Tierra de girasoles




Almodovar del Río, 6 de junio  

Montserrat Castellano, mi amiga amante de los caballos, seguro que su yegua Jazz ocupa un primerísimo lugar entre sus amores, comentaba aquí anteayer que lo girasoles le recordaban aquellos otros de su niñez, un tiempo en que fue inmensamente feliz. Ese adverbio usa, inmensamente. ¿Quién no ha encontrado siempre entre el paisaje de la infancia uno de los mejores tesoros de su vida? ¿Cuántas veces nuestra vida adulta recurrirá a ese espacio algo misterioso y mágico en el que hubo hechos y circunstancias que hoy recordamos con tanto cariño? Montse no se conforma con un adjetivo corriente, usa aquel de inmenso, felicidad inmensa. Ya hablé frecuentemente de los libros de Ana María Matute y Miguel Delibes, especialmente aquellos que hablan de la infancia transcurrida en los pueblos. Yo no tuve pueblo en mi infancia, ni un arroyo junto a mi casa llamado Almar, pequeño pero con pretensiones de alcanzar algún océano, como le sucedió a una antigua novia, donde ella cazaba ranas y arrancaba juncos para trenzar el armazón de algún barquillo, pero pasé largos veranos junto a un río viviendo en tiendas de lona que confeccionaba mi propia madre. No viví en un pueblo pero creo que aquel río del verano vivió en mí durante toda la infancia como si la vida a la que pudiera aspirar después fuera ese río y las aventuras que corríamos en sus riberas. Cuando las primaveras de mi infancia empezaban a asomar la cabeza tras el invierno, mis pensamientos corrían ya hacia los dos meses de verano que me esperaban junto a mi particular Misisipi emulando a Huckleberry Finn. Los girasoles de mi niñez eran las tomateras, los pepinos y los calabacines de una huerta cercana a donde acampábamos. Allí transcurrieron para mí los momentos más felices de mi infancia. ¡Quien sabe si este caminar de un lado para otro tiene algo que ver con la búsqueda a ultranza de ese paraíso perdido de cuando era niño! Ese paisaje de huertas, de ribera de los ríos, los campo de cultivos, los girasoles, los barrancos, también en el río Alberche de mis veranos llenos ellos de adelfas como aquí; y cómo no, ese dormir junto al río y despertar en la noche con el manto de las estrellas sobre nosotros. ¿Quién duda de que la infancia deja una gran impronta en nosotros? 



Sí, estamos en tierra de girasoles. Esta mañana alfombraban el campo hasta perderse de vista en el horizonte. Por demás la mañana fue clemente con mis pies. La noche anterior no había puesto el despertador pensando que si acaso tenía que coger un autobús en Posadas camino de casa no me convenía llegar muy pronto al pueblo. Sucedió que sí, que aparecieron los girasoles y me encontré muy a gusto en este paisaje agrícola en donde los acebuches acompañaban al camino y en donde entre los olivos y los alcornoques asomaba ese amarillo brillante a esta hora ya alejados de mi querido y añorado asfalto. Total, que como no tenia prisa me senté a la sombra de una adelfa y aproveché para recordar los girasoles de Montse y desayunarme una tortilla con jamón. Después me enganché a Dickens y más tarde a Gómez de la Serna, La quinta de Palmyra, una escritura barroca y llena de florituras que desecharíamos hoy pero que tiene el sabor de esa época de principios del pasado siglo en que los caballeros usaban enroscados bigotes; me enganché y todo fue coser y cantar hasta el punto de que ni siquiera me digné acercarme al siguiente pueblo; seguí hasta el almenado Almodovar del Río, cuyo castillo en una picorota a la orilla del Guadalquivir se veía constantemente en la distancia por encima de los olivares. 



En el camino me crucé con un jinete que montaba un caballo asustadizo que me evitó echándose a un lado tras unos olivos. Un amante más de estos bichos grandotes a los que mi cuerpo nunca se acostumbró. Desde el pasado año, que tantos kilómetros hice con mi amigo Ramón, él sobre su rocín, y su perro y yo a pie como un Sancho Panza a modo de escudero, he tenido oportunidad de familiarizarme con estos fervorosos amantes en muchas ocasiones, la última vez un amigo gallego que inauguró su jubilación montando su caballo camino de Santiago. Sí, los amantes de los caballos, incluida mi amiga Montse y esa dichosa novia a la que tantas veces me referí en este blog, tienen algunas características interesantes comunes. Si les preguntas cual es la criatura más hermosa del universo te responderán con los ojos cerrados que sin lugar a duda el caballo; casi siempre se trata de amantes fervorosos, si charlas con ellos y no tienes cuidado son capaces de tirarse dos días y medio hablándote de las excelencias de su tal o cual. En los caminos de Santiago nos encontramos cientos de ellos, incluso alguno fue capaz de invitarnos a comer para poder terminar de hablarnos de sus caballos favoritos. 

Quizá mi amigo Ramón, el caballero andante, sea la excepción y aun siendo muy muy amante de ellos, puesto en la tesitura de tener que elegir para permanecer en una isla desierta con algún amor me temo que no sería precisamente un caballo lo que elegiría. Los tantos días de ayuno mientras dábamos la vuelta a España habían afinado su olfato hasta tal punto que cuando en un albergue nos encontrábamos con alguna guardesa dejaba de ser el amigo fraternal de siempre para intentar acaparar la atención de la Dulcinea de turno; situaciones por demás en las que uno, que se pasa la vida diciendo que es un tímido de narices, dejaba la timidez a un lado para competir en ese curioso escarceo que se produce cuando dos elementos del género masculino pretenden hacer la corte a una fémina que se cruza en su camino tras largas jornadas de sufrido ir y venir por los senderos del mundo. 

Encandilado debía ir yo, me temo, con el recuerdo de una moza de buenísimo ver, guardesa a la postre, y de una  simpatía embaucadora, una de esas guardesas por las que uno habría abandonado con lo ojos cerrados la aventura de caminar por otra aventura, que Dios, cuando se entrevé entre los efluvios de una queimada aparece como la cosa más deseable del mundo. Decía que encandilado como iba, entretenido con estos pensamientos, lo más probable que podía pasar es que perdiera el norte y que cuando me despertara me encontrara que hacía tiempo que me había perdido. Total, perdido estaba, por delante una alambrada de dos metros con espinos en lo alto, la valla giraba a mi izquierda y me obligaba a ir en dirección oeste. Exactamente lo contrario. La línea azul de mi track había desaparecido de la pantalla de mi teléfono hacia mucho tiempo. Puaf, arriba, abajo, a la derecha, a la izquierda... Terminé encontrando que la valla tenia una pequeña holgura por abajo y por allí me colé tras algún esfuerzo. Encontré mi track original campo a través ya cerca de la orilla del Guadalquivir. Sólo me quedaban un par de kilómetros para llegar a Almodovar del Río. 

1 comentario:

Sergio Iglesias dijo...

Que feliz infancia has tenido y con aquellas vacaciones a la orilla del rio. A todos de nuestra generación nos marcaron las aventuras de Tom Sawyer y su amigo Huckeleberry

!Claro que soy un amante de los caballos!, en realidad lo soy de todos los animales. Andar a caballo por senderos naturales, convivir con él durante días en el camino, hace que se establezca una relación muy próxima , de compañerismo y de comunión con la vida simple y natural.

Me alegro que hayas decidido continuar en el camino.

Sergio