Regresando



Cerdeña – Barcelona, 9 de septiembre de 2017


Aquietar el espíritu frente al tránsito de los viajeros moviéndose de un lado para otro del barco, mientras Brahms...
Este permanente estar en esto y lo otro, el ruido interior que no cesa.
El mar ya ahí fuera con la sombra de una isla perdiéndose en el horizonte.

Huyo de cubierta y de la megafonía chillona, me refugio en un rincón de la nave.

Allegro apassionnato, Concierto para piano número 2. Brahms.

Los pies liberados de las botas, las sensaciones fluyendo como riachuelo que se deslizase tranquilo y apacible por un prado.
Un cacho de sol se posa lejos sobre el agua​, una cinta de luz en el tenue gris azulado de la mañana.

Regreso.

Estuve lejos de casa y ahora vuelvo. Con el cuerpo lleno de sol y el aire de los caminos dentro del alma. Regreso. Vuelvo a casa. El eterno retorno en que concluye toda aventura.

Andante. Barenboim. La música. La inercia de seguir escribiendo, diciendo. Escribo, existo. Hablo con el hombre que va conmigo. Mi niñez, un patio de Sevilla en el que crece un limonero. Don Manuel. Soria. La tierra de Alvargonzález, el otoño merodeando a los pies de peña Prieta entre Cidones y la laguna Negra.

Los Alpes y las montañas corsas se han sumergido definitivamente en el mar, sus valles hundidos en la profundidad azul, sustituidos los pájaros y los sarrios por peces abisales de diminutos ojos verdes.

Alegreto graziosso. Un horizonte tirado con tiralíneas, los ondulantes reflejos salpicando la bamboleante superficie.

Mis piernas al fin han dejado de moverse. Descansan. Es otro tiempo.

Me adormezco con un fondo de música de violín.

Gente que se mueve de un parte a otra del mundo. Los de Barcelona se van a Cerdeña y Córcega mientras estos últimos escogen Barcelona como destino. Lo llamamos turismo. Moverse, huir de la inmovilidad.

Los paseos de mi madre, aquellas tardes de ver escaparates paseo Extremadura abajo. A mi madre le encantaba ver escaparates. Yo le echaba el brazo por el hombro y mi madre, que era chiquita y de cara redondita, parecía
mi novia. Se veía en su cara que aquello le gustaba. A veces luchábamos. Me tiraba sobre la cama y me hacía cosquillas. Los padres somos una birria en comparación con las madres. Siempre fue así. Las madres acaparando el afecto de los hijos. Son unas bribonas, sí. Mi padre no dejaba de ser un extraño en el paisaje de mi infancia. Una pena.


El mar se puso desteñido y un poco insustancial. El cielo se hizo bruma color ceniza. Pequeñas olas se alejan dejando atrás su joroba de nieve.

Leo a Balzac. La búsqueda del absoluto. Un loco corriendo tras sus locuras. Cada loco con su tema. Despertar y tener una locura a mano, lo mejor que la vida puede darte. Balthazar vive de la pasión de tratar de convertir en oro un trozo de chatarra. La piedra filosofal le espera tras sus devaneos. Mientras, su mujer, Claes, vive para su loco esposo, para sus hijos. Siempre las madres. La locura y la cordura, dos extremos de la misma cosa.

Al mediodía cómo el deseo le sigue al mar tránsito, ahora el deseo de avistar tierra. Vivimos en la ola del deseo. El deseo crece, alcanza la cresta de la ola, resbala por su cerviz, se desvanece. El deseo crece, alcanza la cresta de la ola, resbala por su cerviz, se desvanece. El deseo crece, alcanza la cresta de la ola, resbala por su cerviz, se desvanece. Y así toda la vida. Y en el entreacto un viaje a través del mar. Así hasta el día de la muerte. Sin novedad en el frente, mi capitán.

El amor no es tan sólo un sentimiento, sino también un arte, escribe Balzac a propósito de dos de sus personajes. El arte como patrimonio de nuestra continuada civilización… aunque también la estupidez.


José Luís Moreno ayer me da las gracias en un comentario a este blog por mi labor pedagógica. No lo entiendo bien, pero me gusta. Uno siempre está creído, mal creído posiblemente, de que su verdad es más verdad que otras verdades, acaso, y naturalmente las canta de parecida manera a como gorjean los pájaros, cantan las ranas o maúllan lo gatos.

El día da para todo, en él cabe tomar el sol en la cubierta después de comer, cabe un temporal de arrachadas aguas arrasando el puente de proa, el horrísono, también, e ininterrumpido sonido de la megafonía, mundo de locos, que ni siquiera los tapones de cera son capaces de acallar. No falta, claro, mirar a las mujeres. En el undécimo piso de esta ciudad flotante, los viajeros observan ahora divertidos este repentino chaparrón huracanado. Un papá corre con su hijo en un carrito sujetando niño y carrito con la mano derecha mientras con la izquierda lleva de la correa a un perrito de lana que mira asustado la lluvia y el viento.


Se ha hecho tarde. He ocupado un asiento tras la cristalera de cubierta que da directamente al mar. Grandes olas obligan a caminar sobre cubierta dando bandazos de un lado para otro. A mis pies el mar se muestra agresivo, se mueve con una solemnidad que infunde temor. ¿De qué servirían con este mar los frágiles botes salvavidas que veo a mis pies cuatro o cinco pisos más abajo? En un barco ciudad como éste el mar es espectáculo. No lo sería en una nave pequeña. El temor que me infundía hace un par de años navegar en el mar de Bali en una pequeña embarcación con un mar similar no dejaba resquicio para la poesía ni para la contemplación como es el caso de hoy. Aquí el temor y el miedo de entonces se hace placer estético, reverencia por las cosas de la naturaleza. Aquí inmensidad azul inexpresable atravesando como hilachos de inquietud los pensamientos; en la montaña, más familiar a mi ánimo, como plenitud de desbordada orquestación cuando se hace tormenta y tú y tu soledad se encuentran a su merced bajo el frágil techo de una tienda en cualquier alto collado de los Alpes.

Mi cuñada Ana, de oficio artista, ha tejido una bonita alfombra para sus galgos durante el verano. Tejer y caminar… quizás tengan algo en común, le digo, eso de caminar y tejer. Sobre la urdimbre que van dejando mis pasos a través de las montañas y el mundo yo voy tejiendo mi vida y mis sensaciones. Cuando termine el tapiz, allá en el día final, quizás pueda sentarme frente a él, como hace Ana con su alfombra y, ojalá, contemplándolo, decirme: joder, que bonito me ha quedado.






Fin de la aventura corsa




Junto al río, a dos horas de Conca, 7 de septiembre de 2017


Se acerca la despedida de este vagabundaje en que estoy metido desde la mitad del mes de junio. Estoy acampado a dos o tres horas de Conca, el final del GR-20 y el final también de mi periplo veraniego. Desde hace tres meses no veo un periódico, no sé qué pasa en el mundo; sólo sé de mi familia y los míos. El otro día un personaje de Iris Murdoch citaba a un filósofo que había dicho: «No es contrario a la razón que prefiera uno la destrucción del mundo a un rasguño en un dedo». Quizás haya mucho de razón en esta idea, incluso a veces llego a pensar que estar inmerso en el mundo de todos los días con la prensa servida cada mañana tras el desayuno no sólo aclara pocas cosas sino que resta perspectiva sobre las cuestiones esenciales de la vida. Por el contrario, la sensibilización que se produce en un prolongado contacto con la naturaleza respecto a lo que es esencial lo que hace es poner las cosas en su sitio. No son vanas esas reflexiones a que dan lugar la contemplación de las estrellas, la observación de la erosión de la montaña o el hecho de someterse uno mismo a largos esfuerzos o privaciones; más bien constituyen, me parece, la base para acercarse a la realidad con una perspectiva mucho más cercana a una verdad, si es que esa palabra puede llegar a tener un sentido.


No sé yo por qué hace días me empeñé en describir esta parte sur de la cordillera como una especie de epílogo en que el terreno se iba dulcificando. Quizás miraba hacia el sur entusiasmado con el mar o pensando en que el terreno se hiciera más fácil. No, en Córcega va a ser como en el refrán, genio y figura hasta la sepultura. No, no decae ni mucho menos la fiesta. Desde el col de Bavella, donde paré a desayunar, el paisaje volvía a ser formidable tanto al norte como al sur. Grandes y escarpadas paredes de granito se erguían bajo el apacible sol de la mañana.


Estaba yo tan tranquilo concentrado en la subida hacia al refugio Paliri cuando escuché un bonjour a mi lado de una moza que iba acompañada de su chico y que me adelantaba a buen paso. Devolví el saludo pero enseguida mi atención quedó polarizada por su culo bamboleante. Uno a la derecha, dos a la izquierda, uno a la derecha, dos a la izquierda. Era un culo gordito que se movía juguetón como siguiendo el ritmo de un tema de moda que encantara a la poseedora del trasero. Al protagonista de la novela de Milan Kundera, La fiesta de la insignificancia, que comencé por la mañana, lo que le gustaba a rabiar eran los ombligos; los culos se encontraban en el segundo lugar de sus preferencias. Para gustos ya se sabe que no hay nada escrito, Woody Allen, por ejemplo, considera que el cerebro es la segunda parte más importante del cuerpo. Pues bien, el caso es que un servidor, que en algunas ocasiones ya se siente un rarito por ir a la contra de algunos usos corrientes, este mañana se le ocurrió que acaso tenía que hacer examen de conciencia no fuera a ser que un exceso de rareza fuera a menoscabar el aprecio que tengo por mí mismo. Además, el día anterior, y para más inri, me había encontrado en Facebook que alguien había compartido uno de mis post añadiendo una nota un tanto elogiosa a la que a continuación, el amigo Laureano Esteras, acaso para ilustrar al personal sobre mi persona, había incluido un comentario en el que me calificaba de no muy sociable y de vida que puede ser discutible, aunque eso sí, me concedía la gracia de ser buena persona. Vamos que entre mi afición por la cerveza, mi devota veneración por los culos bonitos y ahora mi supuesta falta de sociabilidad atribuida por el antiguo fumador en pipa Laure lo mismo desembarco en Barcelona dentro de unos días y me encuentro hasta la guardia civil esperando para meterme en chirona.

De todos modos la confusión del amigo Laure entre el concepto sociabilidad, timidez o la disposición a considerar la soledad como un apreciado bien quizás mereciera algunas consideraciones más. Si buscáramos alguna correlación entre el mundo animal y el de los humanos, en este sentido sería fácil ver que no todos los bichos tienen los mismos hábitos. Los gatos, por ejemplo, son solitarios, en general cada uno va a su bola, sin embargo las ovejas son de otro cariz, son animales gregarios. Así unos nos podemos parecer a los gatos, otros a lo lobos, algunos a las ovejas, y así sucesivamente. El Señor con su sapiencia sabrá por qué hizo las cosas así y no de otra manera. Y eso en relación a la sociabilidad o al gregarismo, porque respecto al gusto por la cerveza o los culos ya es otro cantar. Para la explicación de lo segundo una antropóloga de la que ahora no recuerdo el nombre, daba la explicación de que la afición de los sapiens machos por los traseros de las sapiens hembras venía de cuando bajamos de los árboles y empezamos a caminar primero a cuatro patas, lo que evidentemente hacía que esa parte de las hembras sapiens fuera un continuo escaparate de incitación.


Bueno, pues el protagonista de la novela de Kundera, leer una novela es con frecuencia una maravillosa herramienta de conocimiento, que es un hombre polifacético, cita a Hegel y dice que éste, en su reflexión sobre lo cómico, afirma que el verdadero humor es impensable sin el infinito buen humor. “No la burla, no la sátira, no el sarcasmo. Sólo desde lo alto del infinito buen humor puedes observar debajo de ti la eterna estupidez de los hombres, y reírte de ella”. Reírnos de nosotros mismos y de sus aledaños es siempre un deporte muy saludable.


Después del refugio Paliri el mundo que se abre hacia el sur, y que yo había imaginado una larga cuesta abajo hasta Conca, el final del GR, es un complejo laberinto donde no se disciernen en absoluto uno o dos valles. Ya me había llamado la atención la indicación en el refugio, donde un letrero apuntaba que el trayecto llevaba cinco horas. De todos modos el camino no es muy accidentado y se agradece que todo lo que queda por caminar, después de dos semanas habiéndoselas con estas sorprendentes y bellas montañas, es una larga cuesta abajo.


Pensé ir hasta Conca y hacer noche en un hotel o gite d’etape para ponerme al día, lavar la ropa y darme una larga ducha, pero a dos horas del final me encontré con un riachuelo y un gran remanso de agua. No lo pensé dos veces. Era pronto, así que hice la colada, puse la ropa al sol y mientras se secaba me bañé y afeité.


Mañana bajaré hasta el sur de Córcega para tomar un ferry que me lleve a Cerdeña. Desde Cerdeña tomaré un barco que hace el servido entre Puerto Torres y Barcelona. De momento, aventura concluida. 








El trabajo de vivir



Entre el refugio d’Asinau y el col de Bavella, 6 de septiembre de 2017


Definitivamente creo que ahora sí estoy cansado. El continuo caer de todo mi peso y el de mi macuto sobre las rocas, apenas mis piernas conocen en este itinerario caminos sin accidentes, está afectando a mis rodillas. No sé cuántos días llevo caminando por Córcega, pero esto no tiene nada que ver con lo grandes itinerarios de los Alpes, donde un día o dos te puedes encontrar este tipo de terreno. Incluso en Dolomitas, donde las pedreras pueden ser penosas y donde el terreno abrupto es frecuente, no es lo mismo porque tienen sus parajes de transición y alternancias. Aquí, salvo un par de jornadas que transcurrieron por los bosques, el terreno pedregoso somete continuamente a las rodillas, especialmente en las bajadas, a un trabajo agotador. Mis botas también están sufriendo las consecuencias del terreno. No creo  que llegue a un mes que las estrené y ya aparecen destripadas y con las costuras inferiores rotas. Tenían un aspecto muy bueno, unas Salomón bastante sólidas... De hecho nunca me había pasado que unas botas se abrieran en canal después de unas semanas de uso. Quizás algo de culpa la tenga el terreno por el que se mueven.


La mañana, que a primera hora era tranquila, con el sol colándose entre el ramaje y dorando la laderas, más arriba se hizo desapacible y muy ventosa. La temperatura bajó y si abajo iba en manga corta allí tuve que ponerme toda la ropa que tenía. Una capa de espesa niebla cubría el último tercio de las montañas que estaba ascendiendo. Era una cordal no demasiado larga que recorría el camino por su parte somital. Monte Incudine, era su nombre. Cuando despejó la niebla, ya en la bocca Stazzunara, el espectáculo que se abrió delante era de una gran belleza. Al otro lado del valle se erguía un conglomerado de torres y crestas de granito alzado solitario sobre los valles adyacentes.


Bajaba dando trompicones por un terreno accidentado cuando pensé que la vida es un curro de mucho cuidado. Un gato se coloca encima de las rejillas del radiador en invierno y ya puede nevar o caer chuzos de punta, allí se pasará el invierno roroneando sin más preocupación. Y un perro otro tanto, como mucho, si está echado y pasa una avispa cerca lo mismo hace el intento de atraparla con la boca, pero no va más allá, puede pasarse días enteros tumbado al sol. A nosotros nos va de distinta manera, siempre parece que tengamos que estar en continua actividad, caminando, trabajando, yendo de acá para allá, incluso pensando. No hay posibilidad de parar los motores, desconectar la memoria ram y quedar en blanco adormecido como un oso en plena hibernación. El trabajo de vivir, a no ser que te tumbes a la bartola y contrates a alguien que te abanique en verano y te encienda la estufa en invierno, hoy se me antojaba puntillosamente un poco agobiante. Estás dormido, por cierto al final no hubo anoche incendios, los helicópteros volaron misteriosamente medio hora más y después desaparecieron, suena el despertador y, en vez de seguir durmiendo hasta que la mucama te traiga el desayuno a la tienda, te desperezas, sales del saco, recoges todo y te pones a andar. Y vas de un lado para otro de un bosque del que hasta ayer mismo no tenías idea de su existencia, y subes un cuestón, y bajas otro no menos cuestón, y las rodillas chillan y en otro momento pasas sed o hambre o te duelen lo pies. Pero si estás en casa es otro tanto de lo mismo aunque sea más suave, tienes que levantarte, tomar decisiones, ir a la compra, si no estás jubilado además tienes que hacer esa cosa horrible que es ir a trabajar, en fin que al final todo se convierte en puro curro. En Córcega a cada paso espantas a alguna lagartija, las hay a montones. Ellas, que pueden estar al sol sin dar palo al agua, dichosas. Tú no, tú tienes que subir entre las piedras hasta allá arriba, sudar tinta, pasar frío o… sí, maldita la gracia. Sí, por qué. Así hacía yo de abogado del diablo esta mañana, pensando que esta noche me dormiría y al día siguiente me levantaría y me pondría a patear otra vez el monte y etc., etc.


Desde una especie de trono donde desayuné al abrigo del viento veía los montes circundantes esta mañana e imaginaba el principio de los tiempos cuando algo se convulsionó en este planeta y surgieron las montañas. Y después, cuando estas montañas debieron pasar por milenios, millones de años de erosión. Millones de años… jo. Y otro tanto para que se poblaran de vegetación, árboles, hierba, animales. Y de semejantes pensamientos me iba a las galaxias y su infinitud impensable y reflexionaba en sus millones y millones de años moviéndose locamente sin sentido alguno y a una velocidad endiablada por el firmamento. Y entonces desde esa pequeñez, mientras daba cuenta de un poco de paté y un trozo de salchichón, por cierto, riquísimo el salchichón de Córcega, pensaba en eso del trabajo de vivir y en los afanes y preocupaciones que nos traemos de continuo y, de pronto, todo, yo, mis preocupaciones, mis trabajos, la humanidad entera se volvían exquisitamente insignificantes ante lo inconmensurable del tiempo.

Los porqués que el Principito planteara a los sesudos sabios de un lejano planeta, dejaban en cueros y sin razón de ser a las tantas ocupaciones por las que nos desvivimos durante toda la vida. Así que, así las cosas, y para que el mundo siga funcionando la única explicación plausible que se me ocurría, mientras contemplaba las montañas, para justificar tamaño despilfarro de energía, estaba relacionada con algo que yo había observado en los perros y gatos de mi casa. Me imaginé gato o perro, inactivo, tumbado todo el día, y por extensión toda la vida, al sol o sobre la rejilla del radiador y de pronto, sin comerlo ni beberlo, me dio un ramalazo, me entraron unas tremendas ganas de ponerme a trabajar, de subir montañas, de hacer lo que fuese con tal de huir de tamaño aburrimiento que acarrearía la vida de lagartija, perro, gato o saltamontes.

El aburrimiento, día tras día, año tras año, toda la vida, se me apareció tan el peor de los males posible que empecé a entender por qué nuestra maravillosa condición humana por sí solita, y sin que nosotros se lo pidamos, nos incita a hacer esto o lo otro, esa cosa, por ejemplo, tan aparentemente absurda de subir montañas. Vamos, que llegaba a la conclusión de que mover el culo, ponerse en movimiento, planear, ponerse el mundo por montera o lo que fuera no era más que la respuesta de nuestro organismo para huir de las fauces del aburrimiento.


Bueno, espabila, tío, que no puedes quedarte aquí toda la mañana filosofando. Y es que además el viento había vuelto a vuelto ponerse pesado. Poco más arriba la niebla lo cubría todo y el refugio todavía quedaba a muchos tiros de piedra.


En el refugio ni siquiera me tomé una cerveza. Hacía un viento que te tiraba. Me tomé un nestea, compré una lata de ensalada y otra de sardinas y tiré para abajo confiando que junto al río el viento se calmase y pudiera comer y descansar un buen rato, como fue el caso.

Un largo sendero que atraviesa a media altura las montañas que veía esta mañana desde bocca Stazzunara, lleva en cinco horas hasta el col de Bavella. Montaría mi vivac a medio camino en un pequeño balcón sobre el valle.













El día del amanecer bonito




Cercanías de bocca de Agnone, 5 de septiembre de 2017


¡Ah, el agua!, escribía ayer recordando lo desmemoriados que podemos ser cuando olvidamos cosas esenciales por tenerlas corrientemente a mano. Sin embargo basta que se presente la oportunidad de su ausencia para que todo nuestro organismo se ponga en situación de alarma. Atravesando las montañas de Córcega, especialmente en el norte, es el primer elemento que tienes que considerar cuando te pones en camino. Normalmente llevo dos litros o dos litros y medio, pero hoy el peso había vuelto a aumentar con las compras que hice para día y medio en el refugio D’Usciolu y pregunté al guarda si encontraría agua por el camino. Me indicó que había una pequeña fuente a dos horas y media pero que no estaba precisamente en el camino. Decidí cargar sólo con medio litro. El caso es que la crestería que se inicia en el refugio y llega hasta bocca di Agnone me llevó mucho tiempo. Son crestas laboriosas de continuas subidas y bajadas donde con frecuencia tienes que usar las manos. También perdí algún tiempo tomando un ramal equivocado. Cuando terminé la cuesta y el camino empezó a descender temí que hubiera entendido mal las indicaciones del guarda. En estas andaba, preocupado por el agua, cuando a la derecha observé, a cincuenta metros, un trozo de prado que tenía un verde un poco intenso. Me acerqué; nada, sólo un poco de humedad. Me iba cuando recordé la facilidad con que aquí se filtra el agua. Cuesta arriba la humedad fue aumentando hasta que, albricias, oí el inconfundible sonido de iluminación del chorrito de agua. Es increíble lo bien y bonito que suena un chorro de agua cuando es lo único en muchas horas a la redonda que puede calmarte la sed y proveerte hidratación hasta el mediodía posterior.


Pero, hombre, si había olvidado que hoy fue el día del amanecer bonito. Cada vez me cuesta más recordar lo que he hecho durante el día. Se me mezclan en la cabeza jornadas diferentes. Bueno, pues sí, hoy había puesto el despertador un poco más tarde, justo para poder ver amanecer el sol sobre el mar. Estaba en un collado y mi camino descendía por la parte occidental de la montaña, con lo cual saliendo de noche me habría perdido ese momento tan especial del alba sobre el Mediterráneo. Cuando salí de la tienda el sol emergía por encima de una línea de largas y estiradas nubes que rozaban el horizonte marino. La estela del sol, esa espada de luz que refulge y se extiende siempre como una daga de fuego hasta la misma orilla donde rompen las olas, era sólo una promesa que no se cumplió esta mañana. Enseguida la montaña próxima, los grandes monolitos de granito cercanos se cubrieron por unos minutos del intenso dorado de la aurora.

Lo del amanecer bonito es una expresión que recordamos con simpatía, en este caso cuando se trataba del atardecer que para el tema es lo mismo. Un día una amiga trajo de visita a nuestra casa a un conocido marroquí. Era la hora del crepúsculo y en nuestra casa es casi siempre un instante muy particular, a veces se convierte en un momento espectacular. Aquel día lo era. Rasid bautizó aquella tarde nuestra casa como la casa del atardecer bonito.


Si hubiera que buscar un símil para esta cordillera corsa no sería disparatado compararla con la del lomo de un enorme ejemplar antediluviano en donde la cabeza y sus grandes crestas huesudas y escamosas constituirían la parte norte de la cordillera, mientras que el centro y el sur formarían la parte lumbar y la cola. Esa impresión tengo cuando me voy aproximando al final de mi travesía. Las montañas, conservando su rocosidad y aquí y allá el perfil accidentado y complicado de andar, han perdido la agresividad de los primeros días y ahora parecen ir sometiéndose al destino final que les espera unas decenas de kilómetros más al sur, cuando por fin, como les sucedió a los Alpes, les llegue el momento de desaparecer bajo las aguas del mar.


Hoy, después de varios días, he vuelto a mis lecturas. Los días nublados o las largas caminatas a través de los bosques impiden que mis baterías se carguen y últimamente estaban bajo mínimos. Ayer, que fue un día luminoso y de andar de continuo por las alturas, el sol puso al día mis dispositivos. A punto estuve de dejar, como tantas veces la novela, esta vez de Iris Murdoch, El mar, el mar, pero sucedió algo, el protagonista, un hombre de sesenta años proveniente del mundo del espectáculo, que parece haber convivido con varias mujeres a lo largo de su vida y a las que no tiene en mucha consideración, un día se tropieza con la que fue el amor de su vida, un amor nacido de la temprana adolescencia pero que ella rompió casándose con otro hombre. El personaje frívolo tras el que habían corrido diversas mujeres no me interesaba en absoluto, el tipo no me gustaba pese a su gran afición por el mar, pero fue aparecer aquel antiguo amor y remontar la novela con la fuerza esa con la que algunos autores se meten a sus lectores en el bolsillo. Me interesaba especialmente ahora el análisis del amor y cómo éste nace, se gesta y desaparece o persiste entre las parejas. Ese misterio, que nunca llegaremos a comprender del todo, del amor, se ha convertido así durante el día de hoy en el trabajo de análisis de Iris Murdoch que yo apreciaba mientras subía, rodeaba o bajaba riscos, por demás toda la jornada teniendo a mi izquierda la lámina plateada de un lejano mar que el sol hacía brillar casi como una enorme plancha de hielo. Mientras tanto, a mi derecha, por poniente, aparecían pequeñas aldeas aquí y allá acomodadas en los pliegues de las estribaciones.


Había colocado mi tienda en un prado muy coqueto y, me estaba metiendo en ella después de tomar un rato el sol, cuando vi subir camino arriba a un barbudo pelirrojo a buen paso braceando con sus bastones como si tuviera que pasar por encima de las olas y cargado con un respetable macuto. Me dirigí a él en inglés: es tarde, no te va a dar tiempo a llegar al refugio, le dije. Don't worry, I am a big walker, in an hour I arrive, me contestó. Bueno, me encogí de hombros, yo había tardado cerca de tres horas y estaba cerca de los setenta, pensé, aunque sus palabras me sonaban más que otra cosa a ignorancia. Uno puede apretar más que otro por un camino corriente, pero cuando no hay camino, que lo que te encuentra es una encrucijada de rocas, subidas, bajadas y falsas pistas la cosa es diferente. Me temo que el pelirrojo va a tener que dormir esta noche entre los bloques de granito. A lo mejor se acuerda de mí en algún momento de su vivac, de mí o del bonito prado que ha despreciado más abajo para instalar su tienda.


Cierta sensación de alarma después de terminar estas notas y mientras cenaba. De repente ha empezado a sonar el motor o los motores de helicópteros cercanos. Es noche cerrada. La presencia de helicópteros a estas horas no puede significar otra cosa que un incendio y estoy vivaqueando en medio de un bosque. ¿Quién no recuerda al Bambi de la película de Disney cuando era niño, Bambi desesperado huyendo del bosque incendiado? He salido fuera de la tienda a ver pero no observo ningún resplandor. A veces he oído los motores cercanos, pero ahora parecen mantenerse algo lejos, el ruido de motores es continuo y da la impresión de permanecer en un espacio concreto. Me acuesto intranquilo. Voy a poner el despertador para asomarme cada hora al exterior. Una noticia buena es que no corre una brizna de viento.