Cada vez que me alejo del camino, el GR, y vuelvo un día o dos después a encontrarlo, esas señales blanquirojas que jalonan el sendero, es como si reencontrar un amigo, alguien que me acompaña con su guiño de asentimiento. Sucedió esta mañana. Por demás, cuando uno anda algo perdido y se encuentra esta señal es siempre un alivio; la señal te dice: estás en el buen camino. ¿Qué tal si fuera así en la vida?, un globito que se apareciera frente a nuestra jeta que te dijera, bien, hombre, bien, va usted por buen camino; algo no tan subjetivo ni tan maleado como la conciencia, algo que nos tranquilizara frente a la incertidumbre. Pues, ¿no se trata en definitiva en este mundo de otra cosa que de ser buenos? Sí, así, como no lo enseñaban de niños. Primera tarea para cualquier ser humano: ser buenos. ¿Se puede imaginar acaso cómo iría el mundo si todo el personal se propusiera con ahínco eso, ser buenos?
La verdad es que hay gente deliciosa por ahí. Una hora y media de camino, monte bajo, monte arriba, carrascales, espinos, romero, enebros enanos; monte intransitable fuera de la estrecha senda que lo corta; sin sombra, tierra de jabalíes y perdices; un pequeño desierto. En cierto momento el camino serpentea, baja, avanza a media ladera hacia un valle que no se puede ver, y después de algunas revueltas, en el punto en que el camino cambia bruscamente de sentido, plas, un bosquecillo de acacias, y en medio del bosquecillo como una gracia asombrosa de la bondad humana, una mesa y sus asientos. ¿Quién tuvo la genial idea de traerse una mesa hasta aquí?, algo que redondea totalmente la gracia del lugar. Agucé el oído, sólo le había faltado una fuente a este delicioso rincón. Descargué, tenía que tomar posesión del lugar aunque sólo fuera por un rato.
Flaubert. La educación sentimental. ¡Y qué placer nada más comenzar la lectura! El barco que se aleja del muelle, el deambular de Frederic de aquí para allá sin rumbo fijo, sus pensamientos no precisos, todo deliciosamente banal, hasta que de pronto, en algún lugar de la cubierta sus ojos tropiezan con una mujer. Y qué cojonudo por demás, que se hayan escrito miles de historias con una factura similar, y todas ellas salgan adelante como la cosa más natural del mundo. Y qué bonito que estemos hechos así, para experimentarlo y para gozar el relato que nos ofrecen estas historias. Hoy el placer de volver a la relectura de Flaubert después acaso de décadas.
Me temo que va de lluvia, las nubecillas ya no son nubecillas, sino que más bien se están convirtiendo en algo compacto, de la misma manera que el vientecillo empieza a bambolear las ramas de las acacias con especial fuerza. Y si llueve me voy a mojar; de cajón, claro.
El placer del camino subiéndome por dentro como gorgoritos de champán. Todo un enorme carrascal, enebros enanos, romeros, pinos que no levantan un palmo del suelo; la oscuridad a punto de caer sobre el monte, un viento lejano que se aflauta en tonalidades graves de película de terror, como si estuviéramos en los Alpes de Transilvania de un film de Polanski. Y sudo a gota gorda; me siento fuerte, contento, contemplativo. Se me acabó la batería del ipod y por ello mi ánimo vaga más intensamente por este paisaje que en un plis plas se convertirá en una cueva de oscuridad. Cielo cubierto, borrascoso, poco propicio para dormir al raso con lo puesto. Pero qué poca importancia tiene todo esto cuando uno se encuentra bien, identificado con los montes, los caminos, el viento que peina las laderas... La satisfacción de esta infinita soledad, la del cuerpo hecho al duro trabajo del camino.
Pasada la medianoche encontré junto al camino una casita, que aunque cerrada a cal y canto ofrecía un pequeño y recoleto porche. Allí me instalé. Seguía relampagueando a lo lejos, pero ya sin ganas como quien lo hace sólo por asustar, por pasar el tiempo haciendo culebrinas en el aire de la noche. Una hora antes había dado cuenta de todas mis provisiones, un trozo de bocadillo de queso blanco con anchoas y un buen poto de muesly. Estaba pletórico en medio de la nocturnidad y del silencio del monte; un camino que tan pronto bajaba como subía, que describía grandes bucles, que no me impacientaba porque, tronando como tronaba y con esas gotas de agua que anunciaban el temporal, estaba dispuesto a caminar toda la noche, o al menos dispuesto a llegar al pueblo y refugiarme en algún porche, una iglesia, lo que fuera. Además, ni siquiera me dolía la espalda, ni la rodilla, ni tenía sed, ni hambre. ¿Qué más quieres, Baldomero?
No sólo no va a llover ya, sino que encima la luna está asomando tímidamente entre las nubes. Cansado estoy, pero vamos... se puede aguantar. Mañana no madrugaré, estoy a kilómetro y medio de vuelo de pájaro de Vallada, y desde allí sólo me queda coger un autobús o llamar un taxi a Xátiva que me deje en la estación del tren. Sí, he decidido quedarme aquí antes de internarme en los montes de la zona del Júcar, de otra manera más al norte sería algo complicado mi retorno a casa a donde me he propueto pasar unos días.
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