Esto es un hombre… (Steinbeck)



Oviedo – Madrid, 16 de enero de 2017


Sentado cómodamente en el autobús que me lleva de Oviedo a Madrid en medio de un paisaje plomizo ahíto de agua y niebla, recuerdo. Recuerdo la mañana de ayer, al amanecer, con las manos en los bolsillos, todavía caminando por un paisaje nevado, envuelto en el confort de mi equipo de invierno. Arropado, feliz, satisfecho de estar ahí mientras grises jirones de niebla se arrastraban por las colinas como seres errantes sin techo destinados a vagar sobre los bosques. Las manos en los bolsillos y una sana despreocupación que abría los poros de mi piel impregnándome el cuerpo de una delgada felicidad. Cinco, diez kilómetros, primero todavía con una fina nevasca sobre el valle que no tardaría en convertirse en una lluvia pertinaz, pertinaz, excelente compañera para mi ánimo fresco que parecía desperezar voluptuosamente en la humedad del bosque.



Recuerdo cómo cuando pasé junto a una ermita con sus arbotantes vestidos de yedra y musgo brillante, decidí volver a la lectura de Tristes trópicos, y cómo me impresionó la  visión desoladora que da Levy-Strauss del Islam, una perspectiva que incita a reconsiderar ese punto de vista según el cual todas las culturas son dignas de respeto y comprensión. Respetar una cultura, sin embargo, no significa considerar su fanatismo como aceptable; un arte cortado, mutilado por unas creencias religiosas hechas para un mundo de pastores de hace mil trescientos años; una cultura que maniata a las mujeres bajo ese saco de patatas que es el burka; (paréntesis, atravesamos la cordillera Cantábrica, bosques nevados, niebla; frío espléndido fuera, confort y calor dentro. Contrastes, dos realidades que se complementan); la cultura de la Guerra Santa cargada de intolerancia; las posibilidades del hombre de crear arte, obras imperecederas, castradas; el fanatismo a la vuelta de la esquina por mucho que el adjetivo no deba aplicarse a todo el mundo musulmán.

Recuerdo cómo más adelante, cuando hube terminado el libro de Levy-Strauss y tras detenerme a comer en Campomanes, esa maldita manía de acumular títulos leídos casi me hizo perder la emoción de volver a leer a Steinbeck. Había leído hacía muchos años Las uvas de la ira y, pese a que tenía la obra en mi lista de espera, había postergado su lectura por razones poco claras. En mi retina persistía el blanco y negro de la película de John Ford, la insidias de los bancos, las calamidades de unas familia echada de sus tierras rodando por el mundo en buscar de un trabajo con el que subsistir, la mano poderosa de los ricos estrangulando con mano de hierro a granjeros y agricultores. No estaba mi ánimo para afrontar esta lucha desigual entre el anonimato de los bancos y los granjeros desahuciados; sin embargo, al pasar por Pola de Lena, arremetí con su lectura. El buen sabor que me había dejado la última obra que había leído de Steinbeck, El invierno de mi desazón, mientras viajaba el pasado año por Asia Central, me decidió. Enseguida me vi absorbido por sus páginas. Steinbeck… otra vez Steinbeck. Me acordé de Maívi, que en aquella ocasión elogió en un comentario nuestro mutua afición por Steinbeck; su prosa comprometida, su vibrante pasión por destrozar la vida de la ganga, puliendo los paisajes humanos hasta mostrar la desnudez diamantina de sus personajes menos favorecidos, hasta convertirlos en héroes de una humanidad en donde la perversión del dinero es el enemigo más flagrante. Hay autores para los que la dignidad del hombre, del hombre sencillo, es la materia de su trabajo. Junto a ellos, también hay otros que. pese a su buen trabajo literario uno quisiera tenerlos lejos como si padecieran una enfermedad contagiosa dispuestos a contagiarnos; es el ominoso caso de Vargas Llosa, sin ir más lejos.



















Esto es Steinbeck: "La función última del hombre, clara y definitiva: músculos que buscan trabajar, mentes que pugnan por crear algo más allá de la mera necesidad: esto es el hombre. Levantar un muro, construir una casa, una presa y dejar en el muro, la casa y la presa algo de la esencia misma del hombre y tomar para esta esencia algo del muro, la casa, la presa: músculos endurecidos por el trabajo, mentes ensanchadas por la asimilación de líneas nítidas y formas que fueron parte de la concepción de la obra. Porque el hombre, a diferencia de cualquier otro ser orgánico o inorgánico del universo, crece más allá de su trabajo, sube los peldaños de sus conceptos, emerge por encima de sus logros."

Había llamado al albergue de Pola de Lena para saber si estaba disponible. Al otro lado del teléfono alguien me contestó simplemente que sí, sin más. Pero cuando llegué a Pola, cambié de opinión, para acortar la jornada del día posterior que superaba los treinta kilómetros; pensé caminar todavía hasta Mieres, donde había otro albergue. Me sentí con ánimos para alargar mi caminata hasta que se hiciera de noche. Estaba con el Tom de Las uvas de la ira, que viajaba hacia su casa, de la que había estado ausente cuatro años y que recogía del camino una tortuga que con la tripa hacia arriba se esforzaba por colocarse al derecho, cuando sonó mi teléfono. Una voz femenina preguntó por un peregrino que iba a pernoctar en en Pola de Lena. Era la encargada del albergue que, avisada de la llegada de un peregrino había encendido la calefacción del albergue a las tres de la tarde y que ahora, ya las seis y media, se preocupaba por si me había pasado algo. Me debí disculpar azoradamente de mi cambio de intenciones. La persona que me había atendido horas antes me había dicho que encontraría el teléfono de la hospitalera en la puerta del albergue. No pensé que fuera firme mi propósito de pernoctar allí. La voz de la mujer sonaba amable y servicial. Había llamado antes a Marisa, en Pajares y luego al encargado de Mieres. Si el peregrino se hubiera perdido o le hubiera sucedido algo seguro que habrían salido a buscarle. Ya me contó en Poladura de la Tercia, Fernando, que el pasado año salieron a las once de la noche a buscar a dos peregrinos japoneses que no daban señales de vida a esas horas.

Recuerdo, en fin, el cansancio de anoche y el frío que hacía en el albergue de Mieres y que me desanimó del todo a la hora de escribir mi crónica. Me había metido bajo cuatro mantas esperando que mi cuerpo recuperara el calor,  pero una vez allí me quedé dormido con el teléfono en las manos; el cansancio me pudo.


Lloviznaba a la salida del albergue de Mieres. Encontré pronto un mesón abierto donde pude desayunar. El camino zigzagueó un buen rato buscando las alturas. Las nubes, a modo de cielo raso, cubrían el valle; hilachos blancos flotaban a mitad de ladera en el azulenco paisaje matinal. A esta hora, cuando el cansancio no ha hecho todavía mella en tu cuerpo, caminar es un placer reconocido madrugada tras madrugada como amigo de andanzas. Mi camino está mañana ya no transcurría en el Brasil de Levy-Strauss, ahora era una familia que por la Ruta 66 de Estados Unidos se dirigía de Oklahoma a California en busca de trabajo. Es una cosa bien curiosa esta de caminar a la vez por dos países diferentes, España en la última etapa del Camino de San Salvador y Estados Unidos por la legendaria ruta 66, la misma, creo, que recorriera Jack Kerouac mientras Victoria y yo, atravesábamos el invierno pasado el desierto central australiano. Entonces, para amenizar las largas jornadas de conducción a través del desierto, ella me leía En el camino.


El perfume de los eucaliptos me sorprende cuando emprendo una larga subida por medio de un bosque. Los avellanos forman un túnel por encima de la senda. Llueve. La mujer embarazada, poco antes una mujer bonita que juega o se enfada caprichosamente, crece y madura en su embarazo; en uno pocos meses ya es otra mujer, ahora, según su vientre crece al ritmo del bebé que ha de nacer, su rostro adquiere la nobleza y la profundidad de una humanidad de la que depende la pervivencoa de la especie. Ella ocupa un lugar en lo alto de la camioneta sobre los enseres de la familia, herramientas, colchones, ropa, cacharros de cocina, bidones. La camioneta todavía se halla a más de mil millas de California. Mi camino atraviesa prados y bosques; en un momento me cruzo con un paisano que se protege del agua con un paraguas mientras con la otra lleva de las riendas a un par de mulas. Un mulito espantadizo le sigue. Charlamos cinco minutos. Cuatro kilómetros hasta Oviedo; si no fuera por la niebla desde aquel cerro de allá abajo vería la ciudad, me dice. Nos despedimos, pero el mulito se espanta y tira camino abajo. Me veo obligado a trepar por la ladera a fin de que éste vea el camino despejado y corra junto a su dueño. El último capítulo de mi lectura se cierra con este chascarrillo, el parroquianos de un bar donde la camioneta ha parado a repostar lo cuenta a la concurrencia: un muchacho ha dejado de ir a la escuela el día precedente. La maestra le pregunta al día siguiente la razón de su ausencia. He tenido que llevar a la vaca a que la monten, dice. La maestra pregunta: ¿Es que no ha podido hacerlo tu padre? El muchacho contesta: Sí podría haberlo hecho mi padre, claro, pero el toro lo haría mucho mejor.




Pastos, avellanos, robles, pinos, una senda zigzagueante entre las colinas y empiezo a ver las casas de los arrabales de Oviedo. En las afueras veo a un taxi sin conductor junto a una cafetería. Entro, pregunto por el taxista. Un hombre de media edad me pregunta que si espero a que se termine el café… No faltaría más,  pido un café con leche y quince minutos después estoy en la estación de autobuses después de que  hayamos recordado el taxista y yo nuestros juegos de niños cuando la nieve era un hecho corriente tanto en Madrid como en Oviedo.

Pasado mañana tengo cita para el quirófano, dos piedras de un centímetro de diámetros que si las dejo a su aire pueden dejarme colapsado en mitad de algún camino. Ya sucedió hace dos o tres años, cuando a treinta kilómetros de Huesca me asaltó un cólico nefrítico que hizo que me arrastrará por más de veinte kilómetros hasta el hospital más próximo. Dos días estuve hospitalizado hasta que aquello remitió.
















































2 comentarios:

Francisco Sanchez dijo...

Sigo desayunando con tus comentarios, espero que te repongas pronto de tus piedras, y poder seguir disfrutando de tus errantes escritos.

Alberto de la Madrid dijo...

Gracias, Francisco.