Nacimiento del río Aragón Subordán, 7 de agosto de 2020
El tolón tolón de los cencerros de las vacas, algo más lejos
buitres y alimoches dando cuenta de un ternero al que la vaca no se resigna a abandonar.
La vaca no se ha enterado todavía de que su ternerillo, ese que parió apenas
hace un par de semanas, ya no existe, pero su angustia está todavía ahí
presente en un tira y afloja con los buitres. Ley de vida como tantas cosas. Me
han dicho que para esta tarde se anunciaba tormenta pero de momento no tiene
pinta. Eso sí, grandes nubes alivian a las seis de la tarde del calor de este
horno que es Aguas Tuertas, un enorme valle donde ni siquiera un árbol ha
tenido la amabilidad de quedarse a vivir.
—¡Eh, tú! —me golpea en el hombro de repente mi otro yo—, que no
te enteras. ¿No ves que está empezando a llover?
Y de pronto un estruendo cruza el cielo. ¿Decía que no tenía pinta de tormenta? Dos minutos y empezó a llover amenazantemente. Eso: pies pa qué os quiero. Pues pa qué os quiero. Salgo disparado, ensamblar los palos, cubrir el macuto, colocar el habitáculo de tela, así hasta que descubro que la lluvia me va a dar un respiro, gruesos goterones pero sólo a modo de mosqueo. Hoy toca asegurar los tiros suplementarios, cuatro que cosí y que únicamente uso en caso de tormenta para evitar que la tienda a causa del viento se pliegue sobre mí. La cordialidad de esta tormenta es tal de esperar a que esté totalmente instalada la tienda para mandar un zurriagazo de órdago y ponerse a llover seriamente. Precipito dentro todo mi equipamiento de cualquier manera y cierro la cremallera. Estoy a salvo. Diez minutos después todo está en orden, yo acomodado y fuera el agua cae discretamente. Ahora los cencerros suenan más cerca de lo que sería mi gusto, pero bueno, no se puede pedir todo.
Me encuentro en una parte del Pirineo que quizás más he recorrido,
solo o con mi familia. Cuando mis hijos eran pequeños paramos muchas veces en
estos valles, un tiempo en que armado de un rotring y un bloc combinaba las
excursiones de montaña con largas tardes de dibujar todo lo que pillaba.
Últimamente he tenido varios avisos en este sentido. No estaría nada mal que me
diera de verdad. Lo más parecido a lo que hacía entonces son los dibujos de
Martínez de Pisón, algunos del último libro suyo que leí y otros de uno que hojeé que llevaba el título de Montañas dibujadas, creo. Cuando
tenga cobertura voy a ver si localizo alguno de aquellos dibujos; recuerdo que
uno era del refugio de la Mina, junto al que pasé esta mañana.
Nuevo retumbar de truenos, la tormenta se está tomando su tiempo. Vuelve a llover con ganas. Es una tormenta muy variopinta, a los pocos minutos el sol pega sobre la tienda y la convierte en un pequeño horno mientras el agua cae como si fueran piedras. Pese a que dormí la pasada noche a dos mil metros fue una noche calurosa, tuve que prescindir del saco. Llovió algo pero a la mañana estaba despejado. Iba terminando de ascender el barranco de Petraficha cuando oí un buenos días a mi izquierda. Era Iñaki, un joven vasco que me pasaba a la carrera como si estuviera en una competición. Más arriba lo fotografié a contraluz contra el primer sol de la mañana. Venía desde Irún como yo, sólo que él llevaba solamente tres kilos y medio a la espalda mientras que yo debía de andar por los dieciséis. Charlamos un rato. Su carrera terminaba en el monte Perdido. No es mi modo de entender la montaña pero de todas formas me admira esta gente y su fuerza descomunal. Se les ve por todos lados. Si duermes en la cumbre de la Maliciosa, seguro que dos o tres de ellos te despiertan con la salida del sol; si andas despistado en Picos buscando los hitos que llevan al Jou de Cabrones, igual de repente dos más pasan a tu lado como ciervos desviados. En la época en que hacía maratones, época tardía de mitad de mis cincuenta, se me metió el gusanillo de intentar emular a esta gente y estando preparando un maratón decidí probar a ver cómo funcionaba mi cuerpo en una de esas experiencias. Dejé el coche abajo de las Siete Revueltas, yendo a La Granja y subí corriendo hasta Siete Picos. Llegar llegué, pero tuve la impresión cerca de la cumbre de que igual la palmaba. Bajé luego sin problemas aunque con la sensación de que con un mínimo paso en falso me podría romper los tobillos. Estaba muy bien ese chute de adrenalina que había saboreado en los maratones, pero aquello además de pensar que estaba fuera de mis posibilidades me pareció sumamente peligroso.
Nos despedimos en el collado. Le seguí un rato como se sigue la
evolución de las cabras montesas de Gredos. Me gustaba su elegancia. Los bastones
en las manos tomados por la mitad, sus elásticos saltos, la seguridad que
desprendían sus movimientos: era un espectáculo.
El pasado año había hecho en septiembre la Senda Camille y tenía
muy reciente todo este entorno. Descendiendo recordé aquella vieja afición que
tenía con mis hijos de batir récords de altura de baños en los lagos del
Pirineo. El lago de Acherito fue uno de ellos. Solíamos subir lo más deprisa
que podíamos y cuando llegábamos al lago era de inmediato desnudarse y lanzarse
al agua. Mi hijo Guille, que gustaba jugar a competir, siempre llevaba las
de ganar.
En el fondovalle el calor ya se había instalado con especial
tenacidad. El barranco de Aguas Tuertas se sube bien pero desangelado como está
me obligó a parar un par de veces. En el collado, junto al refugio había una
docena de personas, los excursionistas que suben en coche por la pista y hacen
el último tramo andando.
El refugio está limpio pero no hay agua cerca, así que después de comer un poco y echar mi diaria partida de ajedrez lío el petate y me marcho.
Las vacas, curiosas como niños, han rodeado mi tienda. Espero que no tropiecen con ninguno de los tiros. Intento alejarlas a voces pero ni flores. Parecen haberse congregado todas las del valle a mi alrededor. Emiten sonoros mugidos que casi aturden. He terminado saliendo fuera bastón en mano azuzándolas con el consabido “fuera vacas” pero apenas surte efecto.
Frente a mi tienda un espectáculo enternecedor, me encanta como la
vaca lame a su ternerillo. Saca la lengua y le lame el cuello, mientras éste
levanta la cabeza de gusto para que la lengua de la madre llegue a todos los
lados. ¿Acto de ternura, de limpieza? Me da que en estas cosas nosotros no
somos muy diferentes de las vacas. Nosotros besamos a nuestros hijos y ellas
les lamen. Los toros, pobres, lo que se pierden. Viendo esta escena, no
obstante se me ocurre que no estaría de más hacer la observación a las madres
en general para que no caigan en la tentación de acaparar más de la cuenta el
cariño de sus bebés, e incluso de sus hijos en general, un asunto no banal con
toda seguridad.
Parece que la tormenta ha dejado definitivamente este valle.














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