Seis kilos



Estoy contento, he logrado reducir mi impedimenta a seis kilos. Ahí está todo lo que necesitaré para vivir una temporada de vagabundeo por las tierras del sur. Hasta yo mismo me asombro de que esto sea posible, toda la música que uno quiera oir, todos los libros que quiera leer, la máquina de escribir, el tocadiscos, el gps, montones de mapas, sólo eso ya cabe dentro de mi Samsung de cien gramos. Maravilla de las nuevas tecnologías. Junto a ello el propósito de simplificar la vida al máximo, ni cocina, ni tienda, ni chubasquero, dormir donde me pille y si llueve, algún diosecillo proveerá. En última instancia cargué con una bolsa se plástico de cincuenta gramos para improvisar un vivac en caso de lluvia. Ya pasé hace unos años por esta circunstancia sobre un arrecife mientras daba la vuelta a Ibiza, la noche del loro al cielo raso sin ningún tipo de protección y con una inesperada tromba de agua. Ni me ahogué ni me morí, pasé la cosa como lo hace una cabra o una vaca; así que ayer, cuando me decidí a prescindir de la tienda de campaña sentí un pequeño alivio. Si llueve y no encuentro un chamizo me mojo, nada más que eso. 

Sin embargo, y curiosamente, añadí un aparatito nuevo a mi equipaje, un ebook, así ya puedo leer con los ojos además de con los oídos, que es mi modo normal de lectura cuando camino. En realidad estas caminatas que me pego desde hace años por nuestras tierras tienen mucho de aficionado a ratón de biblioteca; es la única circunstancia dentro de mi vida cotidiana en que puedo dedicar, si me apetece, todo el tiempo del mundo a la lectura y ello caminando. 

Es ir por la vida, como cantaba Machado, desnudo como la mar; maravillosa sensación de libertad que no necesita de la comodidad de un hotel, como se extrañaba el amigo Sergio, que cabalgando en su yegua camino de Santiago y leyéndome en alguno de mis libros de los senderos, me preguntaba en un email sobre esta extraña afición mía de dormir como la bestias en el monte y entre los arrecifes. 

Para mí que en alguna de mi reencarnaciones anteriores debí de ser cabra, si no no se explica. Yo de cabra toda la vida y además ejendrando un hijo que tras la universidad se mete a cabrero son datos que apuntan a esa posibilidad. Si la infancia es un espléndido periodo de tiempo en donde se conforma una parte importante de lo que somos, quizás esto unido a viejas vivencias en otras vidas, más las migas de ilusión que pusimos en nuestra adolescencia y juventud enfocadas a locas actividades en torno a las montañas, han hecho el noventa por ciento de lo que somos. Y que se lo digan si no a esos amigos del Navi, viejos compañeros de montaña con los que después de cuarenta años de vacío empezamos a reconstruir una nueva amistad basada en esa permanente pasión por recorrer montes y valles. 

Y aquí estoy en Talavera de la Reina parado, víctima de una incidencia ferroviaria que me va a hacer perder la única conexión que tengo para incorporarme a mi ruta de Sierra Morena, en Cala, Huelva. Esta vez me costó arrancar, en casa la primavera estaba demasiado atractiva, la huerta, las flores, los rosales reventando de color por toda la parcela, el cefiroso bosquecillo de las acacias, los olmos y los álamos formaban un entorno ideal para demorar mi viaje. Vamos, que tuve que hacer de tripas corazón para decidirme a marchar. Sabía por otra parte que allí en el sur también me esperaban ratos de gozo y momentos muy especiales que amo particularmente, esa hora mágica de las cinco de la mañana de despertar en medio del campo bajo un cielo cuajado de estrellas, recoger mis cosas en la oscuridad, echar a caminar tanteando cuidadosamente el suelo con los bastones y los pies, la fragancia de la vegetación que se desprende de las ensenadas a estas horas, Venus a lo lejos sobre el horizonte indicándome el camino hacia levante. Hay muchos ratos en ese deambular por las tierra del planeta que merecen romper con la cómoda cotidianidad de casa para echarse al monte. Sólo sucede que mi condición de jubilado pone delante de mí tantas posibilidades diferentes que uno se enreda con ellas hasta el punto de hacer difícil la elección. 

Y el tren se ha puesto en marcha de nuevo y ahora atravesamos frente a la cordal de Gredos, restos de nieve envueltos entre algodonosas nubes de verano, el perfil tranquilo de la sierra descansando sobre el alfombrado dorado de la mies a punto de ser cosechada, un rebaño de merinas de lana oscura pastando junto a la vía del tren. El tren y el placer de alejarse. El Machado que he disfrutado toda la vida me acompaña:

Yo, para todo viaje 
-siempre sobre la madera 
de mi vagón de tercera-, 
voy ligero de equipaje. 
Si es de noche, porque no 
acostumbro a dormir yo, 
y de día, por mirar 
los arbolitos pasar, 
yo nunca duermo en el tren, 
y, sin embargo, voy bien. 
¡Este placer de alejarse!

5 comentarios:

Laure Esteras dijo...

Hasta pronto, caballero andante.

luisbas dijo...

El caminante e, m prende nue
aventura, ya pensaba yo que no aguantaría mucho más sin retomar la senda. Suerte amigo.

Alberto de la Madrid dijo...

Gracias, Luis y Laureano. Vamos a ver si por aquí también Podemos seguir un poco el camino hacia levante, ese sol que apunta ahora cada mañana delante de mí como una bella metáfora más global.

Sergio Iglesias dijo...

Me alegro que estes de nuevo en camino y todavía mas ligero de equipaje.

En mi próxima andaina trataré de emularte.

Por cierto ya estoy de vuelta en casa. Todo fue bien y disfruté como un cosaco.

Alberto de la Madrid dijo...

Un saludo, Sergio