Réquiem por una tienda de campaña

  


Cercanías de Herzogstand, 18 de junio de 2018

Tutzinger Hütte - Cercanías de Herzogstand Hütte


Llovió toda la noche. Tuve desde el primer momento la sensación de que este estrecho rincón claustrofóbico de mi tienda distaba mucho del mínimo confort deseable para una larga travesía. Eso al principio, pero la cosa fue empeorando según la lluvia persistía horas tras horas. Las reducidas superficies de la ventilación eran insuficientes para evacuar la condensación que se producía. En consecuencia la humedad terminó por cubrir el interior con una capa de agua. De vez en cuando alguna gota me caía en el rostro y me despertaba. Me encontraba caliente en el saco pero la capa externa del mismo estaba mojada, también la ropa que había dejado alrededor del colchón. Desde que la compré quise convencerme de que podría vivir en ella una temporada, pero ha bastado una noche de lluvia para convencerme de que he hecho una mala compra y que debería haber asumido el peso de la tienda que usé el pasado año. La conclusión es que la tienda y su columna de agua de 10000 mm resisten bien el agua que les viene de fuera pero es incapaz de evacuar la condensación interior lo que la hace útil para una emergencia pero no para ser usada continuamente.

Hacia las nueve de la mañana la lluvia remitió y pude salir de la tienda para organizar mi equipaje. Teniendo el techo prácticamente tocándote las narices es casi imposible hacer ninguna de estas cosas dentro. Estoy enfadado con mi tienda, había esperado más de ella, me ha defraudado. A mí que siempre he dedicado largas loas a las anteriores, mi refugio, mi observatorio de las tormentas, el cálido acogimiento para el final de mi jornada, el lugar donde soñar y recoger el tierno fruto de las largas caminatas… Todo ello se ha convertido ahora en una incógnita, ahora temeré a la lluvia y a las tormentas hasta que no encuentre un habitáculo que me dé confianza. Y lo peor es que vaya usted a saber cuándo me voy a encontrar con un negocio que tenga una tienda que me sirva.

Una lástima porque de hecho cosas así le dejan a uno con el culo al aire ya que a la larga me hacen depender de los refugios… y mediatizan ese encanto de montar mis vivacs por un criterio que depende exclusivamente de la belleza del sitio o de la vista que se puede disfrutar desde él.


De todos modos el día, como todas las jornadas de lluvia,  estaba bonito. La niebla inundaba el bosque de misterio. El sendero descendía abruptamente y el agua, que había dejado todo empapado, hacía delicada la bajada. Días atrás “me había permitido el lujo” de dar unos trompicones en los que me podía haber roto la cabeza, pero que quedó en nada después de hacer mil equilibrios con los bastones para no dar de narices en el suelo. Entonces iba acompañado. Cada vez que comienzo una de estas largas caminatas solitarias debo someter mi voluntad a un especial ejercicio de gran atención en cada momento  y si el suelo está mojado con más razón todavía.

Presiento que el post de hoy lleva trazas de ser la cosa más aburrida del mundo. Y es que me encuentro de lo más sosito y no ha sucedido nada en particular, bosques y más bosques, un valle al fondo entre la niebla, un pequeño despiste que me obligó a echar mano del gps montaña a través, los problemas de Roth con su esposa, que intenta suicidarse y que al final se mata en un accidente de automóvil, los bien cuidados senderos alemanes, la calidad de la luz siempre aterciopelada cuando la niebla se arrastra intemporal por las laderas.


Llevaba la tienda y el saco mojados y aunque no hacía sol llegó un momento que decidí parar un rato para intentar secar lo que pudiera. Elegí un gran tocón para la tienda y una pedrera para mi saco de dormir. Aproveché también para comer algo. De postre me comí una crujiente zanahoria. No, hoy no hubo cerveza, fue el clásico tentempié de embutido, frutos secos y los dátiles. Menos da una piedra. El caso es que cuando terminé la tienda estaba seca y al saco solo le faltaba un poco en la parte de los pies. Me esperaba un descenso de quinientos metros y una buena subida hasta la Herzogstand, pero esto segundo se quedaría al final para el día siguiente.

A las cuatro de la tarde comenzó a llover. Hice un intento de buscar ya un sitio para parar pero enseguida caí en que no tenía agua. El refugio, la Herzogstand Hütte, quedaba todavía a dos horas y media y mi cuerpo no estaba dispuesto a llegar hasta allí. Y yo estaba plenamente de acuerdo con él, pero el agua mandaba. La encontramos un poco más arriba, así que una vez llena la cantimplora todo consistía en buscar un sitio. A la izquierda, en la parte baja del valle, el gran lago de Walchensee ofrecía una bonita perspectiva. Sobre sus aguas se reflejaban un amplio arco de montañas parcialmente cubiertas por las nubes. Pronto vi un caminillo a mi izquierda que se dirigía a un miradero. Justo lo que necesitaba, un balcón para recrear la vista durante el resto de la tarde. Tuve que apresurarme a poner la tienda, pero sólo fue un amago. La tarde quedó tranquila. De momento. Tengo a mi lado una familia de grajos gritadores un poco revoltosos, pero el lugar es tranquilo y acogedor. Mi tienda, tan sujeta a sospechas, me acoge una vez más. Con la puerta abierta, pese a su estrechez, esto parece otra cosa… es soportable mientras no llueva y me obligue a un ejercicio de claustrofobia.












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¡Ah, bendita soledad! Mi primera jornada de vagabundo

 

A un hora de Tutzinger Hütte, 17 de junio de 2018

Ayer de camino al aeropuerto ya me encontraba nervioso; es cosa que se me debe de agregar al mismo tiempo que cumplo años. Cosas de la edad, me digo. Al fin y al cabo esto de recorrer los Alpes es como darse un paseo por la Pedriza, aunque un poco más largo. El primer día subes hasta el Yelmo, al siguiente alargas tu paseo hasta las Torres, posteriormente llegas a Tres Cestillos y así sucesivamente, sólo que si aquí tienes que tomarte una cerveza, en vez de decir “una cerveza” pides “a biere”, y si quieres algo más complicado enciendes el teléfono y el traductor se encarga de poner en alemán o en inglés tus deseos. El mundo se ha hecho tan fácil de recorrer sin necesidad de haberte pasado años frecuentando una academia de idiomas que todo puede reducirse a eso, a darte una vuelta por la familiar Pedriza. Bueno sí, están las dificultades propias, como me sucede a mí que tengo el alemán atragantado, de llegar a Canto Cochino o al Tranco, en mi caso a Lenggries ayer desde el aeropuerto de Munich con sus tropecientos cambios de tren y que si no hubiera encontrado amables alemanes dispuestos a entender mi chapucero inglés todavía andaría por Colmenar Viejo intentando llegar a Charca Verde. El caso fue que llegué a destino después de una larga charla con Franz, un joven alemán con el que pegué la hebra en la estación del último transbordo antes de llegar a destino: Lenggries.

Era cerca de medianoche y nada más dejar la estación de tren me sorprendió la alegre música tirolesa que salía por las ventanas de un local donde la gente, animada a esta hora con voluminosas jarras de cerveza, cantaba algunos de los temas clásicos de la región. Era un buen recibimiento para este vagabundo que linterna en la frente y cargado con un respetable macuto se aprestaba al principio de la madrugada a poner en marcha su gps y conocer en qué parte del mundo estaba en relación con un track que habría de seguir en ese momento para alejarse del pueblo a la búsqueda de un lugar para vivaquear. No hizo falta buscar mucho, casi en el inicio de mi track el camino cruzó un río, el Isar, y allí seguí una senda hasta encontrar un pradito que ni hecho a la medida para mí. Allí instalé mi primer vivac de esto que espero sea un largo peregrinaje por los Alpes.


Voy a necesitar unos cuantos días para acostumbrarme a la estrechez de mi minitienda. Ordenar mis movimientos, encontrar un sitio para la linterna, las gafas, el teléfono, la ropa que me quito, los bastones, las botas, la bolsita del mosquitero, la cajita de los eléctricos donde van las baterías y un teléfono de repuesto y luego saber en qué orden proceder hasta quedar debidamente metido en el saco con el macuto de almohada. Y todo para a la mañana, siempre tumbado, volver a recoger todo y sistematizarlo en el macuto. Lo que no sé es cómo me apañaré en los días de lluvia.

Por la mañana el nerviosismo había desaparecido sustituido por la sensación de alguien que estrena mundo además de los zapatos nuevos de los domingos. Las montañas que tenía delante no eran muy altas pero presentaban el aspecto agreste de los macizos montañosos. Los bosques subían por sus escarpadas laderas dejando algunos claros donde la caliza mostraba blancas paredes que terminaban en una agreste crestería que se perdía en dirección oeste. Precisamente la crestería que recorría mi itinerario de hoy, y que en este tramo coincidía con el E-4, un itinerario con el que ya me crucé alguna vez en Dolomitas. Se trata de un GR que comienza en Tarifa, atraviesa todo el sur de Europa y termina en la isla de Chipre después de haber recorrido Creta de oeste a este. Un GR en el que mi amigo Manuel Coronado lleva empleado años. Un día lo comenzó en Tarifa y luego se fue animando poco a poco; ya anda, creo, por Hungría (quise ampliar la información hoy y Manuel me envió alguna cosa que no puedo ver por falta de cobertura… otra vez será, pero sí el mapa del recorrido).

Cortesía de Manuel Coronado

 A mí las ganas sólo me dieron para caminarlo entre Tarifa y Andorra (por cierto, que escribí un libro con ello; su título: España a pie. Entre Tarifa y Andorra. El GR-7).


Según iba tomando altura a mis espaldas dejaba la uniforme llanura del sur de Munich tal una gran alfombra verde que se hubiera extendido a los pies de los Alpes como deferencia al gran señor que tomando impulso se levanta de la tierra para erguirse con orgullo sobre la llanura. El arco alpino no se anda aquí con tapujos y dicho y hecho surge al final del llano inhiesto como un ejército puesto en formación. Esta mañana no podía caminar de otra manera más que con ese paso y aspecto de cansino que puede con todas las cuestas que se le pongan delante, trozos de pista del equipamiento Invernal, estrechos senderos zigzagueantes, dos horas y media hasta Brauneck, el cabo alto de un teleférico, situado ya sobre la joroba sominal. Novecientos metros de desnivel para antes del desayuno no estaba nada mal. Mi hábito de desayunar en el camino, después de haber desentumecido los músculos hace a veces que el desayuno se junte con la comida. El miradero de Brauneck, una espléndida vista sobre estas montañas que se levantan todas a la vez sobre el llano, aunque era temprano ya se merecía una cerveza, así que en vez de desayunar y aunque eran las once de la mañana le di el nombre de comida para justificar ese medio litro de rubia cerveza alemana. Además, eso, estoy en Alemania y aquí, allí donde fueres haz lo que vieres, todo el mundo toma cerveza por un tubo. Cerveza con una de esas sabrosas sopas con una bola, casi una pelota de tenis, de carne y un surtido de embutidos y encurtidos era una buena manera de encarar la segunda parte de la jornada.


Bosques de alerces, abetos, hayas y unas floreada laderas donde sobresalen los rododendros, acompañan durante todo el rato un camino que no tiene empalago en subirse a la crestería cimera para cabalgar por ella durante dos horas. El tiempo se nubla a mitad de camino y deja un paisaje un poco deslucido. Era el momento de Ciudadela, de Saint Exupéry que leo desde hace casi un mes con una cadencia similar al que se mete la Biblia entre pecho y espalda. 


Recuerdo a Exupéry fotografiado junto a su avión en atuendo de vuelo y me parece poco real que ese hombre sea el autor de El Principito y de este tocho a veces mistérico y mesiánico que es Ciudadela. Saint Exupéry hoy la tenía liada con las bondades de los infortunios y todo lo que de desagradable podemos toparnos en la vida. Una idea que ya me había encontrado en el Tao Te King, de Lao Tse. Las cosas jodidas que pasan por nuestras vidas como materia prima con que ejercitar nuestra personalidad, algo así como una gimnasia necesaria con que fortalecer nuestro espíritu, el crisol por el que ha de pasar nuestra voluntad para hacerse fuerte y resistente a los embates de la vida. Gracias te damos Señor por las zancadillas, los porrazos, las contrariedades, porque a través de ellas, venciéndolas, nuestra será la gloria. Amén. Más o menos aquello que decía Nietzsche en Así hablaba Zaratustra, venga tío, deja de quejarte, no seas gilipollas y tira palante, que todos somos burros de carga. Así que bienvenidos sean Zaratustra, Lao Tse y ese sabio aviador llamado Saint Exupéry.

Como la sabiduría que llueve en Ciudadela me parecía excesiva, cuando el camino deja la cresta para ganar una hondonada, me voy con mi amigo el torturado Philip Roth, Mi vida como hombre, un libro que habla de la vida de Roth pero que seguramente no sea más que una licencia literaria que hace que el lector de continuo se esté preguntando si de verdad el autor está hablando del autor o simplemente todo o gran parte es producto de su imaginación. Y ello por lo abrupto de una historia que ronda los límites de lo creíble. Roth me pone nervioso. En el collado previo antes de avistar el refugio no tengo más remedio que parar, parar por la tensión de la novela y también, de paso, por dar descanso a mi espalda.

Tutzinger Hütte sería el fin de etapa de este tramo de la Vía Alpina, pero como un servidor va de raro por la vida no terminará aquí, donde sólo me detendré un par de horas a tomar otra gran jarra de cerveza, hacer una tardía comida y a escribir durante un rato.


¡Ah, la soledad!, entrañable y magnífica compañera. A veces pienso en ella como si fuera una novia con la que tengo una relación constante casi erótica. Esta tarde sin más que me busqué un pequeño prado en lo profundo del bosque para instalar mi vivac. Los pájaros a mi alrededor contándose la vida unos a otros, delirantemente enamorados. Imposible encontrar enamorados de la especie homo sapiens que sean capaces de cantar sus delirios amorosos durante tantas horas seguidas. Los pájaros, el silencio como partitura sobre la que ellos escriben su canto. Y eso, la soledad. Bendita ella que con su sustancia y la belleza del bosque y los líquenes, y el tapiz de los helechos hacen dichoso este final de tarde de ocio, de contemplación, de admiración por este mundo que me rodea en este instante.














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Caminar: de Thoreau a Jerzy Kukuczka





Madrid – Múnich, 16 de junio de 2018

Caminando es el título de un librito de Henry Thoreau donde éste resume la filosofía de una vida dedicada a la búsqueda de aquellos hechos esenciales capaces de dar una consistencia de plenitud a la propia existencia. A Thoreau lo leo con mucho gusto desde que descubrí en Walden la confirmación de un estilo de vida que habría de marcar la mía propia para siempre: el contacto con la naturaleza, la constatación de cuáles son los hechos esenciales de la vida, la austeridad, el amor por las montañas, la afición a esos pequeños rincones que hemos visitado desde nuestra temprana juventud y que pasan a formar parte de nuestra propia sustancia... Días atrás un compañero del FB, Víctor Frutos, comentaba cómo se siente emocionado después de tantos años cada vez que se asoma al collado de Quebrantaherraduras y se encuentra con el panorama de la Pedriza de frente. Un sencillo detalle de cómo tantos de nosotros, que descubrimos la montaña o la naturaleza en una temprana juventud, hoy, después de décadas, conservamos esa emoción que sigue alimentando un estilo de vida y una filosofía que fácilmente nos ha de durar hasta el final de nuestros días.



Después de Walden creo que leí todo lo que escribió Thoreau. Quizás su pensamiento se pueda sintetizar en una de sus citas más clásicas: "Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente sólo para hacer frente a los hechos esenciales de la vida, y ver si no podía aprender lo que tenía que enseñar, y no descubrir al morir que no había vivido. No quería vivir lo que no era vida. Ni quería practicar la renuncia, a menos que fuese necesario. Quería vivir profundamente y chupar toda la médula de la vida, vivir tan fuerte y espartano como para prescindir de todo lo que no era vida...".

Para él caminar debía de ser un ejercicio natural que daba armonía a su persona y le ponía en comunicación con la esencia de la vida y de la naturaleza. ”Creo, escribía en Caminando, que no puedo preservar mi salud y mi espíritu, a menos que pase cuatro horas al día paseando por el bosque y las colinas lejos de todos los compromisos mundanos”.

Hoy, de camino a los Alpes, no me es posible imaginar a Thoreau con una abultada mochila recorriendo los Apalaches o las Montañas Rocosas. No era un montañero a nuestra usanza; caminaba, disfrutaba de las pequeñas cosas del camino sin necesidad de plantearse ascender a una cumbre o hacer una larga travesía. El camino era su cometido, su observatorio, su modo de meditar. Escuchar los cantos de los pájaros, inclinarse a contemplar de cerca una flor, observar los colores del otoño, dejar correr los pensamientos…

Existen muchos modos de ir a la montaña. Ahora, a ocho o diez mil metros sobre el suelo, mientras veo pasar bajo mis pies esta bella tierra que es España, me siento inclinado a recuperar con más fuerza ese espíritu con que Thoreau caminaba, sin rumbo, sin prisas, viendo crecer la hierba, como afirmaba Gaston Rébuffat en Estrellas y borrascas.



En estos últimos días leí parte de Mi mundo vertical, de Jerzy Kukuczka. Seguí el relato de la ascensión al Lhotse y a la oeste del Everest con el nerviosismo propio del lector que asume el rol del alpinista identificándose con él en las dificultades y el esfuerzo por conseguir la cumbre, por descender en medio de la noche hasta el campamento IV. "No hay respuestas en mi libro, escribe en la introducción Kukuczka, a las preguntas sobre la obstinación, sobre el sentido de las expediciones a las altas montañas. Nunca sentí necesidad de encontrar tal definición. Fui a las montañas y las coroné. Eso es todo”. También Saramago en su Cuaderno de Lanzarote, cuando decide ascender la Montaña Blanca, no lejos de su casa, da una explicación similar. Subí porque estaba ahí, escribe.

Entre el mundo de Jerzy Kukuczka ascendiendo todos los ocho mil del Himalaya y el de Henry Thoreau, impertérrito caminante, acaso se podría pensar que hay un abismo pero presiento que se trata de cosas parecidas. Nuestra necesidad de explicarnos y buscar razones a nuestros actos son los responsables de que “hagamos literatura” con estas cosas buscando razones a posteriori cuando el impulso nació llana y simplemente de un deseo. Y el ejercicio de explicar los deseos puede resultar un asunto especulativo en que se puede acertar con la verdad o no. De manera que las explicaciones que da Thoreau pueden ser ciertas o no. La realidad más plausible es que el hecho corresponde a ese modo de pensar en el que viendo, como Yavhe en El Génesis, que algo es bueno, nos dediquemos a continuación a repetirlo y a explorar situaciones parecidas. Si yo el pasado verano camino durante todo el verano por la alta montaña y tras finalizar me encuentro muy muy bien pese a los esfuerzos, la lluvia y todo tipo de dificultades, es lógico que acercándose el siguiente verano vuelva a plantearme un proyecto similar, dado que en la vida se trata de eso, de encontrarte bien dentro de tu piel.

De manera que para acertar en una decisión que me ha de llevar a un proyecto, más que averiguar las razones que me pueden haber llevado desde la tardía adolescencia hasta ahora a persistir en esto de escalar o patear la montaña, bastaría con que cada uno constatase dónde, cómo, en qué actividades, ha disfrutado más, haciendo qué cosas ha encontrado que su vida era más interesante e intensa. El estímulo que viene de las experiencias de los otros y del provecho que ellos han sacado de su manera de vivir la vida, a través de las lecturas o el conocimiento por el medio que sea, es un contagio por mimesis que ayuda a experimentarnos y sirve para llegarnos a ese punto en que … y vio Yavhe que era bueno y entonces al día siguiente se dedicó a crear otra parte del universo.


A estas alturas del vuelo, acabamos de abandonar el Cantábrico y dejado Burdeos a nuestra izquierda, empiezo a comprender que, además de experimentarnos a nosotros mismos y decidir en consecuencia, lecturas como las Kukuczka, que busca objetivos en las altas cimas del Himalaya, como las de Thoreau, que atiende a su salud y a su espíritu caminando un buen número de horas cada día, vienen a ser el complemento ideal con el que cocinar esa parte de nuestra vida que nos pide alguna dosis de plenitud. Mi cuerpo, al que la pereza le postra durante semanas a veces, cuando le sirvo algunas dosis de libros de montaña o sabrosos platos de lectura de gente como Thoreau, termina siempre rindiéndose a mi voluntad y pidiéndome que le saque a caminar por valles y montañas. Así que en ello estoy; hoy me convierto en fiel servidor de ese deseo que nace tanto del recuerdo del pasado verano como de mi renovada lectura del autor de Walden. 

Mi chica me despide en el aeropuerto: nos vemos en septiembre







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De profesión eremita. Preparando la mochila


Trazados de la Via Alpina


El Chorrillo, 13 de junio de 2018

Mi vuelo para Munich, mi punto de referencia en la Alta Baviera para comenzar el recorrido por los Alpes, es el sábado, pero hoy ya me entretuve en hacer el macuto. He renovado casi todo mi obsoleto material de montaña por uno menos pesado y moderno y tenía curiosidad por saber cómo sería mi casa para este trimestre. Incluso monté de nuevo mi minitienda y, cuando el macuto estuvo hecho, nueve kilos incluido tienda, colchón de aire y todo lo necesario, inflé el nuevo aislante y sistematicé todo mi equipo en ese escaso metro cuadrado que me va a servir de refugio por una larga temporada. Hice un descubrimiento, la mochila ocupaba exactamente el ancho de la tienda en la parte alta, lo que me iba a servir para tener una excelente almohada. Después investigué la posibilidad de poder dormir con la cabeza fuera de la tienda y el resultado era perfecto. Una de las cosas que me molestan de dormir en una tienda de campaña, en donde es obligado hacerlo por la humedad, es no poder dormirme mirando las estrellas; mi nueva tienda me va a permitir hacerlo en los días despejados.

Eso fue por la mañana. Pero me sucedió que a lo largo del día me entraron ganas de volver a mirar mi impedimenta; entré dos o tres veces en la habitación y me cargué el macuto, un Osprey nuevecito que se adapta al cuerpo como un guante. Manipulaba las correas, ajustaba los tirantes de arriba y la cintura. Tenía un cierto regocijo encima, esa sensación que deben de tener los niños el día de Reyes cuando se disponen  a poner en marcha el tren eléctrico que han encontrado en el salón de su casa. Era una sensación compleja. Momentos antes había despojado de su correaje el viejo macuto anterior y de camino al contenedor algunas fibras habían vibrado también en mi interior. Esa vieja relación que se tienen con las prendas y los objetos que nos han acompañado durante muchos años en nuestras aventuras, botas, macutos, piolets, un antiguo y remendado jersey que conservaba todavía el roce de la cuerda de los rapeles… Los materiales que nos acompañaron bajo el sol y la lluvia por las montañas del mundo y los otros, los nuevos, a los que auguramos una nueva y calurosa singladura en nuestra compañía. Son tantas las vivencias que se tienen en una tienda de campaña al cabo del tiempo, los fríos de que nos ha protegido un saco de dormir, los caminos que en la noche ha alumbrado nuestra vieja linterna, que habría que ser de corazón un poco duro para no sentir ese hilo de cariño que surge por nuestro equipo de montaña. Algo que se acrecienta cuando el caminante es un solitario empedernido cuya única compañía durante meses es su tienda, su macuto, esos calcetines a los que a los pocos días de caminar ya le asoma la punta del dedo gordo por delante.

Estas cosas alimentan mi nostalgia. Durante todo el día fueron yendo y viniendo por mi mente alguno de los preparativos, mapas, tracks, refugios, itinerarios que seguiré. La Vía Alpina es un entramado de caminos que recorren los Alpes en todas las direcciones atravesando Eslovenia, Austria, Alemania, Suiza, Italia y Francia. Ya he pasado nueve meses en tres periodos trimestrales recorriéndola en dirección Oeste-Este o Este-Oeste y en esta ocasión quiero completar recorridos que todavía no conozco. En esos nueve meses de travesías he encontrado siempre tanta plenitud como persona y como amante de la montaña que pena me dará cuando los problemas de la edad me impidan regresar cada verano a los Alpes o a los Pirineos. Quizás por ello apresuro este nuevo viaje. No dan los años de varias vidas para recorrer todos los Alpes, pero al menos los trazados de la Vía Alpina sí alcanzan para tener una buena visión del conjunto.

En España no debe de haber mucha gente empeñada en esta clase de recorridos, recorridos que considero los más bellos y diversos del planeta; recorridos que junto a su carácter empeñativo tienen el aliciente para los que no podemos cargar con enormes mochilas, de contar con un servicio de refugios excelentes y una información puntual que ayuda en mucho a planificar un proyecto y a tener puntos de apoyo en caso de necesidad.

Además de mi nuevo material también introduje nuevas posibilidades para mi salida. Consideré que este año iba a enriquecer el contenido de mis días con unos pocos detalles adicionales. Me surgió la idea leyendo la Historia del cine, de Román Gubern. A la música y a los miles de libros digitales acostumbrados que llevo encima donde poder elegir, este año voy a añadir una microSD con una abundante selección de cine de los años cuarenta a los setenta, amén de una app de ajedrez, que junto a mis hábitos de escritura, van a convertirme en el eremita mejor equipado de la modernidad. Todo en el centímetro cuadrado que ocupa la microSD.

En fondo hay un movimiento de aguas. El año pasado, mientras caminaba por Suiza cumplí los años de ese bonito número que tanto gusta a unos y otros, 69. Como llegar al 96 es con toda probabilidad más que imposible, de momento este año me conformaré con entrar en el club de los septuagenarios, un tiempo difícil en el que si uno no se espabila puede empezar a convertirse en una momia. De ahí ese movimiento de fondo mosqueante que empieza a pedir a gritos ponerse en movimiento no vaya a venir el coco y te coma hasta los higadillos en un descuido de pereza y comodidad.

Para los que podáis estar interesados en los recorridos de la Via Alpina o la GTA (Grande traversata delle Alpi) dejo aquí algunos vínculos que pueden ser de interés.

Sobre la Via Alpina: http://www.via-alpina.org/


 






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