Le …. est la verité pour l’univers



Camino de Santiago. Villares de Valdeiglesias, 10 de agosto de 2008


Ahí está la foto para atestiguarlo, alguien borrando una palabra convirtió una afirmación en un interrogante. ¿Cuál es la palabra que falta?
Se admiten opiniones.



¿Cómo iba a faltar en mis lecturas del camino aquel otro Odiseo del siglo XX? No el Odiseo camino de una Ítaca que puede estar en los surcos del mar, en la estela que dejan unas botas gastadas y llenas de polvo, no aquél, pero sí con trazas no muy disimilares, navegante de mares, buscador de aventuras, ensoñador de sirenas y durmiente bajo las estrellas del cielo helénico. Bloom algo harapiento y curtido por el sol que en vez de la toponimia de Dublín recorre una parte de Castilla, que no dejó a Penélope tejiendo ni que terminó de madrugada acogido al lecho de Molly pero que en la odisea de lo pequeño, del día que comienza, frío y despejado, atraviesa el calor y el curso de los pensamientos y los recuerdos, pisa los cantos de los caminos y las huellas de los otros caminantes con la misma conciencia que lo hace Bloom a lo largo de ese día prometeico que convertirá su novela, su insignificante aventura en la odisea literaria del siglo XX.
Este Bloom caminante, que cambió la neblibnosa y húmeda Irlanda por el páramo castellano, lee ahora por tercera vez aquel viejo texto a la búsqueda de una comprensión nueva, a la búsqueda de los rincones del texto que le pasaron desapercibidos en anteriores lecturas. Virginia Wolf desdeñó aquel texto en la primera lectura; el libro de Joyce acababa de ser impreso. Ha llovido mucho desde aquello. Después Nabokov lo adoptaría como libro de cabecera. Aceptar la lección de lo nuevo, la lectura existente para llegar a entender que la odisea del hombre de a pie no dista en ocasiones mucho de aquellas legendarias, la realización de un oscuro deseo que ni ellos mismos comprenden, pero que les impele a izar velas y a echarse a los mares.





Leer las aventuras de Bloom parece un buen contrapunto para mi camino. Y mientras, en la televisión aparece una escena que me conmueve, los juegos olímpicos están en pantalla y al podium ha subido un ciclista español, Samuel Sánchez que está haciendo un tremendo esfuerzo por contener las lágrimas. No puede, aprieta los dientes, pero las lágrimas le resbalan incontenibles por las mejillas. Su emoción es más fuerte que él mismo. Sus lágrimas se funden con el himno nacional y la bandera hondeando en el fondo de la pantalla. Después no sabe qué hacer, juega con sus compañeros italiano y suizo a comprobar la autenticidad del oro olímpico mordiendo la moneda. Los tres parecen unos niños pequeños sorprendidos por una audiencia numerosa para la que no tienen aprendido el papel. Y con la moneda en la mano el momento de la emoción se prolonga en su rostro. A mí me brillaban los ojos contemplando esta escena en la televisión.


Tanto Castilla, tanto el calor, la estepa, ¿no debería acaso probar esto, caminar con el sol en el zenit en vez de protegerme de él y estar entre los sembrados y el brillo de la lanza justo cuando el sol tiene más fuerza? ¿No busco sensaciones, algo que venga a endulzar el recuerdo del dia con la comunión del campo ardiente barrido por una brisa que en nada alivia el caminar, la sed? Ahora el camino es rojo, cárdeno el centro del lienzo, tostado el rastrojal, verde pálido las aisladas retamas, las lejanas encinas. Pasa un grupo de italianos en bici:
-É questo il camino?
-Certo, tutto diritto –les digo.
Los rodales de paja yacen amarillo sobre amarillo como alfombras recogidas después de una ceremonia; la primavera alfombró el campo y las cosechadoras dejaron ahora su tejido de paja arrollado, rubio, guardando el campo.




Los caminos son rectos, como en el mar, el punto de fuga se pierde en el calor abrumado del horizonte, la luz es plana, deja ante mí la reducida sombra de un caminante. Solitario me vuelvo de tanto en tanto para dejar testimonio en mi retina, el perfil azul lechoso de los montes del Bierzo y el Teleno cierra el horizonte meridional; hasta allí salpican la llanura unas pocas encinas, la difusa luminosidad que exhala el calor de la hora de la siesta se mueve entre la vegetación. En mi imaginación ya no existe realmente el Cid, sino la experiencia de su padre, Manuel Machado, que lo pintó frente a una posada con una niña que pedía la clemencia de que siguiera su camino para que su familia no sufriera el castigo del bando real.
Desapareció el recuerdo del Cid, pero quedó el poema. ¿Lo ves, Mario, como tenía razón yo? En el futuro sólo quedará la poesía, la niebla matinal de Galicia, el sol centelleante cayendo a plomo sobre Castilla. En el futuro quedará el recuerdo de una momento de lucidez llevado a la práctica, una huerta, el placer de haber hecho con las manos una caracola donde nosotros encerramos el mar entero. Mariete, no te aflijas y sigue cortando ramas sobre las que trepen las judias o los proyectos hacia el cielo. No estás solo. Tambien de una ramita puede salir un gran árbol. En casa, en El Chorrillo, nos calentaremos los próximos inviernos con los robustos troncos que años atrás eran tan sólo ramitas que entre todos plantamos casi como jugando, esquejes de olmos, álamos, sauces y acacias que hoy son un bosque, que es n u e s t r o b o s q u e. Aquello también fue el resultado de un momento de lucidez. Fuimos nosotros dos que encontramos aquel letrerito de se vende en la puerta de lo que ahora es nuestra casa; ¿te acuerdas?
Pasa un ciclista cantando. Hola, carambola. Sigo obedientemente a mi sombra. Vamos bien, adelante. Hace un mes a esta hora era ella la que me seguía a mí.




Pero, ¿por qué empeñarse en pintarlo todo de oro y fuego como la bandera hispana; allá apareció un encinar, el camino subió una loma y se hundió en una depresión; después volvió a alzarse sobre la pendiente y, llegando a su cima fue la brisa y el sombreado encinar. Entonces hube de callar a Dedalus y a su amigo que poco antes había contemplado el mar exaltado; éste se habia rasurado con una navaja y después había recibido a la anciana vendedora de la leche con la que habló irónicamente. Se calló la lujosa prosa del capitulo primero y en su lugar se escucharon las ranas y sonó el viento en las copas de los árboles. Pasaban las horas de la siesta, la tierra comenzaba a atemperarse. Dedalus y McMulligan podían esperar. Sobre el campo se alzó el chillido de una urraca.
Hoy redoblé mi atención sobre el texto leído, hoy usaré la pausa y el retroceso y cuando la lectura lo requiera pararé bajo una sombra y escucharé al dios Joyce como si las palabras nacieran de un templo. El placer del texto. El convencimiento de que si me pierdo será culpa mía o de mi pereza y no del mapa o la brújula. Mi decidida determinación de ser más reverente con las lecturas, o por lo menos con algunas lecturas.



2 comentarios:

Mario dijo...

hoy salí del trabajo como cada sábado y domingo rabioso, dolorido y con ganas de sacar las lagrimas al viento, pero nada, todabía eso de llorar no lo he aprendido suficiente, y en el día de hoy la poesía queda eclipsada por sentimientos de rabia social o personal. Cataclismos entre mundos que parecen no saberse vivir juntos. En fin, gracias papi, besos grandes, a ti y a tus lectores, y que siga creciendo la poesía, así a la verita del camino, para que la gracia no deje de caer sobre este mundo.

Ana Jordán Davia dijo...

Yo como siempre mundana y apegada a
esta madre tierra os sigo en vuestros vuelos .
Besitos para unos chicos buenos y soñadores