Se acabó


Al fin el mar después de mes y medio


LLança – Madrid, 15 de septiembre de 2020  – 

Els Vilars – Vilamaniscle – Llança – Madrid 


Después de mes y medio el primer encuentro con la cháchara del televisor en el restaurante me suena a música de un tiempo que no me gusta, oigo a la locutora a mis espaldas como desde otro mundo, una voz histriónica y mareante que imprime a todo lo que dice una suerte de relevancia insignificante. Atentos, dice la voz intentando convencernos de que la realidad es esa y no otra. Los reiterados correveidiles que las vecinas se intercambiaban en las colas del mercado son ahora la cháchara nacional. ¿Será esto realmente la vida del país? Desde que he pisado la tierra de la civilización lo único que llega a mis oídos es la voz de la televisión, la misma voz envolvente, la voz de Yahvé en el Sinaí diciendo al espectador, quiera oírlo o no, yo soy el único Dios. 

Medio litro de vino y una cerveza no deberían ser razón para traerme el atontamiento que tengo tras la comida. Tanto tiempo de no probar el vino tiene la facultad de dejarme fuera de juego y desear caer lo más pronto posible en el sueño de la siesta. Pese al pequeño ventilador que he anclado en un lado de la cama el calor es agobiante. Mi estado etílico y este calor pegajoso me sumen en una situación de somnolencia en la que me nuevo dulcemente mareado como flotando en un sueño. 

A la mañana siguiente mientras en la tele se dice lo de siempre miro por la ventana del bar un pedacito de luna a la que acompaña, creo, como un hermano menor el lucero del alba. Del cielo han desaparecido todas las estrellas y ellas dos, la Luna y Venus, se demoran todavía un poco sobre el perfil de unas lomas próximas. En el local la tele sigue parloteando

Apenas saliendo de Figueres la niebla invade el campo al filo del amanecer. Podría estar viajando por alguna otra parte de mundo, por ejemplo en cierta ocasión en que un tren abarrotado de pasajeros cubría el trayecto Baranasi – Calcuta, una mañana de espesa  niebla al final de una noche de intentar pegar ojo sentado en el pasillo del tren sobre el macuto con un niño que recostaba su cabeza sobre mis piernas. Era una mañana mágica para un solitario viajero que cumplía el sueño largamente demorado de recorrer la India. Los bancos de niebla se abrían de tanto en tanto a un paisaje húmedo donde algún campesino encorvado y con el agua hasta la rodilla y un manojo de plántulas de arroz en la mano iba enterrándolas en el légamo. También allí como aquí de tanto el tanto la niebla se disolvía y aparecía un sol gordo como un dios que se levantaba rojo y perezoso sobre la jungla dispuesto a abrazar al mundo con su calor.

Probablemente soy el único pasajero del tren que ve en el despertar del día esta maravilla de sol abriéndose paso en la niebla que como entonces en India da al planeta Tierra la oportunidad de mostrar esa belleza que conmueve hasta lo más profundo. La rutina del hábito necesita de un pequeño empujón para percibir la belleza que puede rodearnos y que nuestros sentidos, insensibilizados por la reiteración de la costumbre no son capaces de observar. 

La última jornada de mi recorrido, quitando esa hora nocturna en que comencé a caminar previendo el calor que me esperaba, ese andar bajo las estrellas que uso cuando en invierno elijo uno de los caminos de Santiago para mis correrías, resultó una de esas jornadas sin chicha ni limoná que son necesarias igualmente para cumplir un proyecto. El proyecto de caminar desde un mar a otro mar que también llevaba en su cabeza Íñigo, con quien me encontré mientras tomaba un tentempié junto a la fuente de Vilamaniscle, el último lugar habitado antes de llegar al mar. Antes me había cruzado con dos ingleses de edad madura cuyo objetivo era Andorra, pero Íñigo, natural de Hondarribia, pese a lo tardío de la estación estaba dispuesto a llegar hasta a su mismísimo pueblo de un tirón. Qué gusto encontrarse con gente con la vitalidad y el entusiasmo de Íñigo. Casi veinte kilos a la espalda, despreocupado de si habrá o no refugios cerrados en su camino, una preciosa autonomía consigo y sobre todo un humor y un entusiasmo contagiosos. Y yo, que llevo cuarenta y siete o cuarenta y ocho días desde que comencé esta aventura miro para  atrás y me parece ahora una enormidad, los miles y miles de metros de desnivel superados, las lluvias, las tormentas, los días enteros de caminar envuelto en la niebla, la soledad de tantos parajes, las dudas, todo el recorrido me parece sobredimensionado cuando sólo estoy a un par de horas del Mediterráneo. 

Íñigo

Después de todo leo en el bus el periódico, la Vanguardia; obviamente generalizar sobre ese mundo al que he descendido, descendido porque sus valores tienen menos gradiente, creo, es superfluo, algo facilón para escamotear la complejidad de la realidad. No, no es bueno ir de tener la verdad aunque uno venga del mismo centro de la naturaleza y de los rumores de los vientos. La civilización que hemos construido es producto de muchos trabajos en donde los aciertos y los errores se reparten el protagonismo en todos los tiempos, pero uno no anula a lo otro. Un artículo de La Vanguardia pone en paralelo una carta a los romanos de Pablo de Tirso con las ideas vertidas por Junqueras en un libro recientemente publicado, otro habla de la relación amorosa de una niña de catorce años con un poeta cincuentón y aprovecha para decir cómo Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Guille Deleuze Louis Aragon, Rolando Barth firmaron en su tiempo un manifiesto en favor de la pedofilia. Vanessa Springora escribe el libro de su relación con Gabriel Matzneff. Hubo total consentimiento pero… alimenta el morbo, vende el libro en todo el mundo, nada y guarda la ropa y no se desdice de su larga relación amorosa. Obviamente la sociedad está contra la pedofilia, pero acaso, quien sabe, quizás, la Lolita de Nabokov sigue guiñando el ojo a los lectores intentando contrarrestar la presión social que recae sobre el tema. Y mientras, no sólo no escondes “tu vergüenza” sino que la lanzas a todos los aires del mundo mezclada con los ingredientes propios de la autocompasión. Lo contradictorio del mundo, sus usos, su hipocresía o sus deseos pasionales de amor y confortación sexual comparten con otras pasiones el espectro antagónico de un mundo siempre lleno de paradojas y contradicciones en las que la historia de la humanidad ha vivido siempre a lo largo de los siglos. 

Y ¡ay!, el gusto por las concomitancias que llaman al lector sin que el nexo sea otro que la atracción sublimada de un sustantivo. Un ejemplo. En una estrecha columna a la derecha a toda plana de La novia del pedófilo, este título claramente derivado de la relevancia del artículo principal: Esperando la consumación, que evidentemente se sirve de la proximidad para hablar de algo que nada tiene que ver con el artículo principal y que se refiere a un libro recientemente publicado de Oriol Junqueras y Marta Rovira. También esto es un juego diversión que para en ver en qué termina la consumación y nos lleva desde la pedofilia a la política y de aquí a la religión en donde a través de la parusía, en que la salvación prometida se consumará, se llega subsecuentemente a la prometida independencia de Cataluña en una trayectoria en que Junqueras y San Pablo son los motores uno del cristianismo, otro del independentismo. Helo!, y que no falte la parte versión. Y es que un viaje en autobús da para mucho y estás cosas de tejer y festejar al modo de Penélope con las palabras el paño de la realidad hacen entretenido el trayecto. 

Pocos días antes de llegar al mar pensé desplazarme, tras llegar a LLança, al macizo de Els Ports, para corretear por él y por el Maestrazgo a través del GR8, pero ayer tarde tropecé con tantos impedimentos, entre los cuales contaba el Covid y la necesidad que tenía de hacer algunas compras imprescindibles, más la previsión de un excesivo número de desplazamientos y roces con la gente, que terminé desistiendo. Cuando pasé por Gerona la advertencia era clara, habían impuesto nuevas restricciones en la región debido a numerosos brotes inesperados. Durante este mes y medio me he sentido seguro en la montaña pero no ahora en el batiburrillo ciudadano, pese a que observo en la gente un comportamiento bastante responsable. Cuando empiece a juntar el material que va a salir de este diario tendré que titularlo algo así como Hacer montaña en tiempos de pandemia. Sí, jodido porvenir el que nos espera y en el que tendremos que aprender a convivir con este inseparable monstruito que se ha colado entre nosotros. 





El mar al alcance de la mano

  

Els Vilars, 13 de septiembre de 2020

Ermita de Santa Lucía (La Junquera) – Els Vilars.

 

Tirado a la sombra de una encina, lleno el cuerpo de calor, todavía bajo el mosquitero el zumbido de las moscas y el despertar perezoso, sí, lleno de calor, con el estómago lleno de las sobras que he encontrado en la vieja cantina de Recasens, que no era cantina ni nada, un caserío, sólo la generosa disposición de una mujer madura de ojos azules que me ha vendido un bote de cristal de judías, unos guisantes, dos huevos, un poco leche y algo de pan. Todo eso para atravesar treinta kilómetros de monte ardiente sin una fuente o lugar donde tomar un refrigerio. Me enseñó un armario, dos estantes con paquetes de pastas, mermeladas, no más de tres o cuatro cosas. Todo a un euro, decía un letrero en catalán sobre el armario. Me he quitado el mosquitero de encima y ahora de tanto en tanto corre una brisa por el encinar, sólo esporádicamente. Pero qué bendición cuando se acerca y la oigo venir desde mi calor y termina pasando como una fresca caricia sobre mi cuerpo. Debería hervir lo huevos para que no se estropeen pero lo impide la deliciosa pereza que ha dejado en mi cuerpo la siesta.

Las cuatro y media ya. Frente a mí amarillea lleno de otoño un árbol de hojas lanceoladas. Qué perezoso eres, me digo, años atravesando bosques y todavía no pasas de conocer por el nombre más que un puñado de especies. Debería levantarme, sí, pero ah ésta graciosa laxitud que me embarga. Mi hacer nada, contemplar los añosos troncos de las encinas, el pasto seco, los brezos que caen sobre mí protegiéndome del sol. A eso de las dos de la tarde, cuando el sol caía de lleno como en aquel poema de El Cid de Manuel Machado, observé que mi mapa señalaba una fuente un poco más abajo. Un leve sendero atravesaba la carrasca. Lo seguí. Debió de ser un lugar de tránsito hace tiempo, pero ahora la senda casi había desaparecido. A unos doscientos metros me di con un cartel que decía “font”. El suelo estaba algo húmedo, pero ni una señal de la fuente. Di la vuelta a una apretada vegetación que impedía el paso y helo, un pequeño muro, un caño, pero ni pizca de agua.

Esta mañana también se veía el mar poco después del amanecer. Volví a ajustar mi horario a los tiempos de calor y las cotas bajas y el despertador sonó a las seis y media. Ayer tarde no había puesto el doble techo de la tienda y era un gusto despertar y tener encima las estrellas y un pedacito de luna. El hábito de dormir en la tienda con todo a mano y sin problemas de mosquitos u hormigas que se te suban por encima, aunque por el lateral pueda contemplar la noche, me impedían ese tener a las estrellas y a los árboles a la vista cuando cerraba los ojos para dormir, así que no poner el doble techo convierte a mi noche en un agradable despertar cuando, adormilado, abro los ojos para darme la vuelta.

Recuerdo que una vez escribí un post que debía de llevar un título parecido a esto: “Si alguna vez estás realmente jodido no busques un psicólogo, encuentra una amante y serás un hombre nuevo”. La recomendación venía de Bucay, autor de éxito de libros de autoayuda en aquella época. Bucay evocaba los milagros que una nueva amante pueden producir en el organismo y yo me hacía eco de ello alegremente porque había probado tal medicina con un éxito mucho más notorio que el que anteriormente me había proporcionado la creencia en un dios. Bueno, pues no paran ahí los beneficios de un nuevo amor, que hoy Desmond Morris, mientras yo arremetía la cuesta más agotadora de la jornada, añadía a sus beneficios la certeza de que una vez metido en ello la barriga, el estómago, esa protuberancia cervecera que los varones maduros echan con los años al punto de que a algunos, los casos más extremos, les resulte dificultosa la cópula, una vez enamorados, sí, la barriga iba a remitir tanto como para convertir el cuerpo del amante en un nuevo apolíneo. Lo dice Desmond Morris que es una autoridad en el campo de la antropología y otras materias de útil conocimiento. He aquí la cita: “En los tiempos modernos, los varones maduros, que hicieran un culto de la juventud y la potencia sexual, luchan desesperadamente contra la casi inevitable inversión de la silueta. Se imponen una dieta implacable, realizan ejercicios físicos, se ponen fajas apretadas y contraen lo mejor que pueden los flojos músculos del vientre. Desde luego, su tarea sería más sencilla si se enamorasen de vez en cuando. Descubrirían que una aventura amorosa es tan eficaz como la dieta, la faja y el ejercicio físico juntos. Bajo la influencia de sus emociones pasionales, los músculos del vientre se contraerían automáticamente y mantendrían su contracción, pues, por el simple hecho de enamorarse, aquellos hombres volverían auténtica y biológicamente a una condición juvenil, y su cuerpo se esforzaría en estar a la altura de las circunstancias”. (Desmond Morris. Comportamiento íntimo).

Las cinco y media de la tarde. He hervido los huevos y con el agua sobrante me he hecho un té. Tengo la sensación de que hoy no arranco de aquí, un milagroso y apacible rincón en medio de la nada con un letrero que pone “Fuente”, pero donde no hay agua. Calculo que me queda algo más de litro y medio y veinte kilómetros por delante para llegar a un lugar civilizado, Vilamaniscle en este caso. No es mucho para un riñón quisquilloso como el mío… Quizás pruebe a caminar con el sol más bajo todavía para comprobar si esas tres fuentes más que aparecen en el mapa están secas o no. Pienso en Igor, el de los pies ligeros, y le imagino ya dándose un baño en alguna playa de Port de la Selva. Nunca entendí el cuento ese de la tortuga y Aquiles. Yo soy la tortuga e Igor es Aquiles y por fuerza la tortuga ha de llegar al mar al menos con dos días de retraso pese a la filosofía y pese a los griegos.

A última hora de la tarde me llega un whatsapp de Igor que ya ha llegado al mar. He estado mirando mis notas y también yo estaré mañana junto al mar, en Llançá.

Igor






 

 

No existe el salvaje perfecto

  

Ermita de Santa Lucía (La Junquera), 12 de septiembre de 2020

La Vajol – Ermita de Santa Lucía.

 

Despierto. El viento mueve con solemnidad las copas de los altos árboles, un soplo que viene de lejos y poco a poco se aproxima hasta deshacerse sobre las copas como grandes y parsimoniosas olas sobre la playa. Me siento el cuerpo, sí, con el resto de cansancio que la noche no ha sido capaz de mitigar. No tengo prisa, escucho al viento, miro los retazos del azul del cielo que se cuelan entre las hojas. El recuerdo de la película de ayer me viene a la memoria, los estragos de una creencia religiosa equivocada, Retorno a Brideshead, de Julian Jarrold. Canta un pájaro desconocido. Una agradable pereza se ha apoderado de mi cuerpo. Me gusta esta vida, el viento, el cansancio, ese pájaro que desde alguna rama cercana me anuncia el nuevo día. Zumba una mosca a mi lado. Viento, mosca, pájaro, la dicha de los sonidos, la libertad de no estar sujeto a nada, la temperatura casi un caricia, el sueño reparador, el desayuno caliente dentro de un momento. Me tengo que levantar. Debería llegar a comer a La Junquera. La mayor parte bajada. Luego sí, después a la tarde habrá de subir con la hora del sol y el sudor corriéndome por todo el cuerpo. Un agradable paseo para desentumecer mis piernas, mis músculos todos. Estoy vivo, existo, soy parte del bosque y me acompaña el canto de los pájaros. El sol ha empezado a penetrar en este mundo de sombras. Pequeñas manchas doradas han comenzado a cubrir de oro la hojarasca .

Bato el capuchino, así da más espuma, esa que te llena los labios hasta formar un pequeño bigotillo. Enciendo el primus. Atento a la estabilidad del poto que ya alguna vez aterrizó en el suelo con todo su contenido, así que no sería la primera vez que pasa. El viento azuza la llama. El sabor dulce y almendrado de las barritas de muesli cuando las voy partiendo con los dientes y las dejo caer sobre el café con leche. El primer contacto de los sabores con mi paladar, otro intercambio de los sentidos con el mundo que me rodea. El laborioso trabajo de las abejas llega en forma de miel a mis labios. Después vienen las pastillas. La tamsulosina, encargada de dilatar la uretra, se me esta acabando. Atento. La advertencia del urólogo, no deje usted de tomarla, me pone sobre aviso. La tamsulosina pertenece como otras tantas cosas al otro mundo, pero vivir en éste requiere no poder prescindir del otro. La tarjeta del banco también es del otro mundo. Aunque uno pertenezca a los bosques y las montañas debe llevar dinero en el bolsillo. No existe el salvaje perfecto.

Es un caluroso día de verano. Pistas antojadizas que suben o a veces bajan. Busco en mi biblioteca uno de los libros de Desmond Morris. A este autor lo puede leer cualquiera, escribe para los borricos como yo que no pueden prestar una meticulosa atención a la lectura y se pierden cuando la lectura adquiere cierta hondura, como me ha sucedido con Steven Pinker y su Cómo funciona la mente, que he tenido que abandonar de momento porque es incompatible con mi caminar. A Desmond Morris hay que leerlo para mejor comprendernos a nosotros mismos y a los demás. El libro que elegí entre los cuatro que hay en mi teléfono es Comportamiento íntimo. “La intimidad se produce cuando dos individuos establecen contacto corporal. La naturaleza de este contacto ya sea un apretón de manos o un coito, una palmada en la espalda o un cachete, una manicura o una operación quirúrgica constituye el objeto de este libro”. Así que es obvio empezar el texto con los primeros contactos que mantiene el bebé nada más nacer y que señalan una dirección que nos ocupará la vida entera siempre lidiando entre la dependencia del contacto con la madre, la novia, la esposa, y la autonomía, que sitúa al individuo desde la infancia y la adolescencia en un continuo tomar partido y de cuya decisión depende el crecimiento personal o el sometimiento bajo la influencia de una mal entendida educación que queriendo proteger al niño o al adolescente le impide desarrollar una personalidad autónoma. La película que veía la noche anterior, Retorno a Brideshead plasmaba dramáticamente las consecuencias de una educación de los hijos que sólo atendía a un espíritu de sobreprotección y a la obsesión de la madre para transmitirles tal cual sus obsesiones religiosas y de clase social.

Naturalmente el capítulo siguiente no podía referirse a otra cosa que los asuntos que se derivan del contacto sexual. Había un punto en el relato en que la cosa llegaba a ser cómica cuando se analizaban ciertos aspectos del comportamiento femenino y el simbolismo que pueden encerrar muchos de sus actos. Labios pintados de rojo que se vinculan al color rosado de los otros labios, ombligo que antes eran redondos en el cine y los fotógrafos y que la moda poco a poco lo revierten de manera que aparezcan de trazo vertical, más parecido a la vulva que el redondo asimilado al ano; los tipos de nalgas y vestimenta más adecuados en cada época para atraer al sexo opuesto. O los hábitos de otro tiempo de cubrir las partes pudendas del hombre primero con una llamativa tela destinada a imitar una erección, más tarde con ajustados pantalones. Obviamente me interesó más el capítulo dedicado a las mujeres que describía las mil y una manera en que éstas a través de los tiempos habían tratado de captar la atención de los hombres resaltando, insinuando o mostrando parcialmente determinadas partes del cuerpo mediante vestimentas concretas. Llegó a tal la cosa imaginando todas estas trapacerías de hembra que el asunto llegó a ponerme a tono. Es muy sugestivo y prometedor eso de imaginarse a seres del otro sexo en disposición de sutiles, y no tan sutiles, y bienvenidas maquinaciones, algo que ya de por sí tiene una carga erótica que para seres sensibles como el vagabundo es más que suficiente para invitarle a buscar un discreto rincón de intimidad entre la espesura del bosque. Sigue un largo paréntesis en que ni las hojas de los árboles se mueven.

El calor en La Junquera es insoportable. Me quita el apetito, apenas puedo con un poco del segundo plato. El último trozo del camino me ha dejado en baja forma. Cuando salgo del restaurante lo único que quiero es encontrar una sombra para tumbarme y echar una siesta. El mosquitero va al fondo del macuto desde el tramo de Navarra así que no me atrevo. Caminar tiene sus ritmos y sus horas. Hoy por culpa de la película de anoche equivoqué mis horarios. Cuando hace calor hay que despertarse de noche y ver amanecer por el camino. Es criminal subir el cuestón que me espera con este calor. A la salida del pueblo me tumbo a la sombra de la primera encina que encuentro. Pasan unos chicos. Les pregunto: ¿tiene agua la fuente de la Ermita de Santa Juana? Sí, sí tiene. La ermita está a una hora. Quizás sea un buen sitio para quedarse, pero eso después, cuando haya pasado un poco este calor. Las gallinas son inmunes al calor, parecen cigarras colgadas de los pinos en pleno verano.

Pararse a echar un siesta a la vera del camino, o a escribir un diario, sí que pertenece a la exclusividad de este mundo. Espera; me quito las botas, pero antes busco una posición más adecuada para el panel solar. Porque tanto cine, el ajedrez, la escritura o la música que me manda hoy Jorge Túa por whatsapp tiran mucho de batería. Si tuviera que volver a hacer el macuto para marcharme de nuevo no podría prescindir de ese kilo que pesan las baterías y el panel, en realidad apenas podría prescindir de nada. Hace días le pregunté a Toni, que hacía la Alta Ruta. Llevaba cuatro kilos menos que yo, pero él no llevaba botiquín, ni tenía problemas en el riñón, ni leía, ni veía cine o escribía, y por tienda sólo llevaba una especie de poncho.

Todavía sudo tinta tras este descanso para llegar a la ermita, a la fuente de la ermita quiero decir. Es un lugar acogedor. A esta hora ya no hay nadie.


 

 

Una familia en apuros

 

La Vajol, 11 de septiembre de 2020

Albanyá – Massanet de Cabrenys – La Vajol  

 

La noche anterior, sobre Albanyá, mientras contemplaba las estrellas desde mi tienda me sonreía recordando el final de una de nuestras aventuras familiares más querida y que concluyó precisamente allí. Los mellizos tendrían entonces once o doce años. A la vieja furgoneta en la que pasábamos los veranos viajando por Europa u Oriente Medio se le había fundido una biela en una de las salidas que hacíamos por entonces con las bicicletas y cuando llegó el verano nos encontrábamos despistadísimos sin saber muy bien qué hacer después de tantas vacaciones dedicadas a movernos de aquí para allá con una vieja furgoneta que habíamos adaptado para vivir los cinco. Al final decidimos venirnos al Pirineo para atravesarlo de parte a parte caminando. Al principio fue agotador hasta que nuestras piernas se pusieron a tono con el esfuerzo que exigía aquella aventura, pero pasada la primera semana, todos hacíamos habitualmente montaña entonces, todo marchó bien. El despertador sonaba antes del alba, hacíamos el desayuno en nuestra tienda y después lo pasábamos a la tienda de “los niños”. Para Victoria y para mí nuestros hijos, a pesar de pasar de los cuarenta años los tres, siguen siendo los niños. Olvidé mucho de toda aquella magnífica trotada familiar, quedaron algunas anécdotas, un día en las cercanías de Irati que ni siquiera nos dio tiempo a poner las tiendas porque los cinco nada más llegar quedamos totalmente dormidos de puro cansancio y que despertamos cuando el sol de la tarde vestía de caramelo el final del día; recuerdo el macuto de mi hijo Guillermo que siempre parecía la Torre de Pisa, todo metido en la mochila y según caía, o cómo Mario y Guille se picaban en ocasiones para alcanzar los primeros un collado, o nuestra hija Lucía a la que las cuestas muchas veces se le hacían imposibles, pero que no dejaba de acicalarse y ponerse “sus joyas” cuando entrábamos en un pueblo.

Toda aquella aventura terminó precipitadamente antes de que llegáramos al mar en Albanyá. En alguna parte bastante antes de llegar al pueblo nos perdimos. Yo he sido siempre muy malo orientándome, pero en aquella época de brújula, falta de señales y mapas del año catapún, era sin embargo mucho más cuidadoso que ahora. Sin embargo nos perdimos sin remedio. Dimos vueltas arriba y abajo, retrocedimos, volvimos a extraviarnos y en una de aquellas nos tropezamos con un perro. Quizás el perro sabía donde estaba. Así que esperamos a ver si tomaba la iniciativa, pero ni flores. Mientras tanto le bautizamos; le pusimos Bartolo. Estábamos perdidos pero contentos, ahora éramos uno más en la familia. La espesura del bosque hacía imposible el avance en cualquier dirección. Además estábamos tan adentrados en él que era imposible tener ninguna referencia. A última hora la única salida que encontramos fue remontar un río por su cauce. El agua nos llegaba a veces más allá de la cintura. Una poza, otra y mientras tanto Bartolo que no quería perdernos de vista atravesaba las pozas a nado y cuando llegaba al otro lado se sacudía el agua.

¿Qué sucedió más tarde? Pues que llegó un momento en que un salto de agua nos cortó el paso. No había otra solución que regresar por donde habíamos subido, ahora río abajo. Si hubiéramos estado rodando una película en plena selva virgen no habría sido muy diferente. No recuerdo cómo salimos de aquella. En algún instante encontramos una senda, después una pista, más tarde una granja de cerdos que mi olfato se encargó de memorizar hasta ahora y después sí, casas, estábamos al fin en Albanyá, un nombre que ninguno de mi familia olvidará nunca.

Nos encontrábamos tan exhaustos, tan cansados que hasta nos permitimos comer en algún restaurante o posada. No era poca cosa entonces, la economía familiar no permitía otra que atravesar el Pirineo con toda la comida encima. Creo que fueron dos o tres veces las que usamos los refugios para comer en toda la travesía.

Aquella noche dormimos como benditos en una chopera del pueblo. Todavía hoy conservo frescas las sensaciones de aquella noche, el tremendo cansancio de todos, Bartolo acurrucado a nuestro lado, los seis uno al lado del otro contemplando al fin en paz las estrellas entre las ramas de los árboles. El cansancio era tan grande como nuestra felicidad. Al día siguiente un taxi nos devolvió a la civilización. Las ganas de meter nuestros pies en las aguas del Mediterráneo, rito con el que debía terminar aquella travesía, languidecieron ante el cansancio que habían acumulado nuestros cuerpos.

Hoy, no sé si al hilo de la experiencia anterior, hace aproximadamente treinta años, abriéndome paso otra vez en lo más tupido del bosque, sentía un profundo agradecimiento por tanta gente anónima que ha trabajado y trabaja para diseñar senderos, enlazarlos, crear grandes rutas, mantener las señales, colocar hitos, restaurar caminos. Deben de ser una legión en toda Europa y yo, que solamente soy usuario de esos senderos, miles y miles de kilómetros de senderos que he pisado, me sentía en enorme deuda con toda esa gente anónima que ha dedicado tanto tiempo de su vida a hacer posible que la mía sea más plena gracias a ellos y a su trabajo.

No sólo en este aspecto de los senderos, claro, son legión la gente anónima que sin ánimo de lucro trabaja para hacer posible el bienestar de los otros. Hay que recordarlo de tanto en tanto, que si es verdad que el mundo está lleno de hijoputas, también lo es que el mundo está repleto de gente maravillosa y solidaria.

Los apretados bosques de robles y bojes con sus ejemplares de acebo hoy dieron paso primero a los pinares, más luminosos y habitables con las sendas cubiertas por el rubio de la pinácea, y más tarde a los encinares, los alcornoques, y el terreno amable de senderos menos tortuosos.

En uno de los altos me sorprendí gritando: ¡Hostia!, si es el mar. A lo lejos, en la base de unas montañas, éstas se remansaban junto a una superficie brillante donde se reflejaba el sol. Todavía me quedan algunas jornadas para llegar a él, pero me daba cierta alegría tenerlo ahí casi al alcance de la mano después de más de cuarenta días de haberme despedido del Cantábrico.

Después de aquel alto todavía el sendero se sumergió en la umbría de un barranco. Decidí parar junto a la música del agua. Un pequeño arroyo corría cantarín por medio de un bosque oscuro y silencioso. Las yedras, sedientas de luz, trepaban vigorosas por los troncos de lo árboles a la búsqueda de un poco de sol.

Hacia el final de la jornada mis notas anunciaban un albergue para caminantes en La Vajol. Me dije, mira, una ducha y acaso hacer la colada no te vendría mal. No es que me atrajera la cosa, pero bueno… En la puerta del albergue había un teléfono. Respondió una señora mayor. En tres minutos estoy ahí, me dijo, son treinta euros. Le evité la molestia del paseo de tres minutos. Lo del albergue en la página que lo encontré sonaba como una deferencia del ayuntamiento. Joder, con la deferencia. A quince minutos bajando hacia La Junquera encontré un lugar ideal entre las encinas, que además tiene un habitante nocturno que me recuerda que las altas montañas han quedado atrás, un cárabo cada pocos minutos intenta alentar con su monótono canto a alguna hembra. 







  

 

Igor el de los pies ligeros

  

Por los montes de Albanyá, 10 de septiembre de 2020

Coll Roig – al este de Albanyá.

 

Eran pasadas las diez de la noche y me disponía a dormir cuando el haz de luz de una linterna cruzó la oscuridad. Joder. Era imposible imaginar un lugar más intrincado y lejos de la civilización que ese collado. Y además a esas horas. No podía tratarse más que de uno de esos hermosos locos que recorren el mundo ajenos totalmente a los hábitos del resto del mundo civilizado. Benditos locos, sí. Pues allí estaba Igor rastreando en la oscuridad un lugar para descansar de una larguísima caminata dándose de bruces con un sapiens en medio de la oscuridad. ¿Igor el príncipe?, pregunté, porque a mí eso de Igor me sonaba a cosa de alcurnia y si no a nombre relacionado con la mitología nórdica. Aunque hablaba bastante bien el castellano no llegué a enterarme del todo si era de la Francia meridional o polaco. Estaba exaltado, era una máquina de hablar sin rostro, sólo una voz que me contaba algo de un coche que se le había estropeado y que era el embrague pero que era difícil que fuera el embrague si el humo salía por el tubo de escape. Eso había discutido con su amigo Albert que era el que le había mandado unos deportivos a Irún que sustituyeran a los que habían muerto en el trayecto Cap de Creus al Cabo Higuer en el Cantábrico. Que luego de atravesar el Pirineo de este a oeste, ya con los deportivos nuevos le quedaba por hacer el recorrido contrario ahora por el GR11. Benditos locos, ya te digo. Y además hoy había caminado desde Molló desde las siete de la mañana hasta las diez de la noche y además ni siquiera se le había ocurrido coger agua en la ermita de Sant Aniol d'Aguja. ¿Hay agua por aquí?, preguntó nada más llegar. Tócate los cojones, pensé considerando lo absurdo de la pregunta. Venía seco. Y lo que sabéis, dad de beber al sediento y el Reino de los Cielos será vuestro. Menos mal que había cargado con dos litros y medio por la cosa del riñón y porque desde donde estaba habría necesitado casi cinco horas para conseguir una poca. No tenía ganas de poner la tienda, soy… dudó pero encontró la palabra inglesa para decirlo, soy, dijo en inglés, lazy. Ya, perezoso, pero vas a amanecer empapado. Y pensé para mí que lo mismo era capaz de echar un sueño de un par de horas y salir pitando. Después de un corto rato todavía de conversación me avisó de que roncaba. Me despiertas sí ronco, ¿eh? Así que esa noche dejé el estuche de los tapones de cera a mano.

Igor, como Aquiles, el hombre de los pies ligeros, había volado cuando me desperté. Frente a la puerta de mi tienda, bajo un piedra, había una nota: “Buen día y buena continuación, Alberto. Hasta otra vez. Igor” y añadía un correo y un teléfono. Misteriosas amistades de las que sólo puedes conservar la exclusividad de la conversación, una voz y la pasión por caminar. Nada del rostro, del aspecto, ningún dato físico que te ayudara a reconocer a un improvisado amigo que hiciste en la total oscuridad de un collado de una sierra de complicada orografía.

Este mañana me siento feliz. Ha amanecido amable y despejado y en algún momento me oigo cantar mientras preparo mi desayuno, café con leche y trozos de pan, no hay otra cosa, como desayunaba cuando iba al colegio de niño.

Una hora más tarde en el soleado collado de Bassegoda me encontraría con Clara y Chavi salidos hace unos días del Cap de Creus y con la intención también de alcanzar el Cabo Higuer en la otra punta de los Pirineos. Chavi que tiene sus dudas para cuando Clara se vaya, sólo dispone de veinte días libres, habla con las manos, los ojos, los brazos y quiere hacerse a la idea de que resistirá tanta soledad. Además, dice, dos resuelven mejor los problemas que uno. Clara le mira, me mira y sonríe. Son muy jovencitos y se ve a las claras que están loquitamente enamorados el uno del otro. Luego me hacen la crónica de todos los que me preceden, primero de todos Igor, el de lo pies ligeros, con el que se han encontrado una hora antes, después una pareja mayor que se lo toman con calma y llevan cincuenta días de travesía y que caminan una jornada por delante de mí.

Al poco rato de dejar atrás el refugio de Bassegoda la senda se convierte en una pista hormigonada, ocho kilómetros hasta Albanyá, y entonces caminar pierde toda la gracia que la apretada vegetación y las revueltas del sendero dan a la mañana. La pesantez del hormigón quiebra la belleza que una estrecha senda zigzagueando entre las encinas y los robles proporciona al caminante. Este brusco paso del mundo encantado del bosque umbrío con sus rincones silenciosos y en penumbra, con sus tapizados de musgo y con su alfombrado de hojas muertas ha sido fulminado por el hormigón. Ahora toca caminar por una aburrida y desolada pista.

Comí muy bien en el camping cercano a Albanyá y después de hacer la compra volví al camino, ahora los pinares que se alzan a levante del pueblo.

Cuánto te falta para terminar, me pregunta mi hija. No sé, cinco, seis, siete días, pero no vuelvo a casa le contesto. No sé todavía donde iré después de avistar el mar, no lo sé, acaso otras montañas en algún lugar de España. Veremos.


 

Pertenezco a los bosques y las montañas

Tras la lluvia un momento de espléndida paz

  

Coll Roig, 9 de septiembre de 2020 

Coll Joel, La Garrotxa –Collado de Talaixá – Ermita de Sant Aniol d'Aguja – Coll Roig.

 

Llueve toda la noche. Suena el despertador, el agua golpea con fuerza sobre el techo de mi tienda, compruebo que dentro todo está seco y me arrebujo en el saco de dormir como un niño feliz que esa mañana no tiene que ir al colegio. Felicidad de que esté lloviendo. Sueño, vivo una vida paralela en una casa que habito sólo en los sueños, y que alguna vez sospeché sea la de la vida real mientras que ésta de ahora la que transcurre en este momento en el Pirineo pudiera ser la del sueño. No estaría yo muy seguro afirmando cuál de las dos es la que tiene más consistencia de carne y hueso. Me despierto un par de veces más, el agua continúa su inmutable tarantela. A las nueve y media lo hago sorprendido por el silencio y una repentina claridad. Asomo la cabeza por la rendija superior de la cremallera. Algunas nubes se arrastran perezosas por las laderas de las montañas que tengo delante. Se acabó el calorcito del saco. Ya casi me había hecho a la idea de haraganear todo el día en él. El amigo Santiago Pino me había mandado el día anterior un aviso de temporal. Ten cuidado, decía, y la mejor manera de tener cuidado era dejar bien instalada la tienda y hacer nada, esperar que el tiempo aclarase.

El bosque esta mañana está precioso, camino como un niño que estrena zapatos nuevos, admirado de donde estoy, contento por la suerte de atravesar esta maravilla que se abre exclusivamente para mí con su escenario de delicada belleza. La lluvia de toda la noche ha producido un milagro a ambos lados del sendero. Los troncos con su capa de musgo de vibrante verde parecen vestidos de gala para alguna clase de fiesta. ¿Será necesario, me pregunto, que las cosas se pongan algo mal, un temporal, una tormenta, una lluvia algo aparatosa, para que puedas encontrarte a continuación con un pedazo de plenitud vibrándote dentro del pecho? Plenitud esta mañana que brota del simple hecho de estar vivo y palpitante en medio de esta arrebatadora belleza que me rodea, el bosque que despierta con la pilosidad de sus troncos como barbas desarregladas y brillantes sobre la penumbra apretada de los robles, el río de nuevo cantando feliz abajo en la angostura, una ligera niebla que apenas tiene la consistencia de un velo de seda y que dejo atrás en el momento que oigo alguna voz más abajo. Son dos bilbainos que han hecho noche en el refugio del collado de Talaixá y que suben tan contentos como yo admirados por esta mañana de muselina y verdes de lujo. Uno de ellos ha resbalado y ha metido el pie hasta la rodilla en el río, pero igualmente está feliz, ya se secará dice. Caminantes del GR11, que con menos tiempo libre que yo cubren su segundo recorrido. El pasado verano terminaron en Albanyá y este año harán una semana más de la travesía.

El sendero está repleto de un mullido tapiz de hojas que a veces me obliga a detenerme a contemplarlo. En una de estas ocasiones me llama la atención una hoja de castaño que reposa blandamente sobre el musgo. Me paro a fotografiarla. Recuerdo otras muchas hojas abandonadas sobre los senderos que he fotografiado en muchas partes del mundo y me asalta la sensación de que mi naturaleza esencial pertenece a los bosques y las montañas. Soy parte de ellos como lo son el musgo que cubre los troncos y las rocas.

Tras una curva del sendero aparecen las ruinas de una casa. Sobre las rocas está escrita la palabra Talaixá. Recuerdo perfectamente ese muro y esa palabra en rojo de mi último paso por aquí. Esta es la tercera vez que me paro ante aquellas ruinas. La primera procedía del Mediterráneo y aquella palabra y las circunstancias que la rodearon me llevaron aquel otoño a escribir una novela. Había encontrado en aquel collado, algo narré de ello al principio de esta travesía, a un hombre con más de ochenta años que vivía sólo en una de las casas durante todo el año. Un amante de la soledad que pasaba sus días en plena contemplación. Con la familia en Barcelona a la que veía una vez al año, pero asentado allí con la idea de permanecer hasta el mismo momento de su muerte. El nombre de Talaixá, que iba a servir de título a mi novela al final lo cambié por Taxila, una legendaria ciudad que supuso el límite del avance de Alejandro Magno hacia Oriente. La novela llevaba el título de Camino deTaxila, y tenía como referente una especie de itinerario hacia una ascesis que finalmente se convierte en un retorno al hogar tras un largo viaje a lo profundo de la India.

El collado, donde se erigen varias viviendas y que en los años cincuenta tenía una población de ciento ochenta vecinos, hoy dispone de un refugio y de una construcción más amplia que el dueño alquila los fines de semana a grupos. Estoy tomando un tentempié y aparece éste, un hombre en los cincuenta con el que mantengo una larga e instructiva conversación. Le cuento enseguida que en el verano del año 2000 había conversado allí mismo con un hombre mayor que vivía solo en el lugar. Sí, Rodri, me dice, murió en el invierno de ese mismo año en que le vio usted. Y me muestra una placa fijada sobre el dintel de la puerta del refugio. “RODRI. La fuerza de tu corazón permanecerá eternamente en Talaixá. 1914-2000”.

La economía de aquel pueblo en los años cincuenta, me cuenta, esencialmente estaba basada en la fabricación de carbón de encina y en el contrabando. El actual refugio terminó convirtiéndose posteriormente en cuartelillo de la guardia civil. Le pregunto a Hilario por los puntos de acceso al collado; una hora y media por cualquiera de las dos vertientes a través de un pequeño sendero. Estamos en una sierra tremendamente abrupta y difícil de atravesar y hoy cuesta entender una población de dos centenares de personas totalmente aisladas del mundo y sin accesos de pistas o similares. Comenta Hilario la curiosidad de que la casa que alquila, un lugar en el collado en el que no vive nadie y al que él sube los fines de semana para atender a sus clientes, no sabe si por el Covid o qué, tenga una inusitada demanda este año precisamente. Me dice que lo reserva a grupos, con el Covid hasta un límite de diez, y que tiene todo ocupado hasta el mes de diciembre. ¿Le ha venido a la gente un deseo improrrogable de soledad, de alejarse cuanto pueda de posibles focos de contagio?

Recuerdo de la primera vez que pasé por aquí haber hecho parte del sendero oyendo La pasión según San Mateo, de Bach, un día en que una emoción muy especial fue suscitada por aquella música. Uno se encuentra consigo mismo en particulares momentos del pasado, a veces la razón que contribuye a ello es el paisaje, otras como hoy es una novela escrita veinte años atrás en que el protagonista, en cierto modo trasunto del autor, vuelca inquietudes, amor y aventura en las páginas de un libro; o se encuentra en la música, hoy de Bach. El vagabundo, que es un verdadero ignorante de los entramados de la música, se admira de que la emoción que vuelve a suscitar en él esta misa que oye con tanta frecuencia como El Magnificat o algún número de cantatas, quede grabada en él con tanta intensidad. Apenas recuerdo nada de este entorno que he atravesado dos veces y sin embargo soy capaz de recuperar qué música escuchaba en un preciso punto del trayecto.

Una hora y media más tarde paro en la ermita de Sant Aniol d”Aguja donde un refugio en construcción y la misma ermita llevan décadas en estado de permanente trabajo. La soledad del lugar sólo es interrumpida por el sonido cantarín de la fuente. Hilario me ha dicho que lloverá después de las dos de la tarde y había pensado quedarme allí. Miro el cielo, está pichí pichá, pero decido arriesgarme. De tanto en tanto, desde el sendero que corta la ladera y a cuyos pies rompe un precipicio, se abre una ventana a este mundo salvaje y de apretadísima vegetación de La Garrotxa, un terreno en apariencia transitable exclusivamente para jabalíes y escurridizos animales imposibles de observar en aquel enmarañamiento de vegetación y abruptas escarpaduras.

Subiendo hacia el coll Roig empieza a llover. Imposible acampar en un terreno tan abrupto. Me pongo el equipo de agua y aprieto el paso atento siempre a algún lugar en que pudiera poner la tienda. Un buen subidón aquel con el temor permanente de que se desatara el diluvio. Pero hay suerte. En medio de aquel mundo de complicados senderos y vegetación apretada en el mismísimo collado los hados me habían dejado una preciosidad de prado y no sólo eso, que también tuvieron la delicadeza de guardarse la lluvia para otra ocasión.

¿Más?, sí, no sé por qué me siento muy feliz allí con la tienda puesta, mis cosas a secar y con la navaja partiendo un trozo de queso de cabra. Creo que sí, que verdaderamente pertenezco a los bosques y las montañas. Siento que me va a costar mucho trabajo dejar las montañas y los bosques y regresar a casa.