Dignificar la vida


  
Sobre Griesalp, 1 de julio de 2017

Toda la noche de aguacero. Cuando ha amanecido sólo es una lluvia liviana; me asomo al exterior, las nubes cubren como de costumbre los alrededores, flotan por encima de las verdosas agua del lago pesadas y como con la convicción de que ese es su hogar permanente. Unos mil trescientos metros me esperan. A ratos entre niebla, con lluvias intermitentes me voy elevando poco a poco por un sendero que atraviesa prados y cortados de roca caliza. Mi cuerpo responde bien esta mañana, estoy contento con él. El entorno es salvaje, solitario; después de abandonar algunas casas de pastores, cuyas ventanas aparecen curiosamente decoradas con visillos de encaje blanco, la desolación se adueña del lugar. Dos resaltes rocosos más y el camino emprende su recorrido por el lomo de una enorme morrena que hunde su ladera gris, con una inclinación máxima en el valle que se ha abierto a la derecha. Recuerdo mis primeros contactos con aquellas formaciones en la primera salida a lo Alpes con Javier Mayayo. Precisamente un día que atravesaba hacia el glaciar de Argentiere y que nos encontrábamos pletóricos y con ganas de jugar. Caminábamos por la cresta de un enorme morrena en un lugar muy solitario y quisimos probar qué pasaba si se desprendiera alguno de aquellos grandes bloques que apenas parecían estar sujetos a la ladera a algunos centenares de meteos sobre el glaciar. El espectáculo era algo sobrecogedor, empujábamos alguno de aquellos bloques al vacío y a continuación toneladas de rocas desprendidas unas por otras se precipitaban al vacío dejando una humareda y un fuerte olor a azufre, pero sobre todo una extraordinaria sensación de caos y destrucción. No volvimos a repetir la experiencia, primero porque aquello era bastante sobrecogedor y después porque en el fondo nos quedaba la sensación de estar infligiendo alguna norma no escrita.


 A punto de alcanzar la parte más prominente de la morrena, a la derecha, al otro lado del valle glaciar en donde el hielo había desaparecido, aparecieron algunos glaciares que colgaban de las laderas como almas en penitencia destinadas a la extinción. Empezó a nevar. Más arriba la nieve reciente cubría las cercanías del collado Blüemlisalpütte. La nieve cuajaba ya. A la derecha del collado, cien metros más arriba se recortaba la silueta del refugio. Imagino que sería el punto base para ascender a las cumbres más prominentes, las que había avistado el día anterior desde otro collado. Bajaba gente del refugio hacia el collado. La niebla lo cubría todo. Al otro lado el camino se precipitaba vertiginoso entre la niebla en medio de la nevada. Los primeros doscientos metros estaban atrezados con cuerdas a modo de pasamanos y escaleras de madera. Me crucé con un joven a la que acompañaba una señora mayor que pasaba sobradamente los setenta, una mujer menuda a la que de habérmela encontrado en uno de los pueblos jamás me la hubiera imaginando en esas alturas. El collado supera los 2700 metros. El día anterior me había encontrado otra mujer de edad similar corriendo monte arriba. Admirable. Siempre que me encuentro con gente tan mayor batallando así en la montaña me sube un hilo de emoción por dentro. Dignidad es la palabra que me asoma a la lengua, se me parece que es un manera extraordinaria de dignificar la vida hacer este tipo de cosas después de los setenta.


Griesalp sin apenas cuatro casas, dos hoteles y un restaurante. Dos de los camareros son españoles; la camarera, una cordial rubia de uno ochenta que ha visitado España se queda a charlar un rato cuando me trae el café con leche. Mis reticencias respecto a lo suizos de esta zona del país han desaparecido totalmente. Me encuentro francamente bien en esta parte del mundo.


 Llueve. Me acojo al alero de una baita, borda en Pirineos, creo, y miro llover. Me equivoqué al echar a andar monte arriba. Miraba desde el interior del restaurante la lluvia, pero después de tomar el café pareció que se establecía una pausa. Me hice a la idea de que acaso tuviera una hora o dos por delante sin agua. Me equivoqué. A los diez minutos ya estaba otra vez lloviendo. Había mirado el tiempo poco antes: malo, de lluvia y con tendencia a empeorar durante toda la semana. Ahora he dejado el macuto a un lado, me he sentado en un banco de madera y, encogido contra la pared para no mojarme, no sé qué hacer. He descendido de los dos mil ochocientos metros y bajado hasta la cuota mil cuatrocientos y lo que tengo por delante son otros mil metros de pendientes con un aspecto nada alentador. La tienda está empapada de la noche anterior y el suelo después de todo un día de lluvia parece una esponja. Podía haberme metido en un pequeño hotel del lugar pero junto a mis reticencias de siempre a usar este tipo de establecimientos estaban los más de cien euros de la habitación. ¿Qué pasa si esto sigue así por más de una semana como veía en el pronóstico del tiempo? Siempre tiendo a tirar para adelante pensando yo qué sé qué. Sólo veo lo que me interesa y dejo de ver lo que no me apetece. Y así me va ahora. Por lo demás el paisaje es extraordinario, los arroyos hinchados, las nubes amenazadoras agarradas a las laderas, el verde de los prados rompiendo contra lo resaltes rocosos, oscuros y agresivos. Hacia el sur las laderas altas aparecen cubiertas de nieve reciente. Cerca se desploma el agua de un arroyo formando pequeñas cascadas.

Todavía esperé un buen rato, quizás deseando que cayera un breva del cielo, yo que sé, alguien que me ofreciera cobijo, que se me apareciera una cabaña acogedora donde pasar el resto de los tarde… Fue el caso que sí, que parecía que iba a parar un poco, y si no parar por lo menos cedió bastante. No lo pensé dos veces. Salí rápidamente a dar una vuelta por los alrededores y encontré no lejos de allí un pequeño prado para la tienda. Logré montarla sin apenas mojarme. Díez minutos después, con todo ordenado dentro de la tienda, ya estaba con mis ejercicios de rehabilitación de espalda. Después con la lluvia encima otra vez me entretuve pelando pistachos (quizás lo pistachos no se pelan, seguro; tampoco se cascan. ¿Cuál será el verbo correcto?), degustando unas pasas, unas onzas de chocolate.


Estoy a dos jornadas de Grindelwal. No sé qué haré mañana si amanece lloviendo y con el tiempo cerrado, no estoy muy decidido a meterme otra vez en un laberinto de nieblas, lluvias y nieve. 








  

4 comentarios:

Francisco Sanchez dijo...

Preciosa descripción del itinerario.

Alberto de la Madrid dijo...

Saludos desde el confort de una habitación de hotel mientras fuera continúa lloviendo.

José Luis Moreno dijo...

Hay que ver como es la memoria, basta con un solo comentario como el que acabas de hacer sobre el caos que se produce cuando empujas unas rocas y estas se precipitan cayendo cientos de metros para que incluso en las glandulas olfativas te venga ese olor a azufre que tu describes. Esa misma sensacion tambien la experimenté yo con el mismo personaje ,Javier Mayayo, unos años despues, hacia 1976 o 1977 en una salida que hicimos subiendo al pico Urbion y despues adelantar varios miles de años la erosion natural de los bordes del crater que encierra la Laguna Negra, empujamos todos los grandes bloques que pudimos, que fueron muchos pues Javier como todos recordamos era un " titan " fué un espectaculo enorme y como te decia me acaba de llegar esa fragancia a azufre y el sonido tan monumental que producian.
Muchas gracias por hacer refrescar mi memoria, que tengas un buen caminar

Alberto de la Madrid dijo...

Una curiosidad que se repite aunque tengan que pasar décadas. El tiempo inconfundible olor a azufre lo percibía el otro día sin que hubiera desprendimiento alguno . Los olores también se almacenan en el coco, parece.