Cuando lo grandioso se convierte en simplemente bonito

 


Cabaña Le Pailha, 13 de agosto de 2020

 

Dios, sería terrible participar en un grupo como éste que tengo al lado en el que el guía, candidato entre otras cosas a gracioso, habla alto e interminablemente. No sé qué les cuenta pero me temo que alguno del grupo debe de estar hasta las narices de oírle todo el día por la cara que pone. Me he parado en un prado muy guapo y a los cinco minutos ha llegado un variado grupo encabezado por este individuo que no para de hablar y se han sentado a mi alrededor. Hay más prado pero se han sentado casi rodeándome igual que las ovejas se reúnen siempre juntitas como si ponerse un metro más allá pusiera en peligro sus vidas. El gregarismo, la necesidad de estar pegados unos a otros es a veces tan fuerte que me admira, eso y acaso el miedo, o la incomodidad del silencio. El lugar, con una amplia cabaña, prometía seis puestos para pernoctar por eso me desvíe del camino, pero la cabaña de Pailha, ese es su nombre, está cerrada.

Al fin la facundia de este hombre metido a guía la oigo extinguirse poco a poco seguido él por toda su troupe camino de Gavarnie. Sólo queda el cercano tolón tolón de los cencerros de las vacas.

Me temo que no he elegido buen lugar para acampar, un prado demasiado propicio para que las vacas no se alejen mucho de él. Podía haber subido hasta el refugio de Espuguettes, a una hora camino arriba pero como siempre, pese a que ando escaso de comida, mi deseo de soledad me puede. Amo el recogimiento de mi tienda al final de la jornada, las horas del final del día son siempre entrañables.

Mi cuerpo, aunque se mueve lento, tiene ya una buena forma que se adapta bien al peso y a las pendientes. Subir al puerto de Bujaruelo me llevó dos horas y media. El cielo estaba cubierto y de vez en cuando se abrían algunos claros. Esperaba lluvia, así que muy bien. En el puerto hacía de abrigarse, lo cruzaba un fuerte viento. Algunos grupos provenientes de la vertiente francesa se elevaban lentamente por el sendero que lleva a la Brecha de Rolando, una de las Mecas de esta parte del Pirineo y para mí un lugar especialmente peligroso. Hace un par de años subí por aquí y un hombre grueso que subía por delante estuvo por arrastarme pendiente abajo. Una fina gravilla cubre una pendiente jalonada de resaltes rocosos y la protección que ofrece el lugar es nula en el caso de que alguien resbale. Una pendiente por demás aquella mañana llena de gente de todas las edades.

El valle que baja a Gavarnie bajo la mole del Taillon y el Casco son prados de hierba rala en los que apenas me crucé con cinco o seis personas hasta que bien abajo, cuando el sendero se asoma al espectáculo del gran farallón del circo de Gavarnie y su gran cascada, empezó a estar concurrido. Es formidable esta enorme barrera que corona el valle de Gavarnie, pero es un espectáculo en cualquier modo incompleto, falto del silencio y la soledad que otorgan a los grandes paisajes una dignidad y un ser en sí del que la multitud los desposee con su presencia. O eso me parece a mí. Las cataratas de Iguazú o las de Victoria no son menos bellas porque siempre haya una multitud visitándolas, pero hay mucho más que una belleza intrínseca, está especialmente la relación que tenemos con ellas, de sobrecogimiento, de insignificancia, grandiosidad que se pierde entre las voces, la acuciante necesidad de hacerse un selfie, o la vacuidad y frivolidad con que nos acercamos a aquellas. No sé si hay alguna relación entre esto y el respeto con que entramos en un templo, creo que sí. Las sensaciones que puede experimentar alguien en perdidos valles de los Alpes no se pueden comparar con las que puede sentir quien en medio de la multitud contempla desde el terminal del funicular las retorcidas masas de hielo que descienden desde la cabecera del Eiger formando el glaciar Arlech.  Dormí una noche junto a los hielos finales de ese glaciar donde las turbulencias de las aguas grises eran atronadoras, fue para mí como vivir en un tiempo geológico y primordial en que acaso los seres vivos todavía no existían.

Varias veces el camino se asoma al escenario del circo y su cascada pero me cuesta percibirlo como algo más que una bonita postal. No hay en mí el sobrecogimiento que produce un espectáculo grandioso, que lo es, pero que no me llega en medio de este paisaje tan civilizado, tan turistizado.

Si a estas consideraciones añadimos situaciones como la que describía más arriba del senderismo en masa en donde el número y el nivel de ruido es tan alto la degradación del ambiente está servida, porque no se degrada el ambiente sólo con la suciedad, que también lo hacen una enormidad el ruido y la masificación.

Todavía quedan más abajo los encantos del bosque. Al final el sendero me dejará a pie del camino que sube al refugio Espuguettes. Había contado con comer en un restaurante, pero mi cuerpo se niega a bajar a Gavarnie para volver a subir a tomar el sendero del refugio. Así que hago una comida con lo que hay, charlo un rato con Victoria y, ante la posibilidad de que la tormenta haga su aparición cargo con agua y tiro monte arriba. Son las cinco y en el Parque Nacional las normas dicen que no se puede desplegar la tienda hasta las siete. Así que mientras no llueva me convierto en un obediente observante del reglamento. 







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