesivo y ruidoso: "Crear no es imaginar, es correr el gran riesgo de acceder a la realidad, entender es una creación”; más: “Un mundo realmente vivo tiene la fuerza del infierno”; “Cuando terminé mi última relación amorosa sentí el gusto insípido de la libertad”; “los amaba, pero no siendo míos no los torturaba.
En to comí muy bien y tuvimos un largo rato de tertulia. Vanesa y Franck son muy jóvenes, alquilaron el local, pintaron en la fachada un motivo que apuntaba hacia un modo de vida, Franck a la barbacoa, los amigos, unos chiringuitos y sus dos perros corriendo por la playa. Vanesa estaba enamorada de su huerta. Franck tocaba el violín, Vanesa escribía en su libro de la vida, dibujaba en él, pegaba recortes de periódico, seguramente especulaba sobre la existencia. Quizás de aquello salga un libro, me dice. Con las ganas me quedé de echarle un vistazo más dilatado. Nos despedimos en la puerta del local.
Desde la playa donde escribo se ven los cíclopes de piedra que emergen agrestes desde el mar al norte de Cariño. Una pareja corre por la playa. Está empezando a hacer fresco. Es hora de recoger los bártulos e ir en busca de ese punto especialisimo sobre alguna prominencia que será mi vivac de hoy.
Esta mañana el mar es de un delicado y suave azul claro. Al fondo, sobre el agua y las lomas de Cedeira, levanta la niebla. Las olas rompen junto a mi vivac instalado sobre una plataforma de madera. El sol también es suave, una caricia que me demora en el lugar; mientras pongo a secar el doble techo de la tienda que me ha servido para protegerme del relente de la noche. Se está bien en el saco viendo ir y venir las olas. Las gaviotas vuelan sobre la nada de la niebla agarrada al agua, delicada, sutilmente atravesada por el sol de la primera hora.
Hoy un bosque de eucaliptos se interpone por primera vez en muchos días entre el crepúsculo y mi vivac. Lástima, me había acostumbrado a pasar las últimas horas del día mirando ese infinito tras el que el sol se oculta cada día. también por primera vez, desde el comienzo de este vagabundeo gallego, mis ropas huelen a sudor y vinagre. El tendedero volante que llevo sobre el macuto va a estar más ocupado con el calor que se avecina. Hoy sudé tinta por los montes al norte de Cedeira, una extraña casualidad había dejado sembrado el camino, una pista rodeada de zarzas y helechos impenetrables, de enormes árboles caídos que cortaban continuamente el paso. Extraño esto de caminar como un mono entre las ramas y los troncos, extraño y agotador. Me llené brazos y piernas de arañazos. Una novela de cínico y divertido Italo Calvino, cuyo título no recuerdo, acaso sea El barón rampante (gracias, memoria). relata precisamente una suerte de aventura así; tiempos aquellos en que todas las tierras de la cuenca mediterránea estaban cubiertas de encinas. Una aventura incómoda que no deseo a nadie.
Mi hartura de asfalto de ayer tiene la culpa de que haya huido al monte. En una taberna de Cedeira he abierto el programa del Garmin y he trazado una ruta sin asfalto que me lleva al cabo Estaca de Bares, uno de esos topónimos que los niños de segundo de primaria de mi promoción conocíamos bien, una Geografía de España que estudiábamos de memoria sin saber por donde andaban todos aquellos topónimos que ya de adulto fui colocando a lo largo y ancho de lo que entonces nombraban como nuestra Piel de Toro (nunca logré ver en esa piel de toro el perfil de nuestra península, pero eso decía el manual de geografía… misterio); topónimos que uno aprendió en la escuela y que quedarán por ahí en el cerebro como inútil muestrario de una enseñanza dirigida a amontonar información; como hoy, más o menos. ¡Ah del día en que en las escuelas se enseñe a pensar!, ¡qué ciudadanos tan distintos seremos entonces! Duro lo iban a tener los medios de comunicación, los políticos, toda esa suerte de propaganda por la que caminamos serviles como corderos.
Algo así se pregunta Arturo Barea al final de la primera entrega de su obra La forja de un rebelde; cerrado el libro en la época de la adolescencia de principios del pasado siglo, hace un repaso de las enseñanzas recibidas durante la infancia y, al cabo, éste se pregunta: ¿qué de todo esto me ha servido de aprendizaje para la vida? Nada, se contesta, nada de ello me enseñó a vivir; lo que me enseñó a vivir estaba en otro sitio, fue lo que aprendí por mí mismo, relacionándome con la realidad lo que produjo el aprendizaje de la vida.
Y al final de la tarde sigo el impulso que me dicta recoger todo y caminar todavía un rato más. Y después de más de media hora, ya sobre un promontorio desnudo cubierto de hierba, aparece a mis pies el mar, no el mar que yo esperaba, azul, cortado al medio por la estela del sol; a mies pies hay un inmenso mar de nubes, blanco y vaporoso que cubre aquel otro de los peces y las olas. El sol dora la disforme superficie de las nubes adornando sus colinas de vapor con sus últimos rayos. En la superficie de la niebla se abren oquedades en cuyo fondo aparece un mar calmo pero sin brillo, que queda en lo alto enredado en los rizos de la niebla.