Hoy me siento eremita



 Cercanías de la Cabane de Susanfe, 21 de junio de 2017

Hoy me siento eremita, uno de esos místicos, los sadhus, que recorren la India o el Nepal sin rumbo fijo bebiendo vino donde hay vino y agua donde no hay otra cosa. Debe de ser que hoy más que otras veces tengo la sensación de que no voy a ninguna parte en concreto, que simplemente vago por los caminos, por los paisajes y las montañas que amo. Vagar y escuchar el canto temprano de los pájaros, abundantes y melódicos está mañana, mientras desciendo del col de la Golese por un bosque de abetos que parece despertar a mi paso con el ajetreo de las aves.

No siempre es así pero hoy se va a repetir esa constante que consiste en bajar a lo profundo de un valle, subir a lo alto de un collado y emprender de nuevo el descenso para volver después del medio día a elevarse por encima de los dos mil metro. En el primer collado, el de Coux, el paisaje, que se había vuelto de pastos y de montañas medianas, descubre nada más asomarse a él una impresionante cadena de montañas surcadas de glaciares. Acostumbrados como estamos a simplificar nuestra percepción de la realidad, que hace que nos representemos a los Alpes por unos pocos macizos que conocemos, encontrarse un día tras otro con desproporcionadas montañas y valles cuyos nombres desconoces, te coloca en un mundo sin referencias en donde es fácil perder la noción del espacio. Si estoy en Chamonix sé que al este tengo el Valle de Aosta, al sureste el Gran Paradiso, al noreste el Cervino y el Monte Rosa. Hacia cualquier parte que me dirija lo hago siguiendo una referencia que guarda mi memoria. Sé dónde estoy. Aquí sin embargo las cosas son bien diferentes. Los nombres de las montañas, los valles, las poblaciones que se adentran en ellos me son totalmente desconocidos. Día tras día camino sin una referencia conocida. Y me temo que va a ser así durante todo el verano. Los Alpes suizos y austriacos no fueron paisajes que frecuentara en mi juventud, acaso asomarse a la silueta del Eiger o la Jungfrau, no más, y ahora me temo que ya es demasiado tarde para meter en mi desmemoriada cabezota una visión general de los macizos que tengo que atravesar.


 Escribo tras la comida a la sombra de un parasol del refugio de Bonavau. Está soleado con algunas nubes pero he empezado a oír un sospechoso tronar lejano que me ha puesto sobre aviso. Aquí la tormenta se puede liar en menos que canta un gallo. Había pensado alejarme un poco del refugio para sestear un rato pero me parece que voy a tener que salir pitando si quiero librarme de una próxima tormenta. De aquí al próximo refugio, la Cabane de Susanfe, tengo dos horas largas.

No llego a comprender cómo se comporta mi cuerpo. Éste ha subido renegando desde el último fondovalle, el refugio de Barme, con un cansancio temprano que no podía disimular y, ahora, que le he preparado un plato más fuerte de mucho más desnivel con largos tramos de cadenas, el tío va y no sólo no rechista sino que sube graciosamente y casi sin enterarse por un estrecho sendero que corre como un hilo por una abrupta pared de una manera inverosímil, uno de esos senderos que miras desde abajo con la sospecha de que es imposible que por allí se pueda transitar. Lo siento, mi mapa, uno entero de los Alpes, es bueno, curvas de nivel y sombreado, pero no llega a tanto como para señalar el nombre de todos los topónimos, razón por la cual subo, bajo, desciendo, voy para acá y para allá, pero no puedo hacer mucho más que citar un collado, un refugio o alguna población. Y por supuesto cobertura de datos para consultar nada de nada por estos lares, tan solo pillar la posibilidad de un wifi en algún refugio por donde paso, no todos.


 El sendero termina superando un estrecho abismo que termina de repente y se hace sobre el tapiz verde en los prados superiores. Los glaciares están ahí al alcance de la mano, anonimos (para mí, claro), amenazantes como gigantes que fueran a desmoronarse sobre el valle en cualquier momento. Un lejano estertor de tormenta vibra en el aire amenazando el consabido diluvio de una tarde de aguacero. Tengo que espantar a las ovejas para que despejen el camino, unos animales de espesa lana y patas negras que me miran con la curiosidad del propietario que ve invadida su propiedad por un extraño visitante que suda la gota gorda arrastrando sobre la espalda un macuto desproporcionado.

Llego a la Cabane de Susanfe. El cielo está encapotado, el refugio parece abandonado. Alló, alló… termina por aparecer una mujer que me llena amablemente la cantimplora. No tengo la intención de alejarme mucho del refugio. Abajo suena abundante un riachuelo, pero todo a su alrededor es pura piedra. Confío en encontrar un par de metros de prado para mi tienda un poco más arriba. Echo a andar camino arriba y no han pasado cinco minutos cuando al mismo tiempo que aparece un bonito prado para mi tienda se pone a llover. Pies para qué os quiero, que diría mi antigua novia de mi madurez. Descargar rápidamente, proteger mi placa solar bajo el macuto; saca tienda, clavos, despliega, inserta varillas. En cinco minutos mi tienda está puesta y toda mi impedimenta dentro de ella. Sólo llueve diez minutos, sólo ha sido un amago. Al poco sale el sol y puedo volver a desplegar la alfombrilla solar dentro de la misma tienda para continuar cargando mi teléfono y los auriculares inalámbricos. Este año me compré una pequeña que con el sol de plano viene a cargar prácticamente cualquier dispositivo a la misma velocidad que enchufándolo en casa. La alfombra solar me está proporcionando una autonomía que no tenía la última vez que estuve en los Alpes. Ya veremos cómo funciona cuando vengan los días de mal tiempo.


 Es la leche. Se cubrió, tronó, llovió y veinte minutos más tardes apenas quedan unas pocas nubes en el cielo. Veremos cómo me va el tiempo este año. En el 2014, de dos meses y medio que pasé en los Alpes más de la mitad de los días se lo pasó lloviendo. Me llegué a acostumbrar de tal manera a las lluvias y a las tormentas que al final constituyeron la fuente de mis mejores emociones y recuerdos. Uno no sabe nunca de dónde va a sacar los mejores placeres a la vida. Si no fuera porque las circunstancias a veces nos meten en fregaos inesperados, es probable que nuestras experiencias fueran más pobres. Eso de que las dificultades le hacen a uno parece una verdad de Perogrullo.




  

"Sólo moriría por mí mismo”. (¿Hizo una tontería Echevarría?)

 “

Col de Golese, 20 de junio de 2017
  
Ayer terminé el día  escuchando a Bruckner junto a un riachuelo que corría silencioso por mitad del bosque. Caminata tranquila y de lecturas, de pensamientos livianos que merecía, después de acabar con mis deberes de cronista tras lo comida, no marchar muy lejos a fin de que la paz del camino, la extrema suavidad del día armonizara con el final de la jornada. Terminar la etapa según los dictados del recorrido suponía bajar hasta el fondovalle donde viviendas y una carretera con toda seguridad me robarían esta paz que traía conmigo, así que sal del camino, coge una trocha del bosque que se aleja de cualquier habitáculo humano y pide suerte para encontrar ese lugar de excepción que buscas. Y que la hubo, un florido prado, no aquel precisamente donde folgaron Zeus y Hera mientras Aquiles y los de Priamo se rompían entre sí la crisma allá abajo en tierras de Troya.

La tumultuosa octava sinfonía de Bruckner no es precisamente la música apaciguadora que yo esperaba para la hora del anochecer, pero me tropecé con ella sin proponérmelo y no resistí; y para más inri se trataba de la versión dirigida por aquel otro tempestuoso director alemán, el señor Karajan; vamos, para que el cielo se derrumbase en alguno de sus movimientos. Pero no importa, la noche ha caído casi del todo y la música llega a mis oídos como canto de ángeles en este bosque del que me he apropiado momentáneamente.


 Había salido de Samoans, a donde me había desviado para desayunar y comprar algunas cosas y empezado a leer mi novela del momento mientras ascendía por el bosque del valle de Allamands, que lleva al refugio Bostan. El sol había empezado a apretar y se agradecía la estrecha senda en sombra que trepaba entre los abetos. Llevaba algo de más dos horas caminando y todavía no había tenido tiempo de ver el paisaje que me rodeaba. El bosque era tupido, con bruscos descensos entre la rocas que habían sido atrezados con escaleras y barras de hierro a modo de pasamanos. Esa sensación de que uno sigue un camino sin tener idea de lo que se yergue a los alrededores. Habían desaparecido las grandes montañas y el camino había tocado fondo en los ochocientos metros.

Acogido a la hospitalidad del bosque me llegó la hora de la lectura, en este caso una novela que había empezado hace días, La broma infinita, de David Foster Vallance, de la que me vengo enterando medianamente con sus saltos en el tiempo y en personajes y situaciones que en principio parecen no tener relación entre sí. De momento no es una cosa que me preocupe, a veces se encuentran en las páginas de algunas novelas mosaicos humanos que en sí mismos constituyen una buena motivación para alentar la curiosidad del lector. El caso es que después de un rato de lectura, mientras numerosos zigzags salvaban una ladera donde asomaban dispersos algunos abedules, me tropecé con un personaje que hacía esta rotunda afirmación ante la propuesta de un compañero que defendía cierta clase de heroicidad: “Yo sólo moriría por mí mismo”. Esta afirmación desvío de inmediato mi atención hacia el joven español que días atrás había muerto apuñalado por un terrorista mientras intentaba ayudar a alguien. La prensa lo había llenado de halagos e incluso el presidente de gobierno había ido al aeropuerto a recibir el féretro. Es un asunto que debió quedar en interrogante en mi cabeza y que volvía a aflorar ahora empujado por otras circunstancias. Este joven, Echevarría creo que se llamaba, en el visto y no visto de unas circunstancias imprevistas ¿realmente llegó a ser del todo consciente del fregao al que se estaba enfrentando? ¿Actuó por instinto? ¿Tuvo tiempo de hacer un análisis de la situación y tomar un decisión? ¿Qué es lo que merece la pena y qué no en esas circunstancias, una situación, esa y muchas más de las que están sucediendo en Europa, que es consecuencia directa de las muertes (un millón y medio) provocadas en Irán y en Oriente Medio por Estados Unidos, Reino Unido, España y la Unión Europea?

Que los actos del país más terrorista del mundo, Estados Unidos, los venga a pagar un joven español me parece un despropósito que mi conciencia se niega a avalar. Prefiero pensar que Echevarría hizo la idiotez más grande de su vida. Un sistema que expolia a sus ciudadanos y lucra con todo esmero a una mínima parte de la población y desea enardecer, por el procedimiento de convertirlo en héroes, a un joven de buena voluntad, cuanto menos me parece un acto obsceno, algo así como si alguien intentara revestirse de honestidad y nobleza a costa de los nobleza de los otros, cuando son ellos de una manera u otra los responsables de todos los actos de terrorismo que vivimos desde hace años en Europa, de parecida manera a como España es indirectamente responsable de las masacres que comete Arabia Saudita en Yemen con la venta de armas a aquel país.

Ese es un aspecto del tema, pero hay otros, ¿no habría sido más lógico que este hombre, ante el eminente riesgo, hubiera puesto pies en polvorosa intentando alejarse del peligro? Nadie puede prever cómo podemos actuar en circunstancias imprevistas y difíciles, pero creo que hay unos límites que cada uno debe imponerse llegado el caso, si es que acaso las circunstancias nos dan tiempo para pensarlo. La vida, que es todo cuanto tenemos, nuestro bien más maravilloso, no creo que merezca ser arriesgada fuera del ámbito de lo que es esencial en nuestra vida, es decir nosotros mismos y la gente que queremos profundamente. Puede sonar fuera de lugar pero bien vale dejar las cosas claras. Hay gilipolleces como aquella de morir por Dios, la Patria o el rey que no se sostienen. Una cosa es que seamos solidarios y deseemos ayudar a los demás y otra echar por la borda la vida. Y cómo no, por supuesto, rendir nuestro reconocimiento por las personas que lo han hecho en algún momento aunque no queramos ponernos en situación de ellos.


Hoy me cansé en exceso, la subida hasta el refugio Bostan se me hizo larguísima. Me regalé una cerveza allí, pero fue poco consuelo, todavía me quedaba una hora de camino para terminar mi jornada. Coloqué mi tienda en un altillo del collado. ¿La razón? Aquí me llegarán mañana los primeros rayos del sol. Esa pequeña triquiñuela de que uno pueda despertarse con el sol en los ojos la aprendí en los días precedentes.




La amigable compañía de las marmotas



  
Cercanías de Salvagny, 19 de junio de 2017

Refuge de Moëde-Anterne – Salvagny

La sensación de alejarse. Tras desayunar con Kilan en el refugio de Moëde-Anterne, me enfrento a los bucles del sendero que me llevan al col de Anterne. A mi espalda, el macizo del Mont Blanc, que parecía haber desaparecido definitivamente el día anterior de mi vista, ha empezado a emerger de nuevo poderoso y señorial en el horizonte. Me alejo, esa sensación de quien se va despidiendo poco a poco de algo, de alguien. Me sucedió durante varios días el verano de 2014 cuando dejando atrás las costas del mar Adriático día tras días, mientras trepaba por las montañas de Eslovenia, lo fui viendo alejarse como un amigo que agita su pañuelo desde el andén de un hipotético ferrocarril que nos va llevando lentamente a otra parte. Esa era la sensación hoy mientras dejaba atrás las montañas de mi primera juventud. Una sensación que no duraría en esta ocasión mucho después de que alcanzara el col de Anterne. Allí saqué mi pañuelo, lo agité en el aire y me despedí de mis viejos amigos, de Les Courts, la Verte, l’Aguille de Requin… el Mont Blanc.

Al otro lado del collado nuevas montañas, el gran lago de Anterne, un gran farallón de paredes en su orilla opuesta, el refugio Alfred Wills, un nuevo collado y el descenso hasta una bella cascada y al final la localidad de Salvagny. Pero unos kilómetros antes me encontré un restaurante y decidí parar. En esta parte de las montañas la señal de datos es prácticamente nula. Aproveche el wifi del establecimiento para hacer mi crónica diaria. Se la mando a Victoria por Telegram. Mi vida de caminante, de momento, aunque he restringido los horas de camino a las etapas de la web de la Vía Alpina, no da para elaborar o repasar los textos como yo quisiera, tarea que mi compañera de viaje en esta vida asume con gusto ;-). Cenquiu, my love.


Mi encuentro esta mañana, descendiendo del col de Anterne, con unas marmotas que parecían querer un rato de conversación me sugirieron algunas reflexiones relacionadas con la hipótesis del libro que venía leyendo (Daron Acemoglu & James A. Robinson: Por qué fracasan los países. Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza). La tesis que mantienen los autores de este libro (muy recomendable, por cierto, para saber de la realidad en que vivimos) es que los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza están íntimamente ligadas a las instituciones del Estado y a la historia de las mismas. Sus argumentos están íntimamente ligados a la concepción de dos tipos de instituciones, extractivas unas e inclusivas las otras. Siendo las primeras instituciones empleadas en lucrar a una clase privilegiada a través de mecanismos de apropiación y extorsión de la clase más baja, por ejemplo en América Latina la de de los indígenas por parte de la Corona española que usaba su poder para conseguir el oro y la plata destinada a la propia Corona. Se usaba la riqueza del país para extraer del lugar beneficios exclusivos para los conquistadores. En la situación de políticas inclusivas, el caso de Inglaterra en contraposición a España, las compañías que se establecieron en las costas de Norteamérica pronto se vieron obligadas a conceder derechos políticos a los colonos, lo que derivó más tarde, cuando en 1688 el Parlamento recortó poderes al rey, en instituciones más democráticas que velaban por el mantenimiento de un ley que protegía la propiedad privada, las patentes, todo aquello que otorgaba seguridad al ciudadano que se veía así incentivado para crear negocios y empresas y desarrollar nuevas tecnologías. En relación con esta diferencia en las instituciones era obvio que el desarrollo de los países debía ser notoriamente diverso. Los autores, siguiendo este argumento, analizan el diverso desarrollo de países de todo el mundo: la diferencia entre Corea del Norte (con una pobreza similar a la de algunos países subsaharianos) en comparación con Corea del Sur; los países de Sudamérica en relación con Estados Unidos y Canadá…

Qué tiene que ver esto con las marmotas? Directamente nada, tan sólo una disculpa para hacer una lejana comparación viendo lo diferentes que son las marmotas de los Pirineos, huidizas en extremo, al punto que uno nada más puede verlas de lejos, y familiares y confiadas las de esta parte de los Alpes; algo que sucede con los gorriones, de tan diverso comportamiento, por ejemplo, los del Retiro en comparación con los que encontramos en el campo, huidizo éstos y amigables y cercanos en el Retiro. La historia de los países, como la historia de las marmotas y los gorriones, parece marcar el comportamiento posterior de las culturas y los países que las sustentan. Yo traté durante meses de hacerme amigo de un petirrojo que vivía en nuestra parcela; fue imposible. Y sé, sin embargo de amantes de los pájaros del Reino Unido a los que les resulta muy fácil establecer este tipo de amistad con estos simpáticos pájaros.

No pretendo establecer hilos comparativos, pero es obvio que la historia de nuestros comportamientos y hábitos son determinantes tanto para que un país tenga una economía floreciente como para que nuestra relación con los animales sea amistosa o por el contrario agresiva y salvaje. Cuando yo tenía cinco o seis años ya andábamos cazando gorriones con cepos, que poníamos bajo las ventanas de la casa de unos ancianos amantes de los animales que les daban de comer. Valientes mequetrefes, ¿no? Nuestro gozo de niños era ver cómo nuestros cepos se cerraban sobre el cuello de los gorriones dejándoles sin vida. Esa era la educación de la calle entonces. Hoy ya somos algo más civilizados. La sinvergonzonería que existe en España también tiene que ver con esto. En ningún país verdaderamente civilizado del mundo se habría mantenido un gobierno como el nuestro después de tanto mangoneo y corrupción. Se necesita una gran tradición de expolio para que esto pase por las enormes tragaderas de una población adormilada frente a la injusticia y al abuso de unos pocos sobre la mayoría.

Esa es nuestra historia. Cualquier ciudadano decente, caso de ser un descendiente Borbón, debería sentir vergüenza (vergüenza histórica) por el simple hecho de ser coronado rey, descendiente pues de tanta caterva de ladrones y aprovechados, y sin embargo ahí los tenemos como representante del país.


Mi crónica termina aquí. Hoy me llevo el buen recuerdo de las marmotas que, sintiéndose entre otros animales civilizados no huyen espantadizas sino que juegan amigablemente con esos otros bípedos, los homo sapiens que caminan junto a sus madrigueras. Vive y deja vivir; verás como así el futuro será más amable. 








¿Qué hacer? La noche se acercaba y Kilan no aparecía




Lacs de Chéserys, 17 de junio de 2017
  
Hace un frío que pela, especialmente por el viento que azota la zona. Me he cobijado entre unas piedras esperando que el Mont Blanc se vista de caramelo. Espero resistir. La combinación de autobuses desde el aeropuerto de Ginebra me llevaba todo el día para llegar a Trient desde donde quería partir y al final me subí en el primer autobús que partía, precisamente hacia Chamonix. Desde Chamonix tomé otro autobús hasta Argentiere, comí y enseguida eché camino arriba por el contrafuerte de montañas que se yerguen junto enfrente del Mont Blanc al otro lado del valle de Chamonix. Había localizado unos lago a dos mil y pico metros y me hice a la idea de montar a su orilla mi vivac.

Una subida de más de mil metros me dejó en el patio de butacas que yo esperaba para contemplar el crepúsculo. Monta la tienda, haz los ejercicio de rehabilitación de espalda, obligación que me propondré a diario para intentar que la espalda me dure hasta el final de la travesía, coge agua y, por último, sube a ese altillo no muy lejos de la tienda en donde contemplar el atardecer sobre lo glaciares, el Dru, los Grandes Jorasses, el Diente del Gigante, l’Aiguille de Requin, l’Aiguille Midi, todo el olímpo erguido allí enfrente para recreo del caminante.


No está nada mal para ser el primer día. Un espectáculo que no se ve todo a los días porque no es fácil encontrar estas montañas tan despejadas. La última vez, que caminé por aquí, bajando a Chamonix, me cayó una de las chupas de agua más grandes que he soportado, un día despejado pero que después de comer se lio de tormenta dejando lo caminos y las laderas como auténticos ríos. Hoy no me viene la añoranza de tiempo pasados pero sí cruzan mi memoria algunas de las hermosas ascensiones de aquellos tiempos como la subida a l’aiguille de Requin con su fisura Knubel en el largo que precede a la cumbre y que me hizo sudar tinta en una ascensión que hice con Fulgencio Casado, o la travesía del Mont Blanc con Javier Mayayo, o también la ascensión por el espolón de la Brenva con Piero, un amigo de Pisa; un día descendiendo por la Mer de Glace con Moisés y Manolo el Dientes en que a este último se le hundió un puente de nieve sobre una grieta respetable quedando colgado de la cuerda en un vacío que encogía el estómago. Un puñado de recuerdos para rememorarlos en este excepcional balcón desde los lagos de Chéserys, casi cincuenta años después. Como para darse con un canto en los dientes y quedar contento del todo. Recorro con la vista el macizo y vaya que me place hilvanar aquel tiempo de los veinte años con este de los setenta en ciernes. Se me ocurre que con tal cosido se puede hacer un buen trabajo de punto de cruz para adornar las paredes de mi casa.


 Ahora el viento ha cesado y bajo el techo de mi tienda se respira una grata calma. La noche está al caer.
  
Cercanías del Refugio de Moede Anterne

Macizo de les Aiguilles Rojas. Lacs de Chéserys-Refugio de Moede Anterne

A la vera de un riachuelo que me va a hacer de sonaja esta noche. Todavía no he cogido calor como para darme madrugones. Mis hábitos de caminante de sendas de nuestro país me van a tener que esperar hasta que le coja el pulso a esto. No vaya ser que madrugar por madrugar se convierta en norma. De momento me acojo a la suposición de que durante el día no va a hacer calor que es un supuesto que mi tendencia a la comodidad acepta sin rechistar… como debe ser que para eso el que manda aquí soy yo. El caso es que sí, que amaneció (que no es poco, como decía el título de la peli, pero como se estaba tan bien en la cama, ni caso. Hubo de llegar el sol hasta mis propias narices para que terminara de despertarme y decidirme a salir del saco; que por cierto tampoco era tan tarde, las siete de la mañana. El sol asomaba a la izquierda de la Aiguille Verte sobre un cielo increíblemente azul.


 La mitad del recorrido de hoy iba a ser discurrir por el balcón que se abre constantemente frente a los cuatro miles del Mont Blanc. La mañana era bonita y templada y el recorrido un lujo que sin remedio evocaba todo una época. Primero fue haciéndose más notable el Dru, que me recordó al memorable Bonatti y a los huevos que le echó en aquel pasaje donde continuar supuso lanzar la cuerda con un nudo en la punta una docena de veces hasta que ésta encalló. El siguiente paso correspondía a las cosas más memorables de la historia de la montaña. Tirarse al vacío describiendo un gran péndulo que lo llevaría a alcanzar el otro lado de una pared impracticable… y ello sin saber si al otro lado del péndulo había continuidad. Los cojones de Bonatti, seguro que más grandes que los de Esparteros haciendo aquello, todavía me pone nervioso hoy cuando lo recuerdo. También pasando el Dru tuve un recuerdo para Carlos Soria, otro tipo extraordinario del que sabía que había escalado aquella pared Oeste. Siguiendo la hondura de la Mer de Glace, de la que parecía haber desaparecido ya el hielo, al fondo se erguían los Grandes Jorasses donde quebró la vida José Ángel Lucas. Yo voy a trabajar por ser un fueraserie, me decía él una noche de invierno mientras vivaqueábamos al pie del Veleta cierto invierno. Descansa en paz, amigo. La vida no te duró mucho, pero fue tan apasionante, tan hermoso el modo con que decidiste afrontarla…

También se irguió enseguida frente a mí la Aiguille de Requin de la que recordaba más arriba mi ascensión. Sin embargo no mencioné para no poner en evidencia mi falta de memoria el hecho de que éramos dos cordadas y que los compañeros que nos seguían tuvieron un accidente. Imposible recordar sus nombres, uno de ellos ¿Pata Escombro, creo que lo llamábamos cariñosamente? Descendimos a toda leche hasta Montervere donde dimos el aviso. Hubo suerte y al día siguiente unos socorristas franceses con la ayuda de un helicóptero los sacaron de la pared. Lo siento, pero mi memoria no tiene arreglo… que se te olviden estas cosas me ponen a las puertas del alzheimer. Tampoco recuerdo apenas nada de mi ascensión del espolón de la Brenva, el hecho anecdótico de que tuvimos que usar los estribos para pasar una pequeña pared de hielo y un rapel que se hace directamente desde el refugio de no me acuerdo, para acercarse al espolón. Y, otro hecho curioso, del descenso a Courmayeur por la Aguja de tampoco me acuerdo, sin embargo, eso sí, quedó en mi cabeza como la cabalgada más hermosa que nunca haya hecho por una cresta de hielo. También fue hermoso el descenso con Javier Mayayo desde la cumbre del Mont Blanc, siguiendo por la aguja de tampoco me acuerdo para terminar en l’Aguille de Midi. Mayayo también era un purista con esto de lo teleféricos (de no usarlos, quiero decir), pero en aquella ocasión, después de la paliza que no habíamos dado, sí que consintió.

¿De quien más me acordé mientras contemplaba a ratos este magnífico farallón de glaciares? De una peli extraordinaria de los años treinta, creo que era de Rienfestal, y, como no, del maratoniano Kilian Jornet. Por cierto, que cuando te tropiezas con alguien en los Alpes con quien pegas la hebra y se entera de que eres español, es fácil que salga a colación este maravilloso y sencillo personaje que sube y baja de las montañas más notorias del planeta como si llevara un cohete en el culo. En los Alpes Italianos se deshacían en alabanzas por él.


Pues con todos estos cuentos y otros más hice la travesía hasta llegar al col du Brevent, momento en que es necesario dar la espalda a este magnífico espectáculo de los grandes señores de los Alpes para adentrarse en otro universo. Entre otras cosas era domingo, razón por la cual los caminos estaban bastante concurridos, los caminos y los cielos con los parapentes que bailaban al son de las corrientes térmicas ofreciendo un atractivo plástico que armonizan a buen con los glaciares y los picos. A partir de col de Brevent desaparece la gente, estamos en otro universo, solitario, agreste, cubierto de neveros, ese tipo de paisaje que recordándolo días atrás me ha decidido a volver a los Alpes. Si al aspecto salvaje y agreste le añades la poca gente que lo transita para mí que es lo ideal.


 Después del largo descenso del col de Brevent, hacia las dos de la tarde encontré un pequeño riachuelo y no me resistí a la tentación de usar un prado cercano para comer y hacer un siestecita. Me despertó Kilan, un norteamericano de Florida que llevaba en la cara la certeza de que se había metido en un lío sin proponérselo. Le veía muy despistado, tenía miedo de no llegar al refugio antes de hacerse de noche con el añadido de que no le veía tampoco muy bien orientado. Me decidí a acompañarle, así que recogí lis cosas y nos pusimos en camino. No habíamos andado diez minutos cuando date, da un tropezón, una vuelta en el aire y queda boca arriba sobre unas matas de… y estamos, se me olvidó… sí, de rododendros. Le ayudo a levantarse, de milagro no se ha roto nada, arañazos y algunas magulladuras, es todo. Kilan tiene setenta y cinco años. A partir de aquí tengo la sensación de que he adquirido la obligación de acompañarlo y cuidar que llegue sano y salvo al refugio. El camino es muy accidentado y con unos cortados respetables a nuestra izquierda. Be careful, please, le voy diciendo de continuo desde mi silencio. Cuando llegamos al fondo del valle y cruzamos el puente que salva el río, y dado que ahora ya el camino es ancho y sin peligro alguno y estamos a una hora del refugio, dejó de esperarle y subo pausadamente. En las cercanías del refugio me desvío del camino y busco un prado junto al rio para instalar mi vivac. Me acomodo, paso un rato contemplando el paisaje y a continuación me pongo con mis ejercicios de rehabilitación. En mi pensamiento no hay otro que Kilan, que no aparece. Quizás ha pasado ya una hora desde que llegué, se está haciendo tarde y el sol se ha ocultado tras las montañas próximas. Cuando he terminado con mis ejercicios, cojo el jersey, busco la linterna, tomo los bastones y pongo en funcionamiento la grabación de un track en el gps que me ayude a localizar en la noche, si llega el caso, el lugar en donde dejo el macuto y me lanzo en una corta carrera valle abajo a la busca de Kilan. Voy con las mallas, quizás debería haberme puesto los pantalones y haber cogido más ropa de abrigo, me digo, pero no vuelvo, continuo mi cuesta abajo con la idea de alcanzar un altillo desde el que posiblemente avise la parte inferior del valle. En quince minutos lo alcanzo. Me costó un rato dar con la figura cansina que cada dos pasos se detenía a tomar aliento en la parte media del valle. Cuando Kilan me descubrió pareció írsele el cansancio de golpe, agitaba los brazos en alto con cierto entusiasmo. Bajé hasta donde estaba él. No sé, quizás se había caído otra vez. Me dijo que no, que estaba muy cansado. Me ofrecí a llevarle el macuto pero se negó. Tenía aspecto de jodido, se ve que había subestimado el recorrido. Cuando llegamos a la altura de mi vivac, que quedaba a quince minutos del refugio le dije que desde abajo le estaría viendo como subía hasta el refugio. Allí quise despedirme de él pero me fue imposible. Quería hacerme un regalo. Estaba sumamente nervioso. Deshizo su macuto, sacó unos tomates y un cerveza y me los dio, luego una bolsa de plástico, etc. Le cogí los tomates para que no se sintiera ofendido y comenté que no veríamos mañana por la mañana en el desayuno en el refugio. Le metí prisa, temía que al paso que iba no llegará al refugio de día. Por fin volvió a meter sus cosas en el macuto y no despedimos. Lo vi alejarse; cada cien metros se volvía y levantando los dos brazos agitaba las manos saludándome. Era una escena muy tierna. 







  


Conmigo vais, mi corazón os lleva


Original de Fernándo Ruiz (con tu permiso, Fernando)

Madrid – Ginebra, 17 de junio de 2017
  
Estoy nervioso. ¿El inicio de una de mis últimas "aventuras", el enfrentamiento con nuevas dificultades, largos tiempos de soledad y esfuerzo? No lo sé. Después de haber pasado varios días organizando una larga estadía en el Pirineo - acaso los Alpes, pensaba, me empezaban a quedar demasiado empeñativos, unas rodillas bastante tocadas, un seguridad en mí mismo a la baja por los años-, una tarde quise rememorar mis dos travesías por los Alpes hojeando textos y fotografías y, mientras revivía día a día tantas circunstancias de aquellos grandes “paseos” que duraron algo más de dos meses, poco a poco fui comprendiendo que el poso que esas experiencias habían dejado en mi ánimo era tan magnífico que ¿por qué no intentar otra vez revivir por algún largo tiempo ese vagar por las grandes montañas de Europa? ¿Vida de vagabundo una vez más sin otro objeto que probar ese salvaje elixir de la soledad de los bosques y las cumbres hasta la saciedad, hasta que mi ánimo me pida volver de nuevo a casa? Cuando se carece de objetivos vitales porque la vida es transitar y vagar por el tiempo y el espacio sin otra preocupación que andar a la búsqueda de una emoción, un ramito de belleza o unos sorbos de ternura, lo cierto es que todo se simplifica, uno queda en los brazos del presente y lo único que toca asumir es la certeza de que ponerse en manos de ese presente va a suponer un reto y un esfuerzo considerable. Ese fue mi interrogante hasta el momento en que, al fin, decidí comprar el billete de avión que me dejaría en las proximidades de los Alpes. ¿Mis dudas? Siempre mis rodillas, mi espalda que grita de tanto en tanto, el interrogante de si podré resistir la tensión del esfuerzo y la soledad. Pero también lo contrario, saber que si empiezo a rendirme ya lo voy a tener crudo en el futuro. No todo el mundo es un Carlos Soria pero ahí está este hombre para decirnos que todavía es posible seguir subiendo y explorando esas montañas que han sido durante nuestra vida nuestros mejores compañeros de viaje.

Sobrepuesto a la intriga de si sería capaz de resistir unas cuantas semanas un vagabundeo por los Alpes, ya no me quedó otra que dejar a un lado toda la información, mapas y tracks, que había recopilado para una posible travesía del Pirineo y ponerme a hacer lo propio con los Alpes. La cordillera de los Alpes es recorrida en su totalidad por cinco itinerarios que llevan el nombre de Vía Alpina y que atraviesan las montañas por diferentes partes. También existe un trazado por territorio italiano que recorre la parte occidental del macizo y que lleva el nombre de GTA (Gran Travesía de los Alpes). De todas estas posibilidades, de momento he elegido parte del itinerario rojo (cada itinerario se le conoce por un color) que comienza en las cercanías de Chamonix y recorre los Alpes suizos y austriacos hasta encontrarse con los Alpes Julianos en Eslovenia.

En estas cosas andaba ayer tarde, cuando echando un vistazo al Facebook, me enteré del fallecimiento de Pedro, uno de los entrañables compañeros del Navi. Mi primera reacción cuando me encuentro con el fallecimiento de un compañero, un familiar, siempre ha sido un sentimiento de perplejidad. La muerte de personas que no conoces son muertes sin más, alguien que vino al mundo y al que le llegó la hora de marcharse. La lógica no tiene nada que objetar en estos casos, sin embargo no sucede lo mismo cuando se trata de un conocido, alguien a quien recuerdas, el caso de Pedro, por ejemplo, charlando animadamente un tiempo atrás mientras ascendíais a un collado del Guadarrama, sobre el proyecto del siguiente verano de pasar un par de semanas en las Dolomitas. En casos como éste no hay lógica que valga, a uno le sorprende la perplejidad de no comprender cómo sea posible que ese compañero con quien compartías en aquel instante la pasión de volver a recorrer aquellas montañas que ambos habíamos visitado asiduamente en nuestra juventud, haya dejado de existir. Se comprende mal la muerte, o no se comprende en absoluto, cuando el fallecido ha vivido en el perímetro de tus pasiones o tus afectos.

Es un vuelo tranquilo. Después de los nervios del aeropuerto provocado por el interrogante de si podría pasar mi abultada mochila como equipaje de mano y la certeza de que lo crampones y los bastones iban a provocarme dificultades (después de varias consultas en el escáner el guardia civil de turno se apiadó de mí y me dejó pasar tras una corta deliberación), la calma ha vuelto a mi ánimo. Son muchas las aventuras que he tenido en aeropuertos de varios continentes pero aún así no termino de curarme del todo, un visado, una mochila extraviada, un exceso en las dimensiones del macuto, un despiste puede hacer de un viaje un incordio.

No sé por dónde ando, por abajo se ven algunas montañas con restos de nieve, mares de nubes cubren parcialmente el paisaje hacia babor. El mundo se ve desde aquí como cuando abres la aplicación del Google Earth. La realidad virtual no ha sustituido todavía del todo a la otra realidad, pero casi, casi; está en camino. Cuando el otro día cargaba mis primeros tracks de los Alpes en Google Earth y deslizaba mis dedos sobre la pantalla la verdad es que era casi como estar volando en un helicóptero sobre el macizo del Mont Blanc.

Aquí dejo mi entrada de hoy, a ver si poco a poco mi ánimo que, junto a la incógnita de cómo serán estos primeros días de alta montaña, comparte la cercana muerte de Pedro, se va relajando hasta el punto de que pueda entrar por fin en esa cotidianidad del vagabundo caminante que encuentra en su ir y venir por valles y montañas un cierto estado de gracia, la paz del solitario que cada día, mientras recorre su camino recita para sus adentro aquello de Machado de conmigo vais, mi corazón os lleva.

Mi hija, cuyo cumpleaños y el de mi hijo Mario celebramos mañana, sabrá perdonarme que los imperativos del coste de lo vuelos me hayan obligado a precipitar mi viaje. Gorda, family, Ainara, Manuel, conmigo vais, mi corazón os lleva.
  

AMANTES (de la montaña)




El Chorrillo, 10 de junio de 2017


El privilegio de andar últimamente en mis lecturas de un lado a otro de la historia de este planeta, de un lado a otro de las corrientes de pensamiento que han poblado el mundo desde su principio o tratando de averiguar cuál es la razón de que haya países paupérrimos mientras otros nadan en la abundancia, amén de dedicar unos breves minutos a la situación política del momento, confieren al lector, como si de un ermitaño subido a la cima de un monte se tratara, una perspectiva de la realidad nada desdeñable. Sin embargo esta realidad global, el universo, los países, los graves problemas mundiales no dejan de ser para el individuo de carne y hueso de una relativa importancia a la hora de considerar el círculo mágico de su intimidad y el estrecho espacio de tiempo que es nuestra propia vida.


A fin de cuentas, después de recorrer la calamitosa historia de nuestro país, o del mundo, lo mismo da, siempre un continuo expolio del noventa y nueve por ciento de la población por el restante uno por ciento, esa élite que a lo largo de toda la historia de la civilización logró acaparar la riqueza y el poder mediante el asesinato, la extorsión o la espada flamígera de la religión; a fin de cuentas, cuando uno sentado ricamente en su casa al atardecer considera estas cosas y de repente recuerda que él, pese a todo, tuvo el regalo en la vida de ser un amante de la montaña, amante también de sus hijos, de su pareja y agradecido compañero de tanta gente con la que hizo amistad o trató; a fin de cuentas, después de todo, y pese a los imbéciles de solemnidad que quieren hacer de rey Midas en el reparto teatral de la existencia (siempre es oportuno citar aquellos versos de Macbeth: "La vida no es más que una sombra que pasa, un pobre cómico que se pavonea y agita una hora sobre la escena y después no se le oye, un cuento narrado por un idiota con gran aparato y que nada significa"), pese a los imbéciles, decía, cuando desde la madurez y la experiencia uno mira la vida y de repente se ve fugazmente sorprendido, por ejemplo, por la caricia de ese amor a la montaña que se le instaló en el alma en los tempranos años de su juventud, sucede que la realidad que es el mundo y sus circunstancias acaso sean poca cosa si la comparamos con esa intensa relación con las montañas, los bosques, los glaciares, los arroyos, los vivacs bajo las estrellas, que experimentamos y late en nosotros a lo largo de toda nuestra vida con la delicada asiduidad de un amor que será sin lugar a dudas, ahora sí, hasta que la muerte nos separe.


Nuestra afección a la montaña nos salva de la mediocridad, nos ennoblece. El que quiera porqués y no haya recibido el don, porque don es el haber sido tocado por la gracia de tal amante, no tendrá más remedio que tratar de experimentarlo por sí mismo para saber de qué hablamos. Ergo, cójase una mochila, métase en ella cuatro cosas necesarias para protegerse del frío, alimentarse y proteger los pies de las caminatas y tome alguno de los caminos que se adentran en nuestras montañas; camine, respire la fragancia de las jaras, sude, escuche la brisa en las ramas de los árboles, admire, déjese encantar por el mantra del sonido de los riachuelos, por el canto de los pájaros, por la delicadeza de las flores. Y después de todo esto, cuando la noche vaya esparciendo su cálido abrazo de silencio, busque un claro en el bosque junto a un arroyo, tienda el saco de dormir sobre la hierba y, después de cenar, tendido bajo el manto de las estrellas, contemple hasta que el sueño venga a sus ojos el cielo, escuche al cárabo, el rumor de las hojas, el silencio de la noche. Quizás esa misma noche un duende le sugiera la posibilidad de escalar alguno de esos riscos bajo cuyas paredes atravesó durante la caminata de la tarde; quizás esa admiración por el entorno, la belleza, la esbeltez de un roble, la elegancia de un pino que se retorcía en las alturas, y que fue naciéndole por dentro mientras caminaba lo toque con sus dedos de nieve; quizás, como una inspiración que naciera del fondo de la humanidad del hombre primitivo que todos llevamos dentro, surja en él la necesidad de probar su arrojo encaramándose al cálido granito de una pared que se eleva hacia el cielo como una enamorada que intentara seducir al durmiente con el encanto de sus dones.


Las redes sociales tienen su gracia a veces. Un día, además de unos pocos amigos con los que compartes esto y lo otro, descubres que más allá de esos círculos se esconden montones, miles de amantes, montaraces amantes, quiero decir, de los que ni de lejos sospechabas su existencia. Así que coges el petate y te dedicas a investigar aquí y allá y de repente descubres que eso que tú sientes por la montaña, eso mismo, lo comparten aquí y allá multitudes, gente que no conoces o que conociste y la memoria los perdió entre los vericuetos del tiempo; y así entras en algunos grupos de amigos de los Pirineos, de los Galayos, del Guadarrama, de antiguos socios de algún club de montaña y descubres que por allí, entre una entrada u otra, un recuerdo de hace muchos años o una travesía en esquís, un aficionado a las flores o a los pájaros, un antiguo compañero de cordada, amantes todos ellos que comparten a diario su experiencia, sus recuerdos de enamorado, su entusiástica devoción.


A veces me pregunto si esto de la afición a la montaña no tendrá algún tipo de connotación religiosa. Al devoto, amante o aficionado a los valles y a los montes, cuando camina solo o en compañía no es raro que llegue un instante en que las sensaciones y los sentimientos se le arrebolen por dentro hasta el punto de sentirse como dentro de un santuario. Habiendo vivido decenas de tormentas en alta montaña en completa soledad, por ejemplo, no me sería difícil encontrar algunas concomitancias que tales experiencias pueden tener con el arrobamiento que podemos suponer en místicos como San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Jesús. Tampoco sería dificultoso encontrarlas con eso que llamamos enamoramiento; esos tiempos en que te pasabas de lunes a viernes pensando en las ascensiones que harías el siguiente fin de semana, cuando el empeño en hacer determinado recorrido en la Amezúa o la Aguja Negra ocupaba una gran parte de tu tiempo mental.

Lo que sí parece cierto en cualquier modo es que la multitudinaria presencia en las redes de amigos del monte lo que denota es una fidelidad de amantes a prueba de bomba.

Elogio del cansancio




Mérida - Madrid, 1 de marzo de 2017 

Tramo Medellín – Mérida. Fin del Camino Mozárabe. 

El puente de piedra de Medellín me recordó esta mañana una novela que me dejó huella, la leí mientras atravesaba Albania de sur a norte en un destartalado autobús. En este caso la novela vive en mi recuerdo anexada al paisaje triste de ese país, un día de lluvia donde grandes y aparatosos bunkers de hormigón armado aparecían a cada momento a lo largo de la carretera. Se trata de la novela Un puente sobre el Drina, de Ivo Andric, la historia de la construcción de un puente en la ciudad de Visegrad (Bosnia). La construcción de un puente como de una torre, La construcción de la torre, en este caso de William Golding, o la de una campana en la película Andréi Rubliov, de Tarkovsky son experiencias que me dejaron en el recuerdo la impronta de un pasado que malamente el estudio de la historia puede proporcionar, al menos como se estudia la historia en nuestro país. A través de la construcción de un puente, una torre o una campana en el mundo medieval podemos entrar en contacto con una realidad tan viva, sugestiva y artísticamente lograda que bien podemos pasarnos por alto las exhaustivas batallitas de áridos manuales si lo que queremos es conocer y comprender la vida de nuestros antiguos antecesores. 

Bajo el puente de Medellín, primero romano, después medieval y reconstruido en el siglo XVII, sonaban abismadas de oscuridad las aguas. Sobre ellas la niebla, más allá de los álamos, cubría toda la margen derecha del río. Al otro lado del río la niebla creció y creció hasta adueñarse de todo el entorno. No saldría de su espesura algodonosa hasta cerca del mediodía. Qué coño, me gusta la niebla. Me gusta su textura como de sedas abriéndose y cerrándose a tu alrededor como un dosel que se fuera abriendo paso mientras tus botas con su sonido leve van dejando en el aire la amortiguada música de tu paso; me gusta el silencio que se cierne en su seno; me gusta el recogimiento que sugiere; me gusta el modo en que ella trata a los seres y cosas de este mundo, pintando todo con la pasmosa suavidad de una pintura al pastel; me gusta porque con ella mi yo y la esencia de lo que me rodea formamos una sola cosa, un yo-tú en donde yo y la naturaleza que me rodea parecemos, somos la misma cosa. Amo la niebla, amo la lluvia, el sol, la noche, mis pasos solitarios en la madrugada. 

Y amanece y los colores nacen de las entrañas de la tierra como bebé que tras dejar el útero materno reconociera en las primeras luces de su entorno el alma nutricia en que habrán de bañarse sus ojos en los momentos de agradecida existencia. Nacen, se propagan por los campos de labor, los canales de agua turbia, los pequeños lagos donde chochas y patos levantan el vuelo al paso del caminante; se extienden por los olivares, los trigos, las cebadas, quedan prendidos en las telas de araña que el rocío ha perlado de plata. 

Son los dominios del Guadiana, las tierras bajas que rezuman humedad, que dan cobijo a las aves acuáticas, que se visten cada mañana de tules esperando a que el sol venga al mediodía a abrir los párpados de los jaramagos y margaritas que ralean en la vera del camino y a los pies de las encinas y los olivos. 

En las cercanías del mediodía el sol se ha abierto definitivamente camino entre las nubes; mi sendero de tierra se ha transformado en duro asfalto y el calor empieza a pegar. Abandoné hace un rato a Filisberto Hernández y retomo a Nan. Su discurso me gusta, mi cansancio se lo agradece. Ese mismo cansancio tiene esta mañana un rostro amable que me invita a titular el post de hoy así: Elogio del cansancio. 

El cansancio de la sociedad de que habla Byung-Chul Nan es un cansancio que frustra; frente a ese cansancio él mismo opone el «cansancio fundamental» que es cualquier cosa menos un estado de agotamiento en el que uno se sienta incapaz de hacer algo. El cansancio fundamental inspira, deja que surja el espíritu. "El cansancio devuelve el asombro al mundo. «Ulises, cansado, ganó el amor de Nausícaa. El cansancio te rejuvenece, te da una juventud que nunca has tenido. […] Todo en la calma del cansancio se hace sorprendente». Mi lectura de ayer quedó en el punto de aquel primer cansancio, que se me antojaba algo inexacto si yo lo aplicaba a mi propio cansancio, que en general resulta padre de mis crónicas engendradas casi siempre en el clima lógico del final de una larga caminata y por tanto de un "cansancio fundamental'. 

"El cansancio te rejuvenece, te da una juventud que nunca has tenido". Hay ideas tan inesperadamente fértiles que uno llega a tener necesidad de llamar por teléfono al autor para agradecer que lo haya plasmado en el libro que lees. La idea persistente es siempre la misma, para crear o hacer algo interesante no hay mejor camino que ayudar a ponerse en las condiciones idóneas para que la intuición, la inspiración echen a andar. No tanto tratar de crear a palo seco como ponerse en las circunstancias que los procuren. Probablemente el cansancio, igual que la contemplación y el fructífero hacer nada, sea un modo idóneo para convocar a los céfiros de la creatividad. 


Pensé en pernoctar en San Pedro de Mérida pero era demasiado pronto. A Mérida quedaban quince kilómetros. Busqué. Tenía un tren con Madrid a las seis de la tarde. De pronto me entraron ganas de dormir esta noche en casa. Tenía el tiempo un poco ajustado, pero probé. Llamé al amigo Manuel Coronado, el andarín que no tarda en aparecer tarde o temprano en este blog, y quedamos en tomarnos unas cervezas juntos en Trujillanos, a pocos kilómetros de Mérida. Tuvimos una grata charla salpicada de caminatas, viajes y una pizca de política. Gracias, Manuel, fue un regalo volver a encontrarte y compartir nuestras mutuas pasiones frente a una jarra de cerveza. 


Ahora mi tren rueda monótono camino de casa. En algún momento, a la altura de Monfragüe, la megafonía ha anunciado una avería. Con ella la fiebre de los teléfonos se ha desatado en el vagón, sí, esa plaga de gente con el teléfono en la oreja hablando a voces como quien se dirige a otro que está al otro lado del planeta diciendo durante media hora que el tren se retrasa. A veces uno queda atrapado sin comerlo ni beberlo en medio de tan anodinas conversaciones, conversaciones que dicen cientos de veces la misma cosa sin ninguna variación, que cuesta pensar que el comunicante o comunicanta de turno no sea un loro monomaníaco. Ponerle rostro a estas conversaciones es un acto de maldad, porque es fácil que la persona que antes percibiste como un ciudadano corriente se convierta de inmediato en un imbécil empeñado en hacer de tu viaje un rechinar de dientes. 

Avería solventada. El tren a vuelve a la calma.