Madrid-Cazorla, 03/07/10



Las gotas de lluvia barren en un recorrido oblicuo la ventanilla del tren. Me voy. Una vez más hacia el sur. Un paisaje amable, algunas mujeres bonitas que atraviesen mi retina, el sabor inconfundible de la soledad, el sonido mórbido de las hojas de los arboles bajo los que dormiré en los próximos días, la búsqueda de un noséqué, inaprensible, siempre presente, junto a las yemas de mis dedos, éstos como bastón de ciego palpando en la oscuridad hacia un tibio amanecer en el que podremos fundirnos fugazmente el anhelo y yo mismo, junto a un arroyo, bajo la copa de un olivo, avistando a lo lejos, desde algún cerro coronado de chumberas en flor, el mar.
Partir hacia el sur, el norte, la lejana Normandía, los Alpes, alguna playa solitaria de Fuerteventura. Tanto monta, quien parte lo hace en cualquier modo siempre hacia sí mismo, viajamos hacia nuestro propio encuentro, nuestra propia sustancia anhelante de inciertos parajes interiores que sólo parecen germinar cuando interponemos entre nuestros Hábitos y nuestra mirada un entorno diferente, pero que nos es grato y nos invita por una u otra razón a mecernos en las sensaciones de nuestra mismidad, de todo aquello que constituye nuestro bien amado entorno afectivo. Me pregunto de donde me viene a mí este arranque de poemática percepción, y miro tras la ventanilla la lluvia, un río que atravesamos, el Tajo, la desusada presencia de un paisaje propio del invierno, de un otoño que invita al arrumaco; la plácida conversación de los viajeros que leen o miran distraídos el paisaje que cruza la ventanilla. Y cuánta importancia tiene para nuestro estado de ánimo la partida, cuando por demás el cielo ha dejado de ser el que corresponde a la estación y se transforma en amortiguado receptor de nuestras impresiones; el despegarnos por un momento de eso que corresponde hacer una mañana de viaje, leer el periódico, continuar con la lectura de un libro, acaso entablar conversación con el viajero con quien nos tocó compartir algunas horas este trayecto. Importancia que por otra parte se ve acentuada por un cuerpo altamente sensibilizado por las pocas horas de sueño, estado alterado por tanto, propicio para ver desde un ángulo sensiblemente diferente una realidad altamente mediatizada con frecuencia por el Hábito. No, no es mío ese hábito con mayúscula, pertenece al tomo de La fugitiva, de Proust. El Hábito mediatiza nuestra presencia en el mundo, como las vías del ferrocarril que no conocen otro mundo que un trayecto determinado entre el punto A y el punto B, el tren encarrila nuestra mirada y nuestro hacer cotidiano aminorando nuestra capacidad de percibir otras muchas posibilidades que la tierra puede ofrecer a nuestro caminar; y lo hace hasta el punto de que nos sea difícil reconocer con mediana claridad aquello que realmente nos interesa, aquello suceptible de ofrecérsernos sin lugar a duda como parte anhelante esencial de nuestro yo.
Y es que a uno se le va estrechando poco a poco el tiempo en que habrán de vivirse las agolpadas inquietudes que continúan trayendo los días; el tiempo se hace liviano, sutil, se convierte en una metáfora que no admite la demora de una ambigüedad indistinta, cuya infinitud, cuando éramos jóvenes, nos hacía corretear por la vida como si ésta fuera tan ilimitada como nuestras propias expectativa. Y como consecuencia esa necesidad de pisar tierra firme, de encontrar una solidez suficiente en el camino que vamos hollando día a día.


Ante la amenaza de días de lluvia y tormentas mi impediementa volvió a incrementarse; eso, más una abultada bolsa de nísperos de nuestra huerta que no me resigné a dejar estropearse en el árbol. Caían arracimados, voluminosos, sabrosamente apetitosos, de sus ramas. La parcela quedó verde, recién segada; los rodrigones de las tomateras firmes sobre la tierra, los arriates plenos de flores, los calabacines y sus grandes flores acampanadas cobijadas bajo el envés de las hojas; en fin, bello pero lejano ahora ya de mi vista, que de vez en cuando lo pensará también como una parte ausente de mí mismo, de parecida manera a como pienso de tanto en tanto en ella, en los habitantes de El Chorrillo y sus aledaños, en aquella Pequeñaja que es ahora mi nieta, ese par de ojos vivaces que comienzan a rastrear el hervidero de la vida a su alrededor. Quise prescindir del ordenador y de la cámara a fin de aligerar mi espalda, pero en último momento me decidí a traerlos, quizás reflexioné que también este rastro de palabras que me va sugiriendo el camino es una parte interesante del mismo, la capacidad de reflexionar, de ir anotando las impresiones que el viento, la lluvia, el sol, el cansancio van dejando en mi ánimo, transformando mi pensamiento en escritura, puede ser un fruto, que como los nísperos que ahora llevo en el macuto, me transmitirán en un tiempo posterior el dulzor grato de su pulpa. Vivimos también en lo que creamos, en la pulpa del níspero, en el olor de la albahaca y las tomateras, en la recién pintada escalera de la piscina, en nuestras torpes palabras agrupadas en torno a nuestras vivencias. Todo materia de vida, como el mar, el desasosiego del orgasmo, las vibrantes palpitaciones de nuestros deseos contrariados, esa inmensa fuerza interior que rompe, como las olas sobre la solitaria playa de nuestra ánimo, en los momentos de gracia con los que de tanto en tanto venimos a encontrarnos.
Mientras tanto dejó de llover y asomó tímidamente el sol sobre los viñedos. Estoy a mitad de camino. Esta noche espero dormir en los altos de Cazorla.






1 comentario:

Ana Jordán Davia dijo...

sunsk
Buen viaje y mejor camino.
Mi parcela empieza también a estar verde. Funciona una de las dos fases del goteo instaladas, ¿como me aprovecho de tener futuros yernos!, ya sabes que luego las cosas cambian, donde hay confianza..
Oye: te esperamos y poder repetir otra cena y mejor charla.
Te queremos.