Refugio La Mina. Verano de 1978
Canal Roya, 8 de agosto de 2020
Me he preguntado tantas veces por dónde sale la sustancia que
nos alimenta, lo que da forma a nuestra alma, a nuestra manera de concebir la
vida sin encontrar respuesta satisfactoria, que total, por una vez más que lo
haga no va a pasar nada. Mi conciencia de ser diferente, con otros muchos
naturalmente, me lleva con frecuencia al mismo interrogante. Hombres y mujeres
con los que me cruzo, no muchos, caminantes solitarios de largas distancias, es
un ejemplo, pero ¿por qué?, ¿por qué frente a la tónica más general del
gregarismo, del deseo de ir acompañado en grupo, estos solitarios?
Evidentemente uno nace, pero evidentemente también uno se hace.
Mis razonamientos de hoy surgen de una recomendación que me hacía días atrás
por guasap el amigo José Zalabardo. Me sugería la lectura de un libro de Laurie
Lee, Cuando partí una mañana de verano. En general soy bastante adicto a
las recomendaciones de lecturas de mis amigos que, conociendo mis gustos a veces
me sugieren aventuras marinas, libros de montaña o cuestiones sobre filosofía
de la vida. Les suelo hacer caso casi siempre. Por ejemplo las últimas
recomendaciones de José Manuel Vinches me tuvieron dos meses en una navegación
de un padre y un hijo en una pequeña embarcación que dobló el cabo de Hornos y
de ahí me llevó a otros dos volúmenes de Joseph Conrad. Con las recomendaciones
de Paco, de Hoyos, me he pasado un otoño y un invierno recorriendo montañas con
Kurtika, o con Martínez de Pisón. Hay más. También le estoy muy agradecido a
Borges por haberme descubierto tempranamente a Joseph Conrad del que soy un
infatigable lector. Sólo una muestra. En el caso de hoy mi agradecimiento es
para José, sólo que cuando en un segundo mensaje me explicó de qué iba el libro
caí enseguida en que había sido hace muchos años casi un libro de cabecera.
Dejo la sinopsis del libro a José: “El que te recomendaba cuenta cómo echó a
andar desde la puerta de su casa a los 19 años, primero por Inglaterra, y luego
cogió un barco a Vigo y desde allí fue andando hasta Almuñécar, dónde le pilló
el principio de la guerra”.
Y vuelvo aquí a mis argumentaciones del principio. Lo que uno es o
deja de ser tiene mucho que ver, entre otras cosas, con lo que ha leído a lo
largo de su vida. La cabra no tira al monte así porque sí en un arranque, en un
momento de iluminación. Los libros van entrando en la vida de uno como entran
las vitaminas y otras sustancias en el flujo sanguíneo. Las aguas del propio
río, de la propia vida, se van mezclando con los ríos y los afluentes que
encuentra en su camino y tras un discreto recorrido en que ambas aguas se
pueden distinguir en la corriente total llega un momento en que se confunden.
Así, por ejemplo el río Amazonas sólo es Amazonas entre Manaus y el océano,
cuando el río Negro y el Solimoes unen sus inmensos caudales. La unión de estos
dos ríos es el espectáculo de la fusión de dos grandes historias: el negro
intenso de las aguas que bajan de Venezuela junto al Orinoco mantienen su
reservada distancia con aquellas color terroso del Solimoes, que nace en los
Andes. Ambas aguas caminan dentro del mismo cauce, unas al lado de las otras,
sin fundirse. Pasarán muchos días de navegación antes de que la cercanía de una
y otra termine por resolverse en un caudal único. Es la imagen de un antiguo
viaje a través del Amazonas que acaso me sirve ahora para dar cuerpo a lo que
somos, en cierto modo una suma de caudales diferentes.
Libros leídos en la juventud, y que
después como es el caso había olvidado y que sin embargo han nutrido nuestra
vida orientándola de modos precisos e inconfundibles. A mí probablemente me
agarró Emilio Salgari casi saliendo del destete y ya no me soltó. De Salgari,
que marcó la faceta de la aventura, salté mediante otros libros a otros aspectos de la vida que fueron encontrando como las aguas de un arroyo su curso entre
las innumerables posibilidades que se ofrecían.
Concretamente aquella temprana lectura de Cuando partí una
mañana de verano, bien pudo tener su influencia en una parte importante de
lo que hago en la vida, es decir, vagar por el mundo a pie. Más todavía, el
protagonista abandona a pie su casa a lo diecinueve años para caminar hasta
Almuñécar. Yo abandono la casa de mis padres a los veintiún años y me marcho a
Italia en autostop para dar comienzo mi vida de independencia.
¿Por qué somos como somos y no de manera diferente? Cuando uno
está satisfecho de ser como es o de hacer lo que hace, es justo que se pregunte
por los caminos que le han llevado a esa situación e igualmente es justo rendir
tributo a todas esas aguas que a lo largo de la vida han ido alimentando
nuestro propio caudal hasta convertirnos en lo que somos. Hablo de libros
porque es lo que venía al caso, pero obviamente está todo lo demás y las
bifurcaciones que uno haya ido tomando en cada momento en ese camino que es la
vida.
Le decía a José que a veces hay autores que, aunque traten otros temas, el hecho de que respiren un aire parecido al tuyo te hace sentir que todo lo que puedan escribir va a encajar también dentro del ámbito de tu interés. Un hombre que hace lo que hizo cuando tenía diecinueve años con toda seguridad guarda dentro de su alma un incalculable tesoro que probablemente estará esparcido por libros que haya podido escribir. Así que esta tarde me fui a ese tesoro de biblioteca particular que me alimenta desde hace años y encontré un título suyo: Sidra con Rosie, que narra la infancia del autor. Será mi primera lectura cuando termine con los cuentos de Isak Dinensen. (Si alguno estáis interesado en acceder a la biblioteca de que hablo más arriba, pasadme aviso por privado y os mando la llave de la tal biblioteca, un biblioteca mucho mayor que la famosa de Alejandría).

¿Qué qué ha pasado hoy con mi jornada? Pues que por la noche al final hubo tormenta de verdad, pero como la tienda estaba perfectamente colocada, pues nada, que me sirvió de sonajero toda aquella lluvia. La larga caminata hasta Candanchú pasando por la el lago de Estanés fue especialmente bonita y entretenida, un par de grandes hayedos, barrancos, el paisaje cambiante de la alta montaña. Comí en Candanchú, volví a establecer un contacto con el mundo después de dos días y medio, resultó que ese mundo seguía existiendo bajo las mismas condiciones de siempre, caí en un restaurante con un servicio femenino amable y encantador, hablé con mi chica un buen rato y cuando no quedó más que hacer volví a cargar con la mochila camino de la Canal Roya. Me hubiera gustado dormir junto a lo lagos de Anayet frente al Midi, pero aquello quedaba muy largo. Encontré un lugar perfecto junto al río para poner mi tienda.
Valle de Hecho. Verano de 1978







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