Venganza, codicia, amor... esas cosas



Bajo el Pass da Niemet, Italia, 4 de agosto 

Manos en los bolsillos, gorro de lana, pista llaneante. Camino a buen paso desde las seis de la mañana. La línea del sol rasa bajo las cumbres. El cielo es azul, el valle verde. Por todos los lados los arroyos suenan broncos colmados de agua. Para junto a mí el microbús de la Post suiza. El conductor, un joven rubio, se asoma a la ventana con una sonrisa en los labios con la intención d cogerme. Good morning, le digo sonriente también yo, I'm walking. Y él asiente con una señal de la cabeza y se despide con un: Have a mice day. Y arranca su microbús. 

Hoy mi jornada es sencillita, se anuncian lluvias para las once pero eso todavía no existe. Disfruto de mi ahora matinal, del frío acariciando mis mejillas, del ruido de los arroyos, del sonido de las esquilas de las vacas. 


La vocación eremita de los caminantes solitarios se me presenta esta mañana con más fuerza que otras veces. El camino no requiere esfuerzo y puedo sumergirme completamente en mis pensamientos que van de acá para allá como una mariposa pisándose levemente en esto o en lo otro. Recuerdo en este momento a un hotelero gordinflón del norte de Italia  con el qué habíamos quedado Victoria y yo que a las seis de la mañana nos tendría el desayuno y la cuenta preparada. Atravesábamos algunas montañas al este del Mont-Blanc. Fue un asunto desagradable del que me he acordado algunas veces y que siempre me deja un mal sabor de boca. Esta mañana también. Sucedió que cuando nos levantamos el hotel estaba silencioso como un cementerio. Esperamos media hora y nada. Después de esto nos dedicamos a golpear y llamar casi a gritos en todas las puertas que encontramos. No sabíamos si había más clientes o no, el caso es que nadie contestó. La puerta de la calle también aparecía cerrada. No sabíamos qué hacer. Mirando entre los papeles del mostrador descubrimos nuestra documentación, la tomamos y a continuación nos dedicamos a la puerta. Logramos abrirla liberando los pasadores de una de las hojas. Abandonamos el hotel como se abandona una prisión. Al final de nuestra jornada de ese día, habíamos comentado al hotelero por donde íbamos al i, se nos presentaron los carabineros, hicieron algunas preguntas y nos dijeron que les teníamos que acompañar a la comisaría, algunos kilómetros valle abajo. Fue cuando subimos al coche que vimos en un auto aparcado al lado al hotelero. La pesquisa principal de los carabineros se centró en registrar nuestro equipaje a la busca de un teléfono móvil, que supuestamente habíamos robado en el hotel. Como la situación de no haber pagado la cuenta, dado que el hotelero no pernoctó en el hotel y debió de llegar muy tarde, no debía de tener mucha fuerza para movilizar a los carabineros el hotelero añadió un supuesto robo de un teléfono. Fue una situación humillante que cuando me pasa por la memoria todavía me solivianta después de una década. Los carabineros entendieron perfectamente lo que había pasado y nos convencieron para que no denunciáramos al hotelero, pero dentro del cuerpo me quedó algo que baila ahí incluso hoy con alguna fuerza, le habría roto la cabeza en aquel instante. Estuvieron los carabineros tan amables que nos llevaron más tarde directamente al emplazamiento de vivac en donde pensábamos pasar la noche. Se despidieron pidiendo disculpas. Pero el hecho, y eso es lo que me cuestiona esta mañana, es la fuerza con que aquello quedó grabado en mí y no sólo eso sino también cómo puedo o he podido fantasear algunas veces con la idea de encontrarme con aquel individuo para hacer uso de alguna forma de desagravio. Pienso en esa fuerza que corre por las personas y los grupos sociales clamando venganza a veces durante generaciones. El peso que tiene la humillación recibida en el alma humana puede llegar a ser abrumador. Mirando uno dentro de sí y observando cómo funciona nuestro psiquismo en ocasiones determinadas se podría llegar a entender, aunque no justificar, ese ojo por ojo, diente por diente que ha regido durante milenios en la historia de los hombres. 
Me saca de mi ensimismamiento un maullido. Me doy la vuelta y me encuentro con un gato blanco con manchas grises que parece requerir algo del caminante, se restriega el lomo en mi botas y mira para arriba como diciendo, qué, colega ¿no llevarás una sardina en el macuto para mí? Nunca había visto a ningún gato seguir a alguien como lo hace un perrito. 

El valle, hasta mi siguiente destino tiene diecisiete kilómetros. El principio es un valle glaciar, esa U evidente que distingue a estos valles se prolongará por algunos kilómetros hasta que el valle se cierra y se hace agreste con un caudaloso río que alborota ruidosamente entre paredes verticales a cien o doscientos metros de profundidad. 

Es una mañana tan fría que me deja las manos heladas pese a llevarlas dentro de los bolsillos. Los comportamientos humanos son siempre un material interesante de reflexión, me acordaba ahora de la gente oscura y esquiva que regía la pensión en donde había pasado la noche. Para la comida había un único menú que aparecía en una foto; en la foto se veían patatas, verduras, algo rojo y tres salchichas que cruzaban el plato de parte a parte; debajo el precio: quince euros. Lo que me trajeron fue un plato en donde bailaba una salchicha y unas pocas patatas. Luego el asunto del agua, cuatro vasos pequeños de agua del grifo: dos euros cuarenta. Codicia, la venganza de que hablaba más arriba, los judíos estos días en Gaza, los alemanes con lo judíos hace sesenta años, la manera en que se enamora Dámaso, el protagonista de la novela de Landero que leo desde ayer, de una chiquilla de dieciséis años... ¡qué universo de comportamientos y sensaciones! 


Paso junto algunas casas de madera donde cuelgan ristras de banderas suizas, se ven por doquier en lo lugares más apartados, junto a muchas casas no faltan el mástil y la banderita. La pasión de los suizos por enarbolar la bandera de su país es similar a la de los suecos. Es un signo que siempre me resultó algo sospechoso, tanta bandera me escama... ¿Orgullo de pertenencia a un grupo? ¿Tiene alguna connotación especial para estos abanderados el hecho de ser suizo? Yo me sentí siempre un ciudadano tan del mundo que el hecho de ser español tiene muy poca relevancia cuando me relaciono con personas de otros países, ciudadano del mundo, no más; podre sentirme más cerca de griegos, indios o italianos que de los alemanes, pero en sustancia, cuando se ha viajado mucho, uno siente una especial sintonía con todo el género humano. Esta cerrazón de los suizos sobre sí mismos es algo que no me gusta.


Este largo descenso del valle termina por convertirse en una especie de día de descanso, día de paseo. Pero resulta que estoy muy temprano en mi final de etapa, en Innerferrera, algo más de las once de la mañana, con lo que no me lo pienso dos veces y enfilo hacia el paso Niemet, de donde se desciende de nuevo a la parte italiana. El día quedó definitivamente soleado y el camino discurre por una empinada pista que gana altura enseguida. A una hora del collado pararía a comer algo y a echar un sueñecito. Bueno no paré a comer exactamente, eso se daría por añadidura, lo que sucedió es que se me apareció la virgen, en realidad no era virgen, y fue obligado sumirse en los rezos de siempre y ya se sabe que esas cosas producen apetito y somnolencia. Me despertó de la siesta un frio repentino, una gran nube había ocultado el sol. 


Terminé poniendo mi tienda al otro lado del collado junto a un lago, enfrente el espectáculo de la montañas nevadas era hermoso y salvaje. Mientra terminaba de escribir empezó a desencadenarse la tormenta. Ahora lo tengo encima a guisa de compañía dispuesta a organizar su fanfarria. Mientras rayos y truenos preparan su fiesta doy cuenta de mi cena, un trozo de queso y un corrusco de pan. La tienda se agita, el agua golpea brutalmente sobre la tela del techo. 





4 comentarios:

Noches de luna dijo...

Pero qué enfadado estás, Pichón. Yo me sonrío cuando me acuerdo del hotelero carcelero. Por cierto que se te ha olvidado que los carabineros no sólo nos dejaron donde íbamos a pasar la noche sino que nos pararon en una tienda y esperaron a qué compráramos comida. Lo que más siento es la cerveza que nos dejamos en el bar cuando llegaron.

Y otra cosa. Mi Bartola me sigue por la casa como una perrita, a ver si te acuerdas de ella de vez en cuando.

Buona giornata

Manuel Coronado Gil dijo...

Entiendo tu posición con respecto a las banderas, a mi me pasa algo parecido, las veo mas como símbolo de conflicto que de unión y es cierto que eso se cura viajando y conociendo gente de otros lugares, el que no sale de la demarcación de su bandera parece que sabe mas de los demás que el viajero.
Precioso ese valle, iluminado por esos rayos solares que aunque en tu viaje son pocos, cuando salen dan una magnifica luz a las fotos.
Un saludo, caminante

Alberto de la Madrid dijo...

De enfadado nada, que uno está hecho así y se acuerda de lo que no tiene que acordarse.

Alberto de la Madrid dijo...

Manuel, me he metido demasiado con los suizos y ahora, después de dos o tres días de encuentros y desencuentros con suizos de todo condición voy a tener que desdecirse porque me ha encontrado con gente majisima. Lo de las banderas es otro cuento, viajar por todo el mundo debería ser una asignatura obligatoria en los estudios elementales, una educación básica para la convivencia a nivel global. Cuando yo esta mañana paso junto a una cabaña, doy Lo bueno días a un suizo y este espontáneamente me dice : quieres un café, ya estas aprendiendo un montón de cosas implícitas en el gesto.