Al final de la escapada



  
Sao Bartolomeu de Messines, 16 de febrero de 2019

Via Algarviana. Pena – Sao Bartolomeu de Messines.

Ver una película de Godard es a veces un arduo ejercicio si lo que se pretende es seguir el hilo de una coherencia. Recuerdo que lo último que vi de él, no recuerdo su título, me pareció una continuada y absurda broma preparada minuciosamente por el director para provocar al espectador. Anoche no, veía Al final de la escapada, cuya guión por otra parte pertenecía precisamente a Truffaut, anoche era una delicia ver la actuación de un Jean Paul Belmondo, ese típico personaje que se pone el mundo por montera y que lo mismo mata un policía que roba cuantos automóviles necesita, pero que, ah, las cosas del amor, todavía conserva por encima de su nihilismo esa pequeña añoranza que le hace buscar en el calor de una mujer un paréntesis en una agitada vida que le absorbe sin dirección ni sentido manifiesto. Deliciosas las largas secuencias en que él y Jean Seberg, charlan, se acarician o filosofan sobre la vida, deliciosa la música que tantas veces aparece como sujeto activo llevando de la mano a los personajes de aquí para allá en descabelladas improvisaciones. Hay películas que nos cuentan historias de parecida manera que lo hace la literatura, pero hay películas que van más allá, o que son otra cosa, películas de las que podemos decir: esto es cine, sí, señor. Godard el críptico, o el juguetón, según se mire, hace las delicias de un espectador dispuesto a disfrutar con un cine en que lo previsible está ausente y en donde los hechos, concatenados con innovadores movimientos de cámara y con una música juguetona que logra por su oportunidad y calidad hacerse especialmente “visible”, logran que al espectador se le esboce una sonrisa de gozo en muchas secuencias del film.


La luz de la luna bañaba desde el cenit mi tienda de campaña mientras veía la película. Venían hasta mí lejanos ladridos de perros que por su distancia no iban a perturbar mi sueño. Llegado al final encendí el hornillo, me hice una sopa china, piqué por aquí y por allá y terminé tomándome un capuchino asomado a la ventana de mi hogar de tela. En paz conmigo y con lo dioses un rato después eché la cremallera y enseguida quedé dormido como un bendito.


El paisaje cambió hoy totalmente. Se ha humanizado y ha desaparecido ese aire de soledad y silencio que recorría días atrás mis senderos. Atravieso alguna carretera, grupos de casas, almendros en flor, algunas tierras recientemente labradas, tierras oscuras donde todavía brilla el rocío, y como la novela de Saramago llegó al final muerto Baltasar, alias Sietesoles, el hombre de Blimunda, por la Inquisición después de su sacrílego vuelo en la máquina voladora inventada por el padre Bartolomeu Lourenzo, echo mano de Las hijas del fuego, de Gérard de Nerval, que me llevará, previo el descanso de cada mañana para tomar algo y secar la tienda, hasta las puertas de Sao Bartolomeu de Messines. Mañana cansada ésta, que se me hace más larga y fatigosa de lo acostumbrado.


Llegan noticias de casa. Nuestra perra, Gaza, muy viejita ella ya desde hace tiempo, acarreando una displasia que a última hora le impide subir escalones, ha empezado a tener problemas en la boca y quién sabe dónde más. No come y desde hace días no se mueve de junto a mi cabaña, su lugar habitual donde yo salgo a hablar con ella o a acariciarla de vez en cuando. Nos tememos lo peor. Victoria ha llamado al veterinario y las esperanzas de que sobreviva son pocas. Pobre Gaza. Lo siento de veras. Los ratos junto al fuego de la chimenea haciéndome compañía, tantos años junto a nosotros, fiel, cariñosa desde que era un cachorro… la vamos a echar de menos.


No sé si soy yo que no tengo el ánimo de turista, pero los lugares por donde paso, que señala la guía como de interés, no me llaman en absoluto la atención. Después de comer atravieso Sao Bartolomeu de Messines, nada que me invite a detenerme. Siento que los del turismo oficial hacen esfuerzos por adornar la cosa pero éstos son vanos, aperos agrícolas, algún pozo, los restos de un molino de viento, una iglesia que fotografié esta mañana, poco más. La modernidad no parece haber aportado tampoco mucho digno de verse. Me parecen lugares en donde la gente se ha ganado y se gana la vida de manera corriente; no han tendido tiempo para otra cosa. Es contradictoria esa crítica que ejercemos contra la Iglesia, la aristocracia y las clases burguesas que, con mayor o menor suerte contribuyeron a crear bellos edificios y muestras de arte que hoy contemplamos con gusto y que dan testimonio de una cultura y de un bien hacer que acaso no se habría dado con un reparto equitativo de la riqueza. Acaso. Es cierto que las obras de Dickens, que se nutren de la vida corriente del pueblo, sin ser él un ganapán, también existen, pero no es lo normal. Por mucho que queramos que el mundo se organizase de diferente manera hay música, hay literatura y refinamientos culturales que parecen impensables en un sistema social igualitario. Las delicias de la obra de Proust, ambientada en un medio aristocrático altamente sofisticado no hubieran sido posibles en ambientes donde las necesidades básicas se cubren con dificultad. En un medio como el que atravieso parece como si se echasen de menos conflictos bélicos, intereses comerciales, concurrencia de poder que hubieran propiciado el florecimiento de una cultura y un arte secular. Hace una semana leía un ensayo de Thomas Mann sobre Nietzsche en el que el primero hacía una crítica de algunas ideas del segundo que defendían la existencia de las guerras como medio de depuración y florecimiento de la cultura y el arte. Los conflictos, parecía sostener Nietzsche, eran el caldo del cultivo de una cultura en ebullición. Es una idea bastante extendida, cuando Somerset Maugham ironiza en El filo de la navaja diciendo que los suizos sólo han sido capaces de inventar el reloj de cuco, refiriéndose a su escasa aportación cultural, apunta a esta idea. Thomas Mann, sin embargo, se refería a Nietzsche como un hombre que habiendo vivido la suerte de un periodo de paz hablaba desde la ignorancia de quien no ha sentido en su piel los horrores de la guerra. Es triste reconocerlo, pero sí parece que Nietzsche tuviera razón y que los conflictos humanos, los deseos de poder e incluso las situaciones dolorosas por las que pasan las personas, pueden ser desencadenantes de un arte y una cultura que los momentos de paz no proporcionan.

Entiendo que la idea puede ser oportuna para entender algunos rasgos de la cultura general de todos los tiempos, pero no caben aquí algunas cuestiones que, de tener tiempo y un interlocutor enfrente con ganas de conversar, podrían dar para una larga charla.


Me he refugiado en un alcornocal y, embebido en la escritura mientras sorbía a pocos un poto de té, ha terminado de oscurecer y la temperatura ha bajado lo suficiente como para meterme en el saco de dormir. Creo que por hoy es suficiente. Cuando vuelva a leer estas líneas frente a la chimenea el próximo invierno, es un institución ya eso de leerme a mí mismo en esa época, quizás mis ideas sobre la razón de una mayor o menor cultura que observo en las tierras que atravieso, tenga una explicación más afinada.

El croar de ranas que me viene de algún lugar cercano habla del invierno templado y primaveral que se vive en estas tierras.










El Señor nos coja confesaos…




Pena, 15 de febrero de 2019

Via Algarviana. Barranco do Velho – Pena.

Mi ruta ha llegado al mediodía a uno de esos puntos en donde parece imposible evitar el asfalto. La Vía Algarviana corre a lo largo de un valle y, como no puede ir por lo derecho porque quedaría feo trazarla por la carretera, recurre al repetido recurso de hacer continuos ochos a uno y otro lado de la misma como quien con la aguja quisiera coser un descosido llevando la hebra de una parte a otra del curso lógico del valle. El caminante, que no es un tiquismiquis siguiendo las rutas que otros diseñan y que no gusta de dar vueltas y revueltas cuando existe un camino que tira por medio y que es la mitad de corto, dejará en esta ocasión las señales rojiblancas para caminar por allá donde mejor le plazca. Eso va pensando el caminante que, después de comer en Salir, y antes de decidir, se sentó a la sombra del toldo de un bar a considerar con una taza de café en las manos (no vio éste otra cosa conocida que ofreciera el establecimiento) por dónde tirarían sus pasos.


El caminante ha leído en la prensa que un tal Sánchez ha convocado elecciones para abril, ha pasado la vista por encima de la facundia infantil de un tal Casado, se ha asustado un poco con lo que auguran las encuestas -en poco tiempo, parece, volveremos a estar en los años cuarenta del pasado siglo- y tras todo eso no le ha quedado en el ánimo más que pensar en volverse al interior de su cueva. España, si no lo remedian muchos de los votos escépticos de izquierda que se quedan en casa, se hunde de nuevo en la ciénaga de la mediocridad a que nos llevará esta banda obedientemente insulsa que sirve los intereses del dinero hisopo en mano y chillando a voz en grito aquel “Muera la inteligencia”, de Millán Astray, porque vergüenza da que, en los años que vivimos, estos petimetres a la búsqueda de votos sean capaces con sus consignas de convencer al personal para que vote contra sus propios intereses. “Nada hay en el mundo tan común como la ignorancia y los charlatanes” (Cleóbulo de Lindos. S. VI a. C.). Ignorantes y charlatanes unidos parecen estar conformando el futuro inmediato de nuestro país mientras la izquierda como siempre juega, como aquellas liebres tratando de averiguar si lo que se les viene encima será galgo o será podenco. Atentos, sí, porque aquellos batracios de chichinabo, naranjitos casados o no, aupados ahora por los hombres de las cavernas, pueden convertir el país en una ciénaga.


No fue hoy día de madrugar. Anoche ya tarde me empeñé en ver El Decamerón, la peli de Pasolini, y se me hizo tarde pese a que no llegué más allá de la historia, de momento, del mudo y el convento. El caminante, que viene de días atrás de ver algunas películas de Bergman, impecables, profundas, turbadoras, trozos del alma en lucha con la propia alma, con las almas de los otros; que viene de las sobrias interpretaciones de Liv Ullmann, Ingrid Bergman, del encanto, también, de Sonrisas de una noche de verano y los amores de su aparentemente hierático protagonista interpretado por Gunnar Bjornstrand, cuando aterriza en la superficialidad y poco convincente guión-interpretación que nos ofrece, hasta ahora Pasolini, siente una decepción que en ningún caso compensa el erotismo de un film que el recuerdo le traía de una anterior visión como algo prometedor para el final de una larga jornada de caminar por tierras lusitanas. Como todas la mañanas el rocío había dejado encharcada mi tienda. Desayuno despacio, capuchino con muesli y galletas, una barrita… y sin prisa echo a andar.

En esta parte del camino las autoridades se han empeñado con gusto y, además de dejar el sendero arreglado y bonito, sendero que zigzaguea entre alcornoques, pinos y carrascas, han ido sembrando el recorrido con cartelitos que ilustran al caminante sobre la flora y la fauna del lugar. Encomiables iniciativas cuando uno se tropieza con ellas y que ayudan a un mejor compadreo con los otros seres vivos con los que uno se tropieza; buenos días señora mimosa, hasta luego erica vagans…


Aprovechando un poco de cobertura sobre un cerro en el que se yergue la blanca estructura de un molino al que el tiempo le ha capado sus aspas, abro un correo de una amiga que habla del alma obsesiva y atormentada de Cezanne, del que yo me digo quién lo diría recordando sus apacibles cuadros rurales donde la luz parece recogerse para formar un encantado mundo de sencilla belleza. Ya, ya sé que los cuadros no bastan para saber del alma del pintor. Sucede con Van Gogh en que también la luz de sus cuadros parecen las antípodas de su espíritu atormentado. Sin embargo hay que asomarse a los cuadros de La Quinta del Sordo, o a los aquelarres, o a los fusilamientos de Goya para revertir el argumento.

A mi amiga, como a un servidor, le fascinó, ese adjetivo usa, ya de niña ese rojo de la película de Antonioni que a mí me impactara días atrás. Doce años tenía, dice. Y yo me digo que bravo por la memoria de mi amiga que supo retener ese rojo en el fondo de su retina durante casi medio siglo. Milagros que agradecer y que la memoria resucita para nuestro recreo y reconocimiento del arte de Antonioni.

Habla mi amiga en relación a Cezanne del deseo de trascender y no sé bien si ese trascender es búsqueda de pasar a la posteridad o simple necesidad de superarse, de buscar dentro de nosotros en lo profundo algo que acaso somos en potencia y no somos capaces de desarrollar. Es tanta a veces la mediocridad en que uno se ve, recordemos ese grito de Salieri en la película Amadeus, cuando abrumado por el arte del autor del Réquiem, escapa rumiando su propia mediocridad que pone en evidencia el arte superior de Mozart; es tanta esa mediocridad, decía, que no es difícil que tarde o temprano viendo una película, leyendo un libro, uno sienta junto a la propia insignificancia esa necesidad de trascendencia que pugna por reunir fuerzas, por vislumbrar algo bello y hermoso más allá. De todos modos tampoco es necesario ser Mozart, que bastaría con ser uno mismo sin más.

¿Qué decir cuando al otro lado de un servidor de correo alguien escribe sobre “la parte fea del mundo” en la madrugada de un insomnio, trazos, que como en La romería de San Isidro, se interponen entre el sueño y la vigilia?


Tengo la sensación de haber descendido de la soledad de los montes a un mundo discretamente habitado en donde no me siento a gusto. El caminante, como las alimañas, encuentra su mejor acomodo en el monte, “lejos del mundanal ruido”. Escribo mientras desde dentro del bar me vienen las voces de uno de esos concursos que llenan la sobremesa y la tarde de la mayoría de las televisiones del mundo. Decía Simón Elías Barasoain en Alpinismo bisexual, que los programas de televisión que se encontraba en los restaurantes de la carretera eran de un estúpido comparable a los espectadores que los veían. Yo no diría tanto, por aquello de no juzgues y no serás juzgado, pero, amigo, hay que tener agallas para seguir esos bodrios.

Las cinco de la tarde. Creo que voy a caminar un rato a ver si se me aclaran las ideas o me encuentro mientras tanto un lugar en donde pasar la noche.










                                             albertodelamadrid.es



Un viento ululante barre la sierra




Cercanías de Barranco do Velho, 14 de febrero de 2019

Via Algarviana. Cachopo-Barranco do Velho.

El viento, ululante como lobos entre las ramas de eucaliptos, ha zarandeado la tienda durante toda la noche. Todo este monte ha ardido muchos años atrás y ahora brezos, jaras y eucaliptos se abren paso lentamente cubriendo el monte poco a poco. Los eucaliptos cercanos, supervivientes de la catástrofe, se movían aislados y solemnes como velas al embate de los elementos produciendo un quejumbroso chirrido de madera violentada. He vuelto a congratularme con esta tienda mínima. Únicamente he tenido que ser un poco disciplinado. Ahora sólo tengo que alargar la mano para encontrar cualquier cosa aunque sea en la oscuridad. Esos diez o doce kilos que necesita un hombre para vivir me rodean cuando me tumbo para soñar, dormir o ver una película.


Es de noche cuando suena el despertador, la temperatura no es muy diferente de cuando pernocto en algún valle de los Alpes. Coloqué mi tienda en lo alto de un cerro y apenas echo andar me encuentro el sol asomando entre las lomas del fondo. Será la primera fotografía del día, una bella toma con una vieja encina en primer término, oscura y como saliendo de la noche, y un fondo de fuego donde el sol trata de abrirse paso entre las nubes del amanecer. El sendero sortea por uno y otro lado las lomas; de vez en cuando aparecen lo restos calcinados de algún árbol. Después de una hora la pista termina hundiéndose en un nuevo valle que hay que descender para volver a subir por la ladera opuesta. Antes, junto al río, encuentro un banco de madera que me va a servir para hacer mis ejercicios de espalda. Tomo un tentempié, seco la tienda al sol, bailo un rato y termino subiendo a la mesa para hacer esos ejercicios con los que pretendo desde hace años aliviar mi dolor de espalda. Hace sol, es agradable seguir las indicaciones que me vienen de la app y que me dejan el cuerpo preparado para el resto de la jornada.


Ayer, en lo profundo de un valle pasé junto a una casa solariega sacada de la época que narra Saramago. Las yedras cubrían la fachada y los muros de una almena rodeaban el alto del edificio. Lo siguiente “habitado” que me he encontrado son un grupo de casas que llevan el nombre de Castelao. Una anciana que me salió al paso tocada con un sobrero de paja y un pañuelo y vestida toda ella de negro parecía la única habitante del lugar. Le acompañaba un viejo gato también negro. Respondió a mi bom dia con una breve inclinación de cabeza. Hasta ahora es casi siempre así todo el camino, cuatro casas de tanto en tanto y cada treinta kilómetros un pueblo algo más grande. En esta jornada esa era la distancia entre Cachopo y Barranco do Velho, demasiados kilómetros con sus múltiples subidas y bajadas para un servidor.


 Hasta Parises, donde llegaré cerca del nuevo día, pasaré el tiempo con Saramago, que se ha tomado tan en serio la construcción del monasterio de Mafra, obra encomendada por el rey D. Joao en reconocimiento por habérsele concedido un heredero largamente esperado, que durante dos horas largas se extiende en la labor de acarreo de un gran bloque de granito para el convento, pesando treinta y dos toneladas, que requieren el empleo de seiscientos hombres y doscientos bueyes para cubrir la distancia de un docena de leguas por un terreno accidentado. Saramago, a quien yo imagino viviendo en Lanzarote, hábil no más que para cambiar una bombilla fundida de su casa, tal es la pericia práctica de tantos sabios que el mundo ha dado (de Vargas Llosa, decía su mujer, que no sabía preparar siquiera un huevo frito), sorprende en este capítulo con la descripción pormenorizada y prolífica minuciosidad con que se da a ponernos al tanto de los trabajos de acarreo. Tal de no explicarse  de donde ha podido sacar este hombre tanto sentido práctico que sólo creeríamos en posesión de personal muy especializado de aquella época. Fue necesario que subiera y bajara varios cerros para que aquel enorme piedro llegara a su destino, no sin antes haber dejado, de momento, un cadáver por el camino.


Parises es algo más que cuatro casas y además tiene un bar-tienda. Allí conseguí de la dueña que me preparara una sopa y un par de sándwiches. Tres alemanas en la mesa del al lado hablaban interminablemente tan alto como si hubieran nacido en la península. Hubiera sido curioso saber cómo habían llegado a este pequeño pueblo perdido en los requiebros de estos montes. En un cuartucho lateral asomaban las mercancías que se vendían, algo de fruta, unos pocos comestibles, hilos, zapatillas, imagino que todo lo que necesita una vida rústica habituada a la sobriedad y a un reducido presupuesto.


A veces tengo la impresión de que lo que hace Saramago es ridiculizar siempre que puede la idiota vida de la corte. Después de dejar el gran piedro junto a las obras del monasterio en construcción, pareciera que se inventara otro juguete con que darle caña a esa clase caprichosa de la realeza, ahora conduciendo a la infanta y a su monstruoso séquito durante días por caminos tortuosos y embarrados al encuentro de su novio proveniente de la corte castellana. O eso me parece a mí, que sólo recordando al rey que nos metieron de rondó en nuestro país, y que yo soy incapaz de dejar de ver como ridículo personaje, un pijo de esos que en la universidad no pasaron del aprobado pero que vivió su adolescencia y juventud como sus iguales, toda la pijería mallorquina, azules ellos, de sangre, digo, que en su vida han dado un palo al agua y cuyo único “mérito” parece, consiste en haber nacido auspiciado por la voluntad de un dictador.

El filo del escarpelo con que Saramago disecciona a esta gente y la pone en la picota del ridículo, eclesiásticos y manada de semejante ralea incluida, es digno de admiración. Diseccionar la historia e ir colocando en el lugar que les corresponde a regidores y clases sociales anexas ayuda a entender no sólo nuestro pasado sino también nuestro egregio presente, incluidos a esos trogloditas que están empezando a salir de sus cuevas últimamente. Que cada uno averigüe de quienes se trata.


Pendiente como voy de mi lectura la verdad es que el tiempo vuela. El paisaje no es muy diverso, los campos de brezos y jaras, laderas años ha devoradas por el fuego, dan paso a bosques de raquíticos eucaliptos, encinas, alcornoques. Todas estas tierras son un inmenso territorio de jorobas por donde las pistas forestales se abren paso aquí y allá con destino desconocido.

En mi mapa he localizado una señal en donde aparece una fuente y una mesa y allí intento llegar. Tener agua de sobra siempre es un lujo en estas circunstancias. Se trata de un complejo comunitario de esparcimiento, algo más que una fuente y unas mesas, así que ya que estoy aquí pregunto si puedo poner la tienda. La amabilidad de la señora que atiende el lugar es encomiable. Puedo poner la tienda donde me plazca, me dice. Elijo un rincón cercano a los servicios, lugar que además me va a proteger del viento excesivo que esta tarde barre la sierra.










La máquina voladora de Saramago hace escala en el Tibidabo


 
  
En algún impreciso lugar del Algarve rodeado de jarales, 13 de febrero de 2019

Via Algarviana. Vaqueiros – una decena de kilómetros más allá de Cachopo.

Hace calor; un poco más allá de Casas Baixas me siento a la sombra alargada de un olivo junto al sendero. Un pequeño alivio para la espalda, no más, y acaso un pequeño piscolabis y un poco de baile si la espalda llega antes a relajarse lo suficiente. Por demás el tiempo está siendo clemente y sería una tontería no pararse de vez en cuando a disfrutar de este agradable sol de invierno que ahora seca mi tienda del rocío de la noche.


Hoy hacía algo de fresco al amanecer pero enseguida se templó el ambiente. Mientras el camino daba vueltas y más vueltas subiendo y bajando como en una montaña rusa por cerros totalmente cubiertos de jaras con algún olivo o encina aquí o allá, por eso de dar algo de variedad al paisaje, iba pensando en que el típico comentario que había escrito ayer sobre Desierto rojo, era algo banal; esta mañana entendía, después de ver la última parte de la película, que terminara anoche, que el mundo que Antonioni retrata en su film es más sutil y estomacal de lo que mis palabras decían. Los dolores del alma, con ser consecuencia en parte de un mundo en donde el medio ambiente se arruina y la mediocridad nos hace perseguir objetivos inanes, para que el alma llegue a situaciones tales como las de la protagonista, se requieren dolores de otra índole, quizás dolores con causas inaprensibles y un tanto personales. La mirada desorientada y desesperada al borde del suicidio de Giuliana no puede ser provocada por ese absurdo de contaminación y banalidad que estamos construyendo. La mirada de Giuliana es la de una infinita soledad, la carencia de amor, el miedo a lo desconocido, a una peste. Esa profunda inquietud que se mete en las entrañas del ser humano hasta convertirlo en puta ansiedad. Antonioni nos pinta un cuadro, le pone música, lo pinta de un rojo inquietante que aparece disperso aquí y allá como una llamada de atención, acaso, a lo que es esencial en la vida. Me preguntaba mientras sacaba la cámara fotográfica para hacer una toma de un mar de nubes que adormecía en el fondo del valle a mi izquierda, por la razón de que los distribuidores españoles le hubieran antepuesto el artículo determinado “el”, a la versión italiana, que simplemente lo titula Deserto rosso. El artículo destruye la ambigüedad del título original y le pone una ubicación al espacio del film de la que éste carece. El desierto rojo de Antonioni está especialmente en el alma de las personas, también en la destrucción que creamos a nuestro alrededor, pero especialmente es cosa que tiene sus raíces y su escenario en las cercanías del corazón.

Poco más tarde leería en Alan Watts un “como dijo”, en este caso de Chuang Tzu, que rezaba así: «Aquellos que querrían un buen gobierno sin su correspondiente desorden, y el bien sin su correspondiente mal, no comprenden los principios del universo». Lo que me llevaría a considerar, acaso, siempre acaso, que el dolor, el de Giuliana, el de todos nosotros, que en algún momento llega es cosa íntimamente ligada al tegumento de la vida.


No puedo decir que este paisaje sea espléndido, esas tierras que uno recorre con los ojos muy abiertos sorprendido por la belleza del paisaje; es un entorno sencillo, humilde, monte de cantuesos y jaras donde apenas asoma un campo de labor, donde muy de tarde en tarde aparecen algunas casas enjalbegadas, un pozo, una carretera. Caminos para ensimismamiento en los pensamientos o para leer durante horas a Saramago que ha cargado todo su tintero en los lejanos tiempos posteriores al primer milenio y ahora recrea la Trinidad del padre Bartolomeu Lourenzo, Baltasar Sietesoles y Blimunda Sietelunas en torno al invento de una máquina voladora que constituirá el porqué de su vida compartido con sus tareas eclesiásticas en las cercanías de la corte lisboeta. Así que con los tiempos de la Inquisición en una mano y el sendero en otra voy repartiendo el tiempo de mi mañana, haciendo de vez en cuando alguna incursión en torno a alguna florecilla junto a la que me arrodillo para encuadrar y sacar una fotografía que me recuerde en el futuro las delicadas minucias que este humilde camino encierra. Caminar sin prisa y sin objeto tiene este tipo de delicadas compensaciones.

Conversación a la caída del sol

Tocó comer en Cachopo, una especie de cocido de chuparse los dedos que bien habría servido para alimentar a una familia entera. Tiempo para relajarme, saborear una cerveza y para llenar mis baterías que andaban ya escasas con este uso abusivo que le vengo dando al teléfono. A la salida, el sol pega en la fachada enjalbegada de la iglesia a punto de no resistir la vista tamaño reflejo. Sobre las fachadas, como si estas fueran una refulgente montaña cubierta de nieve, un cielo intensamente azul cubre la parte superior del lienzo.

Avisando las casas de Currais, desde un alto donde crecen robustos eucaliptos, entra en escena en la novela de Saramago, recuerdo, Memorial del convento, Domenico Scarlatti, a la sazón maestro de capilla real en la Corte y que vendrá a amenizar la construcción de la máquina voladora y a dar salud a Blimunda, aquejada ésta de una grave enfermedad, con la música de su clavicordio. Pero ante la aparición de Scarlatti mi ánimo se siente inclinado primero a la música, que querría sustituir ahora mismo por la novela, y segundo, por el recuerdo que me trae cierto pasaje de la novela Mujeres, de Philippe Soller, en donde el protagonista y la coprotagonista rizan el rizo de sus encuentros amorosos oyendo siempre la música de Scarlatti, que también para eso sirve la música, bien que estos personajes fueran capaces también de llegar a dibujar una escena de sutil erotismo que a un servidor sirvió durante un tiempo de agradable recurso para momentos de recogimiento. La escena sin más se desarrollaba en un barandal en lo alto del Tibidabo con el espectáculo nocturno de la ciudad de Barcelona a lo pies. Ella se apoyaba en la baranda y vestía un largo vestido negro. Él tenía una mano en las caderas de ella y la otra había subido el vuelo de la falda y empezaba a bajarle parsimoniosamente las bragas. Indebida recordación para un caminante al que todavía le quedan algunas horas de camino antes de seguir vivenciando aquella escena de la que tantos réditos obtuvo años atrás. Las fantasías sexuales son así de caprichosas… e inoportunas. No, no escuché a Scarlatti, quizás lo haga esta noche en vez de recurrir a una película, ni continué con la historia del Tibidabo; Saramago tenía prisa por hacer volar al padre Bartolomeu y a sus ayudantes Blimunda y Sietesoles y con ellos me fui, que la máquina voladora voló al fin una vez puesto el sistema en marcha y destejado el pajar en donde habla sido construida. La máquina voló, pero ah, cuando ya hubo pasado el tiempo y recreados que se hubieron con el paisaje y los alrededores de Lisboa y el río Tajo, que culebreaba como una serpiente a sus pies, al padre Bartolomeu, recordemos que estamos en tiempos del Santo Oficio, cuando la Inquisición era tan aficionada a asar a la parrilla a todo hijo de vecino sospechoso de herejía, y volar tal sería; al padre Bartolomeu le entró miedo y ya no tuvo otro pensamiento en su cabeza que aterrizar lo antes posible y salir pitando, pies para que os quiero, a cualquier lugar donde el Santo Oficio no tuviera acceso.




Alguien que leyera estas crónicas, si así pudieran llamarse, se llevaría las manos a la cabeza diciendo que esto nada tiene que ver con caminar por el Algarve, que más bien son cosas de un individuo que mata su tiempo poniendo una palabra detrás de otra de manera parecida a como otros hacen un crucigrama o juegan a las tabas. Les diré que se equivocan de parte a parte. Es difícil escribir una crónica que se ciña con más exactitud a lo que sucede en el ámbito del camino, que no es sólo sendero y jarales sino más bien un todo en donde el campo, las lomas, y lo que corre por el alma del caminante forman una compleja unidad ;-). 

Mi tienda está iluminada por la tenue luz de la luna. Con toda seguridad soy el único habitante en una decena de kilómetros a la redonda. Un raro regocijo interior brota de esta soledad que me acoge esta noche entre sus brazos. Ahora sí, ahora ya puedo escuchar sin apremio alguna Sonata de Domenico Scarlatti.


















Un hombre necesita una buena provisión de sueños


  

  
“A mi entender, la función del filósofo como artista consiste en revelar y celebrar el fondo eterno y carente de propósito de la vida humana.” (Alan Watts. Esto es eso)


Cercanías de Vaqueiros, 12 de febrero de 2019

GR15/GR13 portugués. Vía Algarviana. Odeleite – Cercanías de Vaqueiros. 


A poco de salir del pueblo, las aguas de la Albufeira da Barragem de Odeleite, reflejan cegadora la luz de un sol que ya se dirige a su ocaso. A poco de caminar encuentro sobre un pequeño promontorio lo que será un perfecto prado para mi primer vivac de este invierno. La temperatura es agradable, como la de una primavera temprana; así está el campo aquí, como olvidado del invierno y deseando llenarse de sol todo el cuerpo. De hecho una hora más tarde ya rondaban los mosquitos por los alrededores como si estuviéramos en pleno verano. Tiempo para terminar ese par de rutinas que me quedaban por cumplir, una sesión de estiramientos y quince minutos de ejercicios para intentar mejorar las condiciones de mi espalda.


Estando mi casa recogida y sosegada y las estrellas brillando ya en el firmamento, llegó la hora del cine. Desierto rojo, de Antonioni, sería la elegida. La noche del Algarve de repente dio lugar a otra noche, lúgubre ésta, de los tiempos que corremos:
“La desnaturalización del ser humano: la mecanización, la industrialización, el materialismo, la falta de naturalidad. La contaminación: humo, residuos industriales, ruidos mecanizados, destrucción del entorno (paisajes industriales negros), paisajes desoladores.
El vacío: el vacío existencial, el terror existencial de la protagonista, la tristeza interior, la busca absurda de la veracidad, el sentido de la existencia”. 


Y en medio de la película, espléndido el rojo del interior de una cabaña de madera donde el conflicto interior de los personajes allí reunidos revienta por sus costuras sin que ello pueda añadir reparo al absurdo de una vida. Brillante, hermosa la actuación de Monica Vitti, mujer perdida en el laberinto de un mundo absurdo que percibe desde las secuelas de un accidente como si se tratará de un mal sueño.


Dormí sin interrupción como un bendito. Me despertó un leve resplandor dentro de la tienda. Era el teléfono que se había puesto en funcionamiento preparado para darme lo buenos días. Cuando después de desayunar salgo de la tienda me sorprenden ya las primeras luces del alba en el cielo. Mis seis de la mañana de hoy no son las seis de la mañana de ayer. Mi teléfono, servicial él, me da lo buenos días en portugués en hora de Portugal. A partir de hoy, si quiero caminar un rato de noche tendré que levantarme a las cinco de la mañana.


Desde Odeleite, para alcanzar la Vía Algarviana (GR13), debo abandonar el GR15, que se dirige al norte, y hacer siete kilómetros de asfalto por una carretera secundaria. Nada de oh, deleite, nada; pero ¿qué se le va a hacer? Esta mañana saco muy temprano el microscopio, valga decir que entretendré mi camino alternando la lectura de Alan Watts con florecillas mínimas que me salen al paso junto al arcén de la carretera. ¿Será que nuestra vista, acostumbrada a mirar a distancia es incapaz de adaptar el foco a las realidades más próximas, más pequeñas? Es admirable este pequeño mundo de criaturas que crecen a nuestro paso y que apenas llaman nuestra atención, pero que puestos a dirigir a ellas el zoom selectivo de nuestra cámara muestran una gracia de colores y formas tan preciosista y particular de ser capaz de llenar la ración de belleza que el caminante necesita para cubrir las necesidades vitales, su alma añorante de armonía. Tenemos los ojos tan llenos de todo tipo de estímulos que se nos han hecho algo estériles para la belleza de lo cercano y diminuto. Caminar despacio, decía Gastón Rebuffat, de modo que podamos ver crecer la hierba. Caminar despacio, atentos al momento presente, a todo lo que crece junto a nuestro sendero procura a veces sorpresas inusitadas de colores y formas; hasta descubro en medio de unas matas secas unas diminutas florecillas que usando el zoom para desenfocar el fondo, se me aparecen como un hermoso cuadro de ocres que me recuerdan enseguida Los girasoles, de Van Gogh.


En un par de horas estoy en Furnazinhas, un fin de etapa de la Vía Algarviana. Hasta aquí llegó hace unas semanas el amigo Manuel Coronado, con quien se cruzan de continuo mis caminos, no solo aquí sino también en Europa. Este verano nuestras rutas se cruzaron en los Alpes Austriacos, él camino de Atenas por la ruta del GR7 que nace en Tarifa y llega hasta Atenas, y yo siguiendo mi acostumbrada Vía Alpina de los veranos.
En Sierra Morena, en El Algarve, en el Camino Norte, en el Pirineo, en el GR10 nuestras huellas se han cruzado muchas veces. Yo quise seguir las suyas camino del cabo de San Vicente, pero al final va a ser él quien siga las mías.

El momento del baile

Había escrito en mi bloc de notas una frase a raíz de algo, pero no logro acordarme de la razón. Es ésta: “Un hombre necesita una provisión de sueños”. Imagino que la idea la cacé del libro que comencé esta mañana, Memorial del convento, una sugerencia que recibí del amigo Jorge Túa, hombre versado en los escribidores de este país, y que me acompañó sin pausa durante toda la mañana antes y después de que me tomara un piscolabis en Furnazinhas. Es Saramago un hombre con el que se camina bien, su prosa suelta y su buen humor, como de quien mira la realidad desde la sabiduría de los muchos años, confortan mi mirada sobre el mundo.


A la hora de comer, hoy muy lejos de un restaurante, hace un vientecillo que me obliga a demorar mi almuerzo hasta que por fin, en una pequeña ensenada me tropiezo con un prado protegido que me va a servir para prepararme la comida. Después de mi viaje a Islandia es la primera en cuarenta años que el caminante lleva cocina en su impedimenta. Admirado estoy de que en vez de ir aligerando mi mochila ésta vaya engordando.

Como, sesteo un rato al sol mientras se seca mi tienda de campaña y a las cuatro me pongo en marcha de nuevo. Mi única dependencia este año son las baterías del teléfono. Dejé la alfombrilla solar en casa, así que confío en poder rellenarlas algo antes de que llegue la noche.


Atardece. Hago mis ejercicios de espalda bajo la tenue luz de la luna creciente. Pienso en los días que sean luna llena. Quizás me decida entonces a caminar por la noche. Sensaciones, sí. Por poniente, un horizonte de fuego va quedando poco más que en la débil brasa que deja un día más. No voy a cambiar un tranquilo vivac en los montes rodeado de brezos y pinos por la necesidad de llenar unas baterías en el próximo pueblo. Mi prado es un reducto de paz y recogimiento.


 










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