En la vida no cabe todo



Capoluogo, el val d'Aosta, 26 de agosto 

Llueve desde media noche, son las once de la mañana y el agua continúa cayendo sobre mi tienda. Inmovilizado en el saco enciendo el teléfono, por ver si hay una pizca de cobertura para enviar mi post de ayer, y entra un escueto WhatsApp de Laureano diciendo que regresan a Madrid. No ha habido suerte y la cumbre del Mont-Blanc queda para otra ocasión. No tengo más noticias. 


Estos días, cuando entreveía el enorme macizo glaciar del Monte Rosa sentí la punzada del deseo de esas alturas, no ascensiones peligrosas o empeñativas, me atraía el mundo de los glaciares, los conglomerados de grandes seracs, las aristas que crecen hermosas y retadoras en el reino de los cuatro miles. Quizás si unos años atrás hubiera descubierto la fuerza que tengo en mí y que yo desconocía totalmente, quizás me hubiera atrevido a caminar por esas alturas. Habría necesitado un compañero, pero visto hasta donde podemos infravalorar nuestras posibilidades creo que sí habría sido posible. Nos subestimamos con mucha frecuencia y necesitamos ponernos a prueba, experimentar con nuestro cuerpo y nuestras capacidades para saber hasta dónde podemos llegar, si es que realmente apetecemos, que tampoco se trata de estar continuamente rompiéndose el alma y el cuerpo con los límites. Los cuatro recorridos diferentes que hice en tiempos en el Mont-Blanc son hoy, junto a algunas ascensiones en el Delfinado, Bernina, Ortles y Adamello, una referencia para saber de qué mundo hablo. Son imágenes imperecederas de un universo que llevo en el alma como uno de los más hermosos regalos que mi propia juventud me hizo entonces para memoria de toda la vida, un mundo que, orgulloso estoy por ello, también pudo entrever Victoria en nuestra frustrada ascensión a Les Ecrins, una mañana clara en que los seracs dorados por el sol del amanecer junto al extenso glaciar que llevaba a la cumbre aparecía tan bello, tan extraordinariamente hermoso, que cuesta pensar que gente de a pie, sencillos amantes de las montañas como nosotros fuéramos capaces de vivirlo. Era la segunda vez que pisaba aquellas laderas nevadas, la primera ascensión la había hecho muchos años atrás con María López y Fulgencio. Les Ecrins y también el maravilloso y cercano mundo de la Meije en cuya travesía nos pilló una tormenta que nos obligó a pernoctar en una grieta a más de cuatro mil metros con lo puesto. 

El mayor espectáculo que he tenido de este macizo que ahora rodeo, el Monte Rosa, lo tuve ascendiendo por la arista suiza al Cervino, recuerdo todavía los propósitos que me hice para volver allí y recorrer aquel mundo blanco de cuatro mil quinientos metros que aparecía ante mis ojos, como quien acaba de salir del cascarón, como la promesa del más hermoso y atrevido de los mundos. Lo de siempre, en la vida no caben tantas cosas, se lo decía el otro día a una mujer que apareció por este blog y que me comentaba que llevaba cuatro meses pedaleando por el mundo, lo que trajo a colación un viejo proyecto mío de recorrer América en bicicleta cuando tenía algo más de veinte años. La vida verdaderamente es muy corta cuando uno piensa en todo lo que puede hacer en ella, incluida la crianza de unos hijos. 


Últimamente reviví ese mundo blanco de la mano de la cineasta Leni Riefenstahl, las recreaciones fílmicas que hace esta mujer en los años treinta es una de las maravillas de la historia del cine dedicada a la naturaleza y a los pioneros que se adentraron en el recorrido de los Alpes. 


Las doce, continúa lloviendo. Abro la cremallera de la puerta de la tienda, la masa gris de la niebla es una veladura suave a través de la cual se pueden ver las montañas y el collado desde donde bajé ayer. No es una lluvia copiosa, dudo entre permanecer aquí o recoger y enfrentarme a la lluvia. No tiene pinta de parar y no me apetece estarme todo el día metido en la tienda. 

Pese a la lluvia terminé recogiendo y poniéndome en camino. Llovía ligeramente y la niebla solo permitía la visión de unos pocos metros. La pista, amplia de tierra, de caminar cómodo era ideal para volver a la lectura de Marvin Harris, la evolución lingüística, la importancia de la evolución social, la confección de herramientas, las primeras muestras de arte y los ritos funerarios. De vez en cuando las señales amarillas invitaban a dejar la pista y atajar para salvar algún bucle de ésta. Por último el sendero abandona definitivamente la pista y se recrea en un agradable paseo por el bosque. El suelo está lleno de avellanas, pero no tengo tiempo ni animo para pararme y hacer la recolección correspondiente. 


Después de una larga jornada me han pillado las seis y media de la tarde en tierra de nadie, un lugar inhóspito con casas aquí y allá pero con ningún restaurante o cosa que se lo parezca a la vista. Debería subir hasta Champdepraz, algo más arriba, pero no tengo ganas, estoy cansado. Creo que un chiringuito de información turística va a servirme esta noche de techo. Caminé bastante pese a haber comenzado a mediodía; me perdí en las cercanías del lago de Valle, lo que me obligó a subir a un cerro desde donde había una bella vista del valle de Aosta. Las deficiencias de la información de la página oficial de la Vía Alpina me van a hacer tributar mucho antes de llegar al mar. Es realmente mala la información de este itinerario azul. 


Eso sí, el día ha sido todo él muy bello gracias a la niebla que prácticamente no cesó de rodearme en toda la jornada. Fernando Ruiz, el fotógrafo oficioso del Navi habría disfrutado con cada rincón del bosque, sugerente, atractivo, lleno de misterio, en momentos con una sedosa variedad tonal que conjugaban la profundidad de los verdes que surgen de las profundidades más húmedas y oscuras con la gama cálida de los pastos allí donde la solana se abre paso. 

La Val d'Aosta, que crucé hace un rato marca nítidamente el último segmento de mi itinerario que acaso se demore todavía un mes. Ahora la dirección general de mi recorrido será de norte a sur.





2 comentarios:

Mario dijo...

Caminar cada día está resultando mi caminar de cada noche hacia el sueño. Gracias papi. Dulces sueños, dulces recuerdos.

Alberto de la Madrid dijo...

Después de mi aventura de ayer hoy desperté como nuevo otra vez. Dormí toda la noche boca arriba como en una nube.