El Adriático se va perdiendo a mi espaldas



Lokev, Eslovenia, 29 de junio 

Mi caminata por los Alpes comienza en las aguas del mar Adriático. Un barquito me lleva de Trieste a Muggia, una localidad en donde los organizadores de la Vía Alpina situaron el comienzo de esta gran cabalgada de los Alpes que terminará uniendo el Adriático con el Mediterráneo de la costa de Mónaco y Niza. Últimamente pareciera que todo consiste en ir de la ribera de un mar a otro. El pasado año fue atravesar el Pirineo desde el Cantábrico al Mediterráneo y en otoño seguir la costa mediterránea hasta alcanzar el Atlántico. Del mar procedemos, al mar nos dirigimos. Para los que somos de tierra adentro el mar siempre aparece en su inmensidad como una metáfora que representase la parte inabarcable y misteriosa del universo, acaso esa parte del Todo con que el tantra busca su comunión. Todas esas noches en que recostado sobre una roca tras la cena al final de una larga jornada de camino uno dejó vagar el alma por la superficie del mar durante horas hasta perder el sentido del tiempo, cuando uno habla con el mar y sus olas como si estos vinieran a ser parte de la médula de uno mismo, esa paz y ese silencio que sólo dan el mar y las montañas. La fascinación del mar junto a la fascinación de la montaña componen los dos grandes parámetros entre los que uno puede encontrar acomodo para las aventuras de toda su vida. 

Me he vuelto tan dependiente del teléfono que a última hora, ante la idea de poder perderlo o estropearlo me decidí a comprar uno más que sirviera de seguridad para albergar mis mapas y libros así como a la media docena de aparatos a que sustituye éste. Bueno, pues aún así: sorpresa, cuando desembarco en Muggia ninguno de los dos gps funciona  por lo que a la espera de que conecten decido ponerme en camino hacia donde creo que comienza mi ruta. Media hora después cuando el gps del Samsung tiene la amabilidad de conectarse me encuentro con que he tomado, naturalmente, el camino errado.  Media vuelta. 

La primera parte del recorrido son casas diseminadas a ambos lados de una pista de tierra. En el valle el rumor de la autovía sube por la ladera sobre la que discurre la Vía Alpina. Más allá atravesaré el bucólico entorno de lagos
donde las ánades y los mosquitos habitan en proporciones similares, un bucólico rincón donde podría quedarme pero del que salgo huyendo espantado por lo mosquitos.



 Más adelante encontraría, en mitad del bosque, una pequeñas construcción de un par de metros cuadrados donde algún campesino guardaba sus herramientas. Allí me quedé intentando poner en orden mi equipo electrónico. Se anunciaban tormentas para la noche y aquello me parecía más sólido que mi pequeña tienda de campaña. Craso error, a la una de la madrugada, poco después de que se desencadenara la tormenta, me caía agua por todas partes. Muerto de sueño como estaba traté por un rato de hacerme el loco limitándome a desplazarme a un lado, así hasta que no tuve más remedio que levantarme, el agua escurría por la pared, tropezaba con el alféizar de la ventana y desde aquí saltaba sobre mi saco. Pude colocar mi capa de agua contra la pared de manera que escurriera por ésta hasta el suelo. Después me cubrí con el mosquitero y saqué medio cuerpo del saco; hacía calor. Después de aquello ya pude volver a dormirme; entre sueños oía la parafernalia que siguió danzando en el cielo hasta poco antes del amanecer. 

A las nueve llegué al refugio Premuda , el más bajo de Italia, a sólo ochenta metros sobre el nivel del mar. Cerrado. Para cuando abrieran yo ya no estaría allí. Mosqueo: también encontraría cerrado el segundo refugio. Ya veremos si no me veo obligado a hacer cambios en mi planes; más adelante me enteraría de que, salvo en los Alpes Julianos, en toda esta zona sólo abren los refugios los viernes, sábados y domingos. Me siento totalmente incapaz de cargar comida para una cantidad indefinida de días. Veremos en qué para este asunto. 



Mientras estas cosas se aclaran y mi camino discurrire por tupidos bosques comienzo mi primera novela del verano, La vida exagerada de Martín Romaña, de Bryce Echenique. A ratos llueve, a ratos me pierdo y debo elegir rutas alternativas, no hay mucha gente que hable italiano en la zona, pero preguntando aquí y allá en las encrucijadas de este mundo rural, que atravieso en algún momento, termino por reencontrar las trazas de la Vía Alpina.

En le alto de Planinska, un magnífico otero sobre lo alrededores el refugio está cerrado, naturalmente. Más abajo, de camino a la pequeña localidad de Lokev encontré con un bar junto a la carretera. Decidí parar hasta la tarde en él.






2 comentarios:

Sergio Iglesias dijo...

Hola Alberto, te sigo desde casa.
Veo que ya la primera noche en el camino estuviste de danza.

O sea que es relativamente fácil perder el sendero. !Y yo que pensaba que una vía tan prestigiada estaría perfectamente marcada, casi tanto como el camino francés a Santiago!

Alberto de la Madrid dijo...

Señalado está aunque no siempre. Piensa que de todos modos soy el caminante más desatendo que conozco. Cuando camino mi cabeza anda muchas veces tan pérdida por aquí y por allí que no es raro que se salte señales que pueden estar delante de mis narices.