Refugio-cabaña de Barrosa, 15 de agosto de 2020
Se ha quedado un tarde tan apacible… Refugio de Barrosa, una
ventana amplia por donde se cuela la luz de la tarde tras la tormenta, en la
estufa ardiendo dos gruesos troncos, las botas y la ropa secándose a su
alrededor, el estruendo de los arroyos cercanos que han nacido con la tormenta,
hinchados y achocolatados, la calma tras el granizo, los truenos, los
compañeros que han abandonado el refugio en un momento de calma tras el
diluvio.
Poco antes de que se desatara la tormenta, que hoy ni siquiera
avisó, que fue empezar a llover sin más con una furia desacostumbrada, iba
dándole vueltas a si se podría o no dar forma a algunas sensaciones que
provenían de las convulsiones de las rocas que se observaban cruzando en forma
de olas la masa pétrea de esa colosal montaña que tenía encima y que culminaba
en la cumbre de La Munia. Poner en palabras algo es a veces tremendamente
difícil porque la consistencia del pensamiento o las ideas que surgen son
ambiguas y escurridizas.
Cuando a este diario asoma la realidad de los mundos en que vivo,
uno las rocas, las montañas, los seres que la habitan, los árboles y yo mismo
entre ellos y otro, el de la sociedad o la humanidad en general, se produce
comúnmente una quiebra en el sentido común de esta segunda realidad. Y sucede
esto con más intensidad cuanto más me integro en este entorno de montañas. Una
quiebra que cambia la consistencia que generalmente otorgo a la vida corriente
cuando no estoy en la montaña. Cuando el contacto con la Naturaleza es tan
íntimo y asiduo, lo que observo, esas filigranas del granito surgidas al empuje
de fuerzas tectónicas tan poderosas, la erosión dando lugar a profundos valles,
formula una concepción tan dilatada del tiempo, de la existencia del planeta, y
con ello la del universo y todo lo que en él se ha creado, que suscita como
correlato una visión de la vida del hombre tan, tan insignificante que, al
volverme a lo que consiste la vida corriente de cualquier sapiens, sus
preocupaciones, sus deseos, ese enorme desarrollo que hemos adquirido como
producto de nuestra inteligencia, el arte, la cultura, su tecnología, todo ello
aparece como un pobre juego de artificio si lo consideramos dentro de las
magnitudes del espacio y tiempo del universo.
La importancia que damos a todo lo que hacemos, lo que tenemos o
dejamos de tener, nuestras concepciones religiosas, la cultura, vistas desde esa
dimensión de espacio tiempo del universo, y en una dimensión menor este mundo
geológico que recorro donde las transformaciones pueden medirse por millones de
años, ¿Qué son sino infinitamente pequeñas motas de polvo? Son pensamientos
recurrentes que surgen en el contacto con ese universo en donde la vida entera
del hombre desde su surgimiento sobre la tierra, o la de los animales desde el
primer infusorio, son tan poca cosa que cuesta comprender que vivamos tan
ajenos a esta realidad y que mantengamos, aunque seamos ateos, una idea del
mundo como espacio estable y para siempre como si nuestra durabilidad fuera
infinita.
Creo que no soy capaz de trasladar aquí lo que siento, cuyo
aspecto práctico se me presenta como extraordinariamente importante ya que de
considerar nuestras vidas en un orden parecido al de esos insectos cuyo ciclo
vital se reduce a días, tarde o temprano esa certeza terminaría por proyectarse
sobre nuestros actos y nuestro concepto de la vida.
El sol coloreaba las cumbres cercanas cuando abandoné la Cabane des Aguillous. El sendero se elevaba por suaves laderas tostadas hasta tropezarse con los farallones rocosos que precedían a Hourquette de Heas cuatrocientos metros de desnivel más arriba. Una pequeña desorientación en el collado porque no era fácil ver la continuación, siempre ese temor de que te vayas a meter en un berenjenal, pero nada más. Estaba en la cabecera de otro valle que había que sortear para alcanzar la otra hourquette, la de Clermentas. Toda una bella caminata de altura con valles y montañas totalmente desconocidos para mí que se perdían en el horizonte. Cuatro horas me costó llegar a los lagos de Barroude. Apenas encontré en mi camino una docena de personas, incluida una niña en la horcada de Clermentas que no debía de tener más de cinco años. El acceso a este collado desde cualquier sitio no puede llevar menos de cuatro horas. Eran las diez de la mañana así que aquella nena había comenzado a caminar de noche y había superado mil quinientos metros de desnivel. ¡Bravó!, le dije a modo de buenos días. Sonrió, tenía una bonita melena rubia. Buenos padres, me dije para mí, mientras les saludaba.
El entorno de los lagos de Barroude es
un rincón del mundo solitario y agreste sobre el que se levantan los farallones
rocosos de La Munia. Fue bajando del collado de Barrosa, en expectativa tenía
un descenso de mil cuatrocientos metros de desnivel, cuando inesperadamente
comenzó a llover. Paré a ponerme el equipo de agua y en ello estaba cuando de
repente sonó la primera tronada. A los pocos minutos el entero circo de Barrosa
se convirtió en un pequeño infierno, los cauces secos se llenaron de agua, el
camino se convirtió en un arroyo. Mis botas no tardaron más de unos minutos de
chapoteo en lo charcos para llenarse de agua. Era especialmente violenta.
Mientras tanto el sendero descendía dando interminables vueltas. No se me había
ocurrido mirar previamente la posibilidad de que hubiera una cabaña. Y mira por
donde habíala, un refugio de techumbre similar al Zabala de nuestro Guadarrama.
Qué maravilla. Estufa, leña, dos mesas, sillas. A los pocos minutos la estufa
estaba a pleno rendimiento. Cambiado de ropa, seco, abrigado fui haciendo un
tenderete con todo lo que se me había mojado sobre la estufa. Al poco llegaron
dos mujeres y un hombre con los que me había cruzado anteriormente. Venían
hechos una sopa. Fuera la tormenta arreciaba en aquel momento. El suelo se
cubrió de granizo y por las laderas corrían cientos de riachuelos. El río, que
minutos antes apenas llevaba agua, ahora era un río encabritado de aguas
turbias. En el siguiente intervalo los compañeros continuaron valle abajo. Me
dejaron algunas provisiones y se llevaron el encargo de comunicar a Nuria que
mañana la esperaría en la carretera a primera hora.
Así que inesperado fin de jornada, caliente, seco y con el cuerpo cansado pero contento.











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