Mi nieto Manuel

Cabeza de la Braña, El Chorrillo, 13 de septiembre de 2016


Estos días me acuerdo con mucha frecuencia de Manuel, mi último nieto al que días atrás había dejado al final de la tarde dormido en su cuna de fibra vegetal cuando me dirigía a la cumbre del Regajo (o Peña Negra) sobre el pueblo de Valdemanco. Su recuerdo reciente, mientras recorría la cordal que lleva al Mondalindo y puerto de Canencia con todo el alfombrado de las luces de Madrid a mis pies, era una grata compañía para mi camino. Una vida nueva en nuestro entorno familiar, pequeña, delicada, frágil, tierna, sugeridora una vez más de este misterio que es la vida y que de alguna manera es un poco vida de nuestra vida. Caminar en la oscuridad solo por la montaña es siempre una fértil manera de emplazar a los hados y a los enanitos que cada hombre o mujer esconden en la profundidad de su ser; a veces hay acontecimientos que parecieran por sí mismos capaces de convocar toda una asamblea de estos pequeños seres que nos habitan, una asamblea cuyos componentes poco antes haraganeaban adormilados por el cerebro, por eso que llamamos nuestro ser interior, y que a la llamada de una nueva vida, despiertan, alertan las emociones y convierten tu alma en un pocillo de ternura.



Un rato después, tras perder el camino en el collado Abierto, bajo el Mondalindo, encontré en lo alto de Cabeza de la Braña un lugar para mi vivac. Los grillos grilleaban, corría una ligera brisa y a mis pies, como un inmenso mar lleno de luciérnagas, el mundo de los humanos parecía hervir en la distancia. Junto al lugar unos ojos brillantes espiaban mi presencia: ¿un zorro, un corzo, un lobo? Era medianoche, había caminado cuatro horas desde Valdemanco, me había perdido un rato entre los altos piornos de un collado y nada más: el silencio, el llano iluminado a mis pies, la idea de marcharme al Pirineo unos días, el recuerdo apacible de Manuel, que entonces cumplía su primera semana de vida. Sobre este mar de fosforescencias, a mis pies, en algún lugar, los fuegos artificiales de un pueblo en fiestas, las luces de un avión que se elevaba a lo lejos sobre las pistas de Barajas. Me dormí como un bendito pensando en ese ser diminuto que ahora dormiría como Moisés en su cesta de mimbre ajeno todavía a todo lo que le rodeaba.



Días después volvía a la Pedriza. Desde la Hoya de Blas había escogido la senda que lleva al collado Ventana, después había rodeado la pared de Santillana y me había metido en los bellos vericuetos y roquedos que descienden hacia el collado de la Dehesilla; y todo ello metido en la lectura de una antología de cuentos de autores norteamericanos. En el último tramo, mientras buscaba las señales blancoamarillas a cada momento, me había tenido que parar varias veces para oír con detenimiento un cuento de John Steinbeck que me parecía una delicia; se titulaba El conductor de caravanas. El abuelo, un antiguo jefe de caravanas, descubre en una visita a su hija, que tiene varios críos, que a la noche frente al fuego, cuando él narra algunas de sus experiencias a través del Oeste, sólo el nieto más pequeño es sensible a sus historias. Batallitas del abuelo, parecen decir los otros. Precisamente aquel nieto, inmerso en su mundo infantil y en las aventuras de su día a día, invita aquella noche al abuelo a una particular aventura que se trae entre manos aquella semana, le pide al abuelo que se vaya a cazar ratones con él el próximo día. El abuelo, resignado ante tan nimia aventura, acepta y a la mañana siguiente sigue a su nieto hasta el lugar de la caza. Pero definitivamente el abuelo no está para esa clase de aventuras; llegado al lugar propuesto para la caza se sienta en una roca bajo la sombra de un álamo y le dice al nieto que le espera allí hasta su regreso. Para el nieto la aventura sin su abuelo es un fiasco y, contrariado, decide renunciar a sus ratones. Cazar ratones sin el abuelo carece de interés para él.



El nieto, recordando la experiencia de la noche anterior, propone entonces al abuelo que continúe con sus historias de cuando era jefe de caravanas. El abuelo, que había observado el desinterés de sus otros nietos y se había propuesto no volver a contar ninguna de sus experiencias hasta que no se lo pidieran expresamente, encuentra en su nieto un aliado para sus reflexiones e intenta explicarle que lo que él querría no sería solamente contar historias sino que los que le escuchan supieran de las emociones y los porqués de aquellos hombres que lucharon tantos años y tan duramente por abrirse paso en su camino hacia el Oeste. El abuelo ha vivido una vida intensa dirigiendo caravanas y ahora le pesa la carga de la futilidad de la vida, hay una gran cantidad de ancianos, le dice en algún momento, que odian el mar porque fue el mar el que detuvo su marcha hacia el Oeste. Ya no hay lugares donde ir, se lamenta, el Oeste ha muerto para la gente, el Oeste no es ya un ansia, todo está hecho.  

¿No es todo un poco así en el último tramo de la vida? ¿No sucede que para los abuelos el Oeste cada vez es más exiguo? ¿No sucede que cada vez nos acercamos más a ese punto en que "todo está hecho"? Para Yodi, el nieto, sin embargo, el mundo está todavía lleno de atractivos. Cosas que entran en lo que llamamos ley de vida. El otro día leía una entrevista a Reinhold Messner en la que al ser preguntado por su vida actual tras abandonar las aventuras empeñativas en la montaña, respondía, que él cada ciertos años debía acometer la experiencia de reinventarse.




Mi intención era hablar de Manuel, pero, sí, a última hora me fui por los Cerros de Úbeda. El caso es que después de leer este cuento, ahora ya repantigado a la sombra en el collado de la Dehesilla, me estuve recreando por un buen rato en el Manuel de hoy y en el de mañana. Me le imaginaba en el monte acompañando a su padre corriendo tras las cabras, jugando con alguna de ellas: Noche, Sierra, Mora, Reina, Guerra, Pinca, Ojitos (el centenar de cabras del rebaño de Mario pasó por la pila bautismal, por cierto, muy original y acertadamente); montando a Gitano, el caballo de Mario, peleando con los mastines, Cancho y Peña, o acompañando quizás a sus abuelos en un paseo por La Cabrera o el collado de Medio Celemín. Quizás Messner tenga razón y la cosa consista en eso, en reinventarse de tanto en tanto. De momento Manuel y Ainara, la golondrina treparriscos de mi nieta, ya son un referente para ese futuro que sin ellos sería algo deslucido. 




¿Por qué coño hacemos tantas cosas "raras" en la vida?

El Chorrillo, 23 de agosto de 2016

Terminamos de ver Kika, de Almodóvar y el buen trabajo de la Forquet, pero es pronto y además me he echado una larga siesta después de volver de la Pedriza. No tengo sueño. El ventilador es un susurro a mis espaldas y las mariposas revoloteando por la parte externa de la tela mosquitera vuelan incansablemente sin entender que no puedan llegar hasta la luz de mi flexo. Revolotear en torno a algo sin poder alcanzarlo es una situación bastante cotidiana en la que todo el mundo tarde o temprana se encuentra. Caigo en este hecho corriente; la noche de anteayer, mientras subía desde el pueblo de Canencia por la cuerda de los Altos del Hontanar en plena oscuridad, sin hacer, cabezonamente, uso de la linterna, pensaba en la gran suerte que es disponer de tu tiempo a tu antojo; pensaba volver a Valdemanco por el puerto de Canencia, pero en la oscuridad había visto la silueta de la cumbre de la Najarra y de repente se me ocurrió que podría dormir en la cima donde un tiempo atrás había subido una noche a ver amanecer. Dicho y hecho. A la mañana siguiente se me ocurriría que podría seguir por la Cuerda Larga acaso hasta El Escorial, pero llegado a Cabeza de Hierro pensando que tenía el coche en Valdemanco en casa de mi hijo Mario, decidí bajar desde allí mismo directamente hasta la cuenca del Manzanares; craso error, ya se verá.



Pero a lo que iba, esa libertad de poder hacer esto o lo otro, sin tela mosquitera por medio, cambiar de idea varias veces al día y tomar aquellos caminos que a cada momento se te antojan. Gran hallazgo, amigo Sancho, aunque para ello tengas que estar jubilado y tener una pareja nada quisquillosa que no te ponga morro porque le dices que no vas a aparecer por casa en varios días. Lo contrario de las mariposas que rondan mi ventana esta noche, que las pobres no saben otra cosa que darse de narices sin poder alcanzar esa luz que tanto les llama la atención, pero que en cualquier caso acabaría con sus vidas si no tuvieran el mosquitero entre su objetivo y ellas mismas. Para sacar paradojas hay situaciones de todos los gustos.

Bendita libertad la de andar por el mundo y los caminos sin otro obstáculo que lo que den las fuerza de tus piernas o tu resistencia a los calores, los fríos o el cansancio propio de quien vaga por el mudo durante muchos meses.




Quique y Lucía me habían dejado en el pueblo de Canencia sobre las siente de la tarde. Durante los días pasados había estado caminando por una parte del Pirineo Vasco-Francés y estaba mosqueado porque lo había pasado bastante mal por falta de preparación y no quería volver a dejar que mi cuerpo volviera a las andadas, así que me hice el propósito de tenerle despierto a base de caminatas. Y, ay, qué sorpresa y qué placer sentir que mis piernas después de una semana de fatigas volvían a estar en forma. De hecho empezó a parecerme que tan bien como subía merecía una excursión mucho más larga que aquella de subir hasta el Cerro del Cuclillo para a la mañana siguiente llegar al Mondalindo y descender a Valdemanco. No podía desdeñar la oportunidad, me fui diciendo mientras ascendía por el robledal sobre Canencia. Con aquel regocijo que me fue ganando casi me daban ganas de seguir caminando hasta El Escorial.

Y se hizo de noche y aunque perdí las gafas y me era imposible ver con claridad la señal del gps las pocas veces que me extraviaba entre las retamas y los piornos, el gozo que me venía de comprobar que las piernas me funcionan tan bien hacían de la caminata un gusto. ¡Fuera, vaca!, tenía que azuzar a alguna que me encontraba en el camino, sólo dos ojos brillantes en la oscuridad cuando intentaba localizarlas  con la linterna. Un par de constelaciones se acunaban sobre el lomo de la Cuerda Larga. En algún momento se encendió una poderosa linterna sobre la loma de enfrente; encendí la mía para jugar un poco con el posible caminante nocturno. Pero resultó que la luz de la linterna se elevó suavemente sobre la loma y siguió subiendo y subiendo: me equivoqué, se trataba probablemente de un avión que acababa de despegar sobre las pistas de Barajas. Poco después salió la luna, una luna dorada a la que ya le faltaba un trozo en su parte derecha, una luna tenue, como un farol encendido pero que apenas diera luz.





Llegando al puerto de la Morcuera vi otra linterna, ésta zigzagueaba solitaria hacia la cumbre de la Najarra. Me llevó una hora llegar a la cumbre; el paisaje nocturno del llano madrileño era magnífico. Mientras buscaba un lugar para mi vivac desde donde pudiera ver amanecer, empecé a pensar en un tema reiterativo que me ronda desde hace una semana por la cabeza. Ese continuo porqué que trata de averiguar por qué coño hacemos tantas cosas "raras" en la vida, esto por ejemplo de empeñarse en caminar a oscuras por el monte. El otro día en un post hablaba de las facultades que ponemos en funcionamiento haciendo esto o aquello y de cómo obtenemos a veces gran placer poniéndolas en prácticas. Pero esta noche eso de facultades me sonaba un poco soso, necesitaba otras palabras para centrar más la idea.

Si partía de un hecho sencillo como el de hoy, esa caminata nocturna, quizás pudiera determinar con más acierto eso que sucedía en mí, y por tanto podría acercarme a explicar la razón por la cual me había empeñado en lo que estaba haciendo. En casa tenemos un gato joven nuevo que a diferencia de los otros juega como un descosido con cualquier cosa que se encuentra rodando por el suelo de casa; algo parecido sucede a los niños chicos. Todos hacemos cosas que nos placen, pero ¿por qué nos placen? ¿Por qué nos place correr un maratón sabiendo el sufrimiento que conlleva? ¿Por qué nos place el hacer una ascensión empeñativa cuando puedes dejar tu cuerpo hecho unos zorros? Y así cientos de preguntas similares. Desde que empecé a salir a la montaña, allá por los dieciocho años, siempre fue una cuestión candente que me venía tarde o temprano. Entonces leí muchos libros que tocaban este tema: ¿Por qué este amor a la montaña, por qué tantos esfuerzos y peligros?

A base de intentar pinchar con el palillo la aceituna una y otra vez uno termina por acertar en algún momento. Esa es la sensación que tengo yo con este interrogante. En todos los casos que he citado siempre hay un factor presente, en todos los casos nuestro yo experimenta, se experimenta a sí mismo, alguna de sus posibilidades; experimentamos nuestra fuerza, experimentamos nuestro arrojo y nuestra capacidad de superar el miedo, experimentamos nuestra capacidad de sufrir, nuestra capacidad de amar. Siempre que nos ponemos delante frente a un reto, sea éste resolver un problema de ajedrez, poner a prueba nuestra creatividad, dar capricho a nuestra curiosidad o cumplir un proyecto que requiere arrojo y decisión, siempre estamos despabilando a nuestro yo, tan propicio a la comodidad y la pereza, estamos experimentándolo, poniéndolo a prueba.

Ver con bastante claridad por qué uno se empeña en patearse los Alpes durante meses o se encuentra dispuesto a subir corriendo el último tramo de la cumbre del Mont Blanc, esta noche me parecía un auténtico descubrimiento. Gozamos experimentándonos, poniendo a prueba nuestras piernas, esa parece ser nuestra naturaleza, el modo en cómo nuestro cerebro administra nuestros actos; cualquier parte de nuestro yo capaz de hacer un esfuerzo físico o mental parece destinado a ser el hilo de Ariadna que nos lleva a las puertas del placer. El organismo se comporta como si el esfuerzo fuera una condición sine qua non para acceder al placer. Otros caminos hay para llegar al placer, pero quizás éste sea el más hermoso por cuanto es producto de nuestra acción y nuestra voluntad.

Creo que me dormí saboreando esta idea, que me parecía un saludable descubrimiento a tener en cuenta. La luna veló mi sueño y apenas pude asistir al amanecer; me desperté cuando el sol me dio en los ojos. Al mediodía estaba en Cabezas de Hierro, tan familiar casi como la propia parcela de mi casa; cumbres amigas desde el final de la adolescencia. Ahora tenía que decidir qué hacía, volver atrás para bajar por las Torres, ir a Cotos, al puerto Navacerrada. No, nada de eso, uno es bastante inconsciente a veces, tiene cierta predilección por los atajos, aún a sabiendas de lo traicioneros que pueden ser, y así para ser fiel a mi propia tozudez decidí bajar directamente desde la cumbre hacia el río Manzanares. Parecía un pardillo, como si fuera la primera vez que fuera a la montaña. Tardé horas, muchas, canchales muy difíciles de bajar, arbustos apretados que sobrepasaban mi altura, arañazos, raspones, brezos, zarzas; en algún momento sólo encontré camino por mitad del riachuelo con el agua hasta el muslo; ni siquiera podía molestarme en quitarme las botas. Si alguno quiere vivir una aventura de verdad en la Pedri no tiene más que repetir el camino, traerse la plomada, colocarla en la cumbre de Cabezas y seguir la vertical hasta darse de bruces con el río Manzanares; eso sí, llevaros un botiquín por si acaso.


Estaba tan cansado cuando llegué a las cercanías de Charca Verde que no tuve otro deseo que tumbarme junto al río, beberme un litro de leche y dormir, dormir hasta que de nuevo el sol vino al día siguiente a acariciar con sus rayos mañaneros mi rostro. También el cuerpo cansado y dolido era un placer para saborear camino de Manzanares.






Una golondrina en el rocódromo


Pamplona - Madrid, 18 de agosto de 2016

Cuando una tranquila paz salida de no se sabe dónde se te cuela en el cuerpo y miras el paisaje que pasa ante la ventanilla del autobús, desde tu lejano bienestar se diría que estás en el mejor de los mundos. Vuelvo del Pirineo cuando a lo mejor debería estar caminando bajo la lluvia en dirección a Sant Jean Pied de Port. Está claro que no es fácil saber muchas veces dónde uno va a estar mejor. Cosa de magia porque si realmente supiéramos a cada instante dónde íbamos a estar mejor de verdad, es decir esa situación en que con el cuerpo relajado miras apacible y un tanto condescendiente al mundo que te rodea mientras el gustillo de la vida te corre por dentro, entonces estaría clara la elección a hacer. Pero pocas veces es así, averiguar que viajar en autobús mirando el paisaje te va a hacer feliz no es posible, entre otras cosas porque no es exactamente el paisaje ni el autobús lo que probablemente te hace feliz. Podemos caer en confundir las cosas. La verdad es que casi siempre es el mismo interrogante. Quieres ser feliz pero raramente sabes de dónde viene esa cosa que llamamos felicidad. Nos tenemos que conformar con constatarlo y como mucho intuirlo.

Ayer fue un día precioso, estéticamente como un cuadro de Degas con esfumatos suaves y deliciosos que la niebla generosamente fue pintando durante toda la mañana a cada paso de mi trayecto, un esfumato similar al que el fotógrafo Haminton recurre para envolver a sus muchachas en flor llenas de descuido y muselina. Todo pura suavidad y sugerencias. Ni un momento levantó la niebla, caminé por un mundo húmedo donde las ovejas y los caballos pastaban dócilmente pero sin sentir ese asombro que le venía al caminante del paso por medio de tanta belleza. Los hayedos de enorme hayas de brazos abiertos como sombras saturnales alzándose en las laderas como una tropa dispuesta a defender silenciosamente a los elfos que en algún momento habrán de librar a la humanidad del Mal, el pasto de colores cálidos y otoñales más suaves que los cuadros de Monet, las ovejas somnolientas mirando pasmadas la aparición del caminante entre los velos de la niebla, en fin, los campos de helechos destilando agua y entre los cuales tras haber recorrido la larga cordal del pic d'Ipala un servidor se dio un porrazo de muerte.

Plas, un descuido, resbalas y te encuentras volando por la pendiente. Joder, caí sobre el brazo derecho y la cámara fotográfica, un porrazo de leches. Me alcé del sueldo atontado, palpándome, como quien hace balance de qué se ha podido romper. La cámara funcionaba pero mi brazo derecho tenía muy mal aspecto, arañazos varios y algunos cortes de entre los cuales uno, más profundo, sangraba abundantemente. No tenía otro botiquín que algunas gasas y un poco de suero, ni siquiera me quedaba un poco de agua. En la precipitación por buscar algo que detuviera la sangre, unas gomas elásticas y un trozo de velcro, me puse perdido de sangre. Después de la cura la cosa no quedó mal del todo, un poco chapuza, pero podía pasar. Ahora sólo me preocupaba que nunca llegue a ponerme la segunda dosis de la inyección del tétanos. Cuando llegué al pueblo el médico me miró con condescendencia y un tanto reprobación. En mi francés de los tiempos del instituto tuve que pedirle disculpa por mi aspecto físico de cinco días sin ver una ducha; desaseado y sin afeitar debía de tener un aspecto un tanto salvaje.

A todo esto salgo del médico a las dos de la tarde, llevaba caminando desde las siete de la mañana, y van y me dicen en el único restaurante del pueblo que a esa hora ya no me pueden hacer nada, lo típico, que si quieres bocadillos. Ya. Y además estoy empapado, me he llevado todo el agua de los helechos del Ipala, la tienda está empapada, las botas chorreando y los pies arrugaditos amagando ampollas en varios sitios. Me siento en el pretil de la carretera a hacer meditación. Se me ocurre mirar el tiempo de la zona para los días que vienen y hay cinco días de lluvia por delante. Más meditación. Y mi nieto a punto de llegar de París en el pico de la cigüeña. Y por curiosidad miro por ahí y me entero que tengo a mano un transporte que me deja en Pamplona a última hora de la tarde.

Total, a las nueve estoy paseando por las callejuelas más concurridas de Pamplona. Ambiente a tope, un plato de pulpo a la gallega, una ensalada y un helado que se sale del plato. Buen final de día. Tramé mientras tanto irme a terminar la Ruta de la Lana de la que me quedaban cuatro jornadas, allá por el sur de Burgos, cerca de Santo Domingo de Silos, pero me obligaba a hacer noche en Aranda de Duero. Al final comprendí que mejor lavaba mi ropa y secaba mi impedimenta en casa. A fin de cuentas si voy a tener un nieto tampoco puedo presentarme a recibirle una semana después de que haya nacido.

Por cierto, hablando de nietos, ayer recibí una foto por whatsapp en que mi nieta, ya una moza de ocho años, hacía pinitos sobre un rocódromo. Os diré que el abuelo sintió cierto tirón de emoción viendo a esta criaja, como quien dice recién llegada al mundo, trepando con un estilo impecable por el armazón vertical de la pared. ¡Dios, cómo pasa el tiempo y cómo recordé en ella aquel tiempo imperativo de mis jóvenes años de escalada! Y yo iré y se quedarán los pájaros cantando... y tantas veces más que la nostalgia me hará repetir aquellos versos de Juan Ramón Jiménez. La vida se reproduce en vida, la antorcha se quema, morimos, pero el fuego permanece, vibra en otras vida. Hay cosas de las que no somos conscientes del todo,  por lo menos en su aspecto vital e íntimo, somos vida, moriremos, pero la vida sigue palpitante en el fulgor de una nueva llama. Mi nieta Ainara y mi nieto de camino son ese fulgor que anida en lo más íntimo de cada ser y que en algún momento viene a recordarnos que nuestra soledad en el mundo es una soledad acompañada y esperanzadora.

¡Hele por mi nieta treparriscos!


("El nombre de Ainara es de origen vasco. Procede de “ainhara”, que en euskera significa “golondrina”)

Original de Guillermo de la Madrid 




Sonrisas seductoras

Pic d'Ipala, Pirineo Francés, 16 de agosto de 2016




Hoy, después de dejar atrás dos féminas con las que me crucé, volví a preguntarme por cual sería la razón de que las mujeres sonreían más y por supuesto muchísimo mejor que los hombres. La verdad es que es una pregunta recurrente, inevitable cuestión cuando uno camina solo y cada cierto rato se cruza con alguna caminanta. No abundan las distracciones propicias a la reflexión en lo que a personas se refiere a lo largo de mis caminos, así que como las mujeres siguen siendo con mucha distancia mi objeto de predilección en lo que al reino animal que circula por el Pirineo se refiere, mi animala llamaba el poeta chileno Gonzalo Rojas a su amante, y no hay chica, joven o no tan joven, con la que me tropiece a la que no eche una buena ojeada, a la fuerza tengo que rendirme a la evidencia de que la sonrisa es uno de los atributos femeninos más preciados por el caminante. Y es que hay sonrisas que me dejan las piernas flojas: ¡condenadas! Sí, 
esos rostros sonrientes de féminas con un delicioso bonjour en los labios es una de las atracciones más agradables del camino. Me pregunto si ese Dios chapuza del que hablaba ayer no será también, no todo lo debió de hacer mal claro, aunque esa ocurrencia de crear a la mujer de la costilla de Adán sea una pasada psicodélica que no se la cree nadie, si será también el autor en el repertorio de los recursos cautivadores de seducción que puso en manos de la mujer éste tan endiabladamente seductor. Uno, que ni es creaccionista y cree a pies juntillas que el proceso evolutivo del hombre no tiene nada que ver con deidades, se echa las manos a la cabeza cuando piensa la perversidad que la evolución ha debido poner en su desarrollo para llegar a ese estado de sofisticación en que una sonrisa puede convertirse, a la vez que en un acto de intercambio social en una diabólica manera de cazar maridos. Sí, un divertimento no más.

En torno al mediodía el sol es inclemente bajando por un empinado camino que me lleva a Bidarrai. La pendiente es rigurosa y ayudan la bajadas largos tramos de cables de acero a modo de pasarelas. Las lomas de vacas han desaparecido de repente troncándose en un aéreo sendero protegido del vacío por grandes campos de helechos. Después habrá un largo caminillo junto al río, un imprevisto cuestón que me pilla desprevenido y no mucho más lejos el restaurante y la comida reparadora de la que sólo puedo con la mitad porque he llenado mi estómago con dos litros de agua entre la ensalada y el pescado.

Oh, placer, el de salir al sol de las tres de la tarde del restaurante y emprender una agreste subida y poco más de alejarme un par de kilómetros encontrar un prado bajo la sombra de un viejo y generoso roble y descargar y beber la medio botella helada de limón que había empezado más abajo, y tender algo de ropa sobre la hierba y hacer una almohada con las botas y un jersey, y tumbarte envuelto en el zumbido de las moscas y sentir mi cuerpo pegajoso de sudor y echarme por encima el mosquitero y sentir que estoy en los cielos, que el cansancio quedó en suspenso por un rato y que ahora viene el placer de la contemplación, el cielo azul, las ramas de una acacia moviéndose parsimoniosamente con la brisa, el gusto del viento acariciando el cuerpo en este preludio de siesta mientras en los alrededores los grillos grillean y las moscas zumban por encima del mosquitero. Ya está bien, a dormir se ha dicho. 

Bueno bueno, la cosa marcha, me desperté de la siesta, recogí y eché a caminar y como nunca miro lo que tengo por delante me encontré inesperadamente con una cuesta de padre y señor mío y con un camino que se empeñaba absurdamente en subir por una senda trazada con un tiralíneas hacia la cumbre que se alzaba sobre el pueblo, algo más de novecientos metros de desnivel más arriba, y eso después de la siesta, medio adormilado y tratando a cada paso de despertarme. El caso, sí, es que necesariamente desperté, buen despertar porque enseguida comprobé que mi pariente, el cuerpo que me sostiene no se quejaba ni decía mu, todo lo contrario, obediente, caminando como en los mejores tiempos aquello parecía un suave ejercicio de gimnasia en donde cada parte del cuerpo recibía su ración de trabajo sin protestar; sudando la gota gorda, eso sí, vamos lo que se dice jodido pero contento. Total, admirado estoy, que me chupé los novecientos y pico metros de la ascensión al pic d'Ipala de un tirón, lo que no quiere decir que un servidor sea un comecaminos, cosa, entre otras, imposible para un casi septuagenario con el cuerpo nada entrenado; que uno no puede presumir absolutamente de nada. Y es el caso que el otro día Balius me echó la bronca ;-) porque no le salían las cuentas cuando leyó que había empleado tres o cuatro horas para ir del collado de la Dehesilla a casa Julián. A Carlos Soria le he llamado en algunos de mis posts más de una vez vejete, el más glorioso vejete de nuestros mandriles. Si en la canción Joan Baez sólo le pide a Dios que la vida no le sea indiferente, yo, parodiándola le pediría algo más de mi gusto, fuerza y unas piernas que me puedan seguir llevando por los caminos como al amigo Soria aunque  de manera infinitamente más modesta.

Total,  aquí estoy, en la mismísima cumple del pic d'Ipala, envuelto en la niebla y con el viento vapuleado la tienda. Una bonita jornada la de hoy.







Embrutecido por el cansancio


Cercanias de Ainhoa, 15 de agosto de 2016
Una vida un tanto de salvaje ésta, esta vez más que otras. Hasta que el cuerpo esté en forma no va a ser de otra manera, caminar, comer y dormir. En estas circunstancias no puedo hacer otras cosas, leer, escuchar música, nada, me siento embrutecido por el cansancio.
Obligar al cuerpo a hacer un trabajo para el que no estás ni de lejos preparado es un disparate. Lo asumí así cuando salí de casa, sabiendo por otras veces que me costaría una semana por lo menos adaptarme, así que me va tocar apencar y sufrir las consecuencias.
Para más cachondeo, cuando después de la siesta comienzo a caminar emprendiendo una empinada cuesta, me encuentro con las cruces del Gólgota, cada cruz una parada del Vía Crucis. Un montaje que ya me he encontrado más de una vez en algún pueblo de España. En una ocasión, haciendo uno de los caminos de Santiago participé inclusión en la ceremonia. Era un espectáculo digno de ver, un centenar de ancianos y ancianas caminando por una vereda cuesta arriba para detenerse frente a una de las cruces o estaciones, cada uno con una fotocopia de los cantos y los rezos en las mano. Perdona a tu pueblo Señor, no estés eternamente enojado. ¡Encima! Como si no fuera Él el que tuviera que pedir perdón por permitir tantas miserias. Quien creó esta chapuza de mundo no merecería otra cosa que reprobación.  ¡Vamos, ni que el mundo lo hubiera creado el diablo!
Pues por esa vereda del Vía Crucis subí sudando tinta después de la siesta. En la cumbre de la loma me esperaba todavía una sorpresa, al Gólgota no le faltaba nada, los lugareños de Ainhoa, el pueblo que había dejado atrás, habían reproducido por entero la crucifixion.
Hay un cansancio que es objeto de gozo,  sucede cuando has caminado todo un día, pero pese a ello estás vivo, llegas a la tarde con el sabor de los paisajes y de los valles y montañas que has atravesado; tu cuerpo está fuerte y lo único que necesita es tomarte un respiro y echar un sueño para ponerse en camino después. Dos meses caminando por los Alpes proporciona esa clase de placer cuando estás en forma. Mirar atrás desde que comenzaste a caminar con el alba hace que surja de ti una suerte de delicioso placer. Ahora, cuando no estas preparado el cansancio es feo y un tanto desagradable.
Desde el Gólgota todavía caminé una hora y media. Encontré el lugar ideal en un collado herboso donde pastaban unos caballos. Hacía sol y era muy agradable dar cuenta de la cena tumbado sobre el césped, así hasta que de repente se levantó una ventolera que me obligó a meterme en la tienda.
Ahora, media hora después, el viento ha arreciado y los prolegónenos de la tormenta se han puesto en funcionamiento. El viento vapulea la tienda y los relámpagos y los truenos preparan su puesta en escena.
Ya veremos si tenemos fiesta o no. En es ocasión yo preferiría no tenerla. Sucede que esta mañana llovió durante un rato y tuve que ponerme mi impedimento para la lluvia. Fueron quince minutos y después paró. Como podía volver a llover saqué los brazos y cabeza de la capa y me la eché sobre el cuello. Lo hago siempre así. La capa queda cubriendo el macuto, el resto lo remeto entre la espalda y la mochila y andando. Pero en esta ocasión no debí hacer bien las cosas porque en determinado momento fui a comprobar que la capa de agua estaba en su sitio y zas, la capa había desaparecido, se había esfumado. Hice el camino de vuelta durante algún rato, pero en un alto desde el que se divisaba bien el camino dejado atrás me di por vencido: había perdido mi equipo de agua. Ufff... pensar caminar por el Pirineo sin un buena equipo de agua me parece imposible. De momento, y mientras no me tropiece con una negocio donde adquirir otro, la solución que he pensado es dejar a mano el doble techo de la tienda para cubrir el macuto en caso de lluvia; así que de momento apañado. Ahora, si le da por descargar a la tormenta mi gozo en un pozo, la cosa no va a estar guapa porque me dejara empapado el doble techo de la tienda. Buaa,  veremos.

Otegi


Gîte d'étape Trapéro Baïta, d'Olhette, Pirineo Francés, 14 de agosto de 2016
En realidad de lo que parece que se trata es de ejercer tus facultades, ponerlas en movimiento y crear algo con ellas en lugar de vivir un adormilamiento físico y mental de comodidad. Acción, mu capitán.
Cuando andamos por montaña siempre llevamos mejor la cuesta abajo que la cuesta arriba, cuando es precisamente la cuesta arriba la que pone más aprueba nuestras facultades. En el momento que nos descuidamos tiramos por el camino más cómodo. Mientras el cuerpo tiende a la comida y el relajo, nuestra pereza, siempre  viva para comernos hasta los higadillos si nos descuidamos, a la voluntad parece que le deba corresponder vigilar, no vaya a ser que se nos pase el verano refugiados bajo el chorro de aire del ventilador.
En esto iba pensando mientras adaptaba mis piernas a las primeras cuestas del dia, mientras el amanecer se desleía en un típica jornada de verano, corriente, sin llamar la atención. Después mis pensamientos cambiaron de rumbo y se me fueron a una noticia de actualidad relacionada con el País Vasco que atravesaba ayer mismo. Se trataba de Otegi y las razones que da el PP para deshabilitarlo políticamente. Esa gente de la derecha que se hace tan escrupulosa ante los hechos de ETA y no pasa momento ni día en que trate de estigmatizar todo lo que se relacioné o haya tenido que ver con ella es una gente muy desmemoriada y sumamente hipócrita. Ellos, los que derrocaron un régimen democrático erigido por las urnas y crearon una guerra para masacrar a todos los demócratas del país, que fueron responsables de la muerte de medio millón de españoles, ellos que siguen poniendo todas las trabas del mundo para aclarar más de un centenar de asesinatos cometidos por el régimen franquista, pretenden hacer un escándalo de la nóminacion de Otegi como candidato a lendakari. Las dos España omnipresentes de siempre y sin posibilidades de reconciliación porque no habrá reconciliación mientras está ominosa derecha no reconozca sus pecados y se apreste a una respetuosa convivencia.
La musicalidad del francés flota como un agradable runrún de fondo durante la cena. Estoy en la gite d'etapa Trapero Baita, en Olhette, compartiendo mesa con un grupo de franceses que charlan apaciblemente mientras degustan la cena y el consabido queso antes de los postres. Le bien fair, le bien vibre, que fueron instaurando en estas tierras durante siglos, asoman por todos los lados nada más traspasar la frontera. Comprendo sólo muy por encima pero me gusta, recolecto palabras aisladas que aprendí en los tiempos del bachillerato, como quien sigue el fluir de una sonatina.
Estoy cansado, el cansancio propio de la falta de entrenamiento, de dos o tres meses sin caminar. Después de comer en un chiringuito que me encontré en el camino tuve una larga siesta de la que me fue difícil despertar. Protegido de las moscas con mi mosquitero de campaña dormí más de dos horas sin respirar a la sombra de una enorme encina.
¿El camino? Lomas boscosas, robles, encinas, amplias laderas de helechos, hoy un camino que parece no tener ninguna prisa en desplazarse hacia el este, que se recrea entre las montañas, baja, sube, retrocede hacia occidente, camina hacia el norte o hacia el sur siguiendo el capricho de las ondulaciones del terreno. El tiempo no existe, me parece estar dando vueltas todo el día en torno a un monte en cuya cumbre han plantado un pirulí parecido al de la cumbre de Guarramas, en Navacerrada. 
Después de cenar no tardé mucho en encontrar un prado en cuyo extremo occidental cantaban las aguas de un riachuelo.

Hasta que la muerte nos separe


Madrid - Hendaya, 13 de agosto de 2016
Una vieja conseja invita a ponerse en circunstancias tales que propicien algo, algo diferente a lo que sucede en el panorama diario desdr hace semanas en mi caso, por ejemplo. La consejo avisa además de que según las circunstancias que elijas te puede caer en suerte alguna clase de emoción, sensaciones o incluso puede estimular tu hipófisis de manera conveniente. Así que voy a tratar de aplicarme el cuento dándome una vuelta por el Pirineo. Todo será que mientras me alejo de casa se le ocurra a la cigüeña personarse en casa de mi hijo Mario y su chica y tenga que regresar a casa. No sería cosa de perderse los ritos del recibimiento.
¿Que como surgió la cosa de una nueva travesía pirenaica después de dos meses de no moverme de casa? La culpa la tuvo el olor de la jara de la Pedriza que se me metió de golpe por los poros de la piel hace un par de días mientras dejaba El Tranco a mis espaldas. Me vino una buforada a monte, a tiempos pedriceros tal que enseguida me entraron ganas de emprender una larga caminata. Allí mismo, antes de perder la cobertura, llamé a Renfe y saqué un billete para Hendaya para dos días después.
Mientras tanto en la Pedriza atardecía. En el cielo bailaba una media luna y, cuando se hizo noche cerrada, tuve un bonito encuentro con el pasado. Las rituales salidas de los sábados, el descubrimiento de la verticalidad y el gozo del propio cuerpo acariciando el granito, el permanente olor de la jara en la oscuridad mientras subíamos a vivaquear al Tolmo, tantas pequeñas aventuras que brotaron al final de la adolescencia como una flor ansiosa de abrirse a la vida. Caminar en la oscuridad propicia los reencuentros con uno mismo, fue sencillo volver a sentir el viejo gustillo de otros tiempos; ya estaban ahí los recuerdos de casi medio siglo atrás y la sensación de estar en compañía de un viejo amigo, estos riscos, estas montañas, a los que le han crecido un verdadero bosque en su seno mientras tanto. En un año de viajar por el mundo ¿cuántos lugares tan bellos como la Pedriza habré visto?, me pregunto. Ninguno, me contesto, aunque consciente de que mi cariño por este lugar del mundo es muy semejante al que se tiene por una amante, o más, seguramente, ya que las amantes vienen y se van mientras que esta tierra de grandes monolitos sigue ahí, fiel, como amante a prueba de bombas; hasta que la muerte nos separe, que diría aquel.
Llegué a medianoche al collado de la Dehesilla, un lugar muy apropiado para contemplar un cielo estrellado que prometía ser espectáculo de estrellas fugaces esa noche. Pero no llegué a ver ni una, me quedé frito nada más meterme en el saco. Eso sí, abrigado por el gustillo de la soledad y los recuerdos. Quien ha tenido la suerte de descubrir temprano el sabor de las cosas sencillas, dormir la raso donde te pilla la noche o disfrutar del duro suelo de los prados y las cumbres puede darse con un canto en los dientes porque está ya en posesión de la mitad del placer que puede arrancarle a la vida.
No mucho más. A la mañana siguiente desayuné en Casa Julián después de un temprano paseo hasta las praderas del Yelmo. Estuvo realmente bonita la mañana. Tenía el tiempo justo para dejar arregladas algunas cosas en casa y preparar el macuto; además ya había empezado a hacer demasiado calor, así que no demoré mi vuelta a casa.
El fin de la tarde de hoy me pilla sobre un prado a una decena de kilómetros de Hendaya. Sigo las líneas rojoblancas, de momento, del GR-10 francés. Lo que decía al principio, ver qué me depara esta vertebral del Pirineo que ya recorrí entera unas cuantas veces.
A ver qué me trae el camino. 

The Pinacles. Gunung Mulu National Park. Una hermosa aventura

Gunung Mulu National Park, Borneo, Malasia, 23 de abril de 2016  
Me despertó un repentino repiqueteo, el cielo estaba ya casi oscuro y cuando fui consciente tuve que saltar de la cama y salir corriendo por el entarimado de la sala hacia la balaustrada en donde habíamos tendido nuestra colada. Toda nuestra ropa estaba allí; después de tres días de caminar por la jungla ni un pañuelo quedó libre de ese olor pastoso que dejan las muchas horas de marcha en estas latitudes. Desperté a tiempo, nuestra ropa sólo se había mojado discretamente.
Ahora, bajo el ancho alero de nuestro albergue, la lluvia se descuelga del cielo como todas las tardes últimas, diluvial e intensa. Es agradable. Los grandes árboles que rodean el albergue, sus grandes hojas, los ruidos de los habitantes de las ramas, una especie de grillos, un ave que tiene un ladrido de perro de lana, un insecto que parece imitar las campanas de iglesia de mi pueblo, la tupida vegetación que crece por todos los lados en torno a la cual la lluvia riza su cantinela, dan al porche que  me cobija un aire de lugar de excepción.
El lugar, un entorno perdido en mitad de la jungla hacia el centro de Borneo, al este del pequeño estado de Brunei; grandes ríos de color achocolatado que culebrean por todo territorio, montañas no muy altas totalmente cubiertas de grandes árboles, aquí y allá algún pequeño poblado de cuatro casas de madera disperso; eso es lo que se ve desde el aire cuando nuestro avión empieza a descender buscando la pista de Gunung Mulu.
Mi cuerpo está muy cansado después de tres intensos días de marcha. El calor y la humedad me deja el cuerpo desmadejado. A mí me pareció que el guía se pasaba cuando contratamos la excursión, que obligatoriamente hay que hacer con alguno de ellos, sometiéndonos a un pequeño cuestionario sobre nuestro estado físico y el grado de entrenamiento, pero acaso tenía razón, a fin de cuentas nuestro aspecto no es el de un par de jovenzuelos y la excursión era bastante empeñativa. Ocupamos la canoa, una de suelo plano y de gran longitud muy apropiada para atravesar los rápidos donde los fondos de la embarcación golpean de continuo alguna roca, dos viajeros rusos y nosotros. Tras media hora de navegación y,  después de atravesar un pequeño poblado indígena de construcciones precarias donde se lleva a cabo una vida muy rudimentaria, atracamos en un pequeño muelle que nos llevará a dos de las cuevas más notorias de la zona. Paréntesis, lo que hasta ahora era una lluvia medianamente intensa se convierte en un obstinado diluvio, una cortina de agua baja del tejado del porche, el ruido de la lluvia es tan intenso que es difícil entendernos entre nosotros. La selva está a pedir de boca, esto es lo que recordaba yo con entusiasmo de este lugar después de diez años. Cuando hablamos de la naturaleza, la madre Naturaleza, parece que utilizáramos un tópico para algo que tiene un tanto de abstracto, bosques, ríos, montañas, mar, sin embargo cuando se te echa encima una de estas tormentas que llegan a tus oídos como el gran finale de una de las sinfonías de Beethoven aliñada con rayos y truenos pareciera que esa madre se convirtiera en un dios que quisiera darnos cuenta de su presencia a martillazos con su extraordinario equipo de percusión. Fin de paréntesis. Las dos cuevas, la The Winds y The Clearwater, dos extraordinarias formaciones calcáreas que es obligatorio visitar en el parque. Todavía hay una más grande y magnífica en la que intentamos colarnos el día anterior, The Deer y donde yo quería repetir mi experiencia de recorrerla solo. Una inmensa catedral a la que asistí como devoto peregrino de las maravillas del universo, pero, ¡ay|, después de los años transcurridos desde mi primera visita las autoridades han cerrado la cueva a cal y canto a todos aquellos maniáticos que gustan gozar en la mayor soledad estos lugares. Entonces, aunque estaba prohibido, pude sortear a los guardas del parque y colarme en la cueva al final de una tarde. Una visita que recordaré toda la vida, la inmensidad de las bóvedas, los ríos discurriendo en el silencio de la semioscuridad, mi pequeñez ante aquella inmensidad cárstica, el fantástico espectáculo de los murciélagos. Aquel paisaje bajo tierra sembrado de columnas como una inmensa catedral gótica, que debería haber sido opresivo con sus corredores de silencio roto por las corrientes de aguas subterráneas, fue con mucho el mayor espectáculo al que asistí en medio año de viaje por Asia y África.
En esta ocasión, en mitad de un puente colgante, nos dimos de narices con una puerta de acero rodeada de agudos hierros imposible de atravesar. Ahora la única manera de entrar allí era con guía. Sólo nos cupo asistir al espectáculo vespertino de los murciélagos. En una explanada cercana encontramos a la tanda de turistas de la excursión, no menos de sesenta o setenta, esperando la salida de los murciélagos. ¿Cómo coño se puede ver un espectáculo como el de aquella cueva que merecería una visita de rodillas y en pleno silencio, con una panda de setenta turistas vocingleros y chillones que no paran de hablar ni un minuto donde además todos tienen que ir juntitos y del brazo? ¿Cómo coño, eh? Disfrutamos no obstante de ese momento en que irrumpen en el silencio las voces de millares y millares de murciélagos, todos como las hormigas del otro día, en formación, culebreando por el espacio en bellas y armoniosas curvas. Intentaré colocar abajo un pequeño vídeo del bello vuelo de los murciélagos. Nuevo paréntesis. Una descarga extraordinaria de un rayo, como de un inmenso cañón, ha sonado a un centenar de metros llenando con su golpetazo los oídos, y nos hemos quedado sin luz. Bravo, estamos en medio del mayor espectáculo del mundo. Victoria ha salido zumbando, pero su curiosidad se ha resentido y pocos minutos después ha asomado por la puerta. ¿No tienes miedo? Cómo voy a tener miedo en medio de este extraordinario espectáculo. Si la única manera de asistir a una tormenta fuera pagar una bonita cantidad, sería el primero en sacar la entrada correspondiente; ah, las tormentas de la alta montaña, del mar, de la jungla. No existe nada más extraordinario. La traca de la tormenta continúa desplegando su salvaje sinfonía sobre el parque. Fin de paréntesis.
Ahora, visita a la cueva de los Vientos y su compañera; estuvo bien, eran extraordinarias, pero o yo no me encontraba receptivo o la visita acompañada mermaba la simbiosis que se establece entre el viajero y el lugar desposeyendo al momento de la poesía y de todo ese ambiente que hace posible un momento de exaltación ante un lugar privilegiado de la naturaleza. Así como la liturgia de cualquier religión requiere un entorno, una predisposición, el vuelo del botafumeiro, el incienso, el humo de las velas, el rumor de las oraciones de los feligreses, a la naturaleza le sucede algo parecido; para que las cosas de la naturaleza lleguen al alma hay que ir preparados y rodearse del silencio necesario.
Navegando río arriba tras la visita a las cuevas. Estábamos para embarcar cuando empezó a llover. Hubo que echar mano precipitadamente al equipo de agua. En esta ocasión había sido previsor y añadí un paraguas que protegiera mi Nikon cuando fuera necesario. Siempre me da una enorme pereza sacar de su escondite la cámara en situaciones así, pero... Iba al final de la embarcación y el ángulo era fatal, pero aún así lo intenté. La embarcación fue a buena marcha hasta que llegamos a los rápidos que aparecían con cierta frecuencia. A proa un hombre manejaba una larga pértiga con la que desviaba la embarcación aquí o allá para encontrar el mejor paso, pero más arriba, cuando la profundidad del agua fue prácticamente nula debido a las rocas del fondo, tenía que saltar fuera de la lancha para tirar de ella mientras que su compañero de popa sacaba el motor del agua y se echaba también al río para empujar la embarcación. Y llovía, llovía fuerte. Aquello tenía ya las buenas pinceladas de una aventura, la corriente del río respetable, la lluvia, la lancha arrastrando el culo por las piedras y en algún momento la certeza de que el río terminaría llevándonos corriente abajo; instantes en que uno de los viajeros rusos viendo la cosa tan mal se echó también al río para tirar de la lancha. Yo debería haber saltado al agua también, pero con aquella lluvia no fui capaz de encontrar ningún cobijo para mi cámara, así que como un vulgar señorito allí me quedé intentando sacar alguna instantánea de las dificultades por las que atravesábamos. En algún momento amaínó la lluvia y el río se hizo profundo y era fantástico seguir los continuos meandros navegando bajo el palio de las ramas de los árboles de la orilla o junto a los escarpes de rocas que se alzaban sobre nosotros verticales exhibiendo siniestras formas. Desembarcamos en un empinado talud que nos obligó a trepar un par de metros por un barro amarillo y resbaladizo.
Desde allí nos esperaba una larga senda que nos llevaría al llamado Camp 5, dos horas y media bajo una lluvia que apenas cesó un momento. La jungla chorreaba por los cuatro costados. En dos ocasiones un estrecho y largo puente colgante atravesaba el río. El suelo embarrado era un maravilloso muestrario de ocres sembrado de los amarillos, los tabacos, los rojos vivos de las hojas que cubrían el suelo como una alfombra de lujo. El campamento estaba ubicado en un espacio abierto frente a un gran escarpado de roca caliza; un par de construcciones rudimentarias junto al río y un ancho prado eran un buen lugar intermedio para la ascensión a The Pinacles, nuestro destino para el día siguiente, unas curiosas formaciones de roca calcárea elevándose al cielo como grandes cuchillos a mil doscientos metros de nivel sobre nuestras cabezas.
A las cinco de la mañana sonó el despertador. Había empezado a amanecer cuando nos pusimos en marcha. Nuestro guía, Undi, no dejaba de mirarnos con cierto recelo, preguntándonos en todo momento que qué tal, inquiriendo sobre si llevábamos agua y comida suficiente, esas cosas. La verdad es que la subida era matadora, a pocos metros del Camp 5 ya casi había que subir trozos a cuatro patas utilizando las raíces de los árboles como escalones, sorteando pendientes embarradas, atravesando tramos resbaladizos de rocas cubiertas por una fina capa de barro. Nos habíamos quedado algo atrás del grupo, dos rusos, una pareja de jóvenes suizos y un holandés, que subían a una discreta velocidad, pero quince minutos más tarde nos los encontramos a todos descansando y echando mano a sus botellas de agua. Seguimos adelante, no estamos habituados a caminar parando a cada momento, preferimos un ritmo lento pero continuado; como recuerda Victoria, caminar como un viejo para llegar como un niño. Es extraordinaria la cantidad de camino que se puede hacer con ese andar pausado y como de quien no le echa mucha madera a la cosa. Ellos nos adelantaban al poco tiempo y más adelante mientras ellos descansaban tomábamos la delantera. Eran jóvenes todos, terminaron por darnos la pasada definitiva cerca ya de las escaleras. El último tercio del camino eran todo escaleras y pasarelas de cuerda, una via ferrata al modo de las dolomitas en toda regla, un buen ejercicio para poner al cuerpo en forma.
Cuando llegamos al miradero de los Pinacles, Jorg, un alemán con el que habíamos hecho amistad y que iba en un segundo grupo, no se creía que tuviéramos sesenta y seis y sesenta y siete años. Me tomáis el pelo, nos decía. La verdad es que no estaba mal la cosa, estábamos cansados, pero tampoco era excesivo; excesivo sería al final de la bajada, en la que empleamos tanto tiempo como en la subida. Las bajadas no son el fuerte de Victoria que con la música que le dan las lumbares y las rodillas demasiado hace. Está fortísima mi moza.
Continúa lloviendo. Se me hace grato recordar estos tres días de duro caminar por la jungla. Mi cuerpo está mucho más cansado de lo que yo esperaba, las rodillas me han chillado estos días algo más de lo acostumbrado. A veces las miro de reojo y les digo, qué pasa, ¿eh?, ¿no me vais a dejar tirado más adelante, ¿verdad? Y recuerdo a Carlos Soria de quien supe por las redes sociales que anda camino de la cumbre del Anapurna estos días. Y me digo: ¿Y así seguir bregando toda la vida? ¿Y pensar que mejor será que no haya un descanso excesivo entre un proyecto y otro para no caer en la tentación de estar muerto antes de perder la vida? Y así caminar y caminar e ir de aquí para allí y pelear con la pereza que a veces es tan dura de pelar como subir a una gran cumbre ¿y seguir viviendo no dejando otra posibilidad que…? A veces pensando en estas cosas se me ponen los pelos de punta, porque me parece muy dura esta tarea de tener a cada instante retos con los que luchar, porque entiendo que viajar y caminar también son una disculpa para que el diálogo con uno mismo y con los elementos sea de buen tono, para que la satisfacción personal sea de una cierta altura; se me ponen los pelos de punta cuando lo miro desde este enorme cansancio que tengo hoy, y sin embargo. Recuerdo un vídeo de una de las ascensiones de Messner. Está tomado después del descenso. A él se le ve durmiendo en una tienda y una mujer joven, sería su mujer, su novia, no sé, dice ante el micrófono algo como esto: lleva dos días durmiendo, es como un niño pequeño, el infinito cansancio que ha acumulado su cuerpo durante la ascensión lo acoge maternalmente entre sus brazos. Es la idea, no se pueden comparar estos cansancios de héroes de nuestro tiempo con los cansancios de la gente de a pie. Es esa idea la que me pone los pelos de punta, porque sabiendo que para estar a las alturas de las expectativas que uno se ha formado de la realidad entiende que mejor no sería cejar en estos continuados esfuerzos hasta el final. Es una pena que Carlos Soria, como Messner, no nos deje una escritura donde reflejar sus sentimientos, sus gozos, sus miedos, su filosofía de la vida, ese rico y complejo mundo que debe de estar viviendo a edad tan avanzada.
Los truenos suenan graves en la lejanía, como despidiéndose. Una lluvia intemporal ha quedado ahí como estancada, como si la tormenta no hubiera sido capaz de llevarse a todos los polluelos tras de ella y los hubiera dejado abandonados a su suerte por el camino. Es hora de cerrar el quiosco. Buenas noches.