De la Garganta de la Nava a la Laguna Grande de Gredos





Laguna Grande de Gredos, 3 de julio de 2020

Habla Pisón de Rousseau y de la búsqueda en los paisajes de la serenidad de los cuerpos y el espíritu. “Comenzar por los sentimientos de una tarde en el bosque y transformar luego las sensaciones en ideas”. Y más adelante añade “Para que no se escapen los contenidos de las montañas hay que adentrarse en ellas y en uno mismo”. Son tan fértiles en ideas los últimos capítulos del libro que merece la pena releer y releer para que éstas queden adheridas a la piel y nos acompañen en el camino. Con ellas a cuestas es más fácil trascender el paisaje y lo que ofrece la montaña desde el mismo momento en que abrimos los ojos en un improvisado vivac. Dormir junto al alborozo de un río tiene parecidas propiedades a las que resultan de mecer al bebé en una cuna. La vieja sabiduría de la madre que así relaja la inquietud de su nene, tiene en el que duerme en los brazos de la naturaleza resultados semejantes. Uno queda profundamente dormido en medio del estruendo de las aguas.



A la mañana temprano el primer sol viste los yerbazales del oro cálido de los campos de labor de los cuadros de Brueghel y Van Gogh. Es una mañana apacible. A mí espalda queda el robusto y enrevesado mundo granítico de la garganta de la Nava. Paso frente al refugio de La Losa, una construcción de piedra que el acierto de los responsables del medio se han cuidado de arreglar y mantener. Gracias.

Al momento, que es apacible y como hecho para pasear sin prisas, más abajo no le habría de faltar eso que tantas veces alegra la vida de los hombres, es decir una espléndida sonrisa de fémina que ya por sí sola le pone a uno en el camino de la felicidad. ¿Por qué? ¿Qué tienen esas sonrisas de mujer que por muy apesadumbrado que uno esté, meditabundo o nostálgico, basta caer en el área de una de ellas para que la nostalgia se vaya a hacer puñetas y te encuentres de repente tú a la vez con la sonrisa leve de quien empieza a reconciliarse con la vida. ¡Ah!, misterios de la fe. Yo siempre he dicho que las mujeres sonríen más y mucho mejor que los hombres y siempre he tenido la sospecha de que aquella Eva que Yavhé creó de una costilla de Adan, por cierto, que no estaba muy lúcido quien se inventó esta historia, porque lo del Paraíso y lo de la manzanita pase, pero eso de arrancar así a lo bestia una costilla al pobre Adán a palo seco para hacer de ella una mujer suena un tanto a cachondeo por mucho que generaciones de cristianos y no cristianos lo creyeran a pies juntillas; siempre he tenido la sospecha, decía, de que aquella Eva, además de dotarla Yavhé de notorias bellezas, le proporcionó otras muy sutiles armas de seducción, y la sonrisa entre todas quizás sea la más invasiva y encantadora, ante las cuales los sapiens del género masculino caen indefensos como conejillos en una jaula. Agradecido no obstante a Yavhé por lo que esta gracia supone de alegría y gozo a la vida y sin cuya presencia ésta resultaría menos habitable.

El hecho de que en la naturaleza no haya nada ocioso y todo tenga su porqué invita a pensar que, aunque Yavhé no haya existido, ya estaba allí Madre Naturaleza para sustituir a ese Yavhé chapucero con toda la eficacia del mundo creando la trama y organizando la entera tramoya para que no les faltaran a los sapiens de distinto sexo ganas de traer de carambola pipiolos al mundo. Y sí, que no sólo de pan vive el hombre, pero que de cualquier modo encontrarse una bonita sonrisa por el camino deja a la mañana como que ni pintada.

De Navas del Barco a Navalguijo corre un recoleto y apacible sendero entre robledales y campos cuajados de altos gordolobos. Todo un agradable paseo que me sirve para leer un poco. En el amplio surtido de mi biblioteca elijo una de esas joyas que suele escribir Gaston Bachelard y que sólo por el título de sus obras ya invitan a la lectura. El título para hoy es La llama de una vela, todo reflexiones en torno a esa luminosidad que se abre en el entorno de una llama que oscila frente a nuestros ojos y que tantas sugerencias puede encerrar en el pequeño espacio de su pábilo. Otros títulos sugestivos serían: Poética de la ensoñación, Poética del espacio, La intuición del instante. Y así por espacio de media hora caminando bajo la sombra de los robles me acerco a la sugestión que siempre ha ejercido el fuego sobre el hombre. La llama de una vela, la expresión más elemental del fuego legendario, sugiere al autor la de un espectador poeta. “Todo soñador de llama es un poeta en potencia. Todo sueño ante la llama es un sueño de asombro. Todo soñador de llama está en estado de sueño originario”. La llama de una vela en la que fija la mirada quien medita o musita el Om de rigor, la que alumbra los misterios que encierran las palabras de un libro, las ensoñaciones que sugiere, el espacio que evoca a su alrededor en la penumbra de una habitación.



Encuentro mi casa ambulante, nuestra chozacar, en una revuelta del camino algo más arriba de Navalguijo. Esta pequeña casa está ya adquiriendo la consistencia de hogar, un pequeño espacio para el reposo, para el sueño, para la lectura. Ella me va a llevar este verano de un lado a otro de las montañas del país. Va a ser mi compañera y mi refugio.

Después de comer selecciono de la nevera comida para dos días y ella y yo nos vamos camino de otras montañas no lejanas, aquellas tan familiares desde siempre y a las que he demorado años volver. Esta vez quiero subir a la Galana y al Almanzor, esos dos viejos amigos.

Ahora la línea del sol corta horizontalmente la crestería del Perro que Fuma y los Tres Hermanitos a mitad de altura. Hace fresco y el sonido del agua del riachuelo cercano al refugio me acompaña con su sonatina tranquila de fuente monacal. Es la hora de la cena.

 








2 comentarios:

Antonio dijo...

Uno no se pregunta ¿Que habrá cenado?
Uno espera…¿Y despúes de la cena que?
¿No ha pasado nada?
Cuente buen hombre, que se me está acabando incluso la vela, que me dejó a mitad de una ensoñación.

Alberto de la Madrid dijo...

Por cierto, no sé si conoces a Gaston Bachelard, a ti que eso de la ensoñación te pilla de cerca. Este hombre es una joya para almas sensibles, los títulos que menciono en el post son de rigor para profundizar en la poética de todo aquello que vuela en torno al pábilo de la ensoñación.
Lo que ha pasado después de la cena quizás te lo cuento algún día en privado. He descubierto un nuevo tesoro, no, mejor una mina.