Javier Mayayo y los fabricantes de panegíricos


Van, Turquía, 4 de agosto de 2015

La última noche de vivac en el cráter del Namrut Dagi fue endemoniadamente fría. Teníamos previsto madrugar pero ninguno de lo dos (mi hija, acorde con los tiempos, diría ninguna de las dos) dijimos ni mu cuando sonó el despertador; seguimos durmiendo hasta que el sol nos dio en la cara. Desayunamos sin prisas, la aguas del lago debían de estar cercanas a la temperatura del cuerpo pese a los tres mil metros en que nos encontrábamos. Nos rodeaba un pequeño bosque de abedules, frente a nosotros se levantaban agrestes paredes de basalto, el lugar estaba perfectamente solitario. Sólo llegamos a dar un mediano paseo alrededor del lago de aguas frías. El terreno era sumamente accidentado, grande bloques de basalto de pronunciadas aristas ocupaban las laderas del lago. De caminos ni rastro, así que cuando llegamos al final de un sendero que se internaba en el bosque probamos a subir una ladera por aquel caos de rocas basálticas pero tras media hora de ascensión hubimos de desistir. Pasamos el resto de la mañana vagando junto a las orillas de los lagos. 

A la hora de la comida estaríamos en Van, un Van que nada tenía que ver con aquel otro que nosotros conocíamos de veinte años atrás. Veinte años han servido para que Turquía se convierta en un país totalmente modernizado con una infraestructura vial que en las grandes distancias posiblemente supera a España.

Tras la comida aproveché el wifi del hotel para ponerme al dia. No tardé en tropezarme en las redes sociales con algo que llamara mi atención. Se trataba de unas extensas notas sobre una persona a la que tiempo atrás me había unido una discreta amistad y que había fallecido en el pasado mes de mayo.

Hay quien se mete a hacer panegíricos y parece que en vez de hablar del fallecido se refiriera a una lejana sombra que poco tiene que ver con el personaje que pretende homenajear. La memoria de un hombre no debería consentir estas cosas, esta clase de trufado en donde la persona desaparece para convertirse en una lejana proyección, un mito, en algo que nunca fue. Eso es lo que sentía cuando leía esa entrada que pretendía homenajear a ese antiguo amigo de la montaña recientemente fallecido; Javier Mayayo, era su nombre.

Me sorprende la superficialidad con que algunos se lían a escribir sobre una persona. Por alguna razón que desconozco existe una tendencia por ahí que se alimenta haciendo leyenda de la vida de las personas tomando como referencia un escasísimo conocimiento de ellas. Por eso cuando me he encontrado con uno de esos panegíricos, prolíficamente comentado, por más señas, no he podido resistir la tentación de arriesgar unas líneas que seguro que tropezarán con el criterio general que mantiene que todo difunto, por el hecho de ser difunto, debe ser ensalzado como héroe o como alguien que en absoluto fue. Personalmente no me gustan los panegíricos y menos aquellos que melosamente envuelven la figura del fallecido en los blandos algodones que sólo deberían servir para limpiar el culo a los bebés. No me gustan los panegíricos, tampoco me gusta que el noventa por ciento de la humanidad esté compuesto por tíos y tías cojonudos, que es lo que parece cuando uno lee o escucha a esas personas que continuamente reparten elogios a trochi mochi. Voy al caso. Hace un par de meses murió Javier Mayayo, un hombre bien conocido en el ámbito de la montaña y del que fui amigo y compañero de cordada durante algunos años, un escalador sobrio, inteligente, con una gran fuerza interior que en su mejores años de actividad pudo ser un ejemplo más para aquellos que se iniciaban en el riesgoso y maravilloso mundo de la montaña. Javier, sin embargo, no era ni un santo ni un héroe, no esa cosa blanda que alguno de sus mentores quieren hacer de él.
Decía la esposa de Elías Canetti, que en él había mucha luz, pero que donde hay mucha luz, como se sabe, también hay mucha sombra. Un retrato de un hombre al que nos empeñamos en revestir de luz y de bondades pero del que olvidamos las sombras no es otra cosa que una ficción. Si él, que no era hombre aficionado a lo elogios, levantara cabeza seguro que sonreiría socarronamente ante estas cosas. Yo podía estar en desacuerdo con él en muchos asuntos pero en esto de los elogios coincidíamos plenamente, nos solíamos reír juntos de estas cosas que no son propias de la sobriedad que enseña la montaña.

Ese hombre grandón que una vez se me vino encima en el diedro de la María Luisa de los Galayos en una caída de veinte metros que se llevó algún taco y más de un clavo, una caída por cierto que nos pudo costar la vida a los dos si no hubiera sido por un viejo pitón que resistió, estaba hecho de un material poco usual que, aunque planteaba problemas de convivencia y ostentaba cierto prurito de estar por encima del bien y del mal , dejaba ver a cada instante una profunda comunión con la montaña y la naturaleza que hacía olvidar todas las desavenencias cuando emprendíamos cualquier ascensión de importancia. El amor a la montaña y la posibilidad que un buen compañero de cordada nos da, nos ha dado, de vivir ésta con tanta profundidad, con tanto amor, es lo que hace hoy que el recuerdo de este hombre, con todo lo controvertido de su personalidad que fuera, con todo los desencuentros que se pudieron producir, tenga en este instante, un aire de sentido agradecimiento. Seguro como estoy de que sin la compañía de tantos compañeros de cordada, Moisés Castaño, Enrique del Pozo, Emiliano de Diego, Laureano Esteras, Gustavo Adolfo Cuevas, Pedro Díez, Adolfo Candia, Nena Bazzana, Fernando Vazquez... ¡tantos!, mis incursiones en la montaña habrían sido mucho más pobres, es de cajón que hoy el deceso de Javier no puede dejarme indiferente pese a esos panegíricos que tanto sonrojo me producen, entre otras cosas por esa distancia que ambos compartíamos respecto a las azucaradas opiniones canónicas del entorno. Ser un poco raro, me lo recordaba no hace mucho Benito Prieto después de tres décadas de no vernos, es un privilegio que compartía con Javier, lo que implicaba a su vez tener una percepción de la realidad un tanto atípica.

La voz del muecín desde los altoparlantes de la mezquita próxima llena el campo sonoro de la calle y la habitación. Momento de oración para los kurdos que para mí es la hora de una merecida siesta.

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