Camino del Norte

Madrid – Oviedo, 23 de enero de 2017

Todo lo que está terminado, deja de ser morada de nuestro espíritu. (En Mi o el viaje a Pekín, Max Frisch)

No siempre y de forma radical, pero sucede; el anhelo, que es de lo mejor que tenemos, cuando se ha cumplido deja de ser morada de nuestro espíritu para desvanecerse en un pasado del que sólo volveremos a echar mano casualmente en el futuro.



En estas cosas voy pensando mientras mi autobús atraviesa los campos de Segovia envueltos en la niebla. Está nublado, rastros de nieve cubrían las laderas tras el túnel de Guadarrama, el perfil de las iglesias de los pueblos que aparece a lo lejos destaca sobre el fondo ceniciento de los campos labrados replegados sobre sí como quien se ovilla en uno mismo para retener el calor de su cuerpo.

Las tareas que terminamos, los objetivos cumplidos que momento antes ocupaban todos nuestros sentidos, ceden el paso a lo nuevo. Los proyectos y tareas que nacen tras ellos serán con su capacidad para atraparnos la materia de que esta hecha una gran parte de la vida, siempre abocada hacia adelante, a cubrir millas, a construir puentes, a cumplir objetivos, a crear. Qué maravilla que las cosas funcionen de esa manera, que al anhelo que tenías de escalar una pared, llegar a una cumbre, terminar una puerta de hierro llena de filigranas que diseñaste con tanto cuidado, pueda seguir el anhelo de un viaje, otra ascensión, la renovación de la fachada de tu casa. Son cosas que suceden con toda la normalidad del mundo, tanto como ese acto de respirar o el movimiento de sístole y diástole del corazón, que no por ser ajenos a nuestra conciencia dejan de hacer un trabajo vital sin el cual nuestra vida se extinguiría de inmediato.

Maravilla, digo, porque dejar de tener en la vida un reto, un algo que te invite a levantarte cada mañana con el optimismo de quien tiene un cometido interesante que cumplir, aunque este consista en un dolce far niente, se me aparece uno de los milagros más significativos de la existencia. Cuando lo pienso fríamente, el hecho de que a mí se me meta en la cabeza dos días después de salir del quirófano la idea de marcharme a caminar por un legendario camino en esta época del año, la verdad es que me llena de admiración. Podría decir que soy yo, pero decir eso seria decir una verdad a medias, porque las cosas que se le imponen a uno de un modo un tanto imperativo no sé yo hasta qué punto podemos asignárnoslo como propio. En todo caso habría que atribuírselo a uno de esos tantos enanitos traviesos que pueblan nuestro interior y que se divierten a costa nuestra poniendo en nuestros conductos neutrales deseos y ganas de hacer algo cuando dos minutos antes nuestra cabeza ni soñaba con nada parecido.

La verdad es uno nunca sabe a ciencia cierta quién es ese yo que tan pomposamente identificamos con un nombre y un apellido en el documento de identidad, el mismo que se mira con cara de sueño cada mañana mientras trata de quitarse las legañas; quién es y quien decide por él. Hay gente que se compra un piso que debe de terminar de pagar después de los setenta años, o que decide casarse en un plisplás y piensa que eso lo ha decidido él cuando puede ser perfectamente falso. Entre los enanitos, nuestros sistema neural, los neurotransmisores que controlan nuestro humor y nuestros deseos sexual y de otro tipo, la verdad es que el margen de decisión queda a veces raquíticamente corto. Lo jodido del asunto es que como siga uno tirando del hilo a poco que te descuides tu yo se puede encoger tanto como para quedar en una insignificancia, una especie de cagadita frente a esos sesenta quilos que marca el peso del cuarto de baño cuando te subes en él.

El caso es que sea lo que sea sea uno, el del espejo o la cagadita resultante después de habernos despojado de todo lo que no es propiamente yo, cuando yo veo hora tras hora a nuestro perro echado frente a mi cabaña, hora tras hora día tras día en un estado de indiferencia absoluta no puedo menos de alegrarme de pertenecer a la especie del homo sapiens, precisamente por alguna de esas cuestiones de que hablaba más arriba, es decir, la capacidad de anhelar. Sí, anda cojones lo que sería la vida si no tuviéramos latente a cada momento, con enanitos o sin ellos, esa capacidad de anhelar que nos sorprende a cada momento a lo largo de la vida. ¿Alguien puede imaginarse cómo sería la vida sin un anhelo, un sueño, un deseo…?


Este diario de los caminos que llevo desde hace tantos años se parece a veces a ese chicle que se te ha pegado en el pelo y que no hay manera de quitártelo. Ahí está él, omnipresente cada vez que salgo de casa para darme un paseo por el mundo. Me encuentro plácidamente mirando la niebla, un paisaje nevado y de repente me da un toquecito en el hombro y me dice: eh, tú, deja de gandulear mirando por la ventanilla y agarra el teléfono, escribe. Sí, y de nuevo ya no sé si soy yo o no, porque le hago caso, dejo a mi yo de la ventanilla, plácido y tranquilo mirando el paisaje, y tomo el teléfono y lo enciendo y escribo obediente. Y a fin de cuentas no sé quién está escribiendo esto. Este diario de los caminos debe de estar conchabado con alguno de mis enanitos interiores para hacer de mí los que les da la gana. Con lo agradable que es no hacer nada, mirar por la ventana, dejarse adormecer por el runrún del motor. En fin, el Google Maps me dice que hemos salido se Tordesillas y nos dirigimos a Benavente. La niebla, la nieve se han esfumado y yo, o alguno de mis enanitos, hemos atravesado la línea de las mil palabras de rigor.

Hoy comienzo el Camino Primitivo de Santiago en Oviedo. Nos vemos.


Esto es un hombre… (Steinbeck)



Oviedo – Madrid, 16 de enero de 2017


Sentado cómodamente en el autobús que me lleva de Oviedo a Madrid en medio de un paisaje plomizo ahíto de agua y niebla, recuerdo. Recuerdo la mañana de ayer, al amanecer, con las manos en los bolsillos, todavía caminando por un paisaje nevado, envuelto en el confort de mi equipo de invierno. Arropado, feliz, satisfecho de estar ahí mientras grises jirones de niebla se arrastraban por las colinas como seres errantes sin techo destinados a vagar sobre los bosques. Las manos en los bolsillos y una sana despreocupación que abría los poros de mi piel impregnándome el cuerpo de una delgada felicidad. Cinco, diez kilómetros, primero todavía con una fina nevasca sobre el valle que no tardaría en convertirse en una lluvia pertinaz, pertinaz, excelente compañera para mi ánimo fresco que parecía desperezar voluptuosamente en la humedad del bosque.



Recuerdo cómo cuando pasé junto a una ermita con sus arbotantes vestidos de yedra y musgo brillante, decidí volver a la lectura de Tristes trópicos, y cómo me impresionó la  visión desoladora que da Levy-Strauss del Islam, una perspectiva que incita a reconsiderar ese punto de vista según el cual todas las culturas son dignas de respeto y comprensión. Respetar una cultura, sin embargo, no significa considerar su fanatismo como aceptable; un arte cortado, mutilado por unas creencias religiosas hechas para un mundo de pastores de hace mil trescientos años; una cultura que maniata a las mujeres bajo ese saco de patatas que es el burka; (paréntesis, atravesamos la cordillera Cantábrica, bosques nevados, niebla; frío espléndido fuera, confort y calor dentro. Contrastes, dos realidades que se complementan); la cultura de la Guerra Santa cargada de intolerancia; las posibilidades del hombre de crear arte, obras imperecederas, castradas; el fanatismo a la vuelta de la esquina por mucho que el adjetivo no deba aplicarse a todo el mundo musulmán.

Recuerdo cómo más adelante, cuando hube terminado el libro de Levy-Strauss y tras detenerme a comer en Campomanes, esa maldita manía de acumular títulos leídos casi me hizo perder la emoción de volver a leer a Steinbeck. Había leído hacía muchos años Las uvas de la ira y, pese a que tenía la obra en mi lista de espera, había postergado su lectura por razones poco claras. En mi retina persistía el blanco y negro de la película de John Ford, la insidias de los bancos, las calamidades de unas familia echada de sus tierras rodando por el mundo en buscar de un trabajo con el que subsistir, la mano poderosa de los ricos estrangulando con mano de hierro a granjeros y agricultores. No estaba mi ánimo para afrontar esta lucha desigual entre el anonimato de los bancos y los granjeros desahuciados; sin embargo, al pasar por Pola de Lena, arremetí con su lectura. El buen sabor que me había dejado la última obra que había leído de Steinbeck, El invierno de mi desazón, mientras viajaba el pasado año por Asia Central, me decidió. Enseguida me vi absorbido por sus páginas. Steinbeck… otra vez Steinbeck. Me acordé de Maívi, que en aquella ocasión elogió en un comentario nuestro mutua afición por Steinbeck; su prosa comprometida, su vibrante pasión por destrozar la vida de la ganga, puliendo los paisajes humanos hasta mostrar la desnudez diamantina de sus personajes menos favorecidos, hasta convertirlos en héroes de una humanidad en donde la perversión del dinero es el enemigo más flagrante. Hay autores para los que la dignidad del hombre, del hombre sencillo, es la materia de su trabajo. Junto a ellos, también hay otros que. pese a su buen trabajo literario uno quisiera tenerlos lejos como si padecieran una enfermedad contagiosa dispuestos a contagiarnos; es el ominoso caso de Vargas Llosa, sin ir más lejos.



















Esto es Steinbeck: "La función última del hombre, clara y definitiva: músculos que buscan trabajar, mentes que pugnan por crear algo más allá de la mera necesidad: esto es el hombre. Levantar un muro, construir una casa, una presa y dejar en el muro, la casa y la presa algo de la esencia misma del hombre y tomar para esta esencia algo del muro, la casa, la presa: músculos endurecidos por el trabajo, mentes ensanchadas por la asimilación de líneas nítidas y formas que fueron parte de la concepción de la obra. Porque el hombre, a diferencia de cualquier otro ser orgánico o inorgánico del universo, crece más allá de su trabajo, sube los peldaños de sus conceptos, emerge por encima de sus logros."

Había llamado al albergue de Pola de Lena para saber si estaba disponible. Al otro lado del teléfono alguien me contestó simplemente que sí, sin más. Pero cuando llegué a Pola, cambié de opinión, para acortar la jornada del día posterior que superaba los treinta kilómetros; pensé caminar todavía hasta Mieres, donde había otro albergue. Me sentí con ánimos para alargar mi caminata hasta que se hiciera de noche. Estaba con el Tom de Las uvas de la ira, que viajaba hacia su casa, de la que había estado ausente cuatro años y que recogía del camino una tortuga que con la tripa hacia arriba se esforzaba por colocarse al derecho, cuando sonó mi teléfono. Una voz femenina preguntó por un peregrino que iba a pernoctar en en Pola de Lena. Era la encargada del albergue que, avisada de la llegada de un peregrino había encendido la calefacción del albergue a las tres de la tarde y que ahora, ya las seis y media, se preocupaba por si me había pasado algo. Me debí disculpar azoradamente de mi cambio de intenciones. La persona que me había atendido horas antes me había dicho que encontraría el teléfono de la hospitalera en la puerta del albergue. No pensé que fuera firme mi propósito de pernoctar allí. La voz de la mujer sonaba amable y servicial. Había llamado antes a Marisa, en Pajares y luego al encargado de Mieres. Si el peregrino se hubiera perdido o le hubiera sucedido algo seguro que habrían salido a buscarle. Ya me contó en Poladura de la Tercia, Fernando, que el pasado año salieron a las once de la noche a buscar a dos peregrinos japoneses que no daban señales de vida a esas horas.

Recuerdo, en fin, el cansancio de anoche y el frío que hacía en el albergue de Mieres y que me desanimó del todo a la hora de escribir mi crónica. Me había metido bajo cuatro mantas esperando que mi cuerpo recuperara el calor,  pero una vez allí me quedé dormido con el teléfono en las manos; el cansancio me pudo.


Lloviznaba a la salida del albergue de Mieres. Encontré pronto un mesón abierto donde pude desayunar. El camino zigzagueó un buen rato buscando las alturas. Las nubes, a modo de cielo raso, cubrían el valle; hilachos blancos flotaban a mitad de ladera en el azulenco paisaje matinal. A esta hora, cuando el cansancio no ha hecho todavía mella en tu cuerpo, caminar es un placer reconocido madrugada tras madrugada como amigo de andanzas. Mi camino está mañana ya no transcurría en el Brasil de Levy-Strauss, ahora era una familia que por la Ruta 66 de Estados Unidos se dirigía de Oklahoma a California en busca de trabajo. Es una cosa bien curiosa esta de caminar a la vez por dos países diferentes, España en la última etapa del Camino de San Salvador y Estados Unidos por la legendaria ruta 66, la misma, creo, que recorriera Jack Kerouac mientras Victoria y yo, atravesábamos el invierno pasado el desierto central australiano. Entonces, para amenizar las largas jornadas de conducción a través del desierto, ella me leía En el camino.


El perfume de los eucaliptos me sorprende cuando emprendo una larga subida por medio de un bosque. Los avellanos forman un túnel por encima de la senda. Llueve. La mujer embarazada, poco antes una mujer bonita que juega o se enfada caprichosamente, crece y madura en su embarazo; en uno pocos meses ya es otra mujer, ahora, según su vientre crece al ritmo del bebé que ha de nacer, su rostro adquiere la nobleza y la profundidad de una humanidad de la que depende la pervivencoa de la especie. Ella ocupa un lugar en lo alto de la camioneta sobre los enseres de la familia, herramientas, colchones, ropa, cacharros de cocina, bidones. La camioneta todavía se halla a más de mil millas de California. Mi camino atraviesa prados y bosques; en un momento me cruzo con un paisano que se protege del agua con un paraguas mientras con la otra lleva de las riendas a un par de mulas. Un mulito espantadizo le sigue. Charlamos cinco minutos. Cuatro kilómetros hasta Oviedo; si no fuera por la niebla desde aquel cerro de allá abajo vería la ciudad, me dice. Nos despedimos, pero el mulito se espanta y tira camino abajo. Me veo obligado a trepar por la ladera a fin de que éste vea el camino despejado y corra junto a su dueño. El último capítulo de mi lectura se cierra con este chascarrillo, el parroquianos de un bar donde la camioneta ha parado a repostar lo cuenta a la concurrencia: un muchacho ha dejado de ir a la escuela el día precedente. La maestra le pregunta al día siguiente la razón de su ausencia. He tenido que llevar a la vaca a que la monten, dice. La maestra pregunta: ¿Es que no ha podido hacerlo tu padre? El muchacho contesta: Sí podría haberlo hecho mi padre, claro, pero el toro lo haría mucho mejor.




Pastos, avellanos, robles, pinos, una senda zigzagueante entre las colinas y empiezo a ver las casas de los arrabales de Oviedo. En las afueras veo a un taxi sin conductor junto a una cafetería. Entro, pregunto por el taxista. Un hombre de media edad me pregunta que si espero a que se termine el café… No faltaría más,  pido un café con leche y quince minutos después estoy en la estación de autobuses después de que  hayamos recordado el taxista y yo nuestros juegos de niños cuando la nieve era un hecho corriente tanto en Madrid como en Oviedo.

Pasado mañana tengo cita para el quirófano, dos piedras de un centímetro de diámetros que si las dejo a su aire pueden dejarme colapsado en mitad de algún camino. Ya sucedió hace dos o tres años, cuando a treinta kilómetros de Huesca me asaltó un cólico nefrítico que hizo que me arrastrará por más de veinte kilómetros hasta el hospital más próximo. Dos días estuve hospitalizado hasta que aquello remitió.
















































Música y poesía


Pajares, 15 de enero de 2017 

  

En días anteriores había mencionado un pasaje de una sinfonía de Mahler y al irme a la cama y recordarlo pensé que no era en ella donde una voz femenina como salida de una geología donde la vida no había llegado aún me cautivó hasta los tuétanos, una de esas circunstancias emotivas a las que una música concreta es capaz de elevar a la categoría de momento inolvidable. Es pronto y al día siguiente no debía salir antes de las nueve de la mañana así que, en la oscuridad de la habitación, eché mano al teléfono, oh divina herramienta capaz de guardar en su diminuto cuerpo la esencia de todas las músicas que puedas amar, de todos los libros que puedas leer en cuarenta o cincuenta vidas; eché mano al teléfono, decía, y de golpe me sentí inmerso en ese mundo de Mahler que en alguna época me sirvió para restañar alguna rajadura del alma, que acompañó momentos de desolación, esas Canciones de un camarada errante que quedaron como enquistadas en la geografía de una época. Y entonces se produjo el milagro. Cuántas ocasiones en que la música es poco más que un sonido de fondo en las rutinas de la vida diaria y cómo esas mismas músicas escuchadas en precisos momentos en que la sensibilidad está a flor de piel pueden llegar a conmovernos hasta lo más profundo.

El final de un día como hoy parece uno de esos instantes privilegiados en que la música cae sobre uno como el maná sobre el desierto. Las nubes y la niebla han rodeado mi refugio de Pajares, se ha producido un silencio profundo y en medio de él he quedado yo y mi música como reyes de este universo de montañas, nieve y silencio.

Ahora la fogosidad de Mahler en su Quinta Sinfonía acompaña el recuerdo de mi jornada de hoy y la llena de un sentido que el presente, siempre tan apresurado, deja escapar porque nuestros sentidos son capaces de asimilar sólo unas pocas constantes de nuestra vida, de manera que por ello sea necesario recurrir a la memoria, acaso confabulada ésta ahora con los atributos de la música o la poesía para traernos al instante las vivencias que un ajetreado presente no nos permitió captar. La música y la poesía son los elementos recurrentes capaces de suscitar, como si de unos gramos de levadura se tratara, todas las complejas  emociones que los temporales, las prisas o la multitud nos robaron en su momento. La música y la poesía, regresadas ya al silencio de nuestro recogimiento personal y, acaso con los ojos cerrados mientras esperamos el sueño o yaciendo en el duermevela del amanecer, traídas a nosotros por unos de esos raros céfiros que pueblan la noche, se convierten por obra y gracia de la concurrencia de algunas circunstancias, en un todo capaz de arrobarnos, de hacernos sentir en el centro de un pequeño paraíso donde acaso el Amado de San Juan de la Cruz no sea otro que uno mismo. No de muy diferente manera me imagino yo al poeta cuando escribió aquellos versos de

En un noche oscura,
con ansias en amores inflamada

cuando concluye:

Quedéme y olvidéme
el rostro recliné sobre el Amado;
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

La música y la poesía como fermento de las bondades escondidas que pueden vagar como lunáticas por nuestros conductos neutrales pasando de una sinapsis a otra sin que sólo lleguemos a apercibirnos de su presencia cuando la conjunción de algún astro lo hace posible.

Es medianoche, el alegro finale del último movimiento llega a su término. Hora de dormir; ahora sí.





Una penosa travesía sobre nieve profunda


Pajares, 14 de enero de 2017 

 

Nevando como había estado toda la tarde y previsiblemente lo estaría toda la noche, era inútil poner el despertador a las seis de la mañana. La última convicción con la que me acosté fue que bajaría a Villamanín para alcanzar la carretera nacional de León – Oviedo y seguir por ella hasta Pajares, así que con esa idea arranqué del albergue a las diez de la mañana después de esperar inútilmente a que desapareciera la niebla de las alturas. Pero como ya se sabe que la cabra tira al monte, cuando llegué a la bifurcación, pese a que delante de mí tenía una ladera completamente cubierta de nieve reciente, abandoné la idea primera y tiré sin pensármelo demasiado monte arriba. El pueblo yacía adormecido bajo su manto de nieve, las cumbres estaban parcialmente ocultas tras las nubes. Los caminos habían desaparecido pero eran visibles los dos primeros mojones que marcaban el principio de mi itinerario. Un palmo o palmo y medio de nieve… no estaba mal. El aspecto desolado del paisaje mostraba una belleza adusta y sin adorno. De momento sólo tuve que echar mano del gps un par de veces, las señales verticales eran visibles, pero más arriba, junto a una mayor cantidad de nieve las señales empezaron a escasear. La cuesta se hizo más penosa, a veces me hundía en la nieve hasta el muslo. Tenía continuamente en la mente la posibilidad de regresar, pero poco a poco fui subiendo y asumiendo que pese a la densidad de la nevada que había caído me sería posible llegar por esta ruta a Pajares, unos catorce kilómetros de ruta de montaña. Las nubes se abrieron en algún momento, después el tiempo se cerró y empezó a azotar una ventisca cada vez más agresiva, hasta el punto de que en la cota más alta, el Canto de la Tusa, hacía difícil dar un paso adelante. Tuve que descargar para buscar mis gafas de nieve, pero era muy incómodo, se empañaban, se llenaban de nieve. También desaparecieron las señales, todo estaba envuelto por la niebla. Así que saca el teléfono, ponte de espaldas a la ventisca, limpia la pantalla de nieve; la huella digital no funciona a la hora de desbloquearlo, mis manos están demasiado frías. Cualquier maniobra se hace muy lenta en medio de la ventisca.

Las señales del gps me llevan ladera abajo, vuelvo a encontrar otro mojón y más abajo de repente una flecha señala hacia la izquierda, hacia una senda que corta la ladera horizontalmente. A estas alturas la ventisca ha desaparecido y sólo queda abrir huella en una nieve profunda, un trabajo lento y penoso que termina dejándome en un promontorio desde donde veo la carretera de Oviedo a lo lejos. La nieve es tan profunda y costosa de andar que en un momento donde el Camino de San Salvador gira a la izquierda para dirigirse por la montaña hasta el puerto de Pajares, decido abandonarlo para alcanzar la carretera cuanto antes. 


 
Una vez allí ya no abandonaré la carretera hasta el pueblo de Pajares. En el puerto la cantidad de nieve es tal que es obvio que no podré seguir el camino canónico. En el alto un letrero indica la peligrosidad del tramo en esta época del año. De haber continuado por aquel camino no habría llegado antes de la noche a destino.

A estas alturas caminar por la carretera es un bien que agradezco. Mi elección de hoy, que he disfrutado como los mejores días de montaña, de hecho reconozco que no ha sido muy acertada; uno, dos palmos de nieve reciente, y mucho más en lo altos, en un día de niebla y ventisca no es un terreno recomendable para nadie, y menos para un caminante solitario. Hecho el camino, me alegro sin embargo, una bonita experiencia más en mi haber, aunque sepa que en la próxima ocasión debo elegir otro itinerario o volverme a casa. 

 
En Pajares el bar es acogedor, una chimenea caldea el lugar. Los placeres elementales, convertidos por mor de la circunstancias en exquisito degustar de viandas. Fabes del país, manitas de cerdo, arroz con leche, café. Menú aparentemente corriente que se convierte en suculento placer después de cinco horas de bregar con la nieve y la ventisca. Comer junto al fuego, oír a los aldeanos ruidosos y doctorales emitiendo sus opiniones políticas, mirar de reojo el respetable y perfumado escote de Yolanda, la regidora del bar para quien soy un caballero, caballero esto, caballero lo otro y qué prefiere de postre, esto y lo otro; y yo ajeno, enamorado de la maravilla que se adivina tras ese escote, firmes y  acariciantes tetas que más las quisiera el peregrino a modo de regazo en que cobijar su cansancio. Cierro los ojos pensando en mi siesta tras las fabes y las manitas de cerdo, el vino, el café, el arroz con leche y noto que estoy a punto de levitar pensando en las maravillas que debe esconder ese atractivo escote de Yolanda, mesonera y robusto espécimen femenino de las tierras astures.

En el albergue ya me está esperando Marisa, la hospitalera del lugar. Y por hospitalidad que no falte… como siempre. El albergue está acogedor y caliente. Las ventanas son un asomadero al valle cubierto en su zona media por espesas nubes. Un lugar perfecto para pasar el resto del día entretenido en leer y mirar por la ventana.









Magnífica belleza de invierno


Poladura de la Tercia, 13 de enero de 2017 



El termómetro marca dos grados bajo cero a las tres de la tarde. El albergue, hoy, una casa de dos pisos de grandes ventanas acristaladas tras las cuales se ven un puñado de casas, muy pocas, calles cubiertas de blanco y una delgada nevada tras cuya cortina asoman montañas oscuras con una delgada capa de nieve. En el albergue, el único peregrino de los alrededores, un servidor. Frente al peregrino una estufa de leña que me calienta los huesos hasta el punto de tener que alejarme para no achicharrarme. Dicha de invierno en un pueblo perdido entre las montañas leonesas.

De los miles de kilómetros recorridos a pie por los distintos caminos de Santiago de España ha sido sin duda la jornada más bella. Siempre me dejan el cuerpo algo nervioso  estas jornadas en las que uno no sabe nunca como acabarán. Quizás el hecho de que me acerque ya a mi setenta cumpleaños aviva esta situación. El sistema interno que vela por mi seguridad, consciente de que ya no tengo veinte años, se pone en actitud de alerta cuando ante mí tengo una jornada incierta de pasos de montaña con una nevada en perspectiva. Cosas de los años pese a la experiencia que uno acumula.

Caían leves copos de nieve como hojas de otoño balanceadas por la brisa cuando salí del albergue de La Robla. La nieve no era óbice sin embargo para que de tanto en tanto asomara una luna gorda entre el grueso de las nubes. A cuatro kilómetros mi camino, en la ermita del Buen Suceso, el restaurante está abierto y aprovecho para darme el lujo de desayunar caliente. Luego vuelve la oscuridad y el silencio, el camino se aleja de la carretera de nuevo; la nieve es un ligero manto que apenas toma consistencia sobre las rodadas del sendero. Cuando ese universo de tonos azulados empieza a coger consistencia camino del alba vuelvo a las selvas de Levy-Strauss y al relato de su estancia con la tribu de los nambiguara del Brasil y sus curiosas costumbres. Para los nambiguara ostentar la jefatura de la tribu significa ir el primero en la guerra. No es un papel que todos aceptan, pese al derecho que les asiste a tener varias mujeres en una comunidad que esencialmente es monógama; un derecho que se explica por los múltiples trabajos que debe asumir en favor de la comunidad. El afecto de que se ve rodeado, no parece que la posibilidad de relaciones sexuales más amplias cuenten mucho, parece compensarlo por las responsabilidades que asume.

En el contexto de pueblos que no conocen la escritura Levy-Strauss expone una interesante teoría en la que, basándose en el estudio antropológico de comunidades primitivas de todo el mundo, defiende que el aprendizaje de la escritura y la lectura ha contribuido en el mundo a que unos pocos hayan sido siempre capaces de dominar al resto de los hombres. El conocimiento de estos de normas y leyes con carácter general, que no sería posible en un mundo de analfabetos, ayudó en la historia de la humanidad a consolidar el poder de las clases dominantes. Un repaso por las culturas de África y América en comparación con las culturas de Occidente dan fe de ello. 

 

Cuando llego a Buiza, el paisaje definitivamente se ha hecho blanco. Cae una nieve diminuta y ambigua que más arriba termina tomando consistencia. Las montañas emergen en la distancia tras un vuelo de ligera niebla que da al valle un aire de suave licuada en donde los árboles de desnudas y oscuras ramas añaden unas pinceladas que contrapesan con su contraste la levedad del lienzo matinal. Buiza arriba la trocha se hace sendero de montaña; aumenta la intensidad de la nevada y, más adelante, debo parar para enfundarme de nuevo la braga y el plumífero. En lo alto de las Forcadas de San Antón (1462 mts.) la ventisca me ciega por unos instantes; debo caminar inclinado hacia adelante para contrarrestar la fuerza de ésta. La cubierta plástica que protege mi macuto de la nieve y la lluvia sale volando en una de las embestidas y me veo obligado a descargar el macuto para salir corriendo tras ella.

Ahora el paisaje que se abre delante de mí es de una belleza desolada y adusta, una belleza conmovedora que veo casi con reverencia a través de la ventisca que me golpea la cara. ¿Por qué caminar en invierno y por qué por estos parajes solitarios y agrestes? Quizás por esto entre otras cosas. Hay una clase de belleza a la que no se tiene acceso más que asumiendo nevadas o ventiscas, tormentas, inclemencias del tiempo que sin nosotros buscarlo se cuelan por los intersticios del alma y alegran a ésta con la suavidad arrolladora de un gozo virginal.

Tener delante de uno un paisaje que bien podía pertenecer al origen del mundo, tanta soledad en medio  de un silencio fresco como aquella voz de plata que irrumpe en el tercer movimiento de la cuarta sinfonía de Mahler, hace contener el aliento y cerrar los ojos como quien tratara de retener el instante dentro del pecho a fin de que éste permanezca ahí para estímulo y gozo de la propia vida durante un tiempo que quisiéramos dilatado.

Sí, es muy hermoso descender sin prisa por este valle, más cuando la ventisca ha quedado atrás y sólo resta disfrutar de lo que uno tiene delante y de cierto confort que proporciona al cuerpo el esfuerzo. En estos parajes las almas caritativas que cuidan de los Caminos han puesto especial cuidado y es imposible perderse, incluso entre los bancos de niebla que a veces cruzan el sendero, porque a cada momento una concha amarilla soldada sobre un hierro hincado en el suelo, te muestra el camino, un camino que en no pocas ocasiones desaparece. Ya en las cercanías de Poladura tropiezo con una manada de caballos que sienten curiosidad por el peregrino y se le acercan a curiosear acaso esperando un mendrugo de pan. 



Entro en el pueblito de Poladura, apenas unas pocas casas. Nadie. Todo silencio. Termino dándome con un edificio de dos pisos con grandes ventanas sobre cuya puerta está escrito: “Albergue”. Pruebo a abrir la puerta, el manillar cede. Me limpio las botas de nieve y entro. A mi izquierda, en una puerta, esta escrito: “Casa del pueblo”. Se trata de un gran salón con algunas mesas, estantes con libros, juegos y juguetes. En la cabecera de la sala, un buen augurio: una estufa de leña. Nada podría haber deseado mejor que una estufa de leña para pasar el resto del día. Pero no acaban aquí las sorpresas, subo al piso superior. Tras la puerta una sala con literas y un radiador que enchufo de inmediato. A la izquierda los baños y más allá la cocina y, a la derecha, sobre una pequeñas mesa de melamina dos bolsas de plástico. En ellas una perola de fabes todavía calientes, un plato de carne con patatas asadas, un yogur, un plátano. Cosas de magia, ¿no? ¿Otra alma  bondadosa que había adivinado la llegada de un peregrino y había volado hasta el albergue para satisfacer sus obvias necesidades? Casi, no del todo. Ayer había telefoneado desde La Robla para informarme de las condiciones del albergue y como era de esperar en el pueblo no había nada de nada, pero María, la dueña de una posada que funciona en verano, velaría por el confort del peregrino; otra alma anónima del camino.

Quise dar una vuelta, así que dejé el macuto en el albergue y salí. Enseguida me encontré con dos enormes mastines que vinieron a saludarme. Más allá estaba la dueña, así que me acerqué a saludarla y a platicar un rato con ella. Nieves tenía cerca de un centenar de ovejas, cinco o seis perros y media docena de gallinas. Era una mujer robusta de aspecto seguro y una saludable presencia cuyo rostro regordete y bonachón sin complejos alentaba para continuar una animada charla durante unas horas. Gente del campo que no echa de menos la ciudad y que vive en un medio agreste con la certeza de que no hay otro lugar en el mundo mejor para ella. Hija de un maestro que rodó destinado aquí y allá por muchas escuelas de la montañas de León, y que terminó eligiendo para vivir una de esas aldeas donde su padre fue maestro. Hablamos de mastines, de cabras, de queso, de la vida… También le pido que me deje hacerle una foto con su perro. Me invita a entrar un rato a su casa; pero mi estómago no aguanta mucho más y debo despedirme. Antes de hacerlo me advierte de que el camino hasta Pajares no va a ser fácil, más si continua nevando, puede encontrarse intransitable y peligroso si el tiempo sigue así, me dice.

Llamo a Fernando, el encargado del albergue para anunciarle mi presencia, Enciendo la estufa de leña, caliento la comida, como junto al fuego, me tomo un café… en fin, escribo lleno del bienestar del fuego, del estómago satisfecho, de la nieve que veo caer tras la ventana; satisfecho de esta magnífica belleza invernal con la que me he tropezado hoy en mi peregrinaje.