Soliloquio nocturno en Peñalara





Cumbre de Peñalara, 4 de octubre de 2019


Esta noche, oyendo la séptima de Beethoven, me pasa fugazmente por la cabeza la cumbre de Peñalara. Estoy con el tercer movimiento. Nada en esta música que sugiera la paz de una noche bajo las estrellas allá arriba. Desde mi ventana veo el llano cuajado de luces de pueblos que huyen hacia el horizonte. No se me hace difícil imaginar un paisaje similar desde cualquier cumbre de Guadarrama. El silencio de la noche, el cielo intensamente cuajado de estrellas y acaso, como un susurro, una música más apacible que la de hoy, Bach probablemente. Y me  sonrío pensando en aquello que escribió Cioran de que si Dios existiera tendría que estar eternamente agradecido a Bach. Llevo un tiempo que no estoy muy de música, pero se me antoja ahora que algo así como el Magnificat allá arriba, solo…




Un día más tarde. Son las ocho de la tarde. He llegado a la cumbre de Peñalara hace un rato. El sólo empezaba a pintarse de caramelo a la derecha de la Mujer Muerta. Enseguida los valles se cubrieron de esa delgada bruma que hacen las delicias del fotógrafo cuando éste trata con el zoom de aplastar los distintos planos de un fondo cubierto de montañas. Se forma entonces un degradado de colores cálidos que, partiendo de los primeros planos más densos y oscuros van desvaneciéndose hacia el horizonte ganando en luz y en color hasta explotar sobre un horizonte de fuego que adquiere parecidas tonalidades a las que se producen alrededor de una llama. Fiesta espléndida que como canta Franco Batiato debería invitarnos a diario a recogernos frente al crepúsculo. Oración, canto a la magnífica belleza de este mundo, susurro venido de la entrañas de la tierra, caricia para los ojos y el alma. Hoy, mientras subía la larga loma desde Dos Hermanas he comprendido que sería una bonita cosa subir cada semana a dormir en una cumbre o un collado de nuestra sierra. Pero enseguida se me iban los pensamientos al frío que está por venir. Con los años me he hecho un friolero y ahora me impone respeto la nieve y el frío y me acobarda la idea de dormir en invierno en estos sitios. Y claro, para darme ánimos tiro de los recuerdos de cuando dormíamos sobre la nieve al principio de la Apretura cada fin de semana cuando subíamos al Galayar, de los vivacs en Gredos con aquel primer saco miserable en el que era tiritar y castañeo de dientes toda la noche. Hacerse mayor podría transformarse en un reto, me digo, volver a hacer lo que hacías de muy joven se convierte en un apetecible deseo para el que todavía no estoy preparado; tampoco será para tanto, embutido en un buen saco de dormir, me susurro. Y solo. ¿Y si se levanta uno de esos vientos con los que conviví este verano en Alpes o Pirineos… o viene el lobo y me come? Vamos, que los dedos se me hacen huéspedes, que me da cierto canguelo pensarme en una de estas cumbres en invierno.




De momento lo cierto es que la cosa está cuajando. La cumbre de Peñalara está ya cerca, sólo queda el último repecho. Me paro a considerar el tema intentando atraparlo como si fuera una bella mariposa perseguida por un entomólogo a punto de completar con ese atractivo ejemplar su colección de coleópteros. Tener un proyecto, un reto en mente agita mis neuronas. Ya las veo asomarse de tanto en tanto por los intersticios de mi cuerpo a recabar noticias sobre… oye, tú, ¿qué pasa con esa idea de seguir durmiendo en invierno por las alturas? Y yo haciéndome el sordo como quien no va con uno la cosa, pero a la vez recordando aquella terrible circunstancia de Kurt Diemberger y sus compañeros durante seis o siete días en medio de una tormenta en el K2 a ocho mil metros y pese a todo este hombre durmiendo en calzoncillos. Yo que, por aquello de más vale humo que escarcha, me acuesto forrado hasta las cejas, aunque después, es cierto, siempre termine cociéndome durante la noche.




Ahora un cuarto de luna sobrevuela por encima de la almenara de mi vivac, uno muy chulo y amplio que me protege del viento a pocos metros de la cumbre. Ayer me había hecho a la idea de probar escuchar cierta música en este privilegiado balcón sobre el llamo segoviano. Pongo en funcionamiento la música. Bach, Cantata 131.

Desde lo profundo clamo a ti, Señor.
Señor, oye mi voz, estén tus oídos
atentos a la voz de mi súplica.

La voz del tenor instila en mi ánimo una suerte de sentimiento paralelo en el que el Señor no es otra cosa que este mundo silencioso que me rodea, la luna, las estrellas, esta soledad, la débil silueta de la Cuerda Larga enfrente, las montañas sumidas en el sueño. Un dios, la Naturaleza y sus infinitas encarnaciones, que nos conforta, nos alumbra, acompaña nuestros sueños, llena nuestros sentidos de su belleza o  sobrecoge nuestro ánimo bajo el estruendo de la tormenta; dios humilde, afable que tanto trae huracanes como una brisa cargada de tomillo o romero, pero dios que no admite súplicas porque ante él nadie estará nunca de hinojos.




La constelación de Águila ocupa mi atención justo frente a mis ojos mientras escucho el Magníficat. Sí, mejor que haya existido Dios durante un par de milenios, lo justo para poder desembarazarnos de él después de que tantas maravillas hayan sido creadas por su motivo. Si bien es cierto que el hombre inventó a Dios no es menos de cierto que por él tenemos esta maravillosa música; música, pintura, arquitectura, literatura que dignifican nuestra animalidad y le da profundidad, todo eso que hizo al hombre de hoy tras descender éste de los árboles. ¿De qué servirían las estrellas y todo este espléndido mundo sin la conciencia que sustenta su admiración y su disfrute? Es una reacción elemental recurrir a un ser que creó montes, ríos, animales y personas, pero es mucho más hermosa la otra realidad, la de que el hombre se hizo a sí mismo a lo largo de milenios conjugando sus esfuerzos, su curiosidad y una cada vez mayor capacidad para profundizar en la realidad y en su condición de hombre.




La idea de una mujer que engendró a Dios, una especie de dios, Jesús, también resulta atractiva para un pensamiento agnóstico. El hombre, que tantas cosas creó, incluido a sí mismo, a lo largo de los milenios, borracho de sí mismo y de sus posibilidades, termina engendrando a Dios. Me parece preciosa la idea. Lo malo del caso es que el invento, siendo a imagen y semejanza del hombre salió como salió, Dios vengativo, Dios orgulloso, sádico y, por supuesto Dios, también amoroso, siempre y cuando… le ames a él sobre todas las cosas. El Dios ególatra que todavía adora media humanidad. Ese monstruoso delirio de un Dios capaz de condenar al fuego eterno a media humanidad por toda la eternidad (ahí es na), no podía salir de otra cabeza que no fuera la de un hombre enfermo. Habiendo como hay hombres buenos y no tan buenos, lo propio es que el dios resultante saliera como salió, añadiendo una coda también curiosísima como es ese engendro llamado Iglesia Católica donde la pasta y la suntuosidad representan un buen ejemplo de lo que de hecho esconde esta institución, algo no muy diferente de lo que representa, por ejemplo, el banco Santander.

Y el Magnificat… esa maravilla, sigue sonando mientras rachas de niebla empiezan a ocultar la luna y las estrellas. Sólo cuando me despierte horas más tarde volverá a brillar en el cielo el manto de las constelaciones. Entonces, en el zenit, Orión, acompañado de sus perros, anunciará la cercanía del alba.











Una noche en La Maliciosa




El Chorrillo, 29 de septiembre de 2019

Yo quería ir a Cotos y dormir en la Cuerda Larga, pero con el cambio de horario de los autobuses en estos días el de la sierra había desaparecido, así que no me quedó más remedio que tomar el primer bus que había a mano y que me dejaría en Navacerrada pueblo. Una vez más La Barranca. Cogería agua en la fuente de La Campanilla y dormiría en La Maliciosa que es, probablente, el mejor balcón del Guadarrama sobre ese belén de luces que se extiende a sus pies por todo el llamo norte de Madrid.



Quizás más que otra cosa lo que yo buscaba hoy era un sosegado espacio para la lectura y pasar una noche bajo las estrellas, esa debilidad por dormirme acurrucado por el arrullo del universo nocturno de las constelaciones. El día anterior había dejado a Kurt Diemberger, K2, el nudo infinito, y a Julie al pie del K2 en aquel año fatídico de 1986, en que el Chogori, en las palabras de Goretta y Casarotto, parecía haberse convertido en un frente bélico donde los contendientes uno a uno iban perdiendo la vida. Fue un trágico verano en el que el pasado año confluyeron tres libros que leía por entonces, un de Kukuczka, otro de Goreta y Renato Casarotto y un tercero cuyo autor era Kurtyka. Diemberger volvía a la carga. Entre la fuente de la Campanilla y el collado de El Piornar fue narrando el infierno en que se convirtió el K2 aquel verano. Subía con un paso tan tranquilo que apenas notaba el buen repecho que lleva al collado. Atardecía. Kurt había divisado desde el campo base la lejana figura de un hombre. Siguió su recorrido durante un buen rato hasta que en un preciso momento dejó de verle. El único alpinista que estaba escalando sólo el K2 era Casarotto. Se alarmó al barrer constantemente con la vista el glaciar y no ver a nadie. Buscó a Goretta y le pidió que llamara de inmediato a su marido por el radioteléfono. Al otro lado contestó la voz de Casarotto: “Me estoy muriendo, Gori, me muero, tengo el cuerpo destrozado”. De camino al campo base, un puente de nieve sobre el que habían pasado componentes de distintas expediciones cientos de veces durante el verano, cedió. Renato fue rescatado pero poco después falleció. Fue enterrado en la misma grieta donde había caído.



La historia de este matrimonio me conmueve; su libro, Una vita tra le montagne, es uno de los manifiestos más grandiosos de la lucha del hombre por desvelar el misterio de su propia existencia a través de la superación de sí mismo. “Siento, escribía unos días antes de su muerte, que el K2 es un punto obligado de paso, de transformación que me permitirá expresar la esencia de mi ser como hombre. Creo que alto, muy alto sobre el K2 esté la clave de mi búsqueda”.



Cuando llego a la cumbre, el sol se ha ocultado, un rastro de brasas incandescentes restan todavía sobre el horizonte. A mis pies las luces del llano apenas dejan pequeñas islas de oscuridad en su seno.

La cumbre de La Maliciosa no es un buen lugar para contemplar las estrellas, que aparecen pálidas y privadas del fulgor que proporciona la oscuridad absoluta. El Triangulo del Verano, con Altair, Deneb y Vega en sus vértices, apuntaba hacia el zenit sobre la loma de Valdemartín y Cabezas de Hierro. Cuando a media noche me despierte será Casiopea, como un barquito de papel, la que navegará por encima de mis sueños.

Apenas había una pizca de luz en el cielo cuando un potente jadeo me despertó; era uno de esos fogosos corredores que han elegido la montaña para probar su voluntad y la buena forma de sus piernas. Nos dimos los buenos días, consultó su cronómetro y sin apenas parar más que unos segundos se despidió y salió corriendo camino otra vez del collado del Piornal. Amaneció bonito pero corrientito. Volví a dormirme, pero no por mucho tiempo, esta mañana La Maliciosa se iba a convertir en un punto de afluencia importante. Me hubiera quedado en el saco una buena parte de la mañana haciendo pereza, pero con tanta concurrencia imposible.



No tenía prisa. Descendía tranquilo hacia el collado de Quebrantaherraduras, leía distraído ahora el relato de Kurt y Julie subiendo a su vez hacia la cumbre del K2, donde una numerosa expedición coreana al mejor estilo de clásico y tres o cuatro grupos más intentaban la misma ruta; y, allá abajo, en un momento distinguí a media mañana un prado y varios de esos monolitos de granito que los caprichos del viento y la lluvia modelaron al estilo  de Henry Moore. Me aparté del camino y busqué un lugar discreto frente al llano. Mi lectura quedó varada bajo un espolón rocoso que precede a la cima del K2. Mi cuerpo estaba extendido sobre la calidez de la piedra y, a lo lejos, entre la bruma, sobresalían las Cuatro Torres que sitúan la aglomeración de la ciudad de Madrid. Mis pensamientos iban de acá para allá, una avalancha recién caída sobre la falda del K2, un escote que había contemplado con gusto ayer tarde en el metro, el recuerdo de mi paso por algunas montañas, la sonrisa de mi nieto Manuel... y todo ello envuelto quizás en los brazos de lo efímero, que hacia honor a un poema de Hugo von Hofmannsthal que poco antes me había enviado por whatsapp una amiga, pensamientos que con ser efímeros no por eso dejaban de ser caricia, adornos de la vida con los que compartir la suavidad de la brisa de esta mañana mientras mis ojos, acaso ajenos a mis pensamientos, se entretenían por su cuenta con las formas de las nubes y el caprichoso perfil de los bloques de granito que, más allá, sobre la cordal del Yelmo, formaban una aserrada escarpadura gris por encima de la cual cabalgaba el mar del cielo y sus naves blancas de espuma liviana.

Kurt y Julie llegan por fin a la cumbre, pero se ha hecho extremadamente tarde y temen no llegar a tiempo al campo 4 lo que les obligaría a vivaquear con lo puesto a más de ocho mil metros. Al final he decidido bajar directamente al parking de la entrada al parque, y en alguna parte pierdo el sendero. Arrastrándome entre unas jaras, como un jabali buscando la salida entre los arbustos, continuo con el relato pero, en el preciso momento en que los dos bajan una empinada pendiente de hielo y Julie cae precipitada al vacío, la app de lectura se bloquea. Antes de continuar con el descenso del K2 me veo obligado a vagar entre las jaras por un buen rato. Más tarde, cuando ya caminaba por un cómodo sendero, cansado como estaba, consideré que mejor aplazada el desenlace de la aventura de Kurt y Julie para otro momento. Kurt Diemberger escribe bien y aporta pensamientos interesantes. Ya encontraría a la noche un rato para terminar el capítulo.



Eran casi las cinco de la tarde pero encontré en Manzanares la manera de que me sirvieran un exquisito plato de ternera con almendras. Me tomaba el postre cuando mi vista tropezó con los ojos de una joven que charlaba con un par de amigos al otro lado del bar. Delicioso el postre, dice de repente ella en la distancia desde el fondo del local. Exquisito, contesto algo sorprendido por la sonrisa encantadora de ella; su compañero, de grandes bíceps tatuados, se vuelve. Sonríe a sus vez. La música envuelve el local como una nube de alcohol subiendo a la cabeza sus pedazos de euforia. Y trato de retener la sonrisa de ella, su cuerpo de mujer juguetona, esa trozo de vida que es una fiesta en un rincón cualquiera de un bar de cualquier pueblo de la sierra. Ojos brillantes, los gestos de una simpática embaucadora que domina el escenario con la gracia de su mirada y sus gestos. Y un momento después levanto la vista y ella y sus acompañantes han desaparecido. Queda el recurso de la televisión, gente que escala en alguna lejana montaña de Oriente.

Más tarde, camino de la parada del bus, paso junto a la iglesia de Manzanares donde cincuenta años atrás, una Nochebuena, tras la misa del Gallo,  el párroco me ofreció una habitación para pasar la noche, ofrecimiento que decliné porque aquella noche tenía una cita con el Tolmo, bajo cuyo techo me tomaría mi cena navideña, una tortilla de patatas que con el frío se había llenado de crujientes pedazos de hielo.





El vandalismo de los adminsitradores de la Pedriza. Fin de la Senda Camille


Este era el bello entorno que destruyeron los forestales en Pedriza hace años.

Así dejaron los salvajes administradores del Parque de la Pedriza lo que fue un hermoso rincón de la sierra. Obsérvese la diferencia y piensen si no es para meterlos a todos en la cárcel. Foto de José Luis Moreno


En una chopera junto a Jaca, 6 de septiembre de 2019


Pirineos. En la Senda Camille. Col de Anchar de Alano – Col de Lenito de Abajo - Refugio Gabardito.

Estaba bajando del Col de Anchar de Alano por medio de un bosquecillo de bojes cuando me acordé de cierto acto vandálico que la administración del Parque de la Pedriza cometió años atrás al destruir un cobijo que los homre y la naturaleza y la pátina del tiempo habían convertido en uno de los rincones más encantadores de nuestra querida Pedriza. De hecho era uno de los rincones más encantadores del Guadarrama. En primavera y principio del verano manaba junto a él un manantial que daba un agradable frescor a un prado cercano en donde alguien había plantado un almendro. La destrucción de aquel rincón es un hecho que cuando lo recuerdo hace subir a mi cabeza la indignación de mi sangre. No me hubiera estrañado que algún amante de ese rincón encantador, resentido por el vandidaje y usando de la vieja ley del Talión del ojo por ojo por ojo y diente por diente, hubiera hecho con la casa del administrador responsable del vandalismo lo que éste hizo con aquel hermoso cobijo de la Pedriza. Esas cosas que hacen que haya una parte de este mundo que no me gusta. Empecé a darle vueltas al asunto y me salían chorreras de párrafos poniendo a parir al administrador del parque que había utilizado a los forestales como en Fahrenheit 451 se utiliza a los bomberos para destruir todos los libros de un país. A veces uno se hace optimista y piensa que el mundo tiene arreglo y entonces pone su inteligencia en funcionamiento y elabora argumentos y posibilidades que puedan cambiarlo. Pero es un esfuerzo inútil, en el mundo hay tanto imbécil y tanto payaso que es imposible cambiar casi nada. Este “pero” último vino al caso cuando yendo a abandonar el aparcamiento del refugio Gabardito me encontré con un letrero en donde estaba escrito lo que un guardia civil nos dijo hace años mientras Victoria y yo nos preparábamos para dormir en la furgoneta, y que yo no acababa de creer, que en Aragón está prohibido no sólo acampar sino también dormir en un vehículo. Es decir, que leyendo aquello, fue cuando definitivamente caí en lo de que este mundo no tiene solución. ¿Contra quiénes pretende ensañarse ese llamado Gobierno de Aragón, gilipollas de solemnidad que jamás llegarán a entender qué es eso del respeto a las personas? Con gente así, con gente como el administrador del Parque Regional de la Pedriza cómo pensar que este país tiene solución. Total, que algunas notas que tomé para trabajar este post van a la basura. En este país hay más imbéciles de los que mi tolerancia puede digerir. Ya dejé de leer los periódicos en el mes de junio con aquello de la tomadura de pelo de la Investidura, así que la cosa no me pilla de nuevas, sólo me queda guardar todas las prohibiciones estúpidas que me encuentre por ahí para utilizarlas de toilet paper. (Repasando este texto al día de siguiente, poco después de que leyera en el FB de Julio Gosan el tratamiento que está dando la prensa al asunto de Blanca, se comprenderá las pocas esperanzas que hay de que este mundo cambie un poco a mejor.)


Ahora, sentado ya a la sombra de una chopera en las cercanías de Jaca, lamento el tiempo que dediqué esta mañana mientras atravesaba un bello hayedo camino del collado Lenito de Abajo, a darle vueltas y más vueltas a este asunto de los administradores de parques convertidos en vándalos. Lo lamento de veras porque la mañana era bonita, fría y ventosa, pero como una de esas mañanas de invierno en que tan agradable es pasear por el Retiro. Podía haberme entretenido en pensar, por ejemplo, en alguna chica bonita con la que me había cruzado el día anterior bajando del collado de Linza, o en un poema que me hubiera gustado escribir titulado Mi credo, unos versos exaltados de ganas de vivir que podrían haber sido, a la manera de Walt Whitman, llenos de esa vitalidad y entusiasmo que el poeta norteamericano vertió en todo lo que escribió. Pero es el caso que la fuente de los versos se me secó al poco tiempo de romper el idilio que tenía con una antigua amante. Entonces los versos me salían solos, mi alma y mi cuerpo estaban tan llenos de las bondades y los horrores del amor que todos los días llenaba un par de páginas de versos. Versos muy buenos, os lo aseguro :-). Si queréis comprobarlo no tenéis más que comprar el libro y leerlo. Dejo aquí la referencia por si cae algún crédulo en la red de su lectura (“aquí”). La verdad es que añoro escribir versos. Si yo tuviera que pedir algo a Dios, además de aquello de sólo le pido a Dios / que la vida sea no me sea indiferente, le pediría que echara alguna pócima en mis venas para que los versos me salieran corriditos y amorosos como le salen a Miguel Ángel Sánchez Gárate, que hace poco, además, se acordaba con tanto cariño de Marcel Remy, escalador a los 96 años, en uno de sus numerosos y excelentes poemas. 



Quizás si lograra escribir esos versos al modo de Whitman ya no me volvería a entrar la mala leche que me entra cuando me encuentro con legisladores y administradores idiotas. Es el caso que como uno ya va cumpliendo muchos años, poco a poco va haciendo una selección de las cosas esenciales de la vida, y a la vez que selecciona esas esencias va descubriendo a su alrededor que el grado de la estupidez humana es tan grande, eche el que no lo crea una simple ojeada a los periódicos en general o en particular lo que éstos hace con sucesos como el de Blanca, que mejor alejarse unos cientos de metros del cotarro, como decía mi amigo Paco hace tiempo, y ver la realidad desde una respetable distancia.


El bosque, grandes hayas, se encuentra salpicado de acebos, bojes y algún que otro pino que se va imponiendo cuando las hayas desaparecen. En el collado de Lenito de Abajo el viento vuelve a soplar con mucha fuerza. Aquí, la carlina acaulis, que hasta ahora había adornado aisladamente algún que otro prado, ha hecho del lugar su hábitat y todo el prado se encuentra cuajado de sus grandes y bellas flores. Por cierto, que me comenta José Luís Moreno en una entrada anterior, que esta flor, que en vasco recibe el nombre de eguzkilore, según la mitología vasca, al que contempla y respeta está flor se le deparan muchos años de felicidad. Que así sea.






Después de descender hasta el fondo del valle todavía me quedaba ascender hasta el refugio Gabardito, donde tenía el coche. No me hacía mucha gracia esta subida al final de esta larga trotada, pero no se me dio mal. 









Un viento del carajo



Col de Anchar de Alano, 5 de septiembre de 2019 

Pirineos. En la Senda Camille, más o menos. Collado de Linza – Refugio Linza – Zuriza - Col de Anchar de Alano. 


Mi afición a colocar la tienda en lugares prominentes donde pueda ver atardecer y amanecer, esos balcones privilegiados donde uno puede sorber poquito a poquito los instantes más bellos del día, esta noche terminó por pasarme factura. Al viento, que a media tarde era discreto sin llegar siquiera a ser molesto, pasada la hora de la cena le dio un arranque de energía tal que ya empecé a lamentar mi ocurrencia de colocar mi hogar en ese collado tan mono y que durante la noche convirtió el lugar en un infierno. Ya me había costado trabajo proteger la llama del infiernillo cuando me hice la cena. Después de que el desfile de borregos pasara de largo el viento comenzó a soplar y a soplar. Mi reacción, como hacen los políticos ante problemas graves que se les presentan de repente, fue desentenderme de él, me arrebujé en el saco de dormir y confié en que las piquetas y el techo de la tienda resistieran. A mí que no me cuenten, parecía decir mi ánimo. Me puse los tapones de cera para minimizar el estruendo que metía el viento agitando mi tienda como yo agitaba mi hucha de barro de niño intentando sacar perras gordas y duros por la estrecha ranura en que mis pagas se habían convertido en puro e inútil ahorro. Al embate del viento la tienda empezó a inclinarse peligrosamente descuajeringándose y estirándose a sotavento como si fuera un chicle bazoca. Pero ni caso, me volví yo también a sotavento, afirmé el tapón sobre mi oído y afiancé el único oído con el que oigo sobre la almohada del pluma. 

No tardé en dormirme pese a la escandalera del rugir del viento. Pero ah, la cosa no terminaba ahí, que debido a la espesísima niebla que había invadido el lugar la humedad del interior empezó a posarse en forma de gotas de agua sobre ambas capas de la tienda, gotas que al embate del viento o saltaban sobre el interior o escurrían por la tela mojando todo lo que tocaba ésta y haciendo poco a poco un pequeño charco bajo mi colchón de aire. A las dos de la mañana empecé a alarmarme un tanto cuando el espacio interior quedó reducido a casi nada en el momento en que la ráfaga era potente porque toda la tienda de la parte que soplaba el viento se me echaba físicamente encima. Llegué a pensar que alguna piqueta habría saltado. El viento, constante y arrafagado, inclinaba mi tienda más de un ángulo de cuarenta y  cinco grados, aplastándome en su embiste. Los tiros no tienen tensores, así que de aflojarse nada. Nunca la había visto contorsionarse hasta ese punto. El pasado verano, en los Alpes, una noche que la había puesto en un altozano y se presentó la tormenta, pasé un par de horas empujándola con ambas manos por un lateral para contrarrestar la fuerza del viento y el agua torrencial que la tumbaba, aquello lo sentí como una situación de verdadera y seria emergencia. Después que pasó la tormenta pude dormir el resto de la noche tranquilo. Hoy no, hoy lo que yo quería era dormir, estaba convencido, después de aquella experiencia  que acabo de mencionar, de que la tienda resistiría, sólo que en esta ocasión estaba empezando a mojárseme todo, y para más inri, sin que estuviera lloviendo. Si la cosa se hubiera presentado lloviendo no sé cómo habría salido de esta aventura. 

No paró en toda la noche el viento. Se hizo de día y no conseguí convencerme de que debía levantarme hasta muy tarde. Era imposible poner en marcha el infiernillo en aquellas circunstancias. Yo había pensado que tenía la tienda ideal, pero después de esta noche el idilio que tenía con ella se fue al carajo. Tendré que seguir buscando. Se admiten sugerencias de tiendas superligeras resistentes a la condensación, al viento huracanado y a las lluvias torrenciales de las tormentas. Ah, también que tenga vistas por el lateral desde donde pueda ver las estrellas y la posibilidad de prepararme la comida con el infiernillo sin problemas; y más, que pueda estar sentado… ¿Existirá de verdad tal tienda? 



Cuando ya entrada la mañana había alcanzado el refugio Linza y hacía los pocos kilómetros de asfalto a Zuriza, me entretuve recreando la situación de los hombres primitivos metidos en un rincón de su cueva mientras el frío y el viento barrían el mundo exterior. Mi experiencia de la noche anterior me situaban en su escenario con facilidad. Me parecía de cajón que la lucha para enfrentarse al frío y la lluvia debía haber desencadenado a lo largo de los tiempos una importante secuencia de esfuerzos destinados a mitigar el impacto de los elementos y a crear una situación de relativo confort. Se me ocurría que el ponerse en una situación similar a la que se vivía en aquellos tiempos hacía posible además establecer una relación de proximidad y empatía con nuestros ancestros que podía ayudarnos a comprender muchas cosas. Entre ellas el desamparo que debían de sentir y que de alguna manera les tuvo que llevar a la necesidad de crear un dios en quien depositar la esperanza de un amparo, una protección. Ni más ni menos miles de años después lo que lleva a los humanos a buscar el amparo de una religión. 

Me estaba acercando a Zuriza. Aquí mis pensamientos tomaron una bifurcación. Consideré que en general una cosa es pensar en asuntos en abstracto a palo seco, aunque sean de realidades tangibles, y otra muy distinta hacerlo desde una experiencia cercana, o un intento de asumir la situación del otro. Sentir en tu propia piel los problemas ajenos además de ayudarnos a comprenderlos mejor refuerza nuestro acercamiento y sentimiento de solidaridad, algo que, animales como los bonobos son capaces de desarrollar y que, paradójicamente, en nuestra tan adelantada sociedad empieza a flaquear de la mano de la derecha más extrema. La miseria humana que vive la extrema derecha en Europa deriva de alguna manera de su incapacidad de ponerse en el lugar del otro.

Si vivir una experiencia como la que he pasado la noche anterior me ayuda a comprender desde dentro una parte de nuestra evolución como especie, ello me sugería también que las experiencias múltiples que pueda vivir una persona, sean éstas de dificultad y esfuerzo en la naturaleza, montaña o mar, sea viajando y conociendo múltiples culturas y condiciones humanas diferentes; que las experiencias múltiples, decía, pueden ser determinantes para comprender el mundo y a sus habitantes. A veces tengo la honda impresión de que el universo está lleno de paletos que aún teniendo muchos años todavía no han salido del cascarón. Paletos a veces con mucha “cultura” o mucho dinero que no sabiendo de hecho que se van a morir dentro de unos pocos años despilfarran su vida haciendo de sanguijuelas o perdiéndose en laberintos varios como los del poder o la insolidaridad. 



Realmente ha cambiado el tiempo. Hace frío. Subiendo al col de Ancha de Alano el viento vuelve a soplar con tanta fuerza que necesariamente empieza a preocuparme cómo voy a pasar la noche siguiente. En el refugio Linza había puesto mis cosas a secar y el equipo entero estaba listo otra vez, pero el viento volvía a ser tan fuerte que ya sólo pensaba en la posibilidad de encontrar un lugar protegido suficientemente. Más allá del col se extendían vastas praderías salpicadas por grandes bloques de roca rodeadas de picachos calcáreos. Probé el resguardo de alguno de estos bloques, pero el viento cambiaba constantemente de posición. Quizás alguna hondonada más adelante, me dije. Seguía el camino pero iba atento a inspeccionar los alrededores en busca de un lugar abrigado. Eran cerca de las tres de la tarde cuando, date, al sobrepasar una loma tuve una aparición mucho más sustanciosa que la de una Virgen, en mitad de un prado se erguía solitaria y como esperándome una caseta de madera. La pregunta siguiente fue, obviamente, ¿estará abierta? Y sí, estaba abierta, una caseta de los ganaderos con bloques de sal, pienso para un mastín y medicamentos veterinarios. El suelo estaba un poco guarrindongo de cagarrutas de ovejas, pero eso tuvo fácil solución enseguida. Con unas tablas me hice una cama y sobre ella coloqué el colchón de aire. Entraba un buen solazo por la puerta. Después de comer pude echarme una reparadora siesta al sol. Una maravilla. Hoy lo mismo hasta me da la tarde noche para ver una película. Estoy en el paraíso… aunque siga sin cobertura. 



Ayer mi chica me dijo que se me había olvidado decir en el post por qué ella era paciente. Bueno, es que como por todos los lados me encuentro caminantes que no pueden salir de sus casas más que unos pocos días porque si no la parienta pone el grito en el cielo, y tengo algún amigo al que su mujer ni siquiera le deja salir a pernoctar en el monte, en el refugio Arlet había unos cuantos, pues eso, que mi chica es paciente. Un asunto éste el de la libertad en la pareja para que cada uno pueda seguir sus inclinaciones sin que se arme un expolio cada vez que ella o él pretende hacer algo no necesariamente con su pareja, que me parece debería merecer la consideración de todos los casados, casadas o arrejuntados y arrejuntadas para no confundir el matrimonio o la vida en pareja con un contrato de exclusividad en donde ambos siempre tienen que ir de la mano a todos los sitios. La diversidad de aficiones, gustos y experiencias en la pareja no puede hacer otra cosa que enriquecer su propia relación. 









En La Mesa de los Tres Reyes

Las Agujas de Ansabere al amanecer desde las cabañas de Ansabere


Collado de Linza, 4 de septiembre de 2019 

Pirineos. En la Senda Camille, más o menos. Cabañas de Ansabere – Mesa de los Tres Reyes – Collado de Linza. 


Esta mañana era el gozo de sentir que las piernas me llevaban a mí y a mi supermacuto con una inusitada y tranquila fuerza. Había salido de las Cabañas de Ansabere un tanto mosca porque el pastor la tarde anterior había puesto pegas a que subiera por ahí, que era mejor por aquí y por allá, me dijo, cuando mi mapa me decía otras cosas. Una línea morada en el mapa que llevo es un T3, que no suele presentar dificultades especiales. El track me llevaba además directamente al col d'Esquestes, paso previo para alcanzar la cima de La Mesa de los Tres Reyes. El sendero, que atravesaba primero un pequeño bosque, subía después sin miramientos primero por prados en donde se perdía el camino, y después por una gran pedrera en donde no era difícil encontrar el rastro del sendero. Al final de la pedrera la cosa se complicó algo porque aumentó la pendiente y había que hacer pequeños escalones a base de patadas en la fina gravilla, pero no fue más de un centenar de metros. Fue cuando superé este trozo, cerca ya del col, que sentí por dentro el gusto de ese placer que corre por el cuerpo cuando notas que tus fuerzas están en consonancia con el propósito que has elegido para vivir esa parte de un día del mes de septiembre. Quizás llevaba subidos setecientos metros de desnivel, las cabañas quedaban remotamente lejos a mi pies y las bellas agujas de Ansabere las empezaba a ver por debajo de mí cuando fui consciente de que no había parado un solo segundo y que sentía mi cuerpo tan a gusto en ese movimiento de uuuuno, doooos, uuuuuno, dooooos, sin fatiga, haciendo sin más su trabajo como un metrónomo que no tuviera otro objeto que el de alzar una pierna, cargar todo el peso sobre ella, alzar la otra… me encanta esa sensación que se desprende del lento ritmo de mis piernas sobre una pendiente respetable. La satisfacción que surgía de la constatación de mi propia fuerza creo que no habría sido igual si hubiera ido acompañado. Ir solo hace que tus sentidos, que están pendientes de tus movimientos y sensaciones, sean mucho más dúctiles, estén más sensibilizados para recibir las sutiles variaciones que se producen en tu cuerpo, tus músculos o tu alma, si se quiere. Las sensaciones suben a la tu cabeza como el humo por el tiro de una chimenea, cálidas, agradecidas de que las alimentes con estos delicados placeres que se desprenden de tu cuerpo, del hecho de estar en un paraje agreste y encantador, de la calidez de una mañana de sol. 

Cuando empecé a sentir estas cosas, consideré también mi edad, la satisfacción que me proporciona el que pueda seguir subiendo montañas como ésta que ya había ascendido cuarenta años atrás con mi paciente chica (paciente, sí, a ver si más abajo me acuerdo de explicar ese adjetivo) con un esfuerzo similar al de hoy, ni más ni menos. Si cuarenta años después puedo volver a esta montaña, en esta ocasión con quince kilos más a la espalda, acaso todavía soy capaz de hacerlo en lo quince años siguientes… ese pensamiento esperanzador cruzó por mi cabeza alcanzando el col d’Esquestes. Ese pensamiento y también  el recuerdo de Carlos Soria. Me preguntaba que si yo a los setenta y un años era capaz de sacarle tanto placer y satisfacción a una misérrima ascensión pirenaica, cómo habría de ser la satisfacción de Carlos a los ochenta años subiendo un ocho mil. Todavía recuerdo un vídeo suyo que vi en una ocasión hablando, casi gritando, a su madre, con la emoción temblándole en la garganta, en la cumbre de uno de sus numerosos ochomiles: “¡mamá, estoy aquí, en la cumbre del Manaslú” (creo que esa era la cumbre). ¡Qué hombre tan grande! ¡Qué hermoso ejemplo para todos los que nos vamos haciendo mayores!: una lección de vida sin igual. 

A Carlos, que sé que lee este blog en alguna ocasión, le estoy muy agradecido por el empuje que supone para mí y otros en parecidas circunstancias, ese arrojo, ese seguir poniéndose las montañas por montera minimizando estos dichosos años que se nos van echando encima irremediablemente. A veces sueño con seguir caminando a su edad los senderos y las montañas que recorro ahora.



Es casi final de tarde y escribo metido en el saco en mi tienda, que instalé en las cercanías del collado de Linza a una hora del refugio. Hacía sol, pero ahora la niebla lo vuelve a cubrir todo. Hace un viento respetable que agita la tienda doblándola como un velero en mitad de una tormenta. No se ve ni pijo y me parecía estar en medio de la nada, pero… de repente tengo visita. Empezaron a sonar los cencerros y esto se convirtió en un interminable desfile de ovejas. Cientos, muchos cientos y además éstas no necesitan gps ni mapas, van todas derechitas como si se dirigieran al bar más próximo a tomarse una cerveza en un día de sofocante calor. Las últimas corren que pierden el culo ante el miedo de quedarse solitas en medio de esta nube. Parece como si fueran a comprar el último modelo de iphone a punto de salir al mercado. Con una pequeña rendija de la tienda abierta espero  inútilmente al pastor. Subiendo hacia el collado había encontrado a una oveja con una cría que debía de tener días. No viendo absolutamente a  nadie, ni pastor ni otras ovejas, supuse que estaba perdida y me había propuesto avisar en el refugio. Vano empeño el mío. La madre, ante la imposibilidad de que su pequeño recién nacido hiciera el camino de ramoneo diario del rebaño, había optado, lista ella, por no abandonar a su bebé. 



Estaba subiendo a La Mesa de los Tres Reyes… El último tramo lo hice con dos franceses que habían subido por otra vertiente desde Lascun. Era un buen punto de observación sobre las montañas de los alrededores, especialmente el Anie, ahí, al alcance de la mano. Enseguida llegó una pareja de enamorados, al menos ella sí estaba enamorada; se le notaba en los ojos, así, como los personajes del Greco mirando desde su baja estatura a su chico como si éste fuera la aparición de la virgen de Lourdes a la pastorcilla de turno. 

Me acordé de los amigos catalanes con los que había pegado la hebra en el refugio de Arlet y que hoy llegarían al de Linza. Habría sido agradable pasar una tarde de charla frente a un par de cervezas. No se encuentra a gente interesante todos los días… pero me atraía una tarde solitaria en mi tienda. El único problema era el agua. Encendí el teléfono y me puse a rastrear el mapa a la búsqueda de una fuente. Y la encontré, estaba en una desviación del camino del refugio, fuente de la Solana, ese era su nombre. Pero cuando llegué allí, decepción, la fuente se había secado y el abrevadero próximo yacía vacío como una casa abandonada desde siglos atrás. Fue por ahí que me encontré a la mamá oveja y su bebé. La mamá estaba tan preocupada por su pequeño que se dejó fotografiar sin dar la acostumbrada espantada. Iba a seguir mi camino sin más cuando pensé, yo qué sé, que acaso podía mirar más arriba. Salí del camino y me interné por un vallecillo arriba donde aparecían pequeñas manchas de un verde más oscuro. Todo estaba muy seco, pero seguí subiendo y subiendo hasta que los angelitos del cielo premiaron mi constancia. En una pequeña oquedad encontré una tubería de polietileno de la que manaba un pequeño hilo de agua: ¡eureka! Tardé un cuarto de hora en llenar mis cantimploras. Lo siguiente fue encontrar un lugar para mi tienda en un collado próximo al de Linza.





Ah, por cierto, la idea de subir a la Mesa de los Tres Reyes se la debo a Ramón Portilla que recientemente posteó en fb su ascensión como uno de sus últimos "techos" del país que le quedan por subir. Gracias, Ramón, por esa idea que atrapé en tu fb y que me sugirió desviarme de la Senda Camille por el Ibón de Acherito y cabañas de Ansabere para alcanzar La Mesa.