La edad dorada



Sobre Meana de Susa, 4 de septiembre 

Dormí con cuatro mantas, esas mantas antiguas pesadísimas bajo las cuales te sientes como bajo una prensa. Aquello de que más vale humo que escarcha me ha hecho un tanto friolero y cuando duermo en un sitio de estos si puedo ponerme una o dos mantas de más mejor. Un poco abrumado por el peso, pero dormí bien en la soledad del refugio. 

Los indicadores de collado Croci di Ferro decían seis horas al fondo valle pero como siempre fue algo más, entre otras cosas porque la cortesía del camino tiene también sus exigencias. A las siete de la mañana a dos mil quinientos metros hacía frio. No había niebla pero el paisaje estaba como de agua sucia, deslucido, triste. En una gran travesía de sube y baja el sendero salvaba resaltes y pequeños valles. Al final de ella tropecé con un gran rebaño de ovejas encerradas codo con codo dentro del perímetro de un pastor eléctrico. Con ellas, haciendo la guardia valerosamente, dos perros blancos que se volvieron locos a ladridos dentro de la cerca pero que se aburrieron enseguida y se volvieron a sentar en el prado medio bostezando. A poco de allí aparecieron Giovanni y Eurico, dos barbados piamonteses que aprovechaban su pensionato, esa maravillosa condición en la que sus beneficiarios pueden disponer del tiempo a su antojo, casi la única cosa razonable que se desprende de nuestro sistema económico pese al grito que ponen lo políticos en el cielo con la cosa del incremento de la esperanza de vida; que aprovechaban su pensionato, decía, para ir a observar a los sarrios y a las cabras montesas en las alturas. De ellos obtuve la información para atravesar la siguiente cadena montañosa desde Susa. Todos alabamos nuestra condición de pensionistas, esa edad dorada, pero cada uno saca a relucir las inevitables dolencias que suelen acompañar a los años. Por segunda vez en dos días sale a relucir la vía Francigena, la ruta de peregrinaje que sale, una del col de San Bernardo y la otra del Monginebro para atravesando los Apeninos llegar a Roma. He oído tantas veces hablar de esta ruta de peregrinaje que no voy a tener mar remedio que hacerla. Giovanni, que tiene la rótula un poco chunga, nos ve tan entusiasmados que enseguida me hace formar pareja con Eurico para un próximo peregrinaje a Roma. Tengo que marcharme, no he desayunado todavía y las tripas empiezan a rugirme, les digo. Les dejo con sus catalejos rastreando las laderas. 



Y todo discurre bien hasta que llego a una bifurcación en donde se señalan lugares que no aparecen en mi mapa. Descargo, me siento, enciendo el gps. Estoy in albis. En el mapa del teléfono no hay ninguna señal de camino por donde se supone que debo ir. Es el punto en que debería abandonar la Vía Alpina, que da demasiada vuelta, para dirigirme a Susa y volver a retomarla después del colle delle Finestre, al final de la jornada de mañana. En esto estoy cuando oigo voces de arreo y veo aparecer tras uno árboles a un burrito chiquitín que solo tiene una semana y a dos asnos (todavía no he aprendido a distinguir esto animales, burros, asnos y sus posibilidades de apareamiento. Prometo enterarme). Bueno, el caso es que allí estaba Rashid más sonriente que todas las cosas dándome los buenos días hospitalarios que corresponde a un aborigen del Magreb. Rashid lleva un mes con su nuevo trabajo, cuidar un montón de burros, o asnos, que parece utilizar para pasear a niños y a gente en general por los caminos del valle. Cuando se entera de que vengo de Trieste caminando me cuenta entusiasmado que él ha estado trabajando cerca de allí dos años, y se empeña en darme detalles y detalles de lugares que desconozco. Rashid está entusiasmado con el nuevo rey de Marruecos, todos son alabanzas para él. Al decirle que he estado en su país varía veces, se interesa por cuándo fue la última vez para decirme que desde entonces Marruecos ha cambiado mucho, que no lo reconocería. Estábamos así de charla cuando de repente el burro mayor, o asno, echó el tío a correr monte abajo seguido por los otros dos. Pies para qué os quiero, ahí estaba Rashid partiéndose el alma y las piernas trotando detrás de ellos cuesta abajo tirándose al final como un portero a por el balón, saltó sobre el cabo de la cuerda que se arrastraba y que estaba atada al cabezal y logró atraparla. Cuando le pedí que posara para la foto, se deshizo de los bultos que llevaba, compuso su ropa y ya me dejó disparar. Luego me pidió que se lo enseñara. Pareció contento de cómo había salido. Me aseguró que no iba a tener problemas con el camino, que bajara directamente, que... En fin, yo no las tenía todas conmigo, eso de que fuera tan fácil, tres horas y media de descenso todavía podían encerrar trampas, cucudrulos y todo tipo de sorpresas. Al final no tuve más sorpresa que la sospecha de que me había perdido. Después de cruzar un riachuelo caudaloso, resultó que el camino empezó a subir y a subir y habían desaparecido las señales, por otra parte miraba a la ladera opuesta y eran todo despeñaderos donde era imposible que pasara el sendero. No obstante deshice el camino con la intención de llegar a la última señal que había visto, unos quince minutos. Allí estaba la señal, en el camino que yo llevaba. Miré el mapa, lo remiré y me resigné a dar media vuelta y ascender de nuevo. El valle era un mundo complejo y a la vez bello y salvaje. Terminé avistando como desde una avioneta los pueblos del valle. 


Comer, sacar dinero en un cajero, comprar comida y un par de mapas para las etapas siguientes y por último darme el capricho de comprarme un gran helado que me comí sentado a la sombra en un repollete de la calle. Pasé sobre Susa como si me estuvieran persiguiendo, hoy sólo tenía el deseo de alejarme y encontrar lo antes posible un lugar para mi tienda. Mi espalda me estaba chillando desde hacía rato. 


El placer de la demora, titulaba ayer mi post. En realidad es algo que no practico en absoluto estos días. Cuando entro en la tienda al final del día siempre tengo la impresión de haber dejado un montón de cosas atrás, pero raramente me paro gratuitamente junto a un arroyo -que debería hacerlo- a mirar el agua o a tomar el sol y dormitar con la caricia de éste sobre la cara. Sí, alguna vez pero pocas. Qué difícil es levantar el pie del acelerador y dejar al ralentí el motor mientras tomamos nota de lo que nos rodea. Es algo que se puede trabajar, pero estoy convencido de que esta manera de actuar tiene mucho de condicionamiento sociocultural. No creo que fuera así si hubiera nacido y vivido muchos años en una aldea remota de un país de Oriente. Sé cómo debería ser pero sólo lo hago si pongo una considerable dosis de esfuerzo en ello. Y esto en una situación en la que nadie me apremia ni tengo una obligación que me mediatice. En realidad soy bastante parecido a ese conductor del que hablaba ayer que continuamente pone la atención en adelantar al siguiente vehículo. 

Encontré un bonito prado para mi tienda más arriba de Meana de Susa. Todavía podría poner a secar algunas prendas que había lavado antes de comer mientras atardecía.




1 comentario:

Sergio Iglesias dijo...

Efectivamente es.dificil echar el freno y demorarse. Me ocurre.lo mismo, es.como una inercia que te.empuja hacia delante y siempre encuentras una excusa para continuar.
Sergio, desde el Camino Primitivo