Un ejercicio de narcisismo

 


Cercanías del collado de Añes Cruces, 17 de agosto de 2020 

Lago de Ordiceto - Cercanías del collado de Añes Cruces

 

Me encontré un gorro por el camino que me gustaba. Luego, cuando hallé un sitio junto a un arroyo frente al espectáculo del Poset y justo bajo el collado de de Añes Cruces me hice un autorretrato. ¿A ver qué sale?, me dije. Siempre me gusta recordar las ideas que recorrían mi cabeza en otras épocas, cuando emprendí aquel viaje o aquella aventura de montaña. La autopercepción física es, pienso, tan importante como esas analíticas que nos hacemos periódicamente para ver qué tal va nuestro organismo; verse bien, no me refiero, es obvio, a una cuestión estética, forma parte de ese bienestar que todos buscamos independientemente de cómo nos vean los demás. Ayer cuando me encontré con Nuria ya se lo advertí, no te acerques mucho, y no precisamente por el Covid sino porque llevo más de dos semanas que mi cuerpo no conoce una pastilla de jabón. Era un caso excepcional, porque siendo usualmente yo solo mi única compañía no tengo que cuidarme demasiado de algunos detalles en este mundo de lluvias y tormentas. Que sí, que este año el tiempo no da respiro para dedicar toda una mañana o una tarde a hacer la colada y darse un largo baño. La verdad es que me apura poco, en principio, cómo me vean los demás, siempre fui un descamisao en la vida corriente y un vagabundo en la otra, en la del monte o los caminos, sin embargo me satisface tanto esta vida que hago, ahora mismo despanzurrado en un lugar perdido de la montaña por donde asoma ante mi vista la inmensa mole del Poset, que de cajón es que quiera recordar una instantánea de mi jeta en el centro de esta pequeña aventura que consiste en atravesar el entero Pirineo de mar a mar. Total, que me hice un autorretrato, lo miré y me dije: coño, si ese soy yo. Cuidado que no es poca tela esa de descubrir que ese tío sin afeitar que estrena gorro es uno mismo, que en realidad no se sabe ni mucho menos qué es. Un sapiens con dos patas que camina unas cuantas horas durante el día y que además por arte de birlibirloque, un ser que piensa, come, duerme, ventosea, le da por caminar, se enamora de tanto en tanto, escucha a Mozart, a Bach o el estruendo de la tormenta con placer y que además de mirar estrábico, no se afeita y anda por ahí errante como los osos. Yo debo de ser un poco torpe, porque cuando me pregunto quién es yo, no tengo más remedio que rascarme la cabeza, torcer el gesto y quedar in albis, porque en sustancia la verdad es que no tengo ni puta idea. Sé, sí, que ese, eso que llamo yo le gusta esto o lo otro, se apasiona por lo de aquí o lo de más allá, pero de ahí a que…

Tengo cierta amiga que de vez en cuando lee este blog que se admira de que la intimidad de este vagabundo sea tan ligera como esos vilanos de los que cantaba Machado. Se lo confirmaba un día, que a mí lo que me chiflaba era divertirme, y siendo escribir una manera de hacerlo… pues eso. Además, para qué coño sirve eso de la intimidad si no le sacas provecho riéndote un poco de ti mismo o simplemente dando cuenta de “tus arduas investigaciones” (jajaja) sobre la realidad del ser humano, que en definitiva con pequeñas variantes sería la realidad de la mayoría de los sapiens, ya que por mucho que queramos airear nuestra singularidad, amigo, al final todos pasamos cada mañana por el baño, comemos, bailamos cuando estamos contentos o lloramos cuando una pena grande nos aqueja. A veces me hace mucha gracia eso de la intimidad, un invento más como esos de que hablaba días atrás, los misterios y tal.

Veo que esto de caminar día tras día largamente por la cruda geología me restituye a una realidad tan desnuda de afeites y florituras (pausa para beber. Estoy contento, ayer mi orina era tan clara casi como el agua de un arroyo. Un hándicap más que de momento voy superando con una ingesta de agua que alivia mis miedos a una retención de orina o a otro cólico nefrítico. Bebe mucho y tus males se irán al carajo… me lo digo en cada momento. No sería de recibo tener que recurrir al 112 en medio de estas montañas. Me moriría de vergüenza); esto de caminar, decía, me restituye a una realidad tan simple, tan sin las complejidades en que nos ha sumido nuestro “avanzado progreso”, con comillas porque acaso debería escribir “nuestro avanzado retroceso”, aquí las comillas a modo de subrayado, que de la misma manera que abogaría por un mundo en el que cada cual pudiera ir en pelotas si tal fuera su gusto, algo parecido podría sostener que posibilitara, ni idea de cómo, el que los hipócritas de este mundo, los que engañan a todo trapo, los que tras su endomingado marketing esconden una codicia dinosáurica, los que metidos a políticos pretenden medrar y medrar, que posibilitara que todos pudiéramos ver sus almas, sus codicias, sus engaños… Los vestidos con los que cubrimos nuestra desnudez malamente podrían cubrir entonces la fealdad de muchas almas. Ah si la parte enferma de nuestra intimidad, aquella que perturba los accesos al bien común, la pudieran ver los otros…

Bueno, ya esta bien. Se está tan a gusto en la tienda en este lugar tan encantador que discursear se me hace un agradable ejercicio.

La habitación donde estaba, cerrada la puerta por el viento y sin ventanas, dejaba pasar un línea de luz cuando sonó el despertador. Cuando me incorporé y abrí la puerta, delante de mí tenía uno de los espectáculos más bellos del verano, los primeros rayos del sol besaban calurosamente con el ámbar de las alturas toda la montaña que tenía delante. Pude enlatar la belleza del instante con la cámara del teléfono. Hacía realmente frío, hasta el gorro de lana salió del fondo de mi macuto esta mañana.

Tres horas y media al refugio de Viadós, decía una señal en el collado de Ordiceto. El espectáculo del complejo y grandioso macizo del Poset estaría ahí enfrente durante todo el descenso. Dediqué un rato a la lectura de Dinensen, me paré otro buen rato a charlar con Juan que venía de las orillas del Mediterráneo y caminaba rumbo a las aguas del Atlántico y llevaba una pinta de salvaje similar a la mía, y a las once y media estaba en el refugio de Viadós. Al refugio no se puede pasar… por el Covid; no se puede comer… por el Covid; no se puede… jaja… Les digo que llevo muchos días comiendo y entrando en refugios… Sus explicaciones son tan ridículas que enseguida corto la conversación y le pregunto por el tiempo. Traducción: si la gente no pasa al refugio no tienes que limpiar; si la gente no pasa al refugio tampoco tienes que cocinar, sólo hacer bocadillos. Han encontrado el chollo perfecto, todo va a cuenta del tal Covid. De lástima. Pero bueno, al final sale por allí un señora con pinta de matrona y decido usar la exquisita cortesía esa que abre las puertas más que el enfrentamiento y consigo que me haga un jugoso y enorme bocadillo de tortilla con jamón y tomate; hasta un gran vaso de café con leche y bollitos logro que me haga. Cuando estoy terminando el bocata aparece Nuria. La había invitado a comer, pero se tuvo que conformar con lo mismo.

Un rato más tarde emprendíamos camino arriba el valle de Añes Cruces. Me acompañaría un buen rato. El espectáculo hacia levante es espléndido, el barranco de la Ribereta, el pico de Eriste, el Poset más a la izquierda y los numerosos lagos que pueblan las laderas hacen de ese rincón del Pirineo uno de los parajes más bellos. Pese a la cuesta respetable charlamos, damos repaso a algunos asuntos, ese siempre querer solucionar lo problemas de un mundo que parece no tener remedio. Nuria se había propuesto volver a determinada hora y, cundo avistamos la cabaña de Añes Cruces decidió dar la vuelta. Ciao! Quizás nos volvamos a ver más adelante si el trabajo se lo permite. Todavía subí un buen rato en dirección al puerto de Añes Cruces, hasta que encontré un pequeño prado donde cantaba un riachuelo. Fin de jornada.

 







  

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