Morir en una noche de luna



Cima del Moravachere, entre Francia e Italia, 14 de septiembre 

Prácticamente no identifiqué el lugar hasta que no estuve encima. Caminaba a dos mil trescientos o cuatrocientos metros sobre la dorsal que separa Francia e Italia, había dejado atrás el santuario de Santa Anna di Vinadio, alcanzado la cumbre del Moravachere y caminaba por la divisoria cuando de golpe tuve una instantánea de algunos días que pasamos Victoria y yo acampados junto al col de la Lombarde, precisamente el que yo tenía delante de mí a una hora de camino. Era la primera vez que salíamos solos en verano después de dieciocho o diecinueve años. Nuestras tradicionales vacaciones de verano, el acontecimiento más notorio en nuestra vida familiar hasta entonces, siempre larguísimos viajes a través de toda Europa, Turquía o Israel, en un Renault 4 acondicionado para vivir los cinco, o más tarde en una furgoneta mayor que para nosotros era todo un lujo; todo aquello de golpe había dado un vuelco y de repente nos vimos Victoria y yo solos como desamparadas criaturas abandonadas a su suerte. Fue un golpe duro para nosotros. En aquellos tiempos, fieles a nuestra filosofía de la vida y a una pedagogía que practicábamos en la escuela y en nuestra propia familia, asumimos que era el tiempo, nuestros hijos Mario y Lucía acababan de cumplir quince años y Guillermo tenía que diecisiete, que era llegado el tiempo de que ellos por sí solos se empezaran a mover por esa inmensa y extraordinaria escuela que es el mundo; para ello les proporcionamos fondos para que vivieran viajando por Europa a su aire durante el verano. Fondos adecuados a nuestro presupuesto y que les daría para utilizar el interrail y aprovechar los trenes nocturnos para pasar algunas noches y aliviar los gastos. En realidad aquello supuso para nosotros un fuerte choque emocional que yo recuerdo concentrado en los días que pasamos acampados en el col de la Lombarde. Ese sentimiento como de que algo se estaba desgajando en nosotros, en nuestras relaciones. Nuestros hijos definitivamente se hacían mayores, se hacían autónomos y nuestra función de padres llevada día a día con extraordinaria cercanía, de golpe parecía desvanecerse, era una sensación de quedar desnudo, desposeídos de algo esencial; el tiempo de la crianza no llegaba realmente todavía a su fin pero preludiaba algo nuevo que todavía no podíamos asimilar. Aunque aquel verano nos reunimos con ellos en diferentes ocasiones en Italia, Suiza y Alemania la circunstancia de esa suerte de soledad en la que ambos nos vimos sumidos, Victoria y yo, fue algo inesperado y doloroso. Aquellos días, acampados junto la collado que esta tarde tengo delante, fueron los comienzos de la autonomía de nuestros hijos y a la vez el aprendizaje de volvernos a encontrar nosotros dos en otra dimensión. Curiosa cuestión ésta de volver a reencontrarse una pareja a solas tras tantos años para un nuevo aprendizaje de readaptación. La orfandad que sentíamos por la ausencia de nuestros hijos nos rompía el alma en aquel principio de verano. 


Hoy debe de estar mi ánimo predispuesto a la añoranza, acaso mi recorrido está tocando a su fin y ello alienta la llamita familiar que con la distancia había mantenido en situación de latente espera. Recuerdo que la primera vez que viajé solo a la India, en el año ochenta y cuatro, mis hijos tenían entonces ocho y once años, durante cuarenta días viví totalmente absorbido por la gente de aquel país, por sus ciudades y paisaje, pero a pocos días del final tuve una repentina crisis de añoranza que a duras penas podía resistir y que sólo logré aliviar escribiendo versos, versos de ausencia y reencuentro. Cuando pasé por Jaipur y veía el cielo lleno de cometas que los niños sostenían desde las terrazas de las casas, ya no podía resistir más la distancia que me separaba de mis hijos, de mi familia. Allí compré cometas para todos. Aquí ha empezado a sucederme algo parecido. Esta mañana pensaba en mis hijos y me pasó por la cabeza un pensamiento rocambolesco, la idea de que si ellos existen esencialmente se lo deben, como suceden tantas veces en la aleatoriedad de las circunstancias que rodean la vida de las personas, a ciertas pequeñas rocas que sobresalían en una noche del invierno del año sesenta y siete de una de las heladas laderas de la sierra de Guadarrama. Me explico: era el segundo invierno tras el descubrimiento de la montaña y Emiliano de Diego, mi primer compañero de andanzas montanas, y yo habíamos hecho la ascensión nocturna de la cara Norte de Cabezas de Hierro. Era una noche heladora y, cuando hubimos llegado a la cumbre buscamos más abajo sobre La Cuerda Larga y al abrigo de unas rocas un lugar para instalar nuestro vivac. No llevábamos tienda, sólo el saco de dormir. No recuerdo cómo organizamos aquello o las precauciones que tomamos; el frío seguía siendo intenso y el hielo requería el uso de crampones. A partir de la llegada a la cumbre mis recuerdos desaparecieron hasta el momento en que me desperté sobresaltado por un movimiento repentino: mi saco y yo dentro había empezado a deslizarse ladera abajo sobre el hielo. Mi recuerdo vivo es la velocidad creciente y la imposibilidad de hace nada a través del reducido agujero para respirar que había quedado abierto en el saco, la suavidad del deslizamiento primero, los dedos intentando hacer mella en la nieve para frenar mi caída, algunos pequeños golpes contra alguna roca que sobresalía en el hielo y la sensación de que era el fin, de que un descuido estúpido me llevaba a la muerte en el medio de la soledad de la noche. Y enseguida un golpe más fuerte y el desgarramiento del saco de dormir que había quedado milagrosamente prendido de una roca no muy grande que sobresalía de la nieve. El liviano tránsito entre la vida y la muerte quedó suspenso en los minutos que siguieron cuando con infinitas precauciones y movimientos contenidos poco a poco logré afianzar mi posición entre las pequeñas prominencias rocosas. Aquellas diminutas rocas a la que debía la vida fueron las que me vinieron hoy al recuerdo pensando en mis hijos. Una insignificante protuberancia sobre el hielo en una noche de fría luna fue la causante de que no se interrumpiera mi vida y sus circunstancias y que mis hijos tuvieran a su vez la posibilidad también de la existencia. 

Hay quienes son hijos del agobio y del dolor, como cantaba Triana, pero están también los que son hijos de las dádivas de la naturaleza. Yo me sentí muchas veces hijo de la generosa naturaleza que me volvió a dar la vida en una espléndida noche de invierno cuando todo estaba irremediablemente perdido. 


Esto en cuanto a las reminiscencias que el paisaje de la última parte de la jornada produjo en el caminante. Del resto una larguísima ascensión de cuatro horas hasta el santuario de Santa Anna, que el viajero aprovechó para leer largamente la historia de Giuseppe, Nino y su madre tras la destrucción de su casa en Roma por las bombas de los aliados. Lectura recomendada en donde los horrores de la guerra comparten el espacio y tiempo con la vida cotidiana más allá del frente. Sumido en la lectura llegué al paso di Bravaria inesperadamente, perplejo por la sorpresa de haber llegado a la cota más alta mientras mis pensamientos estaban en la Roma de mil novecientos cuarenta y tres. El Santuario se veía allá a lo lejos todavía a una hora u hora y media de camino. 


Tras la comida, cargado con agua, con comida y con algunos caprichos culinarios, dulces del Santuario, superé los cuatrocientos metros que me separaban de la cumbre próxima. Después fue un paseo por las alturas que de vez en cuando alertaban al fotógrafo para repetir toma tras toma los dorados motivos que las nubes, los pastos y las montañas pintaban sobre el lienzo del final de la tarde. 





9 comentarios:

slechuga dijo...

No conocía ese episodio en Cabezas de Hierro, pero alguna vez he tenido esa misma sensación, en algún precario vivac en nieve, eso si sin llegarme a ocurrir lo que a ti.
Abrazos

Alberto de la Madrid dijo...

Es curioso pero con tanto que ha escrito era un hecho, siendo tan fundamenta, sobre el que nunca caí en la cuenta relatar.
Nos vemos pronto. Voy a echar de menos mis cervezas Moretti de 66 cl. ;-)

Mario dijo...

Gracias Papa

José Luis Moreno dijo...

Que pena , para los que te seguimos supongo, que se esté acabando tu periplo ya que cada día te superas en tus relatos, tu forma de contar las cosas, ese cuidado que pones en la estructura de como lo cuentas , las sorpresas de esas historias tan íntimas como esta última de Cabeza de Hierro. Te agradezco muchísimo estos meses que nos has tenido pendientes, día a día de tus escritos y tus fotografías.
Un abrazo

Alberto de la Madrid dijo...

Un beso Mariete, el de la vida densa.

Alberto de la Madrid dijo...

Gracias Pepe, tus palabras son un refresco para seguir escribiendo, reflexionando en alto, que no es otra cosa todo esto de los blogs. Una manera de compartir la vida con los otros.

Ignatius dijo...

Me uno al sentimiento de nuestro amigo Pepe. ¡ vaya viaje que nos hemos pegado!.
El final es el comienzo de una nueva aventura...
Gracias Alberto.

MONSE DE LA MADRID dijo...

¿Ya pronto nos vemos no?

Alberto de la Madrid dijo...

Aquí estoy, Ignacio, frente a la ventana de mi cabaña, un tanto ido, intentando tomar posesión del lugar sin conseguirlo. Un cambio tan brusco que ahora ni idea qué hacer, que no sea sentarme frente a la ventana y ensoñar con el reciente pasado, eso si no caigo en la tentación de dejar vagar la mente en eso que dices, en alguna nueva aventura.
Un abrazo