Elogio del cansancio




Mérida - Madrid, 1 de marzo de 2017 

Tramo Medellín – Mérida. Fin del Camino Mozárabe. 

El puente de piedra de Medellín me recordó esta mañana una novela que me dejó huella, la leí mientras atravesaba Albania de sur a norte en un destartalado autobús. En este caso la novela vive en mi recuerdo anexada al paisaje triste de ese país, un día de lluvia donde grandes y aparatosos bunkers de hormigón armado aparecían a cada momento a lo largo de la carretera. Se trata de la novela Un puente sobre el Drina, de Ivo Andric, la historia de la construcción de un puente en la ciudad de Visegrad (Bosnia). La construcción de un puente como de una torre, La construcción de la torre, en este caso de William Golding, o la de una campana en la película Andréi Rubliov, de Tarkovsky son experiencias que me dejaron en el recuerdo la impronta de un pasado que malamente el estudio de la historia puede proporcionar, al menos como se estudia la historia en nuestro país. A través de la construcción de un puente, una torre o una campana en el mundo medieval podemos entrar en contacto con una realidad tan viva, sugestiva y artísticamente lograda que bien podemos pasarnos por alto las exhaustivas batallitas de áridos manuales si lo que queremos es conocer y comprender la vida de nuestros antiguos antecesores. 

Bajo el puente de Medellín, primero romano, después medieval y reconstruido en el siglo XVII, sonaban abismadas de oscuridad las aguas. Sobre ellas la niebla, más allá de los álamos, cubría toda la margen derecha del río. Al otro lado del río la niebla creció y creció hasta adueñarse de todo el entorno. No saldría de su espesura algodonosa hasta cerca del mediodía. Qué coño, me gusta la niebla. Me gusta su textura como de sedas abriéndose y cerrándose a tu alrededor como un dosel que se fuera abriendo paso mientras tus botas con su sonido leve van dejando en el aire la amortiguada música de tu paso; me gusta el silencio que se cierne en su seno; me gusta el recogimiento que sugiere; me gusta el modo en que ella trata a los seres y cosas de este mundo, pintando todo con la pasmosa suavidad de una pintura al pastel; me gusta porque con ella mi yo y la esencia de lo que me rodea formamos una sola cosa, un yo-tú en donde yo y la naturaleza que me rodea parecemos, somos la misma cosa. Amo la niebla, amo la lluvia, el sol, la noche, mis pasos solitarios en la madrugada. 

Y amanece y los colores nacen de las entrañas de la tierra como bebé que tras dejar el útero materno reconociera en las primeras luces de su entorno el alma nutricia en que habrán de bañarse sus ojos en los momentos de agradecida existencia. Nacen, se propagan por los campos de labor, los canales de agua turbia, los pequeños lagos donde chochas y patos levantan el vuelo al paso del caminante; se extienden por los olivares, los trigos, las cebadas, quedan prendidos en las telas de araña que el rocío ha perlado de plata. 

Son los dominios del Guadiana, las tierras bajas que rezuman humedad, que dan cobijo a las aves acuáticas, que se visten cada mañana de tules esperando a que el sol venga al mediodía a abrir los párpados de los jaramagos y margaritas que ralean en la vera del camino y a los pies de las encinas y los olivos. 

En las cercanías del mediodía el sol se ha abierto definitivamente camino entre las nubes; mi sendero de tierra se ha transformado en duro asfalto y el calor empieza a pegar. Abandoné hace un rato a Filisberto Hernández y retomo a Nan. Su discurso me gusta, mi cansancio se lo agradece. Ese mismo cansancio tiene esta mañana un rostro amable que me invita a titular el post de hoy así: Elogio del cansancio. 

El cansancio de la sociedad de que habla Byung-Chul Nan es un cansancio que frustra; frente a ese cansancio él mismo opone el «cansancio fundamental» que es cualquier cosa menos un estado de agotamiento en el que uno se sienta incapaz de hacer algo. El cansancio fundamental inspira, deja que surja el espíritu. "El cansancio devuelve el asombro al mundo. «Ulises, cansado, ganó el amor de Nausícaa. El cansancio te rejuvenece, te da una juventud que nunca has tenido. […] Todo en la calma del cansancio se hace sorprendente». Mi lectura de ayer quedó en el punto de aquel primer cansancio, que se me antojaba algo inexacto si yo lo aplicaba a mi propio cansancio, que en general resulta padre de mis crónicas engendradas casi siempre en el clima lógico del final de una larga caminata y por tanto de un "cansancio fundamental'. 

"El cansancio te rejuvenece, te da una juventud que nunca has tenido". Hay ideas tan inesperadamente fértiles que uno llega a tener necesidad de llamar por teléfono al autor para agradecer que lo haya plasmado en el libro que lees. La idea persistente es siempre la misma, para crear o hacer algo interesante no hay mejor camino que ayudar a ponerse en las condiciones idóneas para que la intuición, la inspiración echen a andar. No tanto tratar de crear a palo seco como ponerse en las circunstancias que los procuren. Probablemente el cansancio, igual que la contemplación y el fructífero hacer nada, sea un modo idóneo para convocar a los céfiros de la creatividad. 


Pensé en pernoctar en San Pedro de Mérida pero era demasiado pronto. A Mérida quedaban quince kilómetros. Busqué. Tenía un tren con Madrid a las seis de la tarde. De pronto me entraron ganas de dormir esta noche en casa. Tenía el tiempo un poco ajustado, pero probé. Llamé al amigo Manuel Coronado, el andarín que no tarda en aparecer tarde o temprano en este blog, y quedamos en tomarnos unas cervezas juntos en Trujillanos, a pocos kilómetros de Mérida. Tuvimos una grata charla salpicada de caminatas, viajes y una pizca de política. Gracias, Manuel, fue un regalo volver a encontrarte y compartir nuestras mutuas pasiones frente a una jarra de cerveza. 


Ahora mi tren rueda monótono camino de casa. En algún momento, a la altura de Monfragüe, la megafonía ha anunciado una avería. Con ella la fiebre de los teléfonos se ha desatado en el vagón, sí, esa plaga de gente con el teléfono en la oreja hablando a voces como quien se dirige a otro que está al otro lado del planeta diciendo durante media hora que el tren se retrasa. A veces uno queda atrapado sin comerlo ni beberlo en medio de tan anodinas conversaciones, conversaciones que dicen cientos de veces la misma cosa sin ninguna variación, que cuesta pensar que el comunicante o comunicanta de turno no sea un loro monomaníaco. Ponerle rostro a estas conversaciones es un acto de maldad, porque es fácil que la persona que antes percibiste como un ciudadano corriente se convierta de inmediato en un imbécil empeñado en hacer de tu viaje un rechinar de dientes. 

Avería solventada. El tren a vuelve a la calma. 


















Agua, viento, asfalto y al fondo siempre dos montañas, dos castillos





Medellín, 28 de febrero de 2017 

Tramo Campanario – Medellín. 


Situación similar a la de ayer, tendido supino en la cama, la cerveza a lado con una bolsa de patatas fritas. Esta bien esto de coger unos hábitos. Ayer me entretenía el vuelo de los vencejos, hoy lo hace la vista del río Guadiana y su puente de piedra frente a mi hostal. También el cuerpo cansado, los pies doloridos y el aire acondicionado ronroneando por encina de mi cabeza. Tomándome ritualmente la cerveza mientras saboreo el hecho de no tener que caminar más por hoy es uno de los momentos más ricos del día; me sabe a gloria la cerveza en estos momentos. Mover los pies fuera de las botas, no tener que soportar el peso del macuto o los tirones que me pega la espalda… ah, qué gusto, sí. Claro que también es cierto que si no hubiera caminado la cerveza no me sabría igual, ni tampoco disfrutaría sintiendo a mi cuerpo ovillado en esta indolencia repentina. 

Hizo mucho viento todo el día, fue imposible leer. Creo que esa parte extra de mi cansancio tiene que ver con ello. Todo el día con el viento de frente, además de que no me dejó leer, supuso un esfuerzo adicional. Amaneció lloviendo, continuó venteando y a mi me pareció todo más lejos. Nada más comenzar a caminar ya se veía allí, a lo lejos, la montaña de Magacela, a cuyas laderas se agarra el pueblo como quien no quiere soltar prenda; todas las calles en cuesta teniendo el llanto a los pies no se entiende más que como medida de seguridad. En la picorota de esta escarpada montaña de 562 metros de altura, se levanta el castillo de Magacela, construido en torno al siglo XII. En realidad el pueblo tuvo su inicio en el castillo y fue creciendo ladera abajo según aumentaba su población. Ver a muchos kilómetros al fondo de una línea casi recta permanentemente el destino a donde te diriges, alienta el cansancio. Algo similar sucedía en el tramo entre Don Benito y Medellín, siempre delante, frente a una carretera trazada como con un tiralíneas, la silueta de dos iglesias sobre una ladera cuya cima estaba ocupada por el castillo. Hoy la historia de las ciudades me resbalan, incluida la de Medellín, ciudad creada 79 años antes de Cristo por los romanos y con un legado cultural al que habría merecido dedicar unas horas. 

Los últimos días pierdo la noción de lo recorrido enseguida, sin embargo hoy era fácil memorizarlo. Las únicas dos montañas del camino, vistas desde cualquier punto de los alrededores, constituían los lugares de paso de mi camino, Magacela y Medellín. Por Medellín pasa solemne y caudaloso el Guadiana. Le hace los honores un puente que fue primero romano y después medieval. 

El camino parece que se hace definitivamente poco atractivo si no es por este aire a antiguo que se respirar en toda la región. He echado un vistazo por encima y el asfalto va a ser, como hoy, la nota dominante de aquí a Mérida, a un par de jornadas de donde estoy. 

Hoy la cosa no me da para más. Me encuentro demasiado cansado. 










Vencejos, nuestra patria bananera, la sociedad del cansancio


 Campanario, 27 de febrero de 2017

Tramo Monterrubio de la Serena - Campanario. 


Desde la cama veo volar a los vencejos; como siempre, nerviosos, enervados por una actividad desenfrenada, van de acá para allá en continuos requiebros sin descanso. En cierto sentido se parecen a la generalidad de los humanos, incansablemente ocupados en esto o lo otro. Somos la sociedad de la agitación, y por tanto del cansancio. Me resultó tan sugestivo el trabajo de Byung-Chul Han, del que leí días atrás Psicopolítica, que hoy comencé otra obra suya de sugestivo título: La sociedad del cansancio. Asegura Han que la sociedad del rendimiento está convirtiéndose paulatinamente en una sociedad de dopaje. En una sociedad así el ser humano en su conjunto se convierte en una «máquina de rendimiento», cuyo objetivo consiste en el funcionamiento sin alteraciones y en la maximización del rendimiento. La fiebre de producir cada vez más en el menor tiempo posible y con ello, incrementar al máximo los beneficios, se ha convertido en el pandemonium alrededor del cual no sólo brujas y diablos bailan pretendiendo unir luz y tinieblas para sintetizar lo que otros no consiguieron con la piedra filosofal, sino que de estos la fiebre ha pasado al común de los mortales como idea esencial de nuestros días. No perder el tiempo, producir mejor y en menor tiempo ¿Con qué finalidad? ¿Pa qué? Bueno, contestar a eso ya puede ser más problemático, incluso es posible que después de una concatenación de razones y argumentos descubramos que para nada, para distraer la vida, para huir del horror vacui, el miedo al vacío que la vida puede producir, para salir del aburrimiento, para dar salida a una necesidad que se nos impone así desde el sistema económico que nos domina. Creemos ser libres pero la libertad es bien poca cosa encorsetados como estamos por ese dopaje de que habla Byung-Chul Han. En realidad, el sujeto de rendimiento, que se cree en libertad, “se halla tan encadenado como Prometeo. El águila que devora su hígado en constante crecimiento es su alter ego, con el cual está en guerra. Así visto, la relación de Prometeo y el águila es una relación consigo mismo, una relación de autoexplotación”.


Los vencejos compartieron hoy el día con las grullas y las cigüeñas. Amaneció pochito, pero poco a poco el cielo azul fue abriéndose paso entre las nubes hasta quedar amo y señor de las alturas. Podían verse grandes bandadas de grullas bajando sobre los campos recién arados para buscar entre los surcos color tabaco oscuro lombrices de tierra con que desayunar. También las cigüeñas en pequeños grupos de cuatro o cinco merodeaban en pequeñas lagunas que había dejado la lluvia y que levantaban el vuelo al paso del peregrino.

Llevo tantos días en la compañía de las encinas que esta mañana las reconocía ya como viejos amigos con los que desde antes del alba ya vas a compartir la jornada. No son encinares, las encinas aparecen diseminadas por las dehesas, unas veces rodeadas de cultivos de alguna gramíneas, otras en campos en barbecho, en muchas ocasiones aterciopelados sus pies por la blanca alfombra de las margaritas. Me quiere o no me quiere, me quiere o no me quiere. Las encinas, diseminadas por estos campos, aparecen como un ejército de aguerridos y robustos señores de porte retorcido y sobrio, como viejos guerreros a los que el sol, el viento y la lluvia hubiera dotado de una bella y rústica naturaleza alzada sobre el campo, brazos en alto, con la prestancia de una fuerza secular. Consistencia, arrogancia, belleza escueta; ellas, en medio de las dehesas, hacen que continuamente admire en sus formas, sus troncos atormentados a veces, sus ramas retorcidas, al tiempo escultor que pacientemente modela aquí a los árboles, allá a una aglomeración de grandes masas de granito, en otro rincón un riachuelo, una gran cárcava, las estancias de este museo sencillo y armonioso de esta primera tierra extremeña que piso.


Había pensado en finalizar mi jornada en Castuera, a veinte kilómetros de Monterrubio de la Serena, pero llegué allá al mediodía, quizás demasiado pronto, me dije. Paré a comer algo en un bar. Mientras daba cuenta de unas tostadas de distintos patés ojeé los periódicos. Últimamente me da rubor pasar la vista por tanta inmundicia. Hablamos a veces de España como de un país bananero, pero a estas alturas el modo como se conduce el sistema judicial y el gobierno frente a la corrupción y los sinvergüenzas de toda condición es tal que habría que intentar otro término. Estamos tan acostumbrados a usar el término mafia y todos sus seudónimos para referirnos a ellos, incluido el entorno de la corona y todos los escalafones del PP, que la resignación por fuerza termina pudiéndonos invitándonos a pensar que este país realmente no tiene solución, que los sinvergüenzas son tantos y están tan atrincherados en las instituciones, gobierno, sistema judicial, ejército, Casa Real (la impunidad de ese tal Juan Carlos tan bochornosa o más que la de su hija y su yerno) que ni varias generaciones de un supuesto gobierno de izquierdas o centro izquierda serían capaces de enderezar. Caraduras, sinvergüenzas, aprovechados que, cargados con el cinismo más ramplón no dudan en quitarse del medio a los fiscales molestos o amañar juicios y decisiones judiciales como si fueran zapatos a las medidas de sus pies.


A la salida de Castuera, el campo verdeaba salpicado de pequeñas flores amarillas y margaritas, era el turno Felisberto Hernandez; su novela corta, Las Hortensias, me ocupó una gran parte del camino. Una enigmática historia, hasta ahora todos los relatos que he leído suyos pueden llevar ese atributo, que no lejos de los procedimientos de Kafka, se mueve entre aguas tan diversas como los sueños eróticos, los celos, el amor, las rutinas de la vida conyugal y el enfermizo miedo al propio yo que convierten al espejo en un sintomático enemigo. Entrar en la literatura latinoamericana es abrirse paso a un mundo que en su conjunto suscitan realidades que parecieran exclusivas de ese continente. Algo que sucede también con la literatura japonesa y que no comparten otras zonas del mundo. Por demás, mis lecturas de literatura latinoamericana están enormemente vinculadas a largos viajes que cubren desde México hasta Tierra del Fuego, pasando por Centro América y la Cuenca Amazónica, precisamente porque viajando por esos países fue imposible dejar de leer entusiásticamente a los autores de los distintas tierras que atravesábamos y que se fueron sumando kilómetro a kilómetro a los autores clásicos ya sobradamente conocidos por nosotros.

Fue curioso constatar cómo mientras recorría la novela, y un posterior relato titulado El balcón, iba naciendo en mí el deseo de volver a recorrer América Latina de norte a sur. Según iba leyendo en un segundo plano de mi conciencia ya me veía recorriendo los países andinos, las selvas, la Pampa, la Patagonia, mientras en mi mochila se iban almacenando los libros de autores nuevos o ya conocidos que esperaban su lectura. Deseo de viajar, pero deseo de viajar acompañado por ese mundo tan especial de los autores de aquellas tierras. Los dedos se me hacían huéspedes recordando cocodrilos junto a la pista de tierra que atravesaba nuestro autobús, ríos cruzados en grandes barcazas, la cordillera levantada sobre el desierto de Atacama, siempre en la compañía de Arguedas, Ciro Alegría, Cortázar, García Márquez, Rómulo Gallegos, Juan Rulfo, Jaime Sabines, Carlos Fuentes… tan largo etcétera.

A última hora, mientras leía La sociedad del cansancio, me encontré con un latinajo de Catón que dejó aquí para terminar mi crónica de hoy, y que traducido al castellano, decía: “Nunca está nadie más activo que cuando no hace nada, nunca está menos solo que cuando está consigo”





Los locos que nos gobiernan, la Iglesia, el Carnaval, la pedagogía que no llega.


 Esto me llega mientras escribo: mi hijo Mario, el cabrero, mi nieto Manuel y mi chica. 

Monterrubio de la Serena, 26 de febrero de 2017 

Tramo Hinojosa del Duque - Monterrubio de la Serena


Los cristales y los muros de mi habitación, justo encima de una gran carpa, y la megafonía que lo acoge, vibran con un sonido chirriante y estentóreo. Estamos en Carnaval. Las calles, la plaza, los bares viven el delirium tremens de la fiesta común apta para todos los públicos. En el restaurante me ha costado horas que me atendieran, sólo unos pocos comensales, pero el salón vecino atiborrado frente al televisor frente a un Barcelona Atlético donde el público tanto contenía el aliento ante el peligro en la portería de su equipo, como saltaba de repente de júbilo con un gol del Barcelona. Más de la mitad de la audiencia rigurosamente disfrazada de guardia de corps o de gallina, o de aguacate, que era más original. Después de haber conseguido comer un plato de bacalao que demoró media hora, pasa el camarero cerca, le llamo, le pregunto por los postres, me dice lo que hay y le digo que quiero el mousse de limón, pero en ese mismo momento se levanta un clamor proveniente del televisor y el camarero, de pie frente a mí, ya no me escucha, todo su ser está en lo que está sucediendo en una de las porterías; transcurren varios minutos, yo tengo que contener la risa mirando alternativamente su cara o la tele. El tío ha desaparecido y ahora está plenamente en cuerpo y alma en el Vicente Calderón, creo. Pasan varios minutos para que su alma resucite y baje la cabeza hacia mí diciendo, como si no hubiera pasado una eternidad entre mi pedido y ese momento, ¿entonces qué le traigo? Me recordó aquella anécdota de Gustav Mahler en la que estando ensayando una de sus sinfonías, llegó el tiempo del coro que era dirigido por otro director. Entretanto Mahler quedó transpuesto esperando que concluyera el ensayo del coro. Cuando la parte del coro finalizó, el director le tocó el hombro para preguntarle si continuaban. Mahler despertó sobresaltado, dio un brinco en la silla y gritó hacia un lado: ¡Camarero, la cuenta! Cuando terminé con el mus de limón transcurrió no menos de un cuarto de hora, el café no llegaba. Recogí y pasé al salón vecino donde toda la charanga fútbolera del pueblo miraba de hito en hito lo que sucedía en el televisor, en donde veintidós tíos vestidos de rayas o de verde y en calzón corto parecían pegarse por patear un cacho de cuero lleno de aire que había que meter a toda costa entre tres palos de madera que estaban cubiertos por una red en su parte posterior. Una vez en la barra casi tuve que dar un meneo al camarero para que sacara sus ojos de la teletonta. Me miró distraído cuando le recordé que hacía más de un cuarto de hora que esperaba el café. Se disculpó y, bueno, no estaba mal, me invitó a un chupito en compensación. 

Mientras me tomaba el café me dediqué a observar a su hija, una chica de unos dieciséis o diecisiete años que atendía a los parroquianos con una cara de aburrimiento tan descomunal que enseguida me dio pena. Toda la chiquillería y gente joven desde ayer de no parar de hacer el loco por las calles con sus disfraces y esta chica aquí, constreñida a un aburrimiento letal mientras sus amigas, su gente se divertían a rabiar. Cosas de la pasta, imagino, claro. El hotel restaurante tiene buena pinta, parece dar dinero, se levanta sobre una construcción noble, de piedra, pero allí todo lo atienden, un local a tutiplén, lo atienden muy mal, quiero decir, el padre y la hija. Es una lástima que la filosofía, la filosofía de la vida, digo, haya desaparecido de los planes de estudio de este país, una asignatura que debería ser el farolillo que alumbrara todos los saberes de cualquier plan de estudio. Vamos, que cómo se puede echar uno a vivir si no tienes ni puta idea de cómo tienes que hacerlo. ¿Quién ha visto que alguien pueda coger un coche sin antes pasar por una autoescuela, sin saber para qué sirve el embrague, el freno, el volante? Pues eso, que pa no perderse en la vida habría que asistir a una vidaescuela, que en concomitancia funcional con los objetivos de la autoescuela pero aplicados al modo de vivir, nos enseñara de tempranito a vivir con un poco de propiedad. 

Me agarré a esta chiquilla que hacía de barman (una pregunta a mi hija, que ayer intentaba imponerme por whatsApp el uso del femenino para lo que hasta ahora se había expresado con el masculino: ¿cómo debería nombrar a esta chica, como la barwoman? Por cierto, y ya puestos, vamos con la etimología inglesa: MAN significa "hombre", y WO "desgracia", "infortunio", "tribulación". Conclusión: WO+MAN = "desgracia del hombre". Jajaja…); me agarré a esta chiquilla que hacía de barman, decía, pero igual podría haber recurrido a otros numerosos ejemplos. A este vagabundo, en este momento peregrino, le asalta con frecuencia la sospecha de que en eso de organizarse una vida armoniosa e interesante hay mucha gente que anda pez (modestia aparte…). En general los asuntos más importantes de la vida es fácil que queden relegados al punto de apenas prestarles importancia. Y si no a ver quién puede explicar que vengan tantos niños (y niñas, no vaya a ser que mi hija vuelva a la carga con el asunto del género) y que un número considerablemente alto de los padres no tengan ni idea de cómo hay que educarlos. O esas situaciones tan divertidas de adolescentes, ahora menos, que llegados a la edad de la porrocreación (de verdad, no lo he hecho aposta, lo ha escrito equivocadamente solo el teléfono), que llegados a la edad de la procreación malsaben qué cosa hacer con los colores que les suben por el cuerpo. La lista sería infinita. 

Pero tampoco hay que irse muy lejos para ver ejemplos en la primera página de los periódicos, así por ejemplo, abro, un decir, El Mundo está mañana y me encuentro el siguiente titular: 

El jefe de la Iglesia española: "No sé si Jesucristo votaría a Podemos".

 Jajaja. Alucino con el señor jefe de la Iglesia española. El señor jefe de la Iglesia española ignora que puesto a aparecer Jesucristo en el panorama de hoy mismo se pondría tan colorao de vergüenza de ver a todos los acólitos de su Iglesias tan vergonzosamente instalados que no le llegaría el tiempo para llegar a las urnas. Esta gente ha perdido tanto el rumbo que deberían obligarles, como decía en una ocasión el entrañable José Luis Sampedro, a asistir a un montón de cursillos dados por jóvenes y gente de la calle. La vergüenza debería hacerles esconderse de nuevo en las catacumbas. Cursos para aprender a vivir, cursos para aprender a ser padres, cursos para curas y gente del OPUS, cursos a gogó para todos, incluido para este vagabundo tan necesitado de aprender tantas cosas.

Otro titular del periódico de hoy, en el este caso de El País:

¿Está loco Trump?
El actual presidente de EE UU exhibe síntomas propios de una personalidad trastornada. 

Ahí está la elocuente viñeta de The New Yorker. 




Hasta aquí hablaba de la gente de a pié, pero qué pasa cuando el loco, el ignorante, el esquizofrénico y el narcisista es el presidente del país más poderoso…  y peligroso, del mundo? Un poco de filosofía de la vida nos hace bien a todos, pero hay casos como éste en que la filosofía no basta, que lo único que queda es el manicomio. La perversión que produce el dinero y el poder puede llegar a extremos de crear seres totalmente enfermos, por eso, a los cursillos pertinentes que todos deberíamos seguir para montarnos esa vida un tanto armónica de que hablaba al principio, debería seguirse la condición de caer de los cielos y aterrizar en la vida de la gente y sus preocupaciones, conditio sine qua non para dejar de ser ese bebé que se percibe en el señor Presidente de los Estados Unidos. 

Me hubiera gustado hablar de mi descubrimiento literario de Filiberto Hernández, un compatriota de mi amiga Marga, la de la voz bonita, pero no sé si voy a tener tiempo. Un cuentista excepcional, después de un par de relatos leídos mientras atravesaba por campos donde las encinas salpicaban el horizonte trescientos sesenta grados alrededor. A Filiberto Hernández lo había conocido por otros libros hace un año mientras viajaba por alguna lejana parte del mundo. Indagué, quise leerle enseguida, pero me fue imposible encontrar alguna lectura en formato digital en la red. Ayer, indagando en mi biblioteca particular (32006 volúmenes en formato epub, 27,34 GB. Si alguno habéis soñado alguna vez con tener todos los libros que no podréis leer en menos de cien vidas, pasadme una nota por redes o correo y os los regalo ya mismo. Yo es el mejor regalo que he tenido en mi vida. A ello se unen un par de aplicaciones que tienen la opción de leer los libros en alta voz); indagando en mi biblioteca particular, decía, me encontré con la obra completa de este escritor uruguayo, y que además añade el lujo de ser prologado por Julio Cortazar. 



Fue una jornada larga, treinta y tantos kilómetros, pero muy tranquila. Sobre los campos de cebada y las encinas sobrevolaron cientos de garzas en grupos de veinte o treinta, siempre en disciplinada formación de V. No encontré un alma en el camino. Cuando atravesaba el río Zújar volví a llamar por teléfono al párroco de Monterrubio de la Serena, pero nada, era la sexta u octava vez que lo hacía. Terminé llamando a la policía local. El agente estaba muy ocupado dirigiendo el tráfico del Carnaval pero me atendió muy campechano. ¿El párroco?, se habría ido de parranda. No parece que atienda muy bien a los peregrinos, añadió, ahora en serio. Algo había yo leído también en ese sentido. Me recomendó un hostal que estaba situado frente a la iglesia y que hacían descuento a los peregrinos. Llamé a continuación al hostal. Un descuento del cincuenta por ciento y con desayuno especial para los peregrinos. No estaba mal. Dos horas más tarde estaba bajo la lluvia de la ducha: placer.

¡Cuán gritan estos malditos
mas mal rayo me parta
si terminando esta carta
no pagan caro sus gritos! 

… Y los cristales y las paredes de mi habitación continúan vibrando ininterrumpidamente. Y la gente parece no volverse loca. Mañana va a ver cola en la consulta del otorrino, dos centenares de tímpanos reventados por lo menos, seguro. 






Una vieja discusión sobre género


Hinojosa del Duque, 25 de febrero de 2017 

Tramo Alcaracejos – Hinojosa del Duque

Una dicha delicada me sube esta mañana por dentro mientras ligeras bandas de niebla se arrastraban entre las encinas y sobre los campos de cultivo. El canto de los pájaros se mezcla con el ruido de motores de la lejana carretera. El campo está tranquilo, como sosegado después de una noche de reposo. También lo está el caminante que esta mañana respira un gran sosiego, pese a que cuando ha ido a echar mano de la linterna al iniciar la jornada ha descubierto que ésta había desaparecido misteriosamente. He vaciado el macuto en su búsqueda, pero nada. El único momento posible en que pude perderla parece que fue ayer cuando me desvestí en la madrugada para vadear el río. Ya es la segunda cosa que pierdo. El otro día fueron las gafas, que fueron inmediatamente sustituidas por otras en la primera farmacia. Con la linterna va a ser más difícil su sustitución. 


Paso frente a algunas granjas de vacas; las testuces asoman entre unos barrotes de hierro; una larguísima fila de cabezas que se ocupan, todas, en comer el seco forraje que les sirven de desayuno. Estos animales no mueven un musculo durante toda su vida que no sean aquellos que les sirven para comer y defecar. Y aparearse, y ni quiera esto último, que me imagino que será sustituido por la inseminación artificial. ¿No somos capaces de satisfacer nuestras necesidades de carne y leche de una manera más, ¿cómo decir para no caer en un moralismo de chichinabo?, más ¿humana, de respeto con otros seres vivientes? 

¿Por qué lo que nunca haríamos con nuestras mascotas son el pan de cada día de nuestro sistema alimentario ocupado en proporcionarnos leche y carne sin parar mientes en cómo lo hacemos? Todavía recuerdo una tarde en que me topé con una nave de crianza de pollos. Aquello era tela, cientos, miles de pollos amontonados unos contra otros sin unos centímetros para moverse, con las luces permanentemente encendidas para fomentar a toda costa una sobrealimentación. No es que sea partidario de esa "mojigatería" animalista que recorre nuestros días dándole a la mascota el trato que damos a nuestro bebé, pero todo en la vida tiene un límite y el salvajismo con que tratamos a los animales es uno de ellos. Si el hombre quiere estar en verdadera paz consigo mismo hay líneas rojas que no debería traspasar. ¡Ah, la productividad! Mierda con la productividad y nuestro afán de obtener beneficios. Mierda también con ese panorama de fabricarnos continuamente necesidades, ese filón del capitalismo que nos incita a la desmesura, a abaratar de continuo costos para seguir explotando nuestro apetito de tener. 

¿En qué se quiere que reflexione el caminante cuando amaneciendo se encuentra con una granja aquí y otra allí donde las vacas viven una tan miserable existencia? Y es que tenemos una capacidad tan grande para vivir en medio de las contradicciones sin que nos tiemble la mano... La coherencia no parece ser una característica esencial del hombre.

 Por cierto, que me llamó la atención días atrás el hecho de que cuando apareció la palabra hombre en el libro de Fromm, ser o tener éste le dedicara un largo párrafo aclarando el significado de hombre como ser humano y no solamente como el macho humano. Cuestión de lenguaje. El alemán, por ejemplo no parecen tener este problema, "se emplea Mensch para referirse al ser humano, sin diferencias sexuales". Pero sin embargo aquí, en medio de esa otra  "mojigatería" en donde se confunden hechos bochornosos de discriminación de la mujer con asuntos que nada tienen que ver con el tema del género, parece que uno bobamente tuviera que decir siempre hombres y mujeres para referirse al género humano, so pena de caer bajo la mirada vigilante de un mujerío dispuesto a machacarte con la reiterativa especificación en género masculino y femenino cada vez  que aparece algo que pueda tener una connotación referida a ambos sexos. Decir profesores y profesoras, hombres y mujeres, jueces y juezas, etc., para querer significar a los profesores de ambos sexos, a los jueces de ambos sexos, etc. Siempre me pareció una pobre y rebuscada manera de reivindicar una igualdad. El que ahora se utilice tanto no me parece más que una inútil demostración de diferenciación de género, cuando no el ejercicio de un oportunismo que disfraza el marketing político y social con el barniz de nuevos significantes que no alcanzan al fondo, ni mucho menos, del problema flagrante como es el dominio, todavía, del hombre sobre la mujer en tantos aspectos de la vida. Atención, tema controvertido, que dirían en Meneame.net: ver los comentarios. Y aquí discrepo con mi gente, seguramente mi hija, su chico e incluso mi compañera de viaje, que leerá estas líneas en casa con un cierto gesto de "bueno, ya está con el dichoso asunto". Ellos (¿debería decir él y ellas?) probablemente, aunque fuera en broma, no dudarían de tacharme si llega al caso… Lo siento, me sigue pareciendo algo ridícula esa expresión  del nosotros/nosotras, ellos/ellas, para referirse al género humano. Entiendo que, aunque más complicado, lo que debería hacerse es inventar nuevos términos que englobasen lo masculino y lo femenino sin que hubiera necesidad de especificaciones de género; el énfasis de querer llamar la atención sobre la especificidad de lo masculino y femenino creo que sobra. Su uso connota, según mi parecer, un complejo por parte de la mujer que no se aviene bien con aquello que pretenden expresar de hecho: el que hombres y mujeres seamos iguales, tengamos el mismo peso como seres humanos. 

El camino es tan llano y apacible que a eso de las ocho de la mañana ya he escrito la mitad de mi diaria crónica. La maravilla del teléfono como instrumento de escritura es tan excepcional que permite este género de actividad de escribir, caminar y sacar alguna fotografía al mismo tiempo que me recreo en las bondades del camino. Es obvio que uno no puede rechazar globalmente todo lo que esta modernidad del consumo nos trae. El teléfono es el mejor invento que ha partido madre desde los tiempos del Neandertal.

 La salvaje y rústica belleza de las encinas viejas. Las encinas, como esos viejos rostros de lobo de mar de las novelas de Joseph Conrad o como la tez resquebrajada de ancianos que han vivido toda su existencia sujetos a las inclemencias del tiempo y a los que la dureza de la vida ha vestido de una belleza conmovedora, aparecen de continuo ante mi vista alfombradas sus pies por el delicado amarillo de las primeras flores que pregonan una no lejana primavera.

El sol tiene esta mañana la  textura de los esfumatos de alguna pintura renacentista italiana, suave y delicada manera de comunicarnos la naturaleza una de las tantas bondades con que puede regalarse ella a los sentidos de los humanos. Por cierto, ahora que veo esa palabra, humano, sobre la pantalla, para zanjar la cuestión anterior, y acaso provisionalmente, ¿no podríamos sustituir ese dichoso "hombre" de que hablaba más arriba, con esta otra, "humano", o acaso con "ser humano" aunque se alargue el discurso? 

Si hoy me pierdo la culpa no la voy a tener yo, seguro; la tendrá la escritura. No, voy bien, allá adelante veo una flecha amarilla. Son las nueve y media de la mañana y casi me acerco a la mitad de recorrido. Llego a Fuente la Lancha. 

Estoy en las últimas páginas del libro de Dino Buzzati, Giovanni Drogo ve acabar miserablemente su vida; su existencia ha terminado convirtiéndose en una broma. "Armándose de fuerza, Giovanni endereza un poco el busto, se ajusta con una mano el cuello del uniforme, echa aún un vistazo al exterior de la ventana, una brevísima mirada, para su última porción de estrellas. Después, en la oscuridad, aunque nadie lo vea, sonríe". Tras los bastidores no se oye el disparo, pero el humo de la pólvora se masca en el ambiente. 

El llano, salpicado encinas, cubierto de campos de labor, verdes todos ellos, se extiende hasta el horizonte, replicándose a sí mismo alrededor del caminante. 

Hacia el mediodía estamos en verano, tengo que desvestirme de cintura para arriba. Creo que hasta puedo barruntar la posibilidad de pernoctar al raso hoy. Se me ocurre a la orilla del río Zújar. Ya veremos. 

A pocos kilómetros de Hinojosa del Duque, caminando por una pista, veo acercarse a un coche a toda velocidad levantando una polvareda de mil demonios. El tío no disminuye la velocidad al acercarse. Me pongo en medio de la pista indicándole que disminuya la velocidad. Nada. Me veo obligado a interceptarle el paso poniéndome en medio de su camino. El hombre pega un frenazo de mil demonios. Le miro la cara, se ha puesto blanco, me mira con los ojos desorbitados como si se le hubiera aparecido un loco en medio de la carretera. Oigo a mis espaldas que ha parado unos metros más allá. Ni me molesto en mirar para atrás.. Oigo que arranca de nuevo y escucho alejarse el coche. ¿Cuántas veces he pasado por una situación similar? Perdí la cuenta. Hay conductores que quieren arrogarse el derecho de poner a uno hecho un Cristo y eso no está bien, verdad? 

Desde mi habitación del albergue, uno muy chulo, oigo el estruendo de la música en la plaza próxima. Parece que aquí se toman en serio los Carnavales. Lo malo es que mañana tengo por delante otra jornada muy larga y no sé, como me sucedió tantas veces, si uno puede estar al plato y a las tajadas; si puedo estar en el Camino y a la vez en los jolgorios que se me cruzan en la ruta. 










Plus tard il sera trop tard.


Plus tard il sera trop tard. 
Notre vie c'est maintenant
(Jacques Prevert) 


Alcaracejos, 24 de febrero de 2017 

Tramo Cerro Muriano – Alcaracejos. 


Mi despertador sonó hoy a las cinco de la mañana. Tenía por delante una jornada incierta de treinta y seis kilómetros. En el mapa sólo aparecían tres o cuatro caseríos aislados; después lomas cubiertas de encinas, algunas zonas de olivos, dos ríos que atravesar… Me asomé a la ventana, una espesa niebla cubría las calles del pueblo. Muy interesante, me dije. Cuando salí a la calle sólo se veía a unos pocos metros; las calles estaban débilmente iluminadas por la aureola de unas pocas farolas. Impresionaba ese silencio en que la mortaja de la niebla envolvía las casas, la iglesia, un parque infantil que parecía como un exótico capricho a esa hora de la noche. No tardé en dejar atrás el pueblo, la oscuridad era total, mis botas sonaban en el asfalto como un extraño instrumento de percusión de ritmo monótono y pausado. Si encendía la linterna, frente a mis ojos, minúsculas partículas brillantes de polvo de agua surgían a mi alrededor como pequeñas luciérnagas. La carretera, estrecha, podía seguirla por la débil luz de las líneas que delimitaban los arcenes. La calzada ascendía describiendo pequeñas ondulaciones. A la derecha se adivinaba las formas de algunas encinas. Después de media hora la niebla se adelgazó hasta el punto de poder ver las estrellas y la pequeña línea curva de la luna; poco más tarde el cielo quedó diáfano, apareció la Osa Mayor en el frente, casi en el zenit; la Polar brillaba débilmente a mi derecha. En estas condiciones el camino es algo muy especial, me hizo recordar en algún momento mi religiosidad de niño en aquellas ocasiones especiales, de Semana Santa y el mes de María, el mes de mayo. Tenía la culpa de este recuerdo el profundo olor que venía de las jaras que crecían prolíficas a los pies de las encinas y que durante todo el camino perfumaban el ambiente como lo hiciera el incienso en la iglesia de mi niñez. 

Estaba amaneciendo, bajaba una empinada cuesta, el camino describió una curva de ciento ochenta grados y de golpe me encontré con un río; las rodadas de un todoterreno se perdían bajo el agua. Una mirada rápida me convenció enseguida de que no había tu tía, no había más remedio que desnudarse y pasar el vado en gayumbos. No es que estuviéramos a bajo cero pero fresco sí hacía y la humedad de la niebla había dejado todo empapado. El aspecto que debía de ofrecer a esa hora de la mañana un individuo con macuto, jersey, anorak, las botas colgando del cuello, cruzando el río en calzoncillos, tanteando las piedras del fondo con los bastones y pisando huevos, como correspondía a la situación, mientras el amanecer empezaba a pintarse en el cielo, debía de ser digno de ver. 

Atravesaba, subía y bajaba colinas a buen paso por un sendero rojizo rodeado continuamente por encinas, jaras y estepa negra. Era agradable. La niebla ocupaba a lo lejos algunos valle. Tenía suerte, al final presentía que la ruta de hoy, totalmente ausente de asfalto, iba a ser la más bonita de lo que llevo caminado en Andalucía.  Y así fue. En un olivar ne encontré con una pareja que recogía aceitunas junto al camino. Me llamó la atención porque no usaban red. El terreno era accidentado y con piedras y usaban un rodillo con púas y oquedades donde las aceitunas quedaban agarradas. Cuando el rodillo estaba lleno de ellas las descargaban en la carretilla. Me quedé un rato con ellos. Me enseñaron encantados el procedimiento, algo que usaban sólo en zonas accidentadas. El resto lo hacían con el procedimiento corriente, colocando la red bajo el olivo y vareando después. La chica tenía una sonrisa encantadora. 

Como la mañana marchaba ya sola sin necesidad de que yo le prestara atención, busqué en el teléfono la novela que comenzara el día anterior, El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati; la historia del oficial Giovanni Drogo, destinado a una fortaleza fronteriza sobre la que pende una amenaza aplazada e inconcreta, pero obsesivamente presente. Giovanni, que había llevado en la ciudad una vida corriente, sufre una transformación profunda tras la llegada a la fortaleza, entre las cuales la más importante es la progresiva resignación ante el estrechamiento de las posibilidades vitales. En el ambiente de mis primeros años de montaña, cuando veíamos que alguno se ennoviaba, era corriente cantarle aquello de "te casaste, la cagaste". La pasión por la montaña era tan fuerte en nosotros que no era raro quien huyera expresamente de cualquier situación que supusiera comprometerse, lo que casi siempre suponía abandonar la escalada, dejar atrás las salidas en verano a los Alpes o Pirineos y perder el contacto de los amigos del monte con los que también nos veíamos algún día de la semana en algún club o en un bar. Los fines de semana eran sagrados, cualquier minuto que tuviéramos era para esa otra amada, la montaña, con la que ejercitar un erotismo tan intenso y subyugador. Las posibilidades vitales que la montaña nos ofrecía eran tan profundas que no dudábamos en abandonar todo aquello que no tuviera tener con la pasión por ella. El desmoronamiento del teniente Giovanni proviene de la frustración de las expectativas que poco a poco van desapareciendo de su panorama mental, absorbido por las obligaciones del servicio en la fortaleza. Los años y las obligaciones terminan de atarlo definitivamente. 

En esta situación su mente se ve obligada a postergar una y otra vez cualquier atisbo de proyecto o situación de vida que se le pueda ocurrir. Y le sucede eso: "Plus tard il sera trop tard". El tiempo, que hasta ahora era infinito, algo en lo que cabía todo, que tan lentamente corría, empieza a estrecharse, comienza a correr tan endiabladamente deprisa que cuando se da cuenta ya ha sobrepasado la cincuentena, ha perdido el contacto con sus amigos de juventud, la relación con una chica, el contacto con la familia. Ha postergado tanto una vida diferente que ni siquiera encuentra fuerzas cuando asume su error. Demasiado tarde para cambiar de vida, demasiado tarde para hacer esto o aquello. Sólo le quedará pudrir sus últimos años de vida en el callejón sin salida que tan inconscientemente se ha forjado desde la juventud. 

Con la novela ya muy avanzada llegué a la conclusión de que no me merecía la pena apresurarme para llegar a comer a Alcaracejos. El tiempo era bueno. Decidí parar a comer a la sombra de una encina cuando todavía me quedaban dos horas de camino. Retocé una hora tumbado dando cuenta de un bocata de calamares, leche, un poco de queso, chocolate, los restos de una empanada. En Alcaracejos había reservado un habitación en un hostal. Me subí directamente a ella nada más llegar. No me dio el ánimo para darme una vuelta por el pueblo. Además hoy me tocaba colada, que me iba a llevar un buen rato.