Refugio de Ordiceto, 16 de agosto de 2020
He quedado con Nuria, si le llega mi recado por los compañeros de
ayer, a las nueve en el fondo del valle. Bajo con tiempo suficiente así que
camino como quien va de paseo. El sendero es ancho y amable. En las puntas de
las hojas de los abetos brillan pequeñas perlas de agua, los rayos del sol se
filtran en lo profundo del bosque formando haces de luz al modo en que
atraviesa el crucero de una iglesia gótica en penumbra la luz del mediodía.
Tiene un no sé qué de templo esta mañana el bosque en que la campanilla del
monaguillo o los acordes del órgano han sido sustituidos por el rumor del
arroyo todavía hinchado por la tormenta de la tarde anterior.
Bajaba recordando cierta conversación que había tenido con Nuria
hacía tiempo relacionada con lo que la conciencia de cada cual elabora para
consumo propio, unos con una conciencia que los hace tribular y sentirse mal
cuando hacen esto o lo de más allá, otros, cuya conciencia no carga con el peso
que a los anteriores les puede resultar abrumador, que cultivaron, o recibieron
una formación diferente y que por tanto se ven libres del sentimiento de culpa.
Bueno, pues iba pensando en esto cuando de repente en mi mente se dibujó esta
frase: No existe más moral que la de no hacer mal a los otros. Quizás mis
pensamientos, precavidos de la posibilidad de una de esas conversaciones que
habíamos tenido anteriormente, lo mismo ya estaba preparando sus argumentos.
Enseguida me distraje con otras reflexiones, pero la cosa quedó ahí como una
referencia a no perder de vista cuando uno se adentra en alguna discusión
compleja. Sólo me faltaba añadir que el mal no se debería infringir tampoco a
ser viviente o inerte alguno.
Bueno, no fue necesario llegar a la carretera, allí, en la curva
del camino se presentó ella. Nuria y yo nos vemos poco pero siempre tenemos un
caluroso encuentro. Subía a buscarme. Me encantó el encuentro.
Hubo que proceder al ritual de rigor para lo tiempos del Covid,
sacar la mascarilla, ponérnosla y entonces sí, el fuerte abrazo que siempre que
nos vemos confirma nuestra amistad. No estábamos lejos del coche. En Parzán
hicimos las compras, tomamos algo en una terraza y nos pusimos en marcha.
Subimos tres kilómetros en coche por el valle de Ordiceto. Nuria había decidido
acompañarme hasta el refugio y acaso pernoctar allí, pero cuando llevábamos más
de la mitad del camino cayó en que había olvidado en el coche la ropa de abrigo
y el equipo de agua. Podríamos haberlo solucionado con el exceso de ropa que
llevaba yo, pero ella prefirió no llegar hasta los lagos y darse la vuelta más
arriba. No veríamos al día siguiente en el refugio de Viadós, o acaso vendría a
mi búsqueda.
El día fue quedando cada vez mejor y podría haber llegado de sobra
a Viadós, pero también me apetecía tener toda la tarde libre, así que me desvié
en el collado de Ordiceto para tomar el camino del Refugio que se levanta junto
al lago. Sí, tener siempre el agua a mano, esa parece ser la consigna este
verano.
Hacía un sol muy agradable así que salí fuera a comer.
Que maravillosamente escandaloso es a veces Beethoven. Tomaba el
sol a la puerta del refugio de Ordiceto y no encontré nada más oportuno que
escuchar la Séptima sinfonía, años sin oírla. El sol, las montañas
frente al lago y ese brío musical en que parece que las montañas van a
convulsionarse, que se va producir un deflagración capaz de tragarse al mundo.
Pienso en ese hombre del que desconozco todo pero del que oyendo su música uno
piensa debía de albergar dentro de sí una monstruoso mundo, desproporcionado,
heterogéneo, sutil, elocuente, tierno hasta la exasperación. Requiere un gran
esfuerzo llegar a comprender cómo de esa especie biológica de los sapiens, tan
vulgar y corriente en esa distribución de la campana de Gauss en la que estamos
la mayoría, puedan surgir tamaños genios, tamaña alentadora fuerza. Me resulta
más comprensible un hombre de inagotable imaginación como Bach, que acaso llega
al alma por los caminos de la intimidad sondeando nuestro interior como quien bucea
en las almas profundas del oyente, que este cataclismo de armonía que asoma en
mucha de la música de Beethoven. Con Bach uno baja al submundo donde germina
nuestro yo y madura nuestra espiritualidad, con Beethoven ascendemos en
ocasiones a los cataclismos de la naturaleza, nos recreamos en el arrullo de
los arroyos; del mundo interior de Bach pasamos al mundo exterior y a las
manifestaciones más genuinas de las pasiones y los elementos.
Pongo en pausa durante un rato la música para atender a la conversación
de un grupo de jóvenes vascos con los que comparto el refugio. Cosas de la
montaña, gente con la que nos hemos encontrado, ellos un hombre que hacía la
Alta Ruta con toda la comida para más de un mes, cincuenta kilos de morral.
Hablamos del paso del Tebarray y de caminos que todos hemos hecho días atrás.
Ellos no encontraron ayer refugio para la tormenta de la tarde, que cuentan
será una que recuerden toda la vida. Hablamos de este mundo, tan apartado estos
días del otro, el peso de los macutos, las tormentas, el esfuerzo continuado, a
veces tramos delicados. No mencionamos la sustancia que fluye en nosotros en
este ir de un lado para otro. Me han ofrecido un té que me sabe a gloria, ese
rito de los últimos veranos que este año no pudo ser porque el peso de mi
mochila ya no permitía un añadido más.
Paso el resto de la tarde al sol protegido tras el refugio del viento, pero tras un largo rato de mi dolce far niente, la música, que últimamente tengo tan abandonada me reclama y enseguida, al sol como un lagarto, tengo el Magnificat acariciándome los oídos.









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