El cerebro y el sacrosanto espacio de nuestro ser interior 😂



Collado de Argbel, 31 de julio de 2020

Collado de Nabarlatz - Collado de Argbel

  

Anoche, cuando estaba empezando a dormirme comenzó a llover y me obligó a cerrar la tienda que se convirtió enseguida en un hervidero. El calor sigue siendo sofocante por estas latitudes. No obstante el cansancio acumulado me permitió dormir a pierna suelta. Cuando sonó el despertador todavía era de noche. La amenaza del calor del mediodía estimuló a mi voluntad a no poner reparos y a obedecer de inmediato a su mandato. Se camina bien a esta hora de la mañana, un sendero que unas veces atraviesa un robledal, otras muchas camina por laderas cubiertas de helechos donde apenas puede abrirse camino, y las más se recrea en un paisaje de prados en donde crecen solitarios y enormes ejemplares de hayas. Las hayas, que en apretados bosques crecen derechas y estirando el cuello para atrapar la luz del sol, en estos casos expanden sus ramas en todas las direcciones y llegan a formar bellos y fornidos a ejemplares de una belleza extraordinaria.



Desencanta un poco caer en la cuenta de que nuestro cerebro es el resultado de una continua adaptación al medio en cuya trayectoria surgió el pensamiento complejo y todo lo que siguió después. Un hecho que de una manera u otra conocemos desde los tiempos de Darwin pero que cuesta ajustar cuando nos pensamos y queremos de algún modo ubicar nuestro mundo conceptual y espiritual en un cuadro en el que las emociones, los sentimientos, nuestra vieja concepción del yo querrían encontrar un centro desde donde emanara nuestra entera personalidad. Eso que llamamos el yo, sacrosanto espacio de nuestro ser interior, ¿a qué queda reducido cuando queremos objetivar en nosotros el normal proceso de la evolución? El hombre, uno de tantos miles de seres, en cuyo cerebro se produjeron ciertas mutaciones que yendo más allá de la lógica que opera en otros mamíferos, más allá de sus emociones primarias, más allá de un sistema límbico elemental, más allá de una pequeña colección de hilazones lógicas, terminó por hacer posible un pensamiento más complejo relacionado con una mayor capacidad craneana, y le puso en situación de desarrollar una cultura y una tecnología al punto de crear en él la ilusoria expectativa de la inmortalidad y la conciencia de creerse íntimamente diferente de cualesquiera otra especie de animales; ese hombre y la mentalidad que se desarrolló en él de ser centro del universo, especialísimo después legado de una divinidad, nos ha separado tanto de nuestras raíces como para hacer difícil entender que seamos sólo el resultado de una compleja evolución adaptativa de un ser primitivo destinado como cualquier otro ser a ser engendrado, crecer, desarrollarse y morir.

Lo que ocurra en el intermedio, parece decir la lógica de la evolución, es un terreno donde podemos mejorar todas nuestras capacidades, nuestro placer o deseos, pero en cualquier caso un espacio cerrado que desaparece con nuestra muerte.

Puede ser jodido pensarse como un conjunto de vivencias, sensaciones o pensamientos a expresarse y vivir dentro de un espacio de tiempo y nada más, pero de hecho, y contra toda la lógica de los teístas que no conciben la vida sin la referencia de un dios y una eternidad por delante, la provisionalidad de que se reviste la vida de los hombres cuando descubren la levedad de su existencia lo libera por una parte de la soberbia de su crecida importancia asumida durante milenios a la vez que le coloca en una línea de humildad que destroza desde sus bases el empeño de ciertas clases sociales por constituirse en directoras y benefactoras de un mundo creado a imagen de unos intereses clasistas que diseñaron este mundo a la medida de sus aspiraciones echando mano de una singularidad ficticia destinada a dominar a sus semejantes.

Así funciona mi cerebro hoy pese al calor que atraviesa tantas montañas, y parece que la totalidad del país a juzgar por lo que me llega de más al sur de los Pirineos, hace un momento sin más un guasap que muestra un río de lava con un pie de foto que dice: “El río Tajo a su paso por Toledo”.



Todavía el índice de, cómo llamarlo, ¿sufrimiento?, es un tanto alto para disfrutar del camino, y me temo, que el peso del macuto lo va a prolongar. Quizás cuando esté metido en la alta montaña ya sea diferente. Así que, atentos, pies y piernas, ojo al canto y a portarse. De momento hoy la cosa ha estado bastante mejor, no he caído derrumbado junto al camino como ayer en ninguna ocasión. He llegado a comer con toda normalidad a Elizondo, he cumplido el rito de la cerveza y el de alimentarme como Dios manda y ahora a un rato de caminar, hoy toca seguir el itinerario de la Alta Ruta Pirenaica que lleva a Aldude pasando por el collado de Urballo. Al otro lado de ese collado tengo la oportunidad de ver a mi hija Lucía y a Quique que viajan rumbo a Gijón. Sería bonito, ya otra vez nos encontramos en algún lugar de los Alpes. Sí, el mundo con un poco suerte termina siendo un pañuelo.

Collado de Argbel. Ni soñando imaginé que pudiera ser capaz de llegar hasta aquí, setecientos metros de desnivel después de comer con lo cansado que estaba y con el calor que corrían por estas laderas. Pero llegué. Uno nunca sabe de lo que es capaz hasta que no se pone en situación de comprobarlo. La última vez que estuve aquí hace unos años era abril y estaba empeñado ya en un proyecto que se fue imponiendo por sí solo al cabo de los días. Había comenzado a caminar en Sevilla a mitad de enero y poco a poco fui alargando mi objetivo por los Caminos de Santiago hasta terminar en Irún. Fue aquí que decidí que ya puestos daría la vuelta a España. Probé a seguir por el GR11, pero precisamente donde estoy ahora empecé a encontrarme con una nieve profunda que me hizo dudar de la cordura del proyecto. Iba solo y la tarea de abrir huella se preveía como tarea imposible. Camino ya de Roncesvalles comprendí que aquello era inviable. Además mi equipamiento no era el adecuado. A casi mitad de camino, cuando vi que era imposible seguir abriendo huella indefinidamente opté por perder altura de inmediato en las laderas sur de la sierra. Fue un aventura de la que me llevó un par de días salir hasta que llegué a un lugar habitable. Una aventura que hoy me emociona recordar por las condiciones de precariedad en que se dieron. De aquel “paseíto” alrededor de España salió un libro titulado Una vuelta a España a pie.



Fin de jornada. En el collado me he encontrado con José Angel que hace la Alta Ruta Pirenaica también solo. Como es de prever salen a colación las batallitas que todos guardamos en nuestra memoria. La niebla lo invade todo mientras cenamos sobre una mesa de piedra anexa a una construcción de madera que parece pertenecer a los ganaderos. Las once de la noche. Una hora muy inapropiada para dormir. Mañana me tocará pagar este pequeño desliz. 

 








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