El calor de la vida y la desolación de un paisaje




Junto a Pietraporzio, 19 de agosto de 2017


Me digo yo que si esto de preguntarse tan frecuentemente sobre la vida, su significado, su intensidad, en fin esas cosas, no será una fijación, la del que habituado a dar a la manivela de la pianola que repite unas pocas melodías como único repertorio, olvidando la inmensa variedad de los temas, una fijación de quien sumido en su mundo personal no tiene otro recurso que repetirse ad infinitum, ni dándose cuenta de que con ese proceder no hace más que aburrir al personal que pudiera leerle. En fin, una sospecha no más.

Por otra parte resulta que lo único que realmente tengo en este mundo es mi vida, y si eso es así cómo no hablar de continuo de ella y de lo que la acompaña. Recuerdo que en mis años de empleado de banca todos mis compañeros y el jefe de sección se pasaban el tiempo hablando de futbol, cuando no de mujeres; de miércoles a viernes especulando sobre los resultados y las quinielas y los lunes y los martes comentando las jugadas y los goles de los que partidos del anterior fin de semana. Para ellos la vida era eso y comprarse tal coche o tal otro. Los cuatro años que pasé en el banco no dieron para muchos más temas. Así que visto desde esa perspectiva acaso se me pueda perdonar también mis monotemas, la vida, la naturaleza, las montañas, el porqué de unos pocos asuntos que con tanta frecuencia nos aparecen en estas anotaciones de vagabundo de las montañas.


Ayer tarde, mientras estaba poniendo la tienda apareció en la parte baja del sendero una pareja de alemanes con los que horas antes había compartido el camino. Ella andaba lentamente como consciente de sus cuidados de madre. Era bonita, rubia, alta, del mirar dulce de quien está en la plenitud de la vida. Estaba embarazada de seis o siete meses. Él la esperaba al final de un repecho. Entré los dos habían puesto en el mundo una nueva vida. Se habían equivocado de camino y consultaron en mi cartografía una opción que no les obligara a rehacer el sendero que traían. Hablamos un rato. Me contaron. Les conté. Se les veía que se hubieran sentado junto a mi tienda para compartir un rato largo de conversación. Todos los amantes de las montañas tienen siempre muchas cosas que contarse. A mí me llamaba la atención que en el vientre de aquella mujer hubiera una vida nueva esperando para asomarse al mundo, a la vida, a esa cosa de que hablaba más arriba. Alguien a quien no habían pedido permiso pero que en unos pocos años se vería envuelto en ese ciclo de existencia, de los porqués, de la admiración, de las emociones, del gozo, de la tristeza, de las inquietudes. Sí, cuando nos despedimos y les vi alejarse me pareció inquietante, esa palabra, que de la no existencia, de la nada, en dos o tres meses pudiera nacer una nueva vida.

A la mañana, cuando llegué al collado ya había allí otra pareja de alemanes. Esta vez mayores, él con unas luengas barbas entrecanas de profeta del Antiguo Testamento; ella luciendo un pelo blanco como la nieve. Se habían sentado en un talud al sol y charlaban cordialmente en esa lengua gutural y armoniosamente seca que se usa en el centro de Europa. Imaginé que el bebé que la mamá de la tarde anterior llevaba en su vientre se había hecho mayor y ahora tomaba el sol en el cuerpo de alguno de aquellos ancianos en el collado de Ciabornet. El tiempo transcurrido desde la tarde anterior a la mañana siguiente se había convertido en el tiempo de una existencia entera en la que por fuerza han de concentrarse, lo queramos o no, todos esos asuntos, querencias, afanes, emociones, experiencias que llamamos vida y que con toda seguridad obligarán al antiguo bebé a preguntarse durante décadas por su significado, su utilidad, su carencia de objeto, acaso su dimensión trascendente.


Me desperté varias veces por la noche. El fuerte viento sacudía las altas copas de los árboles produciendo un bamboleante ulular bronco que a veces se confundía con un ruido de olas que no llegaran a descargar sobre la playa o las rocas su cuerpo de agua. Un agitado movimiento de ciclo largo que agitaba la fragilidad de la tienda amenazando su integridad.

Hoy es un día algo distinto. Atardece sobre las montañas como otros pero no estoy en la tienda. Tumbado sobre un prado de hierba seca contemplo el último sol sobre las montañas. A doscientos metros hay un pueblo, desde aquí puedo ver algunas casas y la torre de la iglesia. Igual podía estar pateando alguno de los caminos de España. El calor durante el día es tan sofocante como cuando recorres Castilla a pie durante el verano, pero llegada la hora del crepúsculo se convierte en suave y reconfortante, un momento muy adecuado para elegir  un rastrojal donde instalar tu vivac. Un día por otra parte que la voluntad del caminante convirtió en agotador por su poca disposición a desviarse del camino para aprovisionarse. Llegué hacia el final de lo que podía ser el término de la etapa, el pueblo de Chialvetta, muy temprano, pero debía bajar varios kilómetros, y por consiguiente volverlos a la subir después de aprovisionarme, cosa que mi ánimo, tozudo él, casi nunca contempla. Total, que ya había subido un collado de respetable altura, el colle de Ciabornet, había descendido al fondo del valle siguiente y antes de llegar a un lugar con algo de manduca, tenía que subir al paso de la Gardeta, mil metros de desnivel más arriba, ascender otro collado más de 2600 metros y descender hasta el pueblo de Pontebernardo mil trescientos metros más abajo. Se comprenderá con ello la catadura de la tozudez del caminante. En consecuencia llegué a Pontebernardo hecho unos zorros y fuera de todos los horarios lógicos para comer en cualquier parte del mundo donde se mire.


Un gran parte del paisaje de hoy fue desolación, bella al principio en un valle y una montaña al fondo que, al asomar por el paso de La Gardeta, me sorprendieron como un panorama que hubiera contemplado ayer mismo, un lugar por donde había pasado, digamos que con gozo, tres años atrás por otro itinerario; bella desolación, decía, al principio y austera y rústica sin bellezas especiales después. Enormes laderas estas últimas con restos de búnkers de una guerra olvidada, grises, de grandes praderas rapadas y por las que subía achuchado por los perros un enorme ganado de vacas como errantes penitentes en busca de un pasto inexistente, o pobre, ralo y de color ceniza entre las pedreras. El pastor subía al final del rebaño desnudo de cintura para arriba, también él con parecida desolación en el cuerpo a la que se mostraba en el paisaje.

En Pontebernardo comí lo que había, comida fría naturalmente, y un postre que aquí llaman panoto y que tiene mucho parecido en el sabor con nuestro roscón de reyes. Para más curiosidad éste, me contaba el ventero, es postre típico de esta época del año. Le conté como en las antípodas del año nosotros recibíamos a lo reyes magos con un bollo parecido. Como era tarde encargué una buena ración de panoto y un litro de leche para mi cena. Después salí directamente a encontrarme lo antes posible con un lugar para instalar mi tienda. Cogí un sendero a la derecha del río y quince minutos más tarde, cuando avisté el pueblo siguiente, Pietraporzio, di con el prado apropiado.


Qué cosa tan maravillosa es estar tumbado a esta hora ya sobre mi colchón, bajo la protección de mi tienda, haciendo nada, oyendo distraído a unos grillos, la música de un riachuelo cercano… mi crónica terminada. 


Esta magnífica soledad



Entre Chiapera y el colle Ciarbonet, 18 de agosto de 2017


Esta magnífica soledad. La bruma matinal entre los pliegues de las montañas, el pasto amarilleando en su lecho entre la roca gris, agostado ya en este sur al que me dirijo. La tenue brisa agitando trémula las altas hierbas.

Está mañana soy más yo, yo y mi soledad más mía, más en el fluir de mi sangre. Ser montaña, brisa, silencio, marmota en un alto collado donde el azul claro del cielo baja a los valles para cubrirlos del delicado esfumato de los cuadros de Rafael, un imperceptible velo de desvanecido horizonte marino.

Hoy no hay romerías, el silencio ha vuelto a la montaña. Se recoge en le alma del caminante, lo acaricia. Y el caminante, arropado, sobrecogido incluso por esta repentina  soledad que le susurra al oído como si se tratara de una nana, una música de plenitud y silencio, no puede hacer otra cosa que descargar su macuto más allá del collado frente a un nuevo paisaje de montañas que cubren el horizonte como un brocado sobre la mañana y sentarse un buen rato a contemplar este pedazo de vida palpitante que lo visita.

Está bien encontrarse con las fiestas de la gente, a las que por otra parte el caminante siente tan cerca últimamente, pero también está bien este silencio y la alternancia del paisaje humano con el que tropiezas.


Nos despedimos a unos cientos de metros del refugio. Lucía y Quique reemprenderían su camino de vuelta a Maljasset por otro itinerario, por el valle opuesto al que tomaría yo, ellos hacia el norte y yo camino del sur.

Por cierto que el sur empieza a hacerse presente de una manera cada vez más notoria. De momento los pastos hasta ahora de un verde intenso y frondoso han pasado a mostrarse en una gama de amarillos tirando a tostado con variaciones que hacen pensar tanto en el calor como en que el verano declina hacia su final. Eran los colores de muchos de lo cuadros de Van Gogh, o de Brueghel, las tonalidades del final de la siega, los campos de rastrojos, los ocres de algunas gramíneas recostadas contra la roca clara de los calveros, en algunos lugares el color del trigo maduro de los campos de Castilla, el tostado de los pastizales en los lugares más secos.


En la zona los rebaños de vacas han sido sustituidos por el de ovejas. Subiendo al col Girardin, por cierto a partir de él de nuevo en Italia por un puñado de días, me encontré con un gran rebaño de ovejas cuidado de lejos por una mujer de cuarenta y cinco a cincuenta años que perfectamente podía ser confundida con una senderista equipada en el Decatlón más próximo. Seguro que se trataba de una vocación tardía. Hay pastores que nacen en el monte y su vida transcurre allí desde siempre y hay quien, como mi hijo Mario, lo adopta por vocación, porque acaso las alturas, las quebradas de los montes, el contacto con los aires y los vientos del campo abierto les señala un tipo de vida mucho más en consonancia consigo mismos que la que puede ofrecerles los jeribeques de un confuso mundo urbano en donde es más difícil encontrarse a sí mismo. La pastora de la mañana evidentemente pertenecía a la clase de los que hacen una elección. El corte de su pelo, su presencia física no diferida de cualquier mujer de la ciudad. Si mi francés hubiera sido más fluido probablemente me habría decido a charlar un rato con ella. Son una clase de personas que llaman mucho mi atención. Además yo siempre tengo la impresión de que estos amantes de la soledad y la vida sencilla siempre tienen mucho que enseñarnos al resto de los mortales. Sus perros correteaban a su lado inquietos por mi presencia. Nos dimos un afable buenos días y seguí camino adelante. Tuve la sensación de que iniciar una charla elemental iba a perturbar su aislamiento.


Como tantas veces, en el collado me esperaba una sorpresa que provocó que me sentara un largo rato para dar cuenta poética de mi estado de ánimo. Uno puede encontrar placer en la contemplación de algunos cuadros por razones diferentes, el color, la composición, el ambiente, la capacidad para emocionarnos, la insólita aparición de un motivo que nos atrapa. Encontrarse de repente frente a un armonioso paisaje de montañas puede desencadenar unas emociones muy similares a las que surgen en el ánimo de un amante de la pintura. En la composición del cuadro de esta mañana el punto principal de atención, nada más asomarse al collado, era una enorme masa de granito oscuro a contraluz, un pico de atrevido porte que destacaba de resto del entorno como si él fuera la figura estelar y el resto, las grandes y apuntadas montañas de más lejos, estuvieran allí sólo como un amable fondo que contribuyera a destacar la impetuosidad del sujeto principal, y que por otra parte era precedido por un variopinto alfombrado de prados que en sucesivas terrazas iban a remansarse a los pies de esta especie de Prometeo surgido como una aparición en el medio del valle.


Llevaba dos días sin cobertura estable y había perdido la información del trayecto de hoy. Me sonaba que desde Maljasset, donde había salido, hasta Chiapera eran cerca de diez horas de marcha y cargué con comida y disposición para ese tiempo. Así que cuando llegué al refugio, casi de sorpresa, me encontré que podía demorarme allí con algún capricho adicional, cerveza y algo para pinchar, un dulce italiano mitad turrón y mitad helado riquísimo y un capuchino. Había comido de camino una hora antes. Como además tenían wifi me dediqué a bajar toda la información y mapas que necesitaría hasta el final del recorrido. Según los datos recogidos, todavía casi un mes para llegar al mar. Pero tendré que verlo, porque sucede que quienes diseñaron la Vía Alpina parece que en las cercanías de su final les hubiera dado un ramalazo de nostalgia de los tantos caminos y valles y no se decidieran a poner el punto final, empleando así un montón de días en hacer larguísimos bucles por las montañas cercanas a la costa antes de decidirse a dar por terminado el recorrido. Ya veremos, este año he seguido bastante fielmente el itinerario propuesto por los organizadores, principalmente por comodidad, ya que saber en todo momento los tiempos y circunstancias en que podrás abastecerte o encontrar un refugio es la mar de cómodo. En el 2014 el descenso hacia el sur desde El Gran Paradiso lo hice usando mapas de papel en todo momento y decidiendo cada día por donde seguiría mi itinerario, que por otra parte siguió en líneas generales, con muchas excepciones, una propuesta del Club Alpino Italiano que se conoce con las siglas GTA, es decir Gran travesía de los Alpes.

Estoy empezando a tener problemas con el dinero efectivo porque desde hace mucho tiempo no me tropiezo con un cajero y hay muchos refugios sin cobertura que por consiguiente no admiten tarjetas. El encargado del refugio, que hablaba además un castellano muy fluido aprendido en América Latina, estuvo haciendo averiguaciones por teléfono y consiguió lagunas direcciones. Maldita la gracia, pero es posible que un día de estos tenga salirme de la ruta para ir a buscar dinero.


Después del refugio todavía caminé un par de horas. Había empezado ayer con los cuentos completos de Primo Levi, pero los he abandonado. Leí alguno que me gustó bastante pero la temática de otros relacionados con la ciencia ficción o la tecnología no me atraían, así que me detuve un momento, eché una ojeada y me decidí por una obra conocida que se convirtió en un clásico del cine con Humphrey Bogart y Lauren Bacall. Me refiero a El sueño eterno, de Raymond Chandler. Joder, qué frescura, qué lenguaje tan ágil, que capacidad para retratar con dos pinceladas, y, además, la ironía. Es imposible leer y no estar viendo de continuo al chuleta y sabiondo de Humphrey Bogart con sus característicos rictus de detective que se las sabe todas y cuyos gestos y maneras cualquier aficionado al cine reconoce de inmediato. Vamos, que no me enteraba del camino, absorto como estaba con aquella jovencita que todavía no había sido destetada, su padre el decrépito general, su otra hija o…


Mi tienda está casi a oscuras y una ligera lluvia repica como distraída sobre su techo. 







En compañía de Quique y Lucía



Refugio de Maljasset, 17 de agosto de 2017


Bueno, y a ver de qué coño escribo yo ahora. Terminamos tan pronto, un día de sol de apacible caminar por las alturas y que acabó en el refugio de Maljasset y que me dejó tan fuera de la acostumbrada onda que vaya usted a saber cómo cojo yo la pluma ahora para hilvanar mi acostumbrada crónica.


Cuando salí de mi chamizo a ver el aspecto de la mañana, hoy más temprano que otras veces porque había quedado con Quique y Lucía en Ceillac, el sol iluminaba con una calidez desacostumbrada Les Aiguilles de Chambeyron y las inmediaciones del col de Girardin que deberíamos alcanzar al mediodía. Era el premio a mi madrugón de la mañana. Quizás debería madrugar más en adelante para no perderme esa hora mágica en que el sol hace gala de sus mejores recursos para vestir a las montañas con la suave tersura de su terciopelo color ámbar.

Tras las praderías que bajaban sin interrupción desde el col de Bramousse, el sendero, ancho y cómodo, se hundía en el bosque por una pendiente respetable, un bosque que todavía dormía oscuro y taciturno a la espera de que sol llegara a sus miembros. Seiscientos metros de desnivel más abajo, el sol, sin embargo había alcanzado los prados, en el centro de los cuales se elevaba una iglesia que parecía agitar sus sillares bajo los primeros rayos, con una gentileza parecida a la que alumbra las calles del Madrid en una mañana de otoño tardío.


En Ceillac, un pueblito de montaña mono y cuidado, con su clásica fuente de cuatro caños cantando a la mañana junto con los gorriones en la plazuca de la iglesia, era día de mercado. Como Quique y Lucía no habían llegado todavía me di una vuelta por él. Me sentía como de vacaciones, hoy ya no era un vagabundo sino un curioso paseando entre los puestos. Compré un melón y me fui al banco de madera que había junto a la iglesia a comérmelo. La Gorda y Quique fueron puntuales. Era un gusto volver a verles. Los dos tenían el aspecto sanote de profes que durante un mes y medio habían ya dejado atrás el cansancio de final de curso. La enseñanza es una de las profesiones más bellas, pero también de las más extenuantes cuando uno se la toma con seriedad y dedicación. Era un día bonito y soleado. Nos pusimos en marcha camino de Le Melézet, un par de kilómetros valle arriba, el punto de arranque de nuestra ascensión.


En los límites del bosque aparecieron dos lagos por encima de los cuales se erguía una espectacular crestería de afiladas montañas. No era fin de semana pero como si lo fuera, el lugar estaba concurrido, pero el objetivo real de la mayoría de los caminantes era un lago superior, el Lac Sainte-Anne. A Quique y a Lucía también les llama la atención la agradecida cortesía de los franceses y es que, pese a la concurrencia, el cortés buenos días y la sonrisa correspondiente es un hábito generalizado.

Están en forma estos chicos. Cuando llegué al lago, Lucía ya estaba nadando en sus aguas verde azuladas. Los alrededores igual podían ser una escena de Goya en la pradera de San Isidro, niños de pecho, parejas, abuelos dispuestos a dar cuenta del picnic de los días de campo, que una concentración de feligreses en romería celebrando la fiesta de la virgen del lugar. Por esta última razón acaso el lago lleva el nombre de Sainte-Anne. Lo curioso era que tanta gente, incluidos abuelos, nietos y hasta un lactante de tres meses hubieran sido capaces de ascender los ochocientos metros de desnivel que nos separaban de Ceillac. Al padre del bebé le pregunté por la edad del niño. Tres meses, me contestó orgulloso. Lo llevaban en un macuto especial para ese tiempo. Sí, recordé con cariño los muchos recorridos que hicimos nosotros por Pirineos y otras montañas cuando nuestros hijos eran pequeños. Me gusta montón ver a parejas trajínando con sus hijos pequeños por las montañas.


Allá donde fueres haz lo que vieres, así que nosotros nos sumamos a la romería. Quique y Lucía venían muy bien provistos de manjares y demoramos al sol junto al agua cerca de una hora.

La subida al collado, 2700 metros, una ladera desolada de piedra suelta, nos llevó todavía una hora. Al otro lado el paisaje volvía a ser de montañas escarpadas. El collado marcaba la línea divisoria de los Alpes Marítimos. No olía, claro, a mar, pero tuve la sensación de que poco a poco los Alpes se me iban terminando.

Dos horas nos llevó el descenso a Maljasset. Hoy todo me parecía muy diferente, la gente, la hora desacostumbrada de llegada al refugio después de las tres. De pronto la compañía y los tantos caminantes por todos los lados me hicieron sentirme en un universo lejano, distinto al que el vagabundo está habituado. Ya pensaba en mañana y en mi habitual caminar solitario. Y eso contando con lo bien que me había sentido con Lucía y Quique. Qué le vamos a hacer, uno es como es, lleva la soledad en el cuerpo.















En el Parque Regional de Queyras




A una hora de Ceillac, 16 de agosto de 2017


La costumbre de no usar despertador y guiarme por la luz para levantarme hoy me despistó. El bosque, muy tupido, apenas dejaba pasar el sol y se me hizo tarde. Y el caso es que tenía una larguísima jornada por delante. El macizo de Queyras, que ya había atravesado, aunque por otra parte, hacía más de un década con Victoria, es un macizo particular de angostos valles en la parte inferior y que una vez arriba se abren en anchos páramos al fondo de los cuales siempre se puede ver una atrevida crestería, alguna que otra cumbre atractiva alrededor de las cuales grandes prados llegan hasta sus pies. Una vez superado el collado Garnier, al que se llega por una extensa pradería que uno no prevé tras un camino que ha sido trazado por rigurosas pendientes de roca y bosque, el sendero describe una amplísima curva sin excesivas bajadas o subidas para ir a parar al refugio Furfande, situado en un mirador de excepción sobre todas las montañas de los alrededores. Por un camino tan pacífico fue por donde recorrí los últimos capítulos de El rumor de la montaña, de Yasunari Kawabata. Me dio pena que se me acabara la novela. No es un relato que tenga un hilo argumental que te tenga pendiente sobre los sucesos, que puedas estar esperando un desencadenante. No hay nada de esto en la novela. Y precisamente por ello, porque el lector encuentra en el recreo de la atmósfera y de las emociones expresadas con extraordinaria sensibilidad y belleza lírica un modo de ser propio de una cultura tan peculiar como la japonesa, con la exploración de la soledad y la delicada relación con lo otros; por ello, decía, la lectura transcurre como si de continuo uno estuviera viendo una parte tras otra de un gran fresco de la vida cotidiana. Tan gratificante me es este autor que ya he puesto otra de sus novelas en la lista de espera de mis lecturas. País de nieve, se titula.


Mientras esperaba mi comida en el refugio empecé y terminé un librito de David Henry Thoreau; Los colores del otoño, era su titulo. Thoreau no es que me entusiasme literariamente, es que, como Kawabata, ayuda a afinar la sensibilidad y allí donde antes no veías nada significativo probablemente después de leerlos encuentres un nuevo placer. Estamos fuera de época, pero como el otoño es un tiempo tan sugestivo al que yo rindo culto últimamente viajando por los hayedos y los bosques de España con mi cámara dispuesta a recoger las mil y una maravilla que octubre y noviembre prodigan en los bosques de todo el mundo, no me vino mal este rato de lectura que naturalmente me transportó a dos otoños que alimentaron además de mi afición por la fotografía, también mi otra pasión, la de la escritura. Dejo aquí el vínculo del libro que publiqué hace un par de años, resultado de mis paseos por el otoño de la Península. 


Hoy, además, de estar de camino por el macizo de Queyras, hubiera parecido que me pasé el día en una biblioteca porque, terminado de comer y, mientras mi camino se hundía en el abismo del valle que lleva a Bramousse y pese al rigoroso y abrupto trazado del sendero, logré hablar un buen rato con Victoria y además comenzar y terminar una novela de Melville que acaso tiene algunas líneas de conexión con Kafka. Me refiero a Bartleby, el escribiente, una pequeña obra maestra traducida por Borges que consigue en un estilo preciso y minucioso crear un hilo de inquietud en lector a lo largo de todo el relato. Mi afición a Melville con dos lecturas de Moby Dick, y la obra Benito Cereno, me hace pensar de parecida manera a cuando hablo de Proust, que se uno necesitaría disponer de unas cuantas vidas más para poder dar cumplimiento a algunos deseos.


 Bueno, pues después de bajar hasta el mismísimo fondo del valle, donde rugía un caudaloso río, había que subir tanto como había bajado al otro lado del valle. Era demasiado para una sola jornada pero como había calculado mal y era mi culpa no tenía más que apencar con las consecuencias y enfrentarme al cuestón. Me proveí de cena en un gite d’etape y tiré para arriba. Fue a mitad de camino que empezó a llover. Paciencia. Cubre el macuto, ponte la capa de agua y parriba.

Llovía y allá abajo, tras pasar el collado de Bramousse, me pareció ver algo que podría servirme para guarecerme. Al final he ido a parar a un chamizo en ruinas que poco le falta para ser el mismo en donde nació una de mis novelas, Vivir en los bosques. Entonces era en Pirineos y había caminado por un extenso hayedo bajo un lluvia intensa cuando di con unas ruinas en donde había tres o cuatro metros cuadrados de suelo seco. En aquella ocasión arrastré una puerta de algún sitio del exterior y con ella me hice una cama. Recuerdo que pasé mucho tiempo junto a la puerta masticando despacio unos frutos secos y contemplando la lluvia. La tarde tenía un carga tal de melancolía con el hayedo chorreando agua, la niebla y la cercanía musical de un arroyo, que fue capaz de desencadenar por sí misma un largo texto cuyo contenido principal era la travesía del Pirineo a través del GR-10 francés.

La lluvia de esta tarde no tenía ningún carga emotiva, era simple lluvia, una lluvia de fin de jornada que después de dos horas paró y dejó que el sol posase sus últimos rayos sobre el macizo de Queyras. Mi tienda estaba seca y quise ahorrarme trabajo improvisando una cama entre las ruinas de este chamizo. La hice con cuatro tablones. Quedó algo bastante decente. A la mañana siguiente había quedado con Lucía y Quique temprano en Ceillac, de donde me separaban todavía cerca de dos horas. Sin tienda que recoger ganaría tiempo.



Ah, hoy cumplo mi segundo mes de vagabundeando por los Alpes y sin novedad en el frente, todo sigue de rosas, si hago excepción de una inflamación junto al tobillo izquierdo que está empezando a darme más lata de la esperada. Espero que ello no sea impedimento para que llegue sano y salvo hasta las mismísimas aguas del Mediterráneo. 








La música de mis pasos



Camino del refugio Furfande, 15 de agosto de 2017

Anoche me acosté pensando en la joven con la que había estado charlando un rato antes de que anocheciera. Vivía sola en una borda un poco más abajo y bajaba del monte con su perro después de haber dejado encerrado un rebaño de ovejas en su corral eléctrico. Vestía como visten los pastores, ropas viejas y sucias propias de quien cuida rebaños, ordeña, ayuda en el parto a las ovejas parturientas y se desenvuelve lejos del confort de un medio urbano. Era una mujer abierta y sin ningún tipo de ¿cómo decirlo, reparo, recelo? Me llamó la atención la naturalidad con que se expresaba y cómo se ofreció a proporcionarme lo que pudiera necesitar. Ya la última vez que pasé un verano en los Alpes me encontré con otro caso similar. Tenemos un concepto de mujer tan vinculado al cuidado de su presencia física, a la dependencia del hombre o al menos a considerarla en compañía de pareja o marido que, tropezarte con una mujer tan diferente, tan fuera del canon y con un comportamiento tan sencillo y natural produce cierro grado de admiración a la vez que cuestionaba esa imagen que días atrás, en Venecia, cuando me tocó compartir habitación en un hotel con tres mujeres jóvenes de diversas partes del mundo, me hicieron exclamar aquello de qué horror ser mujer, cuando comprobé la cantidad de tiempo que empleaban cada día frente al espejo. No es que añore o prefiera un aspecto más rudo o descuidado en la mujer, simplemente hago resaltar el contraste y desde luego admito que la ausencia de afeites es algo que valoro. No me gustan los rostros cubiertos de cremas.


El primer sol de la mañana volvió de nuevo a despertarme. Lejos estaban ya esos días de frío helador. Te despiertas, recoges, sales a la puerta de tu casa, te desperezas estirándote, acaricias al perro de la pastora que ha venido a saludarte, das un corto paseo para desentumecer el cuerpo, miras por un momento entre los árboles las atrevidas cumbres de Les Ecrins... Hoy estaba tan en mi casa, tan sin prisas que me habría puesto a hacer un rato de gimnasia o yoga. Yo soy de donde estoy a gusto, que decía aquel personaje de Luis Sepúlveda; mi camino es mi patria... esas cosas. Sentirte en el mundo, en un prado, un collado, en mitad del camino hoy porque no encontré espacio para la tienda, en una playa, en una cumbre, en mitad del bosque, como quien está en su propia casa. Esa era la sensación esta mañana antes de ponerme en camino.


 Hay un tipo de música que me acompaña desde hace tanto tiempo que precisamente por su permanente presencia no soy consciente de ella. El día anterior había grabado unas notas en el teléfono para hacer uso de ellas si llegaba el caso en mi crónica de la tarde. Sucedió que accidentalmente la grabadora se quedó encendida y no me di cuenta de ello hasta cuatro horas después. Al examinar la aplicación, sin embargo, descubrí que todo el segmento estaba lleno de onditas como si alguien hubiera estado grabando un discurso ininterrumpido, un hada o alguien así, me dije, precisamente un día en que no me había cruzado ni conversado con nadie. Puse en funcionamiento la grabación para ver qué era aquello y resultó ser una curiosa música, la que emitían mis pasos, según los momentos, sobre la grava, la mullida pinácea del bosque, el descenso accidentado por una pedrera... y junto a esta música de mis pasos, como una viola o unos suaves timbales algo terrosos que acompañaran el tema principal con su ritmo, el sonido ininterrumpido de los bastones en una especie de compás de dos por cuatro. Me gustó, pensé que acaso podría guardar la grabación para utilizarla de música de fondo en invierno frente a la chimenea. De hecho en una ocasión que estuve caminando por Lanzarote hubo un par de tardes que, colgando una grabadora de una cuerda sobre los acantilados, me hice con un par de horas de la música del mar que todavía debe de andar por casa esperando uno de esos momentos en que la añoranza del mar o los recuerdos de mi caminar junto al Mediterráneo llamen a mi puerta para resucitar viejas sensaciones. Estoy seguro de que dos músicas de estas características, que tan vinculadas están a la sensibilidad del caminante y a su experiencia de trotamundos ayudarán en algunos momentos del futuro a recrear mi ánimo cuando esté lejos de las montañas o del mar.


Pese a que no dominaba en absoluto mi sentido del equilibrio logré salir entre las jambas de las puertas del restaurante con éxito: bravo. Cuando estaba a un par de metros de la puerta me concentré para guardar la apariencia de que las cervezas y el brandy no me habían hecho efecto, y embestí por el centro sin pensarlo antes de que en la duda me diera un trastazo contra la pared; y creo que tuve éxito en la empresa. Para un casi abstemio como un servidor estos excesos de cerveza tras las caminatas o el buen comer pueden resultar fatales a la hora de mantener el equilibrio. Recuerdo de mis primeras lecturas de libros de montaña - ¿Frison Roche, El primero de la cuerda?- no sé exactamente, que, junto a esas ascensiones en los Alpes que mi ánimo leía con avidez guardaba un respeto casi reverencial por aquellos hombres, los guías, que por entonces eran el hilo de Ariadna que me ponía en contacto a través de los libros con aquel mundo que empezaba a descubrir al final de la adolescencia. Y de sus formas de obrar, probablemente se trataba de hombres rudos hechos a las lluvias y tempestades de las montañas, una de las cosas que guardó mi memoria eran lo bien servidos de vino con que se refocilaban y cuyo contenido etílico sus cuerpos camino de alguna ascensión evaporaban en la primera hora de camino. Una imagen que conservo de alguna lectura, que vaya a usted a saber si es real, y de la que me acuerdo siempre cuando lo abundante de las cervezas que me tomo rinde culto al calor, al cansancio o a las excelencias de la comida del momento.


 Fue un día bonito hoy. Mi hija Lucía y Quique, su chico, habían dedicado este año parte de sus vacaciones a Francia y semanas antes habíamos comentado la posibilidad de vernos en los Alpes y hacer algún tramo de camino juntos. Aunque habíamos quedado el diecisiete para caminar por el Parque Regional de Queirás, cuando descendía del collado de Lauzes camino de Freissinieres pensé que como no estaban lejos de allí quizás podíamos vernos y comer juntos. Les esperé a la sombra de un árbol con la colada puesta al sol. Una parada excepcional y muy grata para mí eso de antes del mediodía encontrarme panza arriba leyendo ricamente a Kawabata. Al rato ahí estaban animosos y llenos de sol la pareja. Fue un bonito encuentro. Se nos había hecho muy tarde y pensamos que acaso no encontráramos un restaurante abierto. Lo hallamos cerca de Mont-Dauphin. La animada conversación y el hambre que tenía debieron de tener la culpa de que la cerveza me entrara casi sin darme cuenta. Tras una larga tertulia me acompañaron un rato en mi camino hacia el refugio Furfande. Pasado mañana nos volveríamos a ver en Ceillac para caminar un par de jornadas juntos. Mientras tanto mañana intentarían subir hasta el glaciar que baja de los pies de la Barre des Ecrins.


Despedirme de Quique y Lucía y entrar en el mundo de esas montañas salvajes donde los desplomes, los estrechos senderos y el paisaje abrupto de las cumbres te rodea por todos los lados, fue todo uno. Enseguida desapareció la posibilidad de encontrar un pedazo de terreno para mi tienda; el terreno se espinó y ya estaba de nuevo en ese ambiente agreste que tanto me gusta. Subí algo más de una hora, hasta que me encontré con un arroyo. Con la cantimplora llena sólo tuve que esperar a que el camino llaneara un poco.