Virginia Woolf y el mar





Hospital Viamed Santiago, Huesca, 11/05/2013

       Me pregunto: ¿cómo es posible que haya tantas cosas que no vemos, tantos matices, tanta sutileza flotando en el aire que respiramos, y que no percibimos, que no oímos? Hace un par de días, entre Linas de Marcuello y Sarsamarcuello, cuando estaba buscando un lugar para mi vivac, me sorprendió el profundo perfume del tomillo que adensaba su esencia a ras del suelo entre los bojes y las aulagas, pero me atrevo a decir que después de leer durante un buen rato esta tarde a Virginia Woolf, era casi una excepción el que yo percibiera aquella fragancia. La sensibilidad es un sofisticado mecanismo que requiere una extensa e intensiva dedicación para sacarle partido. No todos estamos preparados para escuchar con toda propiedad determinada música, para degustar determinada poesía o para leer con provecho a Shakespeare; y parece suceder así con todo lo que atraviesa nuestra percepción, de manera que las notas se nos pierden, los versos se nos deslavazan, los párrafos enrevesados y bellos se nos aparecen endiabladamente complicados y faltos de la gracia que una sensibilidad mayor, una preparación adecuada harían de la música y de la lectura un placer más sofisticado y grato.

       La lectura de esta tarde es un cestillo de impresiones que cualquier amante del mar podría recoger entre la noche y la hora del alba en un largo paseo solitario. Yo he hecho esto muchas veces recientemente recorriendo la costa cántabra del Camino Norte de Santiago, pero, pese a hacer con frecuencia un gran esfuerzo para ahondar en ese momento tan especial, tan íntimamente ligado a emociones que tanto están relacionadas con el impresionante bramar de las olas contra los acantilados en plena noche como a la suavidad de los colores y los múltiples matices de éstos que preceden al alba, siempre tengo la impresión de estar expresando una parte mínima de ese mundo que siempre me sorprende al final de la noche tanto junto al mar como en la montaña o en un campo de cebada ondeado como olas por el viento. Leyendo esta tarde a Virginia Woolf entre algún que otro fuerte dolor de costado y dos frascos de Nolotil, mi admiración por ella no hace más que aumentar. Si impelidos por la capacidad que puedan tener los libros de emocionarnos hiciéramos una exhaustiva selección en base a estos criterios, me temo que un porcentaje muy alto de nuestras lecturas nunca habrían pasado por nuestras manos. Hablo de mí, quiero probar, quiero hacer caso a cierta recomendación y emprendo lecturas que de pensarlo mejor habría desechado; hay títulos que no termino, bastantes, pero aun así no soy lo suficientemente selectivo. Un libro lleva mucho tiempo leerlo y tener la garantía de que nuestro placer de la lectura durante ese tiempo puede estar garantizado, debería animarme a ser más selectivo. Cuando tengo todavía tomos por leer de Virginia Woolf, de Joseph Conrad, de Virgilio, de tantas decenas de autores más o menos clásicos; o cuando llevo tanto tiempo sin releer a Homero, por ejemplo, ¿cómo dedicar una o dos semanas a títulos que se me caen de las manos, a libros que a duras penas me aportan ese pequeño hilo de emoción que toda lectura debería proporcionar?

       Esta tarde estoy encantado con mi lectura. Hace un rato fui al baño y en un mal movimiento la vía del suero salió disparada dejando abierto el conducto para que mi sangre saliera a borbotones dejando el lavabo y el suelo como si hubiera habido un desaguisado de vampiros en el lugar. La aguja que penetra en mi vena tiene una pequeña llave pero con el susto no la vi, intenté taponar la vena apretándola con el dedo: aquello pasó pero el efecto de la sangre por aquí y por allá daba para inventar algún relato; lo intenté, pero la cosa no funcionó, fue por ello que preferí volver a Al faro. Soy plenamente consciente de que cuando leo (oyendo) mientras camino me pierdo una parte importante de la lectura, los sentidos fácilmente se dispersan; por ello, cuando en un rato como el de hoy, el silencio del hospital en un sábado por la tarde, me encuentro con párrafos tan magistrales, todo el mar y su entorno entrándome por los sentidos de la mano de la prosa de Virginia Woolf; y más sobre todo cuando esto se produce entre dos periodos de agudo dolor, uno parece como resucitar a otro mundo. Y por cierto que no hablo de descripciones, que eso es otra cosa; que sí, que pueden llegar ser un peñazo; recuerdo, por ejemplo, cuando leí Peñas arriba, de José María Pereda hace muchos años me aburrí soberanamente; a las extensas descripciones, por muy fieles que allí fueran, le faltaban ese algo, que a veces no sé muy bien en qué consiste, que hace de la lectura un placer. En Peñas arriba, con estar la obra en todas las historias de la literatura, las descripciones eran como trepar sufridamente un larguísimo e incómodo terraplén.

       Mi sobrina Beatriz me dice con frecuencia que mucho de lo que escribo en este blog es un rollo o que tiene mucho, ¿cómo dice ella?, de paja, sí, eso dice. Mi padre, al que surtía permanentemente de libros hablados procedentes de la ONCE y de los que yo aprovecho actualmente, decía algo parecido. A mi padre le costaba padre y señor mío leer cosas que yo consideraba más interesantes. Mi buena voluntad se tropezaba siempre con su cara de fastidio cuando se topaba precisamente con esa prosa preciosista que yo tanto aprecio. Por mi parte me siento un tanto analfabeto cuando encuentro con prosas como las de hoy, o con textos como Paradiso, de Lezama Lima, un pobre párvulo al que, aun disfrutando de la lectura y mucho, le echa humo la cabeza ante el espectáculo de determinadas obras.

       Esta mañana estaba todo contento porque desde el día anterior el dolor no había hecho acto de presencia, lo que preludiaba que el cálculo, piedra o lo que fuera se había esfumado, y por tanto acaso podría seguir caminando rumbo a Cabo de Creus; había llegado el doctor y todo parecía ir como la seda, incluso le propuse que no me pusiera el analgésico para probar si mi cuerpo funcionaba otra vez bien, a lo que éste accedió; pero, ah, media hora más tarde todo volvió como al principio y hube de llamar a la enfermera para inyectara otra nueva dosis de Nolotil. No sólo eso, la doctora de la tarde pretendía tenerme aquí tres o cuatro días para ver como evolucionaba el cólico. Decidí que tomaría mañana por la tarde el AVE con dirección Madrid. Me meterán una ración de choque de analgésico en el cuerpo que me dure lo suficiente como para llegar a otro hospital allí en esa misma noche. Por si las moscas, porque si me pongo de parto otra vez me da algo.

4 comentarios:

LuisBas dijo...

Que dulce es el camino
del humilde caminante
que ante las dificultades
no ceja y sigue adelante

Que triste momento es cuando
la salud se quiebra
y nos impide seguir
las veredas y las huellas

Fuerte abrazo y que te mejores.

Alberto de la Madrid dijo...

Gracias, poeta.

Beatriz dijo...

Mmmm, que decirte yo.... No me parece un rollo lo que escribes, es mas, me parecen textos muy naturales, llenos de vida, experiencias, color, sabiduria..., solo que yo estoy acostumbrada a otro tipo de lecturas, pero...me estoy poniendo al dia, y los puntos a favor, enfocados o encaminados a mi curiosidad, van en aumento. Sigue asi. Besos. Tu sobrina Beatriz.

Alberto de la Madrid dijo...

Muy bien Beatriz... y adelante con paso firme.