Blow up. Volviendo a casa





Toro-Madrid, 7 de abril de 2019

Camino de Santiago de Levante. Etapa Castronuño-Toro.


Nubes triponas de un delicado color perla con tintes de grises azulados, el campo tranquilo, probablemente sorprendido por este frío repentino, unos pinos de esos de cabezota grande de ordenados cabellos como salidos de hacerse la permanente, en fin el run run del autobús que enfila la autovía hacia la capital.

No pensé que me viniera al ánimo escribir, que acaso visto desde aquí aparece como una desmedida tarea en la que me empeño desde hace un mes que salí de Valencia, pero, siguiendo con la afición de Sancho, aunque hoy mismo haya terminado con El Quijote, nunca digas de esta agua no beberé, o bien que la prolijidad suele engendrar fastidio, que la culpa del asno no se le ha de echar a la albarda, que si me vienen ganas de escribir no ha echársele la culpa a los aires del camino, bien que quizás tuviera razón don Quijote con aquello de enfrenta la lengua; considera y rumia las palabras antes de que salgan de la boca.





 Hoy ni siquiera eran las seis de la mañana todavía. Las aguas del río Duero por debajo de Castronuño estaban tranquilas y parecían no moverse en esa quietud que daba la noche a la todas las cosas. Las previsiones eran de tiempo nublado y lluvia pero el firmamento era un nítido salpicado de estrellas. Casiopea, como un barquito de papel, bogaba por encima del río bajo la vigilancia, a la izquierda, de la Osa Mayor. Era muy profunda la oscuridad.

Había terminado la noche anterior Blow up, de Antonioni y estaba intrigado por lo mucho que estamos condicionados por el principio de causalidad, ese intento por descubrir en una película o en una novela siempre los porqués o el hilo que nos lleva de la causa al efecto me parecía, siguiendo esta película, una actitud que me distraía de la belleza plástica que se derramaba a lo largo y ancho de todo el film. ¿Por qué, me decía, han de tener la poesía y la música el monopolio de la inconcrecion causal que les son propias? Superado este bache queda lisa y llanamente ahí la fiesta que organizan unos cómicos, el paseo por un estudio fotográfico, el capricho de comprar un hélice en un anticuario, todo con el lujo estético de quien dedica la parte más sabrosa del pastel de la creatividad a componer una escena, a mezclar unos colores, a buscar una insólita perspectiva que acaso no contribuye al desarrollo del argumento sino que es buscada por si misma a fin de suscitar un placer estético basado en el orden de los elementos expuestos o en la conexión de unos colores con otros. Imposible no recordar viendo estas cosas el papel que juega el color rojo en El desierto rojo, del mismo director. Que por añadidura se introduzca el débil argumento de un asesinato, que el fotógrafo capta casualmente, ayuda a dar a la película una razón de ser de la que se podría prescindir pero que contribuye a conservar en la película en su totalidad la sensación de una obra compacta donde en definitiva dejar algunos cabos atados no está reñido con la fiesta que el pintor fotógrafo ha concentrado en el espacio una hora y media de oscuridad para dar gusto a un espectador al que se invita a desplazar su interés desde la tensión de un argumento, a la contemplación pictórica que tantas secuencias van mostrando, incluido el alborozo de los comediantes y el gracioso final de un mimo que se desarrolla en un campo de tenis. 




El director nos había llevado durante media hora a la intrincada investigación de un crimen, pero, fiel al leitmotiv del juego que quiere romper con la causalidad, termina haciendo justicia a la estética en unas secuencias mudas que bordan el relato. No es necesario dramatizar sobre un asesinato, basta un pequeño intermedio, una muda partida de tenis, y ya hemos vuelto a recuperar la gracia del sentido lúdico de nuestros actos y la estética de lo que llena la pantalla.



Ahora, hasta Arévalo, el autobús no hace otra cosas que deshacer el camino que he recorrido días atrás, Castronuño, Navas del Rey, Medina del Campo… El llano llano, los amarillos campos de colza, los pinares salpicando aquí y allá el campo.





Y, cuando por levante empieza a insinuarse el amanecer, vuelvo a conversar con Javier Sádaba que intenta deslindar la funcionalidad del cerebro de la responsabilidad que no está en él sino en nosotros. Y yo, oyendo esto enseguida me digo: mi cerebro obviamente no soy yo, él es sólo mi herramienta de vida esencial (y ello discrepando con Woody Allen, que mantenía que el cerebro es la segunda parte más importante de nuestro cuerpo ;-)), pero no siendo mi cerebro yo, ¿quién soy yo, dónde está realmente la esencia de mi yo? Sí, ese tipo de perogrulladas que ni lo más listos sabrían contestar. Y cuenta Sádaba cómo un día en que Shopenhauer paseaba por unos jardines privados, le saliera al encuentro el jardinero que, parándose frente a él le preguntó?: ¿quién es usted? A lo que Shopenhauer respondió: ah, eso mismo quisiera saber yo.

Antes del mediodía ya estaba a las orillas del Duero bajo sus rojas cárcavas dando cuenta de mi acostumbrado tentempié. Me quedaban catorce kilómetros para Villalazán y su albergue. Llamé por teléfono al único bar de la localidad para asegurarme la comida y la cena. Desde allí sólo tendría una veintena de kilómetros a Zamora que me permitiría estar en Madrid al día siguiente por la tarde. El programa estaba completo. El Duero era aquí ancho como un gran río, sus aguas se desbordaba bajo los arcos de medio punto del puente romano. La Colegiata de Santa María la Mayor y el Alcázar destacaban señoriales arriba como sobre la proa de un gran barco que se asomara al llano circundante.


Había dejado atrás hacia un buen rato Toro, cuando me entró un whatsapp de casa. Un asunto me reclamaba allí. Estando a una jornada de Zamora tampoco me molestó mucho la cosa. Hablé brevemente con Victoria, me senté en un pretil junto al camino e indagué los medios de volver a casa. Tres horas más tarde estaba sentado en el autobús camino de Madrid. Veintiocho días de peregrinación es suficiente como para volver a coger con gusto las rutinas de casa.

El autobús se acerca a Guadarrama. Una espesa capa de nubes cubre la sierra. Entre ellas aparece el manto de la nieve reciente.


 
























El peregrino sugiere a Javier Sádaba que redefina lo que es una vida buena



  
Castronuño, 6 de abril de 2019

Camino de Santiago de Levante. Etapa Navas del Rey – Castronuño.


“Apenas la blanca aurora había dado lugar a que el luciente Febo con el ardor de sus calientes rayos las líquidas perlas de sus cabellos de oro enjugase”, cuando don Quijote, tal el caminante pero con cielo nublado, sacudiendo la pereza de sus miembros, se puso en pie, dio cuenta del desayuno que le tuviera preparada la ventera doña Covadonga y salióse de inmediato de la venta enderezando su rocín hacia las afueras del pueblo donde la última farola de la comunidad dejaba tras el fulgor de sus rayos una espesa oscuridad que no fuera posible atravesar sin la concurrencia de una linterna. No demoró la aurora de rosados dedos en vestir la espesa oscuridad de la noche con las pinceladas de un turbio amanecer que, amenazando lluvia, no se atrevería en definitiva a insinuarse sobre los campos entre Navas del Rey y Castronuño más que en una muy ligera llovizna que ni siquiera hizo necesario el uso de la capa de agua. El lector atento entenderá que mientras el caminante se halle en el empeño de leer las aventuras del muy valeroso don Quijote va a ser difícil que la prosa de aquel no se contagie con más o menos recato de aquella otra del autor de Lepanto.


No parece que el cansancio sea un sujeto coherente, porque aunque no haya dormido lo suficiente pareciera que esta mañana estreno mis piernas que, ligeras como las de Aquiles, se mueven en la oscuridad del sendero con la insospechada desenvoltura en que lo hicieren el primer día de mi aventura andariega. Y no sólo eso, que también se sentía mi ánimo, entre las medias luces del amanecer, de parecida manera, que incluso hubo un momento en que un hilo de delgada felicidad vino a visitarme en este escenario cargado de nubes, una línea clara los cultivos en el horizonte, la silueta de algunos almendros susurrando canciones, los espectros a los que la noche iba dando corporeidad silbando en mis ojos con las gracias de sus sugerencias.


Leía por el camino a Javier Sádaba pero no terminaba de entender que el buen hacer de este filósofo no se extendiera a asuntos fundamentales relacionados con eso que él llama la buena vida. Y es que rondaban por mi cabeza algunas ideas que otro filósofo, este francés, Edgar Morin, desarrollara de la mano de Hegel en un libro titulado El hombre y la muerte, vieja lectura que apenas recuerdo pero que me dejó una impronta lo suficientemente sugestiva como para que me viniera alguna de sus ideas a las mientes en medio de un viento huracanado y helado que recorre estas tierras cercanas al machadiano río Duero que allá por Soria describe su curva de ballesta y aquí endereza mansamente hacia tierras unamonianas. En fin, tuve que pedir ayuda a mi chica, la hortelana, para que hurgara en mis libros y me mandara algunos subrayados que lejanamente recordara.


La idea central que rondaba mi cabeza venía sintetizada por aquella afirmación de Séneca de “vivir es luchar” o “vivir es militar” que, llevada a efecto en la vida cotidiana implicaría un modo de vivir que, hasta lo que llevo leído del libro de Sádaba, casi en los últimos capítulos, está ausente. Esa fuerza de la voluntad que echa por los aires la pereza, que se enfrenta al frío y a las dificultades, al cansancio, se me antoja un elemento tan esencial en esa buena vida que, paréceme, amigo Sancho, que sin ello fuera imposible una vida de calidad; que luchar, aunque contra molinos de viento fuere, sin parar mientes en esa tan buscada seguridad, ese pervertido dios de la “previsora” sociedad de nuestros días, no hay quien pueda bañarse en las procelosas aguas :) de una tan esperada felicidad.

Y no sólo eso, que proveniente el peregrino del mundo de la escalada, allá por su juventud, afinaría más, sabiendo todo lo que le han reportado los peligros de la escalada, recogiendo alguna de esas ideas de Morin y Hegel de que hablaba más arriba. Esto, por ejemplo: “En cierto modo, sin riesgo de muerte la conciencia individual no puede adquirir el temple que le es propio, es decir, afirmarse. Puede decirse que, dado los peligros de muerte que implica toda vida que merece ser vivida, aquel que trate de evitar al máximo el riesgo de muerte para conservarse vivo el mayor tiempo posible, no conocerá nunca la vida; el miedo o la mediocridad impiden vivir”. Y más: “Vivir es asumir el riesgo a morir”. Y en palabras de Hegel: “Basta sólo el riesgo para realizar al ser humano… El ser que ha arriesgado su vida y escapa a la muerte, puede vivir humanamente. Experimentando el riesgo de muerte la humanidad se experimenta y se prueba probándose su libertad”. Y basta, que esto es un humilde diario de los caminos, no más.


El día está frío y ventoso pero bello a rabiar. El amarillo brillante de la colza, las manchas de luz que atraviesan las nubes pintando el campo de claridad dando escorzo al lienzo de la mañana, el tapiz terroso de las tierras labrantías, don Antonio, sí, el venturoso color ceniciento de las nubes. Dios, qué bello es este mundo.


En Castronuño me atiende Isabel tan amablemente y servicial que me siento como don Quijote recién llegado a la fonda – castillo en que fuera armado caballero:

Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido
como fuera don Quijote
cuando de su aldea vino:
doncellas curaban de él;
princesas, del su rocino.

El vino de Toro, espeso y oloroso —ah, qué diría nuestro sumiller de Hoyos del Espino— sigue mandando en la zona, hoy despachado con un cocido en toda regla que recuerda, junto a la sopa, lo mejor de nuestra cocina madrileña. Una pena que el Quijote, que tanto se me pega estos días en la escritura, no sea prolijo en las viandas que le salen al paso camino de Barcelona, que pareciera que Sancho y su amo fueran de paladar rústico acostumbrados a las intemperancias que el desfacer entuertos les trae, austera vida para la que no necesitan de la concurrencia de un gourmet.

Desde que he entrado en tierras de Zamora el tintorro del lugar me pierde; que después de comer desvarío y duramente acierto a encontrar el camino del albergue :). El tocinito estrujado entre dos trozos de pan, como acostumbraba hacer mi padre, el choricito, la vértebra con sus rincones llenos de sabrosa carne, las costillas, en fin los redondos y lustrosos garbanzos… ¡Qué rico!


Acomodándome pues, y tras la comida, no como Sancho en los troncos de los árboles, pero sí como él, dejándome entrar de rondón por las puertas del sueño, termina por despertarme alguien que abre la puerta del albergue. Ahí está, sí, mi amiga Fran que no Frenk como la nombré días atrás, entrañable y como si nos conociéramos de toda la vida. Hoy tendríamos animada conversación para media tarde. Fran de vez en cuando corrige ahora mi inglés; se ha convertido en mi profesora y amiga. Una pena porque mi caminata está a punto de terminar. Le digo en broma que si hubiéramos comenzado el caminos juntos lo mismo mi inglés habría salido del atasco en que está y se hubiera hecho más fluido. Me encanta esta mujer, que por demás es madre de ocho hijos, el Señor nos coja confesaos; su sencillez, su fuerza, las elegantes maneras de su habla.

Recorrido del Camino de Santiago de Levante


 

 







Piropos



 Navas del rey, 5 de abril de 2019

Camino de Santiago de Levante. Etapa San Esteban de Palacios – Navas del Rey.

Pardiez, que cansado estoy hasta el fondo de mis huesos. Pudiera ser que este tinto que se sirve en las posadas próximas a Toro, espeso pero que entra en el cuerpo asaz bien, tuviera parte en ello, porque echéme la siesta algo aturdido y ahora no tengo fuerzas para levantarme, que me pesa el cuerpo como si estuviera hecho de fanegas y fanegas de senderos infinitos, estando en condiciones no más que de seguir durmiendo hasta el final de los tiempos. Mas ¡ea!, despierta, le digo a mi cuerpo que como ceporro abotargado parece haber perdido la inteligencia y el control de sí. Despierta, y a ver de qué coño hablas esta tarde, que ya te vi yo tomar un par de notas esta madrugada…

Ufff…me duele hasta el alma. Veamos por donde comenzó la historia de este día, que tras la siesta parece más largo que un día sin pan, que si hiciera caso a don Quijote con aquello de come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago, acaso mejor me fuere; sí, que comenzó con música de Puerto Rico con aquello de:

Y qué, y qué, azuquita pa el café,
que inspirado el Creador
cuando hizo a la mujer,
que a mí no me importa cuál
siempre que sea una mujer.
Y qué, y qué, azuquita pa el café…


Y ya tan pronto pensé que las feministas se equivocan con eso de hacer la guerra a los piropos, que lo digo recordando el salero de mi abuelo que desde el otro lado de su puesto de pipas era por entonces el más querido de las jovencitas que por la calle pasaban o venían a comprarle un cigarrillo, que a mí eso de que a las mujeres no les gusten los piropos me parece que es dicho con la boca pequeña, al menos en los tiempos de mi infancia en que oír un piropo y ver estirarse a una moza de gozo era como contemplar el nacimiento de una flor en el erial de lo cotidiano, más si la moza correspondía con el regalo de una sonrisa. Que de puro formalistas y serios vamos a convertir la vida en la oficina de un notario es algo más que probado. Un servidor jamás se hubiera atrevido a decir un piropo, que la timidez en mi caso me habría encarnado hasta las orejas, lo que no quita que envidiara el salero que tenía alguno de mis tíos y vecinos para ejercer con gracia y respeto tal menester, que  parecía fuera don de varón que, contemplando la belleza de una mujer, deja salir de su pecho, cual gorgorito de tenorio, el trino de su admiración. Que escrito está en la verdadera historia de don Quijote que las gracias y los donaires no asientan sobre espíritus torpes, y a quien Dios se la dé San Pedro se la bendiga y que mejor no menear el arroz aunque se pegue.

Yo no entiendo de estas cosas, pero dejando a un lado las groserías y la mala educación, que es cosa que como las malas hierbas conviene arrancar del huerto y, con más razón de los hábitos sociales, a mí es cosa que me admiró y que en las calles de La Habana, cuando yo lo viera, dibujara en mis labios una sonrisa de asentimiento.

Estaba con esto de los piropos cuando me acordé de una famosa fotografía (An american girl in Italyde los años cincuenta que la avisada fotógrafa Ruth Orkin urdió en un reportaje para ilustrar la dificultades que tenían las mujeres para viajar solas en aquella época. Urdir porque Orkin hizo pasear a su amiga por paisajes urbanos diferentes hasta conseguir esa pequeña obra de arte de más abajo. Un aspecto del piropo que la fotógrafa logró destacar y que habla de una forma de ser, o mejor que formaba, la de los italianos en este caso, que a mí, que viví en Italia algún tiempo, me gustaba y me divertía. Probablemente esta girl americana, que por otra parte no hacía otra cosa que actuar de incógnito para la fotógrafa, no pensaría lo mismo. Un asunto abierto como se ve. Mis diferencias con lo que sé de numerosas feministas son muchas pero en este asunto me siguen gustando los aires de las calles de La Habana. Aunque estas estampas hayan desaparecido tiempo ha tanto de Italia como del resto de Europa el sabor que dejan es el de una beneplácita sonrisa mal que les pese a algunas feministas, respeto y sentido del humor por medio.


En fin, que por otra parte la lectura de los capítulos en que al fin Sancho es gobernador de la ínsula Barataria siguieron adelante después del amanecer, que fue turbio y lleno de presagios de lluvia. Esos y otros sucesos que acaecieron a su señor don Quijote en el castillo del conde me acompañaron hasta Medina del Campo y mucho más allá. Cruzando un pinar de orondos pinos, gordos como cerdos cebados para la próxima matanza, empezó a llover y hube de ponerme toda mi indumentaria de agua. Hacía frío y el viento vapuleaba mi rostro, pero no fue tanto que abandonara los engaños y bromas que entre la condesa y el conde urdían tanto a don Quijote como a Sancho dando regocijo así a su ocio. En Ávila cargué con El libro de la vida, de Teresa de Jesús y antes Meditaciones del Quijote, de Ortega y Gasset, con el ánimo de que mis lecturas estuvieran en conexión con los paisajes que atravieso y leo, pero visto está que, en teniendo el día veinticuatro horas, la cosa no me da para más, que anoche mismo empecé a ver Blow up, de Antonioni y no pude llegar ni a la mitad porque me caía de sueño. Sí, voy a tener que dejar algunas de mis lecturas, como tantas cosas, para otra reencarnación.


Y que en esto de terminar de caminar, hoy los treinta kilómetros, de comer, sestear y después escribir un buen rato y tomar un té con galletas de chocolate y más tarde hacer algún tipo de ejercicio y no hacer nada y terminar cenando y viendo una peli consista una de las gracias de esta vida de vagabundo, dice mucho de lo conveniente que tiene que seguir siendo caminar todos los senderos que a uno se le pongan por delante. Montañas que me dais la vida, titulé un libro anterior mío; igualmente podría decir caminos que me dais la vida, libros que me la enriquecéis, noches de andar que me la adornáis, emociones que me acompañáis, sensaciones y fatigas que me visitáis. 


Nota: antes de subir esto a mi blog quiero dejar aquí unas líneas de agradecimiento a la persona que confeccionó esa nota. Lo siguiente:


Esto me encontré clavado en el tronco de un árbol. Gracias les sean dadas a don Angel Arias Sánchez, septuagenario encomiable, que como aquel anciano que quería quitar con pico y pala una montaña que estorbaba la llegada del sol a su pueblo, merece todo nuestro agradecimiento por esta lección de civismo y buena voluntad.








La flecha amarilla señala la dirección de Santiago de Compostela ;-)






La España cainita



“Detrás de la cruz está el diablo”. (Cervantes. El Quijote)

 San Vicente del Palacio, 4 de abril de 2019

Camino de Levante. Etapa Arévalo-San Esteban del Palacio.


Arévalo duerme el sueño de los justos cuando atravieso sus calles para alcanzar el puente sobre el río Arevalillo, que un poco más arriba se unirá al Adaja, a los pies del castillo. Pero hoy, que me levanté más tarde debido a la peli de turno, Surcos, era su título, un film imprescindible después de leer La España vacía, de Sergio del Molino, la luz se echa al mundo antes de lo acostumbrado y, cuando me vuelvo para contemplar la ciudad al otro lado del río, ya las siluetas del castillo y alguna iglesia lucen contra la luz del amanecer.


Andando la hora no tardaré en encontrarme con lo que será el principal motivo de mi post de hoy. En el fuste de una farola del alumbrado público alguien había pegado el retrato de un genocida sobre una bandera de España. Sobre ello, en letra de imprenta, habían escrito: “El Valle no se toca”.


Y el caminante que lee esto continúa su sendero circunspecto pensando en qué les habrán dado de mamar a esta nueva generación de añorantes, que hasta con el cuerpo del asesino convertido en harina, desean perpetuar la memoria cainita, esa España que alimentó interesadamente desde siempre la peor bazofia de la Iglesia Católica. La Iglesia que bendice los cañones de los nazis, la Iglesia de los oropeles, los mármoles, las lujosísimas estancias del Vaticano, se replica en España y sirve al dictador de báculo en que apoyar su ideología y el exterminio de toda oposición. Lo decía esta mañana un personaje de El Quijote: “Detrás de la cruz está el diablo” (paradoja donde las haya, amigo Sancho). Y así, la España residual, que anidaba como las víboras en  los sillares de la estructura del Estado atenta a sus intereses económicos y a servir desde el papanatismo de los meapilas a la causa de los poderes dominantes desde siempre, resucita voxiferando desde las cavernas y nos pide algo así como la resurrección de Lázaro para el Dictador.

En las cercanías de Palacios de Goda recupero viejos olores de un lejano viaje a pie por tierras de Somiedo, un día de otoño que amanecí en una pequeña tienda de campaña bajo Peña Ubiña en las cercanías de San Emiliano. No sé por qué, pero todo lo que sucedió aquella mañana quedó grabado en mi recuerdo como cosa de una infancia feliz, el humo del carbón de alguna cocina, que allí llamaban la económica, el olor de la bosta que ocupaba, mezclada con el barro, las rodadas de los carros y las huellas de las vacas en el paisaje entero de la calle. Le comentaba el otro día a Paco de mi poca capacidad para retener los distintos olores de los vinos, capacidad sin embargo que sí desarrollé para memorizar olores de la infancia o mi tránsito por algunos específicos paisajes en que me sorprendió el perfume de un limonar cercano, un campo de tomillo o romero o ya más lejano, por ejemplo, un olor que me salió al paso paseando por el zoco de Fez, en Marruecos, que era el de la pelliza de cuero de mi abuelo embebida del humo de tabaco de su pipa que colgaba de sus labios a todas horas y que ahora surgía mezclado con el humo del tabaco de un narguile.

Mi abuelo Arsenio con su inseparable pipa

Por entonces me entretenía dibujando, era un jovencito sin prisas que allá donde un olor llamaba mi atención, un paisaje me gustaba especialmente o una cháchara con algún vecino se cruzaba en mi camino, me detenía y exprimía el instante hasta consumir todo su jugo. En las calles de San Emiliano me entretuve un buen rato dibujando una balconada sobre la cual se erguía la vistosa cumbre de Peña Ubiña. Victoria me va a hacer el favor de hacer una copia de ese dibujo que después terminaría en casa al final del viaje.

Un viejo dibujo mío de las calles de San Emiliano. Al fondo Peña Ubiña

Es el día más frío desde que comencé a caminar a la orilla del Mediterráneo, algún grado bajo cero que el sol de la mañana no logra mover apenas. Camino toda la mañana con pluma y guantes. Temprano me he detenido a fotografiar un pinar que vestía el ámbar cálido del amanecer, después surgió el campo llano y el tapiz de la mies verde todavía a ras de suelo, el amarillo de la colza, aquí raquíticas y faltas de agua, la ceniza de algunos campos recién arados. El campo está clamando al cielo por largos días de lluvia que le devuelvan el esplendor que suele vestir en los principios de primavera. Todavía recuerdo mi paso por caminos del norte en esta época, esos lujuriosos campos donde las amapolas engalanadas como chicas de buen ver asomaban sobre los crecidos trigales y cebadas alegrando la vista al peregrino.


A una hora de San Esteban, todavía indeciso de si caminaré hasta Medina del Campo hoy, una docena de kilómetros aún, hago una parada a tomar algo y, cuando voy a levantar el campo un rato después, veo aproximarse la figura de mi amiga norteamericana que camina con brío. En seguida saco la cámara para fotografiar su llegada. Ríe. Al fondo queda la iglesia de la localidad de Ataquines. No quedaría muy allá la foto, pero vale. Hoy Frenk me parece diez años más joven que días atrás cuando me la encontré exhausta a la puerta del albergue de Gotarrendura. Mientras nos comemos unas mandarinas a la vera del camino le pregunto por esta su vocación de peregrina. Y me dice que nada tiene que ver con la religión, que la cosa sucedió en un viaje que hizo con su marido por el norte de España. Andaban una tarde paseando por las afueras de un pueblo de León y en un cambio de rasante vio repentinamente la silueta de unos peregrinos que se recortaba contra el sol del crepúsculo. Me cuenta que eso fue determinante. Nunca había oído hablar del Camino de Santiago, pero en aquellos días la oficina de turismo le proporcionó suficiente información como para que el siguiente año la primavera le pillara en Saint Jean Pierre de Port cargada con un macuto y la concha a sus espaldas dispuesta a recorrer a pie sola los 940 kilómetros que separan aquella población francesa de la plaza del Obradoiro. A Frenk se le ponen los ojos como platos recreando las largas jornadas por los cuatro Caminos que ha hecho.


Las siete de la tarde: hora de hacer mis ejercicios de mantenimiento. Veremos si después termino o no con estas líneas. Así que, extiendo en el suelo mi esterilla, abro la app correspondiente y… a sudar se ha dicho.

El albergue, situado en un complejo multiuso que incluye un polideportivo. Estoy en un pueblo de ciento sesenta habitantes… (no sé si habrá en él una sola persona que haga deporte, algo que me he encontrado varias veces en pueblos pequeños). Al fin decidí quedarme en (paréntesis, huele a chamusquina. Soy terco como una mula. En la habitación hay dos viejos calentadores eléctricos, donde es claro que no debe ponerse a secar ropa, pero lo consideré y como había notado cierto tufillo me fui a lavar las mallas y los calzoncillos prometiéndome mirar cada minuto para que no ocurriera ningún desastre, pero como ya se sabe, que lo decía Stefan Zweig en un librito sobre Nietzsche y Holderlin, que el que está creando algo está fuera de sí y por tanto no es consciente de lo que pasa a su alrededor, pues tuvo que ser mi olfato el que detectara casi la necesidad de llamar a los bomberos. ¡Mis calzoncillos estaban ardiendo! Pies para que os quiero, que diría mi antigua novia, la de los caballos. Apaga las llamas, abre las ventanas. Uffff, pobre Matías, el alguacil, que tan amablemente me ha tratado, si se entera. Los calzoncillos a la basura, pero como no puedo cargar con las mallas empapadas, que están en otro radiador menos salvaje, ahora he puesto en marcha el temporalizador del teléfono que me dice cada dos minutos que vaya a ver como andan mis mallas); al fin decidí quedarme en San Vicente del Palacio, decía más arriba. Me dieron el teléfono de Miguel, el alcalde, que estaba arando alguna tierra y no podía atenderme, pero éste logró localizar al alguacil y después de comer me vino a buscar en su coche para llevarme al albergue. No, ya digo, que si fuera mi gusto no volvía a parar en un pueblo grande. En lugares como estos eres una persona, un peregrino, en lugares grandes puede darse que, cuando tratas de usar un albergue, seas un estorbo para el burócrata de turno.