No te permitas el lujo de perder la curiosidad

 


Cabane des Aguillous, 14 de agosto de 2020

 

Hoy me levanto casi de noche. Una hora al refugio de Espuguettes. Las montañas están cubiertas pero una franja de oro las recorre de parte a parte. Al fondo, como un hachazo infringido a las montañas en tiempos mitológicos se ve la Brecha de Rolando. Entro en el refugio, pido el desayuno y un picnic. Frente a mi mesa ella, todavía con sueño en los ojos, le hace carantoñas a él. Y no se por qué pero está mañana me parece una cosa rara eso de quererse, esos actos de ternura.

Se me ocurre que esto de hacer de salvaje de tanto en tanto saca de mí la mirada de mi infancia. Me cruzo con gente, claro, pero prácticamente las veinticuatro horas del día mi referencia es el bosque, las montañas, el paisaje primigenio que aunque sea visitado, su piel, su textura, su ser, por decirlo de alguna manera, es lo otro, lo más allá de la civilización que llamamos Naturaleza. Quizás por eso este vivir entre las montañas me hace percibir las cosas desde una perspectiva diferente. También yo lo busco y aunque veo otros caminantes que me recuerden “el otro mundo”, mi mundo es otro en este tiempo que camino. El resultado es que cuando esos dos mundos se encuentran por un momento en un refugio, en un pueblo, gente con la que hablo, presiento como si se hiciera un aparte en mi normalidad. Quizás por eso también me siento algo extraño cuando atravieso un pueblo como hoy, en Héas, que me detuve a comer en un restaurante o, como esta mañana cuando desayuné en el refugio de Espuguettes.

De todos modos eso de que llame mi atención alguien que está haciendo una caricia a su pareja como si se tratara de un descubrimiento conecta, recuerdo ahora, con una cita de Confucio que incluí en este diario hace días y que hacía referencia precisamente a cómo las cosas triviales llaman la atención de determinadas personas. Cuando la curiosidad y la admiración por las cosas corrientes aparece en uno creo que es buena señal; lo contrario, el saberlo todo, el estar de vuelta de tantas cosas, que sería algo así como si la vida hubiera perdido gradiente e interés por muy vista, muy sabida, preludia un estado de vejez que mejor tenerlo lejos.

Quizás por ello es también bueno todo eso del misterio de que hablaba días atrás, es decir, que antes de que la vida pierda atractivo, mejor jugar con el erotismo del misterio y no permitirse el lujo de perder ni pizca de curiosidad. Cuando entré en los cincuenta, recuerdo que leí un libro de Simone de Bauvoire titulado La vejez, era un momento en que tenía que empezar a cuidar especialmente a mi padre y en que yo mismo comenzaba a entrar en eso que llamamos la edad madura, aquel libro fue un descubrimiento en muchos sentidos, pero esencialmente estaba dedicado a no dejarse llevar por la inercia de los años y por la comodidad, y la herramienta esencial en que una y otra vez insistía Simone de Bauvoire era en el hecho de mantener siempre despierta la curiosidad.

¿No es curioso eso de que la gente se quiera, que de golpe a alguien le entren una ganas enormes de ser abrazado? Creo que es Carmen Martín Gaite quien escribió un libro titulado Que cosa rara es la vida, o algo parecido. Tantas cosas raras que tiene la vida, que lo percibimos así, cuando un día salimos del círculo de las rutinas diarias y empezamos como los niños chicos a poner porqués a las cosas más corrientes.

Fue un día realmente duro con fortísimos desniveles tanto de subida como de bajada, pero un recorrido espléndido por los circos d’Estaubé y Troumouse, un mundo que siempre quise conocer partiendo del Balcón de Pineta y los Astazous. Para mí era como la cara oculta de la Luna. Mi primera visita al Pirineo, cuando apenas hacía unos meses que había descubierto la montaña, consistió en pasar de Goriz al circo de Toucarroya y bajar a Bielsa. Era mitad de junio y había una enorme cantidad de nieve. Para Emiliano de Diego y para mí el espectáculo que se veía desde el collado del Cilindro era la culminación de todos los sueños que habíamos tenido durante toda la primavera esperando surcar de verdad aquellas montañas. Recuerdo especialmente el espectáculo de La Munia, una montaña que quedó en mi subconsciente como emblemática de la montaña perfecta. Dos veces subí a ella con la ilusión de que ese era el universal del concepto montaña. Hoy atravesé la vertiente norte de este universo. En realidad equivalía a recorrer los tres grandes circos del Pirineo Francés, una grandiosa Trinidad: Circo de Gavarnie, d’Estaubé y de Troumouse, este último la versión norte del Circo de Barrosa que baja hasta Parzán y cuya divisoria lo forma la crestería que culmina en La Munia. El último recorrido de hoy, subiendo desde Héas, trepa por la pendientes al este de La Munia y mañana, después de alcanzar los lagos de Barroude, cuyo refugio sufrió un incendio y no está operativo, y el puerto del mismo nombre el sendero se precipitará el circo de Barrosa abajo hasta Parzán, donde, si encuentro cobertura y la cosa no se tuerce, me encontraré con mi amiga Nuria que estos días trabaja de forestal en Bielsa. Coincide con sus días libres, así que quizás pase dos días acompañado camino de Ordiceto y Viadós.

En la subida desde Héas mi mapa señalaba un par de cabañas. Dejé atrás la primera y cuando llegué a la segunda dudé si seguir todavía un rato, pero antes quise echar un vistazo. Perfecta. Un lugar pequeño, limpio y con colchones. Eran las cinco de la tarde y decidí aprovechar para tomar un rato el sol mientras se cargaban mis baterías con el panel solar. Delicioso colofón para un larguísimo y extenuante día de marcha. Tumbarse, cerrar los ojos y dejarse llevar por la caricia del sol. Pasé el resto de la tarde disfrutando de la comodidad del hallazgo de un buen colchón mientras hacía mis deberes en este diario.

 












 

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